La Tercera Guerra Púnica

Los conflictos armados en la historia de la Humanidad. Los éjércitos del Mundo, sus jefes, estrategias y armamentos, desde la Antiguedad hasta 1939.
de guiner
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Autentic escribió:Salut!


Se hace lo que se puede, ciudadano. Toma, de regalo:

Imagen
"Caballería ligera numida", Giuseppe Rava


Salud. :explica1:
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Continuando ...

Tras la marcha de Escipión a Hispania con los elefantes solicitados, Masinisa rodea con un foso la colina en la que estaba el campamento cartaginés con el objetivo de cortar la entrada de suministros; las zonas en las que se hubieran podido conseguir estaban muy alejadas de la región a la que el numida los había atraído, tanto que el rey a duras penas había logrado acarrear hasta allí un poco de alimento desde gran distancia.
Asdrúbal, estudiando la situación, piensa que puede abrir una brecha en el cerco con su ejército, relativamente intacto por el momento. Sin embargo, después de hacer un recuento de las provisiones se da cuenta que tiene más que Masinisa y que podía aguantar más tiempo; es por esto que decide mantenerse a la espera de un ataque precipitado por parte del rey. Por otro lado, había recibido noticias de que una delegación romana se encontraba en camino con el objeto de establecer una paz negociada. Lo que Asdrúbal ignoraba era que los embajadores romanos llevaban órdenes de que si Masinisa resultaba vencido, entonces debían arbitrar para resolver las diferencias pero si tenía ventaja en los combates debían espolearlo más.

La embajada romana llegó al campamento numida y permaneció a la expectativa.

"Entretanto el hambre iba extenuando a Asdrúbal y a los cartagineses, y al estar mucho más debilitados sus cuerpos, ya no fueron capaces de atacar a los enemigos. En primer lugar se comieron a sus animales de tiro, después a los caballos y, por último, cocieron sus arreos y se los comieron. Toda suerte de enfermedades hicieron presa en ellos, debido a la mala alimentación, a la falta de ejercicio y a la estación, ya que una gran multitud de hombres se encontraba encerrada en un lugar y un campamento estrecho en pleno verano de África. Cuando le faltó madera para la cocción, quemaron sus escudos. Ningún cadáver podía ser llevado afuera, dado que Masinissa no relajaba la vigilancia, ni tampoco se los podía incinerar por falta de madera. Sufrieron, pues, grandes y dolorosas pérdidas al tener que convivir en compañía de cuerpos putrefactos y malolientes"

La mayor parte del ejército púnico pereció y los demás, al no ver esperanza alguna de salvación acordaron entregarle los desertores a Masinisa, pagarle 5.000 talentos de plata en un plazo de 50 años y acoger de nuevo a sus desterrados en contra de sus juramentos (los cerca de cuarenta elementos prorromanos que fueron expulsados de la ciudad).

Hechos los acuerdos, los cartagineses comenzaron a salir por una única puerta de uno en uno portando únicamente una túnica. Es entonces cuando Gulussa, irritado por la persecución que había sufrido no mucho antes, ya sea con el consentimiento de su padre o por propia iniciativa, envía contra ellos un cuerpo de jinetes numidas, los cuales empezaron a perseguirlos por todos lados.

De los 58.000 hombres que formaban el ejército (a los 25.400 iniciales que salieron de la ciudad hay que añadirle los que luego se fueron sumando a las filas cartaginesas) muy pocos consiguieron regresar a Cartago, entre ellos Asdrúbal y unos cuantos nobles.

Imagen
"Caballería numida", A. Averyanov
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Inciso

Mirando ahora un libro encuentro:

"The course of events in the 150s is not at all clear, for the chief accounts are in an epitome of Livy’s lost books and the idiosyncratic history by Appian. Appian writes of three political factions at Carthage: a pro-Roman one led by ‘Hanno the Great’; a pro-Masinissa faction led by one Hannibal nicknamed ‘Starling’; the third a ‘democratic’ one, with Hamilcar ‘the Samnite’ and Carthalo at its head. These factions, plausible at first sight, look less so when scrutinised. How a pro-Roman faction would differ from the Masinissafriendly one in practice is not clear, for by the 150s Rome’s attitude had become fairly pro-Masinissa"

Resumiendo, dice que el curso de los acontecimientos del año 150 no está nada claro al contar únicamente como fuentes el Epítome de Livio y la "idiosincrática" historia de Apiano. Se plantea las tres facciones existentes en Cartago al diferenciar Apiano una facción favorable a Masinisa (la encabezada por Aníbal, apodado el Estornino) de la otra prorromana (cuya cabeza visible era Annón el Grande). El texto continúa diciendo que no es lógico que una facción "democrática" esté en contradicción con las otras dos. La conclusión que saca el autor es que las facciones se formaban por las lealtades a personas poderosas a través del parentesco u otros lazos.

Hago este inciso porque hemos visto la insistencia de Masinisa en que se readmitiera en la ciudad de Cartago a esos cuarenta partidarios suyos expulsados por la llamada "facción democrática".

La duda es lógica, pero yo no voy a entrar ahí por seguir la tónica habitual. Lo que si me gustaría es recordar a esos 6.000 jinetes numidas que, al mando de Asasis y Suba, lugartenientes de Masinisa, se pasan al ejército de Asdrúbal. También traer la figura de Sifax, el rey anterior a Masinisa, que permaneció fiel a Cartago durante la IIª Guerra Púnica.

http://es.wikipedia.org/wiki/Sifax

Mencionar también que en algunos fragmentos (que ahora no encuentro) se hablan de ataques esporádicos de antiguos partidarios de Sifax a las tropas de Masinisa.

Creo que de todo esto se pueden sacar varias conclusiones. Lo que no puedo hacer es caer en un relato plagado de: "es casi seguro que ...", "quizás...", "posiblemente ..."

Eso ya es cosa de cada uno.

Por cierto, para el que le interese el libro en cuestión, aquí


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Embajadas cartaginesas (150)

Después de sufrir el desastre militar a manos de Masinisa y por temor a que Roma tuviera un pretexto para la guerra, los cartagineses condenan a muerte a Asdrúbal (aunque no lograron ejecutarlo) y a Cartalón, así como a todos los comandantes que estuvieron implicados en el ataque al rey. Creyendo que de esta manera apaciguarían a los romanos, se envía una embajada para acusar a estos hombres y al propio Masinisa de haber llegado a un conflicto armado. Sin embargo, cuando uno de los senadores preguntó a los embajadores por qué no habían condenado a los culpables al comenzar el ataque a las tropas numidas en lugar de hacerlo tras la derrota, y por qué no les habían enviado embajadores antes, en vez de hacerlo ahora, no supieron dar respuesta.

"Y el senado, que había decidido ya desde hacía tiempo hacer la guerra y sólo buscaba un leve pretexto de ofensa, respondió que los cartagineses no habían alegado aún como defensa ningún argumento satisfactorio para los romanos. Aquéllos, por consiguiente, estando mucho más inquietos preguntaron de nuevo que, si les parecía que habían cometido alguna falta, de qué forma podrían liberarse de la acusación. Los romanos respondieron con una sola frase:

«Si dais satisfacción a los romanos»"


Los embajadores regresaron y comunicaron lo ocurrido. Los cartagineses se pusieron a elucubrar que es lo que les pedía el senado; unos pensaron que los romanos deseaban incrementar la aportación monetaria, otros sostenían que se trataba de entregar a Masinisa los territorios en litigio. Para conseguir una respuesta más concreta, se envía otra delegación. Ante las preguntas al senado sobre a qué satisfacción se referían, se les contestó que de sobra lo sabían los cartagineses. Después de haberles dado esta respuesta, los enviaron de regreso.


Por cierto, lo que mencioné sobre los partidarios de Sifax en el post anterior que no recordaba era una de las acusaciones de Marco Porcio Catón, que alegaba que había un enorme ejército de numidas capitaneado por Arcobarzanes, nieto de Sífax, en territorio cartaginés y que estos tenían en su territorio unas tropas que habían sido movilizadas aparentemente contra Masinisa pero realmente contra los romanos.


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Declaración de guerra

149

Entran en funciones los cónsules Lucio Marcio Censorino y Manio Manilio

FC

[L. Marcius] C.f. [C.n.] Censorinus , M'. Manilius P.f. P. n.



Mientras en Cartago se discutía lo sucedido en las últimas embajadas, la ciudad de Útica se entrega a los romanos.

"Mientras estaban en este estado de angustia y de perplejidad, Útica, la mayor ciudad de África después de Cartago, que tenía buenos puertos para el anclaje de los barcos y numerosos lugares aptos para el desembarco de tropas, distante unos sesenta estadios de Cartago y bien situada como base de operaciones contra ella, con desprecio hacia los cartagineses por su situación apurada y volcando contra ellos el odio acumulado desde hacía tiempo en este crítico momento, enviaron embajadores a Roma para poner su ciudad a disposición de los romanos"

Apiano 75


"Antes de que se embarcara tropa alguna vinieron a Roma unos embajadores de Útica a ponerse ellos y todos sus bienes en manos del pueblo romano"

Periochae Libro XLIX

El senado, que estaba de antemano resuelto a emprender la guerra, reveló su propósito. Tras convocar una asamblea en el Capitolio votaron hacer la guerra a los cartagineses.


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El senado envía de inmediato a los dos cónsules al mando del ejército; a Manio Manilio al frente de la infantería y a Lucio Marcio Censorino a cargo de la flota, con órdenes secretas de no acabar la guerra hasta que Cartago fuera arrasada hasta los cimientos.
Los cónsules, después de realizar los sacrificios, parten rumbo a Sicilia para, desde allí, cruzar a Útica. El ejército romano estaba compuesto por cerca de 80.000 infantes y 4.000 jinetes que serían transportados a Africa en 50 quinquerremes, 100 hemiolias , además de muchos barcos abiertos, naves ligeras y mercantes.



El hemiolia o hemiolos ( ἡμιολία [ναῦς] o ἡμίολος [λέμβος]) era un buque de guerra ligero y rápido usado en un principio por los piratas del Mediterráneo oriental y, posteriormente, por los romanos como transporte de tropas.

Imagen
Hemiolia tracia (200 aC.), según un bajorrelieve romano. La parte central se dejaba libre de remeros para aumentar el espacio en cubierta


"El mismo mensajero llevó a los cartagineses la noticia de la declaración de guerra y el hecho de su inicio, pues le trajo el voto del senado y las nuevas de que las naves navegaban contra ellos. Los cartagineses quedaron sobrecogidos y desesperados por la falta de barcos y la pérdida reciente de tantos hombres jóvenes. No tenían aliados, ni mercenarios dispuestos, ni trigo reunido para resistir un asedio, ni ninguna otra cosa, ante una guerra repentina y sin anuncio de heraldo, ni siquiera eran capaces de hacer frente a los romanos y Masinissa juntos"


Los cartagineses deciden mandar embajadores a Roma con plenos poderes para tratar de evitar la guerra.


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Embajada cartaginesa

El senado cartaginés, en una reunión secreta y luego que se hubieron pronunciado muchos y encontrados discursos, nombraron a unos embajadores plenipotenciarios y los enviaron con instrucciones de que procuraran hacer lo que pareciera más oportuno para la patria según las circunstancias. Los embajadores eran Gescón, de sobrenombre Estrítano, Amílcar, Misdes, Gílimas y Magón.
La embajada llegó a Roma una vez declarada la guerra y con los cónsules fuera de la ciudad supervisando el traslado de tropas desde Sicilia a Africa. La situación no ofrecía alternativa a los enviados púnicos, por lo que deciden entregar Cartago a la lealtad romana.

● Este tipo de deditio o deditio in fidem supone una rendición incondicional. Polibio narra resumidamente en qué consistía:

"Pues los que se entregan a la lealtad romana ceden, en primer lugar, los territorios que les pertenecen y las ciudades que hay en ellos, y luego, todos los hombres y mujeres radicados en el país y que viven en las ciudades. Transmiten también los ríos, puertos, templos y sepulcros, en suma, los romanos se convierten en señores de todo, y los que se entregan a su lealtad no quedan dueños de nada"

XXXVI 4 Frag.


Tomada esta decisión por parte de la embajada cartaginesa, al cabo de poco tiempo, sus delegados son convocados a presencia del senado. El pretor que presidía la sesión les manifestó la decisión senatorial:

"Puesto que ellos habían adoptado una determinación sensata, el senado romano les garantizaba la libertad y el uso de sus propias leyes, además de sus territorios íntegros y las restantes posesiones, públicas o privadas"

Los cartagineses pensaron que, en el peor de los casos, habían salido bien tratados por el senado romano. A continuación, el pretor les exigió para que se cumpliera todo lo expuesto el envío de 300 rehenes a Lilibeo en un plazo de 30 días y que debían ser senadores o miembros del consejo de ancianos; por otro lado, debían cumplir cualquier orden que se les diera al presentarse ante los cónsules. Esto último alarmó a los delegados cartagineses pues ignoraban qué instrucciones tenían los cónsules al respecto. No obstante, partieron aquel mismo día para comunicar lo acordado. Al llegar a Cartago expusieron detalladamente los acuerdos a sus conciudadanos. Estos creyeron que los legados habían negociado todo aceptablemente con una única excepción: no se mencionó para nada la ciudad de Cartago.

"Cuentan que, en aquella ocasión, Magón de Brutio pronunció unas palabras varoniles y prácticas. Dijo que, lógicamente, eran dos las oportunidades de deliberar acerca de ellos mismos y de la patria. Pero habían desperdiciado la primera. De modo que, ¡por Zeus!, ahora no debían derretirse los sesos tratandode ver cuáles eran los mandatos que les darían los cónsules, o pensando por qué el senado romano no había hecho mención de la ciudad; esto lo hubieran debido ponderar cuando se entregaron a merced de los romanos. Pero ya se habían entregado y, ahora, debían tener conciencia muy clara de que les tocaba admitir cualquier orden que se les diera, con tal de que no se tratara de algo totalmente humillante o inesperado, en cuyo caso procedería deliberar de nuevo sobre si consentían la guerra en su territorio y sufrir los males que ella conlleva, o bien si, ante el horror de una invasión enemiga, debían aceptar de grado cualquier cosa que se les prescribiera"

Los cartagineses escogieron a los 300 rehenes y zarparon rumbo a Lilibeo; allí los entregaron a los cónsules, los cuales se los confiaron a Quinto Fabio Máximo, comandante de las tropas en Sicilia. Éste los remitió a Roma.


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Tras la entrega de rehenes los cónsules les dijeron a los delegados cartagineses que, por lo que respectaba al final de la guerra, ya les darían el resto de intrucciones en Útica.

Los romanos, después de efectuar la travesía desde Sicilia a Africa, emplazaron su campamento en el lugar que en otro tiempo lo hiciera Escipión el Africano (Castra Corneliana en el mapa). La flota atracó en el puerto de Útica.

Imagen

Cuando los romanos ocuparon la ciudadela de Útica los cartagineses quedaron presa de excitación y de pánico ante lo dudoso de las expectativas. Sin embargo, se decidió enviar legados para informarse de los cónsules sobre qué debían hacer y para exponer, al propio tiempo, que estaban dispuestos a cumplir cualquier orden.

"Cuando llegaron allí embajadores de Cartago, los cónsules se sentaron en una tribuna elevada con los oficiales de mayor rango y los tribunos militares en pie cerca de ellos. A ambos lados estaba desplegado en formación todo el ejército ocupando un vasto espacio, con sus armas y enseñas militares, estas últimas bien erguidas, a fin de que los embajadores se impresionaran ante el número de tropas. Una vez que los cónsules ordenaron a toque de trompeta que se hiciera silencio, el heraldo indicó a los embajadores cartagineses que se aproximasen. Éstos fueron conducidos a través del enorme campamento, pero no se acercaron a la tribuna, pues había una cuerda en medio que los separaba. Entonces, los cónsules les invitaron a que expusieran lo que desearan. Los embajadores refirieron numerosas historias conmovedoras y de muy diversa índole"


Al finalizar un largo discurso plagado de súplicas y ruegos se levantó el cónsul Lucio Marcio Censorino y expuso lo siguiente:

«¿Para qué es necesario deciros las causas de la guerra, cartagineses, si habéis enviado embajadores a Roma y las habéis conocido por boca del senado? Sin embargo, os quiero refutar aquello que expusisteis falsamente acerca de nosotros. En efecto, el decreto dejaba claro, y también os lo dijimos antes cuando recibimos en Sicilia a los rehenes, que el resto de las condiciones serían expuestas en Útica. Por vuestra presteza en enviarnos rehenes y el cuidado en elegirlos os elogiamos, sin embargo, ¿para qué necesitan las armas quienes desean sinceramente la paz? Traedlas, entregadnos todos los proyectiles y máquinas de guerra que tenéis tanto públicas como privadas»


Los delegados dijeron que cumplirían lo ordenado pero informaron a los cónsules que debían defenderse de Asdrúbal que, tras condenarlo a muerte, había logrado escapar y reunir un ejército de 20.000 hombres, y estaba acampado en las proximidades de Cartago. Los cónsules les prometieron que se encargarían de ello.

Con los embajadores fueron enviados Publio Cornelio Escipión Nasica y Cneo Cornelio Hispano. En Cartago se entregaron más de 10.000 cotas de malla, 2.000 máquinas de guerra y un número incontable de dardos y jabalinas.



Nota: Para el número de material entregado sigo un fragmento conservado del libro XXXVI de Polibio, pues Apiano, aunque coincide en el número de máquinas de guerra, habla de "una armadura completa para doscientos mil hombres"
Bien pudiera ser, aunque aquí mantengo el texto de Polibio


Gaspacher
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Mensaje por Gaspacher »

Un pequeño off topic

El principio del fin de Cartago fue en Santo Tomé (Jaén)
Científicos españoles identifican el lugar exacto de la batalla de Baecula, librada hace más de 2.000 años entre romanos y cartagineses en la provincia andaluza

http://www.redjaen.es/francis/?m=c&o=32 ... =&id=37351


Desde la cumbre bravía que el sol indio tornasola, hasta el África que inmola sus hijos en torpe guerra, no hay un puñado de tierra sin una tumba española. B.L.G.
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Mensaje por de guiner »

Gaspacher escribió:Un pequeño off topic


arqueologia-t25551.html


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Continuando.

Los embajadores, junto a destacados miembros del Consejo de Cartago, acompañaron los carros que transportaban las armas al campamento romano. Introducidos con el mismo ceremonial que la vez anterior, quedaron frente a los cónsules. De nuevo fue Lucio Marcio Censorino quien les dirigió la palabra:

«Os alabamos, cartagineses, por vuestra prontitud en obedecer y vuestro actual celo en el asunto de los rehenes y las armas. Sin embargo, no se debe hablar mucho en circunstancias perentorias. Aceptad con nobleza las restantes órdenes del senado: renunciad a Cartago en provecho nuestro y volveos a establecer donde queráis dentro de vuestro territorio a ochenta estadios como mínimo del mar, pues hemos decidido arrasar vuestra ciudad hasta los cimientos»


Las protestas de los cartagineses no se hicieron esperar. En última instancia solicitaron el envío de una embajada a Roma pero les fue denegado. La respuesta del cónsul fue tajante:

«Todo lo que había que decir para convenceros o consolaros está dicho. Hay que ejecutar la orden del senado y ejecutarla rápidamente. Por consiguiente, marchaos, pues todavía sois embajadores»


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Los delegados regresaron del campamento romano y se encontraron a las puertas de Cartago con una multitud que les aguardaba a la espera de noticias. Al ser acosados proclamaron que debían comunicarlo previamente al Consejo de la ciudad. Se formó un pasillo con el deseo de enterarse más deprisa. Al llegar a la sala del Consejo, se hizo salir a la mayoría de la gente y se cerraron las puertas, quedando únicamente los consejeros. Los embajadores expusieron en primer lugar las órdenes de los cónsules; a continuación pasaron a exponer los argumentos que adujeron y la petición del envío de una embajada a Roma. Sin embargo, cuando se supo que no se les había permitido ni siquiera enviar una embajada y que el destino de la ciudad estaba inexorablemente decidido, la noticia corrió inmediatamente entre la multitud.


"Y, a partir de este momento, se desató un sentimiento de locura, irracional y alucinante, como los actos extraños que, según se dice, realizan las ménades en sus transportes báquicos. Algunos ultrajaron y despedazaron a aquellos de los consejeros que habían instado a la entrega de rehenes, por considerarlos los promotores de la trampa, y otros hicieron lo mismo con los que habían aconsejado la entrega de las armas. Algunos lapidaron a los embajadores como mensajeros de desgracias y otros, incluso, los arrastraron por la ciudad. Hubo quienes maltrataron también de manera diversa a los italianos, que estaban entre ellos como en medio de una calamidad repentina y sin previo anuncio, diciéndoles que se vengarían en ellos por el engaño de los rehenes y las armas. La ciudad estaba llena, a un tiempo, de lamentos, de ira, de miedo y de amenazas. El pueblo, en las calles, invocaba las cosas más queridas y se refugiaba en los templos como si fueran asilos, hacían reproches a los dioses por no poder ayudarles. Otros, yendo a los arsenales, se echaban a llorar al verlos vacíos, algunos bajaban, a la carrera, hasta los astilleros y se lamentaban por haber entregado las naves a unos hombres indignos de confianza. Otros llamaban por sus nombres a los elefantes, como si todavía estuvieran presentes, y hacían duros reproches a sus antepasados y a ellos mismos porque deberían haber muerto espada en mano con su patria sin entregar las naves, los elefantes, los tributos y las armas. Y, en especial, las madres de los rehenes, cual Furias de una tragedia, cuando, chillando, se encontraban con cada uno de ellos, los abrasaban con su mirada inflamada por la ira y les echaban en cara la entrega de sus hijos en contra de su opinión, y se burlaban de ellos diciéndoles que los dioses se tomaban venganza por sus hijos. Los pocos que conservaron el juicio cerraron las puertas y llenaron los muros de piedras para usarlas a manera de catapultas"

Apiano 92


Ese mismo día, el Consejo de Cartago decretó hacer la guerra.


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Preparativos cartagineses

Tras la partida de los embajadores cartagineses, el cónsul Lucio Marcio Censorino, costeando con 20 quinquerremes, ancló delante de la ciudad.

Mientras, en Cartago, se declaró la libertad de todos los esclavos y se eligió por unanimidad como general de operaciones en el exterior a Asdrúbal, sobre el que pesaba la condena de muerte pero ya había reunido un ejército de 20.000 hombres. Un mensajero partió para suplicarle que no guardara rencor a los que le habían condenado y que todo había sido objeto de la necesidad por temor hacia Roma. Como comandante en jefe dentro de los muros fue nombrado otro Asdrúbal, casualmente nieto de Masinisa (su madre era una de las hijas del rey).

En un vano intento de ganar algo de tiempo se enviaron delegados a los cónsules para solicitar, de nuevo, una tregua de 30 días con el objeto de poder enviar una embajada a Roma; el intento acabó en fracaso ante la nueva negativa de los cónsules.

Toda la ciudad se empleó en los preparativos para la guerra.

"Al fracasar una vez más en este intento (la solicitud del envío de una embajada a Roma), les invadió un cambio y determinación admirables de soportar cualquier cosa antes que abandonar la ciudad. Y al punto, a raíz de este cambio, todos se sintieron llenos de coraje. Todos los lugares sagrados de dominio público, los templos y cualquier otro lugar amplio que hubiese, se convirtieron en talleres. Trabajaban, a la vez, hombres y mujeres de día y de noche, sin descanso, tomando la comida por turnos con un esquema establecido. Cada día fabricaban cien escudos, trescientas espadas, mil dardos para catapultas, quinientos dardos y lanzas y todas las catapultas que podían. Para atarlos, las mujeres se cortaban los cabellos, a falta de otras fibras"

Apiano 93


Mientras los cartagineses hacían tales preparativos, los cónsules, por temor a emprender una tarea tan grande como era el asedio de Cartago o, quizás, porque creían que podían tomar cuando quisieran por la fuerza una ciudad inerme, permanecieron inactivos. Pensaban, además, que los cartagineses cederían por falta de recursos, "como suele ocurrir a los que están en situación desesperada, que al principio resisten, pero, cuando avanza el tiempo y tienen oportunidad de reflexionar, sienten temor de las consecuencias de su desobediencia".


Nota: Según Estrabón, la población de Cartago albergaba una población que rondaba los 700.000 habitantes, número que, aunque parezca un tanto elevado, no es desestimado por la mayoría de autores, más aun desde la gran campaña internacional de excavaciones para la salvaguarda de los restos de la ciudad llevada a cabo en la década de los años 70.



Esta descripción de Apiano no debe tomarse como algo excepcional. Marco Vitruvio Polión, en su "De Architectura" (Opus in Libris Decem), en la descripción que hace de las ballistas, dice:

- Nam quae fiunt in capitibus foramina, per quorum spatia contenduntur capillo maxime muliebri vel nervo funes

- Los agujeros que se abren en su armazónn superior, por los que se estiran las cuerdas fundamentalmente de pelo de mujer o de nervio de animales

X 11, 2



- Al que le interese la obra de Vitruvio, aquí

- Las traducciones modernas se pueden encontrar muy fácilmente pero he preferido poner esta traducción de José Ortíz y Sanz por la cantidad de notas (y la calidad de las mismas) además de las láminas que incluye. Por cierto, si no está descatalogada, se publicaba hasta hace bien poco, pese a ser de 1787


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Masinisa se encontraba irritado con los romanos pues se le había mantenido al margen. Los cónsules, con ánimo de probarle, le invitaron a una alianza para participar en la operaciones militares que se iban a efectuar pero el rey contestó que enviaría ayuda cuando viera que la necesitaban. Poco tiempo después mandó mensajeros al campamento romano para ofrecer tropas y los cónsules le dieron como respuesta que ya enviarían a por él cuando lo necesitaran.

Preocupados por los suministros para el ejército que sólo podían obtenerlos de Útica, Hadrumeto, Leptis, Tapso y Achola, ya que Asdrúbal tenía bajo su poder el resto de regiones desde donde suministraba a la ciudad de Cartago, ambos cónsules se dispusieron a hacer un intento contra la ciudad.

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Descripción de Cartago
(Según Apiano)

Imagen
Mapa de Cartago de 1844


"La ciudad se encontraba en el seno de un gran golfo y se asemejaba mucho a una península, pues la separaba del continente un istmo de veinticinco estadios de ancho. Desde este istmo, una lengua de tierra estrecha y alargada, de medio estadio de largo, avanzaba hacia el oeste entre una laguna y el mar... <La parte de la ciudad que daba al mar), al borde de un precipicio, (estaba protegida) por una muralla simple. La parte que miraba hacia el sur, hacia el continente, donde estaba la ciudad de Birsa en el istmo, estaba guarnecida por una triple muralla. La altura de cada una de estas murallas era de treinta codos, sin contar las almenas y las torres, que estaban colocadas por toda la muralla a intervalos de dos pletros; cada una tenía cuatro pisos y su profundidad era de treinta pies. Cada lienzo de muralla estaba dividido en dos pisos. En la parte inferior, cóncava y estrecha, había establos para trescientos elefantes y, a lo largo de ellos, estaban los abrevaderos; encima, había establos con capacidad para cuatrocientos caballos y almacenes para el forraje y el grano. También había barracas para veinte mil soldados de infantería y cuatro mil jinetes. Tan gran preparativo para la guerra estaba distribuido para albergarse sólo en el interior de la muralla. El ángulo que se curva desde esta muralla hasta el puerto, a lo largo de la lengua de tierra mencionada, era el único punto débil y bajo, y había sido descuidado desde el comienzo"

Imagen
Triple muralla

Imagen
Sección transversal de la gran muralla


"Los puertos se comunicaban entre ellos y tenían una entrada común, desde el mar, de setenta pies de ancho, que podían cerrar con cadenas de hierro. El primer puerto era para barcos mercantes y había en él gran cantidad y variedad de aparejos; en el interior del segundo puerto, en su parte central, había una isla, y la isla y el puerto estaban interceptados a intervalos por grandes diques, los cuales albergaban astilleros con capacidad para doscientas naves, y adosados a los astilleros, había almacenes para los aparejos de las trirremes. Delante de cada astillero había dos columnas jónicas que daban el aspecto de un pórtico continuo al puerto y a la isla. En la isla estaba la residencia del almirante, desde la cual el trompetero daba las señales y el almirante lo inspeccionaba todo. La isla estaba situada a la entrada del puerto y tenía gran altura, de manera que el almirante veía todo lo que sucedía en mar abierto y, a su vez, los que penetraban en el puerto no podían tener una visión clara del interior. Ni siquiera eran visibles, en su conjunto, los astilleros para los barcos mercantes cuando entraban en puerto, pues los rodeaba una muralla doble con puertas que llevaban a los barcos desde el primer puerto a la ciudad
sin atravesar los astilleros"


Apiano 95-96

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Puertos

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