Interesante artículo en El Tiempo de hoy. Dice lo que acá ya sabíamos o pensamos.
Entre otras, dice que cuando se trata de seguridad y orden público, la 'superioridad aérea' no se da por tener cazas o helicópteros, sino por drones.
Uso de drones con fines bélicos en Colombia: análisis del papel que cumplen estos artefactos en el conflicto armado
Para hacer frente a los cambios en los conflictos armados en el país, se requiere que la Fuerza Pública modifique su estrategia.
Según el experto Hugo Fernando Ardila Miranda ,
durante décadas las Fuerzas Armadas de Colombia ostentaron un monopolio casi absoluto del espacio aéreo. Nuestros helicópteros y aviones eran símbolos de poder estatal, capaces de proyectar fuerza, desembarcar tropas y evacuar heridos con relativa facilidad.
Esta era ha terminado; los grupos armados ilegales, mediante la adaptación de tecnología comercial de bajo costo, han despojado a la Fuerza Pública de su santuario en la baja altura (0-1.000 metros).
Cada patrulla, cada base militar, cada vehículo son ahora observados y atacados desde una dimensión que no se puede bloquear eficazmente.
La superioridad aérea ya no se mide por el número de cazas o helicópteros Black Hawk, sino por quién controla el espacio aéreo inmediatamente encima de la línea de combate.
¿Es conveniente que nuestra Fuerza Pública utilice drones equipados con armamento? El Derecho Internacional Humanitario (DIH) no solo responde con un rotundo sí, sino que revela una paradoja crucial: en el contexto de la guerra asimétrica colombiana, el uso de drones de ataque
sería, en muchos casos, la opción militar más ética y precisa disponible.
Lejos de ser ‘robots asesinos’ indiscriminados, los drones, operados bajo una doctrina estricta, refuerzan los pilares del DIH de distinción, proporcionalidad y precaución de una manera que las armas convencionales a menudo no pueden.
En términos de distinción, un dron ofrece una vigilancia persistente. Permite a un operador observar un objetivo durante horas, asegurando la identificación positiva que confirme que es un combatiente legítimo y no un civil. Esa es la diferencia entre disparar a coordenadas en un mapa con un mortero y apuntar con certeza a un blanco verificado.
En relación con la proporcionalidad, el dron utiliza un bisturí quirúrgico, mientras que otros usan un mazo. Permite el uso de municiones pequeñas y precisas para neutralizar una amenaza específica sin causar el devastador daño colateral de una bomba aérea o del fuego de artillería.
Frente a la precaución, la capacidad de un dron para abortar un ataque en el último segundo si un civil entra en escena es una salvaguarda que casi ningún otro sistema de armas ofrece. Reduce el riesgo para los no combatientes y para las propias tropas, y así evita asaltos frontales de alto riesgo.
El enemigo ya está usando esta tecnología sin restricción alguna ética ni legal. La vacilación no sería una muestra de superioridad moral; podría interpretarse como una renuncia a la responsabilidad estatal de proteger a soldados, policías y ciudadanos.
El verdadero obstáculo no es la ley ni la tecnología, sino la falta de visión y la parálisis en la toma de decisiones en el liderazgo político y militar actual. La pregunta ya no es si se debe adoptar esta capacidad, sino cuántas vidas más costará esta indecisión. Para recuperar los territorios y garantizar la seguridad de los ciudadanos, hoy afectada por los grupos armados ilegales, hay que empezar a luchar con las herramientas y la mentalidad de hoy.
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