Un soldado de cuatro siglos

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Domper
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Adenda: Estimado tío, jamás hubiera esperado que me permitieran ver con tal detenimiento la factoría de Sagunto. Sin embargo, tras observarla, entiendo los motivos, pues se me antoja imposible imitarla. Solo para construir ese camino de hierro se requiere una cantidad de metal que a nuestros herreros llevaría años forjarlo, y el precio de tal obra arruinaría las arcas imperiales. Además, no solo era el hierro, sino el acero. Estimé que cada convertidor producía al menos una tonelada por ciclo, y vi seis de esas máquinas. No sé cuánto tiempo requiere un ciclo pero, aunque fuera un día, significaría que esa factoría produce dos mil toneladas al año. Tenga en cuenta que, según Don Eustaquio, la factoría de Sagunto era pequeña comparada con las del norte.

Por otra parte, no me dejaron visitar el lugar donde se obtiene el acero con otro método, el de crisol. Probablemente sea un sistema más sencillo que se pueda copiar con facilidad, y de ahí que quisieran ocultarlo. En todo caso, si los españoles dicen la verdad, y no tengo motivo para dudarlo, con el sistema del crisol consiguen todavía más acero. Es decir, de Sagunto salen miles de toneladas de duro metal cada año; no me extraña que necesiten un puerto. Si es cierto que Asturias produce bastante más, en toda Europa no se elabora ni una fracción del hierro y del acero que entregan esas factorías. Imagine qué podrán hacer los españoles con tanto metal. En una conversación, a Don Eustaquio se le escapó que estaban construyendo algo increíble, un barco hecho exclusivamente de hierro, movido por una de esas machinas de vapor. Me parece impensable que tal engendro pueda flotar, pero tampoco hubiera creído posible una siderurgia como la saguntina.

Disponiendo de metal en enormes cantidades con un precio asequible, y de fábricas como esa de camisas, entiendo la fastuosa riqueza de la que hace gala Valencia, y la potencia de los ejércitos españoles. Será de interés para el Imperio imitar en lo posible esos procesos, aunque haya que negociar la ayuda hispana, si no queremos que nuestra nación quede atrás.



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Adenda a la edición española: Por una vez falló la habitual perspicacia de Von Harrach, que subestimó groseramente la producción de hierro y de acero de España. En lugar de las dos mil toneladas al año de acero que calculó, la producción de la acerería de Sagunto se acercaba a las doce mil toneladas, dos tercios obtenidas con convertidores, y el resto de solera abierta.

Fue el incremento de la producción de hierro y acero el que marcó la progresión desde el Resurgir hasta la Revolución Industrial Hispana. El aumento fue meteórico: se pasó desde las diez mil toneladas anuales de hierro y quinientas de acero de 1600, al millón de toneladas de arrabio y hierro dulce, más ciento cincuenta mil toneladas de acero, de 1700.

De hecho, se considera que la inauguración del Alto Horno de Sagunto de 1627 marca el inicio de la Revolución Industrial. Esta instalación, que ha sido preservada como «Tesoro histórico hispánico, empezó produciendo tres mil toneladas de hierro al año, y en un decenio pasaron a ser diez mil. En 1633 comenzó a operar el horno de coque y en 1637 la de acero de crisol, que se cerró en 1665 tras introducirse los convertidores Otamendi (de 1660) y el proceso de solera para la producción de acero. El sistema Otamendi se empleó para aceros de calidades bajas y medias, mientras que el de solera sirvió para producir aceros especiales de alta calidad. Probablemente no se permitió el acceso de Von Harrach a la planta de crisoles (que ya no funcionaba) para que no viera los hornos de solera.

El segundo alto horno industrial español fue el de Langreo de 1645, mucho más capaz que el de Sagunto, y en 1648 se iniciaron las obras del complejo siderúrgico asturiano, en Avilés y Gijón. La disponibilidad de carbón bituminoso, del excelente mineral de hierro vizcaíno, y de procesos perfeccionados, hicieron que la producción asturiana decuplicase en poco tiempo a la de Sagunto, instalación de menor capacidad que a partir de entonces se destinó a proporcionar metal para las industrias valencianas del metal, que producían herramientas, cocinas y estufas, aperos de labranza, etcétera. Una instalación similar a la de Sagunto se estableció en Oporto en 1664, para aprovechar el carbón de San pedro de Cova.

También se fundaron nuevas industrias siderúrgicas en otras partes de los dominios hispánicos. La primera fue la de Sulcis, en Cerdeña, en 1665, seguida por la de Tarento en el reino de Nápoles (1667), y Lieja en Flandes (1677). Fue la existencia de grandes yacimientos de carbón en esa región la que llevó al Pacto de Augsburgo entre Madrid y Viena, por el que se disolvieron los estados eclesiales, correspondiéndole el Principado de Lieja a España mientras que el Imperio recibió los obispados de Estrasburgo, Basilea, Salzburgo y Trento.

La revolución industrial también afectó a las Indias, quedando marcada por la fundación de la siderurgia de Monclova en Méjico (1682), Chimbote en Perú (1685), Concepción en Chile (1686), y Nuevallanes en Tercera (1692).

La expansión de la industria siderúrgica conllevó la multiplicación de la producción de hierro. En 1670, cuando Von Harrach visitó Sagunto, se estima que la de hierro dulce y arrabio llegaba a las seiscientas mil toneladas anuales, y cien mil las de acero, cantidades que se triplicaron en 1700. Por entonces, en los dominios hispánicos se producían cuatro quintas partes del acero mundial.



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Los astilleros de la Unión Naval del Levante

Después de visitar la siderurgia aprovechamos la tarde para ver los astilleros de la Unión Naval del Levante, una compañía valenciana subsidiaria, como no, de la Compañía del Carmen, que se aplicaba a la construcción de todo tipo de embarcaciones. Sus instalaciones principales estaban en el Grao de Valencia, pero tenía otras de menor importancia en diversos lugares de la costa, una de ellas en el puerto de Sagunto.

Estaba destinada a la construcción de embarcaciones de cierto porte, y se especializaban en «urcas», una especie de fragatas mercantes pero más panzudas. A primera vista no me parecieron muy diferentes a los barcos que había visto en otros puertos; tan solo, por ser algo más grandes de lo que se estila. Sin embargo, en una visita más detenida aprecié una diferencia crucial: la estructura no era de madera, sino de hierro. Más barata, ya que sustituía a maderas nobles escasas y que era preciso importar de ultramar, más resistente, ocupaba menos espacio interior y daba mayor capacidad a las bodegas, y permitía diseñar embarcaciones de casi cualquier tamaño y forma. En el exterior se ponía la tablazón de madera, que hacía que el aspecto exterior no se diferenciara al de los barcos de otras banderas.

Otra característica de las urcas que estaban construyendo era que disponían de artilugios que facilitaban su manejo por una tripulación reducida. El ingeniero naval Don Ubaldo Romero, nos mostró una urca en la que se estaba trabajando y nos los enseñó, explicándonos que el comercio naval se había incrementado en tal medida que faltaban marineros adiestrados, que también reclamaba la Armada. Aunque la profesión del mar se hubiera hecho más segura, aunque atrajera cada vez a más hombres, la economía de manos facilitaba la expansión de la flota mercante española.

Aun siendo el de Sagunto un astillero secundario, tenía elementos de buena factura, incluyendo un dique para la reparación de embarcaciones que no se vaciaba con la fuerza de penados, como es norma en otras tierras, sino por la fuerza del vapor. También vi algo que en el momento me asombró pero que no llamó la atención a los demás: entre las embarcaciones que daban servicio al astillero, en el muelle de armado, donde se daban los últimos toques, empleaban una gabarra que estaba hecha de hierro. Me pareció asombroso, pues me parecía imposible que con un metal tan pesado pudiera hacerse algo que flotara. Don Ubaldo notó mi extrañeza, y me recordó el Principio de Arquímedes; luego me hizo una demostración práctica: simplemente, puso en el agua una tinaja vacía, que flotó sin problemas. Luego me dijo que si se podía hacer que la piedra flotara, también era factible con el hierro. Aunque el metal era más pesado, me explicó, podían hacerse barcos de paredes muy finas y ligeras.



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Adenda: Amado tío y mentor, desearía que aprecie cómo el hierro que sale de las factorías españolas está revolucionando todo lo que toca. Jamás hubiera pensado que se pudiera construir barcos de hierro, a pesar de la ventaja que supone no depender de grandes maderos ni del lento crecimiento de los árboles. Don Ubaldo nos mostró también las dificultades que entrañaba obtener maderas para cuadernas y otras piezas curvadas, y el tratamiento prolongado necesario para hacerlos resistentes a la mar. Con el metal, basta con fundir vigas, cortarlas, soldarlas o atornillarlas. Así se podrán construir barcos a un ritmo impensable.

Por otra parte, al ver la chalupa de metal, imaginé que también se podría construir un barco del tamaño que se desee, incluso de cien pasos, y su factura de hierro lo haría inmune al fuego de los cañones. No vi que se trabajara en nada así, pero lo que antes me hubiera parecido locura, ahora lo creo posibilidad real.



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Adenda a la edición española: Von Harrach, al ser desconocedor de la ingeniería naval, no podía imaginar las dificultades que entrañaba la construcción de un barco acorazado. Aun así, estuvo acertado al entender que la técnica de construcción naval compuesta tenía ventajas, como podían ser no depender del tamaño de los troncos, ni de su forma, y que tampoco se precisara el proceso de curado.

Estas ventajas eran de gran importancia en España, cuyos bosques no podían compararse con los del norte de Europa. Se tenía acceso a maderas tropicales de gran calidad, pero era preciso importarlas desde las Indias, elevando su precio y limitando la cantidad disponible. Al poder prescindir de estos materiales, se pudo mantener la rápida expansión de la marina mercante. En el decenio 1670 – 1680, fueron botados en los astilleros peninsulares nueve mil seiscientos setenta buques; su número era poco mayor al de épocas anteriores, pero el mayor crecimiento se produjo en el desplazamiento, que en 1650 era de cien toneladas como media, doscientas en 1660, quinientas en 1670 y mil cien en 1670. Este crecimiento se debió en parte al aumento del desplazamiento de las mayores unidades de la flota mercante: en el decenio de 1650 unas docenas de siberiamanes se acercaban a las dos mil toneladas, pero en el de 1660 se empezaron a construir paquebotes y rasadores que superaban las tres mil, y en 1672 se iniciaron las obras del paquebote «Felipe el Grande», un barco de propulsión mixta de cuatro mil doscientas toneladas. Estas construcciones hubieran sido imposibles de hacerse únicamente de madera, no solo por la dificultad técnica, sino por falta de maderos adecuados. Aun así, la técnica de construcción mixta iba a quedar atrás rápidamente cuando a partir de 1680 la Compañía del Carmen comenzó a equiparse con grandes paquebotes de hierro.



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De escuelas y fábricas

Amado y venerado tío, le escribo esta nota adicional porque mi viaje a Sagunto fue ilustrativo en otras cuestiones que usted deseará conocer.

El recorrido por la siderurgia, que es como llaman a esta factoría de hierro, y por los astilleros, fueron solo parte de la visita. Como ya estábamos fatigados, Don Edelmiro nos acompañó al bonito edificio desde el que se dirigía la instalación. Digo edificio, porque palacio no le cuadraba, no porque no tuviera motivos para recibir tal nombre, sino porque no se dedicaba al solaz sino a la dirección de los trabajos. Aunque también había una planta noble a la que Don Edelmiro tuvo la merced de llevarnos. Nos dijo que, además, había aposentos a su disposición. Tomamos un refrigerio no demasiado abundante, y regado con más agua que vino, pues el director quería enseñarnos algo que para él era tanto motivo de orgullo como la fábrica de hierros: el barrio donde residían los obreros de la factoría y sus familias.

Más que barrio, era un pequeño pueblo, situado a mitad camino entre la siderurgia y la antigua localidad de Murviedro. Don Edelmiro nos indicó que habían tenido la precaución de fundarlo en una pequeña elevación, pues el cercano río Palancia era otro de esos engañosos cursos de agua valencianos que parecen casi secos pero que en ocasiones bajan con fuerza arrasadora. Ya desde lejos el pueblo llamaba la atención, con sus fachadas encaladas, sus tejados de brillante rojo, y la torre de una recoleta iglesia. El pueblo o, mejor dicho, la pedanía, ya que dependía del cercano Sagunto, tenía la traza rectangular que habían inventado los romanos y que era la escogida por los españoles para sus nuevas ciudades. Siguiendo la costumbre hispana, en el centro había una gran plaza, también rectangular, presidida por la iglesia y por la casa consistorial donde residía el regidor, al que designaba la Siderurgia de Sagunto, a su vez parte de la omnipresente Compañía del Carmen. Desde ese casón de buen aspecto se dirigía la localidad, con el auxilio del concejo que se reunía en un gran salón, ya que, según Don Edelmiro, los mandatos del regidor se aceptaban con más facilidad si contaban con el refrendo vecinal. En la plaza se alzaba una posada de aspecto digno, así como dos tabernas del estilo que ya había visto en Valencia, es decir, establecimientos limpios dedicados al asueto y no a la ebriedad.

En esa plaza se celebraba el mercado donde los labradores vendían sus productos. Además, había un establecimiento comercial, también propiedad de la compañía. Lo llamaban «economato» y allí los vecinos podían adquirir todo tipo de enseres. Don Edelmiro me dijo que los precios de ese establecimiento estaban limitados ya que no se pretendía obtener beneficios, que ya los daba la siderurgia. Los trabajadores podían comprar lo que precisaran, fuera con sus dineros, o a cuenta del siguiente salario.

Don Edelmiro estaba especialmente orgulloso de otros dos edificios que también daban a la plaza. Uno era la escuela, donde maestros doctos y píos instruían en letras, ciencias y religión a niños y niñas —otra vez esa curiosa idea valenciana de ilustrar a las féminas—. Al lado, había un consultorio donde un cirujano formado en la escuela valenciana velaba por la salud de los trabajadores. Don Edelmiro dijo que el médico recibía de la compañía unos rumbosos emolumentos con la condición de atender a los vecinos con el mismo mimo que si fueran ricoshombres. Los dolientes solo tenían que aportar unas pocas monedas, nada que no tuvieran, pues nos explicó que, si se exigían esos dineros, era porque «lo que no cuesta no se valora». El consultorio también era la sede de la junta de sanidad, dirigida por el cirujano y de la que formaban parte el regidor y los prohombres de la localidad.

Al hablar de sanidad noté la limpieza de las calles, y el director dijo que desde el primer momento se había cuidado de la salud y la higiene, creando una red de alcantarillas que recogieran aguas y miserias. Tanto plaza como calles estaban empedradas para facilitar su cuidado. La junta de sanidad cuidaba de la limpieza, pero también velaba por la higiene de las aguas, la salud de los animales, evitaba que hubiera estanques ponzoñosos vivero de miasmas, obligaba a enjalbegar las casas, y cuidaba de aislar a los enfermos que lo necesitaran para evitar en lo posible las plagas.

La plaza la presidía una fuente ornamentada; al lado estaba la de agua de boca, traída desde los cercanos montes con una cuidada conducción para evitar contaminaciones. Aguas de peor calidad se empleaban para el lavadero, pues era norma de la siderurgia que las ropas se lavasen con frecuencia.

Después recorrimos las amplias calles. Habían plantado árboles que en un futuro proporcionarían sombra; aun no lo hacían, pues apenas eran retoños. De nuevo, la limpieza era destacable ya que las vías también disponían de alcantarillas y empedrado. Esas calles estaban llenas de niños que ya habían salido de la escuela, de mujeres atendiendo a sus quehaceres, y de abuelos reposando en bancos al sol de la tarde.

Me sorprendió que hubiera ancianos, ya que el pueblo tenía pocos años, pero Don Edelmiro me dijo que se proporcionaba alojamiento no solo a los trabajadores, sino a sus familias, incluyendo a los mayores. Hasta había un pequeño asilo para aquellos que quedaran desamparados. Se hacía por caridad, pero también por interés, ya que era máxima de la empresa que los mejores de sus bienes eran los buenos trabajadores.

Después visitamos una de las casas, tras pedir permiso a su inquilino. Inquilino, porque la casita era propiedad de la compañía; aun así, no hubiéramos podido entrar sin la autorización del vecino ya que, arrendatario o dueño, era soberano en su casa. Como nos dijo, Don Felipe era rey en Madrid, y él lo era allí. El aposento que me pareció más que digno. De dos plantas, la baja destinada a aperos y a los animales que quisieran tener, la superior para la vivienda, con una cocina amplia y luminosa, dependencias para los familiares, y un cuarto higiénico. En la trasera, un buen patio. No era un palacio, ni mucho menos, pero hubiera sido la envidia de los más de los vieneses.

Pregunté al vecino cuál era su trabajo, y me dijo que tenía el oficio de estibador. Me llamó la atención que a esas horas estuviera en su casa, pero Don Edelmiro me dijo que era norma de la compañía no excederse en las exigencias del trabajo, para que los empleados tuvieran horas de asueto y de disfrute de sus hijos. Ahora bien, lo que más me impresionó fue que un humilde estibador pudiera gozar de esa casa con sus magros emolumentos. Obviamente, evité decirlo ante el inquilino, y Don Edelmiro hizo señal de que más tarde aclararía tal cuestión.

Una vez acabada la visita volvimos a la casa consistorial, donde nos habían preparado una merienda. Allí resolvieron mis dudas.

Según explicó Don Edelmiro, no hacían sino seguir las instrucciones del Marqués del Puerto, que había plasmado Don Vicent Llompart en el libro que unos días antes me habían recomendado y que aun tenía pendiente de leer. Según la teoría de Llompart, aunque la economía se favoreciera limitando las normativas, la competencia podía ser muy dura con los desfavorecidos. Una empresa necesitaba trabajadores fuertes, duchos y dispuestos, pero le sobraban los tarados. Significaba que un obrero enfermo, o que sufriera un accidente, quedaría en la miseria. Algo que, en realidad, no beneficiaba ni a la compañía, ni al reino.

Según la teoría de Llompart, si el trabajador se beneficiaba de la prosperidad de su empresa, él sería el primero en esforzarse por lograrla. Ahora bien, esos beneficios tenían que ser palpables y duraderos. Igual que a la compañía le convenía la lealtad de sus operarios, debía ser leal con ellos, y eso significaba no desamparar ni a ellos ni a sus deudos. Por otra parte, si los emolumentos de los trabajadores eran suficientes, podrían adquirir productos. Obviamente, un estibador no compraría sacos de carbón ni vigas de hierro, pero sí enseres, ropas variadas, juguetes para sus niños, tal vez animales de monta o de tiro, incluso algún reloj. Todos ellos fabricados si no por la compañía del Carmen, por las que florecían en España en esos días, y que a su vez adquirían productos de la del Carmen. Es decir que, al aumentar el mercado, todos se enriquecían. Como decía un proverbio español, «el dinero es redondo para que ruede». De ahí que se proporcionara ese bonito pueblo, que conseguía la diligencia de los satisfechos trabajadores.

Es más, la Compañía no pretendía alojar a sus operarios, sino venderles las viviendas. El director ya nos había dicho que ese pueblo no estaba pensado para conseguir beneficios directos. De ahí que se hubiera establecido un sistema para que los trabajadores acabaran accediendo a la propiedad: lo que se les descontaba de sus salarios no era realmente un alquiler, sino cuotas a cuenta. Tras algunos años de ahorros, la casa pasaba a ser suya; era una manera de retener a los buenos trabajadores, pero también de que el barrio creciera, pues se necesitaban casas para los nuevos trabajadores. Don Edelmiro nos confesó que los planes de la Compañía preveían que esa pequeña localidad acabara convirtiéndose en ciudad de cierta importancia.

El director también explicó que esas medidas beneficiaban al reino de dos maneras. Una, mediante el progreso económico, que en Valencia era palpable. Otra, a la larga más importante, con la paz. Don Pedro Llopís ya había advertido en las tres novelas que conformaban la «Trilogía de las sombras» que el progreso también tenía su lado oscuro. Por desgracia, demasiadas veces hemos visto rebeliones de campesinos descontentos; según el marqués del Puerto, podrían ser mucho peores si se extendían a los obreros de las industrias.

La mejor manera de evitarlas, según Llompart, era creando una «clase media», llamada así por estar entre los menesterosos y los ricoshombres. Una clase media que viviera modestamente aunque con desahogo, cuyos hijos pudieran acceder a la ilustración, y que sería el semillero de los gigantes del futuro.

Iba a presentar una objeción, pero Don Edelmiro se adelantó. Me dijo que Llompart ya había predicho que siempre habría empresarios rapaces que buscaran el beneficio rápido. Igual que un esclavista podía arruinar a sus vecinos al ofrecer sus productos a menor precio, también lo haría el que esclavizase a sus empleados. Por desgracia, la caridad cristiana no basta para evitar que surjan tales desalmados, igual que tampoco impide que haya bandoleros. Según Llompart, contra los ladrones, la policía y las leyes, y policía y leyes contra los extorsionadores. El Consell valenciano había promulgado normas para proteger a los desfavorecidos, cuya consecuencia era el bonito pueblo que Don Edelmiro nos había enseñado.



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Adenda: Estimado tío, vuelvo a recomendarle la lectura reposada de la obra de Llompart. No pretendo con ello impartir innecesarias lecciones de moral, pero he de señalar que el amo que cuida de sus criados no hace sino seguir un mandato de Dios Nuestro Señor. Es lo que están haciendo en Valencia aunque, por lo que entendí, no es solo por deber cristiano sino por también por interés. Cierto es que a pesar de los grandes cambios que está experimentando ese reino, no ha padecido las furiosas revueltas que tantas veces aquejan a nuestra patria.

Dejo a su juicio sugerir al emperador nuestro señor si conviniera tomar medidas similares a las que pude admirar en mi viaje, no solo por caridad cristiana sino para el beneficio de la nación.



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Adenda a la edición española: El barrio de La Figueruela de Sagunto, que Von Harrach visitó, fue uno de las primeras «colonias modelo», levantadas para dar cobijo a la enorme cantidad de inmigrantes que desde el campo acudían a los centros industriales. Algunas estaban en la periferia de las ciudades, como la de Benicalap de Valencia, y otras aisladas (aunque cercanos a las empresas), aunque siempre cercanas a otras localidades. Era el caso de La Figueruela, a cuatro kilómetros de Murviedro.

Inicialmente se concibieron como alojamientos para obreros y apenas disponían de los servicios mínimos, salvo el omnipresente templo religioso (ya que la Compañía del Carmen, la pionera, era partidaria de mantener buenas relaciones con la Iglesia), una taberna, y viviendas en régimen del alquiler. Sin embargo, al poco se apreció que en las colonias empezaba a darse la deriva peligrosa que estaba convirtiendo los suburbios de ciudades como París o Londres en guetos marginales, focos de enfermedad y de delincuencia. Se debía a que los inquilinos (los trabajadores) solo se relacionaban con su arrendador mediante el contrato de trabajo, y bastaba que hubiera cualquier problema (como pudiera ser un vecino díscolo) para que abandonaran la colonia, pasando a ocupar su vivienda alguna familia en peor situación. Al advertirse los primeros signos de degradación los directivos de la Compañía intentaron combatirlos con un control estricto pero, siguiendo el consejo del economista Vincent Llompart, decidieron transformar las colonias en «colonias modelo», que seguían la estructura tradicional de los pueblos españoles.

Las colonias populares estaban centradas por una Plaza Mayor, en la que se situaban los principales servicios, como la iglesia, la casa del concejo, el dispensario, el asilo, el economato y la escuela. Las calles eran de traza rectangular, igual que en las nuevas urbes americanas, aunque eran más amplias y flanqueadas por setos y árboles: así se mantenían las ventajas de los pueblos medievales (protección contra el sol y el viento), con un aspecto más agradable, y de paso se facilitaba el control de las algaradas. Durante los siglos siguientes muchas de esas calles fueron modificadas para acoger el tráfico de automóviles, pero en la actualidad han recuperado su configuración original. En su momento, las colonias destacaron por medidas higiénicas como el alcantarillado (cuando en París se seguía arrojando a la calle los excrementos) y las fuentes de agua potable; la amplitud de las calles facilitó que en los decenios siguientes se proveyeran de agua corriente, electricidad, gas, alumbrado público, telefonía y transmisión de datos.

Dependiendo de la localización, las viviendas eran de un tipo u otro. Donde el terreno era caro (por estar junto a grandes ciudades, o en terrenos de regadío) se construyeron edificios de apartamentos de hasta cuatro alturas con patios centrales, dispuestos de tal manera que rodearan pequeños parques; ese estilo arquitectónico sería imitado en ciudades europeas como Viena (como la colonia de Spittelberg, fundada años después por Von Harrach) o Budapest. En zonas más alejadas se dio preferencia a las viviendas unifamiliares, aunque también se levantaron algunos edificios de apartamentos. En cualquier caso, fueran apartamentos o casas, eran amplios y ventilados, y solían disponer de patios o pequeños huertos.

Tan importante como el urbanismo fue la manera de acceder a la vivienda. Inicialmente el régimen era de alquiler, con salvaguardas para las familias que perdieran algún miembro. Sin embargo, poco después se pasó al sistema mixto que sugirió Llompart: aunque una proporción de los alojamientos siguieran siendo de alquiler, solían ser apartamentos destinados a trabajadores temporales. A los fijos se les ofrecía adquirir su vivienda mediante aportaciones mensuales que eran poco mayores que los alquileres. La ventaja de la vivienda en propiedad fue que estabilizó a los trabajadores, y que los vecinos, ahora dueños, fueron los primeros interesados en mantener la comunidad.

Este acceso a la vivienda se formalizaba mediante un pacto que ha sido apodado «vasallaje empresarial». El trabajador se comprometía no solo a prestar sus servicios a la empresa, sino a contribuir al desarrollo de la colonia, a mantener la moralidad, las buenas costumbres y la fe católica (obligaciones que nunca se exigieron a rajatabla, y que se relajaron con el tiempo), la devoción a la patria y la fidelidad a la monarquía, a cuidar y escolarizar a sus hijos, a mantener la reserva sobre los métodos fabriles, a denunciar a delincuentes, agitadores y espías, y a no abandonar el país sin permiso.

No era un pacto rígido, ya que los trabajadores podían abandonar la colonia en cualquier momento; la única exigencia que se mantenía era la prohibición de viajar a otros países sin la correspondiente autorización. Ahora bien, el que dejaba la empresa perdía el derecho a la vivienda que ocupaba y, si la estaba pagando, solo tenía derecho a una pequeña compensación. Si el trabajador que se iba tenía una vivienda en propiedad, la compañía se reservaba el derecho de adquisición preferente, herramienta que se empleó también para impedir la especulación. Asimismo, la compañía se reservaba el derecho de expulsar a los inquilinos que no respetaran las normas, aunque la Ley de Colonias Modelo permitía al expulsado recurrir la decisión (no del despido de la empresa, que no estaba regulado por la norma, sino de la expulsión de la colonia).

A cambio, la empresa adquiría una serie de obligaciones, como eran la de proporcionar una vivienda, mantener los servicios anteriormente citados (el dispensario, el economato, el asilo y a escuela), ayudar a las familias y contribuir a los estudios de los hijos mediante becas, y auxiliar a los vecinos que sufrieran cualquier dificultad. Con esta finalidad, a partir de 1675 se crearon las «Cajas de Ahorros y Montes de Piedad», donde se podían conseguir pequeños préstamos, bien a cuenta de salarios futuros, bien empeñando algunas propiedades. El auxilio a los vecinos llegó a incluir su defensa en los tribunales civiles.

La gestión de las colonias cambió con el tiempo. Inicialmente estaban bajo el control de un regidor nombrado por la empresa, pero pronto fueron auxiliados por concejos formados por los ciudadanos más destacados. Estos concejos fueron adquiriendo importancia hasta conseguir competencias que rivalizaban con las municipales.

Como era de esperar, el sistema no fue perfecto, y se produjeron abusos tanto por las compañías (con expulsiones arbitrarias, procedimientos abusivos en los economatos para mantener endeudados a los trabajadores, etcétera) como por los trabajadores-inquilinos. Aunque las compañías pretendieron negar la jurisdicción de los tribunales civiles, las Cortes de Monzón de 1662 reconocieron la competencia de los jueces. Los pleitos se hicieron tan frecuentes que en 1678 se promulgó la «Ley de Colonias Modelo» que regulaba las relaciones entre la empresa arrendataria y los inquilinos, fueran sus trabajadores o no.

Esta última disposición se estableció porque a lo largo del siglo XVII fue modificándose la estructura social de las colonias. Inicialmente hubieran debido ser un alojamiento dedicado exclusivamente a los obreros, pero poco tiempo después los regidores empezaron a autorizar la instalación de otros trabajadores (y sus familias) que no tenían relación con la empresa. En su mayoría eran artesanos, pero al poco se les sumaron comerciantes e incluso campesinos que preferían vivir en las urbanizadas colonias que en sus localidades de origen. Fueron vistos inicialmente con recelo, hasta comprobar que su llegada incrementaba la actividad económica e incluso los beneficios de las compañías a través de economatos, tabernas, etcétera. Algo después se permitió la instalación de negocios ajenos a la compañía, hasta que las colonias modelo se convirtieron en localidades autosuficientes que ya no dependían de la empresa para su crecimiento. Por ejemplo, según el censo de 1675, el barrio de la Figueruela tenía más habitantes que la antigua Murviedro, y en el de 1710 Sagunto (como fue denominado el municipio que incluía Murviedro, el barrio del Grao y las colonias modelo) tenía sesenta mil habitantes, superando a ciudades como Mallorca.

Las colonias modelo supusieron un serio problema de seguridad, ya que en ellas se alojaban trabajadores especializados conocedores de secretos industriales que eran ansiados por otras potencias europeas. Supuestamente, el «vasallaje empresarial» incluía la obligación de denunciar a los espías pero, no confiando en las voluntades de las gentes, en las colonias se establecieron puestos de la Inquisición Civil. Tenían, entre otras, la misión de controlar el movimiento de gentes, y para facilitarlo fueron los vecinos de las colonias los primeros en tener la obligación de portar una cédula de identificación. Con todo, la estructura de las colonias las hizo muy resistentes a la infiltración, ya que se asemejaban a pueblos donde todo el mundo se conoce, donde no había población flotante y los escasos viajeros eran vigilados.

Esas «colonias modelo» tuvieron importantes efectos sociales. Aunque con el tiempo las viviendas fueron apodadas despectivamente como «casas baratas», en realidad eran preferibles a los hogares de la época, salvo los de gentes pudientes, e infinitamente mejores que las ratoneras donde se alojaban los miserables de otras ciudades europeas. Además, como los servicios higiénicos y sanitarios hicieron que la mortalidad infantil disminuyera, las colonias crecieron rápidamente y muchos acabaron superando a la localidad de la que en teoría dependían. Gracias a la escolarización y a las becas de estudios, se convirtieron en semilleros de profesionales: según el censo de 1710, la cuarta parte de los profesionales españoles habían nacido en las colonias. Ejemplo fue Don Fadrique Álvarez Torres, que dirigió el Consejo de la Administración de la Compañía del Carmen entre 1721 y 1740, procedía de una familia de La Figueruela. Por otra parte, la promoción de los ideales de patriotismo y de fidelidad a la monarquía hicieron que muchos jóvenes escogieran el servicio en las armas como profesión; el almirante Don Felipe Rodríguez Lago, jefe del Almirantazgo entre 1715 y 1725, era hijo de un obrero metalúrgico de la colonia modelo de Santiago de Vigo.

La existencia de estos barrios también tuvo efecto sobre los territorios vecinos, especialmente los estados nobiliarios o de la Iglesia, ya que ofrecían un nivel de vida impensable para los siervos. Sus señores no tenían herramientas legales para retenerlos, y los intentos de emplear la violencia o la usura fueron condenados en las Cortes de Monzón de 1662. La única manera de conservarlos fue mejorar sus condiciones de vida, que solo fue posible mediante la modernización de los métodos agrícolas. Contrariamente a lo que temían sus poseedores, las fincas modernizadas incrementaron los ingresos de los aristócratas, no solo por las mayores rentas que producían, sino por el incremento de la actividad económica ligado al mejor nivel de vida.

Por último, las colonias se convirtieron en un activo político: sus vecinos no solo estaban ligados a la empresa por el contrato, o por vasallaje, sino que sabían a quién debían su nueva prosperidad, de tal manera que el bando modernista consiguió una clientela fiel en la que se apoyaría durante la crisis sucesoria. También actuaron como las colonias romanas, contribuyendo a la hispanización de los territorios de la Corona. Finalmente, al ofrecer un razonable nivel de vida y suficientes oportunidades a las familias, en el futuro habrían de mostrarse resistentes a la agitación social.



Tu regere imperio fluctus Hispane memento

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