Un soldado de cuatro siglos

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Domper
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Escuelas y botellines

Tras las fatigas del viaje dormí como un bendito hasta que escuché a los gallos saludar al sol. Pocos y lejanos, que en el Grao no había corrales. No he dicho que las manzanas como aquella en la que estaba la posada eran cuadradas y dejaban amplios patios interiores, parte destinados a carruajes y monturas, pero otros adornados con jardines para deleite y solaz de los que allí vivían.

Desayuné un tazón de chocolate, la bebida que traen de las Indias. Usted la conoce, pero no ha probado la receta que se ha puesto de moda, pues ahora mezclan el chocolate con harina, leche y azúcar para hacer un brebaje espeso pero agradable y que calma tanto la sed como el apetito. Lo acompañé con unos bollos suaves y el remate estuvo en un café, una bebida estimulante que los españoles ingieren tanto en sus casas como en unas tabernas que llaman «cafeterías». No tomé vino; no porque no lo hubiera, sino porque otros comensales no lo bebían, y ya sabe, en Roma, como los romanos. En mi estancia en España vi que aunque se consumían vinos, cervezas y licores, no lo hacían en las cantidades que toman nuestros paisanos, moderación recomendable para mantener sanos cuerpo y mente.

Al levantarme pude admirar un edificio que la noche anterior me había pasado desapercibido fue el palacio que era sede de la Compañía del Carmen. Usted ya conoce la importancia de esa marca que en medio siglo ha eclipsado a los banqueros florentinos, genoveses y alemanes. Por el decir de los valencianos, la compañía se debe al ingenio del Marqués del Puerto, al esfuerzo de sus seguidores, y a la adecuada relación entre nuevas ideas y buena gestión. La riqueza se hacía patente en el monumental palacio y en los jardines que lo rodeaban, abiertos para el disfrute de todos los valencianos.

Esa mañana me presenté a las autoridades. Lamentablemente, no pude conocer al Marqués del Puerto, que estaba de asueto en una de sus villas. Allí me presentaron al que iba a ser mi guía, Don Eustaquio Pérez de Trévago, que se había trasladado a Valencia esperando mi llegada, ya que el rey Don Felipe le había encomendado mi persona. Don Eustaquio era un castellano serio, originario de Soria, una pequeña ciudad perdida en la meseta castellana. Esperaba que fuese pequeñajo y renegrido, como suponía a los hispanos, aunque mi viaje ya me estaba demostrando que no todos eran así. Además, cualquier duda quedó despejada al verle, pues era un hombretón que me sacaba medio palmo de alto y ancho, de piel clara y pelo pajizo más propios de alemán. Ya saben que en Praga dicen «orgulloso como un español», pero tal adjetivo no cuadraba del todo al que se convertiría en un estrecho amigo. Orgullo tenía, desde luego, pero por su país, cualidad que difícilmente criticaré. Además, motivos tenía, como le describiré en estas cuartillas que le envío.

Don Eustaquio notó como apreciaba su altura, y en seguida me dio razones. A lo visto, que un hombre sea alto o bajo no solo depende de cómo eran sus padres, sino también de los alimentos ingeridos durante la infancia y de las pocas enfermedades. El cirujano Don Francisco de Lima, otro personaje al que hubiera deseado conocer, pero que también estaba realizando una comisión, había dirigido una labor hercúlea destinada a erradicar enfermedades y a mejorar la alimentación. Según Don Eustaquio, las Juntas de Vigilancia Sanitaria no solo cuidaban de acabar con muchos males, sino que se preocupaban en mejorar la alimentación de los infantes, de tal manera que la nueva generación de españoles sacaba un palmo a sus padres e impresionaba al más pintado.

Aunque no dudé de sus palabras, Don Eustaquio quiso demostrármelo, y al día siguiente visité un colegio. Me adelantaré al describirlo. Era una hermosa institución que regentaban los Padres Escolapios, y a la que los valencianos más pobres llevaban a sus hijos, pues desde las reformas del Marqués del Puerto, la enseñanza era de balde. Mejor todavía que de balde, pues la familia que llevaba allí sus vástagos recibía una ayuda para alimentarlos.

En las aulas los padres y hermanos de la orden enseñaban las primeras letras, la religión, urbanidad, historia sagrada y universal, y daban gran importancia a la filosofía natural. No todo eran clases, que había lugar para esparcimiento. Cuando llegué, en el recreo se repartía una colación con leche, pan y fiambre, que los niños ingerían con gusto. Los infantes vestían un uniforme que, según Don Eustaquio, no solo suponía ahorro en ropajes, sino que servía para no crear diferencias entre ricos y menesterosos. En ese patio los niños jugaban, pero también se ejercitaban en carreras y saltos. Esas criaturas, a pesar de haberlas de humilde extracción, tenían un aspecto tan saludable como si fueran de familias nobles, y exhibían modales propios de ricoshombres. Don Eustaquio me dijo que en esas escuelas estaba el secreto de España: no en los cañones, no en los fusiles, sino en los niños que se convertían en hombres hechos y derechos, prestos a aprender las maravillas que el Creador nos dejó en el mundo.

Pregunté a Don Eustaquio si no le parecía un derroche gastar dineros en la educación de menestrales; es más, incluso me permití señalar que las escuelas podrían insuflar ideas peligrosas a quienes Dios Nuestro Señor destinó a tareas serviles. El español coincidió en parte, y me confesó que el Marqués del Puerto, el iniciador de las nuevas ideas, había advertido de la importancia que tendría prestar atención a las necesidades populares. A cambio, la educación les hacía más valiosos y, sobre todo, permitía aprovechar el genio que también aparece entre los pobres. Según me dijo, los mejores estudiantes recibían becas para continuar sus estudios, algo que no solo beneficiaba a la nación, sino que satisfacía a aquellos que de lo contrario pudieran ser foco de resentimiento. La educación, me dijo Don Eustaquio, permitía que desde la más humilde cuna se pudiera llegar a la Corte.

Me costó más entender que también hubiera colegios para niñas ¿de qué le servía a una villana leer o escribir? Don Eustaquio me dijo que instruyendo a las féminas se mejoraba la de las familias y de sus vástagos, aparte que también en el sexo débil aparecían luminarias para provecho de la nación.

Como le dije, me he adelantado, porque empleé ese primer día en presentarme a las autoridades civiles, eclesiásticas y militares. Después me convidaron a un ágape un tanto excesivo, que no tuve otro remedio que reposar. Por la tarde Don Eustaquio me propuso un paseo hasta a la playa. Allí tomamos un refrigerio acompañado de cerveza. He de decirle que no era como la nuestra; de sabor se parecía, pero la servían en botellas con corcho, ya que se acompañaba de vapor y espuma que la hacían agradable, y además estaba tan fría que casi helaba, pues en ese lugar también disponían de una máquina de frío. No dejé de admirar las botellas, pues me parecieron iguales en factura. Don Eustaquio me lo confirmó: esas botellas no las confeccionaban artesanos vidrieros, sino que se hacían en grandes máquinas movidas con fuego de carbón.



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Adenda: Estimado tío, no será necesario que insista en cuánto beneficiaría al Imperio una compañía similar a la del Carmen. Debo señalar que los valencianos atribuyen el éxito a ser una institución privada que no está sujeta al capricho de favoritos y recomendados. Lamentablemente, cuando lo decían me venía a la memoria nuestra Corte Imperial. Es de esperar que la sapiencia de nuestro señor el Emperador sea capaz de domeñar esos intereses espurios que tanto perjudican al Imperio.

Por otra parte, le ruego que investigue la posibilidad de imitar el sistema de educación valenciano. No le sugiero que se eduque a las niñas salvo para desempeñar las tareas domésticas, pues más gasto me parece un despilfarro, pero sí a los varones. Le repito aquí la sentencia de uno de los padres escolapios, que me dijo que más provecho hace a la nación y a la religión un ingeniero que cien labriegos, y que en la instrucción estaba el futuro español. Desde mi limitado entender, creo que tiene razón.

Hay un detalle que deseo subrayar, que es el escaso valor que se da en Valencia a objetos que en nuestra patria son caros. Ejemplo fue el de los botellines de cerveza. En nuestra tierra solo se emplean las botellas para los vinos más selectos, y ningún cervecero en su sano juicio utilizará el carísimo trabajo de un vidriero para conservar su villano caldo. Fue tal mi sorpresa que Don Eustaquio lo advirtió y me dijo que esas botellas se confeccionaban con un sistema mecánico que permitía que un vidriero hiciera centenares de botellas cada día. No se tiraban, que no son tan locos los valencianos, sino que se retornaban para rellenarlas. Aun así, no eran pocas las que era preciso reponer. Aunque el detalle de las botellas parezca menor, piense que talleres similares pueden fabricar armas para el ejército. Le ruego que haga saber al emperador de la importancia de proveerse de esas máquinas, si no queremos que nuestra nación quede atrás.



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La recepción

Tras la visita al colegio que le relaté en mi anterior misiva, fui invita-do a la recepción que iba a dar Don Antonio Chapí, un acaudalado ricohombre que poseía varias de esas fábricas que tanto me interesaba ver. He de decir que Don Antonio no pertenecía a la nobleza, sino que era un burgués que había sabido aprovechar los adelantos tecnológicos para crear un emporio que, según me dijo Don Eustaquio, producía rentas que dejaban chicas a las de cualquier archiduque.

La recepción fue en el palacio que la familia Chapí tenía en el Grao. Siguiendo la costumbre española, por fuera era discreto, pero el interior tenía lujos que no desmerecerían en el palacio imperial. No tanto por ador-nos, sino por comodidades. Las dependencias eran tan amplias como pudiera esperarse, y resultaban acogedoras aunque no hubiera tapices que abrigasen las estancias. Pensé que se debía al benigno clima valenciano, pero Don Eustaquio me dijo que se era gracias al nuevo estilo de construc-ción, que incluía, entre los recios muros del exterior y el cálido interior, una fina cámara de aire que aislaba mejor que cualquier tapiz, por no citar la maravilla que es ver los cristales que protegen las ventanas no solo de ese palacio, sino de numerosas casas valencianas. Un lujo que en nuestra tierra es exclusivo de archiduques, al alcance de cualquier menestral.

En el palacio había luz a raudales, primero por los grandes ventana-les, luego por unos quinqués de gas que eran de un diseño interesante, pue no solo tenían el conducto que llevaba los vapores, con una pequeña llave para controlar cuánto entraba, sino que la llama estaba rodeada de una redecilla de metal que, calentada por la flama, emitía una luz blanca brillante. Una jarra de cristal protegía la luminaria.

Como le he dicho, en las paredes no había tapices sino magníficos cuadros. Destacaba un gran retrato del rey Felipe IV, y a sus lados estaban los del señor y de la señora. Había otros de familiares, y también de paisa-jes más o menos bucólicos. En otra galería admiré dibujos de barcos de la naviera Chapí. Junto a las paredes había preciosos muebles de maderas finísimas, unos simplemente barnizados, otros laqueados, y en varios descubrí la inconfundible manufactura china. No puedo ni imaginar el precio de esos enseres, de los que había buen número.

Fui introducido al salón donde me presentaron a los señores de la casa, que me felicitaron por mi conocimiento de la lengua castellana. Ya le dije que en Valencia, además del español (o castellano, como ahí lo lla-man), se hablaba la parla valenciana, pero la recepción fue exclusivamente en español, supongo que por deferencia a mi persona. Luego pasé al salón, en el que un grupo de músicos tocaba una música que no reconocí, pero que, según el programa, había sido escrita por Don Francisco de Lima, un hombre polifacético que además de cirujano, general y marino, es músico de renombre.

Fueron llegando los otros invitados, todos personajes de alcurnia. No solo burgueses, sino también pertenecientes a la nobleza valenciana, e incluso algún clérigo, señal que la diversión iba a estar más dirigida al espíritu que al cuerpo. No me equivoqué, pues no hubo baile, sino que la música alternó con lecturas literarias y con interesantes debates filosóficos. El tema de ese día, por sorprendente que pueda parecerle, era la economía del reino, y como se influía por la cantidad de metal precioso circulante. La discusión fue animada, demostrando el interés que había en el progreso del país.

No le engañaré al decirle que no entendí demasiado de lo que allí se decía. Hablaban de «inflación», que es el encarecimiento, de «índice de precios», cuyo cálculo es, por lo visto, más complejo de lo que parece, porque lo hacían según los alimentos, ropas, lujos y muchas cosas más. Se habló de salarios, de los intereses de los préstamos, de impuestos y del fomento del reino. Lo realmente interesante era que el debate no iba a ser huero, ya que entre los asistentes estaba Don Siresio de Perelló, el presi-dente del Real Banco de San Vicente Ferrer, el principal del reino de Valencia. Don Siresio no perdía palabra de lo que allí se decía.

La discusión no era anárquica, sino que alguno de los invitados pro-nunciaba una corta disertación sobre la que luego se trataba. El señor de la casa intentaba conducir el debate, para que no se agotara en polémicas inútiles y menos aun en enfrentamientos. Cada poco interrumpía la charla para que pudiéramos escuchar la música, pasear, charlar con los otros invitados, o tomar un refrigerio con los alimentos de exquisita factura que estaban preparados en una gran mesa y que dos criados servían. Había vino, pero los asistentes se decantaban más por bebidas ligeras como el chocolate, el café o el té, productos importados de lejanas tierras pero que en Valencia eran comunes, otra muestra de la riqueza del reino.

Curiosamente, las féminas también estaban interesadas en lo que allí se decía, y aportaban sus ideas, que en no pocos casos eran de valor. La dueña de la casa insistía en que no se olvidase el papel que las mujeres tenían en asuntos económicos, pues no eran pocas las que se esforzaban en talleres, cosiendo, hilando o lavando, más las muchas que trabajaban en las nuevas fábricas. He de confesarle en que nunca lo hubiera pensado, pues damos por hecho que es el varón el que proporciona sustento a su esposa, cuando resulta que el sexo débil trabaja tanto o más. Lo más interesante que señaló la señora fue el efecto en el incremento de la población que pudiera tener la incorporación de las mujeres a tareas más productivas en las fábricas. Jamás hubiera pensado como un factor que hasta ahora no había advertido, pudiera afectar al progreso del reino. Escuchando las ideas de la señora, pensé que tal vez no fuera tan mala idea la educación de las mujeres.

A medida que transcurría el tiempo los temas pasaron a ser más ligeros, para no cansar a los presentes, hasta que se dio por finalizada la velada y llegaron los carruajes para los invitados. Don Eustaquio me propuso un paseo hasta la posada, que no estaba alejada. Me preocupó andar por las calles a horas tan avanzadas, pero el español me dijo que no temiera, que los rateros no se atrevían a asomar el morro, y no me extrañó al ver las parejas de la guardia urbana que patrullaban las calles iluminadas.



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Adenda: Amado tío, a mi vuelta le relataré con más detalle la discusión de la velada, pues creo que puede tener gran interés para el imperio. Baste decir que esos señores decían que la mejor manera de controlar los asuntos económicos era sustituir en lo posible el metálico circulante por monedas y billetes, en realidad «certificados de oro» que podían canjearse en cualquier banco. Según aducían, tendrán que estar respaldados por los metales preciosos de Ultramar, aprovechando que gracias las reformas promovidas por el Marqués del Puerto (otra vez ese gran hombre, qué lástima no haberlo podido conocer), la nación española ha conseguido liquidar sus deudas, y los caudales de las Indias ya no se destinan a llenar bolsillos genoveses. Al contrario, con esos oro, plata y piedras preciosas se está creando un inmenso tesoro.

Ya sé que esos certificados de oro no son nada nuevo, y que los banqueros los emplean desde tiempos inmemoriales. Lo crucial era que propusieran sustituir el metálico, al menos al de mayor valor, de tal manera que el Real Banco tendría una herramienta con la que influir en la economía. Hasta podría financiarse sin tener que recurrir a banqueros alemanes o italianos, ya que si necesitaba dinero le bastaría con adelantar la emisión de certificados. Peligrosa teoría me pareció, pues dependerá y mucho de la sensatez de banqueros y gobernantes, ya que también se dijo que, si se emitían certificados en demasía, su precio se hundiría incluso con el respaldo del tesoro de metales preciosos. A cambio, tal medio puede aliviar a los monarcas de las gravosas deudas ya que, según dijeron, así se pide prestado no a un usurero de otra tierra, sino a los súbditos del reino, que son los más interesados en su progreso.

Muy por encima comentaron otra cuestión que callaron al poco, seguramente por no saber si era apta para mis oídos. Una de las causas por las que proponían sustituir el metálico circulante por esos certificados era que no querían que su economía dependiera del hallazgo de metales preciosos. Creen que la plata americana ha sido la que ha mantenido a holandeses, franceses o ingleses. No directamente, desde luego, pero al emplearla para pagar a sus acreedores genoveses y alemanes, han permitido que la economía de esos países funcione con una fluidez que sería imposible de otra manera. Dicen que, sin metales americanos, la escasez de circulante hace que sea cada vez más apreciado, causando un efecto que llaman «deflación», es decir, una bajada de los precios que, por extraño que parezca, no resulta beneficiosa. El desarrollo de la nación necesita que los comerciantes y sus clientes dispongan de monedas con las que pagar. Si no las hay, el valor del oro se dispara, de tal manera que el poco que hay desaparece, pues la gente lo atesora pensando que cada día tendrá más valor, y al final la economía se paraliza.

Lo realmente importante, por lo que entendí, es que cuando España atesora el oro y la plata de América lo que está haciendo en realidad es atacar la riqueza de las demás naciones europeas. Amado tío, esa conferencia me trajo a la cabeza que Hans Pieter me dijo poco antes de iniciar el viaje que había gastado bastante menos dinero al adquirir los enseres necesarios. Me temo que pueda ser por esa falta de circulante, que repercute en nuestra nación aunque España no esté limitando las relaciones comerciales con nosotros. Si eso pasa en Viena o en Praga, no quiero ni imaginar lo que pueda ocurrir en Francia o Inglaterra. Es posible que sus reyes tengan que recurrir a esos certificados de oro, aunque sin el respaldo del tesoro español.

Yo no sabría pronunciarme sobre la bondad de tales teorías económicas, y de sus efectos en otras naciones europeas, pero creo que será de su interés conocer que el reino de España está meditándolas. En cualquier caso, pienso que estos asuntos son de tal gravedad que se debiera limitar su conocimiento, tal vez solo a su Majestad Imperial. No piense que dudo de usted al escribir esto; al contrario, es confiando en su criterio por que le confieso asunto de tal gravedad.



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Adenda a la edición española. Esta nota cifrada es la más larga de las escritas por Von Harrach. Debe considerarse el enorme esfuerzo que llevaba cifrar una carta con los medios de la época. Incluso un medio mecánico como el «disco de Alberti» requiere mucha labor manual. Cifrar esa nota pudo suponer horas de tedioso trabajo, siendo indicio de la importancia que Von Harrach dio a la cuestión.

Sin que el viajero lo supiera, cifrar una carta larga con el método de Alberti suponía un serio riesgo. En la época se consideraba indescifrable. Sistemas polialfabéticos como el cifrado de Vigènere se pensaba que eran completamente seguros, ya que no se sabía que los criptoanalistas españoles habían creado un método de ataque que combinaba el análisis de frecuencia con el de periodos.

El disco de Alberti estaba pesado para facilitar el cifrado y consistía en dos discos con alfabetos, el exterior con las letras en orden, y el interior desordenadas. Así se producía un cifrado monoalfabético que resultaba trivial atacar. Sin embargo, si se iba variando la posición de los discos el cifrado pasaba a ser polialfabético. Alberti empleaba periodos y desplazamientos fijos (por ejemplo, se hacía rotar el disco interno una posición cada cuatro caracteres); en ese caso, seguía siendo vulnerable al análisis de frecuencia, y la seguridad también dependía de que el enemigo no consiguiera capturar un dispositivo.

Sin embargo, el recientemente organizado «Geheime Kabinettskanzlei» (gabinete secreto) había ideado un método que creía invulnerable incluso si el enemigo lograba copiar el disco. Para ello, tanto el periodo como el desplazamiento pasaba a ser variable, según una clave secreta que contenía tanto el periodo como el desplazamiento; temiendo por la seguridad de las claves (ya que no era raro que los sirvientes vendieran secretos), la clave no se anotaba, sino que consistía en una palabra relativamente sencilla y fácil de memorizar. SE creyó, además, que emplear letras en lugar de números supondría una dificultad adicional para los criptoanalistas enemigos.

Cuando se cifraba el mensaje (labor que probablemente hacía Hans Pieter, el criado personal de Von Harrach), este dividía la clave en dígrafos, y cada uno, en números: el primer dígrafo, «ER», significaba 5 – 18 (la posición de las letras en el alfabeto): el operador giraba el disco interno cinco pasos, y cifraba las ocho primeras letras: nótese que solo se empleaba la última cifra para que tanto periodos como desplazamientos fueran más cortos. Luego tomaba el segundo dígrafo («NE», decodificado como 14 – 5, es decir, 4 - 5) y repetía el proceso: giraba el disco interno cuatro pasos, y cifraba los cinco siguientes caracteres, y así sucesivamente; al llegar al final, se añadían varias equis hasta que la longitud del mensaje era un múltiplo de la clave. Para descifrar el mensaje se seguía el procedimiento, pero a la inversa, comenzando por el final. Una complejidad adicional estuvo en el empleo de libros de códigos, de tal manera que el mensaje primero se codificaba y luego se cifraba. Sin embargo, no fue el caso de Von Harrach, seguramente por creer que para los españoles sería fácil copiarlo.

Por desgracia, el sistema se basaba en la creencia que un cifrado de Alberti con periodo variable era seguro, algo que no era cierto. Si el mensaje era suficientemente largo, seguía siendo posible el análisis estadístico. De ahí que elegir una clave corta, creyendo que así sería más segura, resultó un error garrafal. También fue un fallo que la clave fuera fija para cada corresponsal: significaba que los criptoanalistas podían trabajar sobre varios mensajes cortos como si fuera uno largo. Otro error fue el de las letras X del final del mensaje, ya que revelaban la parte final de las claves. Además, Von Harrach cometió uno muy grave, ya que sus mensajes estaban escritos en alemán formal, con amplio uso de artículos y conjunciones; por eso se cree que era Hans Pieter el encargado del cifrado, ya que de haber tenido que hacerlo el noble, sus textos hubieran sido menos ceremoniosos. Eso quiere decir que los españoles podían buscar grupos de dos o tres letras que se repitieran, y asumir que eran «er», «der», «und», etcétera. Finalmente, las cartas contenían varias veces la palabra «tío» (onkel), muchas veces al inicio del mensaje.

El resultado no solo fue que la Inquisición Civil consiguiera descifrar los mensajes de Von Harrach, sino que quedase comprometida toda la correspondencia diplomática imperial, con la ventaja esperable para la diplomacia española.

Paradójicamente, España también estaba empleando un sistema derivado del disco de Alberti. La diferencia estaba en la seguridad de las claves. Se empleaban discos múltiples, y el operador escogía el adecuado consultando un libro, que también contenía larguísimas series de parejas de números que indicaban el periodo y el desplazamiento. El operador escogía el número según una operación matemática basada en la fecha, en una clave personal, y en otra clave que encabezaba el mensaje (que se cifraba según la posición inicial de los discos). Aumentaba la seguridad que los mensajes tuvieran añadidos sin valor tanto al principio como al final (prohibiéndose las series de letras), y que cada cincuenta caracteres (ya que la longitud de los números del libro de claves era cien) hubiera que insertar una nueva clave y cambiar de línea. Como resultado, el «cifrado español», aunque más engorroso que el imperial, se mantuvo seguro hasta que se desarrollaron los primeros ordenadores. Aun así, su empleo fue temporal, ya que a partir de 1690 se empezaron a distribuir los primeros sistemas mecánicos de cifrado, algo menos seguros, pero más prácticos.

Por otra parte, el contenido de la nota muestra la perspicacia del viajero, que fue capaz de advertir que España había iniciado la guerra económica contra sus rivales europeos controlando las exportaciones de metales preciosos. Ya en 1659 la Hacienda española había conseguido amortizar la deuda de la Gran Guerra (también llamada guerra de los Treinta Años), y no requirió financiación externa para la guerra de Dunkerque. A partir de entonces se limitaron las exportaciones de oro y plata: aunque en esa etapa los socios venecianos de España adquirieron grandes partidas de materias primas en Europa (madera, minerales y cereal, sobre todo, destinados en realidad al Imperio Español), se pagaron con productos manufacturados. Mientras, España exigía pagos en metálico o en materias primas para el comercio directo, que consistía sobre todo en artículos de lujo, y en bienes de ultramar como el azúcar.

La excepción de esta estrategia fueron las potencias católicas. Aunque hubo fases de deflación, se compensaron en parte con la introducción de nuevas tecnologías, y también con préstamos a bajo interés, cuando no subvenciones. En 1671, cuando Von Harrach todavía estaba en España, Viena recibió una ayuda de ocho millones de reales de plata destinados a la preparación de la campaña contra los otomanos. La ayuda equivalía nada menos que a la producción de las minas de Potosí de un año, aunque por entonces la extracción de plata en el virreinato de Nueva España superaba a la peruana. Fueron estas remesas las que sustentaron la economía imperial.

Por el contrario, en las naciones hostiles como Francia, Inglaterra, Suecia o China se produjeron los efectos predichos. La falta de circulante llevó a una contracción de las transacciones que paralizó sus economías. Los monarcas intentaron prohibir las exportaciones de oro y plata (con escaso resultado), prohibieron atesorar metales preciosos (con aun menos éxito) y acuñaron moneda de baja ley. Como era de esperar, esta moneda tuvo pésima acogida, y su minusvaloración hizo que en las postrimerías del siglo XVII alternasen fases de deflación con otras de superinflación. Como los apurados monarcas redujeron aun más la ley, en 1680 el luis francés, supuestamente de oro, solo contenía una cuarta parte de este metal. El comercio interior francés se redujo a apenas la mitad del de veinte años antes, volviendo a la economía de trueque. Los banqueros y los comerciantes se arruinaron, igual que ocurrió con la industria artesanal que no podía competir con los productos industriales, que llegaban bien contrabandeados, bien mediante mercaderes italianos.

Se ha cuestionado que Von Harrach consiguiera deducir esta estrategia económica y sus consecuencias de lo escuchado en un descuido de los contertulios valencianos. A pesar de su inteligencia, que no era escasa, resulta probable que esa confidencia se hiciera aposta. Incluso se ha sugerido que la historia no fuera real, sino que fuera informado directamente, tal vez por Don Eustaquio Pérez de Trévago, al que se cita repetidamente en el archivo de la Inquisición Civil. Sería extraño que la Inquisición no supiera que Von Harrach era un enviado del emperador Leopoldo, y que le informaba directamente. Además, sorprende que Von Harrach exigiera a su tío que guardara el secreto, desentonando con el tono respetuoso de otras notas. Tal vez fuera una manera de adelantar la noticia, que el viajero explicaría más detenidamente a su vuelta a Viena.



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La ciudad vieja

A la mañana siguiente, al ser el día del Señor, me preparé para acudir a los oficios religiosos que se iban a celebrar en la espléndida catedral valenciana. Don Eustaquio, mi guía y ya amigo, se acercó para recogerme con su calesa, que nos llevó hasta la plaza de la catedral.

Cruzamos el río Turia por un gran puente de masonería, que parecía demasiado para un riachuelo que bajaba casi seco. Sin embargo, me dijo Don Eustaquio que era una corriente traidora que engañaba por su aparente mansedumbre, y que periódicamente enviaba enormes avenidas que anegaban los barrios de extramuros. Estaba en proyecto la construcción de un enorme cauce al sur de la ciudad que aliviara las inundaciones.

Entramos en la ciudad vieja no por puertas, sino por grandes pasos abiertos en las murallas. Según me explicó Don Eustaquio, la preservación de las murallas medievales había llevado a un enfrentamiento entre el Marqués del Puerto, que en su etapa de virrey prohibió su demolición para que sirvieran de monumento, y el consejo de la ciudad. A los valencianos les agradaban las murallas, pero les disgustaba que estuvieran oprimiendo el desarrollo de su urbe. Al fin llegaron a un compromiso: se conservaron todas las puertas y la mayor parte de los lienzos, aunque se abrieron pasos a ambos lados de las puertas más adornadas. A cambio, se demolieron los edificios adosados a los muros, para crear una gran avenida que rodeaba la ciudad. Otra similar se abrió extramuros, de tal forma que la Ciutat Vella (como la llaman) quedó rodeada de admirables avenidas y de relajantes jardines, haciendo que más que ciudad pareciera palacio.

Observé que el acceso a la ciudad era franco, y Don Eustaquio me lo confirmó. No se temía la llegada de enemigos, y desde hacía años se habían abolido las aduanas, liberando el acceso de mercancías. Algo que me sorprendió, y que mi amigo me explicó después de la misa.

Viendo calles y edificios podía ver que la ciudad vieja ya no era el hogar de los pudientes, sino de artesanos y menestrales. Aun así, se notaba que el fulgor del barrio del Grao se le había comunicado. Se derribaban casas para sustituirlas por otras de buena factura, las calles se ensanchaban y se pavimentaban, se excavaban cloacas y también había faroles.

En esto llegamos a la catedral, en cuyo interior también había farolas que evitaban el lúgubre aspecto de otros templos, sin que fueran necesarias miríadas de velas. En el altar mayor se oficiaron los servicios religiosos. Que en nada se diferenciaban a los de nuestra tierra, con la única diferencia del sermón, del que no entendí ni una palabra al decirse en valenciano. Tras el Ite missa est, Don Eustaquio me enseñó el templo, aprovechando para orar ante la más preciada reliquia, el Santo Grial de la Última Cena. En otra capilla se conservaban recuerdos más mundanos. La presidía la imagen de Nuestra Señora de Argel, que estaba escondida tras un muro y que un cañonazo descubrió. Estaba flanqueada por trofeos conseguidos por los valencianos, destacando las cadenas del puerto de Marsella, y los estandartes tomados a franceses y turcos, que rendían pleitesía a la sagrada imagen.

Luego paseamos por las calles. La gente que por ellas paseaba vestía sus mejores galas. Ya no estaban de moda los severos trajes negros, sino que se adornaban con notas de vivos colores. Los vestidos de las féminas eran impresionantes gracias a los tonos de las telas valencianas, cuya fama llega hasta Praga. Los paseantes se saludaban, y muchos se sentaban en las mesas que los taberneros habían dispuesto en las calles. Allí tomaban breves colaciones de platillos muy gustosos, pensados para ser ingeridos de un bocado, que llamaban «aperitivos», y que hacían pasar con el auxilio de vinos finos. He de señalar que se bebía con moderación y no hasta la ebriedad, y que esas tabernas hacían gala de limpieza y orden, nada parecido a los figones que infestan otras ciudades.

Sentados en una de esas terrazas y disfrutando del buen tiempo, pregunté a Don Eustaquio por la ausencia de aduanas en las puertas. La conversación me pareció tan instructiva que intentaré relatarla.

—Don Eustaquio, queda pendiente que me expliquéis lo de las murallas.

—Don Ferdinand, ya conocéis el poder de las armas españolas. El último ejército que se atrevió a atacar Valencia fue aniquilado a cinco días de aquí.

Don Eustaquio me relató la terrible batalla de Alcalá de Xivert, donde un ejército francés fue aplastado, pereciendo incluso su jefe, el hasta entonces famoso Condé. También me dijo que por mar tampoco existía amenaza gracias a las disposiciones de la Armada. En cualquier caso, si alguna cuadrilla de maleantes intentara infiltrarse, se encontraría con la guardia urbana, con las milicias, y con la Guardia Civil, una fuerza de policía creada por el Marqués de Camarasa. Esa guardia estaba sujeta a la disciplina militar, y era capaz de enfrentarse tanto a ladronzuelos como a bandoleros o piratas. Sin amenaza, las murallas, me dijo, no eran sino cinturón que constreñía. Se habían abierto, aunque salvaguardando lienzos y torres no ya como defensa sino para adorno y esparcimiento.

–Entiendo que ya no se necesiten esas defensas, pero ¿No son útiles para cobrar las gabelas a las mercancías que entran en la ciudad?

—Es que ya no se cobran. La entrada es libre.

Yo mostré mi extrañeza, y Don Eustaquio me estuvo explicando las razones.

–Don Ferdinand, intentaré exponerle cómo se organiza el comercio en el Reino de Valencia, aunque he de advertirle que no es mi campo de conocimiento. Si desea conocerlo en profundidad deberá leer el libro «De la salud de los reinos de España» que escribió hace unos años Don Vicent de Llompart, un sabio que por desgracia no os podré presentar porque estos días está en Madrid. Según Don Vicent, la inmensa mayoría de las normas y reglamentaciones no están dirigidas al progreso, sino a proteger a los malos trabajadores.

Me sorprendió lo dicho, que Don Eustaquio explicó.

—Don Vicent escribió que cuando dos comerciantes se reúnen, lo hacen para conspirar. Que son los enemigos del progreso, pues supone riesgo, y ellos prefieren conservar las regulaciones que les protejan. Un ejemplo lo tenéis con los vinos, y ahora podréis comprobarlo —mi amigo llamó al mozo, que al momento trajo dos botellas—. Os he traído a este establecimiento por ser excelente muestra de lo que os digo. Probad los dos vinos, y decidme.

Eso hice. El primero me supo a gloria, era un caldo fino suavemente especiado. El segundo… Ni para vinagre valdría.

—Veo que no os ha gustado el segundo. El primero lo traen de Albaida, una localidad a ochenta millas, mientras que este que tan poco os ha agradado es producido aquí mismo, en unas fincas no muy lejanas al Grao. El mesonero lo trae no por bondades que no tiene, sino para que podamos compararlo con sus otros licores. Pues bien, hasta hace no demasiado, en la ciudad de Valencia no podía entrar vino hasta que no se consumía este brebaje local. Como podréis imaginar, a los labradores les convenía tal disposición, pues podían seguir engendrando esta especie de vinagre a sabiendas que los valencianos estaban obligados a beberlo. Peor aun, tenían más salvaguardias, ya que para poder vender vino se necesitaba una autorización que eran ellos quienes la daban. Como podréis imaginar, no tenían ningún interés en producir algo parecido a vino. Al contrario, lo único que deseaban era sacar más cantidad, aunque apenas fuera agua teñida con hollejos, ya que de todas maneras los valencianos iban a comprarlo.

Al escuchar lo del agua miré con aun más reparo a ese licor de color indefinido. Don Eustaquio siguió.

—Mientras, en Albaida los vinateros desesperaban, pues encontraban todo tipo de obstrucciones para vender sus caldos. Pues no dependían de la bondad de la cosecha, sino del capricho interesado de los regidores, y de si en Valencia habían mezclado más o menos agua. Decidme ¿creéis que tal situación favorece en nada al reino?


Concedí que no, pero repuse que si en Valencia entraba vino de Albaida, los labradores valencianos lo pasarían mal. Pero Don Eustaquio tenía respuestas para todo.

—Tenéis razón, pero solo en parte. Porque en Valencia el terreno no es bueno para la vid, pero sí para otros cultivos, como las naranjas que producen el jugo que habéis tomado en el desayuno. Los labradores valencianos sensatos arrancarán sus parras para poner naranjos. Los que no sean sensatos… ¿Creéis que el reino debe depender del privilegio de vagos y de tontos? Es lo que dice Don Vicent, que las barreras solo benefician a los malos trabajadores, y que el reino se beneficia de su eliminación. No solo se trata del vino. Ayer hablasteis con Don Heriberto, que os invitó a visitar su fábrica de camisas ¿No es así? Imaginad qué sería de su factoría si dependiera de los sastres de la ciudad. Don Heriberto tendría que cerrar y los valencianos irían desnudos, solo para que tejedores y sastres siguieran con los ineficaces medios de sus abuelos. Pues si malas son las aduanas, peores son los gremios. Suponed que uno de vuestros menestrales ideara una manera de hacer botas mejores y más baratas ¿creéis que el gremio de los zapateros se lo permitiría?

No pude menos que aceptar sus argumentos. Ahora bien, también aventuré que todos esos tontos, vagos, así como muchos hombres honestos pero renuentes al cambio, se opondrían con todas sus fuerzas a la abolición del sistema que les amparaba.

—Cierto es, Don Ferdinand, pero Valencia y España tuvieron la fortuna de gozar del genio de Don Pedro Llopís, que durante su virreinato consiguió convencer a los más de lo beneficioso de sus ideas. Aquellos lugares que aceptaron sus disposiciones, progresan, y los que no, languidecen. Si no cambian se despueblan, ya que sus gentes son atraídas a Valencia, donde se da el justo valor a su esfuerzo.



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Mensaje por Domper »


Adenda: Amado tío, con esta carta os adjunto la obra de Don Vicent de Llompart. Os adelanto que sus argumentos son de tal peso que yo no he sido capaz de encontrarles fallos, aunque asumo mi desconocimiento de la filosofía económica. Tal vez usted conozca eruditos que sepan analizarlo mejor que yo. En cualquier caso, esa es la tendencia que se sigue en el reino de Valencia y, por lo que he oído, se está implantando en todos los territorios españoles.

No se me oculta que el progreso que tales medidas puedan traer, también se acompañará de sucesos que tal vez no sean tan convenientes. No sería de extrañar que los sirvientes prefieran marchar a otras ciudades que permanecer en los estados nobiliarios o clericales, y que las instituciones religiosas, que en tanto dependen de sus fincas, se encuentren arruinadas en la competencia con labriegos ingeniosos. Aunque Llompart repita que el desarrollo del reino es hacer la obra de Dios, no sé hasta qué punto lo será si trastoca el orden natural. Peligrosas ideas, pero que España está adoptando, y de ahí que crea conveniente que las conozcáis.



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Mensaje por Domper »


Teatro, fallas y juegos

Los valencianos aprovechaban los días de asueto no solo para asistir a los oficios religiosos y luego disfrutar de aperitivos, sino para acudir a espectáculos. Usted ya sabe la afición que hay en tierras españolas por el teatro. Esa tarde representaban una de un tipo nuevo que llamaban «zarzuela» en la que se mezclaba teatro, música y bailes. El compositor era Don Antonio Teodoro Ortells, de merecida fama, y el texto, para mi sorpresa, era obra de una fémina, Doña Laura Mauricia, aunque Don Eustaquio me dijo que el nombre era falso ya que se rumoreaba que era mujer de alta alcurnia. Curioso país donde hasta las mujeres se atreven con las letras.

La obra era una comedia de costumbres que, sin parecerme una obra maestra, resultó entretenida. La música, además, denotaba la influencia del Cirujano General, ese hombre polifacético que lo mismo reparaba sesos que conquistaba ciudades o componía excelentes canciones. Presenciamos la obra desde un palco, ya que en el patio se sentaban gentes pudientes pero no ricas, y las gradas, que llamaban «gallinero» por su parecido al aposento de tan detestables animales, lo ocupaban gentes bajas, que todas iban al teatro en Valencia. A pesar de su humilde origen, se comportaron con corrección, y aunque aplaudieron ruidosamente a los actores, solo lo hicieron cuando la música se detenía.

La semana siguiente era especial en Valencia, ya que el sábado diecinueve era el de San José, que se celebraba con hogueras en las que ardían curiosas figuras, algunas alegóricas, otras jocosas y un tanto irreverentes. Costumbre nueva. No la de los fuegos, que era ancestral, sino el quemar figuras. Había sido Don Pedro Llopís el primero en hacerlo con figuras de turcos para celebrar la toma de Argel, y había quedado como costumbre. Los barrios competían en hacer catafalcos a cuál más vistoso, y durante esos días los vecinos vivían en la calle, vistiendo lujosos trajes y deleitándose con vinos finos y escogidos aperitivos. Aunque la verdad es que yo no podía entender tal disfrute, porque también quemaban petardos unos potentes y otros más. De tanto zambombazo y olor a pólvora, no parecía que estuviéramos en fiesta sino en batalla campal.

Don Eustaquio me propuso asistir a otro espectáculo, también instaurado por el Marqués del Puerto. Algo que me alivió, pues sabía que ese prohombre no era especialmente aficionado a la tauromaquia. Al contrario, el divertimento era mucho más amable. Se trataba de una especie de juego que llamaban «balompié», en el que dos docenas de jóvenes competían por una vejiga llena de aire que intentaban meter en unas amplias puertas, con la curiosa condición de no poder emplear las manos.

A mí me pareció bastante aburrido, la verdad, pero no para los asistentes que se agolpaban en las gradas para animar al equipo de su barrio. Pues ese juego estaba haciendo furor en la ciudad. Los niños gastaban horas pateando vejigas de elástica, y los mayores no se perdían ni una partida de balompié. Don Eustaquio me explicó que se celebraba un torneo en el que competían todos contra todos, y que ese partido era especial ya que se enfrentaban el actual campeón, el barrio de Mestalla, con el de Ruzafa. Los lugareños se volvían locos y celebraban los éxitos de sus jugadores con grandes ovaciones. Un poco alocado me pareció tal espectáculo, pero atraía multitudes, y al parecer se estaba extendiendo a otras partes de España.

Mi guía me explicó que solía ser el Marqués del Puerto el que entregaba el trofeo al ganador, pero que este año sus múltiples ocupaciones en la Corte no le iban a permitir asistir. Lástima, pues hubiera deseado conocer a ese prohombre.



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reytuerto
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Mensaje por reytuerto »

La parte más difícil la habíamos resuelto, en apariencia bien (por supuesto, sin verificación radiográfica, para eso deberíamos esperar por lo menos 250 años), sin sintomatología postoperatorio, ni edema facial, ni mucho menos evidencia de fistulas. Dejé a Martín de Alcántara y a Pablo de Luque con las disquisiciones de la clasificación de fracturas, y acudí sólo con Martín Núñez a proseguir con el tratamiento de la Condesa.

- Hala, Martinico! Recordáis la conversación que sostuvimos con Martin?
- La de la inflamación en las encías?
- Sí. He decidido que el trabajo que vamos a hacer es demasiado importante como para dejar cabos sueltos. Así que primero vamos a aumentar la longitud del diente por encima de la encía.
- Y eso como lo haréis?
- Cortando el hueso subyacente.
- Cómo? - lo dijo agrandando los ojos como platos.
- No es tan terrible como suena! Ya me habéis ayudado muchas veces haciendo cosas parecidas.

Dos días después, nuevamente estábamos atendiendo a la Condesa, que bajaba con el mismo pañuelo de encaje cubriéndole la boca, pero al no tener dolores, de evidente mejor ánimo. La examiné y aunque el aspecto de los labios era inequívocamente el de haber sufrido un traumatismo, el color que comenzaba a cambiar a verduzco me indicaba que la evolución era buena.

Luego de anestesiar, levantamos un colgajo desde el periostio, de canino a canino para tener buena visibilidad. Martín delicadamente secaba la sangre y yo intentaba sacar primero todo tejido de granulación con las curetas. Cuando dejó de sangrar o mejor dicho, cuando el sangramiento fue en una fina capa, supe que ya solo teníamos tejidos blandos sanos, era hora de limar el hueso. No utilizaría una fresa ni arco, lo haría con lima de hueso, poquito a poco. La lima, menos mal era relativamente fina, pero no por eso ni el dentista ni la paciente dejaron de sentirse carpintero y madero, la sensación era justamente esa, la de ebanista. Pensar que hasta bien entrados los años 70s del siglo XX, esa era la forma estándar de manejar los tejidos duros! Terminé cuando desde el borde donde imaginaba que comenzaría la corona habían tres mm libres hasta la cresta del hueso alveolar. Sutura discontinua con seda negra y listos! A esperar 4 semanas por lo menos.

Ahora bien, se me presentaba un dilema. Qué dientes usar? Podía bien hacer dientes totalmente de oro, lo que era la solución más directa y fácil, y ciertamente de ser un paciente masculino, no lo pensaría dos veces. Pero Doña Luisa era coqueta, muy coqueta y presumida, y sé que no se sentiría contenta de tener una sonrisa a lo “Pedro Navaja”. Tampoco me atrevería a usar esmaltes, que por un lado no soportarían un medio corrosivo como la boca y por otra parte tenían un color bueno para la heráldica pero fatal para caracterizar un diente. Entonces me sale poner un diente natural y ahí radicaba un problema mayor. Podía utilizar un trozo de marfil de diente de morsa para tallar un frente estético, pero eso sería largo y difícil. Mucho mejor alternativa era utilizar un diente humano… pero aquí los problemas no solo se multiplicaban, también se agravaban: primero hacerse de los dientes era difícil: si eran de un individuo vivo, generalmente los incisivos estaban muy cariados; y si eran de una calavera, o estaban igual de cariados o peor aún, el fantasma de la Inquisición y con ella las acusaciones de brujería, necromancia o semejantes… además dudaba mucho que la Condesa de Paredes quisiese tener en su boca parte de los dientes de un occiso. Así pues, aunque no fuese la alternativa que más me gustase, me inclinaría por el colmillo de morsa, o mejor aún, de narval.

Me reuní de nuevo con Lope de Toledo, y luego de fundirnos en un abrazo, lo invité y almorzamos juntos para contarle las nuevas y viejas, pero sobre todo, para planear el tratamiento protésico de Doña Luisa. Él se encargaría de la artesanía, yo debería entregarle todos los patrones para que se encargase de colar el metal y engastar el frente estético de marfil. Teníamos 3 semanas para los preparativos, justo el tiempo para que el epitelio y el conjuntivo de Doña Luisa reparasen mínimamente.


Pero, en esas tres semanas tuve entre manos un divertido asunto y tuve que obrar no sé si de celestino, pero ciertamente sí de padrino. Ya instalados en mi casa madrileña, pude ver de cerca como interactuaban los cirujanos militares y Fadrique, no sólo como compañeros que habían sudado juntos en el entrenamiento, sino que habiendo visto los mismos campos de batalla también eran compañeros de armas, y como tales se trataban. Por supuesto, Fadrique tenía mucho más mundo, no solo por su cuna, sino también porque además de espadachín consumado, burlador experto y tahúr de siete suelas, tenía una buena educación, hablaba bien, tenía no pocas lecturas e incluso cuando estaba de buenas, se afanaba con la pluma y sus sonetos no eran malos.
Así pues una tarde en que todos los zagales estaban en mi casa, y como algo de vino había corrido, estaban echándose chanzas mutuamente, cuando Martín de Alcantará dijo casi ahogado por la risa:

- Hala, Fadrique! Mostradle a nuestro maestro vuestras habilidades como poeta!
- Shhhh! Chitón, cirujano –dijo el joven Luján con una sonrisa de oreja a oreja- Don Francisco es hombre culto, no apto para oir estas necedades!
- Si no sois vos, seremos nosotros! – coletilla puesta por Pablo – A ver Martin, como empieza?
El sobrino de Lope de Toledo fingió compostura y comenzó recitando:

“Caliente una mozuela cierto día,
en tanto que su madre en misa estaba,
Llena de miedo y de inquietud dudaba
Si a su bien querido se lo daría.
Por miedo si preñada quedaría
Al mozuelo sus ansias refrenaba,
Y lleno de pasión la consolaba
Diciendo que al venir lo sacaría.


- Sólo la puntita, solo la puntita! – Fadrique y Pablo agregaron a coro, señalándose la falangeta de los índices y partiéndose de risa. Martín continuó:

Fueron tan poderosos los ataques
que por fin consiguió verla en el suelo;
Y ella dijo al venir de los zumaques:


Y los tres mozalbetes, aflautando la voz en falsete para remedar a una dama víctima de los escozores de los zumaques en cuestión, terminaron recitando, entre risas y gestos

“¡qué dulce es la miel de tu ciruelo!
Por tu vida, mi bien, no me lo saques
Aunque mi panza crezca hasta el cielo”



- Bravo, bravo! – aplaudí divertido – veo que tenéis mucho tiempo libre zagales! Fadrique, les estáis enseñando mover la ropera tan bien como les enseñáis mover la lengua, o largar los dados?
- Hay tiempo para todo, Don Francisco!
- Eh! Y donde esta Martinico? No lo habréis exiliado de vuestras guarradas?
- No, el bueno de Martinico esta en otros menesteres! Es que no lo habéis notado?
- Me habéis visto cara de vieja chismosa?
- No, no! Pero como sois amigo del Marques del Puerto y Don Pedro sabe hasta cuantos tomines de pimienta usáis en vuestra cocina, pensaba que ya estaríais enterado de las andanzas de vuestro auxiliar.
- Anda, anda! Fadrique, dejad de dar vueltas y soltad prenda!
- El bueno de Martinico está rondando a la tudesca que salvo en el incendio aquel!
- La niña aquella? Federman, así se llamaban.
- Pues tenéis razón, justamente es Margarita Federman.
- Pensaba que su padre abandonaría el reino.
- Pues no, ellos a fe mía que están en la villa.

Ah! Ahora entiendo! Con razón que en los últimos días Martinico estaba medio alelado! Mal de amores! Nada más, pero nada menos era lo que le estaba pasando. No debería estar pasándola del todo bien, por lo que hablaría con él. Sin embargo, cuando la Condesa de Paredes está rondando, pareciese que las cosas se aceleran.


Había vuelto a ir al Palacio de la Puerta de la Morería con un ungüento de conselda, planta que se consigue en abundancia a las orillas del Manzanares, con la esperanza de acelerar la desaparición de los moretones de la condesa, así podía prescindir del ungüento de árnica, que por provenir del pie de monte pirenaico, me era más escasa.

- Vuestros bálsamos están haciendo efecto, Francisco. Me veo mucho menos magullada.
- Doña Luisa, tanto como los ungüentos, es el tiempo lo que os está curando. Cuando sea momento de lucir vuestros nuevos dientes, las magulladuras de vuestro rostro habrán desaparecido, o en todo caso, se podrán ocultar debajo de los polvos con las que las damas de alcurnia se aderezan.
- Y las de no tanta alcurnia también! Habladme de mis dientes nuevos!
- Serán de oro fino. Y el marfil será de un majestuoso monstruo marino de los mares hiperbóreos.
- Cuando empezareis a trabajar en ellos?
- Tan pronto vuestras encías estén sanas. Si comienzo ahora, de seguro sangrarán, y para tener exactitud es menester que todo esté muy seco.
- No me habéis dicho una fecha, Francisco – la condesa se permitió una sonrisa discreta, sabiendo que estaba ajustando unas clavijas.
- En dos a tres semanas más.
- En tanto que haréis?
- Velar que vuestras magulladuras mejoren hasta que desaparezcan.
- Estáis siendo lisonjero. Y vuestros ayudantes?
- La están pasando muy bien, no habían tenido mucho descanso desde que llegaron a Valencia.
- Es que dejaron esta villa siendo apenas unos críos.
- Y es que siguen siéndolo! Vuestro sobrino también!
- Fadrique ha visto más de lo que me hubiese gustado. Ha cobrado más vidas que muchos hombres que le doblan de edad.
- Es un zagal honorable, condesa. Rompo una lanza por él.
- Y él por vos. Os tiene afecto, además sabe que le salvasteis la vida. Pero decidme, todos vuestros ayudantes están la mar de contentos?
- Si os he de ser sincero, me temo que Martinico, el que me es más cercano en cuestiones de dientes, está sumido en una repentina melancolía.
- Podéis ser más claro?
- Me temo que es mal de amores.
- Qué más sabéis?
- Nada más, Doña Luisa. Tanto es así que recién me enteré ayer.
- Pues os diré que mis criadas han visto al joven Núñez rondando la calle de los Tudescos.
- Cierto es! La chica que le roba el sueño se llama Margarita Federman.
- Que es hija del antiguo capataz de las minas de azogue, y que además fue traída de la muerte por su ayudante y vuestros conocimientos.
- El mérito es enteramente de Martín, él ya había practicado…
- Ay!, vamos Francisco! Dejaos de falsas modestias! Martinico había practicado en un gorrino!
- Pues sí, qué será de la vida de Enrique VIII?
- Debe estar haciendo lo que mejor sabe: montando cerdas y comiendo a placer. Dicen que es el marrano más grande de Pozuelo! Lo están criando bien y como vos no habéis dado la orden, su San Martin aún no ha llegado.
- Decidme Doña Luisa, que creéis que pasa con el bueno de Martin.
- Vuestro discípulo es un zagal honesto y humilde, y ve a la hija del tudesco como un bien demasiado lejano.
- Pero posiblemente sea el más acaudalado de los cirujanos militares! Con lo que ha de recibir de los botines de Derna y Egipto se puede decir que es un joven adinerado.
- Pero rústico.
- Qué queréis decir?
- Exactamente eso. En cierta forma es parecido a vos. Versado en cosas del cuerpo, de la boca, de las heridas y de la enfermedad; pero torpe con las damas y aunque vos sabéis de música, y habéis hecho melodías que tocan el corazón, todos los que han visto bailar dicen que una escoba lo hace mejor que vos. Vos tenéis la suerte de poder hablar de todo, desde las estrellas del cielo hasta, los sonetos del Mentidero y los intríngulis de El Quijote, sabéis de historia, de pintura, de monumentos antiguos y modernos, habéis viajado y conocéis lenguas lejanas. Vuestro muchacho, aunque a vuestra vera ha crecido mucho, debe recordar que apenas sabía leer y escribir hace 5 años atrás, y por más que quiera, no se siente a la altura de la mujer que pretende.
- Por eso, aunque tenga la bolsa a rebosar, se siente menos que la germanita.
- Habéis dado en la diana! Pero no hay nada que no se pueda enderezar, enviadme a Martinico aquí. Y preparaos para hacer una visita a los tudescos.
- Os puedo preguntar para qué, estimada Condesa?
- A veces vuestra falta de agudeza me sorprende, Francisco! Vos seréis el padrino de vuestro pupilo! Y vais a solicitar a los Federman permiso para que Martín pueda cortejar a Margarita!
Lo que me faltaba! Ahora mi muy influyente paciente me ordenaba ser un celestino! Pues bien, primero debía conversar con el interesado, luego ya veria como proceder. Esa misma tarde cite a Martinico y sostuvimos la conversación que seria de las mas importantes de la vida del joven cirujano militar.


- Ea, Martinico! Vos recordáis cuantos anos estáis trabajando conmigo?
- Yo cuento mas de 5, Don Francisco. Eso sin contabilizar los anos de cirujano militar en Valencia.
- Ni las privaciones y fatigas en campana que sufrimos juntos, eh?
- No, aunque terribles, gracias a Dios y la Virgen, fueron rápidas.
- Entonces zagal ingrato, por que no me confiasteis los quebrantos de vuestro corazón?
- Ay! Pues por pena, Don Francisco! Nunca os he visto conversar con nosotros de lances amorosos.
- Porque yo soy tan viejo que puede ser vuestro padre, y yo no veo con buenos ojos que padre e hijo descarguen sus lomos en un mismo hueco, o en todo caso, en huecos diferentes pero bajo un mismo techo –lo dije en un tono distendido, y aunque no pretendía ser gracioso, fue inevitable que sonriésemos - No creéis vos que os sentiríais extraño en ese brete?
- Oh! Buen Dios, cuan cierto es lo que decís – lo dijo algo sonrosado!
- Además, lo que os aqueja no es un lance con una damisela a la que tal vez luego burlaríais, creo intuir, si algo os conozco, que vos queréis algo serio con la chica de la calle de los Tudescos.
- Margarita! Creedme que yo la quiero desde el incendio aquel! Por los clavos de Cristo que es cierto!
- Os creo, zagal. Vos habéis hablado con vuestra prenda.
- Si, desde que volvimos a la villa.
- No, Martinico. Me refiero a si habéis hablado con Margarita de vuestras intenciones.
- No, no.
- Pues entonces avivaos! Conversad seriamente con la tudesquita, y si vos queréis, yo seré vuestro aval con su padre. Pero recordad que vuestra bolsa ahora es lo bastante gorda como para que podáis estar ufano de vuestros logros.
- Haríais eso por mi?
- Eso y más, Martinico! Ah, y la Condesa de Paredes os requiere. Vestíos bien y acudid al Palacio de la Puerta de los Moros.
- Gracias, Maestro!
- Id volando, zagal, y contad con la bendición de quien bien os quiere!


Ahora era menester aprender las formas y las costumbres de los esponsales del Siglo de Oro. Para comenzar, en comparación con las novias inglesas, francesas o alemanas que se casaban “maduritas”, las españolas iban al altar un lustro más jóvenes; así mientras una chica de a orillas del Támesis o del Brandeburgo se casaba a los 25, 26 o incluso 27 años, una catalana lo hacía a los 19, la vallisoletana daba el si a eso de los 20, al igual que las valencianas, y como muy tarde, la gallega se casaba a los 22. Por lo que tendría que ir con pies de plomo para ver si una chica tan joven como Margarita que apenas estaba saliendo de la adolescencia seria autorizada por sus germanos padres para casarse.

La otra cosa a acordar sería mucho más terrenal: la dote y las arras. Vamos! A estas alturas, Martin era un joven prospero! Si fuese más rustico y su fortuna se calculase ovejas, su rebaño no sería menor a un millar de cabezas! Porque entre su sueldo de cirujano militar, los intereses por sus ahorros en la banca de los genoveses, y los 3 botines de África, el ducado que los tudescos le obsequiaron por la vida de Margarita era una gota que se diluía en la artesa de dinero que el zagal tenia. A determinado nivel, en el siglo de oro hablar de matrimonio era hablar de negocios.

Una vez que los jóvenes dejaron bien en claro sus intenciones, escribí a Ferdinando Federman pidiendo una cita para hablar del asunto. Y ese mismo sábado por la tarde estaba finiquitando los esponsales con el alemán, todo muy civilizado, aunque el padre resultó un feroz negociador: la dote se estableció en 250 ducados, y las arras en 200 escudos, ambos a hacerse efectivos el día antes de la boda. Las proclamas comenzarían al día siguiente aprovechando que era domingo, y seguiría por un par de meses hasta que se hiciese efectivo el matrimonio. En esos meses, Margarita quedaría “en depósito” viviendo con sus padres, aunque el bueno de Martín estaba autorizado a poder visitarla.

Así pues, mientras pasaba el tiempo para la boda, también se iba consolidando la boca de la Condesa. Al mes comenzamos la delicada labor de reconstruir el “tren delantero” . La limpieza de la zona había sido escrupulosa, y las encías estaban firmes y rosadas, y los pilares lucían igualmente bien. Comenzamos desobturando uno por uno los conductos, utilizando calor y paciencia: calentábamos un transportador de calor, reblandecía la gutapercha, retiraba con una lima lo calentado, milímetro a milímetro. Luego la parte más delicada, copiar con cera de joyero y un delgado palito de madera de chopo el interior de cada conducto ya vacío y luego dar forma al muñón, para seguidamente, utilizando el alginato obtenido de las algas del Cantábrico que Ignacio me enviaba, tomar una impresión “de arrastre” y transferir los 4 conductos copiados al modelo de trabajo.

Con el modelo, montado en un primitivo articulador de alambre, entre Lope y yo comenzamos a trabajar en las coronas, con cuidado de conseguir una oclusión suave, pero aún con más cuidado en el ensamblaje de los frentes estéticos de marfil de narval, pues darles la forma de diente fue un trabajo que me había costado muchas horas a punta de lima y cuchillo. El joyero insistió en dejar unas pestañas largas para retener e impermeabilizar el marfil, cosa a la que accedí con apenas discusión, pues Lope era quien iba a realizar el engaste, así como fue el toledano quien realizó el colado utilizando oro de alta ley. El resultado fue muy satisfactorio, pues tranquilamente hubiese pasado como una corona fenestrada de la primera mitad del siglo XX.

A las 10 semanas de haber llegado a Madrid, estábamos listos para cementar las coronas de la Condesa de Paredes. Había tenido la precaución de dejar los mandiles algo largos, para poder bruñir el oro alrededor de los pilares y minimizar así la filtración, pues la capacidad de copiado de mi alginato era bastante rudimientaria para ser sinceros. El cemento de Óxido de Zinc y Acido Fosfórico funcionaba bien, y podía usarlo sin temor en un diente desvitalizado. Ese día, Doña Luisa bajo con su elegante pañuelo de encaje y haciendo gala de un humor insuperable, buen humor que se acrecentó cuando probamos las 4 coronas y apenas tuvimos que hacer ajustes con la mordida, pero sobre todo, cuando se vio al espejo y notó que el color del marfil del cetáceo era bastante más claro que el de sus propios dientes.

Con delicadeza, Martinico procedió a aislar con rollos de algodón la boca, y con igual cuidado, yo procedí a secar el interior de los conductos mientras mi asistente preparaba el cemento. Uno a uno, de centrales a laterales, cementamos las 4 coronas, para luego esperar un cuarto de hora a que el cemento fraguase y retirar los excesos. Con cuidado bruñí los márgenes de las coronas que veía algo levantados, y como el oro era de buena ley, eso fue fácil.
- Condesa, mi trabajo ha terminado.
- Francisco! Mi buen Francisco! Habéis nuevamente cumplido con lo que prometisteis! He estado alejada 3 meses de la Corte y de Palacio, pero apenas acuda a servir a mi Reina, también iré a recordarle al Rey una promesa que os hizo.
- Condesa, no recuerdo que Su Majestad haya hecho promesa alguna.
- Pues de sus propios labios sé que os lo dijo: Cuando vos mostrasteis a la Corte el prodigio de vuestros voladores, él os prometió un marquesado, “uno pequeño pero marquesado al fin”. Y así como vos me prometisteis palas nuevas, yo os prometo que seréis marqués!


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MYERS, George M. Prótesis de Coronas y Puentes Ed. Labor, Barcelona. 1973.

Capítulo 5.

CORONAS COMPLETAS
Retenedores Intrarradiculares:


Los retenedores intrarradiculares se utilizan en dientes desvitalizados cuando no es posible salvar los tejidos coronarios o estos se encuentran ausentes. Se aplican casi siempre en dientes anteriores y a veces, en los premolares. La corona Condesa fue la primera corona intrarradicular o con espigo, típica y ha sido utilizada en gran variedad de formas por lo menos durante 3 siglos, utilizando diversos materiales.

Últimamente se está utilizando cada vez más la corona separada del espigo-muñón colado, pues es más fácil de confeccionar y es más flexible en lo que respecta a su mantenimiento y adaptación a los cambio de las condiciones bucales, pues con el transcurso del tiempo y la aparición de recesiones gingivales la interface entre el diente y la corona queda expuesta y el paciente exige que se mejore la situación. Si se ha rehabilitado usando una corona Condesa casi siempre hay que retirarla y esa es una labor difícil y se corre el riesgo de dañar irreversiblemente la raíz. En tanto con un espigo-muñón colado, solo hay que retirar la corona existente, se prepara nuevamente el diente procurando que la linea de terminación quede al nivel de la encía y luego se construye la corona nueva de la manera acostumbrada.

En la corona Condesa se puede usar muchas clases de facetas, tanto de resina acrílica como de porcelana; sin embargo en los primeros tiempos se utilizaba dientes de hipopótamo, dientes de morsa, cachalote o narval, marfil de elefante e incluso dientes humanos o de cerdo.
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La verdad nos hara libres
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Domper
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Un soldado de cuatro siglos

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Adenda: Estimado tío, lamenté no tenerle a mi lado durante la representación de la zarzuela, pues sé cuánto gusta de la música. Me pareció entretenida aunque un tanto populachera, adecuada para los incultos oídos de las clases serviles.

Además, supongo que con mi descripción del balompié le vendría a la memoria los espectáculos sangrientos y pecaminosos de los antiguos romanos. Ese balompié no es así ni por asomo, ya que está terminantemente prohibida cualquier tipo de violencia. Con todo, la sustancia de esas hogueras fallas, de la zarzuela y del balompié me parece la misma: diversiones para que los menestrales pudieran olvidar sus quehaceres diarios. No es mala idea, y yo no descartaría que esos espectáculos hayan estado pensados desde el principio para tranquilizar a las masas. Señal de la previsión de Don Pedro Llopís al instituir tales divertimentos.




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La visita a la fábrica de camisas

Durante la recepción me habían presentado a Don Heriberto Sánchez de Ademuz, un ricohombre que había hecho su fortuna mediante la manufactura textil, y que me había invitado a visitar sus talleres.

La fábrica que fui a ver estaba a treinta millas valencianas de la ciudad. Usted ya conoce que cada tierra emplea sus medidas, pero en las posesiones españolas se está implantando un sistema que el Marqués del Puerto desarrolló basándose en la circunferencia de la tierra. Según tal método, que llaman «sistema métrico decimal», una milla valenciana es de mil pasos, ya que según los españoles, la circunferencia terrestre es de cuarenta millones de pasos, es decir, cuarenta mil millas; han enviado expediciones por todo el mundo para medir los meridianos, y de ellos surgieron las millas valencianas. No debe confundirlas con nuestras meiles, que cada una equivale más o menos a siete valencianas. Respecto a los pasos, son tres pies de Bozen.

Don Eustaquio me señaló la conveniencia de disponer de un sistema unificado de medir y contar, de manera que un paso sea igual en Valencia, en Madrid o en Lima. Además, también dijo lo eficiente que resultaba que se basara en el número diez. Así, mil líneas son un paso, mil pasos una milla y, de la misma manera, un recipiente que mida un paso de alto, de ancho y de profundidad, contiene una tonelada de agua, que a su vez son mil botas, cada una de las cuales, si es de agua, pesa una arroba valenciana. No les bastaba; pensando que hablar de pasos, millas, arrobas o botas solo serviría para llevar a la confusión, habían creado una comisión encargada de implantar el sistema decimal y de sustituir el nombre de las medidas. Querían llamar al paso «metro», del griego «metron», que significa medida; las demás deben ser múltiplos o divisiones; así las millas pasan a llamarlas «kilómetros», es decir, mil metros, y las líneas, «milímetros», la milésima parte de un metro. No se acababan ahí los cambios. La bota pasará a llamarse «litro», de una medida antigua llamada «litron», y para el peso, el «gramo», que viene de «escrúpulo». Estaban considerando si extender los cambios a la medida del tiempo, de tal manera que las horas fueran de cien minutos, y cada uno, de cien segundos, ya que así, según dicen, se podrían coordinar las medidas astronómicas y navales. El nuevo sistema, aunque al principio parezca complejo, luego resulta de fácil manejo, y hasta los niños de las escuelas saben hacer las conversiones. No pude menos que darle la razón, y que sería de interés humano establecer tal sistema unificado en todo el mundo.

Esas treinta millas, o kilómetros, supusieron poco más de medio día de viaje, ya que lo hicimos en la carroza de Don Heriberto. Como todo en Valencia, era un vehículo destacable, no tanto por lo lujoso de sus maderas, sino por una curiosa suspensión de ballestas que amortiguaba las sacudidas y permitía que el carruaje se moviera a gran velocidad con su tiro de ocho caballos. También ayudó la excelencia de la carretera, de seis pasos de anchura con firme de tierra y grava tan compacto que parecía pasillo de palacio; no debía ser suficiente porque a su lado estaban echando grava sobre otra carretera, más estrecha pero de gran rectitud. Pasado el monasterio del Puig, de renombre en la región, tomamos otro camino más estrecho que iba a Alfinach, en el interior. Aunque fuera una vía menor, no desmerecía de la ya recorrida. No he dicho que el tráfico era intenso, y que llegando a al pueblo nos cruzamos con grandes carromatos que llamaban capitonés, que portaban los frutos de la factoría.

Esa noche la pasamos en el palacete de Don Heriberto, y a la mañana siguiente fuimos a la fábrica, que estaba en las afueras, al pie de un cerro. De no ser por la conversación con Don Eustaquio del domingo anterior, hubiera pensado que si no estaba en Valencia era por evitar las estrictas normas gremiales, pero ya sabía que se habían anulado. El motivo era otro: las ropas no se fabricaban a mano, sino con machinas que se movían por la fuerza del agua. Una larga conducción propia de romanos la llevaba hasta un estanque elevado, y de ahí descendía por una tubería hasta unas norias de las que salían ejes que movían los aparatos. No todos, pues Don Heriberto estaba muy orgulloso de unos artefactos sucios y humeantes pero que, a su decir, significaban el futuro: eran máquinas de vapor, como aquella de la barca remolcadora del puerto. En ellas, el fuego del carbón de piedra que traían desde el interior hacía hervir el agua en una cisterna cerrada, y la fuerza del vapor movía engranajes que impulsaban otras máquinas. Usted sabe que ese artificio no es nuevo, y que Herón ya inventó la Eolípila en la Antigüedad. Ahora bien, comparar la obra de Herón con las de Don Heriberto es como hacerlo con un cañón y un tirachinas. Las máquinas de la fábrica son mil veces más potentes que el artefacto del griego, y maravilla como transmiten el movimiento con ejes, engranajes, poleas y cintas de elástica, con la ventaja de no depender de corrientes de agua.

He citado la elástica, que usted conoce como Castilla Elástica. En Praga es una curiosidad, pero aquí la emplean para todo. Ya le conté que los niños juegan con vejigas de tal material. En la fábrica se utiliza para sellar botes, para fabricar cintas que mediante poleas sustituyen con ventaja a los mecanismos de los molineros, o para amortiguar, pues no le dije que la carroza no se apoyaba directamente en los ejes, sino en una combinación de láminas de metal y de bloques de elástica que hacían el viaje muchísimo más cómodo.

En la fábrica, que no era un caserón sino un conjunto de amplios edificios comunicados, se hacía todo el proceso, comenzando por el vellón hasta tener las camisas. Entraban carromatos cargados de lana seleccionada, algodón egipcio y andaluz, que en la cercana Andalucía se cultivaba la planta en grandes extensiones. Un sencillo aparato, que era una máquina con cilindros con púas y peines de metal, separaba las semillas. Luego las fibras no se hilaban a mano, sino también con aparatos. Algunos eran manuales, operados con una gran rueda, y otros se movían por la fuerza hidráulica o del vapor. Pude comprobar que el hilo que producían era tan fino, regular y resistente como el que pueda hacer la mejor hilandera. En otras construcciones que llamaban «naves» se seguían procesos más o menos similares para hilar lana, lino o cáñamo. Incluso en un taller más pequeño se hacía con seda como la China, pues en el reino de Valencia también se están dedicando a la producción y a l hilado de tan fino y caro tejido.

Las bobinas de hilo se entintaban después con otra machina que hacía pasar el filamento por tinas con colores que en su mayoría no eran naturales, sino alquímicos de las fábricas de Asturias, en el norte de España. Luego se secaba con aire calentado con carbón antes de volver a arrollarse. Las bobinas se pasaban a telares mecánicos, unos movidos por agua, otros por vapor. Aunque eran enormes, solo necesitaban que se repusiera el hilo cuando se agotaba, ya que era la máquina la que movía los bastidores, pasaba la lanzadera, que no se parecía a las que conocemos, y apretaba la urdimbre. La tela confeccionada se arrollaba, y pude ver que la de algunas máquinas era de cuatro pasos de ancho, imposible para nuestras tejedoras. Uno de esos telares producía en un día más que un tejedor en meses.

Parte del hilo y de los rollos de tela se vendían como tales, para que los emplearan los sastres de la ciudad, pero otros pasaban a la nave de las costureras. No le he dicho que hilares, tintes y telares los manejaban varones, pero la confección correspondía a las mujeres del pueblo. De nuevo me sorprendí al ver que las féminas llevaban sus retoños a la fábrica, no para que correteasen por el peligroso taller, sino para dejarlos en una escuela aledaña, los más pequeños a cargo de matronas, los mayores para jugar y aprender con el auxilio de los Padres Escolapios. Don Heriberto vio mi asombro, y me explicó que era consejo del marqués del Puerto (siempre ese gran hombre), pues así no solo se facilitaba la labor de sus operarios, cuya prole estaba cuidada y segura, sino que también promovía la salud y la inteligencia de sus descendientes. Los gastos de la escuela suponían beneficios para hoy y semilla del mañana.

Vuelvo a la confección. Unas cortadoras cortaban la tela siguiendo unas plantillas, dispuestas de tal manera que se desaprovechara la menor cantidad posible. Luego las piezas pasaban a las costureras, que no cosían a mano sino, de nuevo, con máquinas. Estas operaban con la fuerza de sus operarias, que movían unos pedales, y con unas poleas y engranajes, una aguja daba unas puntadas tan regulares y firmes que resultan asombrosas. Las prendas terminadas, en su mayoría camisas, pero también calzones y chaquetas, se llevaban a otra sala para abrirles ojales y coser botones, y añadirles adornos de cuero, piel o incluso seda, si procedía. Luego se planchaban con instrumentos que recibían vapor caliente. Finalmente, se plegaban y se colocaban en cajas para su transporte.

La fábrica era un hervidero de gentes, pues en ella trabajaba medio pueblo, pero la cantidad de prendas que producía era impresionante, a un precio tan reducido que eran asequibles por cualquier menestral. Ahora entendía la elegancia de las gentes de Valencia: cualquiera podía serlo con esas ropas baratas pero bien hechas, de colores deslumbrantes que resisten los lavados.

Don Heriberto me dijo que fábricas similares se extendían por toda España cual mala hierba. Unas producían ropas, otras cuerdas, utensilios domésticos, estufas, cristalería y, como es de suponer, armas. Armas que usted ya sabe que no desmerecen a las de la armería imperial, pero que salen de las fábricas en cantidades enormes a precios ridículos.



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Adenda: Poco puedo añadir a lo relatado en la carta. En primer lugar, creo que el consejo de Don Eustaquio sobre medidas es mejor que bueno. El que en cada lugar haya diferentes medidas es un obstáculo para la economía. Establecer medidas unificadas me parece una medida poco costosa y de excelentes efectos para el comercio y el progreso de la nación. De adoptarse tal medida, que le ruego que recomiende a nuestro señor el emperador, tal vez fuera interesante que dichas medidas sean las españolas, no por su origen, sino por estar basadas en la Tierra, y porque al ser las mismas se favorecerían las fraternales relaciones entre dos potencias que deben ser hermanas.

También debo señalarle el gasto que los valencianos están haciendo en sus tierras. La carretera de Valencia a Sagunto, por hechuras y dimensiones, superaba a las que hicieron los romanos, y estaban abriendo otra tan recta que parecía hecha con regla. Esos caminos no serán de menor importancia en una tierra como la española, en la que apenas hay ríos navegables, y el desnivel es excesivo para los canales. A juzgar por el tráfico que vi, esos caminos están desempeñando tal papel. Le resultará evidente que esas rutas serán más que útiles para el desplazamiento y aprovisionamiento de los ejércitos. Además de carreteras, también levantan presas, acequias, tuberías y acueductos, puentes, túneles, todo tipo de obras que admirarían hasta los romanos.

Yo pensaba que los caminos habían culminado mi capacidad de asombro hasta que vi la fábrica. Quisiera que medite sobre los efectos de la existencia de esas factorías. Ahora entenderá por qué las ropas valencianas se venden por toda Europa, dejando sin trabajo a hilanderas, tejedores y sastres. La fábrica de Don Heriberto producía sobre todo ropa para menestrales, pero tenía una sección de la que salían las telas finas y las sedas que se lucen en los salones de Viena y Praga. Lamentablemente, esa producción significa que nuestro rey tendrá que elegir entre arruinar a nuestros tejedores, o dificultar la entrada de productos valencianos con onerosas gabelas, salvaguardando el alimento de nuestros sastres pero dejando desnudas a las gentes. Aparte del perjuicio del contrabando, pues será irremediable que surja donde haya altas tasas. La única solución que se me ocurre es intentar imitar esas fábricas, pero vista la perfección de las máquinas, le adelanto que no será sencillo. Tal vez convenga que, aprovechando la excelente relación que une al emperador con su tío el rey de España, se atraiga a los ricoshombres españoles para que instalen alguna de sus factorías en nuestra tierra. Sé que peco de atrevimiento sugiriendo a su Majestad Imperial tal política, pero tras visitar esa fábrica creo haber vislumbrado un futuro que nuestra nación no debe dejar escapar.

Igual efecto que las fábricas de camisas han de tener en tejedores y sastres, ocurrirá con la industria de la guerra. Armeros y molinos de pólvora poco podrán hacer ante la competencia de armas mejores y más económicas. No necesitará que le diga que el rey de España va a poder equipar sus ejércitos con armas asombrosas en número impensable. Hasta que no consigamos imitarlas, será sana política que nuestro emperador estreche sus lazos con la nación que disfruta de esos medios.



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Adenda a la edición española. Resulta evidente que la invitación que recibió Von Harrach no fue casual. La visita del noble austríaco se produjo cuando las relaciones entre el Imperio y España estaban pasando un mal momento debido a la negativa del ministro español Don Gaspar de Haro y Fernández de Córdoba a intervenir en el conflicto que estaba enfrentando a austríacos y turcos.

El partido modernista era enemigo de tal política, y buscaba mantener la alianza con la corte vienesa. Con esa intención la Compañía del Carmen cedió a los imperiales las armas y los fondos que necesitaron para vencer en la batalla de San Gotardo. Con todo, el resentimiento austríaco llevó a un enfriamiento de las relaciones que favorecía al partido tradicionalista, que prefería no implicarse en conflictos externos, pero que desagradaba no solo a los modernistas sino también al rey Felipe IV.

La invitación recibida por Ferdinand von Harrach parece que fue una manera de impresionar al emperador Leopoldo I con los avances españoles. Mostrar la fábrica de camisas (junto con la visita a una instalación siderúrgica, que Von Harrach relata en su siguiente carta) era una manera de indicar al emperador la conveniencia de mantener la alianza, independientemente de las intenciones del ministro Gaspar de Haro.

Por otra parte, y aunque Von Harrach no lo relate en su carta, parece que se le transmitió una propuesta de gran calado, que se sugiere en su adenda secreta: los empresarios valencianos, es decir, el partido modernista, querían extender su emporio industrial y comercial al Imperio. Significaba que Austria se iba a contagiar de la Revolución Industrial iniciada en España, aunque de la mano de inversores e industriales hispanos. De hecho, fue poco después de la visita de Von Harrach cuando se instaló la factoría de Kagran, junto a Viena, de pistones fulminantes para las armas de percusión con las que se estaba equipando el ejército imperial. Poco después la Compañía del Carmen inauguró también en Kagran la primera fábrica de telas situada fuera de los territorios españoles. La tecnología de esas instalaciones estaba retrasada comparada con la española; por ejemplo, las fábricas austríacas siguieron dependiendo del carbón hasta avanzado el siglo siguiente, cuando las factorías españolas empleaban la electricidad. Con todo, esas inversiones estrecharon los lazos que unían a los dos imperios.



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La siderurgia de Sagunto

Visita obligada tras ver la fábrica de camisas, fue a los cercanos altos hornos de Sagunto, que quedaban a pocas millas de Alfinach. Estaban situados entre el nuevo puerto y la ciudad inmemorial que, tras ser llamada durante muchos años Murviedro, había retomado su glorioso nombre. A pesar de la premura, Don Eustaquio había organizado una visita que me pareció memorable.

Nos dirigimos primero al puerto para presenciar la descarga del mineral. Allí nos recibió Don Edelmiro Saura, el director de las instalaciones, que había sido prevenido de nuestra llegada.

Don Edelmiro nos mostró primero las instalaciones portuarias. Es motivo de asombro como los valencianos están construyendo puertos donde antes solo había playas. El de Sagunto no es tan impresionante como el Grao valenciano, pero tal camino lleva. Seguían trabajando en un enorme malecón de grandes bloques de roca, un «rompeolas», y en las aguas abrigadas se habían construido malecones de hormigón valenciano. No bastaban, ya que el puerto parecía un bosque de mástiles, de tantos barcos que descargaban minerales férricos y carbón de piedra que llegaban desde Cerdeña. Es cuestión que le interesará: en Sagunto, para la producción de metal, ya no emplean el carbón vegetal de los bosques, que tampoco son abundantes en España, sino el que se extrae de las entrañas de la tierra.

Los hornos de Sagunto habían nacido empleando piedras de hierro y de carbón que se extraían de las sierras del cercano reino de Aragón. Para facilitar su llegada, han hecho una calzada que hubiera asombrado a los romanos por la dificultad que suponía adentrarse en las montañas, y que aprovecha las pendientes para que pesadas carretas se deslicen por un camino de raíles. Aun así, el carbón de esa procedencia no es el mejor, según dijo Don Edelmiro, y por eso también se importaba desde Cerdeña.

Me llamó la atención que primero fuéramos al puerto, pues pensaba que en poco se diferenciaría del de Valencia, pero al poco conocí el motivo. Ente los muelles y la factoría, que estaba alejada unos centenares de pasos, se había construido un curioso camino de vías. De nuevo, sé que no son novedad, y uno mucho más largo conecta las minas aragonesas con la costa. Lo interesante estaba en que los rieles eran de hierro, no de madera ni de chapa. Era necesario por el elevado peso de los vagones, que eran de un ingenioso sistema basculante de tal manera que se cargaban en el puerto desde unas tolvas, y luego descargaban en la factoría, con escaso esfuerzo. Los movía un tiro de mulas, gracias a la lisura de esos carriles férreos.

Si impresionante eran esos carriles de hierro, más lo era la factoría. Las vagonetas dejaban caer su mineral en grandes montones, y allí lo movían otras máquinas muy curiosas, pues eran cintas con capazos de hierro, accionadas por el vapor. El carbón no se utilizaba como tal, sino que pasaba a un horno especial donde lo calentaban hasta convertirlo en una especie de espuma negra de gran poder calorífico que llamaban «coque». Otra cinta subía el material hasta la boca de un «alto horno», una enorme construcción de varios pisos de altura, donde lo alternaban con piedra de cal. Por la base otra machina introducía el aire. En realidad, no se diferenciaba demasiado de los hornos de nuestra tierra que estuve visitando antes de partir, salvo en el tamaño y, por tanto, en la producción, que no se medirá en arrobas sino en toneladas.

El metal fundido pasaba a una factoría donde el arrabio se convertía en hierro dulce en unos gigantescos hornos de reverbero, y después unos enormes rodillos le daban forma, saliendo en forma de planchas, vigas o lingotes. Con las planchas se confeccionan las cocinas y estufas que usted goza en su palacio. Don Eustaquio me ha dicho que antes se hacían con moldes, pero que ahora se hacen con planchas que se doblan con otras machinas, con economía y ahorro de esfuerzos. Le debo estar agotando hablando de máquinas y no le extrañe, ya que toda la factoría estaba movida por ingenios de vapor de inimaginable potencia. Vigas y planchas se producían a precio tan bajo que los emplean en lugar de maderas o piedras, y ahora entendí que un puente del camino recto estuviera hecho de hierro y no de piedra. Ya le he descrito el carril de metal que iba al puerto, y Don Eustaquio me dijo que se estaba trabajando en otro para conectar Valencia y Sagunto; debía ser ese camino recto en el que había visto trabajar.

Estaban sustituyendo los hornos de reverbero por un nuevo sistema que transformaba el arrabio en acero. Se hacía con unas máquinas que llamaban «convertidores», que eran inmensas vasijas de materiales capaces de resistir el tremendo calor. Allí, de alguna manera, se convertía el hierro en acero, que luego se laminaba o se convertía en lingotes. Don Eustaquio me dijo que esa planta, aunque llevaba varios años operando, era experimental, y que había servido de modelo para las más potentes y avanzadas del norte de España. En Sagunto la mayor parte del acero se seguía obteniendo por el método del crisol, en otro edificio que ese día no se podía visitar.

De la factoría salían planchas, vigas y lingotes. Algunas se trabajaban en fábricas situadas a la vera de la gran factoría, y otras volvían al puerto, para ser llevadas a otras partes de los dominios hispánicos, donde serán convertidas en herramientas y en armas.



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