Un soldado de cuatro siglos

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reytuerto
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Un soldado de cuatro siglos

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Historia de la vida de Don Francisco de Lima, cirujano real y capitán de las huestes de S.M el Rey

Por Don Pablo de Luque, alumno dilecto de Don Francisco, cirujano militar, viajero y cronista.


Capítulo XXV
Donde se cuenta el apresurado retorno a Madrid y como Don Francisco alivió los pesares de la Condesa de Paredes.



Oh, el laborar! Maldito el día en que la Sierpe tentó a Eva, maldito el día en que Eva cedió a la tentación, maldito el día en que Adán consintió oír a Eva! Sepa lector dilecto, que en Valencia, después de nuestra llegada en olor de multitud, y al enterarse el puerto y la ciudad que los botines de Rexi y Derna eran cuantiosos, las damiselas que antes nos negaban sus favores, hoy acudían presurosas en nuestra búsqueda! Los cirujanos militares éramos un buen partido para las hijas de los comerciantes, marinos dueños de barco y de los maestros más notables de las corporaciones valencianas! Nadie osaba en querernos comparar con los barberos que antaño ejercían nuestras artes! Así pues, la gente del Hospital, bien ganado tenía su solaz, y yo no podía ser menos que nadie!

“… Vanos son esos trabajos,
ninfas", dice; "no gritéis,
ni vuestros tiples me alcéis,
que yo busco vuestros bajos.

"Mi brazo es de todas mangas,
por feas no os aflijáis,
que yo porque lo sepáis,
también suelo cazar gangas.

"Porque vea, no hayas pena,
Diana, tus cuartos menguantes,
Que mis cuartos son bastantes
Para hacerle luna llena…” (1)


He de confesarle lector dilecto, que ante las gangas que el vate refiere, yo vuelvo la cabeza pues la fermosura de una fémina es mi perdición: pierdo la cabeza, pierdo el corazón, pierdo el vigor, el sueño, los dineros y la compostura, pues tan cierto es que llegue victorioso de África, como que en pocos días tanto mis cuartos como mi bolsa han menguado más que las tropas del bey vencido! Más ¿por qué lamentarme ahora, que joven seré sólo una vez? Además, mucha confianza tengo en que mis posesiones terrenales se harán considerablemente más cuantiosas cuando recogiese mi parte de Derna y sobre todo, de Rexi. Así, que bien preparado estaba para que ellas continuasen agotando el vigor de mis cuartos y la cuantía de mi bolsa! Pero, Ay!, no sería así!

Maese Juan, el fiel espada de mi maestro, llegó presuroso buscándonos a los dos Martines y a mí. Grande debía ser la premura de Don Francisco, pues apenas tuvimos preparados dos arcones con los implementos quirúrgicos y odontológicos necesarios, Juan nos conminó a hacer nuestros hatillos para ir de inmediato a Madrid.
Pasamos la noche en casa del Maestro Cirujano, que pese a su preocupación, mostraba buen semblante, tanto así que se animó a preparar él mismo un platillo con los gusanillos de harina de trigo que tanto gustan a todos, tocino ahumado, queso italiano duro que siempre tiene en su despensa en grandes ruedas y yemas de huevo. Su cocinera Leonor, siempre solícita, antes nos había pasado una sopa de gallina y jengibre que nos había animado a todos. Estábamos dando los últimos bocados cuando se nos unió el otro espada de Don Francisco, Antonio, con quien emprenderíamos el viaje antes del alba.

Y así fue. Las sombras aún eran muy largas todavía cuando dejamos atrás al humilladero de Mislata que marca la entrada de Valencia, cada uno de nosotros montábamos caballos de la remonta real, y llevábamos otro para no cansarlos demasiado, igualmente, los cofres iban en dos mulas escogidas, con otras dos de respaldo. Marchamos ora al trote, ora al paso, cambiando cada dos horas de montura. Así dejamos atrás Massanassa, Beniparrell en donde almorzamos y nos permitimos un descanso, Alzira, Pobla Larga y llegamos a Játiva ya entrada la noche. Habíamos estado a los lomos de nuestras bestias más de 14 horas! Nos recogimos en una venta, luego de tomar vino aguado y una sopa de pan y ajos igualmente aguada.

La mañana siguiente también empezó antes del amanecer. Mis posaderas aún me dolían, pero le hice caso a Juan que viendo mi desazón me recomendó apoyar mi peso en los estribos solamente cuando fuésemos al trote. Pasamos por Montesa, almorzamos en Moixent y ya muertos de cansancio llegamos a Almansa, en donde pasamos la noche luego de nuestra ración de una sopa muy cristiana, pues había sido bautizada varias veces. La siguiente noche la pasamos en Albacete, y la siguiente en Minaya y luego en Monreal del Llano. Y aunque nuestros corceles, de sangre escogida y cría cuidada apenas notaban el cansancio, los tres jóvenes cirujanos militares estábamos hechos un guiñapo, con el cul* roto, las piernas adoloridas y las tripas medio vacías de tantas comidas ralas. Esa noche, Don Francisco nos pidió descansar bien, pues la próxima jornada sería la más dura y larga, pero la que más nos acercaría a la capital de las Españas.

Efectivamente, fue la etapa más larga, pero ya estábamos en la meseta y nuestros caballos eran soberbios, en la noche estábamos en Ocaña, y aunque nunca habíamos hecho muecas a la comida, tampoco hicimos ostentación de nuestras bolsas, pero mi maestro cruzó unas palabras con los venteros y sin importar la hora, nos sirvieron una sopa decente y un vino honesto.

Cuántos recuerdos nos traía a la mente este camino! Lo recorrimos de ida siendo unos zagales, apenas unos cagaleches, sin fortuna ni hacienda (excepto Martinico, rico desde que salvó a la hija del tudesco), hoy regresábamos siendo hombres prósperos, habiendo visto no solo parte del mundo, sino también los horrores de la guerra y las mieles de la victoria! Al día siguiente almorzamos en Aranjuez, cenamos en Valdemoro, y faltando pocas horas para medianoche, estábamos entrando en la cómoda casa de Don Francisco, a la que encontramos limpia pues Don Gonzalo se había encargado de pagar a unas mozas a su servicio para que el polvo no se acumulase, pero con la despensa y las alacenas más vacías que la tripa de un pobre.
- Ea! – nos dijo el dueño de casa, mientras Antonio con presteza desensillaba el buen potro de Don Francisco en el que había terminado el viaje y ponía los arneses en el corcel fresco - Quedaos aquí y acomodaos como queráis. Yo voy de inmediato donde la Condesa de Paredes, y Dios quiera que consiga algún bocado para vosotros! Vos, Pablo, venid conmigo con vuestra pluma!, tenemos que hacer un listado de todo lo que necesitamos para comenzar a atender a la tía de Fadrique mañana mismo de ser necesario. Presto, rapaz!
Y así cansado y medio torcido por el viaje me encaminé acompañando a mi maestro al palacete de su protectora, la condesa de Paredes, que aunque condesa tenía más influencias que un duque y un marqués juntos, pues tenía acceso directo a los oídos reales. Y aunque algo menoscabada en estos tiempos revueltos, con un Válido aferrado al poder y media docena de pretendientes queriéndolo reemplazar; la Condesa seguía siendo la cabeza visible de la señera casa de Luján y de todos los apoyos que esta podía conseguir en la Corte y en todas las Españas.

Tocamos, y tuvimos que esperar para que nos abrieran. El bueno de Fadrique acudió al patio de entrada ni bien supo que éramos nosotros.
- Albricias, Don Francisco! No os esperábamos hasta la próxima semana, habéis venido como el viento.
- Vos fuisteis nuestro acicate, Fadrique! Temo por la vida de vuestra tía.
- No! No temáis por su vida! Su existencia física no está en peligro!
- No? Nos habéis hecho cabalgar como almas en pena sin que su vida peligrase?
- Su vida no peligra, pero ella es incapaz de ser la misma así como está. Temo que termine tan recluida en su casa como mi madre en su convento.
- Y cómo está?
- Esperad y la veréis con vuestros ojos. No tarda en venir, despertó apenas supo de su llegada.

La condesa de Paredes no se hizo esperar. Paro cuando se presentó, tenía un finísimo pañuelo de encaje blanco que le tapaba nariz y boca. Con una voz llena de autoridad nos dijo, pero claramente dirigiéndose a mí, que todo lo visto y oído en estas cuatro paredes, no saldría de la recámara. Asentí humildemente, pues no era de la tarea de enemistarme de Doña Luisa Manrique de Lara Enríquez de Luján, Condesa de Paredes de Nava y señora de los mayorazgos de las Casas de San Andrés y San Pedro de Madrid, camarera de la reina y una de las personas más influyentes de las Españas.

Cuando la condesa se quitó el pañuelo, pude ver que sus labios y la nariz estaban bastante magullados e hinchados. La pobre había llevado un buen golpe!
- Oh, Condesa! Qué os ha pasado?
- Resbalé y caí – contestó secamente.
- Tuvisteis algún desvanecimiento antes de caer?
- No. Pisé mal, resbalé y caí.
- Contra que os golpeasteis?
- Los adoquines del piso.
- Llegasteis a poner las manos?
- Apenas.
- Dejadme ver por favor. Pablo, encended la linterna e iluminadme bien.
Con mano experta, mi maestro examinó a la condesa, y con delicadeza aparto los labios amoratados. Oh! La negrura de un hueco que ocupaba el espacio de las palas era lo que destacaba más en la boca de la condesa! Luego, con un par de espejuelos de boca, empezó a curiosear, tanto los laterales de la lengua como los dientes y muelas. Luego tomando una de las sondas, examinó las palas rotas de la condesa, la cual inspiró fuertemente, cerrando los ojos, en un rictus de evidente dolor.
- Os dolió. Fue cuando toqué ahí adentro?
- Lo preguntáis o lo afirmáis, Francisco? – yo temblé! Cuando en un poderoso, la ironía y el dolor se juntan, a los cristianos pobres solo nos queda aguantar el chaparrón.
- Lo pregunto, condesa.
- Duele apenas tocáis de lado a lado.
- Gracias.
Don Francisco estuvo examinando durante media hora a la noble y luego con delicadeza, volvió a colocar el pañuelo de encaje tapando la mitad inferior de la cara.
- Disculpadme que os pregunte, habéis aguantado casi 3 semanas este dolor?
- Vos pensasteis que dejaría que otro pusiese sus manos en mi boca? Ya me habrían arrancado hasta la lengua, haciéndome sufrir más que Santa Apolonia!
- Me honráis con vuestra confianza –dijo mi maestro inclinando respetuosamente su cabeza.
- Además toda la corte sabría de inmediato de mi percance y de mi situación. Cosa que no sucederá con vos, ni con vos –dijo esto fijando sus ojos en mi.
- Estáis cansada?
- Estaba durmiendo. En qué estáis pensando?
- En hacer venir a los otros cirujanos y después del desayuno, comenzar a aliviar vuestros padecimientos.
- Ea! Hacedlos venir. Así, no se enfriará la comida! Decidle a Fadrique que vaya por ellos!

El bueno de Fadrique no demoro mucho en regresar con los viajeros, y los más jóvenes, que a esa hora de la madrugada, se partían de sueño y hambre, agradecieron mucho encontrar en la casa de la condesa alivio para ambos pesares. La comida fue sustanciosa, pues a algún pollo gordo le habían partido el pescuezo para adornar nuestra sopa, tampoco faltaron lonchas de jamón y el pan que la espesaba se notaba del día. Ni que decir de nuestras camas! Las sabanas eran de un hilo tan fino que bien podrían estar en la falda de la hija de un mercader de la lonja! Eso sí, Don Francisco pidió agua caliente y se dio un baño antes de irse a dormir, diciéndonos que por lo menos nos lavemos los dientes antes de meternos a la cama. Ah! mi maestro no puede con su genio!

Dormimos bien y desayunamos ya con el sol en lo alto. Don Francisco nos explicó con detenimiento el difícil caso que teníamos que resolver.
- Jóvenes cirujanos! Ahora seréis3 dentistas y tanto vos Pablo y Martin iréis un peldaño por debajo de Martinico, más experto en estas lides. Ved, el caso que tenemos es complicado, la condesa ha sufrido un golpe y esta adolorida.
- Disculpad que os pregunte, Don Francisco, tan grave han sido sus heridas que nos ha hecho cabalgar como perseguidos por los mamelucos de Egipto?
- Mirad, Martin: en este caso no era la vida física la que estaba en peligro, tampoco el alma inmortal. Lo que peligra, y en grado sumo, es su vida como una de las damas más importantes en la corte, como la cabeza de la casa de Lujan y sobre todo como camarera de la reina. Ella es incapaz de mostrarse ante sus pares con un hueco en la boca, hablando mal porque pierde aire por las oquedades que tiene adelante. Se relegaría voluntariamente al ostracismo de un convento y no tardaría en morir de mengua. En su desesperación, sufrió como una espartana pariendo tres semanas hasta nuestra llegada. Estamos aquí para darle esperanzas.
- Pero pareciese que son esperanzas vanas! – dijo Martinico con un suspiro – vos nos estáis diciendo que solo tiene las raíces. Eso es una extracción, y una bastante difícil si es que he de decirlo todo.
- Razón tenéis, Martinico. Y es lo que haríamos con el común de los mortales. Pero la condesa de Paredes no es parte del común. Tenemos que hacer nuestro mejor esfuerzo para mantener esas raíces en la boca.
- Es factible hacer eso? -Pregunte con timidez, pues sabía que para las cosas de la boca, Martinico tenía la voz cantante, pues había sido el auxiliar de Don Francisco por años, y corría con ventaja en estos menesteres.
- A ver, recordáis como eran las fracturas?.
- Vos dijisteis que eran ora por encima, ora por debajo de la encía, pero siempre por encima del hueso.
- Recordáis bien! El éxito de cualquier tratamiento radica en ver bien lo que se hace! Por lo que es menester hacer que la línea de fractura siempre sea bien visible.
- Por lo que esta debe estar por encima de la encía! – añadió Martinico como una sonrisa.
- Exacto! Y para eso es menester cortar la encía y también el hueso.
- El hueso? Por qué el hueso también? No nos habéis dicho que la fractura siempre era por encima del hueso?
- Vos hacéis preguntas sesudas, Martin! Os lo explicare – Que zagal inteligente había resultado ser Martin de Alcántara! Ahora me veo obligado a contarles lo que es el espacio biológico, un concepto que recién se comenzó a manejar de forma habitual en los años 90 del siglo XX! - si vos dejáis cualquier material cerca del hueso, este quedara resentido y siempre estará la encía enrojecida y sangrante. Malogrando así cualquier trabajo que hagamos.
- Es cierto! Vos siempre pasáis una lija en las amalgamas de plata que colocáis cerca de la encía.
- Y esas amalgamas nunca las dejo por debajo del hueso justamente por eso, para evitar el enrojecimiento y sangrado permanente.
- Y después de eso que haréis?
- Yo os preguntaría, antes de eso que debéis hacer?
- Limpiar de pulpa el interior de cada raíz y luego sellar como si de vino espumante se tratase!
- Vamos, Martinico! Dejad que vuestros compañeros también se lleven algo de gloria!
- Y después de todo eso?
- Reconstruiremos uno a uno los cuatro dientes perdidos de la condesa. Y para eso contaremos con el concurso de vuestro tío, Martin!
- Es cierto! El siempre me decía que vos le exprimíais los sesos con vuestras exigencias!
- Exigencias que nunca ha defraudado a fe mía! Vamos, preparad todo. Si Dios guía mi mano, antes del almuerzo habremos terminado los 4 tratamientos. Y Martin, entibiad el anestésico de coca en vuestras manos, no quiero que la condesa sienta cuando la esté pinchando.

Diligentemente, arreglamos la mesa y la silla. Martin se encargó de la anestesia, Martinico del instrumental y yo remoloneaba porque ocho eran demasiadas manos, incluso para la condesa. Prepare la linterna por si Don Francisco necesitase mejor iluminación, pero en Madrid a las diez de la mañana, el sol de primavera daba una luz más que suficiente para la zona de las palas.
A las diez acudió la condesa, ya desayunada y con la boca limpia, pues había sido una de las primeras en acogerse a los nuevos hábitos de limpieza de la corte: baño diario o a lo sumo cada tres días, lavado de manos al salir, entrar, levantarse, acostarse y antes de cada comida y cepillado de dientes en la mañana, tarde y noche. Dio los buenos días y con aplomo se sentó en la silla. Don Francisco tomo la inyectadora y anestesió prestamente los cuatro incisivos y esperamos, minutos después todo estaba listo para comenzar.

Tal como muchas veces lo habían hecho, Martinico empezó a manipular el arco de joyero, mientras el Maestro Cirujano colocaba la fresa en el sitio justo, y de vez en cuando, cuando se sentía un olor a cuerno quemado, enfriaba el diente con un chorrito de agua.
- Ah! Ved ahí! Sale sangre en el lateral! Ese nervio de este diente estaba inflamado pero vivo! En cambio en los dos centrales, no vimos sangre.
- Si, maestro. El olor delató que esos dientes ya estaban necrosados - Martinico ni se dio cuenta de su impertinencia! Los grandes de España también sufren de necrosis pulpares que huelen mal, pero eso es algo que a pocos de ellos les gusta oír!
- Escariadores primero, limas después!
Empezando por el las delgadito, primero eliminaron los restos de la pulpa, en uno de los dientes la condesa inspiro fuertemente cerrando los ojos, signo inequívoco de dolor; de inmediato Don Francisco coloco unas gotas de anestesia dentro de la cámara pulpar y continuo trabajando. Cada cierto tiempo, lavaba con lejía, tanto que el ambiente quedo impregnado por ese olor que ahora nos es tan común en los hospitales de sangre.
- Maestro – me atreví a preguntar cuando lo escuche tararear alguna de esas tonadas que él tiene en la mente, señal para quienes lo conocemos, que el riesgo ha pasado – cuando sabéis que habéis alcanzado el grosor y la longitud adecuada?
- Pablo! Me sorprende vuestra pregunta, pensaba que a vos no le gustaban los asuntos de dientes! – se permitió bromear – Pero absolveré vuestras dudas de buena gana. Fijaos, para la longitud me baso en dos criterios, el primero es algo que vos conocéis y conocéis bien por ser tan aplicado con los números: la longitud promedio de cada diente. En multitud de dientes que hemos extraído, nos hemos dado el trabajo de hacerles un hueco, y meter limas y escariadores hasta ver que salían por el foramen apical al extremo de la raíz. Luego medimos y calculamos la longitud promedio de cada diente, y de cada raíz. Que fue un trabajo digno de las fatigas de Hércules? Si, no lo niego. Pero ahora sabemos que no me debo de pasar de 8 o 9 décimas partes de pulgada en el central y 7 décimas partes en los laterales. O conforme a las nuevas medidas reales que manejamos con el Marques del Puerto, 21 y 20 milímetros incluyendo la corona dental.
- Y cuál es el otro criterio?
- Ese es uno que lo da la experiencia – vi a Martinico asentir – Fijaos, justo antes de terminar el conducto en el foramen del ápice, hay un estrechamiento, una constricción, pues bien, una vez que tus dedos la detectan, pues ya tienes la largura del conducto!
- Debe ser difícil!
- Sí, si no sabéis que estáis buscando sentir. Pero como en todo, la repetición hace al maestro!
- Y para el ancho?
- Oh!, estáis preguntón esta mañana! Eso es más sencillo! Cuando veáis que sale un polvillo claro y sin olor malo de dentro del diente, eso significa que está listo! Y a propósito de eso, Martinico, preparad el material de obturación.
- Don Francisco, vos no usareis conos de plata en esta ocasión, no? – dijo Martinico, más afirmando que preguntando.
- Habéis pensado bien, para eso hemos estado practicando con las gomas de oriente!
- Deseáis que ya adelgace las varillas de guta?
- No, dejadme medir primero la varilla patrón.
- Deseáis que mida la largura de la última lima que vos usó?
- Sí, por favor… pero tened cuidado en no mover el corcho que me sirve de tope.
- 13 para la pala central.
- Está bien, es suficiente y va a servir. Ahora sí, adelgaza las varillas pero no utilicéis los dedos, rodad las varillas de guta entre dos losetas de vidrio calentadas en agua. Y luego preparad el cemento de óxido de zinc con aceite de clavos de olor, y ya sabeis, hacedlo bien suelto, para que moje las paredes del conducto.
Y así, Don Francisco fue rellenando, obturando es la palabra adecuada, el espacio vacío de los conductos. Parecía fácil y mi maestro estaba contento, pues no dejó de canturrear hasta haber terminado. Luego de limpiar con mucha delicadeza los labios aun lastimados de la condesa, le tendió el brazo y la ayudó a levantarse.
- Sois un buen hombre, Francisco. No me habéis hecho sufrir, y no he perdido lo que me quedan de dientes, aunque aún tengo un horroroso agujero en donde antes estaban mis dientes.
- Condesa, eso es algo que también se ha de solucionar, le puedo dar mi palabra que ha de ser así.
- Y os creo. Cuanto os habéis demorado?
- Calculo que tres horas.
- Con razón, ya tengo hambre! Me acompañáis?
- Con gusto, condesa.
- Podéis cuidar menos las formas, Francisco.
- Como vos deseéis, Doña Luisa. Os daré tres días de descanso antes de proseguir. Y vos debéis decirme si algo os duele en esos días.

Mientras cirujano y paciente almorzaban, nosotros recogimos y lavamos todo el instrumental. Pero cuando terminamos, nos regalaron con un suculento almuerzo. Era casi comida de un domingo de fiesta: perdices de Morón y gansos de la Moraña, setas de primavera, judías verdes en mantequilla y ajo tierno, y de postre frutas de estación en sartén.

En la noche, tuvimos una instructiva conversación con Don Francisco, y sin saberlo, o quizás sabiéndolo, pusimos los fundamentos de una clasificación que con el tiempo, haría que Martinico fuese el dentista más conocido de Europa.
- Ea, Jóvenes cirujanos! No podemos estar demorándonos un siglo en describir cada fractura de dientes.
- Es cierto! – agregó Martín de Alcántara – hagamos las pautas para tratarlas, aunque mucho me temo que en la mayoría de casos, el tratamiento será tener que tirar los dientes!
- Ah, mi buen Martín - lo dijo de buen semblante, con una sonrisa a flor de labios – vos ahora estáis como el martillo que todo lo ve clavo! Vos sois quien clasifica a los heridos en el campo de batalla y queréis usar ese criterio para la tarea que vamos a acometer.
- Hay algo malo en ello?
- No, no! Malo no, pero tal vez insuficiente. Mirad a la lejanía! No siempre veremos heridos de guerra, y con la ayuda de Dios, no siempre la solución será sacar los dientes.
- Entonces? – me atreví a preguntar – qué es lo que tenéis en mente?
- Una clasificación que vaya desde lo más simple hasta lo más complejo, y que como Martín señala, que sea a la vez una especie de instructivo que guíe la terapéutica a seguir.
- Entonces debería empezar desde el simple astillamiento de un diente – dijo Martinico risueño.
- Vos lo decís bien, Martinico! Yo creo también creo que eso es correcto!
- Pero en ese caso que haceis? – volvi a preguntar.
- Ahí es donde empieza a complicarse la cosa! Eso depende de que tan profundo sea el astillamiento. Si solo compromete el marfil, el esmalte del diente, yo lo que hago es limar las aristas para que no raspe la lengua y listo. Pero si se ha roto el esmalte y la dentina, pues es menester proteger la dentina para que el diente no termine picado, y luego de picado, podrido. Así que tomad nota de esto, porque a vos se le da bien las clasificaciones…

Y así estuvimos conversando hasta bien entrada la noche. Como no nos habíamos movido del Palacio de la Condesa, la cena fue continuación de la discusión, y al día siguiente ni el desayuno, ni el almuerzo frenaron nuestras argumentaciones. Para la noche, Don Francisco se apareció con una generosa provisione de papel y carboncillos.
- Hala! Estáis gastando mucha saliva! Poned vuestros sesudos devaneos en papel! Dibujad, y dibujad hasta el cansancio. A ver si aún recordáis la forma de los dientes!
Y así, antes del tercer día, habíamos hecho el esbozo firme de lo que hasta el día de hoy en que mis nietos se mecen en mi regazo, es la guía por la que todos los dentistas se guían para tratar las fracturas de dientes. Tanto mi parte, como la de Martín habían terminado. Pero mi maestro y su fiel auxiliar seguirían tratando a la Condesa hasta que esta pudiese volver a sonreir.

(1) “Acteón y Diana” de José Antonio Porcel , es de aproximadamente un siglo posterior a los hechos de esta ucronía, pero los tres cuartetos le vienen como anillo al dedo al mozalbete en cuestión.


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RIES CENTENO, Guillermo. Cirugía Bucal, con patología clínica y terapéutica, 1era. Edición. Ed. El Ateneo, Buenos Aires. 1945.

Capítulo 9.

Clasificación de los Traumatismos Dento-alveolares.
Cualquier clasificación los traumatismos dento-alveolares tiene que satisfacer los siguientes requisitos:
1. Permitir visualizar rápidamente el tipo de lesión.
2. Permitir la diferenciación inmediata y clara entre las diversas categorías.
3. No ser excesivamente compleja.
4. Permitir un tratamiento secuencial y lógico según la categoría.


La presente clasificación sigue los lineamientos de la Clasificación de Sánchez de Lima de 1636. Que fue el primer y más perdurable intento de sistematización de las fracturas de la región bucal. La escuela odontológica española de mediados del siglo XVII estaba íntimamente relacionada con el tratamiento de las heridas de guerra de tal manera que la rápida identificación del tipo de lesión y su tratamiento, inmediato o mediato, guiaban sus principios. Es notoria su practicidad, sencillez y en especial, su adaptabilidad.

CLASIFICACIÓN DE LOS TRAUMATISMOS DENTOALVEOLARES
Lima, Núñez, Luque y Alcántara, modificada en 1908, 1923 y 1941.

I. FRACTURAS DENTALES

1.1 Fracturas No complicadas.
1.1.1 Fractura coronaria de esmalte.
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1.1.2 Fractura coronaria de esmalte y dentina.
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1.2 Fracturas Complicadas.
1.2.1 Fractura coronaria de esmalte, dentina y pulpa.
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1.2.2 Fractura radicular.
a. Horizontal.
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b. Vertical.
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II. LESIONES DE ENCIA Y HUESO.

2.1 Luxación simple sin desplazamiento.
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2.2 Luxación con desplazamiento.
2.2.1 Luxación con Intrusión
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2.2.2 Luxación con Extrusión
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2.2.3 Avulsión
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2.3 Fractura del hueso alveolar.
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Domper
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Mensaje por Domper »


El asalto a Salé

El ataque español se produjo durante la noche del doce de noviembre, cuando una escuadra de cañoneras y marrajeras mandadas por el teniente Pallejá entró subrepticiamente en la rada. Eran unidades mayores que las empleadas en Holanda, ya que estaban pensadas para poder actuar en aguas abiertas: se trataba de fustas (pequeñas galeras de una docena de remos) que habían sido rebajadas y provistas de un blindaje ligero que protegía de la metralla y las balas. Algunas estaban armadas con un potente obús naval de ocho pulgadas, pero el resto eran marrajeras de botalón: llevaban una potente carga explosiva al extremo de una pértiga, que se bajaba al atacar. Al chocar contra el objetivo debía quedar clavada (en realidad lo habitual era que se fuera al fondo), y se iniciaba una mecha lenta, dando tiempo para que la marrajera pudiera escapar.

Las lanchas entraron durante la pleamar, para que el reflujo de la marea las ayudara a salir. A pesar de navegar sin luces, fueron detectadas por un bote de vigilancia. Las baterías de las orillas dispararon, pero lo hicieron a ciegas y sin efecto, y fueron contestadas por dos navíos españoles que se habían apostado frente a los fuertes de la bocana y los batieron con granadas de metralla. Aunque los artilleros ingleses no sufrieron demasiadas bajas, el que la metralla les hiriese en lugares que creían seguros bastó para hacerles abandonar sus piezas.

Con las baterías de los fuertes silenciadas, las marrajeras escogieron sus objetivos. Una fue destruida por una andanada del Resolution, el buque insignia de Deane, pero momentos después la lancha del teniente Pallejá hizo detonar su carga bajo la quilla del barco inglés, que quedó deshecha. El Resolution zozobró en segundos, atrapando a la mayor parte de su dotación, incluyendo a Deane. Otros seis grandes navíos sufrieron parecida suerte, y el Bonaventure voló por los aires.

Las explosiones fueron la señal para la siguiente fase de la operación. Ocho bergantines equipados con lanzacohetes dispararon sus artefactos. Los cohetes Derna eran una mejora respecto a los empleados por el Marqués del Puerto en su campaña mediterránea, y con su alcance de tres millas castellanas cayeron sobre los barcos amarrados y los muelles. Llevaban cabezas explosivas e incendiarias, que prendieron fuego a dos navíos que acabaron estallando. Las llamas se comunicaron a otros dos, y los restantes fueron abandonados por sus dotaciones; uno encalló tras arder los cables que lo unían a la orilla.

Al amanecer los navíos españoles iniciaron el bombardeo de los fuertes de la costa con granadas explosivas y de metralla, y del caserío con balas macizas para causar menos daños. Aun así, las llamas se extendieron desde los restos de la flota de Deane a la ciudad nueva. Por entonces, Salé estaba casi vacía. El sultán, al que las primeras explosiones habían despertado, quedó aterrado cuando varias balas alcanzaron el palacete del caíd, y huyó de la ciudad junto con su guardia; con todo, antes de salir ordenó que se diera muerte a los prisioneros. El pánico se comunicó a la población y, cuando cuatro horas después comenzó el desembarco español, Salé era una ciudad desierta, en la que solo permanecían los pocos partidarios de los Vargas y de los Palafox que habían conseguido escapar a los asesinos. También escaparon de la ciudad los ingleses que habían sobrevivido al ataque. Estaban mandados por el capitán Hannam, que había sido capitán de bandera de Deane y que, a diferencia del almirante, consiguió escapar del Resolution cuando dio la voltereta.

Los españoles se hicieron con la ciudad y se prepararon para defenderla. Un equipo de zapadores limpió el puerto de obstáculos empleando grandes cargas explosivas. Los ingenieros tendieron un puente de barcas para facilitar las comunicaciones entre ambas orillas, y comenzaron la mejora de las fortificaciones: las dos ciudades (Salé la vieja al norte del estuario, y la Nueva al sur) estaban rodeadas por muros y torres almenadas de traza medieval, incapaces de resistir la artillería moderna. En su exterior, los ingenieros de Lazán construyeron una docena de reductos de forma pentagonal, hechos de tierra y revestidos con piedras traídas de la ciudad, que quedó parcialmente derruida. Con los maderos y vigas procedentes de las casas y de los barcos ingleses y marruecos, se hicieron caballos de Frisia para obstaculizar el acceso a los reductos, que fueron artillados con los cañones capturados, con los que llevaba el convoy, y con la artillería de desembarco de la flota.

Para la defensa de la ciudad, Lazán tenía fuerzas apreciables, que hubieran hecho inexpugnable una plaza que no fuera tan defectuosa como Salé: tres legiones de infantería, una brigada de caballería (con mil doscientos sables), un batallón de zapadores y otro de ingenieros, la artillería orgánica y la de la flota. Estas fuerzas se incrementaron con una brigada naval organizada con los trozos de desembarco. Otra ayuda provino de los habitantes de la ciudad, con los que se pudo formar dos batallones, uno de caballería morisca (bajo el mando de Ismael Vargas), y otro de infantería hebrea que fue agregado a la brigada naval. En total, Lazán disponía de veinte mil hombres. El marqués empleó una legión para defender cada ciudad, y formó una reserva con otra legión, la brigada naval, la caballería, los ingenieros y los zapadores.

Numéricamente, Lazán estaba superado por sus enemigos, que se reforzaron por la llegada de más voluntarios; se estima que la fuerza del ejército marrueco llegó a los ciento veinte mil hombres. Sin embargo, la potencia de fuego desequilibraba la balanza. Las fuerzas del Sultán estaban armadas con viejos arcabuces largos, llamados mosquetes cabilios o «espingardas», más algunos mosquetes de factura francesa; aun así, la mitad de sus tropas (sobre todo los voluntarios) llevaban armas blancas: lanzas, espadas, arcos y flechas. La artillería marrueca era numerosa, ya que tenía setenta piezas, pero anticuada. Otro factor que daba ventaja a los españoles era la logística, inexistente la del sultán. Los marruecos solo eran fuertes en caballería, con cerca de diez mil jinetes.

Por el contrario, las fuerzas españolas estaban bien organizadas, y mandadas por veteranos de la guerra de Europa. En su mayoría disponían del fusil de retrocarga Otamendi, salvo la brigada naval y los batallones auxiliares, que todavía llevaban el Entrerríos de avancarga. Además de la artillería capturada, Lazán tenía dos baterías de morteros pesados de ocho pulgadas, una de sitio de nueve pulgadas, y seis de cañones de campaña de cien líneas. Estos últimos eran piezas de acero muy modernas, que tenían un primitivo sistema de amortiguación de muelles y elástica. Sorpresa desagradable para los hombres de Sultán iban a ser los tubos de fuego, armas desarrolladas para asaltar las murallas y que no habían sido necesarias durante la toma de Salé. Se trataba de primitivos lanzallamas, con una pequeña carga de pólvora que generaba el gas que lanzaba una mezcla de nafta y aceite a cincuenta pasos de distancia.

Estas armas no habían sido vistas con agrado por los capellanes, que las consideraban excesivamente crueles, pero cualquier reparo desapareció cuando una patrulla de caballería española fue emboscada cerca de la ciudad. Los prisioneros fueron llevados ante las murallas, donde fueron torturados y decapitados a la vista de ambos ejércitos. Tras la matanza del palacete, la nueva atrocidad inflamó los ánimos españoles. La lucha sería a muerte.



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Domper
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Un soldado de cuatro siglos

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—Mi general, Don Ismael Vargas solicita audiencia. Dice que es importante.

—Hacedle pasar.

El marqués de Lazán había establecido su puesto de mando en el palacete de los Vargas, por invitación expresa de Don Ismael. Lazán no quiso ocupar el edificio manchado con sangre de inocentes, y el morisco ofreció su casa, diciendo que era el mejor servicio que podía hacer a sus hermanos asesinados.

—Adelante, Don Ismael, hacedme el honor de sentaros ¿Qué nuevas traéis?

Tras la toma de Salé, los españoles temían un ataque inmediato, pero después de la sorpresa de la patrulla montada, los musulmanes parecieron quedar dormidos. No habían abandonado el campo: los dos grandes cuerpos permanecían al acecho, el del norte en Mamura, el de sur en Temara. Los dos permanecían separados por el río Burereg y sus barrancos afluentes. Durante semanas permanecieron a la vista de las murallas de Salé. Los primeros días la caballería mora se acercó a los muros, sin que Lazán la incomodase hasta que, al quinto día, el tercer batallón irlandés salió a campo abierto, incitando a los marruecos al ataque, solo para barrerlos con sus andanadas y el posterior contrataque de los caballeros españoles. Casi un millar de musulmanes quedaron en el campo, unos caídos en combate, los más rematados por los encolerizados españoles y moriscos.

Las cabezas empaladas de los moros sirvieron de advertencia, y en lo sucesivo los hombres del Sultán se mantuvieron alejados. El espacio entre los dos cuerpos permitió que la caballería española, acompañada por la morisca, hiciera batidas en busca de alimentos. Durante estas salidas encontraron centenares de refugiados que querían volver a sus casas, aunque fuera bajo el yugo español. Sorprendentemente, también llegaron bastantes moros pidiendo combatir bajo las banderas hispanas, ya que hasta allí habían llegado noticias de la fortuna de los jinetes mogataces que acompañaron al marqués de Camarasa. Aunque los refugiados y los voluntarios supusieran una amenaza para las reservas de alimentos, Lazán consintió, diciendo que no llegaba a conquistar sino a liberar. Afortunadamente, no se interrumpió la conexión marítima con Cádiz y no llegaron a faltar las provisiones. Los recién llegados fueron equipados con fusiles Entrerríos y encuadrados en batallones auxiliares, de tal manera que al comenzar el nuevo año las fuerzas españolas llegaban a los veinticinco mil hombres.

La aparente calma en los campamentos enemigos estaba tentando a Lazán. Sin embargo, temiéndose una celada, siguió enviando patrullas de moriscos, procurando que fueran acompañados de españoles, en parte para darles más fuerza, pero también como precaución ante traiciones. Con todo, el odio y la sed de venganza demostraron ser más fuertes que la lengua y la religión, y ningún morisco cambió de bando; al contrario, no era raro que las patrullas volvieran con más voluntarios.

—Decidme ¿Qué pasa en el campo moro? ¿Se han decidido a atacar o no.

—Parece que se empiezan a aclarar. Como sabéis, la huida acabó con el prestigio del sultán usurpador, y hoy supe que no hará ni una semana que ha sido asesinado. No os lo creeréis, pero la mano homicida ha sido vengadora, pues al perro del sultán no se le ocurrió mejor idea que desposar a la fuerza a su sobrina, hermana del anterior sultán que había mandado matar. Viendo la ocasión, la mujer lo ha drogado y después degollado. Espero que ese cerdo esté dando cuenta a Pedro Botero por sus crímenes. La cuestión es que, al saber del crimen, el general Ahmad al Kadir ibn Ali Gaylān ha ordenado ejecutar a la homicida y se ha proclamado sultán. Sin embargo, no han sido pocos los que le acusan de haber participado en el asesinato. Como consecuencia, el ejército del sur ya no admite sus órdenes. Lo comanda Mohammed al-Hajj ibn Abu Bakr al-Dilai, un notable dilaíta, que también se ha proclamado sultán.

—Así que tenemos dos ejércitos enemigos, en vez de uno.

—Así es, marqués. Dos ejércitos que se odian a muerte. Además, hay otro aventurero que está adquiriendo fuerza, un tal Mulay Al-Rashid, caudillo del clan alauita.

—No voy a negar que tal situación nos favorece ¿Cuál creéis que es el enemigo más peligroso?

—El del sur sin lugar a dudas. El dilaíta es un anciano, pero tiene gran autoridad y sabrá encorajinar a sus hombres.

—¿Creéis que podremos provocarle para que nos ataque?



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Esa misma noche una legión se situó tras la brecha, apostada en las cortaduras y en un parapeto que se había levantado tras la muralla de la ciudad. Los batallones auxiliares guardaron los otros reductos y la muralla, mientras el resto del ejército cruzaba el puente y pasaba a Salé la Nueva. A la mañana siguiente, un cuerpo español salió por las puertas del sur y se dirigió hacia Temara, siguiendo la costa. Dos legiones iban al frente, y la caballería cubría el ala izquierda. La vanguardia llevaba banderas y crucifijos, y profería insultos contra Alá y Mahoma.

Pronto fue visible la agitación en el campo enemigo, y no tardó mucho en alinearse su caballería.
—Es vuestro turno, Don Ismael —le dijo Lazán.

Cien jinetes moriscos se adelantaron y se acercaron al campo enemigo, todos ellos Vargas y Palafox de valor y lealtad probados. Se detuvieron a doscientos pasos, hicieron pie a tierra y empezaron a disparar. Poco a poco, los dilaítas fueron cayendo. Entonces, Ismael tomó su montura y llegó a apenas cien pasos. Tomando una bocina, empezó a proferir improperios.

—¿Qué os pasa, cobardes hijos de perra? ¿Tenéis miedo del acero? ¿Tendrán que acompañaros vuestras madres y esposas? Porque ahí parados parecéis lloronas ¡Sí, decid a vuestras mujeres que vengan, que así conocerán hombres de verdad!

Otras veces, insultó a la religión—: ¡Que montón de ratas cobardes! Sólo pueden ser seguidores del falso profeta ¡Abomino del perro Mahoma y de los cerdos de sus seguidores! ¡Abomino del borracho mentiroso hijo de porquero al que adoráis! ¡Abomino de sus partidarios, que gozan en ofrecer sus culos a los cerdos! —después tomó su fusil, buscó a algún notable, y le metió una bala en el pecho.

Tras Ismael fueron los otros moriscos: se acercaban, insultaban, y disparaban. . Los musulmanes respondían con sus pistolas, pero ineficazmente por la distancia. Hasta que fue imposible contenerles, y se lanzaron a una furiosa carga. Sin perder tiempo, los moriscos volvieron grupas y se dirigieron a la seguridad de las líneas españolas.

—No me equivoqué con el morisco —dijo Lazán— ¡Que formen las líneas!

Los batallones españoles se desplegaron en tres hileras, dejando espacio para los cañones y para que pasara la caballería morisca. Cuando los musulmanes llegaron a mil quinientos pasos, los cañones empezaron a disparar granadas de metralla. Aun así, el torrente enemigo no se detuvo y, cuando estuvieron a trescientos pasos comenzaron las andanadas de los fusiles. Como había ocurrido en Dunkerque, los jinetes enemigos cayeron en racimos, y los cuerpos de hombres y caballos obstaculizaron a los que llegaban, formándose montones de carne viviente que eran atravesados por la metralla y las balas. Después de cinco minutos de horror los dilaítas se retiraron, pero solo para porfiar en los ataques. Unas veces agitando sables, otras disparando sus mosquetes, bien de frente, bien intentando flanqueos. El campo se encharcó con la sangre de hombres y bestias; solo unos pocos marruecos llegaron hasta las líneas españolas, para encontrarse con las balas de las pistolas rotatorias y el filo de los cuchillos de Breda.

En el momento álgido de las cargas, Lazán dio una orden, y la brigada de caballería española cayó contra el flanco moro. No en una carga alocada, sino que ordenadamente se desplegaron y vaciaron sus carabinas, hasta que los jinetes marruecos se dieron por vencidos. Fue entonces cuando se produjo a la vez la carga de los caballeros y de los infantes españoles, que dispersó a lo que quedaba de la caballería marrueca.

No había acabado a batalla: tras los jinetes se acercaron los infantes. Ocurrió lo mismo: primero, los cañones, luego la fusilería. Esta vez el ataque tuvo menos ímpetu y ni llegaron a los cien pasos antes de correr.

—Don Ismael, son vuestros.

La retirada se convirtió en desbandada, y el acoso de la caballería se prolongó dos leguas. En el campamento enemigo se encontraron provisiones, joyas, y el mejor de los trofeos: el autoproclamado sultán había intentado resistir en su tienda, solo para caer acribillado junto a sus más fieles. El poder dilaíta había sido aniquilado.



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