El PSOE, por consiguiente, se encuentra en un espacio de indefinición electoral y en una encrucijada estratégica: si apuesta por radicalizarse para recuperar parte de los votos del espacio 1-4 —por ejemplo, acordando un Gobierno con Podemos—, podría terminar perdiendo los votos que conserva en el espacio 5-6 (y recordemos que el 34% de la población española se ubica en 5-6, frente a solo el 11,6% en el espacio 1-2) sin ser verdaderamente capaz de cosechar demasiados en el espacio 1-4 (¿por qué iban los votantes a quedarse con una imitación de Podemos pudiendo escoger al original?).
Si, en cambio, el PSOE apostara por moderarse hacia el centro-derecha para aumentar sus apoyos en la franja 5-6 —absteniéndose, por ejemplo, ante un Gobierno de Rajoy—, entonces continuaría desangrándose en el espacio 1-4 sin que, a su vez, logre crecer realmente en el espacio 5-6 (pues ahí está Ciudadanos, o incluso el PP, como mejor opción). Ambos caminos resultan extremadamente arriesgados: el conjunto de votantes españoles ubica al PSOE en una posición ideológica de 4,44, mientras a Podemos en 2,19, de modo que un pacto alejaría a los socialistas mucho del centro; a su vez, al PP se le ubica en el 8,31, lo que significa que una abstención del PSOE generaría un frontal rechazo entre un porcentaje muy significativo de sus simpatizantes.
La disyuntiva electoral es evidente y, en consecuencia, parece lógico que emerjan dentro del PSOE discrepancias internas acerca de qué rumbo seguir para maximizar las opciones de supervivencia del partido: si radicalizarse y competir con Podemos, o moderarse y competir con Ciudadanos y PP a la espera de que Podemos desaparezca y se recomponga su hegemonía dentro de la izquierda.
La crisis interna del PSOE, la más grave desde la restauración de la democracia, ha sido descrita por muchos —especialmente sectores afines a Podemos— como una “crisis de régimen”: las presiones internas (Ibex 35) y externas (Unión Europea) que han recibido los socialistas les han impedido llegar a un acuerdo de gobierno con aquella coalición de partidos —Unidos Podemos— con la que naturalmente deberían haber pactado por cercanía ideológica. La dimisión de Pedro Sánchez debe entenderse como la más clara materialización de ese veto de los poderes fácticos al entendimiento PSOE-Podemos.
Evidentemente, es imposible descartar que tales presiones se hayan producido: al contrario, el sentido común parece indicar que, en mayor o menor medida, habrán tenido lugar. Sin embargo, resulta tremendamente reduccionista y manipulador pensar que la única —o principal— razón del no pacto entre PSOE y Podemos han sido las presiones recibidas por los socialistas. Al cabo, es harto dudoso que la nomenclatura del PSOE esté dispuesta a pegarse un tiro en el pie de semejante magnitud solo porque se lo ordenen desde fuera. En realidad, hay otra explicación más verosímil que encaja mal con la anterior narrativa redentora podemita, pero que sí otorga a Podemos un papel proactivo clave en la descomposición del PSOE: la ruptura de la coalición de votantes sobre la que los socialistas habían construido su hegemonía política durante los últimos 30 años. Una ruptura que ha tenido lugar en dos ejes: el eje izquierda-derecha y el eje nacionalismo-no nacionalismo.
Empecemos por el eje izquierda-derecha. A día de hoy, cerca del 70% de la población española que se ubica ideológicamente (estamos dejando de contabilizar a quienes no saben o no responden) se identifica con un valor entre 3 y 6, siendo el 1 la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. Es decir, la mayoría de votantes se ven a sí mismos como de centro basculando hacia una izquierda moderada.
El PSOE ganaba las elecciones cuando conseguía una parte significativa de los votantes ubicados en 5-6, al tiempo que consolidaba, por 'voto útil', a la mayoría de electores entre 1-4. En cambio, el PP triunfaba cuando, asegurándose la práctica totalidad del voto 7-10, penetraba con fuerza en el sector 5-6 y desmovilizaba al 1-4. Por ejemplo, en las últimas elecciones ganadas por el PSOE (2008), los socialistas consiguieron el 66% de los sufragios emitidos por los votantes 1-2, el 77% de los votantes 3-4 y el 29% de los votantes 5-
Empero, la irrupción de Podemos (y en menor medida de Ciudadanos) ha trastocado radicalmente esta distribución del voto. En las elecciones del 20 de diciembre de 2015, el PSOE solo logró el 19% de los sufragios emitidos por los votantes 1-2, el 37% de los 3-4 y el 12% de los 5-6. La práctica totalidad de las pérdidas 'por la izquierda' las sufre en favor de Podemos, y 'por el centro' en favor de Ciudadanos.
El PSOE, por consiguiente, se encuentra en un espacio de indefinición electoral y en una encrucijada estratégica: si apuesta por radicalizarse para recuperar parte de los votos del espacio 1-4 —por ejemplo, acordando un Gobierno con Podemos—, podría terminar perdiendo los votos que conserva en el espacio 5-6 (y recordemos que el 34% de la población española se ubica en 5-6, frente a solo el 11,6% en el espacio 1-2) sin ser verdaderamente capaz de cosechar demasiados en el espacio 1-4 (¿por qué iban los votantes a quedarse con una imitación de Podemos pudiendo escoger al original?).
Si, en cambio, el PSOE apostara por moderarse hacia el centro-derecha para aumentar sus apoyos en la franja 5-6 —absteniéndose, por ejemplo, ante un Gobierno de Rajoy—, entonces continuaría desangrándose en el espacio 1-4 sin que, a su vez, logre crecer realmente en el espacio 5-6 (pues ahí está Ciudadanos, o incluso el PP, como mejor opción). Ambos caminos resultan extremadamente arriesgados: el conjunto de votantes españoles ubica al PSOE en una posición ideológica de 4,44, mientras a Podemos en 2,19, de modo que un pacto alejaría a los socialistas mucho del centro; a su vez, al PP se le ubica en el 8,31, lo que significa que una abstención del PSOE generaría un frontal rechazo entre un porcentaje muy significativo de sus simpatizantes.
La disyuntiva electoral es evidente y, en consecuencia, parece lógico que emerjan dentro del PSOE discrepancias internas acerca de qué rumbo seguir para maximizar las opciones de supervivencia del partido: si radicalizarse y competir con Podemos, o moderarse y competir con Ciudadanos y PP a la espera de que Podemos desaparezca y se recomponga su hegemonía dentro de la izquierda.
La disyuntiva electoral es evidente y, por lo tanto, parece lógico que emerjan dentro del PSOE discrepancias internas acerca de qué rumbo seguir
Quienes sostienen conspirativamente que la única razón para que el PSOE rechace pactar con su aliado ideológico natural, Podemos, son las presiones de los poderes fácticos parecen estar negando la existencia de esta importante disyuntiva electoral en el PSOE: a ojos de muchos dirigentes socialistas —y no es un pronóstico nada descabellado—, pactar con Podemos, alejándose del caladero de votos del centro, puede significar el haraquiri del partido. A su vez, también se equivocan quienes explican el “no es no” de Pedro Sánchez como una irracional obsesión personal del exsecretario general del PSOE hacia Rajoy: a ojos del equipo de Sánchez —y nuevamente con razón—, abstenerse ante el PP podría suponer el haraquiri del partido.