Yo Solo. Don Bernardo de Gálvez

La Historia Militar española desde la antiguedad hasta hoy. Los Tercios, la Conquista, la Armada Invencible, las guerras coloniales y de Africa.
Pavia
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Yo Solo. Don Bernardo de Gálvez

Mensaje por Pavia »

Pavía desde su base operacional de, sin que sirva de precedente, Oviedo.



YO SOLO: Don Bernardo de Gálvez.

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Así reza el escudo de armas de D. Bernardo de Gálvez, por deseo expreso de su Majestad el Rey Carlos III, el único Borbón que, a mi entender, ha sido beneficioso para España (tal vez porque no debió de ser el Rey).
Gálvez se ganó el derecho a llevar esta leyenda en su escudo por sus hechos de armas en la Guerra de Independencia de América (la del Norte me refiero). Tras la Guerra de los siete años la declinante España había quedado en una peligrosa situación, con demasiados territorios perdidos y los ganados en un precario equilibrio. Entre los territorios perdidos estaba la Florida (bastante más extensa que en la actualidad), y entre los ganados la imprecisa Luisiana de nunca bien marcadas fronteras, demasiado territorio inexplorado y, hasta ese momento, francesa.
A este territorio llega como gobernador un joven Bernardo de Gálvez, de Macharaviaya en Málaga, con familia de larga tradición militar. Bernardo, a pesar de ser de buena familia, lleva en la brecha desde los 16 años, habiendo participado en diversas campañas, recibiendo casi tantos ascensos como heridas (lo cual es raro en la España época). Al llegar a la Luisiana se casa en secreto, de manera ilegal por necesitar el permiso real, con una criolla de Nueva Orleáns, Doña María Feliciana de Saint-Maxent.
Y en estas estaba cuando las colonias americanas deciden enviar misiva de hasta aquí llegamos al buen rey de la pérfida albión (lamento el ser aquí tan parcial, pero esos piratas nunca han sido santo de mi devoción)..
Francia y España, unidos por los pactos de familia, entran en juego por aquello de devolverle la pelota histórica a los iritis, y Bernardo, en un correcto análisis de la situación, ve la clave de la lucha en la zona sur en el control de la parte baja del gran río Missisipi. Decide avanzar hacia Baton Rouge, lo cual es difícil pues no cuenta con soldados para tal empresa. De esta guisa hace lo que a todos los españoles les va bien. Improvisa. Con cuatrocientos españoles, otros tantos criollos, negros, indios y mulatos varios, sorprende a las también escasas fuerzas británicas tomando todas las posiciones en las riberas del río caen, abriendo una vía de abastecimiento para los rebeldes y forzando a los británicos a reforzar el frente sur.

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Pero no es Bernardo de los que se quedan sentados en los laureles, así que se lanza hacia Mobile, formando una escuadra para tomarla. Siendo las naves dispersadas por una tormenta a punto está de no poder lograr su objetivo, pero demostrando de nuevo unas sobresalientes dotes de mando se reorganiza con rapidez y toma Mobile antes de que los refuerzos de los ingleses puedan intervenir. Tiene Bernardo de Gálvez 33 añitos y ya es Mariscal de Campo por méritos de guerra. Pero su carrera aún ha de seguir camino glorioso.
Para recuperar la Florida solo queda por lograr un objetivo, eso sí imponente por sus defensas: el puerto de Pensacola, defendido por un imponente y moderno fuerte. Pero, como hábil militar, se da cuenta que con sus pobres medios no podrá lograr este objetivo, así que no le queda ,más remedio que pedir refuerzos a la flota y fuerzas de La Habana, donde su carrera meteórica ha despertado las típicas envidias hispanas. Solo la intervención directa de Carlos III conseguirá la implicación de las fuerzas de La Habana, consiguiendo reunir hacia 1781 las fuerzas necesarias para la expedición.
Pero para tomar en Pensacola hay librar un doble escollo, el fuerte británico y la Isla de Santa Rosa, fortifica y artillada. Esta isla es tomada, pero el buque insignia español queda desabordado en el esfuerzo, lo que hace que el almirante al mando de la Escuadra Clavo Irizábal, prohibiera a los buques españoles entrar en la bahía, por miedo a los cañones del fuerte inglés.
Estando así las cosas la toma de Pensacola está a punto de suspenderse cuando, sin encomendarse a Dios o al Diablo, Don Bernardo de Gálvez sube a borde de su buque, el Galveztown, izando en el la insignia de almirante. Envía a Calvo un curioso presente, una bala de cañón con la siguiente misiva:

“Una bala de a treinta y dos recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el Fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galveztown para quitarle el miedo.


Así dicho y hecho, en fila, con su buque adelantado, los cuatro barcos a su mando directo se cuelan en la bahía, bajo el fuego del fuerte inglés. Para sorpresa de la escuadra apenas sufren daño del vivo fuego inglés, con lo que el resto de la escuadra se cuela también entre el alborozo de las fuerzas de sitio que ven con ello próxima la caída de Pensacola. Bueno, no todos los buques cruzan. Calvo de Irizábal ordena a su barco regresar a La Habana, seguramente rabioso, furioso y envidioso.

El 9 de mayo de 1781 Pensacola cae pudiendo España considerar la Florida recuperada. Esta derrota da mucha fuerza a los rebeldes que se pueden concentrar de manera más eficaz, terminando la contienda en 1783 con el Tratado de Versalles, donde se reconocía la independencia de Norteamérica y la soberanía española en la Florida.

Don Bernardo de Gálvez, ascendido al cargo de Teniente General definitivo, se le da el título de vizconde de Gálvezton (actual Galveston en Texas). En 1785 es nombrado como virrey de Nueva España en sustitución de su fallecido padre, falleciendo el mismo al año siguiente con 40 años de vida, e imborrable recuerdo en nuestra España 8eso espero al menos). YO SOLO, rezará por siempre su escudo… toda una metáfora de nuestro nación.

http://www.usskidd.com/battles-revolution.html
Un enlace a una págian norteamericana

http://www.elguaridadegoyix.com/bernardo-de-galvez
Este enlace en español



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vkrisis
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Héroe Bernardo de Gálvez

Mensaje por vkrisis »

Hola a todos.
Estoy interesado en la figura de Bernardo de Gálvez 1746-1786.
Me gustaría saber si conocen esta figura militar española, sus gestas y si lo consideran un personaje digno de atención.

Mas información, general, claro, la tienen en la wiki:

http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_G%C3%A1lvez

Por favor haganme llegar sus opiniones sobre este tema.
Gracias.

nota: una reseña muy buena la he encontrado en esta web española:
http://www.elguaridadegoyix.com/bernardo-de-galvez


Saludos
Roy
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Mensaje por Roy »

Nunca está de más conocer a los héroes que ilustran Nuestra Historia, más aún a los que permanecen en penumbra y en el olvido. Gracias por el informe Pavía, excelente trabajo ;)


Pavia
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Mensaje por Pavia »

Pavía desde su base operaional de Ciaño.

hace unos meses, por las navidades, colgué aquí un miniartículo sobre D. Bernadro de Gálvez. Bueno, allá va un realto fantasioso sobre el mismo.


YO SOLO


El ambiente en la cantina es poco menos que opresivo, casi tanto como el de esta España del Rey Deseado Fernando VII, año 1829. Aquí están mis huesos de viejo marino, arruinados, reumáticos y esperando la llegada de la Güestía hasta este pequeño barrio de Sevilla donde los azares de la vida han dejado varado a este asturiano de Luanco. Nací en el año 1759, el 10 de Agosto y mis padres tuvieron a bien llamarme Manuel. El mismo día, dicho para mi eterna satisfacción, subía al trono el buen Rey Calos III. Añoro sus 29 de reinado, en los que me hice hombre a bordo de sus barcos… hasta llegué a servir, aunque tan solo por seis meses en el Escorial de los mares El Santísima Trinidad. Ahora todo lo que nuestro buen monarca consiguió rehacer yace en el olvido, y todavía puedo ver algunos de sus viejos navíos pudriendo sus cuadernas en los puertos, sin nada que hacer salvo morirse de asco. Al menos el Santísima Trinidad tuvo el glorioso final que se merecía tan digno buque, acribillado de balas, con las cuadernas cuajadas con la sangre de los 205 muertos y 108 heridos que las balas del enemigo dejaron, en mitad de las olas de una tormenta. Como tal vez debería de haber muerto yo aquel día… pero esa es otra historia.

En la mesa del al lado tres hombres alardean de sus hazañas marineras en la Armada Real, esa armada sin barcos u honor que nos ha dejado la alianza con el Francés, Trafalgar, la posterior Guerra de Independencia y la pérdida de la mayoría de América, donde empezamos a ser poco menos que un recuerdo tapado por la pujanza del nacionalismo de nuevo cuño y los comerciantes anglosajones y demás parientes. Hijos de España que han escogido seguir su propio camino al margen de la patria que les conformó. Que les vaya bonito, al menos no tienen que vivir bajo las “amantísimas manos” de nuestro Monarca D. Fernando VII, porque seguro que no tardarán encontrar sus propios demonios deseados, como todo buen hijo de España, y es que la sangre tira demasiado.

Son sin duda hombres de mar, piel curtida por la brisa, el sol, el salitre y el sudor. Pero ahí se acaba todo parecido con los hombres de mi juventud, cuando aún creíamos ser alguien en el mundo y tanto el inglés como el francés nos miraban sino con miedo si con respeto, y cuando pretendían hacernos la Pascua, lo cual debe ser algo así como su deporte nacional, se las medían bien. A ser sinceros nosotros cuando podíamos también se las hacíamos pagar, como cuando casi echamos a los británicos del Caribe Español… Casi… casi… como todo en nuestra historia. Nosotros poseíamos el orgullo cierto y no el fanfarrón de estos muchachos. Nosotros nos batíamos de tú a tú con el inglés, el francés, el moro, con corsarios o piratas, a bordo de navíos de verdad, envidia de nuestros enemigos. Ganáramos o perdiéramos, hoy solo recuerdan las derrotas pero victorias también las hubo, seguíamos siendo los hijos de una gran nación dueña aún de medio mundo.

No sé si es el alcohol que me entumece, o la indignación de aguantar a esos babayos uniformados, lo que me lleva a gritar: YO SOLO. YO SOLO. YO SOLO. Pedro, el cantinero, natural de Jaén, y antiguo compañero de armas, me mira fijo: “No jodas hombre, la fiesta en paz”, me dice sin hablar, pero con su mano bajo el mostrador de toneles aferrando el viejo trabuco o tal vez tan solo el garrote. Buen camarada al que conocí cuando lo de San Vicente, cuando nuestros navíos ya estaban plagados de inexpertos hombres, para los cuales la mar era una perfecta desconocida y se pasaban más tiempo vomitando que aprendiendo el oficio. Allí, en el Príncipe de Asturias de Don Antonio Escaño, nos batimos con el inglés codo a codo. Era aquel un navío de verdad, y con buena marinería para ocupar sus puestos, a mayor gloria de los desvelos de su comandante. Entramos en batalla casi desde el principio, y nos tocó toda la jornada recibiendo y repartiendo (que se creen) plomo para llenar una catedral. A decir de los entendidos tuvimos mucho que ver en que el desastre no fuera mayor, pero, para ser sinceros, metidos en faena las cosas son muy sencillas: cargar cañón y disparar. Como decía, en la segunda batería, cañón número doce nos conocimos y se forjó nuestra camaradería… no vean ustedes como unen las horas de pólvora, rabia, astillas… no vean ustedes. Como Don Antonio dijo sobre la actuación de nuestro navío de 112 cañones.
Sic: “Es conocido, sin que hablemos de ello, el estado interior del navío Príncipe de Asturias, y la disciplina que se observaba en él; y esto no pudo haber evitado la suerte de los sacrificados. Si no hubiera tenido el uso de todos sus fuegos antes de cinco minutos, diez tiros por cañón sobre cubierta y el servicio de cartuchería corriente, hubiera sido atacado de otra forma; y debe observarse que los navíos Paula y San Fermín no podrían auxiliarlo por estar muy sotaventeados. Puedo decir sin orgullo, reflexionando sobre todos los hechos referidos, se deducirá sin violencia, que en el estado de sorpresa y desorden en que estuvo el cuerpo fuerte de la escuadra, hubiera sido destruido si el navío Príncipe no hubiese batido a la mitad de la escuadra enemiga, haciéndole retardar a los que batían a la nuestra”.
Con un verdadero par de cojo***, mucho oficio, y la Virgen del Carmen mirándonos con cariño.

Pero, viejo marino, te pierdes en historias que nada tienen que ver con lo que hablamos, aunque en realidad no sea así, ya que estas historias son las que me distinguen de ellos.

“¿Decía vuesa merced?”, se dirige hacia mi con sorna el más joven de los tres marinos reales, casi imberbe y fijo que virgen de mujer de buen ver que no sea meretriz.
“Digo, mi buen muchacho, que Yo Solo”, esto despacito y con buena dicción, para que no le quepa duda que lo de muchacho es un eufemismo de niño mal criado hijo de burgués acomodado sin idea de donde está la proa y la popa o como cogérsela para miccionar, o sea se mear, cuando la mar se pone graciosa y las olas pasan de tres metros.

La cosa parece que va a ir a peor, pero una voz conocida viene a poner paz. “Sea día de paz, señores… para todos”, su sonido grave, y profundo como las aguas en las que empezó su carrera el buen Teniente Urdiales, de la marinera villa de Castro Urdiales amansa a todos. Sin más se sienta a mi lado y repite: “Yo solo… Yo solo”. Me mira, alza la mano sabedor de que no hace falta más para que el vino de Málaga termine en su vaso, y me mira invitándome a hablar.
Las palabras surgen mientras mi vaso, largo tiempo vacío, se llena a su vez de vino y Pedro suspira de satisfacción mal disimulada al saber que mis cuentas serán saldadas por Don Urdiales, con cuyo padre combatí codo a codo… con él y el resto de olvidados camaradas.

Era 1781, hacía junio o así. El buen Rey Carlos III reinaba (aquí remarco las palabras demasiado, y la mano de Urdiales se aferra cariñosa y apaciguadora a mi hombro. “No jodas, hombre, no jodas”). Retomo el hilo:
Los norteamericanos estaban decididos a ser independientes y cansados de los uniformes de Casaca Roja del Rey Jorge se levantaron en armas. Así que nuestro monarca decidió que era buena ocasión para darles las del pulpo a los ingleses, y a fe que sí que les hicimos la pascua a base de bien. Pues bien, allí, en La Florida, estábamos cumpliendo las órdenes de Rey, a la bocana del puerto de Pensacola, bien defendido por una isla fortificada y un fuerte, sumando demasiados cañones para repartir entre los allí presentes.
La cosa no pintaba bien, nada bien, para nuestro comandante Don Bernardo de Gálvez. Don Bernardo, pocos hombres hay, ha habido o habrá como él… y quién afirme lo contrario miente cual pirata berberisco. Francia y España, unidos por los pactos de familia, habían entrado en juego desde las hostilidades entre colones y casacas rojas se generalizaron. Entramos en danza por aquello de devolverle la pelota histórica a los britis, y De Gálvez, en un correcto análisis de la situación, ve la clave de la lucha en la zona sur en el control de la parte baja del gran río Missisipi. Decide avanzar hacia Baton Rouge, lo cual es difícil pues no cuenta con soldados para tal empresa. De esta guisa hace lo que a todos los españoles nos va mejor. Improvisa. Con cuatrocientos españoles, otros tantos criollos, negros, indios y mulatos varios, sorprende a las también escasas fuerzas británicas tomando todas las posiciones en las riberas del río caen, abriendo una vía de abastecimiento para los rebeldes y forzando a los británicos a reforzar el frente sur.
Pero no es Bernardo de los que se quedan sentados en los laureles, así que se lanza hacia Mobile, formando una escuadra para tomarla. Es aquí donde tuvo el honor de conocerlo, al ser reclutado para ser marinero en su buque Galveztown, antiguo bergantín británico capturado por los rebeldes y regalado en muestra de afecto a nuestro comandante. Siendo las naves dispersadas por una tormenta a punto estamos de no poder lograr nuestro objetivo, pero demostrando de nuevo unas sobresalientes dotes de mando nos reorganiza con rapidez y toma Mobile ante las mismísimas narices de los refuerzos de los ingleses que nada pueden hacer, salvo observar impotentes la caída de Mobile. Tenía Don Bernardo de Gálvez 33 años. Después de eso solo quedaba con hacerse con Pensacola para que La Florida vuelva a ser de la Corona Española.

En esa estábamos. El asedio terrestre se estaba formando, pero mientras no forzáramos la entrada al puerto podrían resistir de manera casi indefinida. Lo primero fue hacerse con la isla de la entrda. En ello la flota quedó, lo que mermó mucho el ímpetu combativo de los miembros de la Armada Real de La Habana. Así que Don Calvo de Irizábal, mal hado le haya dado el nuestro Señor, envidioso de lo conseguido don Don Bernardo y su familia, expresa su decisión de que la Armada no forzará el paso hacia el puerto por respeto, más bien temor diría yo, a los cañones británicos. Cuando las noticias le llegan a Don Bernardo, en ese momento en labores de asedio con las fuerzas de tierra, vuelve con rapidez a su buque el Galveztown, donde yo servía con orgullo. Subió, los ojos chispeantes de ira e indignación y llama a un joven oficial de nombre Gélabert y a un alférez, gallardo y apuesto, de nombre Manuel Urdiales (siento la sonrisa de mi acompañante). Habla con ellos de manera rápida y acerada y les entrega un misterioso paquete. Gélabert y Manuel, serios como siempre, parten a llevar las palabras y el regalo de Don Bernardo al almirante. Al poco vuelven y Don Bernardo ladra órdenes como nunca, y señala con el dedo la bocana del puerto y a los cañones del fuerte. “Quien tenga honor que me siga, el que no que se vaya, porque he de entrar en ese puerto aunque sea yo solo”. Redoblan los tambores e izamos la bandera del Almirante, y con un par nos fuimos hacia el puerto. Cañonazos nos llovieron por doquier, pero ya sea por gracia de la Virgen del Carmen, o de Don Bernardo, y les juro que Hijo de Dios parecía aquel día, o tal vez el propio diablo en pleno enfado, cruzamos sin demasiado desperfecto. Y poco a poco toda la flota nos siguió. Bueno casi, porque la capitana de Don Calvo de Irizábal recogió velas y se fue sin despedirse camino de La Habana.
Más tarde pude hablar con vuestro padre, digo mientras mis ojos se llenan de lágrimas por los recuerdos del pasado, la juventud perdida, o tal vez por el desaliento de ver España como la veo ahora, como me veo a mi mismo: arruinado y perdido. Me miró y con su voz, grave como la vuestra, me contó en primera persona lo sucedido.
Verás asturiano, creí que el pato lo pagaba yo. Y no es para menos. Nuestro Don Bernardo de Gálvez nos da un paquete y una nota para leérsela al almirante tras abrirlo. Don Calvo la abre y ¿qué se encuentra?: una bala de cañón británica. Así que, mientras yo sujeto el regalo, Gélabert a lo suyo, abre la misiva y con voz alta, para que le oigan todos cuantos estén a tiro, por así decir, la lee:
“Una bala de a treinta y dos recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el Fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galveztown para quitarle el miedo”.
Te juro asturiano que el silencio en el navío se podía cortar. El Almirante se puso blanco primero, y después rojo de ira, así que decidimos poner tierra por medio, vamos olas entre nosotros y él, que los Almirantes enfadados tienen muy mala leche. Y fíjate tú que de todo esta hazaña lo que no se me olvidará nunca será esa cara. En la Habana estará tragando quina por un tubo, o tal vez por dos. O a lo mejor beneficiándose una mulata de esas que quitan el hipo, que ser Almirante, noble y rico sin duda tiene sus ventajas.

Después de aquello el buen rey Don Carlos III le concedió el derecho a llevar en su escudo la leyenda de “Yo Solo”. Después, a la muerte de su padre lo nombraron Virrey de Nueva España, pero poco pudo hacer pues murió al año siguiente… que si no otro gallo nos cantara en aquellos hermosos y salvajes lares. Y tuvo suerte, porque no le tocó ver los tiempos que vinieron después, de los que nos vienen estos mimbres que sufrimos hoy.

Vuelvo al presente y miro a la mesa de al lado y a los tres marinos reales, interesados a su pesar en la historia. Eso, señores, les digo, es lo que fuimos. Eso es de lo que ustedes son herederos, eso y mucho más. Urdiales les mira con fijeza, y su orden no hablada es clara. “Hora de que se vayan caballeros”. En la cantina tan solo quedamos Pedro, Don Urdiales y yo. Apuramos en silencio un último vaso de vino y después nos despedimos sin más, que demasiado se ha hablado ya. Cada uno vuelve a su casa, a su vida, a manejar sus propios demonios.
YO SOLO camino hasta el puerto de la ciudad, a donde antaño llegaban los galeones cargados oro.
YO SOLO me encuentro mirando las frías aguas del Guadalquivir, camino de su encuentro con la mar.
YO SOLO vuelvo a sentir el viento con olor a salitre en mi cara.
YO SOLO puedo oler de nuevo el acre olor de la pólvora.
YO SOLO soy de nuevo capaz de oír el tronar de los cañones y los gritos de ánimo de los compañeros.
YO SOLO vuelvo a verlos a todos, y les juró, aunque no me crean, que las aguas del Guadalquivir no son tan frías, ni es tan malo terminar aquí, donde con suerte la corriente me devolverá a la mar de donde nunca debería haber vuelto este viejo marino.

Pero no se asusten, que los viejos marinos también tenemos nuestro particular ángel de la guarda. “Venga abuelo Manuel, que madre está preocupada por usted”. Mi nieto, mi orgullo, mi esperanza me salva una vez más. Un nuevo compañero de armas que me salva, de los amorosos brazos de la muerte, o me ata, según se mire, al desolador regazo de esta mísera vida. Su mano, pequeña y suave, como seguro fueron las mías algún día haya en la villa de Luanco. Sus ojos claros y limpios, donde reconozco cierta herencia de mi sangre. Sonrío despacio, acaricio su pelo y, el vino no perdona, me apoyo en sus frágiles hombros mientras me dejo guiar hacia la casa donde duermo, lejos del hogar de mis sueños, mi única patria: La mar.

“Yo solo” esta es la leyenda que el buen Rey Carlos III permitió que pusiera en su escudo de armas Don Bernardo de Gálvez. Yo Solo… pero también otros estábamos allí y en muchos más sitios olvidados por esta España mísera y miserable del Rey don Fernando VII. Estábamos, estamos y estaremos, gobierne quien gobierne, pese a quien pese, hasta que las frías aguas, en cumplimiento de la divina promesa, devuelva a los muertos y ya sin cañones ni frío acero podamos juntos izar las velas en post de la eternidad en las infinitas aguas del océano.

Sin más se despide Pavía desde Asturias.


AFOCES
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El héroe de Pensacola

Mensaje por AFOCES »

Honores al general Bernardo de Gálvez

El héroe de Macharaviaya, que ya había recibido honores en Estado Unidos por su hazaña en la Guerra de la Independencia americana, al fin ha recibido un esperado y merecido tributo en España. El mérito se debe a la Asociación Cultural Bernardo de Gálvez que, desde hace ocho años, se empeñó en rescatar del olvido a una de las figuras militares más importantes que ha dado el siglo XVIII. El héroe de Pensacola, el malagueño de Macharavia, ya había recibido honores en EEUU. Algo quedaba pendiente y hace unos días, en Málaga, se saldó la deuda.

En EEUU - siempre orgullosos de su historia - se han celebrado varios actos para rendirle tributo y, sin embargo, en España no se había producido ninguno. En realidad ni siquiera se conocen los méritos del teniente general Gálvez a pesar de que sus hechos tuvieron una importante influencia en la Guerra de la Independencia americana.

http://www.malagahoy.es/article/malaga/ ... z.html#opi
Saludos


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