Un soldado de cuatro siglos

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Domper
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El barón de Purroy también recibía los informes de sus exploradores.

—Señor, están a apenas una hora. Un poco más allá de esos bosquetes —dijo señalándolos; ya se veía una patrulla enemiga rodeándolos por la derecha; menos mal que no los había elegido como línea de defensa.

—¿Es una avanzada o vienen en fuerza?

—Es el ejército francés al completo, barón. Con su caballería por delante.

—¿Llevan artillería?

—En vanguardia, no.

Purroy asintió. El francés estaba aprendiendo. Desplegar sus pesa-dos e ineficaces cañones le hubiese llevado las horas que necesitaba para que Lazán le socorriese. No le iban a dar ese tiempo. Iba a tener que combatir solo, superado cinco a uno. Al menos, parecía que los franceses de Montreuil no se movían, y había bastado con dejar unos piquetes para vigilar la plaza. Además, el barón confiaba en sus hombres y en sus armas. El día ayudaba, con un suave viento de poniente que despejaría el humo.

—Mejor —dijo en voz alta el barón—. A mis bravos les puede matar una bala, pero no un jinete, y menos si es francés ¿No os parece, hijos míos?
Los presentes rieron la bravata.

—Capitán —dijo dirigiéndose al que mandaba a sus ayudantes—, hágame la merced de enviar un mensaje al marqués de Lazán diciéndole que vamos a entablar batalla. Necesitaremos su ayuda para recoger los despojos— Nuevas carcajadas celebraron la ocurrencia—. Vayamos a saludar a los soldados.

El barón recorrió las débiles hileras a caballo. Tenía a casi todos sus hombres desplegados, y solo quedaba como reserva dos compañías en el pueblo.

—Hijos míos, hoy va a ser el día de la gloria —fue gritando para animar a sus soldados—. Vienen muchos franceses; mejor, que habrá más honor.

—Honor, el de tu padre —musitó uno.

—¡Cállate, imbécil, o te descalabro! —rugió Sampedro.

Los españoles habían desmontado las casuchas de la aldea, trans-formándolas en fortines para sus cañones. Con las vigas de los tejados y con árboles cortados iban construyendo obstáculos, hasta que los sargentos les ordenaron prepararse.

—A formar, que vienen ya. Preparen los cuchillos y tomen posiciones. Si alguien dispara sin que yo lo diga, se las verá conmigo. Vuesas mercedes sabrán si les irá mejor habiéndolas con los franceses o con un servidor.

Los soldados formaron tres filas, aun en posición de descanso. Les quedaban unos minutos.



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Los escuadrones franceses pasaron entre los árboles y empezaron a alinearse en los campos del otro lado. El mariscal Gramont pudo ver que se había recogido la cosecha, pero que todavía no habían labrado. Aunque las lluvias habían dejado el terreno un poco blando, soportaría el paso de sus caballos. Decidió que iba a atacar por la izquierda, donde casi mil pasos separaban la aldea del bosque, y había espacio sobrado para sus escuadrones. El terreno no estaba del todo despejado, porque el enemigo había arrastrado ramas y hasta árboles enteros para crear obstáculos, pero vio con satisfacción que no habían logrado cerrarlo por completo. Además ¿a qué loco se le habría ocurrido formar una línea tan fina? Bastaría con hendirla para deshacerla; después sus jinetes rodearían y acuchillarían a los demás. Con su sable, marcó el punto que deseaba atacar.

—Vienen ya. Están a mil pasos ¡Calen cuchillos! ¡En posición!

Los soldados españoles engastaron los cuchillos de Breda en los cañones. Después, la primera fila se echó al suelo, la segunda puso la rodilla en tierra y la tercera se quedó de pie.

La caballería avanzaba al paso; no era cuestión de agotar a las bestias. Pero entonces Gramont vio que la batería española de la aldea disparaba. No parecían cañones potentes; pero al momento se produjeron pequeñas explosiones, y sus hombres cayeron por racimos.

—Merde —pensó—. Esos cabrones están tirando con metralla. Será de un tipo nuevo si tiene tanto alcance. Otro invento de los demonios— ¡Al trote! —gritó Gramont, que no quería exponer sus caballeros a los cañones más tiempo del necesario. Aunque los caballos se fatigasen, mejor sería que llegasen cansados pero vivos.

—Quinientos pasos ¡Carguen armas!

Los soldados tiraron de las palancas de sus nuevos fusiles para abrir las recámaras. Después insertaron los cartuchos y bloquearon los cerrojos.

Los cañones volvieron a tronar. Son rápidos recargando, pensó Gramont, viendo los restos sangrientos en los que se estaban convirtiendo hombres y caballos. Ordenó pasar al galope; la distancia era grande pero no quería soportar una tercera andanada.

—Mire, sargento, esta vez vamos a tener franceses para todos ¿A cuántos nos tocan? ¿A diez por barba?

—¿A ti quién te ha dado vela en este entierro? Mira que me estás hartando —dijo Sampedro—. Doscientos pasos ¡Apunten!

—¿A los franceses o a los caballos?

—%$#"%

Gramont vio como los españoles levantaban sus mosquetes. Ninguno disparaba: señal que eran tropas disciplinadas, que preferían retener el fuego para que la descarga fuese más efectiva. La distancia seguía disminuyendo y…



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—Primera línea ¡Fuego!

Los españoles dispararon. El mariscal Gramont pensó que se habían apresurado demasiado, pero el zumbido de un proyectil pasando junto a su oreja interrumpió sus pensamientos. Además, con el rabillo del ojo vio a muchos jinetes rodando. Habían hecho daño, pero tendrían que haber aguardado un momento más…

—Segunda ¡Fuego!

La andanada resultó aun más letal y el mariscal notó que su caballo trastabillaba; si pudiera aguantar un poco…

—Tercera ¡Fuego!

Esta vez Gramont notó un golpe en el costado. Pero ya estaban casi encima del enemigo, y los españoles se habían quedado con sus mosquetes vacíos. Además, el humo les cegaría ¿Por qué había tan poco?

—Primera ¡Fuego!

Una nueva andanada barrió el amasijo de hombres y bestias que había a pocos pasos de la línea española ¿Cómo podía ser que siguiesen tirando?

—Segunda ¡Fuego!

—Tercera ¡Fuego!

—¡Fuego a discreción!

Las ordenadas andanadas se habían convertido en un crepitar continuo. Los jinetes franceses estaban tan cerca que podían escuchar las voces de los españoles, y los ruidos de los mecanismos de sus armas. El mariscal intentó mirar por encima de su caballo, que al caer le había librado de lo peor; pero bastó que asomase un poco para que una bala le arrancase el sombrero.

—¡A cuchillo!

Un millar de hombres se lanzaron a la carrera contra el amasijo que había sido la mejor caballería del mundo. Al llegar a los cadáveres se entretuvieron en acuchillarlos, pues nadie quería que alguno que no estuviera muerto del todo le sorprendiera por detrás. Gramont vio cómo se le acercaban y salió a la carrera, seguido de los supervivientes.

—¡Alto el fuego!

—Sargento, tengo a ese tipo a tiro…

—¡Guarda tu munición, soldado, que tendrás ocasión de gastarla!

A mil pasos, otros escuadrones de caballería se preparaban. Los cañones de la aldea volvieron a tronar, abriendo brechas en la formación francesa. Tras una segunda andanada que derribó más hombres y monturas, el resto se lanzó a la carga. Esta vez ni consiguieron acercarse: cuando solo quedaban cien pasos, ya habían caído la mitad; casi todos tras ser heridas sus caballos, blancos fáciles para la fusilería. También cayeron jinetes, y Gramont pudo tomar una bestia que pastaba como si la guerra no fuese con él. Apenas lo hizo, se cruzó con los jinetes que intentaban un tercer asalto entre el ominoso zumbido de las balas. También fracasaron. Ver la nueva sangría fue suficiente para el mariscal: había perdido un tercio de sus fuerzas, y los españoles seguían incólumes. Entonces vio una cara conocida.

—Caballero d’Artagnan —saludó el mariscal.

—Mi señor —respondió— ¿Estáis herido?

—No es nada. Una bala me ha rozado el costado. Cuatro gotas de sangre ¿Llega ya Monsieur de Turenne?

—Mariscal, es quien me envía para saber si el camino está libre.

—¿Libre decís? Vos mismo podréis comprobarlo, si os place.

D’Artagnan miró el campo, salpicado por cadáveres de hombres y caballos. Más allá, la cruz de Borgoña seguía flameando.

—¿Qué mensaje queréis que comunique al señor de Turenne?

—Decidle que, si quiere llegar a Montreuil, necesitará cañones.



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Las horas pasaban y los soldados seguían cavando; aunque hubiesen rechazado a la caballería, seguían llegando más franceses. Otros caballeros se habían dispuesto en los flancos, dejando el paso libre a masas de soldados que formaron sólidos escuadrones. De vez en cuando, grupos de mosqueteros se acercaban en orden abierto con intención de hostigar a los españoles; sin embargo, tuvieron que enfrentarse con las patrullas de cazadores, y pronto aprendieron que era letal acercarse a menos de cien pasos. Los batidores enemigos se habían retirado permitiendo que los defensores pudieran cavar sin ser molestados.

—Todavía no ha llegado su artillería —musitó Purroy— ¿Cómo andamos de munición?

—Quedan quince disparos por pieza —respondió un ayudante.

—¿Y los hombres?

—Los batallones de la izquierda apenas han disparado, pero los de la derecha tienen sus cartucheras casi vacías.

—Tendremos que repartir las balas entre los franceses que quedan, que nadie pueda quejarse de no haber catado plomo español. Capitán —dijo a su asistente—, necesito que se encargue de distribuir los cartuchos. Teniente —dijo a otro ayudante—, hacedme la merced de enviar un mensajero al marqués de Lazan. Decidle que podremos resistir si recibimos municiones.

Por fin pudo ver que el enemigo preparaba sus cañones. Los contó: nada menos que cuarenta piezas. Pero…

—Decime, teniente ¿A qué distancia creéis que están?

El ayudante no tuvo que pensar, pues esa mañana había recorrido la pradera tomando referencias.

—A ochocientos pasos, mi general.

—Esos infelices no saben dónde se han metido. Decidle al capitán Pérez —al mando de la artillería española— que acabe con ellos, pero que reserve la mitad de su munición para la infantería.



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Turenne acababa de expresar su disgusto a Gramont. Su fracaso le había costado medio día. O más, porque tras el combate el ejército tendría que ponerse en orden de marcha, y las horas contaban. Ahora comprendía la estrategia de sus enemigos: al dejarle asediar Dunkerque, había abierto el camino para que el ejército de Flandes conquistase Abbeville y machacase la Picardía. Al final, no solo no había tomado Dunkerque, sino que Francia estaba perdiendo el norte. Era imperativo que el ejército volviera a campo francés para contener a los españoles e intentar recuperar alguna plaza; sin embargo, esa línea que tenía delante se estaba revelando más coriácea de lo que pensaba. En otras condiciones no le hubiera preocupado demasiado, pues antes o después la hubiera arrollado, pero se imaginaba que el resto del ejército español se dirigía hacia él a marchas forzadas. Es lo que él hubiese hecho y, a la vista de los movimientos españoles, tenía que suponer que el enemigo no estaba cometiendo errores. El problema era que, si no conseguía romper la línea contraria, tendría que intentar escapar hacia el oeste, pero atravesar los pantanos le costaría, como mínimo, su artillería y su bagaje.

Al menos, parecía que los bloqueadores no habían recibido refuerzos, y el ejército francés seguía siendo muy superior. Ahora lamentaba el intempestivo ataque de Gramont. Hubiera sido mejor esperar a que los cañones abrieran brecha. Por fin estaban dispuestos; había llevado horas, pero con unas pocas balas de cañón evitaría perder más soldados. Entonces vio las nubes de humo que se elevaban de la aldea. Momentos después escuchó una explosión como de petardo, y al momento los hombres y caballos que movían un cañón cayeron al suelo, retorciéndose. Los españoles siguieron disparando, y un carro cargado con pólvora estalló con terrible estruendo.

—Mi señor, os dije que están empleando un tipo nuevo de metralla.

—Ya lo veo —contestó secamente—. Señor de Gramont, uníos a vuestros escuadrones y preparaos para cargar. Señor de Villeroy, es el momento para que vuestros infantes ataquen.

Turenne vio cómo el resto de su artillería desaparecía antes de que los infantes empezasen a moverse.



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—¡A las trincheras! —ordenó Sampedro al ver que los cañones franceses supervivientes disparaban. Los soldados ni se lo pensaron, y las bolas de hierro pasaron inofensivamente. Desde la aldea, Purroy seguía los movimientos enemigos. A unos pasos a la derecha, los cañones españoles dispararon casi al unísono. Al momento, vio que las explosiones barrían la posición francesa. Los aturdidos artilleros pudieron tirarse al suelo o refugiarse tras las cureñas, pero los caballos de los tiros cayeron despanzurrados, otro carro de pólvora explotó, y las pesadas piezas quedaron abandonadas en el campo.

—Excelente, capitán. Les habéis dejado sin artillería. Ahora preparaos para acabar con los infantes. Hacedme la merced de barrer ese escuadrón.

Unos segundos después las piezas volvieron a abrir fuego, haciendo caer a decenas de enemigos y deshaciendo la formación.

—¡Bravo! Seguid así y la jornada será nuestra.

—Mi general, eran los últimos disparos.

—¿Sabemos algo de Lazán?

—Todavía no.

—Pues entonces serán los fusiles los que hablen. Ordenad a los soldados que salgan de las trincheras y que se preparen.

—¡Todos arriba! —Gritó Sampedro— ¡Por mis muertos, que al último le arranco la piel!

Al momento, las líneas volvieron a formarse. Desde el otro lado, llegó un grito—: En avant!

Las formaciones francesas avanzaron pesadamente. Eran buenos hombres, que habían resistido la metralla sin pestañear, rehaciéndose para cubrir los huecos. Llegaron a donde el campo se alfombraba de cadáveres de hombres y caballos, y sin romper sus líneas siguieron adelante.

—Esperen a que estén a cien pasos —ordenó Purroy.

Los segundos pasaron. Los franceses continuaron; al ver que pisaban los restos de los suyos empezaron a gritar, pero sus jefes les ordenaron seguir.

—Cien pasos ¡Apunten!

Los fusiles se elevaron.

—Recuerden vuesas mercedes. Cada disparo, un blanco. Los batidores, contra los jefes. Los demás, a lo que se mueva ¡Fuego!

Cuatrocientos fusiles tiraron al unísono, y decenas de hombres parecieron retorcerse en el aire, alcanzados por nubes de proyectiles. Los soldados enemigos se detuvieron un momento…

—Segunda ¡Fuego!

Las andanadas siguieron, una cada diez segundos. En pocos momentos la mitad de la infantería francesa estaba por tierra. El resto echó a correr.

—¡Alto el fuego!

—¡Bravo, muchachos! —todos escucharon los ánimos de Purroy. Pero tanto él como sus hombres sabían que apenas quedaba munición.



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El asalto no había sido detenido, sino aniquilado. Turenne podía ver que pocos de sus soldados volvían, la mayoría sin sus armas. Era grave perder tantos hombres; pero lo peor era ver que el valor les había abandonado. Además, acababa de escuchar disparos hacia el oeste. El ejército español se acercaba. Tenía que decidirse ya: o se retiraba hacia el pantano, o hacía el último esfuerzo.

—Monsieur d’Artagnan, decid al mariscal de Gramont que se una al ataque en cuanto los infantes lleguen a doscientos pasos.

Otro escuadrón de soldados empezó a moverse. A trescientos pasos se desplegaron formando una línea; al menos, esta vez los cañones españoles permanecieron en silencio. Siguieron avanzando, dejando huecos para que pasase la caballería, pero apenas sobrepasó a los infantes cuando volvieron a escuchar las andanadas y el zumbido de las balas. Los caballeros supervivientes tardaron en volverse el tiempo de rezar un padrenuestro, sin detenerse por nada, ni siquiera para respetar a los soldados de a pie. Las líneas descompuestas intentaron rehacerse, pero entonces las balas se dirigieron contra ellas, y los franceses fueron derribados como bolos.

Turenne quedó impresionado por la masacre. Había podido distinguir como la cabeza de Gramont desaparecía en una nube de sangre. Los soldaos caían por decenas, hasta que los infantes titubearon. A su flanco, los disparos eran cada vez más cercanos. Era ahora, o nunca.

—¡Victoria o muerte! —dijo Turenne ¡El que tenga valor, que me siga!

El valor no defendía del plomo, y la carga conoció el mismo fin.

—Sargento, no me quedan balas.

—A mí, solo dos.

—¿Qué os faltan, balas o huevos? ¡A cuchillo!

La línea española empezó a avanzar. Purroy se puso al frente y se lanzó hacia los franceses que ahora uno, luego diez, empezaron a recular, hasta que todos perdieron el ánimo y escaparon.

—¡Adelante! ¡Que no escapen esos cobardes!

Cuando la noche cayó el ejército francés había desaparecido. Fueron miles los que se volvieron hacia San Omer, solo para encontrarse con el ejército de Lazán. Tan solo pudieron salvarse los que consiguieron cruzar los pantanos que les separaban de la costa: unos pocos millares de desharrapados, que habían perdido sus armas, acosados por los infantes españoles del ala izquierda, que apenas había entrado en combate. Purroy se quedó en Rémortier, felicitando a sus hombres, cuando llegó otro grupo al galope.

—Barón, veo que no me habéis dejado nada.

Purroy pensó su respuesta; no quería manchar su triunfo enfrentándose a su jefe.

—Señor marqués, siento no haberos aguardado, pero los franceses tenían prisa en ser derrotados.

—Bien dicho, barón. No hay que hacer esperar a la victoria. Ahora disfrutad de los honores y del descanso que os habéis ganado a pulso. Tenéis tres días. Luego, me acompañaréis. Deseo que vuestra división forme a la diestra, como los más bravos. Hasta París.



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—Señor d’Artagnan ¿Dónde está el ejército del rey?

—Eminencia, yo soy el ejército.

El caballero había llegado a París tras una difícil huida. Había seguido a Turenne hasta que una bala le partió el pecho. Con su último aliento le pidió que salvase lo que quedaba de ejército, pero había sido imposible, porque los españoles que llegaban desde Amiens ya estaban cayendo contra el flanco. Los que intentaron resistir, murieron. Los que volvieron a Dunkerque, fueron apresados. Los que huyeron hacia la costa, cazados como ratas. Tres mil pudieron acogerse a Montreuil tras chapotear por el pantano, solo para que la plaza capitulase a los tres días. Él había capitaneado a los que no quisieron rendirse, pero el cansancio y las deserciones habían hecho que el caballero llegase a París solo.

—¿Cómo pudo ocurrir? ¿Qué es lo que falló?

Mazarino casi imploraba, pues jamás hubiese esperado un desastre como el de Rémortier. Había confiado en Turenne, creyendo que, aunque no venciese, al menos podría evitar la derrota. Pero estaba equivocado. El orgulloso ejército había desaparecido. Las últimas noticias decían que los españoles se dirigían hacia la capital a marchas forzadas, y que las ciudades abrían sus puertas en cuanto veían emplazar los cañones.

—No fue el mariscal quién falló, monseñor, ni les faltó valor a sus hombres. Pero no pueden luchar contra el hierro. Tienen unas armas nuevas que disparan diez veces en el tiempo que las nuestras tiran una. Pensábamos que les superábamos cinco a uno; en realidad, era al revés.

—Decidme, caballero ¿Qué podemos hacer contra esas armas?

—¿La paz?
Última edición por Domper el 06 Ene 2022, 23:20, editado 1 vez en total.



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De Vuelapedia, la Enciclopedia Hispánica.
Las tres victorias: Rémortier, las Dunas y Coullemelle

La recuperación francesa obra de Mazarino, había naufragado en Rémortier. La enconada defensa que la división del barón de Purroy hizo de la aldea detuvo en seco a los franceses y les causó millares de bajas: el número exacto se desconoce, pero solo ante Rémortier se contaron tres mil doscientos cuerpos. El enfrentamiento fue tan intenso y prolongado que la división e Purroy estaba a punto de agotar su munición cuando, en el momento álgido del combate, llegó el regimiento de caballería de Lens, que había sido enviado para reforzar a Purroy. Junto a los jinetes iba el marqués de Lazán que, al ver la crítica situación de Purroy, prefirió no reforzar su línea sino lanzar los apenas seiscientos sables del regimiento contra el flanco francés.

El momento fue de lo más oportuno pues acababa de ser rechazado un ataque en el que habían caído Turenne y Gramont, y el mando había recaído en el señor de Villeroy, que había sido herido en el brazo y estaba aterrado tras las tremendas pérdidas que había sufrido su infantería. Creyendo que la caballería era la vanguardia del ejército español, dio órdenes de escapar, pero sin indicar hacia dónde. Él mismo sería apresado poco después por los soldados de Purroy.

A pesar del mortífero efecto de la fusilería, el ejército francés aun era potente pero, impresionado por el terrible fuego español y sin órdenes claras, emprendió una retirada caótica y acabó dispersándose acosado por los restantes regimientos de caballería hispanos, que se incorporaron al ataque a medida que llegaban al campo de batalla. Buena parte de los franceses intentaron volver hacia San Omer, solo para verse embolsados y tener que capitular al día siguiente. La vanguardia, la que había sufrido lo peor del combate, intentó escapar por las marismas tras abandonar la impedimenta e incluso sus armas personales. Acosados por los fusileros de Purroy, fueron apresados unos dos mil, y solo tres mil consiguieron llegar a Montreuil, que se rindieron tres días después cuando la plaza fue bombardeada por la artillería española. El caballero D’Artagnan comandó a algunos fugitivos que le fueron dejando, hasta llegar solo a París. Su respuesta al cardenal Mazarino («Monsieur, yo soy el ejército») llevó al mito del ejército de un hombre, cuando en realidad, durante los días siguientes miles de fugitivos consiguieron acogerse a las líneas francesas. Ahora bien, habían perdido armas, bagaje y, sobre todo, la moral. Buena parte retornó a sus hogares, y algunos se convirtieron en salteadores de caminos.

La batalla había acabado en un desastre peor que el de Pavía del siglo anterior, o los de Camarasa o Lens de la Gran Guerra. El ejército reunido con tanto esfuerzo había sido aniquilado, y el norte de Francia quedó indefenso. Por el contrario, las fuerzas españolas apenas habían tenido pérdidas: unos cuatrocientos entre heridos y muertos, la mitad del regimiento de Lens. El resto del ejército español, que llegó al campo de batalla al atardecer, estaba intacto y fresco, y prosiguió las operaciones sin detenerse. La caballería española avanzó rápidamente hacia el sur, llegando tan lejos como Ruan, Beauvais y Creil, a apenas dos días de marcha de París. Aunque las ciudades cerraron sus puertas, la frontera quedó abandonada a su suerte.

Mientras, Lazán se dirigió a marchas forzadas hacia Dunkerque. Al saber de la derrota de Turenne, Montagu había ordenado abandonar el sitio y reembarcar el ejército, pero aun estaban en tierra la mitad de sus fuerzas cuando llegaron los españoles. El general inglés ya había embarcado, y su subordinado Caufeild intentó formar una línea para proteger la retirada del resto del ejército. Sin embargo, el marqués atacó sin detenerse y en la batalla de las Dunas. Destrozó al ejército inglés. Con las divisiones de Pérez de Peralta y de Alburquerque (apenas siete mil hombres) se lanzó contra el centro inglés tras un corto bombardeo artillero. En la batalla, que duró menos de una hora, los hombres de Pérez de Peralta rompieron el centro enemigo y barrieron lo que quedaba de las fuerzas inglesas, que perdieron cuatro mil hombres, la mayoría prisioneros, más toda la artillería y la impedimenta.




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Destruidos los dos ejércitos de campaña enemigos, el marqués de Lazán reanudó su campaña en la Picardía. Durante las tres semanas siguientes expugnó las ciudades de Albert, Peronne, San Quintín y Laon. La desmoralización gala quedó manifestada en la rápida capitulación de las plazas tras cortos bombardeos artilleros.

Mientras tanto, el pánico se había adueñado de París. Corrían rumores sobre el desastre de Turenne (que Mazarino intentó inútilmente ocultar) cuando se avistaron patrullas de caballería española en el Oisne. Casi al mismo tiempo se supo del descalabro de Montagu en las Dunas, de la caída de las plazas de la frontera, y del avance hacia la capital. Parecía que España disponía de una pléyade de hábiles generales, a cada cual más hábil y más veloz, y que la caída de París era inminente. Temiendo que la capital fuera cercada, la corte la abandonó entre los abucheos de los parisinos, que tras la salida de los últimos aristócratas cerraron las puertas de la ciudad. La corte francesa vio como también se le negaba el acceso a Orleans, y tuvo que refugiarse en Tours.

Por entonces, el ejército español apenas había superado el Somme, ya que Lazán había concedido a sus hombres unos días de descanso, necesario no solo por la fatiga de sus soldados, sino por tener que reponer las provisiones y la munición. Había sido la caballería ligera la que efectuó las incursiones que crearon tanta alarma. Finalmente, los españoles se dirigieron hacia París. En Coullemelle, Lazán se encontró con el ejército de Lorena dirigido por De Créquy. Allí los franceses sufrieron otra derrota catastrófica cuando el marqués, en una atrevida maniobra, consiguió interponerse entre los franceses y París. De nuevo los galos intentaron romper las líneas españolas solo para encontrarse con el fuego de todo el ejército hispano. Esta vez las bajas no fueron tantas como el Rémortier, ya que los franceses desistieron tras un primer ataque fallido. Atrapado entre los fusiles españoles y el río, De Créuguy se vio forzado a capitular, y solo unos pocos franceses consiguieron escapar a nado. El último ejército de Mazarino también había sido destruido.

El resultado de la campaña, hasta entonces, había sido impresionante: la destrucción de los ejércitos de campaña enemigos, con la captura de unos treinta mil prisioneros y de montañas de armamento, más la conquista de las plazas fuertes de la frontera norte francesa. Siguiendo la estrategia iniciada tres lustros antes por el Marqués del Puerto, Lazán ordenó demoler las fortificaciones de las plazas que había tomado. Aparte de su escaso valor ante la artillería moderna, Lazán prefería no tener que dispersar sus fuerzas en guarniciones. Solo Laon las mantuvo, y en la colina que dominaba la ciudad se construyó una de las plazas de nuevo estilo que pasó a ser la más adelantada de las españolas, apuntando directamente a París, Reims y el corazón de Francia. De hecho, buena parte de los prisioneros tuvieron que trabajar en las obras hasta que fueron rescatados por Luis XIV (con un coste de cien francos por soldado). El armamento capturado también tuvo utilidad: la artillería apresada fue cedido a los imperiales y al rey de Polonia, y se hizo lo mismo con los mosquetes en mejor estado, tras ser convertidos para emplear percutores. Otras partidas de armas acabaron en manos griegas o irlandesas, y el resto se vendieron a los venecianos y a otras potencias católicas.

El resultado de la campaña asombró incluso a los que habrían sufrido las del Marqués del Puerto del decenio anterior. No solo por el genio de Lazán (que llegó a ser comparado con Aníbal) sino porque las innovaciones introducidas por su mentor habían cristalizado en un ejército con potencia de fuego y movilidad que multiplicaban las de sus enemigos. Tras el corto paréntesis de los primeros años de la Gran Guerra, la infantería española volvía a dominar Europa.

Los protagonistas de las batallas recibieron el crédito a que se habían hecho acreedores. Al llegar las nuevas de la gran victoria de Rémortier el rey Felipe IV ordenó que repicasen las campanas de las ciudades, y que disparase una salva de veinticuatro cañonazos en honor a los vencedores. El barón de Purroy fue premiado con el marquesado de Rémortier, y Lazán, con el ducado de las Dunas. Para el almirante Atondo se creó el marquesado que llevó su nombre. Además, el monarca reconoció a los verdaderos artífices de la victoria: el marqués del Puerto recibió el ducado de Ámsterdam (por su campaña en Flandes), el de Camarasa, el ducado de Dublín, y el barón de Otamendi fue nombrado marqués de Avilés; los tres títulos conllevaban la grandeza de España. Asimismo, se creó la Real Orden de San Felipe, encabezada por el marqués del Puerto (que prefirió seguir ostentando su antiguo título, igual que hicieron Camarasa y Lazán). Los mandos de la campaña recibieron la Gran Cruz Laureada de San Felipe, así como los soldados que se habían distinguido en los combates.

Mientras, la guerra continuaba. Tras la desaparición de los ejércitos franceses el camino de París había quedado abierto, y parecía que nada podía salvar a Francia de los invencibles batallones hispanos. Sin embargo, el milagro llegó en forma de Don Luis Méndez de Haro y Guzmán, marqués del Carpio.




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España

Un soldado de cuatro siglos

Mensaje por Domper »


La paz de Chartres

El marqués del Carpio era un sobrino del Conde Duque de Olivares, y se había erigido en líder de la facción nobiliaria tras la caída del valido. Aprovechando el hastío que al rey Felipe IV le producía el gobierno personal, consiguió ser nombrado ministro principal, justamente el día que Lazán vencía en las Dunas. Cuando llegaron las noticias de las victorias, el marqués pensó que era ocasión ideal para arrogarse el éxito. Estando reciente la ejecución del rey Carlos de Inglaterra por los parlamentarios puritanos, Carpio alarmó al monarca al sugerirle que la caída de la monarquía francesa llevaría a que los hugonotes se hicieran con el poder. La advertencia no cayó en balde, pues además Felipe IV temía que el rey Luis XIV, que era su sobrino, corriera el mismo destino que Carlos de Inglaterra. El rey autorizó a Méndez de Haro a negociar la paz, y Lazán recibió la orden de cesar las operaciones. Las delegaciones se reunieron en Chartres, una ciudad cercana a París que se había mantenido fiel a los monárquicos.

Apenas hubo debates, ya que ambas partes querían firmar la paz cuanto antes. La delegación francesa estaba dispuesta a ceder en cualquier petición, siempre que se respetase la monarquía, pero la española no quiso exigir demasiado ante el temor de dilatar las negociaciones o de acabar favoreciendo a los hugonotes. Apenas un mes después se llegó a un acuerdo según el cual Francia debía entregar las plazas del río Somme y de la Baja Navarra, y se comprometía a abandonar sus factorías en el Nuevo Mundo y en la India. En la práctica, el Somme ya estaba en manos hispanas, la evacuación de las colonias no llegó a producirse, y la única ganancia territorial española fue la Baja Navarra, con la ciudad–fortaleza de Bayona.

El marqués del Carpio utilizó el ascendiente ganado en Chartres (que realmente habían obtenido los fusileros de Purroy en Rémortier) para consolidar la restauración nobiliaria. Su ministerio quedó cerrado a los «hombres nuevos», que tuvieron que salir de la Corte y volver a sus posesiones de Valencia y el norte. Sin embargo, por toda España circularon panfletos que acusaban al valido de traicionar a los ejércitos de la monarquía, hasta que Felipe IV advirtió al valido de su descontento. El marqués del Carpio, sintiendo que su posición peligraba, tuvo que cesar sus ataques contra sus rivales modernistas, que siguieron detentando buena parte de las secretarías. El enfrentamiento entre el valido y la recién nacida opinión pública fue el primer indicio de la fuerza que estaba adquiriendo la naciente burguesía, y signo de la crisis que se produciría tras la muerte de Felipe IV.



Tu regere imperio fluctus Hispane memento

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