Albert Speer: ¿Héroe o Mito - Genio o Demonio??

Los Ejércitos del mundo, sus unidades, campañas y batallas. Los aviones, tanques y buques. Churchill, Roosevelt, Hitler, Stalin y sus generales.
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Albert Speer: ¿Héroe o Mito - Genio o Demonio??

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Con respecto a las envidias de Göring Speer nos dice:
Göring, después de examinar estos grandes proyectos de una Berlín monumental, sintió que su Ministerio del Aire debía superarlos. Me convenció para que me pusiera a su servicio,{52} y encontramos un solar ideal para sus fines ante la «Galería de los soldados», en el límite del Tiergarten. Göring se mostró entusiasmado con los planos del nuevo edificio, que después de 1940, bajo el nombre de «Departamento del Mariscal del Reich», habría de reunir la totalidad de sus cargos. Hitler, en cambio, dijo con decisión:
—El edificio es demasiado grande para Göring; destaca demasiado. Además, no me gusta que emplee a mis arquitectos para construirlo.

Aunque muchas veces hablaba con desagrado de los planes de Göring, nunca encontró el valor necesario para refrenar a su ministro. Göring, que conocía a Hitler, me tranquilizó con estas palabras:
—Deje las cosas como están y no se preocupe. Lo vamos a construir así, y ya verá cómo, al final, el Führer estará entusiasmado.

La parte del Ministerio del Aire pretendida por Göring debía tener una fachada, de 240 metros de longitud, daba a esa gran avenida de 120 mts ideada por Hitler, que estaba unida a un ala de las mismas dimensiones que se orientaba hacia el Tiergarten y acogía los salones para fiestas que Göring me había pedido y que, al mismo tiempo, constituirían las estancias de su vivienda. Dispuse los dormitorios en el piso superior. Pretextando razones de protección antiaérea, proyecté cubrir el edificio con un espesor de cuatro metros de tierra de jardín, de manera que incluso se pudieran plantar grandes árboles en ella. Así, sobre los tejados de Berlín, a cuarenta metros por encima del Tiergarten, habría surgido un gran parque de 11.800 m2, con piscina y campo de tenis, fuentes, estanques, columnatas, pérgolas y un bar, así como un teatro de verano con capacidad para doscientos cuarenta espectadores. Göring quedó abrumado y enseguida se puso a soñar con las fiestas que celebraría en aquella terraza ajardinada:

—Iluminaré la gran cúpula con bengalas y desde allí organizaré unos grandes fuegos artificiales para mis invitados.

Sin contar los sótanos, el edificio de Göring habría tenido un volumen de 580.000 m3, mientras que la Cancillería del Reich recién construida sólo tenía 400.000. No obstante, Hitler no se sintió superado por Göring; en el discurso que pronunció el 2 de agosto de 1938, muy ilustrativo respecto a sus ideas constructivas, manifestó que únicamente podría utilizar diez o doce años más la nueva Cancillería, porque el gran proyecto urbanizador de la ciudad de Berlín preveía la edificación de una obra mucho mayor como vivienda del canciller y sede gubernamental. Tras una inspección conjunta a la sede oficial de Hess en Berlín, Hitler decidió que el edificio se levantaría en la Voss-Strasse. El de Hess tenía una escalera en llamativos tonos rojos y una decoración mucho más sencilla que la de estilo transatlántico que él y los jerarcas del Reich preferían. De nuevo en la Cancillería del Reich, Hitler criticó con expresión de horror la falta de criterio artístico de su lugarteniente.


Continuará.


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Pero dicha manía constructiva de grandes edificios y proyectos arquitectónicos no era solo de Hitler o Göring, sino de varios jerarcas y autoridades del NSDAP:

Pero la pasión constructora no terminaba en Berlín, sino que se había contagiado a todos los Jefes regionales de Alemania.
Hitler no impulsaba incansablemente sólo mis proyectos. Autorizaba sin cesar la construcción de foros en las capitales regionales y animaba a los restantes líderes políticos y amigos del NSDAP para que actuaran como contratistas de obras representativas. Su afán por fomentar la competencia despiadada, ya que partía de la base de que sólo así se podrían obtener grandes rendimientos, hizo que me irritara muchas veces. Era incapaz de comprender que nuestras posibilidades tenían un límite. Pasaba por alto la objeción de que no pasaría mucho tiempo antes de que fuera imposible cumplir ningún plazo, ya que los jefes regionales pronto habrían gastado todo el material disponible.

Al igual que al sur del proyectado centro urbano, también al norte había una estación central. Un estanque de 1.100 metros de largo y 350 de ancho la separaría de la Gran Sala, situada casi a dos kilómetros. No uniríamos aquel enorme estanque con el Spree, cuyas aguas estaban llenas de basura. Como antiguo deportista acuático, quería que el agua del lago estuviese limpia para los nadadores. Vestuarios, cobertizos para las barcas y solarios debían flanquear un baño al aire libre en plena capital, que probablemente habría creado un singular contraste con las grandes edificaciones que se reflejarían en el lago, que proyecté por un motivo muy sencillo: aquel subsuelo pantanoso no era adecuado para construir en él.
Había planeado situar tres grandes edificios en el lado oeste del lago: en el centro, el nuevo Ayuntamiento de Berlín, de casi medio kilómetro de longitud. Hitler y yo nos inclinábamos por dos anteproyectos distintos; después de muchas discusiones, conseguí imponer mis argumentos. El Ayuntamiento estaría flanqueado por el Alto Mando de la Marina de Guerra y la Jefatura Superior de Policía de Berlín. En el lado este del gigantesco estanque se construiría una nueva academia militar, rodeada de espacios verdes. Los planos de estos edificios se concluyeron según lo previsto.
Sin duda, el sector comprendido entre las dos estaciones centrales pretendía demostrar, traducido a lenguaje arquitectónico, el poderío político, militar y económico de Alemania. El soberano absoluto del Reich se hallaría en el centro de la gran avenida, y la expresión máxima de su poder sería la cercana Gran Sala, cuya cúpula dominaría el Berlín del futuro. Al menos sobre los planos se había convertido en realidad aquella expresión de Hitler de que «Berlín tendría que cambiar su faz para adaptarse a su nueva y gran misión».

En la actualidad, cuando trato a veces de comprender los motivos de mi aversión hacia Hitler, me parece que, además de todas las cosas terribles que realizaba o planeaba, también hay que tener en cuenta la decepción personal que me deparó su juego con la guerra y las catástrofes. Pero también soy consciente de que todos aquellos proyectos sólo habrían sido posibles mediante ese juego de poder sin escrúpulos.
Los anteproyectos de tal magnitud revelan, desde luego, una permanente megalomanía. Aun así, sería injusto desdeñar sin más todo el proyecto de aquel eje norte-sur. Desde el punto de vista de las proporciones actuales, la amplia avenida y las nuevas estaciones centrales, con su tráfico subterráneo, eran de dimensiones tan poco exageradas como nuestros edificios comerciales, hoy sobrepasados con mucho en todo el mundo por Ministerios y rascacielos. Si rompían el marco de lo humano era más por su impertinencia que por su tamaño. La Gran Sala, la futura Cancillería del Reich de Hitler, el grandioso edificio de Göring, la «Galería de los Soldados» y el Arco de Triunfo fueron proyectos que vi con los ojos políticos de Hitler, quien me decía:
¿Comprende usted ahora por qué lo hacemos todo tan grande? La capital del Imperio germánico debe asombrar al Mundo... Ojalá yo disfrutara de salud dentro de varios años para poder ver a una poderosa Berlín.

(Lo que se dice: Todo un megalómano)

Continuará.


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Con respecto al diseño de los edificio de Gobierno, Speer nos dice:

Al examinar mis maquetas de los edificios de Berlín, Hitler se sintió atraído magnéticamente, por así decirlo, por una parte del proyecto urbanístico: la futura sede central del Reich, que debía atestiguar durante cientos de años el poder alcanzado en su época. Al igual que la residencia de los soberanos franceses cierra urbanísticamente los Campos Elíseos, en el punto de mira de la gran avenida debían agruparse todos los edificios que Hitler deseaba tener cerca, como expresión de su quehacer político: la Cancillería del Reich para la dirección del Estado; el Alto Mando de la Wehrmacht, con jurisdicción sobre los tres Ejércitos, y tres cancillerías más: una para el Partido(Bormann), otra para el protocolo (Meissner) y otra para sus asuntos personales(Bouhler). El hecho de que también el edificio del Reichstag estuviera en el centro del Reich no significaba que se hubiera previsto que el Parlamento ejerciera un papel importante en el futuro; simplemente, daba la casualidad de que ya se encontraba allí. Propuse a Hitler que derribara aquella construcción guillermina de Paul Wallot, pero tropecé con una resistencia inesperada: el edificio le gustaba. Sin embargo, pensaba emplearlo sólo para fines sociales. Por lo demás, Hitler siempre se mostraba más bien parco en palabras al referirse a sus metas definitivas. Cuando me manifestaba sin inhibiciones el verdadero trasfondo de sus planes constructivos, lo hacía en virtud de esa confianza que casi siempre caracteriza la relación entre contratista y arquitecto: —Podemos instalar allí salas de lectura y de estar para los diputados. ¡Por mí, que el pleno entero se convierta en biblioteca! De todos modos, como sólo tiene quinientas ochenta plazas, resulta demasiado pequeño para nosotros. Justo al lado levantaremos uno nuevo. ¡Calcúlelo usted para mil doscientos diputados!

Aquello presuponía una nación de unos ciento cuarenta millones de habitantes, y de ese modo Hitler revelaba el alcance de sus aspiraciones, en las que se incluía por una parte el rápido aumento natural de la población alemana y, por otra, la anexión de otros pueblos germánicos; sin embargo, no contaba con la población de las naciones sometidas, a las que no daba derecho a voto. Le propuse incrementar el número de votos correspondientes a cada diputado, con lo que se podría conservar la sala de plenos del antiguo edificio del Reichstag; pero Hitler no quiso modificar la cifra de 60. 000 votos por diputado establecida por la República de Weimar. No me dio sus motivos. Se empeñaba en ello al igual que insistía en conservar, de cara al tendido, el antiguo sistema electoral, con sus fechas electorales y papeletas de voto, urnas y votación secreta. Era evidente que deseaba mantener la tradición que lo había llevado al poder, a pesar de que hubiera perdido toda eficacia después de la implantación del sistema de partido único. Las construcciones que debían rodear la futura «plaza de Adolf Hitler» quedarían ensombrecidas por la Gran Sala, que, como si Hitler quisiera hacer patente lo poco que para él significaba la representación popular, era cincuenta veces mayor que el edificio del Parlamento. Tomó la decisión de que se elaboraran los planos para la Gran Sala en verano de 1936.


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El día de la movilización general por el inicio de la guerra, a mediados de septiembre me personé en la sede del Alto Mando del Ejército de Tierra, en la Bendlerstrasse. El capitán general Fromm, responsable de la marcha de la movilización general del ejército, estaba ocioso en su despacho —no se podía esperar otra cosa de una organización germano-prusiana— mientras toda la maquinaria trabajaba con arreglo al plan establecido. Aceptó de buen grado mi oferta de colaboración; a mi automóvil le fue asignado un número del Ejército de Tierra y yo obtuve una cartilla militar. Así terminó de momento mi actividad bélica. Puesto que Hitler me prohibió terminantemente realizar actividades militares, diciendo que mi deber era continuar trabajando en sus proyectos, puse a disposición del Ejército de Tierra y de la Luftwaffe a los obreros y cuadros técnicos que trabajaban para mí en Berlín y en Nuremberg. Nos hicimos cargo de las obras para el desarrollo de los cohetes en Peenemünde y de apremiantes proyectos de la industria aeronáutica. Informé a Hitler de aquellas medidas, que me parecían las más lógicas.

Estaba seguro de contar con su aprobación. Pero, para mi sorpresa, no tardé en recibir un escrito insólitamente brusco de Bormann: ¿Cómo se me había ocurrido buscarme nuevos cometidos que no eran de mi incumbencia?.

Hitler le había encargado transmitirme la orden de que todas las obras prosiguieran al ritmo habitual.

A pesar de la guerra, había que proseguir con la reforma del antiguo palacio del presidente del Reich, nueva residencia oficial del ministro de Asuntos Exteriores. Hitler visitó la obra cuando estaba a punto de concluir y se mostró descontento, por lo que Ribbentrop, sin pensarlo dos veces, hizo derribar todo lo que se había hecho hasta entonces y dio orden de empezar de nuevo. Posiblemente para complacer a Hitler, insistió en que se colocaran enormes marcos de mármol en las aberturas, así como unas puertas gigantescas que no cuadraban en absoluto con el tamaño de las salas. Antes de la nueva inspección, rogué a Hitler que se abstuviera de hacer comentarios negativos, para evitar que su ministro ordenase una tercera reforma, y esperó a estar en la intimidad para burlarse de las obras, que consideraba un completo desastre.

A pesar de la confidencialidad de las operaciones militares, tuve cierto conocimiento de los planes de Hitler cuando en 1939 me encomendó la construcción de un cuartel general en el oeste de Alemania. Para este fin se eligió Ziegenberg, una finca señorial de la época de Goethe, enclavada en las estribaciones del Taunus, junto a Nauheim, que fue modernizada y equipada con búnkers.
Una vez terminadas las instalaciones, en cuyas obras, que incluían el tendido de cientos de kilómetros de cable telefónico y los más modernos medios de comunicación, se enterraron millones de marcos, Hitler manifestó inopinadamente que ese cuartel general resultaba demasiado lujoso: en la guerra quería llevar una vida sencilla, por lo que debíamos prepararle otro alojamiento, adecuado a la dureza de la época, en el Eifel. Quizá impresionara así a quienes ignoraban la cantidad de millones que se habían malgastado y los que habría que volver a invertir. Llamamos la atención a Hitler en este sentido, pero se mostró inflexible, pues veía peligrar su fama de «modestia y falta de pretensiones»

Estas decisiones, estos gastos innecesarios de materiales y de horas/hombre y los despilfarros de los jerarcas nazis, reiteraba la falta de realismo de Hitler y su entorno, quien perseguía dos cosas a la vez: por un lado, hablaba repetidamente de que Alemania había desafiado al destino y tenía que afrontar una lucha a vida o muerte; pero, por otro, no quería renunciar a su grandioso juguete, lo que reflejaba también su desprecio por la opinión de las masas, que no podrían comprender que se levantaran construcciones de lujo en un momento en que, por primera vez, el afán de expansión de Hitler comenzaba a reclamar víctimas.

Fue la primera orden suya que no cumplí. También es verdad que durante el primer año de guerra vi a Hitler con muchísima menos frecuencia que antes; no obstante, cuando pasaba unos días en Berlín o unas semanas en el Obersalzberg, seguía pidiendo que se le enseñaran planos y apremiando para que las obras se concluyeran.

Continuará.
Última edición por Super Mario el 24 Dic 2013, 03:33, editado 1 vez en total.


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Regalo de cumpleaños:

El 20 de abril de 1937, día de su cumpleaños, le entregué alzados, plantas, secciones y una primera maqueta. Se mostró entusiasmado y únicamente puso reparos a que firmara los planos con la fórmula: «Elaborados a partir de las ideas del Führer» Me dijo que el arquitecto era yo y que mi contribución a la obra tenía que valorarse más que su boceto de 1925. Sin embargo, los dejé tal como estaban, y es posible que a Hitler le gustara que me resistiera a reclamar la autoría del proyecto. Se construyeron maquetas parciales a partir de los planos y en 1939 habíamos terminado una de casi tres metros de altura que reproducía el exterior y otra del interior. El suelo de esta última era extraíble, lo que permitía apreciar el efecto que causaría. Durante sus numerosas visitas, Hitler no se privó jamás del placer de embriagarse largo rato con la contemplación de las dos maquetas. Ahora podía mostrar con gesto triunfal lo que quince años atrás debió de parecer a sus amigos una quimera fantástica y extravagante:
—¡Quién había de creerme cuando en aquella época decía que algún día llegaría a construirse!.
La mayor sala de reunión del mundo estaría constituida por un solo espacio, que podría dar cabida a entre 150.000 y 180.000 personas.
(Increíblemente grande)

A pesar del desdén de Hitler por las concepciones místicas de Himmler y Rosenberg, en el fondo aquella sala era un recinto de culto que con el transcurso de los siglos, y a fuerza de tradición y respetabilidad, habría de alcanzar un significado similar al que la basílica de San Pedro de Roma tenía para la cristiandad católica. Sin semejante trasfondo cúltico, el despliegue de medios que requería la construcción central de Hitler habría sido absurdo e incomprensible. El interior de la sala era circular y tenía un diámetro, casi inimaginable, de 250metros. A una altura de 220 metros se habría podido ver el remate de la gigantesca cúpula, que iniciaba su suave curva parabólica 898 metros del suelo. En cierto sentido, nuestro modelo era el Panteón de Roma. También la cúpula berlinesa tenía que disponer de una abertura circular para que entrara la luz, aunque sus dimensiones (46 metros de diámetro) sobrepasaban las de la propia cúpula del Panteón(43 metros) y las de la basílica de San Pedro (44 metros). El interior del recinto tenía un volumen diecisiete veces mayor que el de la basílica de San Pedro. La configuración del interior tendría que ser lo más sencilla posible; alrededor de una superficie circular de 140 metros de diámetro se levantaban tres pisos de tribunas, que llegaban hasta una altura de treinta metros. Una corona formada por cien pilares rectangulares de mármol, de dimensiones humanamente admisibles (24 metros de altura), quedaba interrumpida, justo ante la entrada, por una hornacina de cincuenta metros de alto y veintiocho de ancho, cuyo fondo debía estar revestido de mosaico dorado y ante laque habría, como único elemento decorativo, sobre un pedestal de mármol de catorce metros de altura, un águila imperial dorada sujetando entre las garras la esvástica con corona de hojas de roble. Así, el símbolo de la soberanía era al mismo tiempo la culminación y la meta de la gran avenida de Hitler. Bajo el águila se hallaba el puesto del Führer de la nación, que habría de dirigirse desde aquí a los pueblos del futuro Reich. Aunque intenté destacar arquitectónicamente este punto, en él quedaba clara la absoluta desproporción del edificio, y Hitler desaparecía en la nada óptica. Vista desde el exterior, la cúpula, que habríamos revestido de planchas de cobre que con el tiempo adquirirían su correspondiente pátina, habría parecido una montaña verde de doscientos treinta metros de altura. En el remate iban a figurar una linterna de cristal de estructura metálica de cuarenta metros de alto y, encima, un águila posada en una esvástica.

Ópticamente, la masa de la cúpula estaría sostenida por una serie continua de pilares de veinte metros de altura. Yo esperaba que, por medio de este relieve, la construcción sería más asequible al ojo humano, aunque no creo haberlo conseguido. La cúpula-montaña descansaba sobre un bloque cuadrado de granito claro de 315 metros de largo por 74 metros de alto. Un delicado friso, cuatro haces de pilares acanalados en las cuatro esquinas y una columnata que sobresalía hacia la plaza debían subrayar la magnitud del gigantesco cubo
. (Gigantesco. No soy arquitecto pero dudo que se pudiera construir)

La columnata estaba flanqueada por dos esculturas de quince metros de altura, cuyo contenido alegórico había sido establecido por Hitler cuando comenzamos atrabajar en los primeros diseños: una de ellas representaba a Atlas sujetando la bóveda celeste; la otra, a Gea sosteniendo el globo terráqueo. El Cielo y la Tierra estarían cubiertos de esmalte, mientras que sus contornos o el dibujo de las constelaciones se harían con incrustaciones de oro. Esta edificación habría tenido un volumen de más de veintiún millones de metros cúbicos; el Capitolio de Washington se habría perdido varias veces en aquella masa gigantesca: eran cifras y dimensiones inflacionarias. Pero la Gran Sala no era de ningún modo una utopía. Nuestros proyectos no eran de la misma categoría que otros que nunca se pensó construir, como los realizados por los arquitectos Claude Nicolás Ledoux y Étienne L. Boullée como canto funerario al Imperio francés de los Borbones o para glorificación de la Revolución, cuyos planos habrían podido equipararse a los que impulsaba Hitler.

Continuará.


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Ya en 1939 se derribaron muchos edificios que nos estorbaban, situados en las proximidades del Reichstag, se efectuaron prospecciones del suelo y dibujos de detalle y se construyeron maquetas de tamaño natural, todo ello orientado al levantamiento de la Gran Sala y del resto de los edificios que debían circundar la futura «plaza de Adolf Hitler». Se gastaron millones de marcos en la compra de granito, y no sólo en Alemania, sino también, por mandato expreso de Hitler, en Suecia meridional y Finlandia, a pesar de la carencia de divisas. Como las demás obras que se erigirían a lo largo de los cinco kilómetros de la gran avenida de Hitler, también se había previsto que esta concluyera once años más tarde, en 1950. La solemne colocación de la primera piedra de la Gran Sala debía tener lugar en 1940. Desde el punto de vista técnico, cubrir con una bóveda un espacio de 250 metros de diámetro no suponía ningún problema.

Los constructores de puentes de los años treinta dominaban sin dificultades un tipo de construcción similar de hormigón armado, impecable respecto al cálculo de fuerzas. Prestigiosos técnicos en estructuras estimaron que incluso era posible construir una bóveda maciza sobre esta luz. De acuerdo con mi«teoría del valor como ruina», de buena gana habría evitado el empleo del acero, pero en este caso Hitler puso algunos reparos: —Si un avión lanzara una bomba sobre la cúpula y la bóveda resultara dañada, ¿cómo haría usted la reparación, en caso de que hubiera peligro de hundimiento? Tenía razón, por lo que hicimos construir una estructura de acero de la que se suspendería la parte interior de la cúpula. Los muros, no obstante, serían macizos al igual que en Nuremberg. Para absorber las tremendas fuerzas que ejercería este conjunto, habría que construir unos cimientos inusitadamente sólidos. Los ingenieros optaron por un bloque de hormigón de más de tres millones de metros cúbicos. Con el fin de comprobar si nuestro"» cálculos respecto a su hundimiento en el suelo de arena de Brandenburgo eran exactos, hicimos una prueba en las proximidades de Berlín.


Continuará.


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Visita a la basílica de San Pedro.

Aparte de los dibujos y de las fotografías de las maquetas, es lo único que ha quedado de esta obra. Mientras la proyectaba, fui a ver la basílica de San Pedro de Roma, que me defraudó, pues sus dimensiones no se hallan en consonancia con la impresión que el observador experimenta en la realidad; me di cuenta entonces de que el efecto que causa una obra no aumenta proporcionalmente a sus dimensiones. En aquella época temía que la impresión que produciría nuestra Gran Sala no respondiera a las expectativas de Hitler. El encargado de la protección antiaérea del Ministerio de Aviación del Reich, el consejero ministerial Knipfer, oyó rumores sobre aquella obra gigantesca. Precisamente acababa de promulgar unas directrices legales que debían seguir todos los edificios de nueva planta y que establecían que estos debían construirse tan separados unos de otros como fuera posible, para aminorar el efecto de los bombardeos. Y ahora iba a surgir aquí, justo en el corazón de la ciudad y del Reich, una construcción cuyo remate se elevaría por encima de las nubes bajas y constituiría un punto ideal de orientación para los bombardeos enemigos: sería poco menos que un letrero indicador de la ubicación del centro gubernamental, situado al sur y al norte de la cúpula. Transmití estas preocupaciones a Hitler, quien, no obstante, se mostró optimista:
—Göring me ha asegurado —dijo— que ningún avión enemigo penetrará en Alemania. No vamos a dejar que nada se oponga a nuestros proyectos.
(JAJAJA. Eso es un chiste)


Hitler tenía una fijación con aquella cúpula, que había concebido poco después de salir de la prisión militar y que había tenido presente durante quince años. Cuando, una vez concluidos nuestros planos, supo que la Unión Soviética proyectaba erigir en Moscú, en honor de Lenin, un edificio del Congreso que tendría más de 300 metros de altura, reaccionó con gran enojo. Evidentemente, lo ponía de mal humor la idea de no ser él quien construyera la obra monumental más alta del mundo y, al mismo tiempo, lo atormentaba no poder atajar la pretensión de Stalin con una simple orden.
Por fin se consoló pensando que, a pesar de todo, su edificio sería único en su género:
—¿Qué importancia puede tener un rascacielos más o menos, más alto o más bajo? La cúpula: ¡eso distinguirá nuestra obra de todas las demás! Una vez iniciada la guerra contra la Unión Soviética, pude darme cuenta de que la idea de la obra moscovita lo había afligido más de lo que había querido admitir. —Lo de su construcción —manifestó— se ha terminado para siempre.

La cúpula estaba rodeada de estanques por tres lados, y su reflejo debía aumentar el efecto del edificio. Se pensó en ensanchar el curso del Spree para este fin, convirtiéndolo en una especie de lago, aunque esto obligaría a conducir el tráfico fluvial por dos túneles subterráneos para atravesar la explanada que ocupaba la Gran Sala. El cuarto lado, orientado hacia el sur, dominaba la futura «plaza de Adolf Hitler», donde se celebrarían los mítines multitudinarios del primero de mayo que hasta entonces habían tenido lugar en el campo de Tempelhof .

Para compensar las diferencias debidas a la naturaleza del suelo y, al mismo tiempo, aumentar su densidad, los ingenieros idearon una plancha-base maciza y continua de 320 x 320 m, que se enterraría hasta una profundidad de 30 m.

Uno de los ejes de la plaza medía 500 m, y el otro 450 m. en función de los objetivos políticos y propagandísticos, que podían ir desde la manifestación de escolares para recibir con vítores a una personalidad extranjera hasta la convocatoria de millones de trabajadores. El secretario del Ministerio hablaba irónicamente de «júbilo multitudinario». Para llenar la plaza, en la que cabía un millón de personas, habría sido necesario recurrir siempre a la máxima expresión de este «júbilo multitudinario». En el extremo de la plaza opuesto a la Gran Sala se erigirían el Alto Mando de la Wehrmacht y la Cancillería del Reich, situados a ambos lados de la avenida. Esta era la única abertura de aquel gigantesco espacio, completamente rodeado de edificios. Aparte de la sala de reuniones, la obra principal, y psicológicamente la más interesante, era el palacio de Hitler; llamarlo así, en lugar de referirme a la residencia del canciller, no es ninguna exageración. Tal como demuestran los bocetos que se conservan, Hitler ya se había ocupado de él en noviembre de 1938.

(Una obra GIGANTESCA digna de un magalómano)

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Los detalles del nuevo Palacio:

El nuevo palacio del Führer delataba su progresivo afán de notoriedad. Desde la antigua vivienda del canciller Bismarck, que había utilizado al principio, hasta esta nueva construcción, las dimensiones habían aumentado unas ciento cincuenta veces. La residencia de Hitler ni siquiera se podía comparar con el legendario recinto palaciego de Nerón, la «Casa Dorada», con su superficie de más de un millón de metros cuadrados. La residencia de Hitler, enclavada en el centro de Berlín, ocuparía dos millones de metros cuadrados, incluidos los jardines. Del as salas de recepción partían varias alineaciones de salas que daban acceso a un comedor en el que habrían podido sentarse a la mesa un par de miles de comensales. Para las recepciones de gala se disponía de ocho gigantescos salones.
Había también un teatro de cuatrocientas plazas, una imitación de los que tenían los soberanos del barroco y rococó, que contaría con los más modernos medios técnicos. Las habitaciones privadas de Hitler comunicaban por un lado con la Gran Sala a través de una serie de galerías y por el otro con las dependencias de trabajo y con su despacho, cuyas dimensiones superaban ampliamente las de la sala de recepción del presidente americano. A Hitler le había gustado tanto que los diplomáticos debieran recorrer un largo camino en la Cancillería, que quiso una solución parecida en la nueva construcción, así que doblé el recorrido hasta los 500 metros.

El nuevo palacio del Führer , cuya conclusión estaba prevista para 1950, habría tenido 1.900.000 m3 , sin contar las dependencias de trabajo, que ocupaban 1.200.000 m3.
(Gigantesco, digno de un megalómano)

Con un total de 3.100.000 m3, Hitler habría superado largamente el proyecto de Göring, de 580.000 m3, por lo que no volvió a referirse a él. Con sus 280 m de longitud, la fachada del palacio de Hitler que daba al jardín no podía equipararse con la del de Luis XIV en Versalles, de 576 m; pero eso era sólo porque el terreno no permitía una edificación más larga, por lo que tuve que doblar las dos alas en forma de U. Cada una de estas alas medía 195 m; así pues, la longitud total de esta fachada alcanzaba los 670 m, casi cien más que la de Versalles. Se ha conservado el plano de la planta baja del palacio, y con él puedo reconstruir la distribución de los espacios, fijada personalmente por Hitler. Se llegaba al Patio de Honor, de no m de longitud, a través de un portal gigantesco que daba a la gran plaza; desde este patio, que comunicaba con otros dos, rodeados de columnas, se llegaba a las salas de recepción, que se abrían a una serie de estancias que se alineaban alo largo de un cuarto de kilómetro; otra alineación de recintos, situada en el lado norte, habría alcanzado los 380 m. Desde allí se llegaba, cruzando una antesala, al enorme comedor, de 92 x 32 m, lo que hacía una superficie de 2. 940 m2
La totalidad de la residencia del canciller Bismarck tenía sólo 1.200 m2, así que habría cabido perfectamente en el comedor. En condiciones normales, se considera que la superficie que cada persona ocupa en un comedor es de 1,5m2 , por lo que este salón habría podido acoger a casi dos mil comensales.
Las ocho salas para reuniones sociales habrían tenido 15. 000 m2en total. El teatro estaba proyectado para 400 cómodas butacas, aunque, puesto que la sala medía 320 m2, la disposición normal de los asientos en los teatros, que asigna 0, 4 m2 por persona, habría permitido que se sentaran 800 espectadores en platea y 150 en las tribunas. Hitler había previsto un palco aparte para él.
La sala de recepción de la Casa Blanca ( East Room) de Washington tiene unos 500 m3, mientras que la de Hitler medía 21.000 m3
El camino que debían recorrer los diplomáticos en la Cancillería del Reich edificada en 1938 tenía 220 m, y en la nueva serían 504 m. Tendrían que cruzar una sala de recepción de 34 x 36 m, una sala abovedada de 180 x 67 m, una sala cuadrada de 28 x 28 m, la galería de 220 m y una antesala de 28 x 28 m. La diferencia respecto a la longitud total corresponde al espesor de las paredes.
Esto hacía patente la progresión de su megalomanía, que en ese momento yo no lo percibía ya que estaba imbuído del ambiente enrarecido que se respiraba en ese época y que me quitaba sentido crítico.
(En esta frase del libro se puede apreciar una de las mentiras de Speer, que trataba de justificarse)

En medio de todo este esplendor, Hitler habría dispuesto, en un dormitorio de dimensiones relativamente moderadas, su esmaltada cama blanca, de la que me dijo en una ocasión:
—Odio toda clase de lujos en el dormitorio. Me siento más a gusto en una cama sencilla.
(Para algunas cosas era un ser frugal, pero para otras era un rey que no escatimaba en gastos. Y para peor eran obras que desperdiciaban recursos que perfectamente se pudieron haber destinado a la fabricación de armamentos)

Continuará.


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Albert Speer: ¿Héroe o Mito - Genio o Demonio??

Mensaje por Super Mario »

Justamente en este pasaje del libro, Hitler trata de ocultar al pueblo sus ambiciosos lujosos y costosos proyectos:

En 1939, cuando se ultimaron estos proyectos, la propaganda de Goebbels seguía insistiendo en la proverbial austeridad de Hitler. Para no poner en peligro esta imagen, Hitler apenas iniciaba a nadie en el secreto de su palacio privado y de la futura Cancillería del Reich. En cuanto a mí, durante un paseo que dimos por la nieve me explicó sus exigencias con las siguientes palabras: —Mire, yo me conformaría con una casita en Berlín. Tengo poder y prestigio suficientes para prescindir de tanto dispendio. Pero créame: los que vengan detrás de mí necesitarán imperiosamente esta clase de representación, que será lo único que permitirá a muchos de ellos mantenerse en la cima. Es increíble el poder que puede ejercer una mente mediocre sobre los demás cuando se presenta rodeada de tal esplendor. Unos espacios así, con un gran pasado, otorgarán dimensión histórica incluso a un pequeño sucesor, ¿comprende?, y por eso hemos de levantar estos edificios mientras yo viva: para poder ocuparlos, para que mi espíritu les preste tradición. Bastará con que los utilice un par de años. Hitler se había expresado en términos parecidos en el discurso que en 1938 dirigió a los obreros que trabajaron en las obras de la Cancillería, aunque, naturalmente, sin desvelar nada de estos proyectos, que ya entonces estaban bastante avanzados. Dijo que, en cuanto Führer y canciller de la nación alemana, no habitaría en antiguos palacios. Por eso había renunciado a residir en el del presidente del Reich, pues él no iba a vivir en casa del antiguo mayordomo mayor de la Corte. Sin embargo, el Estado dispondría de un edificio representativo que estaría a la altura de cualquier rey o emperador extranjero

Hitler nos prohibió estimar el coste de las obras; y nosotros, obedientemente, no contamos ni siquiera los metros cúbicos resultantes. Ahora los calculo por primera vez, al cabo de un cuarto de siglo, y obtengo el siguiente resultado:
1. Gran Sala: 21.000.000 m3
2. Palacio residencial: 1.900.000 m3
3. Sección de trabajo y Cancillería del Reich: 1.200.000 m3
4. Cancillerías anexas: 200.000 m3
5. Alto Mando de la Wehrmacht: 600.000 m3
6. Nuevo edificio del Reichstag: 350.000 m3

TOTAL: 25.250.000 m3

Aunque las grandes dimensiones de los edificios habrían reducido el precio por metro cúbico, es difícil establecer su coste total, pues estos gigantescos recintos requerían unos muros tremendos y cimientos muy profundos; además, las paredes exteriores debían cubrirse de granito y las interiores de mármol, y también se habrían empleado los más valiosos materiales para las puertas, ventanas, techos, etc. Probablemente, una estimación de unos cinco mil millones de marcos de hoy sólo para las obras de la «plaza de Adolf Hitler» supondría un cálculo más bien bajo

Después de tantos años de encierro en Spandau y de haber reflexionado mucho, me di cuenta que yo también estaba afectado por los delirios de grandeza del nazismo.
Hoy día, al examinar los planos y las fotografías de las maquetas, las zonas de la avenida y los edificios ideados por Hitler me parecen desmesuradas, y a la vez carentes de vida. Y recién luego de 20 años me doy cuenta de la reacción de mi padre ante tanta megalomanía arquitectónico.
(Otra actitud miserable de Speer de tratar de justificarse).

Continuará.


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Mensaje por Super Mario »

Con respecto a su Linz natal, Speer nos cuenta una anécdota muy interesante que permite conocer un poco mejor a Hitler:

Hitler manifestaba una veneración sin reservas por el que era obispo de Linz durante su juventud, quien, con gran energía y venciendo numerosas resistencias, llevó adelante la construcción de la catedral de Linz, de dimensiones insólitas; dado que debía sobrepasar incluso la catedral de San Esteban de Viena, el obispo tuvo dificultades con el Gobierno austríaco, que no quería que Viena fuera superada. (Deseo aclarar que Linz está en la Alta Austria y en esa bella ciudad Hitler pasó gran parte de su juventud. En esa ciudad también están enterrados los padres de Hitler)

Normalmente seguían a esto algunas explicaciones sobre la intolerancia con que el Gobierno central austríaco había sofocado los impulsos culturales independientes de ciudades como Graz, Linz o Innsbruck; al hablar así, Hitler no parecía tener conciencia de que él estaba uniformizando por la fuerza países enteros: en cualquier caso, ahora que era él quien tomaba las decisiones, haría valer los derechos de la ciudad natal de sus padres. Su programa para transformar Linz en una «gran capital» incluía la construcción de una serie de edificios representativos a ambas orillas del Danubio, que quedarían unidas por un puente colgante. La cumbre de su proyecto era una gran Jefatura Regional del NSDAP que tendría una gigantesca sala de reuniones y un campanario con una cripta para su tumba. A lo largo del río se edificarían el Ayuntamiento, un hotel representativo, un gran teatro, un cuartel general, un estadio, una pinacoteca, una biblioteca, un museo militar y una sala de exposiciones, así como, finalmente, un monumento que recordaría la liberación de 1938 y otro para glorificar a Antón Bruckner. A mí se me asignaron los proyectos de la pinacoteca y del estadio, que habrían de emplazarse en una colina con vistas a la ciudad. Su lugar de retiro iba a erigirse cerca de estas construcciones, asimismo en un punto elevado.
A Hitler lo entusiasmaba la fachada fluvial que Budapest había adquirido con el paso de los siglos a ambos lados del Danubio. Ambicionaba convertir Linz en una Budapest alemana. A este respecto, opinaba que Viena estaba mal orientada, pues daba la espalda al Danubio, despreciando arquitectónicamente del aprovechamiento urbanístico del río. En cuanto él consiguiera corregir Linz en este aspecto, la ciudad podría rivalizar con Viena. Desde luego, esas observaciones no iban del todo en serio; le impulsaba a hacerlas su aversión hacia Viena, que estallaba una y otra vez, aunque también se refería con frecuencia al gran acierto que había supuesto la urbanización de las antiguas fortificaciones vienesas.
Antes de la guerra, Hitler decía a veces que en cuanto hubiera logrado sus objetivos políticos se retiraría de los asuntos de Estado y terminaría su vida en Linz. Entonces ya no desempeñaría ningún papel político, pues su sucesor sólo conseguiría tener la autoridad necesaria si él se retiraba por completo.


Continuará


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Mensaje por Super Mario »

ESTO QUE VIENE A CONTINUACIÓN ME IMPRESIONA:

Nunca Hitler abandonó su fantasía de su retiro político hacia la Linz que él imaginaba bella y magnífica, plagada de grandiosas obras arquitectónicas. Inclusive en la primavera de 1943, después de la catástrofe de Stalingrado, en una tarde de té en el Berghof, me separó del grupo y me dijo:
Quiero que vaya a Linz para hacer un relevamiento de la ciudad, ya que cuanto antes deseo que comience con las obras para remodelarla y transformarla en una bella capital. Una vez que gane la guerra, he decidido instalarme allí.

Lo miré azorado, sin entender. Dudando, le contesté de la forma más respetuosa posible:
- Estimado Führer, mis tareas en el Ministerio de armamentos me consumen todo el día, por lo tanto no creo que disponga del tiempo para hacer un relevamiento.

Él me dirigió una mirada vidriosa, que me inspiró cierta pena.
Para no contradecirlo, le dije con evasivas:
- Cuando pueda voy a ir sin falta.

[b]Durante varios días el diálogo quedó retumbando en mi mente. Me costaba creer que después de la dura derrota de Stalingrado y de la tragedia que había padecido todo el VI ejército, Hitler siguiera pensando que iba a ganar la guerra y que iba a gozar de un dulce retiro en Linz. En esa instancia, contagiados por la fe de Hitler y el fervor imaginativo de Goebbels, aún la victoria no sólo se veía difícil, sino muy lejana, sin embargo Hitler seguía aferrado al triunfo, como si su éxito fuera algo inevitable y estuviera próximo.
(Cuesta creer que en 1943 todavía se dejaran engañar con una victoria. Hitler realmente lo creía o simulaba para no mostrarse derrotista???)

Un par de meses después de ese diálogo pasé por Linz y la vi parcialmente destruida por un bombardeo americano. Ese mismo fin de semana le comenté que iba a ser difícil la remodelación de Linz porque había sido castigada por un ataque aliado.

Desmereciendo mi apreciación, me respondió casi a los gritos:
-¡Eso no puede ser. Linz es indestructible. Ya mismo quiero que se ponga a trabajar para que esa hermosa ciudad recupere su esplendor.

-Pero mi Führer, necesitamos cada obrero en las fábricas de armamentos.

- De eso no se preocupe, ahora en Kursk voy a obtener una gran victoria y vamos a disponer de mano de obra
.

Lo miré azorado y le dije de la forma más respetuosa posible:
- Preferiría que nombre a otro arquitecto, porque mis tareas en el Ministerio me consumen todo el tiempo y no voy a poder prestarle la debida dedicación a tan magnánima obra.

Refunfuñando me dio la espalda y se retiró cabizbajo.
Pensé en todos los hombres que habían padecido y muerto en Stalingrado, pensé en mi hermano que aún tenía la ilusión que hubiera sido atrapado con vida en Stalingrado y pensé en la privación y coraje de todos los soldados alemanes que aún peleaban con bravura en todos los frentes, y sentí una inmensa angustia de que su destino y el de Alemania pendiese de un ser que a esa altura padecía alienado de la realidad.[/b]

Se ve que Hitler se olvidó de su obsesión con Linz porque ni un arquitecto se encargó de su remodelación.

Pocas semanas antes de finalizar la guerra visité la ciudad y lucía tal cual como la había visto hacía 2 años atrás en 1943. Eso me tranquilizó por dos motivos: Porque los aliados habían estado benévolos con la ciudad. Y porque Hitler no había malgastado obreros y materiales en un trabajo arquitectónico a todas luces inútil y estéril.

Una vez en mi reclusión en Spandau, escuché de boca de Baldur Von Schirar que Bormann había insistido a Hitler en huir a Linz para armar un reducto inexpugnable, protegido por las SS, en donde iban a poder seguir peleando durante mucho tiempo más.

No pude dejar de atribuir ese mito a otro de los delirios del nazismo.

(Hitler realmente estaba alienado de la realidad).

Continuará.


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Con respecto a la obsesión de Hitler con seguir planificando obras en plena guerra, Speer nos dice:

Hitler no se limitó a exigir en plena guerra que se reemprendieran con la máxima energía las obras de Berlín. También amplió de forma desmesurada, influido por sus jefes regionales, el número de ciudades que debían remodelarse. Al principio sólo se habló de Berlín, Nuremberg, Munich y Linz; pero ahora declaró mediante decretos que «la reorganización urbanística» debería incluir a otras veintisiete ciudades, entre ellas Hannover, Augsburgo, Bremen y Weimar.
Nunca se nos preguntó, ni a mí ni a nadie sobre lo oportuno de esas decisiones ante las imperiosas necesidades de la industria de armamentos; lo único que recibía era una copia de los decretos promulgados por Hitler después de las correspondientes deliberaciones.
Tal y como escribí a Bormann el 26 de noviembre de 1940, según mis cálculos de aquella época, el coste de las obras en todas las ciudades, teniendo en cuenta los propósitos del Partido, ascendería a entre veintidós y veinticinco mil millones de marcos.

Creí que los nuevos requerimientos pondrían en peligro mis plazos. Lo primero que hice para conjurar este riesgo fue proponer la publicación de un decreto de Hitler en virtud del cual quedaran bajo mi jurisdicción todos los proyectos de obras del Reich. Este intento fracasó a causa de la intervención de Bormann, y el 17 de enero de 1941 le dije a Hitler, después de una larga enfermedad que me permitió reflexionar sobre algún que otro problema, que sería mejor que me concentrara sólo en las construcciones de Nuremberg y Berlín. Accedió inmediatamente. —Tiene usted razón. Sería una lástima que perdiera el tiempo ocupándose de asuntos de carácter general. Si fuera necesario, puede decir en mi nombre que yo, el Führer no deseo que intervenga en nada más, a fin de que no se aparte de sus verdaderos cometidos artísticos.
Hice amplio uso de aquella autorización y al día siguiente renuncié a todos mis cargos oficiales en el Partido. Si es que ahora juzgo acertadamente la complejidad de mis motivaciones, es posible que todo aquello se dirigiera también contra Bormann, que desde el principio había mostrado una actitud de rechazo hacia mí. Claro que yo no sentí que mi posición estuviera en peligro, pues Hitler me había calificado muchas veces de insustituible. De vez en cuando cometía algún desliz, de modo que Bormann, seguramente con gran satisfacción, pudo echarme alguna que otra severa reprimenda desde el cuartel general, como, por ejemplo, por haber acordado con las jerarquías de las iglesias católicas y protestante la construcción de iglesias en nuestro nuevo sector berlinés.

Dijo secamente que las iglesias no debían ocupar lugar alguno. Unos días después de que Hitler ordenara, con el decreto del 25 de julio de 1940, la inmediata reanudación de las obras de Berlín y Nuremberg para «consolidar la victoria»,dije al ministro Lammers que «basándome en el decreto del Führer , no iniciaría la remodelación de Berlín durante la guerra». Pero Hitler no se mostró conforme con esta interpretación y ordenó que se continuara con las obras, aun oponiéndose en este caso a la opinión pública. Dada su insistencia, se decidió que las obras de Nuremberg y Berlín deberían quedar concluidas en los plazos inicialmente fijados, es decir, en 1950, a pesar de la guerra.

Apremiado por Hitler, elaboré un «programa de urgencia del Führer», y Göring me asignó acto seguido —a mediados de abril de 1941— la cantidad anual de hierro necesaria para cumplirlo: 84.000 toneladas; para ocultarlo a la opinión pública recibió el nombre de «programa bélico de canalización y ferrocarriles de Berlín». (El megalómano de Hitler seguía obsesionado con malgastar acero, mano de obra y materiales en obras arquitectónicas, mientras la industria de armamentos necesitaba con desesperación esos obreros y recursos. INCREIBLE!!)

El 18 de abril hablé con Hitler de los plazos de finalización —asegurados gracias a estas medidas — de la Gran Sala, el Alto Mando de la Wehrmacht, la Cancillería del Reich y el Führer: resumiendo, de su centro de poder en torno a la «plaza de Adolf Hitler».Simultáneamente, para la construcción de estas obras se constituyó un grupo de trabajo al que fueron incorporadas siete de las casas constructoras más competentes de Alemania. A pesar del inminente comienzo de la campaña de Rusia, Hitler seguía eligiendo en persona, con su característica tenacidad, las obras que serían destinadas a la pinacoteca de Linz. Envió a sus marchantes a los territorios ocupados para investigar la situación del mercado de arte, lo que desencadenó una guerra por los cuadros entre sus expertos y los de Göring; la situación empezaba a adquirir perfiles bastante duros cuando Hitler llamó al orden a su mariscal, restableciendo así el orden jerárquico.


FIN del capítulo de la Obsesión de Grandeza de Hitler.

PD: Deseo aclarar que esos títulos que yo le pongo a los Capítulos no tienen nada que ver con los verdaderos títulos del libro. Yo tan sólo decidí ponerles un título en relación al tema que desarrolla o se trata.

Saludos.


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Mensaje por Super Mario »

En los siguientes Post se analizará cómo Hitler fue perdiendo el contacto con la realidad a medida que la guerra le era adversa.
Esa pérdida de la realidad fue nefasto para el funcionamiento de la Wehrmacht ya que las órdenes que se emitían desde el OKH NO SE AJUSTABAN A LA REALIDAD DEL FRENTE. Hitler, encerrado en su Bunker, el único contacto que tenía con una división de infantería era en los mapas. Jamás pisaba el frente de batalla por lo tanto no tenía ni idea de lo que sucedía, ni el estado en el que estaban las divisiones o cuáles eran las dificultades que atravesaban.
Eso llevó a que las órdenes tácticas y estratégicas eran casi irrealizables. Hitler veía en su mapa que la 9° Panzer estaba en Syvchevka, pero no sabía que tan sólo era una división Panzer en los papeles, pero que en la realidad tenía un puñado de tanques, la artillería no estaba completa y tan sólo tenía medio regimiento motorizado.

EVASIÓN DE LA REALIDAD

Hitler fue perdiendo el contacto con sus semejantes paulatinamente, de una forma casi imperceptible.

Más tarde, durante mis largos años de prisión, comprendí lo que significa vivir sometido a una gran presión psíquica. Entonces me di cuenta de que la vida de Hitler era muy semejante a la de un preso. En su bunker, que entonces aún no era el enorme mausoleo en que se convertiría en julio de 1944, paredes y techos eran gruesos como los de una prisión, puertas y contraventanas de hierro cerraban las pocas aberturas, y los escasos paseos que daba por la zona cercada con alambre de espino no le hacían llegar más aire que a un presidiario que hiciera la ronda en el patio de una cárcel.
La gran hora de Hitler llegaba después del almuerzo, cuando hacia las dos de la tarde daba comienzo la reunión estratégica. Las conferencias no parecían haber sufrido cambio alguno desde la primavera de 1941. Alrededor de Hitler, frente a la gran mesa del os mapas, seguían agrupándose casi los mismos generales y asistentes, pero ahora se los veía más viejos y apagados debido a los acontecimientos del último año y medio.
Recibían las consignas y órdenes con expresión indiferente, más bien resignada. Se discutían las expectativas. El interrogatorio de los prisioneros y las noticias que llegaban del frente ruso parecían indicar que el enemigo estaba agotado. Las pérdidas experimentadas por los rusos parecían mucho mayores que las nuestras, incluso teniendo en cuenta la población total de ambos países. Los partes sobre éxitos insignificantes iban adquiriendo importancia durante la conversación, hasta que para Hitler se convertían en la prueba irrebatible de que Alemania podría contener el ataque ruso el tiempo suficiente para que se agotara por sí mismo. Por otra parte, muchos de nosotros creíamos que Hitler podría terminar la guerra cuando lo considerara oportuno. (NO DEJA DE SORPRENDERME LA PÉRDIDA DE LA REALIDAD EN LA QUE ESTABAN INBUÍDOS. EL HECHIZO DE HITLER LOS HABÍA EMBRUJADO, TRANSFORMÁNDOLOS EN MARIONETAS)

Jodl preparó un informe para Hitler con objeto de establecer la evolución más probable de los acontecimientos en los meses siguientes. Con ello trataba también de ejercer su cargo de jefe de la plana mayor de la Wehrmacht, cuyas funciones había ido acaparando Hitler. Jodl sabía que este desconfiaba de los cálculos; a fines de 1943 seguía hablando con sarcasmo de un estudio del general Georg Thomas, responsable de la economía de guerra, que consideraba que el potencial bélico de los soviéticos era extraordinario, y siempre se enojaba al recordarlo: poco después de serle expuesto, prohibió a Thomas y al Alto Mando de la Wehrmacht realizar más investigaciones como aquella. Cuando mi Departamento de Planificación, con la mejor voluntad, preparó un memorando para ayudar a la cúpula militar a tomar decisiones acertadas, Keitel nos comunicó la prohibición de enviar estudios de esa clase al Alto Mando de la Wehrmacht. (INCREÍBLE. NO HAY PEOR CIEGO QUE EL QUE NO QUIERE VER)

Hitler continuaba tomando todas las decisiones sin disponer de estudios concretos. Renunció a analizar la situación, a considerar qué consecuencias logísticas comportaba la puesta en práctica de sus ideas; no quiso saber nada de comisiones de estudio que examinaran las distintas ofensivas desde todos los puntos de vista para establecer tanto sus posibilidades de éxito como las contramedidas que podría tomar el enemigo.

El Estado Mayor que se reunía en el cuartel general estaba erfectamente preparado para responder a las exigencias de una guerra moderna; sólo había que permitirle actuar. Aunque Hitler exigía ser informado de todos los aspectos parciales, los datos así reunidos sólo constituían una visión de conjunto en su cabeza. Así pues, sus mariscales y sus inmediatos colaboradores en realidad no ejercían más que de asesores, pues normalmente Hitler tenía sus decisiones tomadas de antemano y sólo cabía modificarlas en aspectos de matiz. Además, evitó extraer las necesarias consecuencias del a campaña del Este de 1942-1943.

La tremenda presión de la responsabilidad hacía que nada fuera mejor acogido en el cuartel general que una orden superior, lo que obviaba las propias decisiones y servía tanto de alivio como de excusa. En contadas ocasiones oí que alguno de los interesados había pedido el traslado voluntario al frente para escapar al permanente conflicto de conciencia al que uno se veía sometido en el cuartel general.

Este es uno de esos fenómenos que aún hoy sigo sin explicarme, pues, a pesar de todas las críticas, ninguno de nosotros planteaba nunca una objeción. La verdad es que tampoco teníamos nada que objetar. En el mundo insensibilizador del cuartel general no nos conmovía lo que significaban las decisiones de Hitler para el frente, donde se estaba combatiendo y muriendo, como, por ejemplo, cuando las tropas quedaban sitiadas sólo porque Hitler demoraba una y otra vez ordenar la retirada que le proponía el Estado Mayor.
Es verdad que nadie puede esperar de un jefe del Estado que inspeccione el frente con regularidad, pero Hitler estaba obligado a hacerlo en su calidad de comandante en jefe del Ejército, más aún teniendo en cuenta que, como tal, tomaba decisiones relativas incluso a los asuntos de menor importancia. Si estaba demasiado enfermo, tendría que haber nombrado a otro, y si temía por su vida, entonces no podía ser comandante en jefe de un ejército.
Algunos viajes al frente habrían hecho evidentes, tanto para él como para su Estado Mayor, los errores fundamentales que tanta sangre estaban costando. Sin embargo, Hitler y sus colaboradores militares creían poder dirigir la guerra desde sus mapas. No conocían el invierno ruso, las condiciones de las carreteras o las fatigas que soportaban los soldados, que, sin alojamiento, mal equipados, exhaustos y medio congelados, tenían que vivir en agujeros abiertos en la tierra, con una capacidad de resistencia quebrantada desde hacía mucho tiempo. Durante las reuniones estratégicas, Hitler consideraba que estas unidades estaban en plena forma. Desplazaba de un lado a otro sobre el mapa a unas divisiones extenuadas, sin armas ni municiones, y a menudo les imponía unos plazos que era del todo imposible cumplir. Como solía ordenar ataques inmediatos, la vanguardia se hallaba en la línea de fuego antes de que el resto de las tropas pudieran desplegar en bloque toda su potencia combativa. Así se las conducía frente al enemigo y se las aniquilaba paulatinamente.

El servicio de información del cuartel general era ejemplar para su época. Podía comunicarse al instante con los principales escenarios de la guerra. Pero Hitler sobrestimaba las posibilidades que le ofrecían el teléfono, la radio y el telégrafo.
Al mismo tiempo, y esto constituyó una gran diferencia respecto a las guerras anteriores, impedía que los mandos correspondientes actuaran con independencia, ya que intervenía continuamente en todos los sectores del frente. El servicio de enlace permitía dirigir a las distintas divisiones, en todos los escenarios de la guerra, desde la mesa de mapas de Hitler.
Cuanto más difícil era la situación, mayor era el distanciamiento que la técnica moderna abría entre la realidad y la fantasía con que se operaba desde aquella mesa.
(INCREÍBLE y no me voy a cansar de decirlo.)

Continuará.


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Mensaje por Super Mario »

Esto es insólito, y lo único que se me ocurre pensar es que con estas decisiones Hitler buscaba mecanismos para no pensar en lo mal que iba la guerra y en lo sombrío del panorama.

Aún en el otoño de 1943 cuando la guerra ya era adversa para Alemania, Hitler se interesaba por asuntos que tiempo atrás nos habían absorbido a los dos, como la futura configuración de las ciudades alemanas. También nos ocupábamos a menudo de su deseo de proyectar, una vez terminada la guerra, una red de ferrocarriles transcontinentales que aglutinara económicamente a su futuro Estado. Fijó un ancho de vía mayor que el usual y ordenó que los Ferrocarriles del Reich diseñaran distintos tipos de vagones e hicieran cálculos detallados sobre la carga útil de los trenes de mercancías, todo lo cual estudiaba en sus noches de insomnio.

El Ministerio de Comunicaciones consideró que tener dos sistemas de vías férreas supondría más inconvenientes que ventajas, pero Hitler estaba empeñado en aquella idea, a la que, en su función de abrazadera del Imperio, daba mayor importancia que a las autopistas.
El tráfico transcontinental pretendía trasladar en unos cuantos trenes cantidades similares a las que transportaría un buque de carga, porque Hitler opinaba que las comunicaciones marítimas nunca eran lo bastante seguras y no podían garantizarse en tiempo de guerra. También hubo que incorporar al proyecto, ya terminado, de las instalaciones ferroviarias de las ciudades de Berlín y Munich una vía férrea suplementaria para el nuevo ferrocarril.
(INCREÍBLE. Realmente Hitler vivía totalmente alienado de la realidad. En 1943 Kursk había fracasado estrepitosamente, el frente Oriental se había hundido, los rusos habían recuperado Kiev, un cuarto de millón de soldados se había rendido en África y los angloamericanos habían desembarcado en el sur de Italia y sin embargo Hitler seguía fantaseando en una nube de irrealidad).

Continuará


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Mensaje por Super Mario »

Con respecto a un Plan de bombardeos a objetivos estratégicos, Speer nos dice:

En 1943 mientras los americanos e ingleses iniciaban bombardeos estratégicos masivos, la Luftwaffe se mantenía pasiva, sin hacer ataques estratégicos, despilfarrando recursos en ataques a ciudades que no revestían ningún valor estratégico.
Volví a preguntarme por qué nuestra Luftwaffe, a pesar de sus modestos medios, no efectuaba ataques puntuales como los americanos, cuyas consecuencias podían ser devastadoras. A fines de mayo de 1943, quince días después del ataque británico a las fábricas de rodamientos de Schwerinfurt, repetí a Hitler mi propuesta del 11 de abril: que se formara una comisión de trabajo para buscar objetivos cruciales en el campo enemigo. El, como tantas otras veces, dudaba: —Me parece inútil tratar de convencer al Estado Mayor de la Luftwaffe de que sus colaboradores industriales pueden contribuir a establecer los objetivos de los ataques en el campo enemigo. Ya se lo he comentado varias veces al general Jeschonnek. Pero — terminó diciendo con resignación— hable usted una vez más con él. Era evidente que Hitler no estaba dispuesto a hacer valer su autoridad en el asunto.
Carecía de visión para calcular la importancia decisiva de aquella clase de operaciones. No hay duda de que ya se había equivocado entre 1939 y 1941, cuando ordenó bombardear las ciudades inglesas en vez de coordinar la acción aérea y submarina y, por ejemplo, atacar sobre todo los puertos ingleses en los que se reunían los convoyes marítimos. Tampoco ahora tuvo sentido de la oportunidad. Y los ingleses, si exceptuamos el ataque aislado contra las presas, copiaban irreflexivamente su insensatez.
(LOS ALIADOS TAMBIÉN ERAN OBTUSOS)

A pesar del escepticismo de Hitler y de mi falta de capacidad para influir en la estrategia de la Luftwaffe, no me desanimé. El 23 de junio reuní en una comisión a algunos expertos con el fin de estudiar los objetivos militares estratégicos.

Nuestra primera propuesta afectaba a la industria inglesa del carbón, sobre cuyos centros, puntos de ubicación, capacidad y demás detalles estábamos bien informados gracias a las publicaciones británicas especializadas; sin embargo, llegó con dos años de retraso: ya no teníamos fuerzas suficientes.
Dada la parquedad de nuestros medios, se nos imponía una vez más un objetivo de gran eficacia: las centrales de energía rusas. La experiencia nos decía que en Rusia no cabía esperar una defensa antiaérea sistemática. Por otra parte, la economía eléctrica de la Unión Soviética se distinguía de la de los países occidentales en un punto decisivo que era el siguiente:-Gran parte del suministro de energía de Moscú procedía de una gran central situada en el curso superior del Volga. Según nuestras informaciones, en la capital soviética se concentraba el 60 % de la producción de aparatos ópticos y equipamiento eléctrico. Si se destruían algunas de las grandes centrales de los Urales, se podría paralizar de forma permanente la industria del acero y la de tanques y municiones. Un blanco en las turbinas o en sus tubos de alimentación liberaría unas masas de agua cuyo poder destructivo sería mayor que el de muchas bombas. Y los informes de que disponíamos eran fidedignos, pues buena parte del as grandes centrales soviéticas de producción de energía se habían levantado con el concurso de la industria alemana.
El 26 de noviembre, Göring dio la orden de reforzar con bombarderos de gran autonomía el VI Cuerpo Aéreo, al mando del general de división Rudolf Meister. En diciembre se concentraron las unidades cerca de Bialystok.

Hicimos construir maquetas de madera de las centrales de energía para adiestrar a los pilotos. Yo informé a Hitler a primeros de noviembre y Milch habló de nuestros planes a Günther Korten, amigo suyo y nuevo jefe del Estado Mayor de la Luftwaffe. El 4 de febrero le escribí que «todavía existen hoy buenas perspectivas [...] de una guerra aérea operativa contra la Unión Soviética. [...] Tengo la firme esperanza de que con estas operaciones [me refería a los ataques contra las centrales de energía de la zona de Moscú-curso superior del Volga] se lograrán resultados que repercutirán de manera notable en la potencia combativa de la Unión Soviética». El éxito —como siempre en tales empresas— dependía del azar. Yo no confiaba en conseguir una victoria decisiva, pero, tal como escribí a Korten, esperaba debilitar la potencia ofensiva soviética de tal modo que incluso los refuerzos americanos tardarían meses en compensar los daños.
(INCREIBLE. Un simple civil como Speer se daba cuenta de lo clave y fundamental que sería bombardearlas represas y centrales rusas, pero un bruto como Göring o Hitler no advertían su valor estratégico)

Una vez más, llegamos dos años tarde. La ofensiva rusa de invierno obligó a nuestras tropas a retroceder. La situación se había vuelto crítica. Hitler, que era de una sorprendente miopía en las situaciones de emergencia, me dijo a finales de febrero que el Cuerpo Meister había recibido la orden de destruir las líneas férreas para interrumpir los suministros que recibían las tropas soviéticas. Mis objeciones de que el suelo ruso estaba endurecido por las heladas, de que las bombas sólo conseguirían un efecto superficial y deque sabíamos, por propia experiencia, que vías férreas alemanas mucho más delicadas podían repararse en unas horas, resultaron completamente infructuosas.

El Cuerpo Meister se consumió en una operación inútil que no afectó a los movimientos del Ejército soviético. Cualquier interés que Hitler pudiera tener en la estrategia quedaba ahogado por sus tercos propósitos de venganza contra Inglaterra. Incluso después de que el Cuerpo Meister fuera aniquilado, disponíamos de bastantes bombarderos para poner en práctica nuestros proyectos. Pero Hitler alentaba la vana esperanza de que algunos ataques masivos sobre Londres obligarían a los ingleses a renunciar a su ofensiva aérea contra Alemania, por eso en 1943 seguía exigiendo que se desarrollaran y produjeran bombarderos más pesados.
(DIOS MÍO, CUANTA MIOPIA. De más está decir que Yo no voy a cometer ese error, sino que voy a planificar esos bombardeos estratégicos).

Continuará.


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