Un soldado de cuatro siglos

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reytuerto
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Un soldado de cuatro siglos

Mensaje por reytuerto »

Fradique salió hacia las calas del cabo de Salou antes del amanecer, y el muchacho nos tuvo en ascuas hasta bien entrada la tarde cuando regresó, pues todos recordabamos lo sucedido con Joaquin.
- Mirad Don Francisco! Recorrí todas las calas del cabo, de Levante a Poniente, tanto con marea baja como con marea alta. La más lejana es la cala Morisca, muy protegida por las rocas, es difícil llegar hasta allí.
- Joven Fadrique, decidnos si hay alguna construcción cerca.
- No Maese Juan. La construcción más cercana está a una milla.
- Fadrique – dije señalando el dibujo de una playa amplia- habladnos de esta playa.
- Es la cala de los cangrejos. Muy amplia, muy descubierta, y cuando la marea esta baja, se puede caminar más de cien pasos mar adentro sin que el agua nos moje el pecho! Pero fijaos, desde el medio de la cala se tiene una visión amplia del horizonte.
- No, yo no escogería una playa tan descubierta – dijo Juan.
- Entonces, vos tampoco escogeréis la cala Font, que está a poniente de la punta del cavall. Mirad este bosquejo. Veis? Se parecen mucho.
- Excepto por estas rocas que se meten a la playa por aquí.
- Ah, vos tenéis buen ojo, Don Francisco! Sí, detrás de esas rocas está la cala Vinya. Creo que es la playa más pequeña de todas – y presuroso nos mostró el bosquejo de la caleta.
- Y que es esto de aquí? – dijo Juan señalando una construcción.
- Una casa, bueno casita, abandonada por largos periodos. El camino desde allí a la orilla del mar es fácil, aunque no es corto.
- Hay pescadores cerca?
- Algunos, no muchos. Ninguno deja sus botes en las playas, al menos no permanentemente. Hay algunos, los más hábiles, que nadan hasta el fondo del mar y sacan cangrejos. Fijaos!
- No habéis estado ocioso con las lecciones del maestro Ambuesa! Bien hecho, Fadrique. Estos bosquejos de rostros y de botes están bien hechos.
- Y el joven no ha dejado de echar un buen ojo a las faldas – dijo Juan mostrando un dibujo bien hecho de una jovenzuela sonriente.
- No, no. He sido prodigo con el dinero y he comido pescado hasta hartarme con estas buenas gentes. He retratado a varias personas, y a no pocas mujeres les he regalado el dibujo. Pues he dicho que iría nuevamente.
- Habéis hecho bien. Decidme Fadrique, sabéis algo más de la casita esa?
- Casi siempre está deshabitada. La llaman el paridero, pues alli llevan a su ganado cuando va a parir.
- Y como se ve el mar desde la playa Vinya?
- La visión no es tan amplia como en las otras calas, es más recogida. Fijaos! Desde el paridero se puede ver el mar, pero solo el que va desde los roqueríos de poniente hasta los de levante.
- Debemos saber algo más de las playas y del mar.
- Dejádmelo a mí, Don Francisco – dijo Sancho – soy pescador e hijo de pescadores. No creo que sacar navajas en Salou sea más difícil que sacar percebes en mi Galicia.
- La providencia está con nos, Sancho! Iréis! Vos que pensáis Juan?
- Sí estos bellacos van a embarcar, lo harán pronto. Temo que se escapen…
- Decid todo lo que tenéis que decir!
- Pero han de estar esperando cerca del mar, y la casa abandonada es un buen lugar para eso. Puedo jugarme la barba que han de ir por Vinya.
- Esperaremos un día más, a ver que nuevas nos trae Sancho. En tanto id pensando como atrapar esas alimañas.
Sancho partio también antes del alba, pero al menos regresó apenas después de la hora del almuerzo. Llegaba con nuevas frescas:
- Don Francisco, Juan, ya está amaneciendo más tarde, y la primera pleamar es poco después del alba, luego la bajamar es en la tarde, como a esta hora. Asi será todo lo que queda del mes. El mar es rico, creo haberme ganado la confianza de una o dos pescadoras a quienes ayude en la playa.
- Sancho, que distancia hay desde la orilla de playa hasta la altura del pecho?
- Con la marea baja, como doscientos pasos tal vez algo más. Pero algo menos con pleamar.
- Qué habéis averiguado de las mujeres?
- Aparte del joven pintor de ayer – echo una mirada a Fadrique – poco o nada, la vida en el pueblo es solamente alterada por las incursiones de los piratas berberiscos, y alguna que otra visita de un forastero. He dicho que mi señor desea comer animales de mar frescos, y como podéis ver, aquí los he traído.
- En buena hora fuisteis con el asno, no levantasteis sospechas.
- No, mañana he de ir nuevamente, os he de traer cangrejos y bogavantes!
Así, tanto Fadrique como Sancho fueron a las calas de cabo Salou todos los días y nosotros comenzábamos a dudar de la pertinencia de haber apostado todas nuestras fichas en que nuestros perseguidos fuesen a embarcar por ahí, pero al caer el quinto día, Sancho llegó con nuevas interesantes: Forasteros habían ocupado la alquería. No se hicieron de muchos amigos pues se comportaban con prepotencia, e incluso con la insolencia del que se siente superior, aunque eran tolerados pues gastaban el dinero con largueza.
- Sancho, los habéis contado? cuántos son? – preguntó Juan con un dejo de impaciencia.
- Son los bellacos que buscamos, Juan. Apuesto mi gaznate a que son ellos! Hay tres que no salen de la alquería. Uno de ellos es el que tú dices que es el mandamás y el otro, la espada que lo proteje. Los otros, tres, son los que van y vienen, entran y salen.
- Sí. Os creo – respondió Juan con una mirada acerada – Son ellos.
- Sólo falta saber cuándo huirán – dije yo.
- A de ser pronto, la marea cambia la próxima semana. Seguro aprovecharán la luz del dia y los dos palmos mas de agua de la pleamar – acotó Sancho.
- No, Don Francisco. No dejaremos que los hijos de mala madre escapen. Somos nosotros quienes iremos a por ellos. Y mientras antes, mejor. Nuestros afanes están por acabar.
- Sea! Aprestad los aceros. Esta noche, a pensar como hemos de sorprenderlos y hacer justicia. Vos decis bien Juan: Mañana terminan nuestros afanes!


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Mensaje por reytuerto »

Estuvimos listos antes del amanecer. El pobre de Sancho apenas durmió esa noche, pues tuvo que ir a darle un recado a Don Gonzalo, lo esperaríamos mañana a medio dia en la Cala Vinya, además fue el primero en entrar al pueblo buscando a pescadores y pescaderas conocidos; poco después del alba llegó Fadrique, y también fingió hacer sus quehaceres habituales en el pueblo, buscando que dibujar pero sin quitarle un ojo a la alquería. Maese Juan y yo, prudentemente nos mantuvimos a distancia.

A las nueve de la mañana, vimos movimiento. Juan me hizo notar que tres individuos salían de la casa “cagalindes” susurró. Mentalmente yo hacía cálculos, pues la mejor hora para embarcar seria entre media y una hora antes del mediodía. Todos estábamos en posición. Sancho en la playa y Fadrique no muy lejos de allí, algún bote de pescadores a la vista, pescaderas recorriendo la playa yendo a marisquear a los roqueríos que delimitaban la cala. Un día idílico.

Salió un cuarto y Juan tensó los músculos: “ese es uno”. El matón caminó hasta la playa, oteó el horizonte y elevó la mirada al sol, supongo que calculando la hora. “es hoy” susurré y el fiel guardaespaldas asintió con la cabeza. “Que no se os escape, yo ajustaré algunas cuentas con el otro. No tengáis piedad con nadie” Asentí, esperando que con el barullo, Fadrique y Sancho acudiesen presurosos.

Nos acercamos rápidamente, con resolución. De un puntapié, Juan abrió la puerta, un malhechor asomó la cabeza y a cuatro pasos de distancia le descargué la pistola de anima lisa, a tan corta distancia que pude ver como el plomo astillaba el esternón y esparcía fragmentos del bofe, el miserable cayó a tierra ahogándose en su propia sangre.
- “Catalani!!!” – Una voz de apremio se oyó en el fondo, se oyeron pasos agitados, y la salida presurosa por el fondo.
- Huyen! - Rugió Juan. Al tiempo que con su acero traspasaba a otro de los bellacos, uno de los cagalindes, pues los guardaespaldas estaban pegados como lapas al mandamás – seguidme!
- Voy! – Pero ni bien dije esta palabra, uno de los villanos me interceptó con su acero desenvainado y apenas pude desviar su estocada.
- Indio felón! – la “f” mal vocalizada típica de un edéntulo total superior me dejaron pocas dudas.
- Vos! Teníais que ser vos! - Sí, era Bocángel – Gusano despreciable! Os habéis vendido, traicionando a vuestro rey! Mezquino, maldito y mezquino!
- Muchos demonios han protegido vuestra vida. Pero hoy se os acaba la suerte.
- No, infeliz. Hoy voy a terminar lo que debí haber terminado cuando volé vuestras palas!

Cruzamos nuestros aceros. No había mucho espacio dentro de la casa. Eso dejaba poco lugar para las filigranas de la esgrima, así fuese la verdadera destreza, la escuela española que tan que desde la infancia el hijo del cirujano real había aprendido. Con una sonrisa que en su boca desdentada más parecía una mueca, Bocángel extrajo una daga con la mano izquierda. Ahora tenía la ventaja.
Volvimos a cruzar espadas, el desmuelado se aplicaba a fondo, lanzando estocada tras estocada. Mi entrenamiento con Maese Juan valía su peso en oro, pues paraba sin angustias cada ataque de mi rival. Tenía que tener cuidado de la daga, pues estaba en la mano libre, y al primer descuido podía herirme. En eso vi una capa, con la que rápidamente envolví mi brazo izquierdo. Las tornas estaban igualadas!
Estábamos ya al fondo de la casa, cerca por donde habían huido los italianos, cuando sonó un disparo, un pistoletazo! Una aviesa sonrisa mostró la lengua de Bocangel al tiempo que me decía:
- Están cazando a vuestros amigos! Los italianos rebanaran vuestros gaznates! Chillareis como un cerdo, como el cagaleches que enviasteis contra nosotros!
- Hijo ´e puta! - Le espeté – Ya veremos quién es el que chilla!

Una vez más, cruzamos espadas. Pero esta vez, Bocángel no esperaba mi ataque, y lo hice retroceder hasta salir de la casa. Fuera de casa, él pudo usar con más soltura la daga, con la que paró dos estocadas que le lancé. Eso hizo que se confiara. Ah! Bendita Vanidad! El pecado preferido del Diablo! Avanzó lanzando estocadas, en tanto yo retrocedía, parando con mi ropera sus ataques, en un movimiento avisado, embistió a fondo y aproveche para con la capa taparle la visión y clavarle medio palmo de la espada en las tripas. Giré la mano al retirar el acero. Bocangel gimió.
- No conocías la “encapada”? – pregunté con sorna- Ahora chillad a placer, mala bestia! Es vuestro hígado el que está tocado. Estáis condenado.

Dejé al traidor desangrándose y escuché un grito de apremio desde la playa (maldita cala Vinya, tan cerrada que no veía al mandamás desde donde estaba) “Catalani!!!”. Me acerco presuroso y veo a Sancho tirado en la playa, una fea herida en la pierna producto del pistoletazo. Voy a procurarle auxilio y el fiel guardaespaldas me regaña: “Id a auxiliar a Juan, rápido!, o se os escapa!”

Veo a Fadrique y a Juan enzarzados en feroces duelos individuales. Los italianos eran tipos avezados y conocedores de su oficio, pero al jefe no lo vi cerca. Mierda! Estaba en el agua entrando a un bote! Cogí la pistola larga y apunté al rival de Fadrique, disparé, y vi que se quebró cuando el tiro le impactó en el abdomen, cosa que permitió que el hijo del rey acabase de una certera estocada en el gaznate. Fadrique me miró con cierto enojo: “yo podía con él, Don Francisco!”
- Venid conmigo, presto! – le dije sin responder – El que está en la playa es el importante.
Corrimos y vi que un bote de pescadores se alejaba. Era el que había estado faenando desde la mañana. Seguramente el italiano había comprado a los pescadores su pasaje a la libertad. Ya en la orilla de playa me detuve a cargar la pistola rayada: procedimiento necesariamente lento, y más porque iba apurado! Polvora, taco y bala trococonica, atacar, cebar y amartillar. Medio minuto. El bote se alejaba. Avanzamos más y ya con el agua en la cadera ordene al muchacho.
- Fadrique, poneos delante de mí, y contened la respiración cuando os mande.
- Si, Don Francisco.

30 metros! Tan solo 30 metros y no podía agarrarlo! Uno de los pescadores ya había desplegado una vela latina, el otro, seguramente el patrón, manejaba el timón. El bote se alejaba cada vez más. Apoye mi brazo en hombro de Fadrique, hice puntería. El italiano saco la cabeza por encima de la borda y sin delicadeza el patrón se la bajó de nuevo. “Fadrique,, respirad hondo!”. Últimas correcciones, y apreté el gatillo.
Pumm! Plak! No, 40 metros eran excesivos para mi arma, así haya sido hecha por el Maestro Miruela. El patrón me miró desde la popa de su embarcación, me señaló el impacto de la bala en el maderamen, y meneó la cabeza. Hijo e´puta! Si le pongo las manos encima será cliente de Pablo Ramplón!

Regresamos a la playa y vimos que Juan limpiaba su espada. Y nos miraba con una sonrisa aviesa. Había ultimado al sicario italiano. “os lo dije, el maldito era mío”. Por lo que acudí presuroso a ver a Sancho, que me explicó lo sucedido “… Iba a por el jefe, pero uno de sus hombre me encañonó, y si no es por Fadrique que le hizo perder el temple, en lugar de recibir el pistoletazo en la pierna, me hubiese matado… Decidme Don Francisco, he de perder mi pierna?”
- No si puedo evitarlo, Sancho. – Lo dije sin mucha convicción pues hasta bien entrado el siglo XIX, un hueso astillado por una bala, era sinónimo de miembro amputado, y rogar que le infección no se llevase al paciente!
- Haced todo lo que esté en vuestras manos! Vos sois el dentista del rey! Un espada cojo, es un espada condenado a ser mendigo!
- Tranquilizaos mi buen Sancho. Con una o dos piernas, siempre estaréis cuidado, al menos mientras Dios me de vida.

Al tiempo que veíamos empequeñecerse la vela, que se dirigía a poniente, escuchamos unos cascos llegando a tropel. Era Don Gonzalo, que venía con una docena de hombres.
- Escaparon, Don Gonzalo! - Dije señalando la vela en el horizonte.
- Uno ha escapado, cirujano. Si mal no he contado, hay 4 muertos y otro en camino. Sólo uno ha huido.
- Pero justamente era el más importante. Aparte de eso, tuvimos suerte, solo debemos de lamentar a un herido.
- Cómo está vuestro hombre?
- Debo intervenir pronto o perderá la pierna. Y sólo tengo conmigo instrumental de emergencia. Y por favor, prestadme medio ducado de oro y el concurso del mejor herrero del pueblo.
- Puedo conseguir el oro, pero no en ducados.
- No importa, pero es necesario que el metal sea de la ley más alta.
- Qué haréis? - Gonzalo me miró intrigado – No será una de vuestras brujerías?
- No, Don Gonzalo! Es cosa mía, pero no es brujería! Tanto es así que en la Corte del Rey de Francia ya usaron placas de oro hace 50 años! Pero no hablemos más! Vivo! llevemos a Sancho donde esté cómodo y aprovechemos el sol de la mañana! Y vos, con toda la autoridad de sus años y su nombre, intentad sonsacar algo al cretino de Bocángel antes estire la pata!

El pobre Sancho aguantó sufridamente el traslado hasta Salou. En el patio de una venta fue instalado con todas las comodidades posibles dadas las circunstancias, y puede lavar la herida de la tibia. Fea. El hueso estaba todo astillado y los músculos al contraerse, habían desplazado la porción distal del miembro, pero al menos la hemorragia se había podido controlar – “Aguantad un poco más, buen Sancho!, voy donde el herrero y en media hora estaré con vos de nuevo!” - y para aliviar su sufrimiento diluí una pastilla de opio en malojillo y se lo hice beber, lo que, más rápido que lento, lo condujo al limbo de la indiferencia sensorial.

El herrero del pueblo, Alonso, era justamente eso, un herrero de pueblo. Muy servicial eso si, pero no podía encargar ninguna sutileza.
- Hala, Maestro Alonso! Oídme bien! fundid las monedas de Don Gonzalo y hacedme dos placas de 4 dedos de largo y dos dedeos de ancho, con el grosor de un real. Perforadla con 6 huecos del tamaño de la uña del meñique, a espacios regulares. En los ángulos haced unos pequeños agujeros y repetidlos en la periferia, separados entre sí por el ancho de la uña del dedo del corazón, entendéis?. Finalmente hacedme 20 tornillos del tamaño del ancho de vuestra uña del dedo del corazón, que puedan pasar hasta la cabeza por los agujeros que haréis en la periferia de la placa. Hacedlo rápido que la vida de un cristiano está en vuestras manos! Tenéis alguna duda?
- No, Don Francisco, habéis sido claro. En media hora vuestro trabajo estará listo.
- Os lo agradezco, buen hombre. Si necesitáis mas oro, pedídselo a Don Gonzalo. Apenas terminéis, cepillad bien vuestra obra y enviádmela libre de virutas.

En esa media hora puse a hervir agua, y también poner un brasero a mano, para luego de colocar a Sancho lo más cómodamente posible (tanto para él como sobre todo, para mi), con un escueto “Venid a ayudarme” le dije a Fadrique y a Juan que me asistiesen. Ordené que se lavasen las manos hasta el codo concienzudamente, incluyendo limpiarse bien debajo de las uñas, que estaban obviamente más negras que el carbón. Ya limpios, enjabonamos la pierna y la afeitamos, al ver que el paciente aún se quejaba, le di un refuerzo de la infusión de opio. Cogí un bisturí e hice una incisión larga y con la legra comencé a separar periostio de hueso. Vi a Fadrique palidecer.
- Eh, Fadrique, qué os pasa? Vos no le hacéis ascos a la sangre?
- No, Don Francisco. No tiemblo ante un enemigo o al ver a los sayones hacer su oficio. Pero esto es diferente! Estáis cortando a un amigo!
- Dejad vuestros lamentos y ayudadme. Mantened separada la piel con este aparato (que no era otra cosa que la cuchara de plata de Don Gonzalo doblada en ángulo)!

Poco a poco fui dejando expuesta la herida, con mucha paciencia comencé a remover las astillas. Sancho había perdido hueso, pues la bala había roto la tibia y entre fragmentos grandes y pequeños completamente separados había un hueco de buenas dimensiones. Pero Dios cuida de los suyos! La bala había indicido lateralmente, por lo que las dos porciones distal y mesial a la herida no estaban totalmente separadas por lo que se podrían afrontar y mantener en su lugar con las placas de oro. Cuando había alguna hemorragia, Juan ponía mi único cauterizador al fuego del brasero y mal que bien, deteníamos el sangrado, luego el fiel guardaespladas, limpiaba la cabeza del cauterio con vinagre y nuevamente lo introducía en las brasas. Yo sabía que cada vez que cauterizaba un vaso sangrante, estaba reduciendo las posibilidades de vascularizar una zona de extenso traumatismo, y rogaba al Cielo para que el aporte sanguíneo remanente fuese el mínimamente adecuado. Pero también sabía que el éxito de la operación radicaba en un debridamiento preciso (dentro de lo posible, por supuesto) y precoz, seguido de una estabilización y fijación del hueso… y claro está, evitar la infección en una época sin antibióticos.

A la hora de comenzar, llegaron los encargos del herrero. Alonso había entendido lo que le pedí. Pusimos placas y tornillos dizque esterilizar en el agua hirviendo, y luego de dos horas al calor, los enfriamos en aguardiente de orujo. Así después de dos horas, estábamos de desbridar la herida y limpiarla de restos de hueso, estábamos listos para colocar las placas en su lugar. Ah! Un detalle con el que no había contado! No teníamos taladro! Así que cada tornillo fue colocado a punta de punzón de plata y autoroscándolos. Una tarea lenta y fatigosa. Por suerte, el hueso remanente fuerte, con una cortical franca en donde los tornillos quedaron anclados, esperando que bien. Entablillamos la pierna lo mejor que pudimos, pues hasta que no estuviese seguro que la infección podía ser superada no iría a escayolar, y bueno, estaba hecho!; ahora sólo faltaba poner velas a todos los santos pertinentes para que Sancho no perdiese la pierna o la vida. Los próximos 3 días serian críticos.

En las seis horas que duró la intervención no nos enteramos que cuando la marea estuvo en su punto más alto, una fusta se paseó rápidamente por todas las calas del Cabo Salou a toda la velocidad que sus remos podían dar. Tampoco nos pudimos enterar del revuelo causado en el pueblo por el robo de un bote a un pescador, ni que Gabriel Bocángel había expirando quejándose como un gorrino de sus dolores en medio de maldiciones terribles a los Martínez de Luna, al rey y la reina de España, a los médicos de la corte y al indio Francisco Sánchez de Lima.


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Mensaje por reytuerto »

- Fadrique, Juan, descansad y comed algo. Velad el sueño de Sancho y si notáis cualquier cosa, pero cualquier cosa rara, llamadme de inmediato. Estaré con Don Gonzalo enterándome de las últimas… si es que hay algo de que enterarme!

La fusta paseándose a velocidad por las calas causo cierto revuelo, pues se temía una de las terribles incursiones de los piratas magrebíes que asolaban las costas cristianas desde Italia hasta Irlanda, incluyendo la hereje Inglaterra y la taimada Francia, pero al no acercarse con intenciones de desembarcar, se perdió interés con rapidez. Mas revuelo causo el pescador robado. Uno de los botes de pesca del puerto había desaparecido, y el hombre de mar maldecía a los extraños que habían llegado a perturbar la paz, desde el señorito pintor, hasta el pescador gallego, pasando por los malencarados italianos y el infeliz desmuelado muerto. Todos! Fue una letanía interminable hasta que le hice un gesto a don Gonzalo que alzando la voz, preguntó “ …buen hombre, responded con honestidad, cuánto cuesta vuestro bote?... “, el pescador sorprendido por la pregunta dio una cifra, algo inflada, pero mucho menos de lo que habría sido si no hubiese sido cogido “in albis” por la pregunta, con una sonrisa pícara el patriarca de la casa Martínez de Luna sentenció: “no os preocupéis, el aquí presente cirujano real, Don Francisco, os pagará, real sobre real, el costo total del bote perdido”. Lo miré sorprendido, tal vez divertido (no era mucho lo que me esquilmaba) con esa cara de “touché, ya me jodiste!” pero hasta cierto punto aliviado: de un plumazo nos metimos a todo el pueblo (o casi), en el bolsillo!

Así, luego de soplarme tres horas regrese a ver a mi enfermo. Ni bien entré, Fadrique me dijo “Sancho ya ha despertado, tiene hambre, pero no le hemos dado de comer nada hasta que vos vinieseis”.
- Vamos –respondí con una sonrisa cansada- tampoco así caballeros! Ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre! Dadle de comer a ese buen hombre. Y si sois clementes, traed también algo para mí!
Se alegraron con mi ocurrencia, y luego enfermo y cuidador estuvimos comiendo una sencilla sopa de pan, ajos y unos filetitos fritos de sardina. Rico, sencillo y generoso. Con papas y pimentón quedaría mejor… pero faltan por lo menos doscientos años para eso!
- Sancho, descansad ahora. Yo ya he hecho todo lo que soy capaz de hacer para salvar vuestra pierna. Lo que resta, dependerá de vuestra fortaleza y de la voluntad de Dios. Orad, pero también comed bien.
- Lo haré, Don Francisco.
- Iré a dormir, y dejaré a algún compañero velando vuestro sueño.
Dejé a Sancho al cuidado de Fadrique y Juan. Y tal como acostumbraba, caí rápidamente en un sueño profundo. No se cuántas horas pasaron y debía estar roncando, cuando sentí que Fadrique me zarandeaba al tiempo que me decía “despertad! Sancho está ardiendo en fiebre!”
Era de esperarse, el balazo, la reducción de la fractura y la colocación de la férula estaban pasando factura. Sí, tenía fiebre alta, aunque no estaba volando, al menos no todavía. Ah! Que falta me hacía un termómetro de los que disponía en abundancia en Valencia! Todos en la venta estaban despiertos, así que aproveche para dar indicaciones.
- Vos – dije dirigiéndome a la ventera – traedme un cuenco de agua y ponedla a hervir, también traed vinagre y aguardiente de orujo, y paños limpios. Presto, presto!
- Qué hacemos, Don Francisco? Cómo os ayudamos?
- Lo importante es que la fiebre no suba. Yo he visto en numerosas ocasiones que después de una fiebre importante, el enfermo queda restablecido. Pero en algunas ocasiones, una fiebre muy alta, deja las seseras dañadas.
- Tanto sufrimiento para terminar alelado! – se lamentó Juan.
- No, no Juan. No siempre es así. De hecho, es lo extraordinario. Tened fe.
- Y vos que haréis?
- Una loción refrescante, Fadrique. Ni Dios, ni Santa Apolonia me han dado luces para saber si el vinagre o el aguardiente curan la calentura, pero ciertamente si colocamos paños humedecidos de la loción en la frente, y hay una brisa suave, el cuerpo se ha de refrescar, y las seseras de Sancho no se asarán dentro de su cráneo.

Así pues que apenas hirvió el agua, la puse a enfriar y la mezclé con el vinagre y el alcohol. Solo faltaba un poco de olor y de tintura de benjuí y habría replicado el vinagre aromático del Dr. Bully del siglo XIX! Vendido en ese siglo hasta la saciedad como un curalotodo, desde fiebrífugo, hasta desinfectante, pasando por loción contra los eccemas, verrugas, pápulas, chancros, y algunos charlatanes incluso llegaron a la temeridad de ofrecerlo en el tratamiento de los carcinomas dérmicos!

- A ver, Fadrique! Remojad el paño y escurridlo, refrescad la frente y los brazos de nuestro compañero! Y vos, Juan abanicad muy despacio para hacer algo de brisa. Eso será suficiente por ahora.
Efectivamente, la fiebre cedió un poco y Sancho pudo desayunar pan con pescado en la mañana. Fui a visitar a Don Gonzalo, previniendo a los que se quedaban en la venta, que la fiebre volvería. Al salir, vi que la ventera tenía una batea amplia en donde lavaba la ropa, le indiqué que nos la tuviese lista y limpia, pues no nos bañábamos en más de una semana.
Regresé en la tarde, y había recuperado los servicios de Antonio y Segoviano. Al entrar en la venta vi que Fadrique estaba a punto de montar su caballo.

- Iba en vuestra búsqueda, ahora la fiebre ha vuelto y es muy alta.
Examiné rápidamente a Sancho y sí, ahora estaba volando en fiebre. Nuestro baño podría esperar pero yo debía bajarle la fiebre al enfermo rápidamente: Ordene preparar la batea y que la llenasen con agua tibia, indicando con claridad que no quería un agua que sancochase la piel, pero que tampoco la pusiese de gallina: tibia!

Luego de desvestir a Sancho, y de personalmente encargarme de cuidar que la pierna recién operada no se golpease, ni se estrangulase en una posición péndula, los cuatro metimos al enfermo en el agua. Si estaba templada, y le bajé aún más la temperatura con dos garrafas de vinagre que vertí para desinfectar en lo posible el agua. Mientras yo cuidaba que la pierna nunca estuviese flexionada sobre el borde de la batea, Fadrique y Juan se encargaban de velar que el agua no entrase en las vías respiratorias.
- Segoviano’! Vos sois hombre de monte! Id como si el diablo os persiguiese y traedme cortezas de sauce blanco. Rápido!


Tuvimos a Sancho refrescándose por más de media hora. Luego lo llevamos a la cama, y nos preparamos para una noche que adivinamos sería larga. Sancho estaba débil, por momentos ido, y el delirio no tardó en manifestarse.
- Kinsale, Kinsale! – alcancé a oir a Sancho.
- Está delirando, pero no llego a entender que es lo que dice.
- Kinsale – Dijo Juan con gravedad – Kindsale, éramos unos zagales apenas cuando eso ocurrió. En Irlanda. Luchábamos contra los herejes ingleses ayudando a los buenos cristianos de esa isla. Nos quedamos solos. Al final el capitán Juan del Aguila capituló, pero conservamos nuestras armas y nuestras banderas.
- Eso fue hace más de 20 años!
- Sí, un día antes de la navidad de 1601. Los irlandeses, valientes pero desordenados fueron derrotados. No pudimos romper el cerco y murieron cien de los nuestros. A mediados de enero, los herejes nos ofrecieron una capitulación honrosa, conservamos, nuestros cañones, armas, estandartes, dinero personal y los ingleses pagaron el transporte hasta España y los víveres para todos nosotros. En Marzo llegamos a la Coruña, nos repusimos en casa de los padres de Sancho, buenos pescadores gallegos. Nos enganchamos otra vez y salimos para Flandes, a órdenes del gran marqués Spínola, pero la lucha ahí terminó pronto y sin demasiado jaleo. De Flandes pasamos a Alemania y estuvimos en el sitio y conquista de Aquisgrán. Como vos decís, 20 años han pasado. Luego nos licenciamos y malvivimos hasta que vos nos contratasteis.
- Y muchas aguas habéis visto juntos.
- Juntos hemos sufrido heridas, pasado frío y hambre, hemos visto pagos retrasados por más de un año, hemos perdido dientes y ganado canas. Ahora somos un par de viejos (aunque apenas tenían algo más de 40 años!) y no me gustaría ver a mi amigo morir por culpa de unos cagalindes.
- Os juro que haré cuanto pueda para que no tengamos que llamar al cura.
- Vos habéis sido un patrón bueno, posiblemente el más generoso y el menos ruin de todos los que nos han tocado desde que dejamos los Tercios. Si decís lo que decís que haréis, os creo.
- Kinsale, Kinsale! – volvió a gimotear Sancho.
- Debe haber sido duro lo que vivisteis allí.
- Duro en Irlanda? No, Don Francisco! Éramos un par de zagales! - me contestó con una sonrisa entre dura y triste - Y la cabeza de un niñato es fácilmente impresionable.

La fiebre no volvió a subir, aunque el delirio se mantuvo. Y varias veces durante la noche tuvimos que refrescar cabeza y brazos del bueno de Sancho para bajarle la temperatura. Ya clareaba cuando Segoviano llego con un importante cargamento de cortezas.
- Don Francisco, no sabía qué tipo de sauce buscabais, y os he traído un poco de sauce blanco, que aquí llaman salce, también llamado salguero en Castilla la Vieja; sauce llorón, sauce real o sanz. Dios quiera que alguno os sirva.
- Buen Segoviano!, todos me sirven!

Con un cuchillo raspé un buen puñado de cortezas y luego procedí a picarlas. Dos cucharadas generosas sirvieron para hacer un té, el resto lo dejé infusionando en un tazón con agua tibia. Ya teníamos un febrífugo.

Como nunca dejamos de darle de beber al enfermo, fue relativamente fácil. Sancho seguía con fiebre alta, y estaba desubicado en tiempo y espacio. Al menos nunca tuvo alucinaciones visuales o auditivas, pero evocaba mucho episodios de su época de soldado. A tragos breves le dimos un par de escudillas de la “proto-aspirina”, y que sea lo que Dios quiera!

Después del desayuno, Don Gonzalo fue a despedirse
- Hala! He de regresar a Madrid, Cirujano!
- Vuestros afanes han sido recompensados?
- Sí, en tanto nuestras plantaciones de adormidera sigan tranquilas y las jerónimas haciendo el licor del sueño para vuestro hospital.
- Pero uno de los bellacos ha huido! Posiblemente el cabecilla.
- Y creedme, volverán a intentarlo. Pero lo harán con otros medios, y tal vez ni yo, ni vos podréis evitar que consigan sus propósitos Cometieron el error de contar con bellacos que eran grandes espadas en el mentidero, o badulaques que sólo eran hábiles disparando virotes desde una ballesta para cazar conejos, pues pensaban que era suficiente para ver palmar a un sacamuelas. Esa cicatería, más que la habilidad de todos nosotros, es lo que salvó vuestro gaznate!
- Veréis a vuestro hijo?
- No mi camino me lleva a Barbastro, Guell y de allí a Madrid. Vos cuando iréis a Valencia?
- Debo esperar a que mi espada pueda cabalgar.
- Vivirá?
- Sólo si Dios quiere.
- Lamentaría mucho que medio ducado se quedase en la pierna de un muerto.
- Ah, Don Gonzalo! Si todo lo que se hace bien, terminase bien, viviría con un peso menos sobre el pecho. Pero ni siquiera puedo saber si lo que he hecho está bien.
- Ha sido otro de vuestros inventos? – preguntó enarcando las cejas.
- No, no. Hace 50 años, un francés de París lo describió por primera vez. Pero ciertamente es primera vez que se hace en una herida tan grande, habiendo removido tanto hueso.
- Otro le hubiese cortado la pierna.
- Y otro lo hubiese dejado morir. Cada cual hace según lo que puede o lo que sabe.
- Sancho ha corrido con suerte, Francisco – dijo asintiendo la cabeza con benevolencia - Mandad a Fadrique y Segoviano de vuelta a Valencia y avisadle a Álvaro de vuestras peripecias.
- Tenéis razón, mañana los haré partir.
- Francisco, la madeja de este embrollo es grande. No os confiéis y andad con cuidado.
- Tened cuidado en el camino, Don Gonzalo.
- No es en el camino donde están las acechanzas. Con Dios!

Y partió. Yo regresé a ver al enfermo y verlo nuevamente sumido en delirio y fiebre alta. Otra vez fue menester bañarlo para bajar la fiebre. Y como no sabía a ciencia cierta la farmacocinética de la corteza de sauce blanco, debía administrar la infusión al buen tuntún. Así que en la batea misma le dimos de tomar otro pocillo del brebaje. Instruí a Fadrique y Segoviano para que partiesen luego del desayuno hacia Valencia. Escribí dos cartas explicando detalles de lo sucedido, una para Álvaro y otra para el Marqués del Puerto.

Por cinco días, Sancho luchó contra la fiebre, pero a la semana el enfermo parecía haber superado lo peor. Al menos ya no deliraba. Cruzaba los dedos para que no hubiese rechazo y la placa de oro funcionase. Afortunadamente, no había infección, la supuración se había detenido, aunque seguía saliendo un secreción serosa de las heridas. Seguía dándole infusiones de sauce, y alguna que otra vez, te de cannabis para el dolor. Pero no fue necesario recurrir al opio.

Fueron días de poco trabajo. Me enteré que Antonio había tenido una historia diferente: había defendido Larache por varios lustros hasta que se metió con la mujer equivocada y tuvo que salir de la ciudad apresuradamente. Llegó a Madrid luego de dar tumbos por diferentes ciudades del Levante y alli conoció a Sancho y Juan. Al igual que ellos, había puesto su espada al servicio de quien pagase mejor, hasta que llegó a mi servicio. Tenía facilidad para las lenguas, pues además del castellano, hablaba catalán y árabe, chamullando también algo de zeneise, por lo que adiviné que en algún momento de su vida tuvo tratos con genoveses.

El tiempo también estaba cambiando: El otoño no era benigno en la pequeña edad de hielo. Debía escayolar la pierna de Sancho a la brevedad, pues con su temperamento inquieto, la inmovilización temporal no tenía posibilidades de ser exitosa y ya sin delirios, podía hacerlo contando con la colaboración del paciente.

Lo primero que hice fue examinar la herida, que seguía mejorando. A falta de un antiséptico mejor, estaba usando miel de abejas. Lave la pierna muy bien, y luego la envolví en una gasa muy suelta humedecida. Seguidamente hice algo que a los prostodoncistas nos va bien, mezclar el yeso (yeso de construcción pasado por mortero y tamizado, nada más pero nada menos) para seguidamente colocarlo en tiras de gasa embebidas en el material de construcción, y en menos de diez minutos tenía una cubierta dura, que procedí a reforzar con yeso esta vez sin moler. Incluso tuve la buena maña de ponerle un taco de alcornoque en el talón. Le quedó una bota algo tosca, más oscura que las que se conocieron en siglos posteriores, pero funcional. A la tercera semana después de haber llegado a Salou, estábamos listos para partir.

El regreso fue afortunado y relativamente rápido, siempre por el camino de la costa. Fuimos a buen paso en una cabalgata distendida, y pese a la pierna escayolada, Sancho no se quejó ni aflojo el ritmo. En seis días, siempre siguiendo el camino que seguía la Vía Augusta, estuvimos a la entrada de la ciudad del Cid. Nos encaminamos hacia el Portal del Mar y vimos a Álvaro, con una escolta de jinetes, dándonos la bienvenida!
- Álvaro! Por Dios! No estamos llegando de la guerra! – exclamé luego de apearme para darnos el abrazo.
- Espero que el camino os haya sido ligero.
- Oh, mejor de lo que se podía esperar – dije con una amplia sonrisa – dejadme llegar al Hospital para examinar como Dios manda a este caballero y luego os contaré las peripecias que Fadrique no os haya contado.
- Ah, mi amigo! Me temo que no podréis ir al hospital.
- No? , entonces..? – respondí con un expresión de sorpresa inocultable.
- No. Todo el personal del hospital está en los cuarteles de la Compañía y la Bandera. Y nosotros vamos ahí… excepto vos, que debéis marchar rápidamente con el Marqués del Puerto. Pronto! Que os está esperando!


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Mensaje por Domper »

Ya que uno de vez en cuando se cansa de herrs, frauleins y batallas en el Canal, he escrito otros textos de la que, en mi opinión, es la mejor ucronía del foro. Exceptuando la mía, obviamente ;-)

Con el permiso de los autores del hilo, e intentando respetar su magnífico hacer, me he permitido escribir alguna continuación. Para no interferir con lo escrito, se sitúa en el futuro, empezando en 1558. Los protagonistas iniciales apenas intervendrán; esta será la historia de sus discípulos.

Ahí va. Dusfrútenla.



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Mensaje por Domper »


Acero y Rayo

El fusil del rey


En el día de San Vicente Ferrer, quinto del mes de abril del año de Nuestro Señor de 1658

Con su cañón negro de tan fino bruñido que reflejaba las facciones de su creador, la recámara de acero y latón, y el guardamanos y culata de nogal encerado, ese fusil no iba a desentonar en la real armería. Aunque no tuviera las recargadas filigranas que cubrían las armas de fuego del rey Don Felipe el Cuarto, su acabado no desmerecía al de la mejor escopeta de caza. Sin embargo, había una diferencia radical con cualquier arma existente: el arma de fuego que Otamendi empuñaba no era obra de artesano. Era uno de los primeros ejemplares producidos en la real fábrica de Éibar, y estaba llamado a dominar los campos de batalla durante decenios: iba a ser el primer fusil de retrocarga de la historia que se fabricase en serie. De la Historia, o de la nueva Historia.

Por su aspecto parecía simple. Un fusil más, que solo se diferenciaba de los que ya equipaban a los reales ejércitos en la palanca bajo el guardamanos, y en no tener percutor visible. Con su economía de líneas, parecía imposible que su desarrollo hubiese llevado tantos años. Años que habían sido necesarios para resolver tantos problemas, que en su momento parecieron insuperables…

Los primeros pasos se habían dado en la Real Fábrica de Orbaiceta, en las montañas navarras. Allí estuvo, rodeada por los frondosos bosques que la proveían de carbón vegetal, hasta que la guerra con Francia y la amenaza de incursiones obligó a trasladarla a la más segura localidad asturiana de Trubia, que de nuevo iba a convertirse en villa armera. Había sido en Orbaiceta donde se había conseguido desarrollar un proceso para taladrar el ánima en una barra de hierro; esos cañones sin costuras, tras el tratamiento térmico, podían soportar presiones que hubiesen destrozado cualquier arcabuz. El siguiente paso fue rayarlo, con un procedimiento en frío que empleaba una oliva de acero revestida de esmeril. El desarrollo de la técnica de rayado supuso un retraso de meses, que se sumaron a los precisos para trasladar armeros y máquinas lejos de la frontera francesa; a cambio, los fusiles de Trubia no solo fueron seguros y ligeros, sino también tan precisos que eran capaces de abatir a un venado —o a un enemigo— a trescientos pasos. Pero solo había sido el principio.

Otamendi sabía que la avancarga era un callejón sin salida. Incluso con los proyectiles Minie —o, mejor dicho, las balas Entrerríos—, un soldado solo podía hacer dos o tres disparos cada minuto, y tenía que cargar de pie, formando parte de líneas de fusileros que eran un objetivo ideal para la nueva artillería. Aunque el ingeniero no fuera un experto en armamento, sabía que el fusil Entrerríos era solo una medida temporal, ya que sería superado por los de retrocarga, y estos, a su vez, por los de repetición y por los automáticos. Aun así, durante un tiempo el Entrerríos había dado a los soldados españoles la ventaja que necesitaban para imponerse a sus enemigos. Ahora esperaba que el fusil Otamendi le permitiese conquistar el mundo.

La inexperiencia de Otamendi en el desarrollo de armas se suplía con el conocimiento. Parte, el aprendido años ha en la Escuela de Ingeniería, pero también el guardado en su teléfono móvil. Pocas veces lo encendía; la batería había muerto hacía decenios, y tenía que emplear una engorrosa pila electroquímica. Temiendo que el aparato fallase cualquier día, Ignacio se había apresurado a copiar esquemas de máquinas, procesos químicos y técnicas de fabricación. El contenido de la memoria del aparato ahora estaba en cuadernos guardados en una caja de acero que podría resistir al más fuerte hachero, y cuyos secretos estaban cambiando el curso de la Historia.



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Mensaje por TOPOTAMALDER »

Domper escribió: 06 Dic 2021, 18:29 Ya que uno de vez en cuando se cansa de herrs, frauleins y batallas en el Canal, he escrito otros textos de la que, en mi opinión, es la mejor ucronía del foro. Exceptuando la mía, obviamente ;-)

Con el permiso de los autores del hilo, e intentando respetar su magnífico hacer, me he permitido escribir alguna continuación. Para no interferir con lo escrito, se sitúa en el futuro, empezando en 1558. Los protagonistas iniciales apenas intervendrán; esta será la historia de sus discípulos.

Ahí va. Dusfrútenla.
1558? Pero si estamos en 1640 :asombro3:


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Mensaje por FalcoX »

Ya que el armamento va a ser más sofisticado que en la historia real, ¿no podría algún iluminado coger los planos de Leonardo da Vinci sobre el tanque ése que inventó, darle un par de vueltas y diseñar el primer carro de combate rudimentario? A mediados del XVII.


Domper
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Mensaje por Domper »

Se indica expresamente que esto ocurre en el futuro. Lo siento, no se va a desvelar nada (como si yo supiera lo que va a salir de la *** mente del SH).

Saludos



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Mensaje por Domper »


Qué razón tenía quien dijo que el diablo estaba en los detalles. Los esquemas eran aparentemente sencillos, y bastaba con unir unos bloques de metal con unos pocos tornillos, pero ¿dónde había tornillos en el siglo XVII? Se conocían, desde luego, y los armeros los hacían. Uno por uno y con técnicas artesanales, a precios disparatados, para que luego no encajasen. Hubo que desarrollar una máquina para fabricarlos; también fue preciso estandarizar la producción de muelles, y de todas esas piezas que en otro tiempo se adquirían en cualquier ferretería, y que hubo que reinventar. Fueron causa de más demoras, pero ahora los armeros no podían concebir cómo se podía trabajar sin esa tornillería. Para fabricarla fueron necesarios tantos avances que, al paso de Ignacio, los operarios de la fábrica callaban, se descubrían y bajaban la cabeza, en reconocimiento de su genio. Solo las opíparas donaciones a la Iglesia impedían que corriesen rumores malintencionados sobre su persona.

Producir todos esos elementos requería mucha energía, más de la que podían proporcionar los ríos, e Ignacio había tenido que inventar las primeras «máquinas de fuego» eficientes de la historia. Sabía que a su amigo Pedro le disgustaban, pero esperar al motor eléctrico llevaría decenios. Al menos, el empleo del carbón de piedra había salvado los bosques asturianos, aunque ahora las chimeneas ensuciasen el aire de la villa y ennegrecieran las fachadas de las casas. Duro peaje que esperaba que fuese temporal: ya tenía prototipos de motores eléctricos y de generadores, pero la conversión de la naciente industria a la electricidad requería tal infraestructura que sería inviable durante bastantes años.

Para aprovechar la energía de las máquinas, había necesitado confeccionar cintas de tela y caucho, es decir, de Castilla elástica, o Elástica, como se le llamaba comúnmente. Tuvo que hacer centenares de ensayos hasta conseguir la combinación que aunaba flexibilidad y resistencia. Fue labor de años hasta que, por fin, las máquinas sustituyeron al esfuerzo humano. Unas hacían girar los potentes taladros, y otras movían el torno con el que los armeros fabricaban las piezas de la caja, ayudados por plantillas de metal, con tal finura que se rechazaban las piezas que se desviaran más de un tercio de línea. También el vapor movía los martillos que rayaban el ánima del cañón, las fresadoras que tallaban la madera, y las estampadoras que cortaban los elementos más ligeros.

Las fábricas que manchaban el aire de Trubia no eran las únicas que emponzoñaban el cielo asturiano: en la no muy lejana Avilés, grandes hornos procesaban el mineral de hierro vizcaíno, y el arrabio pasaba a crisoles cuya producción de acero ya no se medía en arrobas —nuevas arrobas, diez kilos de la otra realidad— sino en centenares y luego miles de toneladas. Había sido una labor ímproba, pero ahora la Real Siderurgia de Avilés producía más acero que el resto del mundo junto. Además, ya estaba en pruebas el primer convertidor, que se esperaba que volviera a multiplicar la producción de acero.

No bastaba con disponer de metal, ya que la calidad del disponible en tan temprana época era irregular. Al menos, los crisoles permitían obtener un metal de calidad uniforme. Aun así, fueron precisas pruebas y más pruebas hasta conseguir afinar el proceso y, con la adición de metales desconocidos hasta entonces, y que Ignacio tuvo que buscar y purificar, producir los aceros con la resistencia que requerirían las nuevas armas.

En Avilés estaba la industria siderúrgica, pero en Gijón, la química, que también aprovechaba la energía del carbón. No solo del asturiano, sino también del que empezaba a llegar desde Flandes, donde se estaban cavando canales para llevar hasta los puertos el negro fruto de las minas. A bastante distancia de las casas avilesinas, una larguísima doble valla, patrullada por vigilantes con perros, ocultaba la fábrica de explosivos de miradas incómodas y de visitas aun menos deseadas. Proseguía a gran escala la producción de pólvora, pero no ya de la clásica pólvora negra, sino de la roja de combustión lenta que empleaban los fusiles Entrerríos e iban a utilizar las primeras series del Otamendi. También se fabricaba el aceite de fuego (la nitroglicerina) con la que se confeccionaba la pasta de fuego (dinamita) y la pólvora rayo (nitrocelulosa), en plantas separadas unas de otras y aisladas por taludes de tierra. Como era una tarea peligrosa y ya se habían producido varios accidentes, los trabajadores recibían espléndidas primas, a cambio de una supervisión estricta que no toleraba el menor descuido. También en la factoría había un molino para fabricar pólvora negra muy fina, que pronto pararía, pues estaba siendo sustituida por los fulminatos.

No todo eran explosivos. Más cerca de la ciudad se producía el ácido sulfúrico y el ácido nítrico, demandados cada vez más. En un laboratorio se fabricaba el éter que requerían los discípulos de Don Francisco de Lima, así como amoníaco y acetona necesarios para otros procesos. Otra fabricaba, partiendo del aceite de hulla, los nuevos tintes sintéticos (la púrpura valenciana) que hacían furor en Europa. Los beneficios de las telas de colores brillantes e indelebles bastaban para financiar la fábrica… y para arruinar a los enemigos de España. Los experimentos iban más allá y en el laboratorio de ensayos ya se habían conseguido las primeras muestras de materiales sintéticos; no sería cosa de días, pero tampoco estaba tan lejano el momento en el que las fibras artificiales vistieran a los españoles.

Había sido un esfuerzo de muchos años, pero lo que había comenzado como ilusiones y torpes experimentos, se estaba convirtiendo en un emporio industrial que rivalizaba con el valenciano. Los puertos de Gijón y de Avilés ya superaban en tráfico al de Cádiz, y se acercaban a los de Vigo o Valencia. Eran tantos los barcos amarrados que los fondeaderos tuvieron que ampliarse a toda prisa, con gabarras que llevaban grandes bloques de roca —rota con taladros de acero y aceite de fuego— para levantar espigones y rompeolas. Las playas habían sido sustituidas por muelles, la mayoría de madera, pero bastantes de piedra y hormigón, sobre los que se alzaban las machinas que ayudaban a descargar las mercancías que en cantidad cada vez mayor llegaban cada día. Una grúa alzaba cajas de metal y madera de un gran velero: se trataba de otra idea de Ignacio, que había diseñado cofres de almacenamiento con volumen y resistencia establecido. Las grúas los sacaban de las bodegas y los colocaban sobre carromatos, agilizando la descarga y requiriendo menos esfuerzo de los estibadores. Además, los dos puertos habían sido los primeros en disponer de remolcadores, chalanas con máquinas de fuego que movían grandes paletas; eran feos, sucios, pero facilitaban la entrada y salida de los grandes paquebotes independientemente de los vientos.

La pujanza de Asturias se había beneficiado de la ruptura de la inveterada incomunicación con la meseta, gracias a la nueva carretera que salvaba el puerto de Pajares. La ruta de las armas en poco se diferenciaba de las antiguas calzadas romanas, salvo por su mayor anchura. Aunque el transporte interior seguía siendo poco rentable, había hecho más cortos los viajes hasta la capital. Incluso en invierno, pues cuadrillas de peones despejaban la abundante nieve. Entre las factorías había nuevos caminos, llanos y de curvas suaves, con rieles de madera (que poco a poco se iban sustituyendo por otros de metal) sobre los que rodaban las ruedas de hierro se los carros. Aunque se seguían necesitando los tiros de caballerías, los carromatos podían llevar cargas más pesadas con menor esfuerzo de hombres y bestias. Al lado de los caminos de vías, los telégrafos ópticos transmitían las noticias a mayor velocidad que el mejor caballo; solo Ignacio sabía que entre los cuadernos que atesoraba, estaba el proyecto del primer telégrafo eléctrico.

También en Gijón se estaba ampliando la industria naval, ya que los astilleros de la bahía santanderina no daban abasto. En las gradas tomaba forma la nueva flota de la Monarquía, que estaba sustituyendo a los navíos que pocos años antes habían derrotado a holandeses e ingleses. Ahora, buques de líneas aun más finas, construidos en parte con el mejor roble norteño, pero también con maderas duras americanas, y reforzados con el acero asturiano, se preparaban para multiplicar la potencia de las flotas del rey católico.



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FalcoX
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Mensaje por FalcoX »

Quizá vaya siendo hora de realizar una pequeña proyección de poder paseando las nuevas Grandes y Felicísimas Armadas por el sur de Inglaterra para saludar, por si se acuerdan de nosotros :militar7:


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reytuerto
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Mensaje por reytuerto »

Llegue rápidamente a las dependencias de Pedro. Había agitación en el ambiente, y si uniformados y sus consejeros económicos estaban presentes, podía adivinar que algo grande se estaba cocinando. Me llevaron a un saloncito aparte, y mientras se servían diversas viandas frías y calientes, lo que más agradeció mi cuerpo fue el vaso generoso de vino especiado caliente. No se cuánto tiempo estuve esperando, pero entre el vino y el cansancio hicieron que Pedro me encontrase roncando a pierna suelta.

- Hala Paco! Bienvenido! Ya Álvaro me ha contado algo de tus peripecias!
- Disculpa, Pedro. El Cansancio me pudo.
- Se te escuchaba hasta el pasillo. Ahora podemos conversar con calma. A todas – dijo haciendo una pausa y entregándome un sobre – toma tus órdenes. En diez días el Hospital debe estar embarcando.
- Supuse que salíamos de campaña. Dónde?
- Egipto.
- Bien! Era una idea que te rondaba la cabeza desde hace meses. Creo que te adelantaste, enviaste al Hospital al acuartelamiento de la Bandera de Álvaro.
- Eso es colateral. Quería hablar contigo porque antes de zarpar, hemos de presenciar una ejecución desagradable.
- Ejecución?
- Pasado mañana. Horca común.
- Qué ha pasado? – pregunte sorprendido, sabía de la capacidad de Pedro de dejar in albis a su interlocutor, aunque no pensaba que sucedería conmigo.
- Mira - y colocó sobre la mesa un trozo de metal y madera – No voy a negar que fue un buen intento, pero tu disparo tenía todas las de perder.
- Tu…?
- Yo, pero recién después de tu encuentro en el camino con los ineptos que fueron por tu cuello. El mismo que viste en el bote de Salou, fue el que le hizo un agujero en la nuca al ballestero que estaba detrás del árbol.
- He de reconocer que tu hombre es hábil. Ultimó al que me acechaba sin que se enterase! De hecho, la ballesta seguía armada…
- Sí. Conocen su oficio.
- A ver, cuéntame tu parte…
- Venecia. Los venecianos venderían el virgo de sus hijas y el cul* de sus madres por una buena bolsa de dinero. Sabía que estaban detrás de la Farmacia del Hospital. Y los tentáculos de la conspiración iban de Barcelona a Valencia. En Barcelona los venecianos entraron en contacto con el cretino de Bocangel y por ahí comencé a enrrollar la madeja. Tu saliste hacia Aragon antes de tener el panorama claro. Pero cuando me entere del ataque a la plantación de las jerónimas, ya se había producido el incidente del camino de montaña y mis hombres habian actuado por su cuenta. Fue una coincidencia y saliste bien librado por los pelos! Si hubiese sido gente conocedora de su oficio, tus huesos estarían siendo mondados por los lobos.
- Sí. Uno de mis guardaespaldas me lo señaló.
- Don Gonzalo también movio sus fichas, y no hicieron mal en seguir el rastro hasta Salou, por mi parte, estreche el cerco y segui al grupo de italianos de Barcelona a Tarragona, y de allí a Salou. Robar un bote, y secuestrar al veneciano, fue un juego de niños; y más aún porque vosotros hicisteis el trabajo duro.
- Quien era el italiano?
- Jacoppo Zennaro. Comerciante, como no. Pero su familia tiene cierta influencia en la industria del vidrio, y por supuesto, en la banca.
- Ah, era un pez gordo.
- No, pececito nada mas. Pero detrás de él habían tiburones.
- Que pasó con él?
- Se perdió en el camino – me dijo con una sonrisa cínica, aunque divertida- ese es el juego en el que estamos metidos. A él le tocó perder.
- Pero me dijiste que la conspiración estaba metida en el Hospital! No puedo creer que mi gente esté metida en eso!
- Cuando ordene el traslado del personal del hospital al cuartel de la bandera de Luna, solo sabia de un traidor – sí. Francisco, hay que llamar a las cosas por su nombre, un traidor – y revise las habitaciones y correspondencia de todos, profesores, cirujanos, enfermeros. Todos. Y siéntete bien, sólo uno traicionó tu confianza.
- Quién?
- José de Beira.
- No! El comía en mi mesa!
- Sí.
- Qué pasó?
- Primero fue tanteado por un boticario local, naturalmente a sueldo de Zennaro. Le debe haber inflado la cabeza con oropeles.
- En 5 años hubiese sido rico de igual forma…
- Sí, pero me temo que no quería esperar. Beira estuvo frecuentando demasiado a su primo Isaac Cardoso.
- Y? Ambos son de ascendencia judía.
- Pero Isaac Cardoso, tal vez abusando de mi protección, había retomado practicas decididamente judaizantes, arrastrando a su primo en ello. Un peligro como bailar claqué en el filo de un cuchillo.
- Sigo sin ver el como lo convencieron...
- No seas ingenuo, Francisco! – me reprendió con algo de exasperación – A estas alturas, ser ingenuo es estar muerto! La Inquisición! Otro boticario, también a sueldo de los venecianos, lo amenazó. Y ya sabes, solo con la amenaza de delatar ya tienen bastante. Entre una cosa y otra, la voluntad de Beira se quebró.
- Y trabajó sólo? – pregunté alarmado- Hasta cuatro enfermeros trabajaban con él en la Farmacia del Hospital.
- Fueron los primeros en ser investigados. Estaban limpios. Al parecer Beira no se confiaba de nadie. Lo cual a la postre, fue una bendición.
- Tengo que hablar con él…
- No! – Me interrumpió Pedro de forma tajante - Estoy dejando que la culpa lo carcoma, pues le expuse toda la información que saque a Zennaro. Y debe creer que estás muerto. Además, no podrá decirte más. Todos los hilos de la trama están cortados. Hemos corrido con suerte ahora. Una suerte que probablemente no volvamos a tener. En tres noches será cadáver.
- Y Cardoso?
- Lo he expulsado de Valencia, Directo a Marruecos. Allí al menos no perderá la vida.
- Y los otros boticarios?
- Serán ejecutados el mismo día, junto con un par de secretarios que vendieron información.
- Tus secretarios? De tu casa?
- En mis propias dependencias! Pero no llegaron a infiltrarse demasiado. Me se proteger.
- Ah! Eso es algo que aún no aprendo, Pedro!
- Lo sé. –Me respondió con una sonrisa cansada- Esa parte la hago yo por ti.


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Mensaje por Domper »


El desarrollo industrial había atraído hordas de campesinos, que preferían trabajar en las fábricas a malvivir de míseras parcelas. Gijón, Avilés, Trubia y Mieres se estaban convirtiendo en ciudades pujantes que imitaban los avances urbanísticos de los que Valencia había sido pionera. Las mejoras en la agricultura, el empleo de fertilizantes traídos por la compañía de Santa Apolonia, y la introducción a gran escala de cultivos americanos como la patata, el maíz y el tomate, permitían que las hasta ahora pobres tierras asturianas produjesen el alimento que tanta boca necesitaba. Las carreteras que se adentraban en los valles facilitaban el traslado de alimentos a las siempre hambrientas ciudades. Aun así no bastaban, y se habían construido grandes depósitos que almacenaban el cereal que los paquebotes traían desde tierras lejanas. Comerciantes españoles, bien con bolsas repletas de oro, bien con carteras de certificados de plata que cada vez se cotizaban mejor, adquirían grano por toda Europa a precios imposibles para los empobrecidos ingleses u holandeses.

Habiendo trabajo y alimentos, las calles asturianas estaban colmadas de niños, jugando y correteando. Una bomba biológica que los alguaciles encargados de la salud pública intentaban desactivar, aislando a los enfermos, persiguiendo a las ratas, saneando las marismas, erradicando los mosquitos, y aislando a los enfermos de fiebres periódicas hasta que respondían a las infusiones de quina. Cuando Groninga moría de malaria, cuando Londres era asolado por la peste, España se estaba librando de esos espantosos males. Los alguaciles también vigilaban que todos llevasen la cicatriz de la vacuna. Pronto llevarían otra marca, porque los discípulos de Don Francisco de Lima trabajaban intensamente en el nuevo Laboratorio de Miasmas, en el que terribles gérmenes crecían sobre placas de gelatina. Con todo, todavía quedaban años hasta que se dispusiese de vacunas efectivas, y hasta entonces tendría que ser la higiene la que evitase las epidemias.

Gijón, Avilés, Trubia, Mieres, estaban demasiado cerca del mar y de las apetencias de los piratas de cualquier bandera; mejor dicho, de los que ocultaban su bandera para poder robar los tesoros y los secretos de la monarquía. Sin embargo, habían aprendido por las malas que la costa asturiana no era lugar para visitas indeseadas. Hacía ya muchos años que una flota del rey de Francia se había perdido en las trampas submarinas que el ingeniero Otamendi había construido en Santander. Ahora, fortines y baterías protegían playas y puertos, y la Real Armada mantenía en Gijón una división de navíos de línea, apoyada por cañoneras. Si por ventura o desventura los enemigos conseguían pisar tierra, se encontrarían con la División del Norte, alertada por los telégrafos y auxiliada por la milicia. Asturias sería la gallina de los huevos de oro, pero el ponedero estaba fortificado.

Era de esperar que llegasen otros enemigos sin banderas ni tambores; de ahí que Asturias se hubiera convertido en la primera provincia española en implantar un registro civil que proporcionaba cédulas y pasaportes. Cualquier espía que deseara hacerse con los secretos industriales, tendría que ser capaz de superar el tamiz de los guardias. Bultos informes que pendían de horcas enseñaban que el oficio de soplón no ofrecía buenas perspectivas.

El resultado de tantos esfuerzos estaba en las manos de Otamendi. El ingeniero manipuló la palanca del arma para abrir la recámara; solo él sabía que no era un diseño completamente original, sino que derivaba del Martini Henry británico de la otra realidad; un arma sólida, tal vez de las mejores que hubo en el corto plazo entre la avancarga y la repetición. Ignacio tomó un cartucho y lo miró. Otro milagro.

El cartucho era producto de la industria química que manchaba las aguas de Avilés. El casquillo estaba hecho de latón arrollado; sabía que era un atraso, pero la prensa hidráulica de Mieres todavía no estaba finalizada. El relleno era de pólvora roja, en la base tenía un casquillo de cobre con fulminante, y el proyectil, con un calibre de doce líneas, o doce milímetros de otra época, era de plomo recubierto de cobre.

Fusiles y cartuchos, eran los presentes que el ingeniero iba a ofrecer al monarca.



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Si había una etiqueta engorrosa era la borgoñona, la que se seguía en la corte madrileña desde que en el siglo anterior llegara a Castilla el desventurado Felipe, llamado el Hermoso. Al tataranieto de aquél borgoñón, el rey también llamado Felipe, le agradaba salir del asfixiante ambiente de palacio para cazar alguna pieza; algunas veces pelo o pluma, y las otras, faldas. Además, mejor era la salida si le acompañaba alguno de esos hombres nuevos. A los cortesanos les disgustaba que el monarca tratase con esos zafios que no dominaban el estricto protocolo. Pero esas reglas ahogaban al rey, que se alegraba de conversar de nuevas ideas con personas llanas de las que sabía que su única ambición era engrandecer España.

El palacete de la sierra del Marqués del Puerto siempre estaba abierto para el monarca, estuviese o no Don Pedro en la Corte. En una carta, el marqués le había rogado que recibiese a Don Ignacio de Otamendi, a ser posible fuera de vistas cortesanas ¿Qué mejor lugar que la «cabaña» de la sierra? Sobre todo, porque la pequeña construcción tenía comodidades ausentes hasta en los mayores palacios de Europa. No había que llevar pesadas ropas, ni aislar las paredes con gruesos tapices, ya que el aire caliente templaba los suelos, las paredes con cámaras aislaban del frío, y las ventanas con doble cristal dejaban entrar la luz reteniendo el calor. El baño, con su «asiento higiénico» y la bañera, con una curiosa regadera de agua caliente para lavarse rápidamente, habían servido de modelo para los que se estaban instalando en los palacios de los pudientes.

Tratar con el marqués del Puerto era un soplo de aire fresco para un monarca que vivía inmerso en las ceremonias. Otamendi, el Inspector General de la Armada, era más reservado, pero siempre tenía interés escucharle.

—Decidme, barón de Otamendi —ennoblecer a alguien que no podía presumir de antepasados godos tampoco había gustado a más de uno; pero Don Ignacio gozaba de la hidalguía vascongada, y al monarca le había satisfecho honrar al que creador de la Armada que dominaba los mares—. Me dice Don Pedro que tenéis un presente para nuestra persona.

—Así es, majestad —dijo Ignacio antes de abrir una maleta de al que sacó un arma. Aunque lustrosa, no se podía comparar con el arcabuz recamado del monarca. El rey se extrañó, pero supuso que algo habría detrás.

—Majestad, os ruego que lo toméis. —Don Felipe la empuñó con el gesto del habituado a las armas desde niño; en seguida le sorprendió su ligereza. También le llamó la atención la ausencia de mecanismos visibles, salvo el gatillo, una pequeña llave en la caja, y la palanca bajo el guardamanos.

—Curioso mosquete, Don Ignacio ¿Qué tiene de especial?

—Majestad, os ruego que me disculpéis si os corrijo, pero no es un mosquete.

—Es verdad, barón. Ahora recuerdo que Don Pedro y vos llamáis «fusiles» a estos mosquetes de llave y ánima rayada. Es más, el marqués me había hablado de las llaves ocultas, pero aun no las había visto.

—Es algo más que una llave oculta, majestad. Os pido que os acerquéis.

Ignacio tomó otro fusil, pues no se atrevería a manipular y menos a disparar el fusil real en presencia del monarca, aunque antes hubuera sido probado con cargas aumentadas.

—Majestad, este fusil es igual al vuestro; está gastado, pues se ha empleado para los ensayos. Si me lo permitís, os iré señalando algunos detalles. El primero, el cañón. Está rayado para que tenga una precisión que no alcanzará el mejor arcabuz del mejor armero. Podréis ver que no tiene costuras —siguió Otamendi—, ya que está hecho con una única pieza de acero, y es más fuerte que cualquier pica. Aquí lleva el engarce para el cuchillo de Breda. Pero lo importante no está aquí. Observad.

Ignacio bajó la palanca de su fusil y la parte superior de la recámara se abrió.

—La que tenéis en vuestras manos es un arma que no se carga por la boca sino por detrás, por la recámara, empleando munición especial. Tomad, majestad —le dijo entregándole un cartucho. Era completamente metálico, con un proyectil con punta de plomo y borde de cobre, engarzado en una especie de jarra minúscula de latón. El monarca lo miró con curiosidad.

—Mi señor, eso que tenéis en la mano es un cartucho listo para ser disparado. Solo hay que insertarlo —lo hizo con otro—, montar el arma y apretar el gatillo. Si miráis la base del cartucho, veréis una capsulita de cobre. Esa ampolleta contiene una pólvora especial, y cuando la golpea esta aguja —señaló otra parte del mecanismo— produce una chispa que inflama la que hay dentro de la jarra de latón. No es pólvora normal, sino una que ha sido fabricada en la fábrica de Gijón y que llamamos «pólvora roja». Pronto se reemplazará por la «pólvora rayo», que es parecida al aceite explosivo de Don Pedro Llopis.

—Recuerdo que el marqués empleó unas máquinas infernales capaces de destruir murallas ¿No serán peligrosas esas pólvoras?

—No, majestad, o al menos, no tanto como la pólvora negra, que ya sabéis de su peligro donde haya chispas. Este fusil no las produce, y aunque las hubiera y cayesen sobre los cartuchos, no se inflamarían. Además, los cartuchos están encerados y soportan las mojaduras, para que se pueda disparar incluso bajo un chaparrón o tras sacar el arma del agua.

—Qué bien le hubiera servido tal arma a mi bisabuelo Don Carlos en la funesta jornada de Argel —en aquel combate, el viento sopló la pólvora fina de las cazoletas y la lluvia mojó las mechas, impidiendo que los arcabuces cristianos disparasen. El escarmentado Carlos I ordenó que se fabricaran llaves más fiables, que en otra realidad fueron el primer paso hasta la llave de chispa que se utilizó durante dos siglos.

—No es de poca utilidad poder tirar tras la mojadura. Además, estas pólvoras tienen otra ventaja que en seguida veréis ¿Me permitís invitaros a salir afuera para disparar?

El rey hizo un gesto para demostrar su conformidad, e Ignacio abrió la puerta para el monarca, y después lo acompañó a la pradera, donde había preparado una mesa para los fusiles y la munición. Al otro extremo, a cien pasos castellanos (metros de otra realidad) estaban preparados varios lienzos. El ingeniero puso rodilla en tierra, apretó el botón que desbloqueaba el mecanismo, elevó la palanca para montar el fusil, apuntó y apretó el gatillo. Se produjo un estampido seco, y al contrario que con tantas otras armas de fuego, no se vio ningún fogonazo en la cazoleta. El rey también notó que apenas se había producido humo. Sin embargo, la exhibición no había terminado, pues Ignacio había vuelto a cargar y a disparar. En pocos momentos hizo cinco disparos. El rey, un tanto ensordecido, vio los impactos agrupados en un círculo de apenas un palmo —el nuevo palmo castellano de doscientas cincuenta líneas—. El monarca se volvió y felicitó al ingeniero.

—Barón, esa arma del demonio es impresionante. Bien decís en decir que es diferente a todo lo visto.

—Habréis apreciado que apenas produce humo, que a partir de ahora ya no cegará a nuestros ejércitos. Tampoco ensucia tanto el arma, que es fácil de limpiar. Cuando distribuyamos la pólvora rayo, los fusiles dejarán de atascarse. Pero estoy hablando de más ¿Querréis hacerme la merced de probarla? Fijaos: al bajar la palanca se abre la recámara y se puede insertar el cartucho. Después se sube la palanca, y la recámara queda cerrada, quedando preparado el fusil. Esa otra manecilla sirve para bloquear el arma y poder llevarla cargada sin temor a que se dispare. Después de disparar, se baja la palanca, y veréis que tiene una uña que extrae el cartucho —Ignacio prefirió no decirle que no era nada raro que se atascasen, aunque era fácil sacarlos con una herramienta que se guardaba en la culata, o a una mala con la baqueta. Con todo, había seleccionado cuidadosamente la munición para que nada fallase en las pruebas.

El rey, ávido cazador, estaba ansioso por probar el fusil, pero mantuvo la flema. Encaró el arma, apuntó al blanco, notando que el cañón tenía unas ranuras que facilitaban la puntería, y apretó el gatillo. No fue tan rápido como Ignacio, pero aun así metió seis tiros en la diana en un momento. También advirtió que el retroceso del arma era bastante más suave que el de los arcabuces.

—Barón, vuestro fusil es impresionante. Ardo en deseos de probarlo en algún ciervo.

—Majestad, os rogaría que esperéis a hacerlo, al menos en público. Pues ese fusil que tenéis en las manos no es un arma de caza, sino el que va a equipar a vuestros ejércitos.

El monarca imaginó lo que un batallón podría hacer en una masa enemiga. Pero pronto cayó en que un arma tan potente tendría alguna desventaja.

—Nos seremos los primeros en alegrarnos, Don Ignacio. Lástima que Don Pedro no los haya tenido en Flandes. Pero tememos lo que pueda costar fabricarlos. Ejércitos y Armadas son caros, y nos aterra el precio que pueda tener este fusil. Aunque Don Pedro haya saneado la Real Hacienda, no nos sobra el oro.

—Esa es la otra sorpresa, Majestad. Este fusil no lo ha hecho ningún armero, sino que se ha fabricado con grandes máquinas que fabrican piezas que luego son fáciles de montar. No cuesta ni la mitad de lo que cualquier mosquete. Ahora mismo se está trabajando en la primera serie, y espero que el año que viene llegue a los tercios.

—En París se van a llevar un disgusto.

—Más de lo que imagináis. Porque este fusil puede dispararse estando de pie, pero también resguardado por un muro, o escondido tras cualquier árbol. Vuestros soldados podrán herir al enemigo sin temer sus balas. Ya imagino los reparos de algunos, que dirán que no es un arma de hidalgos, pero el objeto de vuestros ejércitos no es hacer guerras galanas, sino conseguir victorias para la monarquía y la cristiandad.

—Tenéis razón. Por lo que nos cuenta Don Pedro, una batalla no es un baile de salón. No temáis, que no habrá objeción por nuestra parte. Tan solo lamentamos no poder emplearlo, pero entendemos el peligro de que mis enemigos lo copien.

—No paséis pena por ello, majestad. El arma parece simple, pero ningún armero podría imitarla, y si intentan emplear estos cartuchos en un fusil antiguo, les espera una sorpresa. Por ahora, la munición que se va a distribuir no será de pólvora rayo, sino de pólvora roja. Incluso con esta mixtura, si los enemigos de Vuestra Majestad intentan copiarlos, sus mosquetes les reventarán en las manos. Si os pido que no lo mostréis es para que sea en el campo de batalla donde vuestros enemigos lo descubran. Pero no tendréis que esperar para probar nuestras nuevas armas, pues tengo otros presentes.

Ignacio abrió otro paquete y sacó un arma algo más pequeña.

—Majestad, esta es una escopeta de caza. Puede emplearse en la guerra, pero se ha diseñado para vuestro asueto —el ingeniero no dijo que pensaba vender a nobles caprichosos, a precio de oro, una variante que empleaba pólvora negra—. El mecanismo es algo diferente: ved como con esta palanca desbloquea la articulación, para que pueda bajarse el cañón. El movimiento extrae el cartucho gastado y permite insertar otro.. También dispongo de algo más pequeño —dijo enseñando un revólver.

—Ya habíamos oído de la pistola repetidora de Don Pedro.

—Esta es todavía mejor, porque igual que el fusil y la escopeta, emplea cartuchos y se pueda cargar rápidamente. Con esta pistola rotatoria en las manos, un hombre nada debe temer de sus enemigos.



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Un soldado de cuatro siglos

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Los soldados vitorearon a Enrique de la Tour d'Auvergne-Bouillon, vizconde de Turenne, cuando cabalgó a lo largo de la columna. Era la esperanza de Francia, el general que todavía no había sido vencido, el único que conservó su prestigio tras los desastres de Lens y de Rocroi. Tras alinearse con la Fronda, había vuelto al bando realista por petición personal del rey Luis. Ahora, bajo su estandarte las tropas marchaban orgullosas, pues con sus nuevos mosquetes y las nuevas tácticas, iban a acabar con el siglo y medio de dominio español en los campos de batalla.

Turenne no estaba tan confiado. Se había librado de las derrotas por incomparecencia, pues cuando se produjo la catástrofe él estaba en Lorena. Además, aunque no había sido vencido en una gran batalla, su ejército se había desangrado por mil cortes y había tenido que retirarse. Al menos, ahora tenía armas comparables a las que tanto le habían hecho sufrir diez años atrás, y creía que su táctica de columnas de ataque le permitiría romper las finas líneas de mosqueteros del enemigo. Sin embargo, en la guerra anterior había aprendido a temer el ingenio de las almas negras que servían al rey de España. Sabía que quietas no estaban, y sus espías le habían informado que el ejército de Flandes estaba sustituyendo sus mosquetes por otros de nuevo tipo; razón de más para actuar cuanto antes.

Además, el ejército de Turenne tampoco era grande. Hacía veinte años, sus veinticinco mil hombres hubiesen sido una fuerza enorme, casi imposible de mantener, salvo para el Marqués del Puerto y sus artes demoníacas, que le permitían reunir y alimentar fuerzas abrumadoras. Si no poco milagro suponía reunirlas, más todavía lo era pagarlas, pero lo increíble era la manera con la que había conseguido alimentarlas y tenerlas sanas. Ahora, el decir de Europa era que el soldado español se distinguía por no llevar los calzones mostosos de diarrea.

El general francés sabía que su ejército apenas era suficiente, pero la esquilmada Francia no podía pagar más soldados. Al menos, cuando llegasen a la costa se unirían con los once mil ingleses parlamentarios. Allí sitiarían la fortaleza de Dunkerque, base de corsarios y también de la flota hispana del Canal. Sabía que apenas trescientos hombres la defendían; la intención de Turenne era conquistarla en el plazo más breve posible, sin dar tiempo a que los españoles reaccionasen. Una vez tomada la ciudad, planeaba recorrer la costa hacia el oeste. La reconquista de Gravelinas, Calais y Boulogne devolvería a Francia el acceso al Canal de la Mancha y al Mar del Norte.

Las aclamaciones se interrumpieron cuando se escuchó, a lo lejos, el crepitar de los mosquetes. Los españoles ya sabían que se acercaba.



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Francia volvía a la guerra.

Apenas habían pasado diez años desde que se firmó la paz general de Nancy, que confirmó la superioridad de las armas de la Monarquía Católica. Holanda, tras ser derrotada por el Marqués del Puerto —aplastada tal vez fuera mejor descripción—, había pagado su rebelión con la ruina, y desde entonces tuvo que soportar una potente guarnición que frenaba las veleidades de nobles y burgueses. El Lobo también había puesto a Francia de rodillas. Si el rey cristianísimo se había salvado, fue por los rivales que en Madrid tenían los nuevos hombres. Consejeros envidiosos que consiguieron convencer al rey Felipe para que aceptase la paz que ofrecía Mazarino. A costa de perder algunas plazas fronterizas, el cardenal había logrado el alivio que le permitió someter a la nobleza levantisca.

Una vez vuelta la tranquilidad a Francia, y tras la coronación del joven rey, el cardenal preparó la revancha. Tenía un compañero de aventuras: el dictador de Inglaterra, el sucesor del autonombrado Lord Protector, que también quería sacarse la espina del desastre irlandés. Serían dos ejércitos unidos los que saldasen cuentas. Empezando por Dunkerque, la maldita base de los corsarios que ahora tenían la desfachatez de exigir una dispensa real —emitida por Felipe IV— para navegar por el Canal de la Mancha.

Los años de paz habían permitido reordenar el ejército. Aunque seguía siendo de mercenarios, la mayoría eran franceses que además de querer hacer fortuna en las armas, deseaban vengar las derrotas sufridas por sus padres. Llevaban los mosquetes fabricados en la armería de Tulle, que podían cargarse en la mitad de tiempo que un arcabuz, y que estaban equipados con cuchillos de Bayona. Los soldados ya no marchaban en cuadros, sino que, a imitación de los españoles, formaban líneas de fusileros y columnas de ataque que podían hendir cualquier escuadrón de piqueros. Los precedían tiradores, reclutados entre los cazadores, que estaban armados con fusiles de caza; algunos incluso tenían balas Entrerríos, otro invento de los diabólicos artífices que aconsejaban al rey de España.

Mazarino había intentado que la Iglesia se pronunciase contra esos demonios que habían permitido que España recuperase su fuerza. El marqués del Puerto, general, ingeniero y estadista. El marqués de Camarasa, el militar que una y otra vez había aplastado sus ejércitos. El ingeniero Otamendi, que ideaba los malignos artefactos que vencían en tierra y en mar. El cirujano de Lima, que se burlaba de las doctrinas de las autoridades mientras recomponía los sesos de un hombre.

Sabiendo que destruyéndoles heriría a los españoles, el cardenal había ordenado que se difundiesen rumores sobre pactos satánicos y, sobre todo, de doctrinas extrañas, ya que en Roma y en los despachos de la Inquisición, más alarmaba una desviación que un diablo. Se habían repartido fortunas por los palacios romanos buscando el apoyo papal. Aun así, el pontífice se había mantenido al margen. El prestigio de la Santa Sede se había deteriorado tras el asunto del Vesubio, y tener a los ejércitos españoles a tres días de marcha tampoco alentaba a una política profrancesa. Además, la carrera de Alejandro VII había sido propiciada por los Borgia, que a pesar sus ocasionales veleidades francófilas, nunca olvidaban su origen valenciano. Ni siquiera el apetito de Alejandro por el progreso de su familia bastó para dejarse tentar por el dinero francés. Además, los hispanos habían devuelto la cruz a lugares donde el islam había enseñoreado durante siglos. Egipto volvía a ser cristiano, Grecia se estaba sacudiendo la opresión turca, y era cuestión de tiempo que Jerusalén fuese reconquistada. El cardenal no se engañaba: aunque el pretexto de todas esas campañas fuese la religión, el objetivo era convertir el Mediterráneo en un lago español.

El resultado había sido que los millones dilapidados en Roma no habían dado frutos. Como le había confiado uno de sus agentes: «Eminencia, los cardenales, incluso el Papa, estarían con usted, pero tienen miedo. Miedo de los españoles, pero más de sus feligreses. La chusma bebe los vientos por el rey español que salvó a los cristianos del volcán, y que aplasta a herejes y turcos. El pontífice y los cardenales deseaban sacudirse el yugo español, pero temen encontrarse amarrados al poste del quemadero, con sus propios fieles prendiendo la hoguera».



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