Un soldado de cuatro siglos

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Azul y gris

En el día de Nuestra Señora del Carmen, decimosexto del mes de julio del Año de Nuestro Señor de 1681.


—Ja hem arribat al feliç canal. Ara, a fica el dit al full als culs negres.

—Disculpe, excelencia, pero no le he entendido.

—Perdona, noi, pero es que el català em surt del alma. Decía que a esos culs negres se lo vamos a poner vermell.

El oficial se resignó a no entender lo que decía el contralmirante Don Joan Pallejá. Algún defecto tenía que tener ese hombre, y no los había ni como marino, ni como guerrero. Como no todo se puede tener, aun llevaba las escamas en los pies de un pescador de Cambrils, origen que se le notaba en cuanto abría la boca. Al menos, le había llamado «noi», muchacho, y no «nen», como tenía por costumbre. No es que el contralmirante fuera un anciano, que por las justas pasaba los cuarenta, pero el capitán de corbeta Nicolás Cardona era de facciones tan finas que, de no ser por el uniforme, más de uno lo hubiera confundido con un alférez recién salido del cascarón.

La verdad era que pocos llegaban a capitanes de corbeta a esa edad. No era mala recomendación ser hijo de Don Nicolás Cardona, el comandante de la Flota de la Mar Océana cuando la conquista de Salé, y actual presidente de la Junta de Marina. Su padre, el almirante, antes se hubiera cortado la mano que favorecer a un familiar, pero su hijo, también de nombre Nicolás, había visto cómo se le abrían las puertas desde que entró en la escuela de Guardiamarinas; aunque no se hubiera beneficiado de favoritismos, la pléyade de sádicos que infestaba las academias prefería no molestar al vástago del jefe. Tras su egreso había servido en el navío Firme y, después, de segundo en la corbeta Veloz; pero los entorchados los había ganado en un barco que, como todo primer mando, nunca podría olvidar, aunque ahora descansara en el fondo del estuario del Támesis. El cañonero de vapor Martín de Aranda había sido el único perdido en la gran victoria conseguida frente a Shoebury. No por causa de su comandante, como había dictaminado el consejo de guerra, sino por un tiro de mala suerte que rompió la chumacera de la rueda de babor. El eje roto hizo los destrozos que no pudo la bala, y el Aranda acabó teniendo que ser hundido. Pero a cambio del fatal cañonazo, el cañonero de Cardona había destrozado el timón del galeón Royal London, un monstruo de ochenta cañones y que desplazaba diez veces más, y que al quedar sin gobierno tuvo que arriar sus colores. De ahí que el consejo de guerra no solo hubiera exonerado a Cardona, sino que lo felicitó. Así que el teniente de navío Cardona, ahora capitán de corbeta, estuvo entre los oficiales cuyas carreras recibieron un buen empujón con la victoria.

Cardona hubiera esperado un descanso, pero nada más llegar a Amberes se recibió un mensaje reclamando urgentemente la flota al Mediterráneo: los turcos habían empezado la guerra antes de lo esperado, y el marqués de Lazán quería que lo mejor de la Armada para combatir a los turcos. Incluyendo al almirante Don Isidro de Atondo, al que ya se le conocía como «el Afortunado» y digno sucesor de Don Pedro Llopís. Atondo había aprendido a navegar y guerrear con el marqués del Puerto y, como él, nunca había perdido un combate. Al aniquilar en el Támesis a la flota inglesa, su fama se había acrecentado de tal manera que el anciano rey Felipe IV había requerido su presencia para imponerle personalmente el Toisón de Oro. Sin embargo, el devenir del conflicto con los turcos iba a hacer esperar al rey emperador.

Don Isidro de Atondo había sido siempre un inconformista, como había demostrado en Dunkerque, cuando prefirió llevar solo fragatas para derrotar a una flota siete veces mayor. No le bastó, y en el Támesis empleó su escuadra de navíos y fragatas para encelar a la flota inglesa, como el matador que agita la muleta, mientras le clavaba un estoque revolucionario: sus barcos de vapor. Al ser llamado al Mediterráneo, se llevó las unidades que más eran de su gusto: dejó que los pesados navíos mantuvieran el bloqueo de Inglaterra, y puso rumbo a Gibraltar acompañado de rápidas fragatas y sus vapores. Con ellos se llevó a uno de los artífices de la victoria, el recién ascendido contralmirante Pallejá. También, al alumno aventajado que había derrotado al Royal London.



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El que acabaría siendo llamado Carmelo no había nacido para la guerra, sino como polacra destinada al comercio, con unas formas más panzudas que las de los rasadores del océano, ya que cambiaba un ápice de velocidad por la rentabilidad. Pero un buen día, o malo a decir de ciertas lenguas, el ingeniero Don Juan Sanz de Elorduy, el cuarto de la ilustre saga de constructores navales, eligió ese fuerte casco para hacer un ensayo. La Armada estaba entusiasmada con el vapor, y se estaba proveyendo de pequeñas embarcaciones que no dependían del viento; pero Sanz de Elorduy pensaba que pronto querría tenerlo en buques de gran porte, y prefería probarlo en algún cascarón barato pero que pudiera dar algún servicio.

Así fue que el casco número trescientos quince pasó al muelle de armamento; todavía no había recibido nombre, pues si lo adquiría, la Armada querría ser quien lo bautizara, y así se evitarían las toneladas de mal fario que conllevaban los rebautizos. No por ello los carpinteros expertos dejaron de santiguarse, igual que en su día habían hecho ante la ya veterana Victoria. Pues en la panza del trescientos quince se instalaron dos grandes calderas conectadas a la máquina que debía mover un eje situado, pecado de los pecados, poco por encima de la flotación. Que unos engranajes intentaran sellarlo no engañaba a los veteranos, que sabían que el mar siempre encontraría una manera de colarse. No satisfechos aun, los ingenieros le colocaron dos antiestéticas ruedas que hubieran tenido un pasar en una noria, pero que mancillaban el costado del buque; al menos, le clavaron unas planchas que aspiraban a esconder el horror.

Los refuerzos de la tablazón y la fuerte cubierta que le endosaron denotaban que el trescientos quince no iba a ser un barco de paseo. Luego se plantaron los palos, pero no los que mereciera una embarcación de tal porte, sino unas miniaturas esmirriadas más propias de carbonero. Poco importó, pues el trescientos quince, ahora apodado el dislate, hizo sus pruebas en la bahía de Santander, echando nubes de mefítico humo negro por dos altas chimeneas que estaban situadas lado a lado, como hermanas de negra alma.

Dios los cría y ellos se juntan. Los ingenieros que habían concebido tal abominación se reunieron con un marino poco temeroso de Dios que, en lugar de cruzar los dedos y escupir, felicitó a los artífices de tan horripilante insensatez. La Armada adquirió al trescientos quince como cañonero y lo bautizó con el nombre de Don Carmelo Vergara, el valiente almirante que, a pesar de ofrendar su vida en la batalla del Támesis, fue recompensado con la ignominia de que un adefesio ostentase su nombre. Por entonces ya había llegado el que iba a ser comandante de la nueva unidad, el capitán Cardona.

La tensión en el Mediterráneo había acelerado las obras, y el Carmelo —pues Almirante Vergara solo sería llamado en los libros oficiales— recibió dos potentes cañones del catorce que podían moverse a cada banda, y otros cuatro más pequeños del diez. Estando a punto de zarpar se cometió la última profanación, al montarle cuatro engendros que parecían espingardas dobles. Algunos más se almacenaron en la bodega, destinados a desgraciadas embarcaciones que no sabían qué se les venía encima.



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El Carmelo fue terminado a tiempo para partir hacia Cádiz, donde el marqués de Atondo estaba reuniendo su escuadra. Hizo la travesía parte a vela y parte a vapor, no solo para buscar defectos —los pocos que se hallaron pudieron ser corregidos por los obreros del arsenal que habían embarcado para el viaje inaugural— sino para familiarizar a la dotación con las características de un barco tan novedoso. El cañonero se portó, y logró una media de nueve nudos, llegando a Cádiz a tiempo de incorporarse a la flota.

Allí atrajo más atención que los mastodontes de la flota de la Mar Océana. Los curiosos más sensatos menearon la cabeza intentando apartar de su mente la visión. Pero había locos, como el marqués de Atondo, al que el Carmelo le entró por el ojo derecho. También gustó a otro reputado heresiarca, al capitán de navío Pallejá, que estando en puerto recibió el ascenso a contralmirante. No sorprendió a nadie que un marino que había basado su carrera en descarríos más o menos flotantes, escogiera al cañonero como insignia de su división. Así que el flamante comandante Cardona se convirtió en el flamante capitán de bandera del flamante contralmirante Pallejá, a bordo del cañonero Almirante Vergara, alias el Carmelo, supuestamente flamante pero con ese toque de hollín característico de los nuevos tiempos. El ataque turco no dio mucho tiempo para maniobras, pero los marinos de Atondo y de Pallejá tenían experiencia en navegar y combatir juntos, y a Cardona tampoco le costó integrarse. Mejor, porque no llevaba la escuadra en Cádiz ni una semana cuando aparejó hacia el Adriático.

Las noticias no eran buenas. Tras el revés sufrido por el capitán Martínez de Liendo, Ochoa de Bolívar había conseguido forzar el paso por el Adriático, pero a costa de perder un gran navío. Los ataques se habían repetido, y quince días los turcos acabaron con dos corbetas y dos jabeques, y varios más sufrieron daños; que les hubiera costado caro era incidental, porque los otomanos estaban empleando barcos de «usar y tirar», tan baratos que podían ser construidos en gran número, y la suerte de los galeotes tampoco parecía preocuparles mucho.

La escuadra que partió de Cádiz poco hubiera gustado a muchos marinos, ya que prescindía de los navíos, y solo contaba con fragatas —cuatro pesadas y seis ligeras—, una decena de buques de apoyo —la mitad, cargados del crucial carbón—, algunos jabeques, y la división de vapor del contralmirante Pallejá, que incluía al Carmelo, cuatro cañoneros, tres marrajeros y dos remolcadores armados. Los vapores, que navegaron a vela con sus pequeños aparejos, supusieron tal rémora que la navegación por el Mediterráneo se eternizó. No ayudaron tampoco las encalmadas que encontraron entre las Baleares y Cerdeña, y la llegada a Tarento se demoró dos eternas semanas.



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En Tarento el tiempo tampoco ayudó. Las temperaturas subieron hasta ser agobiantes, sin que se moviera ni una hoja. La mar estaba plana como un espejo, y el almirante Atondo, frenético cual fiera enjaulada. El maldito Mediterráneo, que lo mismo parecía estanque de palacio que saludaba a los incautos con terribles tormentas. Una mínima brisa permitió a la escuadra salir del puerto, pero dos días después aun estaba en el golfo de Tarento dando bordadas para intentar ganar metros, que no millas. El almirante temblaba por los barcos que en el Adriático pudieran quedar a merced de las galeras turcas y, aunque no le gustaba dividir sus fuerzas, decidió enviar por delante a los barcos de vapor, acompañados de dos urcas cargadas de carbón atoadas por los remolcadores.

Los barcos de Pallejá aprovecharon sus calderas para doblar el cabo de Leuca. Que era un año de tiempo loco los marinos lo pudieron comprobar cuando al acercarse a Brindisi empezó a soplar un desagradable bora que les hizo tiritar aun siendo verano. Sin embargo, fue en esas circunstancias en las que el vapor reveló su poder, y a pesar del viento contrario, la flotilla entró en puerto sin dificultad. Allí hizo aguada y rellenó las carboneras. También recibió las nuevas que, para variar, buenas no eran. De la escuadra de Atondo no se sabía nada; probablemente estaba luchando con el viento en algún lugar del mar Jónico. En el norte, el ejército del marqués de Lazán se peleaba con los temporales en los Alpes. En Otranto, las galeras turcas eran cada vez más activas, y ni los pescadores se atrevían a hacerse a la mar.

Sin embargo, Pallejá no pareció preocuparse, sino al contrario, y a la mañana siguiente salió al mar con el Carmelo y tres cañoneros, adoptando rumbo este. Cuando aun no estaban a la vista de la otra orilla, el contralmirante ordenó apagar las calderas y emplear tan solo el viento. Al no ser los mejores barcos de vela, la flotilla fue derivando hacia el sureste, intentando recuperarse con bordadas mal dadas… bajo los ojos de los centinelas otomanos del lado oriental del estrecho.



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Las condiciones de viento y mar eran las mismas que habían hecho sufrir a Martínez de Liendo, y Pallejá no pensaba dejarse sorprender durante la noche. En cuanto oscureció, sus cuatro buques pusieron proa al sur, para alejarse de esas peligrosas aguas, mientras emprendían la tediosa tarea de encender las calderas hasta conseguir presión. Largo proceso que llevó cuatro horas. Ya con fuerza en sus cilindros, la flotilla invirtió el rumbo, aunque con los fuegos al mínimo para no echar chispas, y manteniendo la cohesión con linternas sordas. De madrugada pudieron verse dos fanales; parecía que los invitados no iban a faltar a la cita.

Cuando apenas empezaba a aclararse el cielo se tocó zafarrancho de combate, temiendo lo que pudieran haber ocultado las sombras. Al momento se escuchó el grito de un serviola.

—¡Velas a la vista! ¡Al Este Noroeste!

Tanto Cardona como Pallejá ascendieron al palo mayor, el primero con el ansia de la juventud, el segundo con la habilidad que da una vida en el mar. Al llegar a la cruceta desplegaron sus catalejos.

—Sis galeres, noi. Ens afartem com un lladre.

Sin entender ni una palabra, que tampoco falta hacía, el comandante descendió y ordenó preparar las armas— ¡Don Félix! —dijo a Don Félix de Lena, el primer teniente— ¡Aumente la presión de las máquinas! ¡Don Eduardo! —mandó al teniente segundo Don Eduardo Castell, que dirigía la artillería— ¡Bombas de explosión para los de catorce y de metralla para los de diez! ¡Cubra los ametralladores!

El contralmirante ordenó rumbo noroeste para pasar ante la proa de las galeras. Se expondría a su tiro —lo mínimo— pero así impediría que luego los turcos se auxiliaran con el viento. Siguiendo las instrucciones del contralmirante, fueron dejando que las galeras se acercaran, hasta que la que iba en cabeza —por lo adornada, la capitana— hizo un disparo; la bala, tras rebotar, se hundió junto a la popa del Carmelo.

—Aguanta, noi. Deixarem que s'entretinguin y tiren el bofe.

Las galeras turcas siguieron disparando; por fortuna, la mar picada hacía que los disparos se perdiesen. Hasta que Pallejá se dio por satisfecho.

—¡Ahara hi són a la quinta forca!

Siguiendo las señales del Carmelo, la flotilla aumentó su andar y tras separarse de sus seguidores, cayó al oeste suroeste. Los barcos turcos intentaron seguirlos, pero la flotilla viró aun más hasta adoptar rumbo sur, desfilando por el costado de las galeras a apenas trescientos metros de distancia.

—Don Nicolau, seria bo que els tirés una mica de metralla.

Los cañones del diez dispararon, apuntando a la popa de las galeras. El primer disparo levantó surtidores tras la capitana. El segundo, solo unos pocos por detrás: aunque el disparo fuera alto, parte de las bolas de metal habían alcanzado el castillo. Entonces se escuchó, por primera vez en la Historia, el tac tac tac que en lo sucesivo dominaría los campos de batalla: más surtidores se elevaron alrededor de la capitana cuando los dos ametralladores de babor dispararon contra la galera. El efecto fue demoledor: los maderos volaron por los aires, y los hombres eran arrojados en pedazos al mar por los pesados proyectiles. El Carmelo suspendió el fuego cuando sobrepasó a la nave turca, pero fueron entonces los otros cañoneros los que, en sucesión, la convirtieron en una ruina. Tras apenas un minuto cesó el combate. Pero solo provisionalmente.

Mientras las galeras turcas intentaban virar a estribor para seguir a los españoles —excepto su capitana, que estaba sin gobierno—, los cuatro barcos de Pallejá invirtieron de nuevo el rumbo. Los otomanos quisieron apuntarles, pero inútilmente: otra vez, los barcos hispanos desfilaron a toda velocidad junto al costado, pero esta vez a apenas doscientos metros. Esta vez dispararon los cañones del catorce del Carmelo; de nuevo, uno falló, pero el otro atravesó una galera; por donde la alcanzó, el agujero no llegaba al palmo, pero al otro lado las maderas salieron despedidas. Mientras, los ametralladores tomaron como objetivo los cañones que en la proa llevaban los turcos. En una galera se produjo una gran llamarada, y la embarcación empezó a arder como una tea. Los turcos se lanzaron al agua, pero hasta los españoles llegaron los gritos de los remeros que se quemaban.

—Don Nicolau, farà un favor a aquests pobres si els ultima.

El Carmelo disminuyó su andar para permitir que su artillería desfondara la desgraciada embarcación. Momento que aprovechó otra galera para intentar apuntar sus cañones de proa, pero cuando los artilleros aun no habían conseguido apuntar sus piezas, recibieron una veintena de proyectiles de un cañón ametrallador.

Por entonces, la flotilla turca era una ruina. La galera incendiada ya estaba bajo las aguas, otras cuatro estaban arruinadas, y la capitana empezaba a hundirse. En ella se arrió el pabellón, y las galeras supervivientes lo interpretaron como señal de rendición.



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De Vuelapedia, la Enciclopedia Hispánica

El tercer combate de Otranto

El tercer combate de Otranto fue la primera vez en la Historia en la que una flotilla movida exclusivamente a vapor derrotó a otra movida a remo y vela. En el enfrentamiento, que se produjo el diecisiete de julio de 1681, cuatro cañoneros españoles hundieron dos galeras turcas y capturaron otras cuatro sin sufrir bajas.

Antecedentes

Previamente al comienzo de la guerra de la Santa Alianza, la marina turca se había equipado con buen número de galeras que armaron con el estilo de las cañoneras españolas, con cañones pesados montados a crujía que disparaban por la proa. También construyeron galeazas de diseño mejorado, y galeotas que convirtieron en brulotes. Al poder operar con independencia del viento, consiguieron sorprender a una flotilla española en el primer combate de Otranto, y hundir al navío Montañés en el segundo.

El estrecho de Otranto tenía importancia crucial ya que era la principal vía para enviar refuerzos y suministros a los Balcanes. El revés del primer combate de Otranto obligó a que el ejército del marqués de Lazán tuviera que emprender una larga marcha desde Génova hasta las cercanías de Viena; sin embargo, era una ruta demasiado larga para los trenes de suministro.

En el segundo combate de Otranto, la flota del Mediterráneo protegió el paso de un gran convoy. Sin embargo, durante su vuelta el navío Montañés fue destruido por brulotes a remo. Otras cuatro unidades menores se perdieron en pocos días, mostrando el riesgo que corrían los barcos ligeros que transitaban por esas aguas ante las embarcaciones turcas que operaban desde la costa albanesa.

En España se estaba preparando un nuevo convoy que iba a llevar el II cuerpo de ejército mandado por el general Don Pablo Espínola Doria, nieto del famoso general Don Ambrosio Espínola. Para protegerlo, la flota del Mediterráneo se reforzó con un destacamento de la flota de Flandes. La agrupación iba a ser dirigida por el marqués de Atondo, que acababa de derrotar a la flota inglesa en el Támesis, y que había sustituido al almirante Ochoa de Bolívar. Los buques de la flota de Flandes se adelantaron para limpiar el estrecho de Otranto, pero los fuertes vientos les impidieron acceder al canal. Atondo envió a su división de barcos de vapor dirigida por el contralmirante Pallejá, que se había distinguido en Salé y en el Támesis.

La batalla

La división de Pallejá llegó a Brindisi el catorce de julio, gracias a que la propulsión a vapor le permitió navegar contra el fuerte viento del nordeste. Allí supo que las galeras turcas solían refugiarse en la bahía de Valona, donde no solo estaban protegidas, sino que estaban fuera de las vistas de las patrullas navales españolas. Desde allí atacaban a los barcos que detectaban los vigías, preferiblemente por la noche y a favor del viento. Ya que soplaba del nordeste y favorecía los planes otomanos, Pallejá decidió atraer a sus enemigos a una trampa.

El contralmirante salió con el cañonero pesado Almirante Vergara, su buque insignia (en realidad, una pequeña fragata de ruedas) y tres pequeños cañoneros de clase Munguía. Pallejá supuso, con razón, que los turcos no sabrían identificarlos como barcos de vapor, y navegó inicialmente a vela, simulando ser un pequeño convoy que se encontraba en dificultades por los fuertes vientos contrarios. No queriendo ser sorprendido de noche, en cuanto oscureció sus buques encendieron sus máquinas y navegaron hacia el noroeste.

Como había supuesto Pallejá, durante la noche salieron de Valona seis galeras al mando del renegado Hussein Mezzomorto. Sin embargo, la maniobra de Pallejá impidió que los turcos lo encontraran. Por el contrario, un vigía español avistó el farol de una galera turca, y los barcos españoles se situaron a barlovento de los otomanos. A la mañana siguiente, Mezzomorto descubrió a los barcos españoles e intentó darles caza; Pallejá se retiró hacia el viento, impidiendo que las galeras empleasen su velamen e imponiendo un duro esfuerzo a los remeros. Los barcos de Pallejá mantenían un andar medio, para permitir a los turcos acercarse; cuando la distancia disminuyó a seiscientos metros, la flotilla española viró y, navegando ahora a toda máquina, describió una espiral alrededor de los barcos enemigos, aprovechando que las largas galeras maniobraban mal bajo el fuego, impidiendo a los turcos apuntar los cañones pesados que tenían en proa. Los cañoneros dispararon con proyectiles de metralla y con sus cañones ametralladores Beleti, que acababan de serles instalados, destrozando las cubiertas turcas. Una galera se incendió; que los turcos no liberaran a los forzados (que eran cautivos cristianos) sería un paso más en el encarnizamiento de la guerra.

Tras dos pasadas de los barcos españoles, los turcos estaban reducidos a la impotencia. La capitana turca se estaba yendo a pique, y cuando a Mezzomorte le arrancó la cabeza un proyectil (probablemente de cañón ametrallador), los turcos supervivientes arriaron el pabellón. Las otras cuatro galeras se rindieron a su vez. El combate había costado a los turcos seis galeras, setecientos cincuenta hombres (la mitad, heridos o muertos en el combate, el resto capturados) y la liberación de ochocientos forzados. Los barcos españoles solo fueron alcanzados por una decena de arcabuzazos y algunas flechas, y no sufrieron ni daños ni bajas.

La muerte de los forzados de una galera tuvo consecuencias funestas para los turcos capturados. Los españoles pudieron ver en las rendidas que las cadenas de los forzados estaban dispuestas de tal manera que no se pudiera soltar a los presos; incluso encontraron hachas y pies amputados que denotaban que, para sacar a un galeote, había que cortar o los pernos, o las extremidades. Considerando que tal práctica era opuesta a las costumbres del mar y de la guerra, los oficiales supervivientes y los comitres de las galeras fueron condenados a muerte y ejecutados en la horca, y los soldados y marinos, sometidos a la esclavitud. El embajador español en París entregó una carta destinada al legado turco en el que se decía que, en lo sucesivo, se castigaría severamente a los culpables de tales crímenes.

Consecuencias

Aunque la destrucción de la escuadra de Mezzomorte no acabó con la amenaza turca en el canal de Otranto, causó tal impresión que en lo sucesivo bastó que se avistara un buque de vapor para que los otomanos se refugiaran en puerto. Tras el combate de Durres de cinco días después, las escuadras otomanas evitaron adentrarse en el mar, dejando expedito el paso a los barcos españoles. A partir de entonces, las galeras turcas solo supusieron un riesgo para los buques que se acercaran demasiado a la costa albanesa.

La victoria de Pallejá mostró las ventajas que conllevaba el vapor en la guerra naval, al hacer independientes a los barcos del viento. Aunque, en realidad, el desplazamiento de los barcos españoles era similar al de los turcos (cuatrocientas sesenta toneladas el Almirante Vergara, y doscientos quince cada uno de los otros tres), la victoria había sido tan aplastante que quedó demostrada la absoluta superioridad del vapor. Don Nicolás de Cardona, presidente de la Junta de Marina, ordenó que se detuvieran las obras de las unidades que estuvieran en construcción, incluso las a punto de ser finalizadas, salvo las destinadas a Ultramar. Tras los buenos resultados del cañonero Almirante Vergara y de la fragata Prueba, ordenó la conversión al vapor de todos los barcos en obras y, en los que no fuera factible, su venta (la Compañía del Carmen adquirió varios) o desguace. También solicitó que se estudiara la manera de convertir las unidades más modernas al vapor.



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Toca dibujito, se siente.

Cañonero de vapor Almirante Vergara
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Tras la victoria, la flotilla española condujo a Brindisi a las galeras capturadas. Los forzados cristianos volvieron a tomar los remos, pero esta vez sin cadenas, que fueron cortadas por el herrero del Carmelo. Luego cruzaron el canal, aunque a ritmo desesperante para Pallejá. La velocidad disminuyó aun más cuando un cañonero sufrió una avería y tuvo que moverse a vela.

— Escolta, noi, a aquest ritme de cargol quan tornem a la mar els turcs estaran tots a la falda de les mares.

Cardona asintió, pues esta vez había entendido más o menos lo que le decía el contralmirante.

— Com que el Carmel és l'únic que té pedres negres per anar i tornar a Brindisi, vull que vagis i recorris la costa, a veure què pots pescar.
Esta vez le costó algo más comprenderle.

—A sus órdenes, excelencia.

—Jo passaré al Leiva, que aquesta barqueta navega bé. Tu segueix amb el Carmelo i repassa la costa. Si enganxes alguna cosa, li dónes per l'ullet, però no arrisquis el vaixell.

—Como desee, excelencia.

—¡Deixa't d'excel·lències i altres ximpleries, que si t'escolten els meus amics de Cambrils estaran rient fins al dia del Judici Final!

Cardona asintió, y dio órdenes a su segundo. Al momento se hicieron señales al Leiva. Tras disminuir el andar, el contralmirante saltó al bote con agilidad de grumete, y pasó al pequeño cañonero. Tras recuperar el bote, el Carmelo indicó con señales que iba a emprender la comisión. Los banderines del Leiva flamearon. Cardona sonrió: era el tradicional saludo del corsario: «buena suerte, y buena caza».



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El Carmelo siguió hacia el noroeste, a suficiente distancia de la costa como para no ser observado. Pallejá le había dado manos libres, y Cardona pensó que, si se veía la humareda cerca de la costa, solo conseguiría espantar posibles presas. Pasó la noche en mar abierto —nada de sorpresas— y a la amanecida, ya a la altura de Kotor, disminuyó la máquina al mínimo, ordenando a los fogoneros que evitaran en lo posible emitir humo; por ahora, solo quería conservar algo de presión de vapor. Tras izar las velas, el cañonero adoptó un rumbo paralelo a la costa.

Cardona desesperaba de encontrar nada cuando, ya pasado Durres, el vigía advirtió unas siluetas bajas junto a la costa.

—¡Ah de cubierta! ¡Tres galeras al este, rumbo sur!

El segundo subió a la cofa y confirmó el avistamiento. Cardona ordenó dar potencia a la máquina y arrumbar hacia los barcos avistados. Sin embargo, desde las galeras también advirtieron el humo del Carmelo.

—Están virando hacia el norte —dijo el teniente Castells.

—Ya veo. Querrán navegar contra el viento y acogerse a Durres. Me temo que las noticias de la pelea del otro día han corrido más de la cuenta. Bueno, si escapan, mejor que mejor. Vamos a darles caza y, como diría el contralmirante, les pondremos el cul* a caldo.

El Carmelo puso proa al noroeste para interceptar a las galeras. Se vio obligado a recoger el trapo, pero la máquina le permitió moverse a siete nudos. Demasiado para las galeras, cuyo ritmo decayó tras algunos minutos de boga forzada. Consiguieron doblar el cabo Lajit, pero después tuvieron que mantenerse lejos de la costa, pues el sur de la amplia bahía de Durres tenía durmientes peligrosas. El Carmelo acortó distancias, y en las galeras chasquearon los látigos, pues estaban a solo una hora de la seguridad.

—Segundo, abra fuego en cuanto sea posible. Intente ofender solo sus popas.

Cuando la distancia era de ochocientos pasos abrió fuego un cañón del diez, pero sus proyectiles se perdieron.

—Me da pena por los galeotes, pero si no hacemos algo los turcos se escaparán. Mejor que caigan algunos a que sigan como esclavos ¡Granadas de metralla!

Al tercer disparo, la espuma levantada mostró que la galera que iba en cabeza había recibido una ración de hierro. Se vio que algunos remos bailaban, y que la boga perdía el ritmo.

—Buen tiro. Haga lo mismo con las otras.

Siendo la distancia menor, antes de que los cañones volvieran a disparar empezó a escucharse el tac tac tac de los cañones ametralladores de estribor. Esta vez fue la galera más retrasada el objetivo. Además de los proyectiles, recibió la rociada de otra granada de metralla. Entonces las tres galeras, al unísono, pusieron proa a tierra.

—¡Qué cabritos! ¡Prefieren irse a las piedras a rendirse! —entonces Cardona ordenó disminuir el andar; no tenía sentido arriesgarse con los escollos. Al mismo tiempo, las tres galeras seguían bogando hacia la orilla; desde el Carmelo vieron con horror como la de cabeza se detenía en seco y empezaba a hundirse.

—Han encallado, mi comandante.

—Ya veo. Mire, deben estar yéndose a pique porque han echado el bote ¡Hijos de la gran puta, están dejando que se ahoguen los galeotes! Castell, dirija la artillería contra esas barcas.

Los cañones del catorce dispararon granadas de metralla que barrieron los botes. Por entonces, las otras dos galeras también habían embarrancado.

—¡Están saltando a tierra! ¡Castell, que la artillería aleje a los turcos! Aliste un bote a ver si puede hacerse algo.

La artillería del Carmelo tiró contra los otomanos que intentaban salvarse; luego fueron los cañones ametralladores. Por desgracia, nada pudo hacerse por los cautivos, ni por los de la galera encallada —que zozobró en segundos— ni por los de tierra, ya que en la costa se estaban reuniendo infantes turcos con arcabuces que hacían demasiado peligroso acercarse más. A pesar de los estragos de la metralla, los turcos consiguieron obligar a los forzados a desembarcar. Con impotencia, desde el Carmelo vieron a las cuerdas de presos alejarse de la playa.



Tu regere imperio fluctus Hispane memento

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