Un soldado de cuatro siglos

La guerra en el arte y los medios de comunicación. Libros, cine, prensa, música, TV, videos.
Domper
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Un soldado de cuatro siglos

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Barro, barro y más barro. Barro hasta donde alcanzaba la vista, y unos pobres desgraciados chapoteando.

Cuando Lorenzo y sus compañeros desembarcaron en Trieste se encontraron con que las cimas que lo rodeaban estaban coronadas de nieve, aun siendo poco más que colinas. Del norte llegaba un viento gélido que ni intentaban contener los muros del convento donde los metieron. Hasta la música de la banda sonaba a desánimo. Tuvieron que esperar hasta que llegaran los barcos que llevaban al resto del batallón y, una vez organizado, se emprendió la marcha. El camino en poco se parecía al valenciano. Aunque se notaba que habían trabajado mucho en él, el firme poco lo era, pues el agua lo había transformado en lodo removido por miles de botas.

Los dos primeros días de marcha fueron torturados por una ventisca de finas agujas de hielo que se clavaban en la piel. Al menos, la ropa de abrigo les protegía y tenían también una especie de gorros de lana, los pasamontañas, que les evitaban lo peor. Al tercer día, bruscamente, empezó a hacer calor, y en vez de nieve lo que cayó fue agua, una lluvia suave pero continua. No pocos se alegraron del final del frío, pero Lorenzo sabía lo que significaba. El manto blanco que cubría los montes se fundió, y bajaron regueros de agua que al llegar al camino se convertían en una pasta marrón. Ya no era un barrillo que salpicaba, sino un lodazal en el que se hundían las botas. Un barro como el que pocas veces se había encontrado en las montañas, salvo en turberas en las que nadie en su sano juicio se metía durante el deshielo.

Al menos, Lorenzo sabía cómo cuidar los pies y se aplicó a hacerlo con los de su escuadra. Cada tarde tenían que quitarse el calzado, limpiarse los pinreles, secarlos con cuidado y ponerse calcetines limpios y secos; los usados los tenían que lavar y poner a secar mientras dormían; si a la mañana siguiente aun no lo estaban, debían llevarlos dentro de la ropa para que perdieran humedad con el calor corporal. También procuró que los soldados —los reclutas de su escuadra procedían todos de Zaragoza y sabían del campo lo que don Clemencio de bondad— se movieran por los bordes del camino y evitaran las rodadas. Con esos cuidados la escuadra consiguió mantener el paso y hasta llamó la atención, primero del sargento, luego del capitán.

—¿Cómo se llama, cabo?

—Cabo Lorenzo Bielsa, a sus órdenes, mi capitán.

—Mejor dicho, cabo primero. Me alegra ver que cuida de sus hombres. Quisiera que durante las paradas enseñara cómo hacerlo a los que no sepan.

—A sus órdenes, mi capitán.

Cabo primero, vaya carreraza. Al menos llegaría un real más a la semana a una bolsa que no flaqueaba, pero que tampoco desbordaba. La pena era que, habiendo llamado la atención del capitán ya no podría echar mano de los naipes tan alegremente. Una pena, pues Lorenzo ya tenía calado a más de un pardillo. Pensó que tal vez hubiera sido mejor hacerse el tonto hasta que vio la que les caía a los cabos que no habían sabido mantener la salud de los pinreles de sus hombres. Bueno, ya habría ocasión cuando llegara a Belgrado, que era adonde les habían dicho que se dirigían.

Hasta entonces, barro y más barro.



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—Félix, tú te libraste de la llanura del Danubio. Acepta un consejo de amigo: si algún mal día te apetece visitarla, recuerda no ir ni en primavera ni en otoño. Si algún botarate te lo propone, lo subes a los hielos eternos de la Maladeta para tirarlo a cualquier grieta, que es lo menos que se merece.

—Don Felipe sí que estuvo y no sé si está de acuerdo contigo.

—No puedo decir ni que sí ni que no —intervine—, ya que llegué a Buda durante el verano del ochenta y uno, cuando todavía hacía bueno, y tras la caída de la ciudad me trasladé a Viena. Allí pasé el invierno y, cuando fui a Trieste con mucho frío por haber recibido una invitación del almirante Abaria para unirme a la flota, encontré los caminos buenos. Llegué a Fiume a principios de marzo, y por eso no tuve el dudoso placer de disfrutar de la campaña de esa primavera. Aunque recuerdo que el penúltimo día, ya descendiendo de los Alpes, tuvimos que soportar un temporal de nieve.

—Me parece que debimos cruzarnos. Vaya suerte tuvo, don Felipe, por mucho frío que pasara, pues toda esa nieve no tardó ni una semana en deshacerse. Imagine cómo encontré los caminos —siguió don Lorenzo—. Lo malo, además, no estuvo en los montes, que los llamarán Alpes, pero hasta la sierra de Guara les hace sombra. Esas montañitas, aunque apenas levantaban lo justo, bastaban para que la lluvia corriera y los caminos siguieran más o menos aceptables. Ahora bien, cuando salimos al llano fue un horror. La primera vez que vi la llanura me pareció un estanque de agua que había. Iba desencaminado, porque más que agua, era lodo. Un barro líquido que atrapaba las botas como si fuera engrudo, que se metía por las ropas y nos dejaba ateridos. Para moverse había que levantar los pies y los kilos de mierda parda que se les adherían, procurando no clavarlos de nuevo. Hice lo que pude, procurando marchar por los márgenes y no por la huella y enseñando a los reclutas el cuidado de los pies. En eso tenía ventaja, que de tanto andar por la nieve se acaba aprendiendo cómo cuidar el calzado y los pies. También instruí a los camaradas, que no pocos eran lechuguinos que no habían salido de las plazas de la capital.

—Por entonces aún no estaban pavimentadas —intervino don Félix.

—Sí, pero ya no dejaban echar aguas mayores, se recogía el estiércol y en Zaragoza no llueve todos los días. Ni todas las semanas, y a veces, ni en meses. Además, de tanto trasiego de caballerías y carros, la tierra de las calles estaba dura como la piedra. Cuando llovía se formaba barrillo y algunos charcos, pero no costaba evitarlos. En Eslavonia, si saltabas, te clavabas hasta la rodilla. Había que saber pisar con cuidado, de manera parecida a como se anda por nieve.

—Don Felipe, en eso Lorenzo puede dar lecciones —aclaró don Félix—. Ya le dije que su pereza se esfumaba cuando había dineros por medio, y aprovechaba cuando nevaba para que no le vieran los civiles pasar alijos de matute.

—No son más que habladurías. Que no soy tan tonto como para cruzar en medio del temporal.

—Pues de alguna manera conseguías que no te pillaran, y eso que el cabo Alháquime parecía tener ojos en la nuca.

—¿El cabo? Bueno, como ha pasado tiempo, te lo contaré. Baste con que sepas que más de una vez me acompañó a Luchon.

—¿Ibais juntos el cabo y tú? Vaya truhan que estabas hecho ¿Sabes algo de él?

—De vez en cuando nos carteamos, pero desde que se volvió a Cádiz no he vuelto a verlo.

—¿Y cómo te las arreglas con los de ahora? ¿También están en el ajo?

—Sabes que en esas cuestiones soy un sepulcro.

—¿Tú, sin hablar? No me hagas reír. Si esa boca solo calla cuando trasiega.

—Hablando de trasegar, no estaría de más que el Eladio sacara unos taquitos de jamón, que me gruñen las tripas de tanto hablar.

—¿De hablar, o de empinar?

—No vengas con monsergas, que tú también tienes tu saque.

—Ni por asomo. Bueno, me parece que don Felipe no se está enterando mucho. Sepa usted —explicó, dirigiéndose a mí— que don Lorenzo Bielsa, aquí presente, es doctor en contrabando con diploma en contravención. Que ya pasaba alijos cuando iba con pañales, y ahora es el rey del valle ¿O no es así?

—Exageraciones.

—¿Exageraciones, dice? Tendría que ver la casa que se ha hecho construir este sinvergüenza. Va diciendo que es para doña Eulalia, pero si usted quiere enterarse de lo que se maquina entre las peñas, pásese por ahí.

—Y si necesita algún género, han llegado unos rollos de seda de Lyon que da gloria verlos. Si tiene que hacer algún detalle, nada mejor...

—Haz el favor de no estafar a mi invitado y sigue con tu relato, suponiendo que seas capaz de hacerlo sin desvariar.



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Segunda escena

Limpieza de sangre


Si había una institución que al mismo tiempo modelaba y perjudicaba a la sociedad española era la «limpieza de sangre». Supuestamente, estaba destinada a relegar a las minorías de origen hebreo y morisco, pero en realidad actuaba como una barrera destinada a impedir el crecimiento de la burguesía. Curiosamente, y a pesar de su importancia, su introducción era relativamente reciente, ya que procedía de las postrimerías del siglo XV, aunque tenía raíces más profundas.

Hay que recordar que la sangre, en la concepción galénica del ser humano, era uno de los cuatro «humores» del cuerpo y tenía la capacidad de transportar las cualidades de las personas de generación en generación: se suponía que se generaba de la leche materna y del esperma paterno. Es decir, que se equiparaba al linaje o a la herencia y sus efectos se transmitían a las posteriores generaciones. Durante el Resurgir se formularían las bases de la herencia, pero persistía la creencia popular de que una sangre limpia implicaba una herencia que no estaba contaminada por antepasados espurios. La cuestión estaba en quiénes eran esos malos antecesores.

Supuestamente, cualquier discriminación chocaba frontalmente con el mensaje evangélico, en el que repetidamente Jesucristo dirige su mensaje no solo al pueblo elegido, sino también a los gentiles para escándalo de los fariseos. Según la concepción de la Iglesia, el agua bautismal lavaba el alma humana y convertía al bautizado en un hombre nuevo; por tanto, poco importaría su origen. Incluso hubo quienes escribieron que sería un orgullo pertenecer a la estirpe de la Virgen y de Cristo (por ejemplo, San Ignacio de Loyola). El Evangelio no diferenciaba entre el príncipe o el converso; sin embargo, tal idea chocaba frontalmente con uno de los principios más arraigados en el alma humana, el tribalismo.

Historia

El hombre es un animal social, y el éxito de su descendencia (que es, a la postre, lo que mueve a cualquier ser vivo) depende de la prosperidad de su grupo. Prosperidad que solo puede conseguirse frente a los otros, sean otros animales u otras tribus. Ese sentimiento se manifiesta considerando externo a la tribu y, por tanto, enemigo, a cualquiera con características diferentes, sean la lengua, el aspecto externo, su cultura o la religión.

El tribalismo se ha manifestado durante toda la historia, manifestándose como racismo, nacionalismo, etcétera. Durante la Edad Media, en toda Europa había grupos de «otros», destacando las comunidades judías, fruto de la diáspora hebrea durante la época romana. La Península se convirtió en uno de los destinos preferentes de los judíos, hasta convertirse en Sefarad, su segunda patria; Toledo llegó a ser la «Jerusalén de Occidente», foco de la cultura hebrea, que produjo figuras tan descollantes como Samuel ibn Nagrella, Avicebrón, Yehudá ha-Levi, Maimónides o Benjamín de Tudela. Además, la convulsa historia de los reinos peninsulares forzó al contacto entre cristianos y musulmanes; aunque, paradójicamente, en su mayoría tenían el mismo origen genético (hispanorromanos que se convirtieron al islam), se veían como enemigos, la peor manifestación del «otro». Sin embargo, la guerra entre moros y cristianos no fue una guerra continua, sino que se alternaba con alianzas que hicieron frecuente que enlazaran las familias cristianas con las musulmanas. Peor era la situación de los hebreos, que estaban marginados tanto por cristianos como por musulmanes (aunque en menor medida). Aun así, en el siglo XIV la población hebrea llegaba a las trescientas mil personas, aproximadamente un cinco por ciento de la población.
La Iglesia no ponía objeciones a la conversión: como se ha dicho, pasaba a ser un cristiano nuevo. Sin embargo, acusaba a los hebreos que perseveraban en su fe de deicidas. Además, aun siendo relativamente pocos (uno de cada veinte, como se ha dicho), se concentraban en las ciudades, donde formaban una clase media de artesanos, médicos, comerciantes y banqueros. Este último oficio lo desempeñaban por la prohibición de la usura a los cristianos y conllevó que fueran aun más odiados. Vivían en comunidades cerradas y endogámicas: si un judío se convertía, o si enlazaba con una cristiana (o al revés), sus familiares celebraban su funeral y rompían cualquier contacto.

Al ser una minoría rica, influyente y separada, la comunidad hebrea era el paradigma de la «otridad». Las persecuciones se iniciaron cuando el mundo musulmán se radicalizó: la Edad de Oro de Sefarad finalizó con las persecuciones del siglo XI y la posterior invasión almohade. En la Europa cristiana siempre habían sido odiados y relegados, y durante las Cruzadas las masacres se generalizaron. Las nuevas órdenes religiosas (como los franciscanos y los dominicos) señalaron a los judíos. La peste negra, de la que se les acusó, fue la señal para que las matanzas se enconaran.

La España cristiana, sobre todo el reino de Castilla, tenía, como se ha descrito, una población hebrea muy numerosa. Era vista con recelo al considerarla colaboradora de los invasores musulmanes, algo que es cierto, pero como consecuencia de la persecución que sufrían por los visigodos. Aun así, incluso se acogió a los fugitivos de las persecuciones almorávides y almohades, aunque más por interés de los monarcas de recibir a una minoría cultivada, que por el pueblo. Hasta que el final de las guerras con los musulmanes (tras las campañas de Fernando III y Alfonso X solo sobrevivió el reducido y pobre reino de Granada) y, después, la peste, llevaron a que hallara eco el mensaje antisemita que los religiosos repetían. Fundamental fue la obra del converso Pedro Alfonso, que decía que el Talmud demostraba que los judíos sabían que Jesús era hijo de Dios y, a pesar de ello, no solo lo rechazaron, sino que lo asesinaron. De más importancia fue el odio popular, manifestado con leyendas como la profanación de hostias consagradas o el sacrificio de niños cristianos.

Con la peste negra las persecuciones se acrecentaron y culminaron con las grandes matanzas de 1391. El infame Fernando Martínez, arcediano de Écija, encabezó el asalto de la judería de Sevilla; los asesinatos, saqueos e incendios se extendieron por toda Castilla, y también en Aragón y Navarra. Es difícil calcular cuántas fueron las víctimas, pero solo en Sevilla superaron las cuatro mil, y el total probablemente fue de más de diez mil. De los supervivientes, muchos huyeron a África, entre cien mil y ciento cincuenta mil se convirtieron y quedaron en España solo entre ochenta y cien mil hebreos. Lo llamativo era que muchos de esos conversos estaban orgullosos de su origen por pertenecer a la estirpe de Cristo; pero pronto descubrirían, para su desgracia, que no iba a ser ninguna ventaja.

Esa conversión masiva tuvo una consecuencia: ya durante la Baja Edad Media los hebreos se habían hecho poco visibles al adoptar las costumbres peninsulares, aunque, en teoría, estaban obligados a llevar prendas distintivas y a vivir en las juderías. Sin embargo, los conversos no podían ser diferenciados de los antiguos cristianos; eso sí, seguían formando la burguesía de las ciudades y, por tanto, eran sujetos de envidia. Fue por ello que se presionó para postergar a esos nuevos cristianos, y ya en 1436 en Barcelona se les prohibió ser notarios. En 1449 el noble Pedro Sarmiento (que se había convertido en hombre de confianza del rey Juan II de Castilla) lideró una revuelta contra los conversos en Toledo, y tras alguna resistencia real logró que se aprobara el primer estatuto de limpieza de sangre: los conversos, al ser de herencia contaminada, no podrían acceder a oficios o beneficios públicos. Inicialmente, la Iglesia se manifestó en contra (se llegó a considerar herética la limitación por negar el efecto del sacramento del bautismo), pero los estatutos siguieron extendiéndose, prohibiendo el acceso a los gremios, cofradías, etcétera, y finalmente, incluso a cargos eclesiásticos. Hubo casos de profesos que tuvieron que esperar treinta años a que algún obispo benevolente les concediera la dispensa necesaria para recibir las sagradas órdenes. Es característico que esos estatutos de limpieza de sangre fueran exclusividad peninsular: aunque en otras naciones europeas se proscribía a los hebreos conversos y había medidas para castigarlos (por ejemplo, en Inglaterra se suponía que un hebreo era propiedad real y, al convertirse, perjudicaba al monarca y sus posesiones eran confiscadas), solo en España y en Portugal hubo estatutos de limpieza de sangre (llamados de puridad en Portugal). Aun así y por lo general, fuera de la Península un hebreo convertido solo era visto con recelo y sus descendientes no eran marginados.

La cuestión de los conversos llevó al establecimiento del Tribunal del Santo Oficio (la Inquisición), cuya misión debía ser la vigilancia de esos conversos, al sospechar, con razón, que no pocos lo habían hecho de forma y continuaban siguiendo los preceptos hebraicos. Hubo alguna resistencia en la Corona de Aragón hasta que rn 1485 fue asesinado en Zaragoza el inquisidor Pedro Arbués por un grupo de conversos, aunque en el fondo el motivo fuera el odio a un tribunal extranjero que atacaba a los fueros aragoneses. La consecuencia fue que el pueblo zaragozano, que inicialmente defendía sus fueros, se convirtió en ferozmente antisemita.



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Las grietas en la institución

Eran tales los excesos que el conde-duque de Olivares intentó limitar las investigaciones a tres generaciones mediante la Real Pragmática de 1623; en parte por lo antedicho, pero también para proteger a los financieros de origen converso que le apoyaban. Todo ello, sin olvidar que sus propios orígenes también eran cuestionables. Fracasó en su empeño, pues la nobleza veía en esa exigencia de limpieza de sangre una salvaguardia que impedía el acceso de arribistas y así mantener su exclusividad social.

Sin embargo, el proceso de modernización económica y social iniciado en el Reino de Valencia iba a ser el que derribara el tinglado. Recuérdese que la exigencia de limpieza de sangre había encontrado resistencia en la Corona de Aragón. En el Reino de Valencia, que tenía una importante base comercial, había sido la burguesía la más reticente, contrariamente a las clases populares y rurales (los «cristianos viejos lindos»). Además, era la Inquisición la que actuaba como motor, que era vista como una institución foránea. Es decir que, aunque la exigencia de demostrar que no había antecesores viciados tenía fuerza extramuros, en la ciudad de Valencia se veía como imposición gravemente perjudicial. Incluso había gremios que se oponían a la medida, como el de mercaderes, uno de los que tenían mayor poder económico. Máxime, cuando comenzó el despegue económico de la mano de las nuevas industrias.

La primera grieta estuvo en la Armada del Reino de Valencia. Organizada para combatir a los piratas berberiscos, tenía características inusuales: contrariamente a otras marinas, las embarcaciones no tenían capitán de mar y de guerra, sino que eran los navegantes los que dirigían la nave. Estos se seleccionaron entre los más expertos, sin atender a su origen. En 1629, tras el regreso victorioso de la escuadra desde Túnez, don Pedro Llopis, futuro marqués del Puerto, instituyó una serie de condecoraciones. Entre ellas primaba la orden de Jaime I (que posteriormente recibió la sanción real), que se concedía por los méritos del marino (más adelante, también de los soldados) sin atender a si gozaba o no de limpieza de sangre. Asimismo, en las fábricas de la Compañía del Carmen, fundada también por Llopis, la admisión dependió de las capacidades profesionales, ignorando cualquier reclamación que se basara en los antepasados. Al haber algún conflicto con los gremios (no tanto por esta cuestión, sino por la competencia que se les hacía), varias de esas fábricas se situaron fuera de la ciudad, donde había mayor libertad al bastar con hacer espléndidas donaciones a la aldea donde se establecían.

Paralelamente, en el norte de España se estaba creando el germen del futuro emporio siderúrgico, químico y naval, que se apoyaba no solo en nuevas industrias, sino también en instituciones educativas que en el futuro darían lugar a centros tecnológicos de renombre, como las universidades politécnicas de Santander y de Gijón. De nuevo, no se admitía a los aspirantes por su linaje o falta de él, sino exclusivamente por méritos.

Una segunda grieta se abrió en 1635 cuando, contando con la autorización real, se permitió que se fundara en Valencia una judería donde se establecieron talladores de diamantes, los que en el futuro convertirían la ciudad en el centro de tal mercado. Si se permitía que los hebreos trabajaran y prosperaran ¿cómo se podía postergar a los cristianos? Hubo protestas, en las que el beneficiado de la iglesia de San Juan del Hospital don Aniceto Escrivà tuvo papel principal con sus inflamados sermones. Sin embargo, no solo sus pláticas amenazaban la riqueza del reino, sino que la marginación de los cristianos por lo que pudieran haber sido sus bisabuelos era vista con escándalo por no pocos religiosos. Escrivà fue destituido con la autorización de la Orden de Malta, que estaba agradecida al marqués del Puerto por su campaña contra los piratas berberiscos, y enviado como misionero a las Filipinas, donde falleció poco después de malaria.

En el apartamiento de Escrivà tuvo papel la Iglesia, que ese mismo año tomaría cartas en la cuestión cuando el padre Hernando de la Bastida, miembro de la Compañía de Jesús y profesor de Teología del Colegio de San Pablo de Valencia, publicó el opúsculo «De Sacramento Regenerationis: Disputatio teológica sobre la plenitud del Santo Bautismo y la improcedencia de las exclusiones por razón de sangre en la milicia de Cristo», que comenzaba así:


«PROPOSICIÓN: es doctrina firme que el Santo Bautismo engendra un hombre nuevo, borrando toda mácula del espíritu. Mal se compadece esta verdad con quienes pretenden que la mancha de la sangre sobreviva a la Gracia del Sacramento. Pues, si el agua de Cristo no es suficiente para limpiar el linaje humano ¿No estaremos negando la soberana eficacia del Misterio, haciendo al pecado de los abuelos más poderoso que la Redención del Calvario? Proponemos, pues, que el honor nace de la fe y no de la cuna».

Es significativo que la publicación no fuera clandestina, sino autorizada por el ilustre don Isidoro Aliaga, arzobispo de Valencia: señal de que cada vez mayores sectores del clero veían con escándalo la exigencia de los estatutos de limpieza de sangre, no solo por los antedichos motivos teológicos, sino porque advertían que se trataba, en realidad, de un negocio que beneficiaba a pocos y que afectaba al fundamento de la doctrina cristiana.
Un nuevo suceso que obligó a mutar la posición de la Corona fue la conquista de Egipto en 1638. Allí, los españoles se encontraron con una población hebrea muy numerosa que colaboró con los nuevos ocupantes frente a la resistencia musulmana. Similar problema, pero de todavía mayor magnitud, se produjo cuando los rebeldes flamencos capitularon. Aun siendo victorioso, el marqués del Puerto recomendó al rey Felipe IV que se hicieran concesiones a los holandeses, pues urgía llegar a un acuerdo para centrarse en la guerra con Francia. Los acuerdos de Munster, refrendados en la Paz de Utrecht, incluyeron la garantía a la población hebrea de las antiguas siete provincias. Igualmente, se toleró la práctica privada de la religión con la frase: «concediendo a los naturales la libertad de sus conciencias en el ámbito de lo privado y doméstico».

Tales medidas, tomadas por ser imprescindibles para finalizar el conflicto bélico, llevaron a que muchos clérigos (los partidarios del cambio) clamasen contra medidas que castigasen a los cristianos fieles y protegieran a quienes no lo eran. Destacaron don Juan de Palafox y Mendoza, antiguo obispo de Puebla (Nueva España), y el benedictino fray Benito de Peñalosa y Mondragón, que en su obra «Valor del trabajo manual y del comercio» escribió que faltaba al mandato divino el mal cristiano que exigía esa limpieza de sangre al cristiano fiel cuyos ancestros habían hecho el gesto heroico de la conversión, mientras toleraba a los hebreos para evitar menoscabo en sus negocios.

Finalmente, el mazazo lo dio la Compañía de Jesús cuando en 1652 dejó de exigir la investigación de los antecedentes de los profesos, volviendo al mensaje ignaciano que insistía en que el bautismo era un nuevo nacimiento que borraba cualquier mácula. Otras órdenes siguieron su ejemplo, siendo los más renuentes los jerónimos y los dominicos, que tuvieron que ceder en 1657 cuando el papa Alejandro VII promulgó la encíclica «Omnes In Christo», en la que, basándose en la carta de San Pablo a los gálatas, con la frase: «…ya no hay judío ni griego... porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús», condenaba la idea de que la genealogía humana no podía limitar la eficacia sagrada del agua bautismal.

Tal sanción papal (que se cree fue tomada por la insistencia del grupo de cardenales españoles) permitió que en 1658 Felipe IV firmara la «Real Pragmática de Unión y Concordia: por la cual se anulan y prohíben perpetuamente los estatutos de linaje, mandando que solo el mérito y la virtud sean ley en el servicio de Nuestra Corona». En ella advertía que en el linaje de los reyes españoles había tanto musulmanes como hebreos que hicieron el esfuerzo heroico de la conversión, y mal se podía exigir una «supuesta limpieza» (sic) que ni la familia real tenía. Señalaba que esa exigencia era herramienta de envidias, que causaba grave menoscabo en su reino, y castigaba severamente a quien quisiera imponer tal limitación, e incluso a quien emprendiera cualquier investigación si su motivo era perjudicar a cristianos fieles. Asimismo, se condenaba a quienes hubieran utilizado esos estatutos para agreder a buenos cristianos (medida claramenet dirigida contra los linajudos). El acto final se produjo en la Plaza Mayor de Madrid, cuando en presencia del rey se quemaron públicamente los «libros verdes» por no ser necesarios y por haber servido de herramienta de maleantes contra sinceros fieles.

Consecuencias

La prohibición de los estatutos encontró importantes resistencias que acabaron siendo contraproducentes para los que pretendían defender la limpieza al demostrarse que sus motivos eran puramente económicos. Además, por entonces los gremios (los que se opusieron más firmemente) estaban perdiendo el poder ante la competencia de las nuevas industrias. Los gremios habían intentado limitarlas, pero se encontraron con la oposición no solo de los propietarios, sino de las localidades en las que se emplazaban, al ser fuente de riqueza. Tras esa derrota, el que intentaran mantener la exclusividad empleando una práctica que acababa de ser prohibida fue la primera piedra sobre la tumba de esa institución, cuando en las Cortes de Monzón de 1660 se rechazaron las exigencias gremiales. Ese mismo año fue condenado el valenciano Jusepe de Alpuente, maestro mayor del gremio de velluters (sederos), por pretender mantener la exclusión. En tal insistencia había claros motivos económicos: el gremio de sederos, que anteriormente había sido uno de los más ricos de Valencia, pretendía evitar que los comerciantes conversos participaran en la producción de seda. Ocurría que las factorías sederas de la Compañía del Carmen habían marginado a los antiguos maestros que, acusando de judaísmo a los que en las fábricas trabajaban, pretendían acabar con esa competencia.

Peor suerte sufrieron no pocos linajudos, que fueron denunciados por aquellos a quienes extorsionaban y sufrieron severas penas; con todo, fueron más frecuentes las venganzas privadas: el doctor don Julián de Valdeón-Borbón ha demostrado que en los tres años siguientes pasaron a las Indias varias decenas de esos linajudos, comparando las actas de los procesos de limpieza con las solicitudes de autorización para emigrar.

Que ya no se exigiera una investigación familiar facilitó la vuelta a España de millares de judeoconversos que habían escapado del acoso huyendo a Holanda; ahora les atrajo el progreso económico español (mientras que Ámsterdam decaía) y la seguridad de que no solo serían tolerados, sino que se reconocerían sus méritos. Fueron artesanos, artistas, banqueros y empresarios, y destacó entre ellos don Benito de Espinosa (llamado en Holanda Baruch Spinoza), uno de los principales filósofos del siglo. Espinosa, que había sido apartado por la comunidad hebrea, que consideraba sus ideas heréticas, decidió volver a España e instalarse en Valencia, aduciendo ser un converso perseguido por la envidia. De hecho, no se sabe si llegó a bautizarse y, posteriormente, su «Ética» se convirtió en modelo para los panteístas aunque, en realidad, el pensador evitó cualquier idea que pudiera considerarse herética, y simplemente se limitó a escribir que la naturaleza era una máquina perfecta de leyes físicas. Teoría que en su día había defendido la iglesia española frente al papa Urbano VIII, aunque con la diferencia de que Espinosa no escribió que la naturaleza fuera una creación perfecta, sino que la filosofía natural no solo no era incompatible con la religión, sino que debía ser su consecuencia.



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Al día siguiente, como le había dicho el sargento, tocó mazazo. Que así apodaban en el Ejército a la vacuna de la peste por cómo les dejaba. Los más y los menos pasaron la semana con fiebre y con el brazo hinchado, pero se habían producido casos de la plaga en Oriente y todo el mundo, Lorenzo el que más, temblaba con solo pensar en el terrible mal.

Cuando estuvieron más o menos pasables les hicieron formar y el coronel jefe del campamento se dirigió a los reclutas, llamándolos hermanos de armas —malo—, valientes defensores de la Cristiandad —peor—, les habló de la obligación de mantener el prestigio y el honor de la bandera —marrón a la vista—, y de que se iban a unir al Ejército de los Balcanes —efectivamente, les había caído el marrón y con chorreras—. Hicieron los petates, que se llevarían en carros, cargaron con el armamento y los macutos, y a los caminos, hacia Valencia. A pie, que se suponía que los caballos les esperarían allá adonde iban, no se sabía si donde la Gineta o el Perico. Era invierno y el tiempo no ayudó demasiado: alternó días heladores de cielos rasos con chubascos de aguanieve a la altura de Teruel. Aunque no era nada nuevo para el montañés, más de una vez pensó que era de tontos escapar de la nieve de las montañas para encontrarse con la nieve en la meseta. Al menos, iba bien calzado, que las botas militares daban sopas con onda a las abarcas con las que se valían en el valle, la ropa era de abrigo y el tabardo impermeabilizado se agradecía. Además, se movían por una de esas nuevas carreteras de cascajo y tierra apisonada que les libró de sufrir el barro. Aun así, Lorenzo tuvo que andar pendiente de los reclutas, que parecía mentira. Con el frío que se pasaba en Zaragoza cuando soplaba el cierzo y que lo pasaran tan mal con un poco de cellisca. En el valle les hubiera gustado verlos, que él no había tragado poca nieve en el Portillón.

A pesar de las dificultades, el batallón marchaba como si estuviera de maniobras. Al frente, la banda; no tocaban continuamente o los pobres músicos hubieran preferido desertar, pero sí cuando pasaban por los pueblos, en los descansos y cuando hacían noche, siempre bajo cubierto, que se habían habilitado cuarteles temporales para que la marcha fuera menos gravosa. A Lorenzo le sorprendió agradablemente que al pasar por las localidades los vecinos salieran a animarles, no pocas veces con sus propias bandas que, mal que bien, martirizaban a las pobres partituras con la intención de alentar a los valientes soldados de la Cristiandad. El montañés era un tanto escéptico sobre todo eso de cristiandades, pues don Clemencio le había vacunado contra las piedades de galería con mayor eficacia que los matasanos que les inmunizaron contra la peste. Más le animaban los agasajos que repartían. Buen pan y mejor vino, el jamón de la sierra y algunos quesos que hacían más soportable la caminata.

Tras pasar Teruel subieron al puerto. Lo que llamaban puerto por allí, tan suave que el camino ni necesitaba dar lazadas. Luego empezaron a descender y tanto el paisaje como el tiempo se dulcificaron. No del todo, ya que un aguacero que les cayó pasado Segorbe los dejó calados hasta los huesos, pero al menos ya no había hielos. Los pueblos eran más grandes y con mejor aspecto, con curiosas cúpulas de azulejos en las iglesias. Cosas veredes, pensó Lorenzo, que solo había visto baldosines en los suelos. Al menos, la calidad de las bandas musicales mejoró —le llamó la atención que lucieran uniformes que remedaban los militares— y los almuerzos tampoco fueron malos, aunque se echaban en falta los curados.

Al final, resultó que no fueron a Valencia, sino al nuevo puerto de Sagunto. Al acercarse le sorprendió ver un bosque de chimeneas que emitían un humo negro que no decía nada bueno de lo que ahí se quemaba. Después vio el mar por primera vez —Lorenzo, al que el ibón de Cregüeña le parecía grande, nunca hubiera imaginado tanta agua junta— y un barco que no desmerecía en tamaño. Era tan grande como todo Ansils, con unos troncos —mástiles por nombre— que a saber de dónde habían sacado semejantes árboles. Luego vio que se habían hecho empalmando palos; así, cualquiera.

El día era frío y ventoso, pero, por motivos que solo los marinos entendían, parecía bueno para navegar, así que les metieron prisa. En cuanto estuvieron a bordo, más apretados que en el fogaril cuando hacía frío, una galera los sacó a remolque del puerto. Así empezó un suplicio que algunos llamaron navegación. Lorenzo nunca imaginó que se pudiera vomitar tanto. Culpa de esa maldita embarcación que recibía el viento inclinándose y pegando brincos entre olas. Luego supo que lo llamaban «rasador», cuando mejor le iba instrumento de tortura. Viendo que había marineros que disfrutaban y que hablaban de lo bien que tomaba el viento, Lorenzo decidió que el Creador no había tenido el día inspirado cuando lo llenó de tipos que harían mejor papel en el nosocomio.

De tanto zarandeo Lorenzo ni disfrutó del mar ni se fijó en las fragatas que acompañaban al barco; tan solo al final de la peripecia empezó a retener algo en el estómago y, ya estando medio vivo, pudo mirar más allá del balde que le habían dado para que echase las papillas. Así pudo ver una especie de engendro, un barquichuelo con una chimenea como las de Sagunto que se movía por las aguas sin que la movieran velas o remos, sin que la remolcara nadie. Como no parecía que hubieran metido mulos dentro, seguro que era alguna de esas cosas que don Clemencio llamaba locuras modernistas.



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Un soldado de cuatro siglos

Mensaje por Domper »

Siento el error, es que reordené en mi archivo las entradas y luego pasa lo que pasa. Espero que ahora no haya problemas.


El viaje por la llanura fue cada vez más penoso. El tiempo empeoró y no paraba de llover. Hasta volvió a caer aguanieve e incluso alguna nevada; lo justo para formar una capa blanca que a las pocas horas se transformaba en pasta marrón. Ateridos de frío, bastante tenían con llegar al poblacho donde pasarían la noche. Aún empeoró más cuando se adentraron en Serbia, en una región de pobladores indómitos —los oficiales previnieron a los soldados de lo que ocurriría si molestaban a los civiles— que habían pagado su resistencia con sangre y fuego. Las aldeas mostraban los estragos de la guerra. No pocas se habían convertido en ruinas ennegrecidas, rodeadas de tumbas cavadas recientemente. Peor todavía, los lugareños miraban a los soldados con mala cara. Aunque el pagador del batallón de marcha llevaba la plata necesaria para adquirir provisiones, pocos campesinos ofrecían sus productos. Los soldados tenían que conformarse con las raciones de campaña que, previsoramente, habían llevado a los depósitos de la ruta antes de que empezara el deshielo.
Parecía imposible que la marcha empeorara, pero empeoró. Las primeras jornadas por territorio serbio habían sido un suplicio, pero al menos encontraban provisiones en cada parada. Sin embargo, al sexto día de haber dejado Agram, encontraron que el río Sava se había desbordado, formando una especie de laguna de decenas de kilómetros de anchura. Tuvieron que desviarse y pasar por unas colinas que risa hubieran dado en otro momento, pero que una inoportuna nevada había enterrado bajo dos palmos de capa blanca. Lo sensato hubiera sido detenerse, pero los oficiales apremiaban a los soldados, pues se les necesitaba para la campaña de primavera. Fueron dos jornadas de abrirse paso entre la nieve hasta que llegaron a Brod y volvieron a encontrarse con el barro.
De vuelta en la llanura, la marcha que hubiera debido ser de una semana les costó dos. Al no estar preparados los alojamientos tuvieron que refugiarse en las pocas casas que aún se tenían en pie, donde los cocineros intentaban conseguir algo con las provisiones que hombres y mulos habían cargado, siempre ante la expresión torcida de los serbios. Al menos, al acercarse a Belgrado se encontraron con una caravana con alimentos que había enviado el gobernador. Finalmente cruzaron el río por un puente de barcas y llegaron a la ciudad.
Belgrado tenía fama y les habían hablado de la «ciudad blanca», pero a Lorenzo le defraudó, y más tras haber visto Zaragoza. Por lo visto, durante el asedio del año anterior se había producido una tremenda explosión que había afectado a los edificios más notables. Solo habían sobrevivido los tugurios donde habían vivido sus moradores: cuánto más lejos del castillo —mejor dicho, de sus ruinas— menos daños habían sufrido los edificios, pero también eran peores. No ayudaba que los habitantes hubieran sido expulsados, y todavía no habían llegado suficientes colonos. Las viviendas mostraban estragos invernales que nadie había reparado; aunque, en realidad, no era del todo malo, ya que los recién llegados pudieron aposentarse en esos humildes aposentos que, por malos que fueran, parecían palaciegos tras el viaje.
La ciudad no estaba del todo vacía. Había bastantes hebreos y algunos serbios recién llegados que trataban a los judíos como si fueran alimañas. Lorenzo tenía cierta prevención contra esa raza a la que don Clemencio llamaba asesina de Cristo en sus pláticas. Sin embargo, le parecieron gente como cualquier otra, salvo por sus extrañas vestiduras y los ridículos rizos que lucían los varones. Menos gracia le hacían los serbios, siempre malencarados. Al montañés le extrañó semejante actitud hacia quienes les habían liberado de los turcos. De ahí que preguntara a otro cabo de la guarnición con el que estaba echando unas partidas a los naipes.
—Es que los serbios son muy suyos —le respondió el interpelado—. Se han rebelado mil veces contra los turcos y siempre les han dado en los morros. Ahora llegamos nosotros y en cuatro días conseguimos lo que ellos no podían.
—O sea que son celos.
—No solo celos, que estos tipos tuvieron un reino propio y los cabeza de toalla se lo merendaron. Ahora les gustaría resucitarlo, pero van diciendo que lo suyo iba desde Viena hasta el mar.
—¿Era así?
—¡Qué sé yo! Me parece que son de mucho exigir y poco dar. Además, los cabezacuadradas van diciendo que todo esto era del reino de Hungría y que les pertenece.
—No me extraña que estén disgustados, pero no queda demasiado bien enfadarse con quien ha puesto su sangre para liberarles.
—Es que no conoces el resto. Estos serbios vivían fuera de la ciudad y se han encontrado aquí con un montón de judíos. Lo más bonito que les dicen es perros traidores y, en cuanto pueden, los apiolan. El general don Íñigo de Velandio no está para bromas y ha mandado ahorcar unos cuantos serbios.
—Acabáramos.

—Pues ya sabes de qué va esto. Ahora, deja de parlotear y enseña tus cartas.

Lorenzo perdió esa mano y la siguiente; en una se quedó corto y en la otra, se pasó. Cuando volvieron a repartir levantó su carta: un tres, de lo peor que le podía tocar. No importaba; pidió otra y, al descubrirla —un miserable dos—, imaginó lo que haría de llevar siete y media, hasta conseguir ponerse colorado y temblar un poco. Varios se retiraron, y un par de listos se pasaron. El que era mano empezó a pedir cartas, hasta que también se pasó; al final, con esa porquería de lance se llevó lo que había en la mesa. En el siguiente, primero le cayó una figura, y luego, nada menos que un siete. Miró los naipes con disgusto, los puso boca abajo y no pidió más. Los demás jugadores sí que se atrevieron y perdieron sus bazas al ver las siete y media de Lorenzo. Ya con la mano, siguió manejando los naipes con maestría hasta que la gente se retiró, dejando sus reales en la bolsa del montañés.



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Mensaje por Domper »

Y para compensar, una propinilla…


—No sabría decir qué parte del viaje fue peor; tan solo, que nos alivió llegar a Belgrado, aun a sabiendas de ser parada temporal ¿Conoció usted la ciudad durante la guerra, don Felipe?

—No, lo lamento. No llegué más allá de Buda.

—Pues no se perdió nada. Era una señora fortaleza, pero había quedado bastante desmejorada tras el asedio. Además, la moraba una gentuza desagradecida, que yo no pedía que nos agasajaran…

—Tampoco te hubiera importado —interrumpió don Félix.

—Don Felipe ¿ve qué mala fama quiere darme este señor, al que no trato como merece solo por respeto a doña Miriam? Félix, estas faltas solo te las permito si sacas otro queso ¡Eladio, no te escurras, que la mesa se está vaciando!

Lorenzo se puso a trasegar de nuevo. Temiendo otro de esos duelos verbales, entretenidos pero que ocupaban demasiado tiempo, insistí a don Lorenzo para que siguiera.

—Qué poca paciencia tienen ustedes, los del llano —me respondió.

—Me decía que no se llevaba bien con los serbios.

—Mejor dicho, los serbios no se llevaban bien con nadie. Es que se creían los reyes, pero si no hubieran tenido ayuda todavía seguirían poniéndole el cul* al sultán. Buen regalo que les dejamos a los imperiales.

—Ya lo puede decir, don Lorenzo —contesté, mientras pensaba en el papel de esas gentes en la última guerra.

—Lorenzo, dicen las malas lenguas que en Belgrado te hiciste con un capitalillo —intervino don Félix con cierta sorna.

—Tuvimos unos días tranquilos mientras esperábamos a los otros batallones y ya te he dicho que Belgrado no estaba en su mejor momento. La llamaban la ciudad blanca, y sería de ese color, pero por debajo de la carbonilla. Lo único que merecía la pena ver era el río. Félix, tú viste el Nilo, pero no creo que se comparara al Danubio. Era como cinco veces el Ebro. Además, el hielo se había empezado a romper y la corriente hacía chocar los témpanos. Todo un espectáculo.

—Don Felipe, note usted que esta desgracia que he tenido la mala ocurrencia de presentarle, no ha dicho ni palabra sobre sus habilidades con los naipes —señaló don Félix.

—Voy a repetir que solo era para entretenerme.

—Eso es lo que dices. Don Felipe, tuve a este gaznápiro de ayudante y le recomiendo que no cruce naipes con él. Donde no le conocen parece un aficionadillo más, echando cartas al buen tuntún, ganando unas monedillas y perdiendo otras, hasta que descubre a un primo y lo despluma. Se dijo que en Belgrado había primos como para llenar un árbol genealógico.

—Como muy bien no se les daba la baraja, procuré enseñarles algunas lecciones, no fueran a dejarles sin blanca.

—Di la verdad, que tú no les dejaste ni con blancas ni con negras. Don Felipe, baste decirle que Lorenzo salió del valle con lo puesto y regresó con unos dinerillos que no hubiera conseguido ni con veinte años de pagas.

—Ahora criticarás la buena administración.

—Sí, ya sé cómo lo administras. Pasando de noche para que no te pillen los gendarmes. Don Felipe, viéndolo con semejante barriga no se imagina cómo se mueve entre peñas. Es un gandul con agravantes, menos cuando hay dinero por medio.

Habíamos vuelto al duelo verbal y procuré cortarlo—. Don Lorenzo, creo que Belgrado y Temesvar eran las bases de don Pablo para la campaña.

—Mire, por entonces era cabo y de poco pude enterarme. Se decía que Belgrado iba a ser la principal base, aprovechando el río, pero ya le he dicho que estaba congelado y las barcas no podían llegar. Por eso la campaña se retrasó. De haberlo sabido hubiéramos podido esperar un mes en Trieste, pero no, nos tocó ver llover, primero en Belgrado y luego en Nis. No sé si habrá oído hablar de ella: es una ciudad de tamaño mediano, más o menos como Huesca. Había sido capital de una provincia turca y la habían reconquistado los serbios después de la gran victoria de Temesvar. Nada más ocuparla, esos tipos hicieron lo de siempre: pelearse con todo el mundo. En Nis encontraron a muchos búlgaros, pero cuando llegué ya habían echado a la mayoría.

—Con todos esos líos luego pasó lo que pasó —intervine—. Lo llamativo es haber escogido como cuartel esa ciudad rodeada de montañas.

Fue don Félix el que respondió—. Don Felipe, disculpe al Lorenzo, que no se enteraba de nada. Yo no estuve en esa campaña, pero el general Sampedro la relata en su último libro.

—No he podido leerlo aún.

—Pues merece la pena. Ya sabe que es el autor de referencia para esa guerra. Yo había avisado a la editorial y no hará ni tres meses que me llegó. Sampedro cuenta que las operaciones de primavera se iban a apoyar en tres bases principales: Nis, Temesvar y Brassau, con Belgrado como almacén en la retaguardia. Aparentemente, se trataba de una operación combinada contra Valaquia. O, al menos, lo que Lazán quería aparentar.

—El marqués estaba en Egipto por entonces.

–Sí, pero había planeado con don Pablo Espínola la siguiente campaña. Recuerde lo que le dije, que el marqués no era buen rival ni en una partida de guiñote. De haberse medido con este gañán, lo hubiera dejado en cueros vivos. Si parecía que iba a hacer una cosa, es que su intención era otra, siempre que no hubiera otra aún más oculta. Como dice Sampedro, «planes dentro de los planes dentro de los planes». Esa disposición que le he descrito amenazaba claramente a Valaquia, y los turcos del pachá Esseid se aprestaron a defenderla.



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Por fin se movieron hacia Nis. La nueva marcha solo fue un poco mejor que la anterior; hacía menos frío, desde hacía días no llovía, pero seguían pateando barro. De nuevo, el viaje que hubiera debido llevar una semana costó doce días penosos. Al llegar a la ciudad, Lorenzo se llevó un desengaño: los turcos, antes de retirarse, la habían quemado hasta los cimientos. Iban a tener que vivir en tiendas de lona.

La mejoría del tiempo fue aparente y a mediados de abril volvió a nevar. Las tiendas quedaron empapadas; poco le importó a Lorenzo, pues apenas las vieron. Al llegar, habían distribuido a los reclutas en las diferentes unidades y los sargentos, especie perniciosa que Dios había puesto en el mundo como penitencia de pecadores, se empeñaron en inculcarles unas supuestas virtudes marciales que a Lorenzo se le daban un ardite. Pretendían conseguirlo en el campo de maniobras, yendo y viniendo, subiendo y bajando, prestando mayor atención a los que llevaban algún galón. Por algún motivo ignoto a Lorenzo no se lo quitaron, y no sería por cariño, porque ya les había impartido alguna lección sobre juegos de naipes. De pago, obviamente, y que no se quejaran, que el saber no se reparte de balde.

Le habían incorporado al segundo batallón del Tercio de Valladolid. Una unidad de corta historia, pues había sido creada durante la guerra de Dunkerque, pero no por ello menos gloriosa, ya que, encuadrado en el cuerpo de don Pablo Espínola, había barrido los Balcanes. Glorias que a Lorenzo le sonaban mal y erizaban su bigote. Al mando de la división estaba el general Aguirre, que había sucedido al general Larrando de Mauleón, que a su vez pasó a mandar el cuerpo. Malo también, porque Aguirre, en su época de coronel, también había batido el cobre. No era que a Lorenzo le importara que batiera el cobre o tocara la zambomba; pero cuando el general era guerrero, a los soldados les tocaba bregar.

Pero seguía lloviendo.


Ya, por fin, se acaba este capítulo (dejando todo en el aire, como es habitual). Estoy con mucho lío variado, pero espero reemprender la historia en un plazo no demasiado largo.



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