Un soldado de cuatro siglos

La guerra en el arte y los medios de comunicación. Libros, cine, prensa, música, TV, videos.
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Bratislava

La ciudad de Bratislava, la antigua Persburgo, que es capital del estado federado de Eslovaquia, está entre las ciudades que más han cambiado desde la guerra. En parte, debido a su gran crecimiento durante el siglo siguiente, cuando se convirtió en uno de los núcleos industriales del Sacro Imperio, pero también porque los imperiales han preferido olvidar el desastre que sufrieron. Además, la ciudad en expansión ha hecho que el campo de batalla se haya urbanizado. Sin embargo, tras la Transformación y la integración del Imperio y sus naciones en la Unión, los eslovacos, para afirmar su orgullo, recuerdan el sentimiento nacional que surgió tras el desastre, la resistencia de los Vengadores del Bosque y el regreso final de los desterrados. El gobierno estatal ha llenado la ciudad de memoriales y de estatuas que hacen referencia al saqueo, pero que pueden llevar a que el visitante tenga una idea equivocada.

En la Michalská brána (puerta de San Miguel), una placa señala el lugar por donde los salteadores otomanos entraron en la ciudad, y en la Hlavné Namestie (plaza Mayor), la estatua del burgomaestre Thobias Plankenauer marca el lugar donde se alzó el ayuntamiento de la ciudad, el lugar de la última resistencia. Las calles del casco antiguo están jalonadas de placas en recuerdo de las familias allá donde fueron asesinadas. Son numerosas las estatuas que hacen alusión a los combates, siendo las más famosas la Milicionár a zbabelec (el miliciano y el cobarde) que representa a un miliciano eslovaco aprestándose al combate, mientras un cobarde (según la tradición, un barón austriaco) escapa cargado con sus riquezas. En la Brána sĺz (puerta de las lágrimas, antes llamada Laurinská brána o puerta de San Lorenzo) un conjunto escultórico recuerda la salida como esclavos de los habitantes de la ciudad. Al lado está la Pamätné námestie (plaza del Recuerdo) con el Stena mien (muro de los nombres), una pared de granito donde están labrados los nombres de los eslovacos que perecieron o que fueron esclavizados por los turcos. La Kaplnka únie (capilla de la Unión) fue edificada allá donde los esclavos rescatados tras la guerra se cogieron de las manos para entrar así en su ciudad.

También se recuerda el saqueo en el cementerio Ondrejský. Una gran cruz marca la fosa común donde se dio sepultura a los restos mortales de los eslovacos asesinados por los turcos. También en ese cementerio están los mausoleos de varios de los «vengadores del bosque», ya que por privilegio imperial podían ser enterrados bajo una lápida que recordara sus hazañas, y que debía respetarse hasta la Eternidad.
En el castillo de Bratislava, que sigue dominando la ciudad, una sala está destinada a la batalla. Sin embargo, suele recibir mucha más atención la Miestnosť lesných pomstiteľov (Sala de los Vengadores del Bosque) que está dedicada a los miembros del batallón eslovaco que resistieron en la Stráze kopec (colina Estrace) y que luego formaron los famosos «Vengadores del Bosque», los resistentes que convirtieron la ocupación turca en un suplicio.

Desde el castillo se tiene una buena panorámica del antiguo campo de batalla, pero lo que en su día eran laderas cultivadas separadas con setos, es ahora un paisaje suburbano, con multitud de villas rodeadas por arboledas que no existían en el siglo XVII. Ahora bien, no se ve bien la colina Estrace, que necesitará una visita, pues allí se alza el principal recuerdo de la batalla. En su base hay un centro de interpretación allí donde estuvo emplazada la batería de cañones que contuvo a los trucos durante dos días; sin embargo, por las explicaciones puede parecer que eran cañones eslovacos y no españoles. En la cúspide de la colina un monolito dedicado al batallón hispanoeslovaco que la defendió, con un friso en su base que muestra a los eslovacos venciendo a los turcos mientras los austríacos huyen. En la cúspide se inicia el «sendero de los héroes», un paseo que sigue la ruta de la retirada del batallón hispanoeslovaco antes de que se dispersaran en los bosques.

En las cercanías de la ciudad son de visita recomendable el parque forestal (Malé Karpaty a Záhorie Park), con rutas marcadas que permiten conocer el bosque donde se escondieron los Vengadores, y el Devínsky hrad o castillo de Devin, donde un diorama muestra canto la rendición y masacre de los restos del ejército imperial, y la posterior reconquista y defensa, en la que tuvieron papel principal los Vengadores, ahora encuadrados en el ejército español. Al pie de la estatua principal una estatua recuerda al Capitán Vengador Betorz, el oficial español que primero organizó los vengadores y después fue el primero en asaltar el castillo. En la orilla del Danubio se ha preservado una batería con cuatro cañones Trubia del ocho que cerraron el gran río a la navegación turca.



Llegar a Bratislava es muy sencillo desde Viena, y los trenes llegan en una hora. También hay excursiones por el Danubio, que llevan el doble de tiempo. Bratislava es la capital de la Unión Europea más pequeña y, aunque merece una visita, no precisará más de uno o a lo sumo dos días, tal vez solo horas, pues el centro urbano es muy pequeño. El viajero solo encontrará un resto de la muralla, la Michalská brána o puerta de San Miguel. Aunque en el centro hay edificios antiguos, como la catedral, la mayor parte de los del casco urbano fueron levantados en los siglos XVIII y XIX. Domina la ciudad el castillo, que conserva elementos medievales, pero la mayoría se levantaron a partir de 1712. Es un buen mirador para el escenario imaginario de la batalla, que forma parte de la periferia de Bratislava y es una zona de colinas (bastante empinadas) y bosque. Bratislava tiene otros atractivos, desde luego, empezando por sus cafés o su teatro de la Ópera.

Cercanas a la ciudad están las estribaciones de los Pequeños Cárpatos, en la actualidad un bosque caducifolio bastante parecido a los gallegos. Más allá, ya en Austria, hay bosquecillos de repoblación, que es donde transcurren parte de las aventuras. El castillo de Devin fue una fortaleza roquera de gran importancia contra los turcos, que no llegó a ser tomada nunca. En el siglo XV se añadió un palacio y fortificaciones exteriores. Por desgracia, fue destruido en 1809 por Napoleón tras el fracasado asedio de Bratislava. Sus ruinas fueron inspiración de artistas románticos.



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Viena

En Viena ha ocurrido algo parecido a Bratislava, y la ciudad se ha expandido sobre el antiguo campamento turco y las líneas de asedio. Además, las murallas de la ciudad fueron demolidas tras la sublevación de 1740, y su lugar, ocupado por una amplia avenida de circunvalación flanqueada por jardines. Además, el palacio del Hofburg se edificó sobre los restos del bastión del Burg, donde se produjeron los combates más enconados. También ha cambiado el curso del Danubio tras su canalización a finales del siglo siguiente, de tal manera que las actuales islas y canales solo se parecen superficialmente a las que existían durante el asedio. Tan solo se ha preservado el bastión de Kagran, en la orilla norte del río, convertido hoy en el Siegespark (parque del Asedio o parque de la Victoria). Además, la Siegeskirche (iglesia de la Victoria) ocupa el lugar donde estuvo la tienda del gran visir turco. De tal manera que el viajero, salvo en el mencionado parque, apenas podrá reconocer el campo de batalla.

Sin embargo, la ciudad está llena de recuerdos del asedio. En medio de los jardines del Hofburg se ha construido una batería donde se emplazan las réplicas de los tres cañones Glaube, Hoffnung und Nächstenliebe (Fe, Esperanza y Caridad); los originales, que durante decenios estuvieron en el bastión del Burg, se han preservado en el Museo de Historia Militar de Viena. Las tres réplicas perpetúan la tradición de disparar al amanecer, al mediodía y al anochecer. Además, el día veintiuno de agosto saludan con veintiún cañonazos al amanecer, recordando la victoria de Kahlenberg. Asimismo, la noche del veintiséis de agosto las campanas repican y en la Stephansdom, la catedral de Viena, se sigue celebrando un Te Deum de acción de gracias.

Contrariamente a los alrededores de Viena, el campo de batalla de Kahlenberg apenas ha cambiado. Se debe a que el emperador José I, sucesor de Leopoldo, ordenó que se conservara el lugar de las principales grandes batallas (realmente, de aquellas en las que vencieron los aliados), creando asimismo la Parkranger, con guardias encargados de mantenerlo. El Kahlenberg Schlachtfeld Park (parque del campo de batalla de Kahlenberg) se mantiene de manera muy parecida a como era en 1681, salvo por los caminos para los visitantes y el monorraíl panorámico. Pueden visitarse el museo de la batalla, situado donde estuvo el campamento del Generalísimo Carlos de Lorena, el monumento que se le dedicó, la rotonda de la eterna amistad, que fue donde el rey de Polonia Jan Sobieski estableció su campo, y el lugar de la Gran Carga, allá donde la caballería aliada desbarató a los otomanos. Múltiples hitos marcan eventos de la batalla. En el llano, junto a Viena, se encuentra el Beutemuseum (museo del botín) donde se exhiben armas, impedimenta y objetos de lujo capturados. El Parkranger organiza visitas guiadas a pie, en monorraíl y en flotador.

No lejos de Viena también se puede visitar Neustadt, donde destaca otra rotonda a la amistad, allí donde el comandante Sampedro situó su puesto de mando durante su épica defensa.



Para quien guste de los viajes la visita a Viena es imprescindible; tan solo, conviene recordar que la época ideal es el final de la primavera o el principio del otoño, pues de noviembre a marzo es habitual que haga bastante frío y nieve, y el verano puede ser muy caluroso en una ciudad que no es famosa por sus sistemas de aire acondicionado. La parte turística puede recorrerse a pie, y casi cada calle tiene alguna sorpresa, además de muchísimos cafés, no pocas tiendas y miríadas de turistas empuñando sus teléfonos móviles.

Los escenarios del asedio y de la batalla de esta historia son los mismos que los del sitio de Viena y la batalla de Kahlenberg de la realidad. Ahora bien, apenas quedan restos. Las murallas fueron derribadas por orden de Napoleón (en la actualidad está la avenida del Ring, un buen paseo a pie o en bicicleta), y luego el crecimiento urbano ha invadido las antiguas líneas de asedio y el campamento turco. El palacio imperial de Hobsburg se levanta donde estuvo el bastión del Burg, donde los combates fueron más enconados. Tampoco queda prácticamente nada de la batalla de Kahlenberg: su escenario es en la actualidad una comarca de viñedos, arboledas y pequeños pueblos que se visitan para degustar el vino joven (que no me pareció ninguna maravilla). Grinzing, donde estuvo el campamento de Carlos de Lorena y de Jan Sobieski, es buen sitio para cenar carnes asadas bañadas con esos vinos.

Seguro que algún lector echará en falta la noria del Prater, pero el parque de ese nombre está en una isla del Danubio, por entonces escasamente poblada.

Respecto al escenario de los combates de Neustadt, me he tenido que basar en las imágenes actuales, buscando edificios más o menos antiguos. Existe en la actualidad un pequeño balneario del siglo XIX. La llanura está cruzada de riachuelos (para el concepto austriaco, en España se considerarían de cierto porte) y con campos de cultivo, que en el siglo XVII se destinaban al cereal.

(Para que no pase lo mismo que con la parte anterior: el texto que no va en color no es ucrónico).



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Nagimán

El campo de batalla de Nagimán ha sido preservado como el de Kahlenberg y, al ser una zona rural, se encuentra casi como estuvo en 1681. Tan solo se han mejorado los caminos que lo cruzan para facilitar al viajero la visita al amplio campo de batalla.

La mejor manera de visitarlo es empezar en el centro de recepción de visitantes de Ghyczy-Kastély (castillo Ghyczy). En el museo del castillo se exponen uniformes y armas de la época, así como restos encontrados en el terreno. En la sala principal, un holovisor reproduce una representación de las principales fases del combate, haciendo hincapié en cómo la infantería española modificó su despliegue según las circunstancias. Finalmente, la torre del castillo es un excelente observatorio, aunque el visitante que no quiera o no pueda subir las escaleras (a causa de su antigüedad no se ha podido instalar un elevador), tendrá a su disposición sensogafas para realizar una visita virtual, aunque los autores recomiendan ascender a la torre y usar las gafas para una visita inmersiva.

Aledaño al museo está la estación donde se puede alquilar un flotador para la visita; debe recordarse que el campo de batalla solo puede visitarse en esos flotadores, a pie o en bicicleta manual, ya que están prohibidos todos los vehículos con asistencia, y las distancias son grandes. Durante los primeros kilómetros se recorre la ruta de la legión Alcoraz de caballería. Si se emplean las sensogafas (muy recomendables) podremos imaginarnos a la cabeza de la caballería española, y entender lo sorprendente que fue para el general Larrando de Mauleón la aparición del ejército turco en la vaguada de Nagimán.

La primera parada está en Nagyigmánd Bodaypuszta, donde un monumento recuerda el lugar desde el que el general Larrando gritó: «¡Santiago y cierra España!» y «¡Dadme una locura!». Baterías de cañones con servidores con uniformes de la época disparan cada hora recreando el cañoneo que rompió a los turcos; como es obvio, son disparos simulados, aunque con las sensogafas se puede ver una reproducción del bombardeo y del efecto sobre los otomanos. Los autores advierten que no son imágenes aptas para gentes sensibles.

La siguiente parada está en Nagyigmánd (Nagimán, la aldea que dio nombre a la batalla). Sobre los restos del fuerte turco se edificó una iglesia votiva. Además, allí está permitido elevar los flotadores para otear el paisaje. También es recomendable el paseo que lleva al cementerio donde reposan los restos de los soldados aliados que murieron en los combates. Presiden el camposanto los mausoleos del generalísimo Carlos de Lorena y del general Larrando, que quisieron que se le diera tierra allá donde se dio tierra a sus hombres. En el cementerio hay una guardia de honor permanente provista por los ejércitos español, imperial y de las Dos Repúblicas.

Menos frecuentemente visitado es el cementerio turco, donde estuvo la fosa común donde fueron arrojados los restos de los otomanos caídos. Durante mucho tiempo fue un lugar olvidado, aunque respetado. En 1922 se autorizó la construcción de una mezquita por la República Turca, y la presencia de su propia guardia de honor. Desde entonces, todos los días veintisiete, los destacamentos aliado y turco desfilan hasta el otro cementerio para presentar armas en saludo a los caídos y, después, los dos oficiales al mando se abrazan antes de gritar «¡Honor a los caídos! ¡Nunca más! Por desgracia, son actos íntimos a los que solo se permite la asistencia por invitación, aunque se retransmiten por holovisión. Además, los veintisiete de agosto la ceremonia es protagonizada por una compañía de cada nacionalidad, celebrándose luego una celebración militar conjunta.

Aprovechando la visita a Nagyigmánd, el turista podrá pasear después por sus calles, entre tiendas de recuerdos y cafés que ofrecen lo mejor de la gastronomía húngara.

Siguiendo la visita, otros dos monumentos jalonan la ruta: en Bábolna, donde el marqués de Lazán rindió respeto a Larrando de Mauleón; allí, una monumental corona de piedra recuerda la de hierba que el general recibió de sus soldados. En la siguiente parada, en Bana, se puede admirar la triple estatua de Lazán, Carlos de Lorena y el rey Jan Sobieski uniendo sus manos, obra de Pedro de Ávalos, que marca el lugar donde se encontraron las vanguardias aliadas.

La visita acaba en Győr (Raab). La ciudad fue completamente reconstruida tras la guerra, aunque varios monumentos recuerdan el saqueo y la matanza turca, como estela de la masacre la estatua del Capitán Vengador, situada en la Hézag Tér (plaza de la Brecha) allá donde, según la tradición, el «Capitán Vengador» Venancio Betorz se venció al pachá Karabás. Se considera una imagen fiel ya que se esculpió partiendo de un fototipo que se conserva en el Museo del Ejército de Viena. Seguro que más de uno se sorprenderá al ver que sus facciones en poco se parecen a las holovisivas.

En esa plaza se puede ver una curiosa tienda de tebeos y holovídeos donde se ofrecen descargas (por un precio razonable) de las series publicadas sobre el Capitán Vengador. Győr también es buen lugar para deleitarse con la cocina húngara, si no lo habíamos hecho en Nagyigmánd, y para visitar sus cafés. Finalizada la visita, en las cercanías de la Hézag Tér se puede tomar el deslizador de vuelta a Ghyczy-Kastély.



La batalla de Nagimán es completamente imaginaria y, por tanto, no se podrán encontrar restos interesantes para el aficionado a la Historia Militar. De hecho, durante la Gran Guerra Turca (como se conoce al conflicto que comenzó con el asedio de Viena de 1683), las batallas que siguieron a las de Kahlenberg no se produjeron en la actual autopista de Viena a Budapest, sino se produjeron en Croacia o en las plazas fuertes junto al Danubio.

El supuesto campo de batalla es atravesado por la autovía, en su parte húngara. Como curiosidad, en la parte austríaca hay varios pasos para animales: esa autopista forma parte de la red que Hitler ordenó construir, y los pasos fueron idea de Goering, que en virtud de su cargo de montero mayor del Reich tenía para la vida silvestre un respeto que los hebreos no le inspiraban.

La región es de campos de cultivo de extensión variable salteados con arboledas. Al español le llamará la atención ver desde la autopista ciervos y bandadas de faisanes. Con todo, hay que recordar que buena parte de esos bosques son recientes, y que durante el siglo XVII la comarca era fronteriza, y ambos bandos la talaban y quemaban periódicamente. De hecho, la mayoría de esos bosques son recientes, de principios del siglo pasado. De todas maneras, se podrá apreciar el terreno ondulado, con vaguadas que no son aparentes hasta que se llega a su borde y que favorecen las sorpresas.



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Budapest

En Budapest ocurre como en Bratislava, y el crecimiento de la ciudad ha invadido el campo de batalla. La reconstrucción primero y, posteriormente, la reordenación urbana, han acabado con los restos del sitio y del asalto. De hecho, la parte mejor conservada de las murallas, el Halászbástya, el Baluarte de los Pescadores, apenas vio acción durante la batalla. También se conserva parte de la Országzászló - Esztergomi rondella, el baluarte de Gran, pero es una reconstrucción del siglo XVIII, ya que el original fue destruido durante el asedio, y sus restos demolidos. La rondella Fehérvári fue reconstruida en 1695, y la Déli es posterior a la guerra. No queda nada del antiguo castillo de Pest, en cuyo solar se alza la Országház (Casa de la Nación, equivalente a las Cortes).

Con todo, merece una visita el antiguo castillo-palacio de los reyes de Hungría. Aunque eclipsado por el Királyi Palota (Palacio Real), el castillo recoge una gran holosala para que el visitante se sumerja en el sitio y en el asalto. Por desgracia para la realidad histórica, más que una descripción de los combates, se trata de una glorificación del pequeño papel de los húngaros en la batalla, así como el desastroso resultado del ataque lanzado por Carlos de Lorena.

En la cercana Ciudadela está el museo del ejército húngaro, con una sala dedicada a los húsares magiares que sirvieron como exploradores a las fuerzas de Lazán. Ocurre como con el castillo, y quien vea lo que se presenta pensará que fueron jinetes húngaros los que abrieron camino, enseñaron a Lazán cómo moverse, y derrotaron a los otomanos sin apenas auxilio aliado. Efecto de la perniciosa idea nacionalista que tan desastrosa resultó un siglo después.

Unos kilómetros al norte de Budapest se hallan Esztergom (Gran) y Vac. En Esztergom puede visitarse el solar del castillo, en la actualidad ocupado por la basílica de la ciudad y varios palacios. De la fortaleza que fue asaltada en septiembre de 1681 apenas quedan una torre medieval y algunos restos de las murallas que dan al río. Vac tan solo conserva de la ciudad antigua el trazado de las calles, pero no los muros y el foso que la convirtieron en una de las principales fortalezas del Danubio.



La reconquista de Buda, en la realidad, fue crucial en la primera parte de la Gran Guerra Turca. La ciudad cayó tras un largo asedio que siguió a un primer intento infructuoso. La campaña fue parecida (aunque más lenta) que la descrita: tras tener que levantar el primer sitio, Austria y sus aliados primero reconquistaron las ciudades del Danubio, luego cruzaron el río por la gran isla Margarita y tomaron la ciudadela de Pest. Después redujeron la ciudad, primero cavando paralelas y bombardeando Buda; un disparo causó la explosión de las municiones almacenadas en el antiguo palacio de los reyes de Hungría, que quedó arrasado, pero que se conserva en esta historia. Por fin, la plaza se asaltó por los extremos norte y sur, y cayó tras un combate muy enconado.

Como en Bratislava, Buda es muy interesante, pero de la época solo restan la iglesia de San Matías, el Baluarte de los Pescadores, y parte de la rondella (baluarte) de Gran. Las demás fortificaciones son posteriores. Las laderas están urbanizadas, y también las colinas donde tanto en la historia como en la realidad se situó la artillería aliada. En Pest no queda nada de la ciudadela que protegía el puente del río. Ahora bien, los muros dela ciudad siguen mostrando su pasado tormentoso: aunque las fachadas que dan a las principales calles han sido remozadas, en las bocacalles pueden verse las marcas de la metralla de los combates de 1945 y de 1956.

No hará falta decir que visitar Viena o Budapest (o, mejor aun, las dos ciudades) no puede dejar de hacerlo quien quiera disfrutar en Centroeuropa.Como en Bratislava, Buda es muy interesante, pero de la época solo restan la iglesia de San Matías, el Baluarte de los Pescadores, y parte de la rondella (baluarte) de Gran. Las demás fortificaciones son posteriores. Las laderas están urbanizadas, y también las colinas donde tanto en la historia como en la realidad se situó la artillería aliada. En Pest no queda nada de la ciudadela que protegía el puente del río. Ahora bien, los muros dela ciudad siguen mostrando su pasado tormentoso: aunque las fachadas que dan a las principales calles han sido remozadas, en las bocacalles pueden verse las marcas de la metralla de los combates de 1945 y de 1956.

No hará falta decir que visitar Viena o Budapest (o, mejor aun, las dos ciudades) no puede dejar de hacerlo quien quiera disfrutar en Centroeuropa.



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Petrovaradin y Belgrado

Estas ciudades raramente se incluyen en las visitas, pues fueron escenario de duros combates durante la Segunda Gran Guerra en las que quedaron casi completamente arrasadas. En los cascos urbanos reconstruidos abundan los recordatorios, pero de la defensa de los serbios. Apenas se habla de la campaña aliada. Aunque en Belgrado puede verse el Muzej otpora (Museo de la Resistencia) dedicado a la rebelión serbia de 1681, se presenta de manera distorsionada, como si los serbios hubieran logrado vencer a los turcos sin casi ayuda. Apenas se dice nada de las campañas de Lazán. Belgrado, como otras ciudades centroeuropeas, es una visita interesante, pero no para el interesado en la guerra de la Santa Alianza.

Solo el Muzej Dunava (Museo del Danubio) de Petrovaradin tendrá algún interés para el aficionado. En la Sala de la Guerra del Río se exhibe un pontón y un remolcador empleado por los sublevados, que en realidad son de origen español y que fueron empleados durante el paso del río durante la campaña de Temesvar. Nada lo indica, y ha sido un descubrimiento reciente del historiador Samuel Notario. La dirección del Museo no se ha hecho eco, ya que los serbios sufrieron el virus del nacionalismo de manera aun más grave que los húngaros.


En la realidad, tampoco queda mucho del siglo XVII en Belgrado. Las fortificaciones actuales son algo posteriores, pues Belgrado cambió de manos varias veces en las guerras entre Austria y Turquía. Solo el cinturón interior del castillo es de origen medieval. El resto de la ciudad ha cambiado mucho, entre otras causas por el terrible bombardeo de 1941 que arrasó la ciudad vieja, y en la actualidad las calles siguen un patrón de rejilla que nada tiene de medieval.

Mejor conservadas están las fortificaciones de Petrovaradin, un barrio de la actual Novi-Sad. Ahora bien, aunque el castillo tiene unos muros interiores que datan del siglo XVII (cuando era una de las principales fortalezas turcas), la mayor parte de la obra se levantó a partir de 1692, con planos de Vauban.

Petrovaradin fue escenario de una de las mayores victorias del príncipe Eugenio de Saboya, el que fue colaborador y, probablemente, no inferior como general, a John Churchill, duque de Marlborough (el Mambrú que se fue a la guerra y antepasado de Winston Churchill). Las victorias del Príncipe Eugenio decidieron la Gran Guerra Turca y la guerra turca de 1716, en la que se produjo la batalla. El príncipe se apoyó en el castillo y en un campo atrincherado, y derrotó estrepitosamente a un ejército enorme, de ciento cincuenta mil hombres: aunque las batallas entre imperiales y turcos apenas son conocidas (con las posibles excepciones de Kahlenberg y Zenta), fueron colosales, de magnitud que no se equipararía hasta las posteriores guerras napoleónicas.



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Timisoara

Timisoara (la antigua Temesvar) ha sufrido el mismo sino que Belgrado: tras ser arrasada durante la Segunda Gran Guerra, la reconstrucción se hizo con un plan urbano que no conserva nada de la antigua ciudad turca. En buena parte, por la intención explícita de hacer olvidar la que había sido una de las principales comunidades otomanas de los Balcanes. Tampoco el museo de la ciudad dice apenas nada de una de las más brillantes victorias del marqués de Lazán. Tan solo recuerda al genial jefe español una estatua en la Plaza de la Libertad.

Sin embargo, en la cercana Teiu se han conservado los fortines donde las fuerzas del coronel Aguirre y el teniente coronel Sampedro resistieron a los turcos. En la localidad, una estatua dedicada a las Legiones Negras rememora a los que allí lucharon. El visitante también debiera tomar la carretera entre Lăpugiu de Jos y Lăpugiu de Sus (Lapugio de Abajo y de Arriba). Si se desliza con cuidado, podrá ver una pequeña estela allí donde el Capitán Vengador venció en combate singular al kan tártaro Haci II Giray.

Además de los citados, en los Balcanes hay más recuerdos de la campaña, aunque, lamentablemente, también deformados por la enfermedad nacionalista. Por ejemplo, en Brno (Brünn), la Námestie Obrany (Plaza de la Defensa) recibe su nombre en memoria de la defensa de la ciudad ante la acometida tártara, aunque, de nuevo, parece como si la victoria hubiera sido exclusivamente eslovaca. También en Eslovaquia, en Košice (Kaschau) hay memoriales, pero en este caso, dedicados a los kurucok que fueron aplastados por las tropas españolas. La visita a esas ciudades resulta interesante por sí, siempre que el turista no espere encontrar memoriales de los combates, o nada que se aproxime mínimamente a la realidad.



En la realidad, Timisoara es, probablemente, la ciudad que más ha cambiado respecto al siglo XVII. Durante siglo y medio fue una ciudad otomana de gran importancia, con una importante comunidad islámica. Era como se describe en el relato: situada en una isla del río Bega, en cuyas orillas se apoyaban las murallas, estaba cruzada por canales. Sin embargo, tras su reconquista en 1716, tras la batalla de Petrovaradin, los turcos y los kurucok fueron expulsados y sustituidos por colonos germánicos. Las murallas medievales fueron reconstruidas, pero se demolieron durante el siglo XIX, y también se reconstruyó por completo el centro de la ciudad, que en nada recuerda a su pasado turco.

El escenario del bloqueo de Teiu es como se describe en el relato; al no poder encontrar imágenes o planos de la época (aunque sí de otras localidades, y de puestos de vigilancia otomanos), me he basado en lo que puede verse con Google Maps, o en fotos modernas. Se trata de un valle de fondo plano, no muy ancho, con montes boscosos de cierta pendiente a ambos lados. La vaguada lateral donde se produce la (ficticia) emboscada de Lapugio también es como se relata.



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Siento advertir al distinguido público que nos estamos acercando al final de lo que tengo escrito que es adecuado para su publicación. Hay bastante más en faltriquera, pero sin completar y a falta de algún que otro repaso (el texto que publico suelo revisarlo de cinco a diez veces y, aun así, se cuelan gazapos).

De ahí que aun esté en el aire la campaña del año 1682, sobre la que estamos discutiendo Gaspacher y yo, y que tal vez no sea tan fácil para los españoles.

Además, estoy dando forma a la versión final de lo escrito (probablemente se titule: «Acero y rayo: una ucronía del siglo XVII») que incluye varios capítulos que no se han publicado en el foro. Es posible que el índice venga a ser, más o menos:

Acero y Rayo. Una ucronía del siglo XVII
Primera parte: El presente del rey

Agradecimientos
Introducción
Breve resumen de «Un soldado de cuatro siglos»
El regalo del ingeniero
Muerte en el Guadalquivir
Lejano país
California te llama
La tierra del sur
¡Alto a la Guardia Civil!
Horizontes lejanos
Ikigai
Viaje al amanecer
La isla del tesoro
Interludio madrileño
Addenda


No prometo nada, pues aun tengo dos capítulos a medias y otro apenas pergeñado. Aparte queda confeccionar ilustraciones (espero tirar de IA, porque yo dibujando soy más malo que estornudo en diarrea), revisarlo un trillón de veces, confeccionar el índice y las referencias, convertirlo en eBook y, finalmente, aclararme con los de Amazon, antes de que vuesas mercedes puedan pasar por caja.

Mientras tanto, volvemos al siglo XVII, pero no por mucho tiempo.



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Interludio cortesano

En el día de San Hugo de Provenza, primero del mes de Abril del año de Nuestro Señor de 1682.

Complot en Palacio


Garrón, G; López, H. Historia de los Movimientos Sociales. Edhasa. Madrid, 1983.



Tras las grandes victorias logradas en los Balcanes, el regreso del marqués de Lazán a Madrid resultó anticlimático. En cuanto llegaron noticias de su retorno sus partidarios quisieron trasladarse a Valencia para dar la bienvenida al triunfador, pero recibieron cartas en las que les pedía contención, que tiempo tendrían para saludarle. Téngase en cuenta que, a esas alturas, una sugerencia de del marqués equivalía a una orden terminante, y los modernistas obedecieron sus instrucciones. Aun así, no tenía tal poder sobre el pueblo llano, que quería agasajar al que había logrado tan grandes victorias sobre el turco.

Tal clamor ponía a Lazán en un serio compromiso. No ignoraba el efecto propagandístico que tendría una gran recepción, pero también que sería causa de rencores y envidias. Aunque no temiera las de sus enemigos tradicionalistas, deseaba evitarlas en la casa real, en la que sabía que tenía enemigos. Estaban liderados por la Princesa de Asturias, que acusaba al marqués de ser el causante de la desgracia de su hermano, el rey Carlos II de Inglaterra. Esos odios serían difíciles de aplacar, pero el marqués pensó que podría convertir su llegada a España en una herramienta contra sus enemigos. Para ello, la mejor manera sería buscar el favor real. Con esta intención, la fragata Santa Eulalia que le llevaba se dirigió a Sagunto y no a Valencia. Allí se alojó de incógnito, y envió una carta al rey Felipe IV informándole de su llegada a España (previamente le había enviado otra anunciándole el regreso), y pidiéndole autorización para volver a la Corte. Cuando la recibió, el marqués emprendió camino hacia Madrid.

Aunque Lazán pretendía mantener la discreción, las noticias de su llegada corrieron y la gente se reunió a su paso para aclamarle. Con todo, el marqués ya tenía preparada su respuesta: cuando escuchaba vítores, hacía gestos pidiendo silencio, y luego decía: «No soy yo quien merezco esos aplausos, sino el rey emperador, vuestro y mi señor. Yo he sido solo la espada ¿A quién felicitaríais, a la espada, o al caballero? Repetid conmigo ¡Viva España! ¡Viva el rey!

El marqués, además, no viajó directamente a la capital, sino que se detuvo en Tarancón con el pretexto de haber enfermado. Desde allí envió una nota al monarca, solicitándole permiso para entrar en Madrid de incógnito. Aunque al rey le extrañara, lo concedió; entonces Lazán reemprendió el camino, pero dando un rodeo por Ocaña en lugar de ir directamente a la capital, de tal manera que pudo llegar a Palacio sin llamar la atención.

Ahora bien, el rey no quería que la llegada de su general victorioso fuera como la de cualquier lacayo. Había ordenado que se le diera cumplida cuenta de sus movimientos y, cuando supo que el marqués se acercaba, le ordenó que acudiera a Palacio, llamó a la Corte e hizo que la guardia real formara y presentara armas. Un ayuda de cámara condujo al marqués al salón del trono, y donde el rey le llamó diciendo: «aproximaos a mi persona, mi buen marqués, mi más leal servidor» para que se adelantara a los cortesanos; a su paso, no faltaron rumores y malas caras. A fin de cuentas, el marqués no era sino el vástago de una rama segundona de la nobleza aragonesa. Pero Lazán hizo caso omiso; cuando llegó ante el rey, se descubrió e hizo una genuflexión. Empero, el anciano rey le ordenó ponerse en pie y que se cubriera (indicando que le concedía la Grandeza de España), y luego se adelantó para abrazarlo.

Por entonces, el rumor de su llegada se había extendido y miles de madrileños se estaban reuniendo en la Plaza de Oriente, la amplia extensión junto al Palacio que formaba parte de la remodelación urbanística de la capital. Desde el salón se escuchaban los gritos pidiendo que Lazán saliera a saludar, y los murmullos aumentaron de tono. Pero el marqués solicitó al rey poder hablar, y repitió un discurso parecido al que había hecho durante el camino.

—Majestad, yo no soy sino la espada que el Rey Católico esgrime contra los enemigos de la fe, y no debe ovacionarse a la espada, sino a quien la esgrime. —Entonces, pidió a un ayudante que le acercara unas armas, que puso en un escabel a los pies del rey, diciendo—: Majestad, mi rey ante el que me inclino, pongo a vuestros pies las armas que uno de vuestros soldados me confió para que os las entregara —eran el fusil y el tirogiro que el capitán Betorz le había entregado en la ceremonia de Buda—. Este fusil y esta pistola han sido parte de la derrota de vuestros enemigos. Hacedme el honor de tomarlas, que será el mayor orgullo para quien solo es un soldado del rey.

Felipe IV las recogió personalmente —como el anterior abrazo, algo insólito para un monarca que seguía practicando la rígida etiqueta borgoñona— y se las entregó a uno de los ayudas de cámara, mandándole que las llevara a la Armería Real y que las pusiera en lugar de privilegio. Entonces, el marqués volvió a dirigirse al rey—. Majestad ¿Sería demasiado atrevimiento solicitaros que demos gracias a Dios Nuestro Señor por vuestras victorias?

El monarca asintió, y seguido de los príncipes, del marqués y del resto de la corte, se dirigió a la recién finalizada catedral de la Almudena, donde se celebró un solemne Te Deum en acción de gracias; que estuviera todo preparado es indicio de que la recepción había sido cuidadosamente planificada. Después, Lazán solicitó permiso al rey para retirarse; lo hizo saliendo por una puerta lateral para ir a su casón de la calle de la Santa Cruz. Cuando ante ella empezaron a juntarse gentes, salió al balcón para decir que esas aclamaciones sobraban si no se dirigían a Su Majestad, y pidió a las gentes que acudieran a las iglesias para agradecer a Dios sus favores.

A pesar de todo, no fueron pocos los que le acusaron de falsa modestia. Poco importó a Lazán, ya que su objetivo no era atraer a aristócratas recalcitrantes (los que eran amantes del progreso ya se habían unido a su bando) sino mantener el aprecio del rey. Sin embargo, tenía que sortear un escollo: la animadversión del Príncipe de Asturias. Una labor que urgía, como dejó escrito el marqués en sus memorias:

«La recepción en Palacio hubiera debido ser el premio para una vida al servicio de la Monarquía; sin embargo, ahí comprendí que en poco tiempo España se iba a enfrentar a la siempre difícil sucesión real. Ver el estado de Su Majestad el Rey Emperador me alarmó. En los meses que llevaba fuera su salud se había arruinado. En lugar del animoso anciano al que había dejado en Madrid en primavera, me encontré con un viejo encorvado y tembloroso, de tez cadavérica y que, a pesar de intentar mantener su dignidad, cada poco se retorcía por los espasmos de un dolor terrible. La Inquisición Civil me informó que el rey se veía obligado a tomar láudano, que apenas retenía las comidas y que tenían que rehacerle las ropas casi cada semana de la manera en que enflaquecía. Según el doctor Estrada, el nuevo Cirujano Real, Su Majestad Imperial sufría un cáncer que le devoraba. Poco faltaba para que su Alteza el Príncipe de Asturias le sucediera. No tenía dudas sobre su capacidad, pero me preocupaban sus amistades y, sobre todo, la Princesa de Asturias».



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El escándalo de la princesa

Como se ha relatado previamente, el encono contra Lazán no procedía tanto del príncipe Don Baltasar Carlos, como de su esposa, la princesa María Enriqueta de Inglaterra, la que posteriormente fue llamada «la princesa desgraciada», que recibía calificativos menos agradables de sus coetáneos.

María Estuardo no hubiera debido convertirse en princesa española. Su padre, el rey Carlos I de Inglaterra, pensaba destinarla como esposa a Guillermo II de Orange-Nassau, estatúder de las provincias flamencas rebeldes, para así forjar una alianza entre las dos naciones protestantes. Sin embargo, la asociación no llegó a concretarse. No solo por las victorias españolas, que hacían menos conveniente la alianza con los rebeldes, sino porque los holandeses eran renuentes a un acuerdo permanente que pudiera someterlos a Inglaterra, como ya había ocurrido en el siglo XIV. Sintiéndose despechado, el rey Carlos I anuló las negociaciones y aceptó la sorprendente oferta hispana de casar a la princesa con el heredero de la Monarquía. A pesar de la oposición de su madre Enriqueta María, ferozmente antiespañola, la princesa María tuvo que acatar los deseos de su padre, aunque no sin que su progenitora le inculcase odio por lo español.

María venía mal predispuesta; además, sus primeros meses en Madrid fueron frustrantes. La inglesa distaba de ser una belleza: era paticorta, de caderas estrechas, cara alargada y nariz prominente. Tampoco tenía trato fácil, en parte por su resquemor por lo hispano, también por su absoluto desconocimiento de la lengua española, pero sobre todo por su carácter altivo. No gustó al príncipe Baltasar Carlos, que se limitó a cumplir ocasionalmente con sus deberes matrimoniales y, como su padre, buscó solaz en lechos de actrices y cantantes. Mientras, por los mentideros de Madrid se decía: «Al príncipe le disgusta la equitación, y por eso no monta a su yegua inglesa». No faltó quien fuera con el cuento a la princesa.

Aun así, María pronto quedó embarazada, pero perdió sus tres primeros hijos, dos varones y una hembra. El cuarto, el infante Felipe Antonio, nacido en 1661, era de naturaleza enfermiza y sufría notorias deficiencias, pues era sordo y casi ciego; aun se discute sobre su capacidad intelectual. Tras Felipe, María tuvo dos hijos más, una hembra y un varón, que fallecieron a los pocos días de vida. En los mentideros se hicieron lenguas de las taras de la «mala yegua inglesa».

La princesa había consultado con varios médicos, sin que nadie pudiera darle pistas sobre la causa de su mal, hasta que fue visitada por el cirujano real, Don Francisco de Lima, que opinó que la causa de esos males era la sífilis. Su marido, el príncipe, era aficionado a las «cacerías nocturnas», como las llamaba, pero sin tomar las precauciones de su padre, también aficionado a tal entretenimiento. Mientras que el rey solía emplear las fundas protectoras que le había recomendado el cirujano, no era raro que Baltasar Carlos las olvidara. El príncipe acabó infectándose y después contagió a la princesa. Para su desgracia, la enfermedad de María se hizo crónica y se transmitió a sus hijos, con tristes resultados para su descendencia.

La enfermedad pronto se convirtió en asunto de estado. En los mentideros se acusó a la princesa de prostituirse, apodándola «puta yegua inglesa». No era así, pero la consecuencia era la misma: corría peligro la sucesión real. Contra su voluntad, María tuvo que someterse al tratamiento indicado por Don Francisco de Lima, ingiriendo un producto alquímico que incorporaba arsénico, bismuto y pequeñas cantidades de mercurio, y que producía efectos muy desagradables: intensos dolores abdominales, diarrea, y lesiones de la piel que arruinaron el cutis de la princesa; ahora pasó a ser la «asquerosa yegua inglesa».

Aunque fuera a costa de destruir la escasa belleza de María Estuardo, el tratamiento resultó efectivo, ya que no mostraron signos de enfermedad los dos siguientes hijos de la princesa, el infante Carlos Fernando y la infanta Ana Margarita. Sin embargo, poco consoló a la desgraciada inglesa, que vivía casi aislada, sin apenas visitas de su marido, y acompañada por damas españolas con las que ni hablaba. Tras el nacimiento de Ana Margarita, María decidió apartarse de la Corte y fijar su residencia en el pabellón de caza del Pardo. Una vez allí sustituyó a sus damas de compañía por inglesas supuestamente conversas, pero de las que la Inquisición tenía sospechas de falsedad. Los rumores sobre la «yegua hereje» llevaron a que el rey le dijera a Baltasar Carlos: «Mal rey seréis si no sois capaz de gobernar a vuestra esposa». El príncipe tuvo que obligar a María a residir en el Alcázar Real, y a alejar de su persona a las sospechosas; se fueron, pero se acrecentó el rencor de la inglesa.

Al parecer, la princesa decidió vengarse de una Corte y una nación que odiaba, destruyéndolas desde dentro. Sentía animadversión por todo lo español, pero más hacia la facción modernista; por una parte, porque estaba incrementando la potencia económica y militar española; por otra, porque acusaba al cirujano real, destacado líder de la facción, de haberla envenenado. No está claro si en su elección también pesó el que creyera que la muerte de su padre, el rey Carlos I, había sido consecuencia de las derrotas que le habían infligido los modernistas. En todo caso, dejó escrito en una carta enviada a su hermano que se iba a esforzar en causar una guerra civil en España; se sabe porque un espía español tuvo acceso a la nota en Inglaterra. La princesa, a sabiendas de que sola no conseguiría nada, decidió acercarse a su marido, el Príncipe de Asturias, con la intención de decantarlo hacia los tradicionalistas. Como físicamente era difícil que pudiera atraerlo, le buscó divertimentos: aunque para los madrileños pasó a ser la «yegua alcahueta», Baltasar Carlos empezó a escucharla e incluso entró en tratos con los aristócratas; probablemente, también se debía a su ansia en alcanzar un trono del que la prolongada vida de su padre y su propia su mala salud le alejaban.

Sin embargo, poco ayudó a las intenciones de la princesa María el convertirse en la agente de su hermano el rey de Inglaterra. Carlos II era mal visto en la corte madrileña: Felipe IV le había apoyado durante sus años de exilio pero, una vez en el trono, el Estuardo mantuvo la iglesia hereje y permitió que los piratas ingleses acosaran al comercio español. Con las penosas consecuencias que para su trono tendría.

Las actividades de María fueron vistas con reproche, no solo por la Iglesia, como era de esperar, sino por el monarca: aunque Felipe IV había sido tan aficionado a las aventuras conyugales como su hijo, la edad ya no le permitía tales alegrías. Además, la disentería que en 1676 le puso al borde de la muerte (así como a su hijo, el príncipe, que sanó gracias a los cuidados del Cirujano Real) le había llevado a arrepentirse de sus errores. No olvidaba que Inglaterra había seguido comportándose como enemiga de España a pesar de la alianza matrimonial. El disgusto real resultó evidente cuando reprendió a Baltasar Carlos por el comportamiento de su esposa. Tal vez fuera este resquemor el que hizo que el rey permitiera a Lazán declarar a Inglaterra la guerra que acabaría costando el trono a Carlos II, hermano de la princesa. Las severas derrotas que sufrió el rey inglés, que le hicieron perder la corona (aunque pudo conservar la de Escocia), hicieron que el marqués también se convirtiera en enemigo personal de María, que seguía maquinando con la intención de hacerle caer.



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La verdad al desnudo[size]

El marqués era informado puntualmente por la Inquisición Civil de las tendencias de la princesa. Incluso sabía de la carta que había enviado a su hermano, aunque, al no tener la original, no podía probar la traición. Como temía que María terminara por convencer a su marido y que las consecuencias fueran funestas para la nación, decidió franquearse con el Príncipe de Asturias. De la conversación que mantuvieron solo hay una fuente, sus memorias. Como es natural, la crítica ha puesto en duda lo que dejó escrito. Aun así, dado que Lazán logró establecer una buena relación con el príncipe, la mayor parte de los estudiosos se inclinan a aceptar como cierto su relato. Oigámosle:

«No fue fácil conseguir que su Alteza Real el Príncipe de Asturias me recibiera. Al principio, se negó en redondo. Por lo visto, su ánimo había cambiado tras la carta afectuosa que me había enviado tras mis victorias en Hungría. Sin duda, se debía a que su Alteza había sido mal aconsejado por su esposa inglesa y por sus amistades con ciertos nobles contra los que la Inquisición Civil ya me había puesto en guardia. Aun a sabiendas de lo arriesgado que era forzar a un príncipe a mudar de opinión, tuve que enviarle una nota en la que le prevenía de sucesos nefastos que podrían hacer peligrar la corona. Aun así, su Alteza Real aun tardó en recibirme, algo que me supuso un serio inconveniente, pues no me atrevía a tomar ninguna medida que pudiera ser anulada al poco. A nadie se le ocultaba, y menos a mi persona, que al Rey Emperador le quedaba poco tiempo en este mundo».

«Finalmente, el Príncipe me envió un recado concediéndome una audiencia que inicialmente fue más que desagradable. Comenzó por someterme a una prolongada antesala. Aunque me pareció que esa descortesía era un tanto infantil, consideré un deber la espera, evitando hacer ningún aspaviento que pudiera ser signo de incomodidad. No fue un error, como luego supe».

«A pesar de estar fatigado por el largo tiempo que tuve que aguardar, procuré disimularlo cuando Su Alteza Real me admitió a sus aposentos. Quedé impresionado: durante la recepción en la Corte apenas había podido hablar con él, pero ahora, al verlo de cerca, advertí como en los dos años que llevaba sin verle, su aspecto se había deteriorado visiblemente. Estaba enflaquecido, con tez amarillenta, y tosía repetidamente, llevándose a la boca un pañuelo en el que noté una delatora mancha roja. Aun así, su temperamento no se había aminorado ni un ápice. No me dio la bienvenida, sino que, al contrario, ni siquiera se levantó, y me espetó: “Buenos días, señor marqués ¿Qué mal viento os trae?”».



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«Tal respuesta hubiera tenido merecida contestación en cualquier otra circunstancia. Sin embargo, debía respeto y lealtad a aquél de quien venía. No por su persona, que un príncipe no es más que cualquier español, sino por ser Príncipe de Asturias, hijo de Su Majestad y, por derecho, sucesor al trono. Contuve mi primer impulso, que era el de cualquier español de honor; pues la ofensa procedía de una boca humana, pero tras ella estaba aquél a quien nuestro Señor encomendó el cuidado del Reino que más fervientemente defendía su fe. Lo que me llevaba ante su Alteza Real no era interés personal, sino el provecho del reino, y mal español sería si antepusiera mi orgullo. Orgullo, que no honor, pues el honor está en el servicio a Dios y al Reino. Calmado por tal pensamiento, me mantuve en pie, como era mi privilegio, pero me destoqué, ya que pensé que la altanería sería mal recibida. Le respondí que como yo era el mayor devoto de la Monarquía, no podía menos que presentar mis respetos a quien iba a detentarla».

«Ni por esas le calmé. Contestó bruscamente: “Pues ya los habéis presentado ¿Se os ofrece algo más?”. Sin embargo, no lo dijo en tono de despedirme: al parecer, estaba intrigado por la nota que le había enviado. Su Alteza Real permaneció en silencio, dándome la ocasión para explicarme. Le pedí que me permitiera exponerle cual era mi parecer sobre la situación de la Monarquía, y el silencio me mostró que accedía. Empecé por decirle que estaba próximo el momento en que sucediera a su Majestad Imperial, pero solo conseguí que me interrumpiera, diciendo: “Así será si Dios lo quiere, y mejor será que ese día no estéis en la Corte”. De nuevo, tuve que tragarme el orgullo, pues lo que me impulsaba era el Deber. Le repuse que estaba dispuesto a retirarme a mis estados si así lo ordenaba, y que lo haría con el pretexto de una enfermedad que yo no sufría para que la Monarquía no sufriera ningún desdoro. Solo pedía, como favor, que antes me escuchara».

«El príncipe me dijo: “Os oiré, pero recordad que me habéis hecho una promesa. En cuanto salgáis de esta sala, partiréis hacia vuestra casa en Aragón, sin que podáis alejaros de ella más de cinco leguas en lo que os quede de vida”. Le dije que así sería si mi exposición no le hacía mudar de opinión. “Pues hablad de una vez”, dijo, y yo procedí a explicar mis razones».

«Me vi obligado a decirle que el trono de España peligraba. No eran pocas las voces que decían que el anciano rey emperador ya no estaba en sus cabales. Vi que tales palabras no extrañaban a su Alteza Real; ya lo imaginaba, porque la Inquisición Civil había confeccionado una lista de los conspiradores que susurraban bilis en los oídos de su Alteza. Después le dije que esas mismas voces eran las que clamaban contra cualquier tipo de progreso que pervirtiera el alma hispánica, cuando en realidad lo único que pretendían era mantener sus privilegios. El príncipe torció el gesto; yo ya sabía que era más inteligente de lo que parecía, y que tenía sus propias sospechas sobre los motivos de los retrógrados. Concedí que solo unos pocos en la nobleza eran de tal opinión, pues en su mayoría sentían, como yo, que tanto su honor como su interés estaban en el progreso del Reino. Sin embargo, no eran todos. Los había que, fuera por ansia de poder, por orgullo acrecentado que les hacía considerarse iguales si no mejores que el rey, por una envidia tal que no podía soportar la riqueza en los que consideraban inferiores, cuando no era por tal falta de luces que les impedía embarcar en la nave del progreso, preferían hacerse los dignos, con el pretexto de un honor que no llegaba ni a honrilla. Pocos eran, pero bastaba una manzana podrida para enfermar el barril entero. Seguí explicándole que esas manzanas podridas, por no decir personas, sabían que nada conseguirían abordando directamente a su Alteza Real. Por eso habían vertido en los oídos de su esposa una meliflua mezcla de lisonjas y venenos para atraerla a su bando, aprovechando la situación desgraciada de la señora; evité decirle que esas desgracias se debían a los devaneos del príncipe. Por gracia o por desgracia, continué, los conspiradores habían errado en su objetivo, ya que, en España, la princesa de Asturias solo despertaba odios. Asociando su persona a la de su esposa, Su Alteza Real solo conseguiría averiar su propio prestigio. Incluso la Iglesia veía con reproche a la princesa y, si en los púlpitos no se clamaba contra ella, era por respeto a la familia real. Pero ese respeto era un capital que podía agotarse».

«La explicación no satisfizo a su Alteza Real, que me contestó: “¿Y qué, si así fuera? Es mi deber como esposo amar y respetar a aquella con la que me une el sagrado vínculo del matrimonio. Palabrerías que corran por plazuelas no bastarán para mudar mi opinión. Así que, señor marqués, id haciendo vuestro equipaje”. Pero no le dejé acabar. “Perdonad que os interrumpa, pero debo finalizar mi exposición. La cuestión no es si vuestra esposa es amada o no, sino que aquellos con los que se relaciona la utilizan para traicionaros”. “¿Traicionarnos, decís? En pago a vuestros servicios, dejaré que os expliquéis. Pero sabed que serán las últimas palabras que pronunciaréis en la Corte”, me dijo».



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«Entonces le expuse lo que maquinaban esos traidores. Le dije que la Inquisición Civil tenía pruebas de que habían conspirado con turcos y con herejes, tanto flamencos como los de otros reinos, para promover un levantamiento contra los españoles. Que habían buscado el apoyo del rey Luis XIV, prometiéndole los estados de Flandes, de Borgoña, de Italia e incluso los de Navarra y Cataluña. Esos traidores ansiaban de tal manera mantenerse en sus prerrogativas que preferían no ver que tales exigencias sumirían a la Nación en la impotencia. El príncipe quedó sorprendido, pues nunca había oído hablar de tales intrigas. Noté que estaba empezando a dudar cuando me respondió: “Es muy grave lo que decís ¿Tenéis alguna prueba?”. Le dije que así era. Le expliqué que la Inquisición Civil había seguido a un tal Fadrique de Arganda, criado del duque de Medina de Rioseco. Había salido de España hacia Génova para luego pasar a Francia y llegar a París, donde se reunió con el ministro Colbert. Después se dirigió a Bretaña, donde embarcó con la intención de pasar a un barco ballenero de los vascongados y así entrar en España burlando nuestras pesquisas. Sin embargo, un agente de la Inquisición Civil que seguía su rastro de cerca pudo dar aviso, y ese Fadrique pudo ser detenido al poco de llegar a Bermeo. En su persona se encontraron documentos comprometedores que no había conseguido destruir. Ahora estaba recluido en una celda del cercano castillo de Manzanares».

«El príncipe todavía se resistía a dar su brazo a torcer, y objetó: “Lo habréis torturado para que diga lo que vos queréis”, pero le contesté que no se le había tocado ni un pelo, y que si estaba dispuesto a hablar era para salvar la piel. “Si es cierto, tendré que daros la razón sobre la gravedad del asunto”. “Cierto es”, contesté, “y vos mismo podréis interrogarlo si así lo deseáis; pero no acaba ahí mi exposición”. Entonces le expliqué que esos conspiradores eran aristócratas que no sabían lo que pensaba el vulgo, y que no imaginaban hasta qué punto despertaba animadversión la princesa. Ahora bien, igual que los nobles conspiraban, también lo hacían los villanos. Algunos exaltados lo hacían con sana intención, por el escándalo que suponía que la princesa fuera de la mano de traidores y herejes, pero no sabían que entre ellos se escondían malintencionados que pretendían acabar con la nobleza y la monarquía. Esas conjuras no habían escapado a la Inquisición Civil, que estaba vigilando a los arteros para descabezarlos en cuanto fuera ocasión. Sin embargo, dije a Su Alteza, la cuestión no estaba en lo que tramaran algunos malvados, sino que era sino muestra del cambio de los tiempos y del rencor que despertaban ciertos personajes, empezando por la princesa. Si su Alteza Real se apoyaba en rancios nobles, corría el riesgo de desencadenar disturbios o incluso un levantamiento, como ya había ocurrido años antes en Cataluña y en Portugal, y yo temía las consecuencias».

«Esta vez sí que conseguí impresionar al príncipe. “Entiendo”, me dijo. “Queréis decir que la corona camina por un filo muy fino entre nobles levantiscos y villanos alborotadores”. Le dije que así era y que, si había vuelto a España en lugar de seguir cosechando laureles contra los turcos, era para defender a la Monarquía contra tales peligros. “Es posible que tenga que creeros”, concedió, “pero antes quiero esas pruebas”. Le prometí que así sería, y entonces el príncipe me liberó temporalmente de mi promesa».



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Sean ciertas o no las palabras del marqués, se sabe que el Príncipe de Asturias salió de la Corte dos días después, supuestamente para cazar, a pesar de su delicado estado de salud. Sin embargo, en el registro de visitas de la prisión de Manzanares está la de «Baltasar de Gerona»; nótese que uno de los títulos que Baltasar Carlos detentaba era el de Príncipe de Gerona. A su regreso a Madrid el príncipe solicitó una audiencia al rey, y dos días después la Princesa de Asturias fue detenida con la acusación de ser disoluta, y fue recluida en el convento de las Carboneras.

En los días siguientes el príncipe se dejó ver del brazo del marqués, demostrando que daba por finiquitado cualquier recelo. La derrota de la facción tradicionalista no acabó ahí. Aunque ninguno fuera encausado, en las semanas siguientes una docena de aristócratas perecieron de enfermedades inexplicables o en sospechosos accidentes.

Asimismo, la Inquisición Civil actuó con dureza contra los demás conspiradores. A pesar de la aparente unidad espiritual española, periódicamente aparecían grupos de «heterodoxos» (como se les llamó posteriormente). Inicialmente, se circunscribieron a las cuestiones religiosas. Al principio se hacían eco de las ideas heréticas que circulaban por Europa, pero esos grupos fueron descabezados por el Santo Oficio. Posteriormente se limitaron a cuestiones concretas de la doctrina cristiana; uno de los últimos coletazos fue el «quietismo» o «molinosismo», que fue un movimiento místico que se basaba en la “Guía espiritual” del sacerdote español Miguel de Molinos. Esos heterodoxos eran vigilados y, frecuentemente, castigados por la Iglesia Católica y especialmente el Santo Oficio, que consideraba peligrosa cualquier opción personal que se saliera de la doctrina oficial. Sin embargo, se trataba de un riesgo menor: solían ser pocos, en su mayoría, religiosos sujetos por votos, y podían ser controlados con facilidad.

Sin embargo, durante el siglo anterior se habían producido otros movimientos más peligrosos. El mayor, con diferencia, fue el de las Comunidades. Aunque el origen de los comuneros era heterogéneo, en su mayoría pertenecían a la pequeña burguesía urbana. La revuelta fue aplastada; aunque el rey Carlos I perdonó a la mayor parte de los rebeldes, de facto se produjo un crecimiento del poder nobiliario. Caso de menor importancia, pero también significativo, fue el de los alumbrados de ese mismo siglo, que también acabaron siendo condenados por herejía. Aunque participaron algunos clérigos, el movimiento se nutría principalmente de la burguesía urbana más ilustrada.

Si ambos movimientos fracasaron se debió, entre otras causas, a que esa burguesía urbana aun tenía un papel marginal: era muy pequeña, su capacidad económica era limitada, y carecía no solo de poder político, sino de influencia social. Ahora bien, el Resurgir estaba modificando a marchas forzadas la estructura social de los reinos hispánicos. Especialmente, se multiplicó la burguesía, tanto la alta, formada por comerciantes o grandes industriales, como las clases medias que antes solo eran urbanas y ahora se extendieron también al agro. Los descendientes de los comuneros eran ahora los poseedores de las grandes fábricas y los pequeños obradores, y su número se incrementaba por minutos: decenas de miles de artesanos fundaban talleres florecientes, y no pocos trabajadores especializados gozaban de solvencia económica. En esa naciente burguesía fueron particularmente efectivas las campañas de alfabetización, y los nuevos ilustrados eran receptivos a las nuevas ideas que difundían los recién nacidos medios de comunicación de masas. Las nuevas ideas, que en el siglo anterior se difundían boca a boca, ahora corrían como la pólvora.

La Inquisición había intentado controlar esos medios, pero se encontró con la más cerrada oposición por parte del bando modernista y de la naciente clase burguesa. Aunque consiguiera controlar los llamados «artículos de opinión», no podía impedir que circularan otras obras, especialmente las novelas; aunque solían ser de aventuras (las destinadas al público masculino) o románticas (al femenino), solían hacer un reflejo más o menos crudo de la realidad, cuando no presentaban una futurible sociedad ideal. El efecto de esas novelas fue enorme: ejemplo fue cómo la novela «Las desdichas del tío Antonio» acabó llevando a la abolición de la esclavitud y a la guerra con Inglaterra. Poco a poco, y sin que fueran necesarios editoriales más o menos tendenciosos, la clase burguesa se estaba haciendo consciente de la situación del reino y de su propio poder.

Este nuevo sentimiento se estaba poniendo de manifiesto en las sucesivas Cortes, especialmente en las Cortes del Reino (que reunían a las Cortes de Castilla, a las de Navarra y a las de Corona de Aragón) y que se celebraban en Madrid, ya que las de Castilla se trasladaron a Valladolid para evitar recelos de los aragoneses. En las convocatorias fue cada vez más frecuente que las ciudades ya no enviaran como representantes a aristócratas, sino a burgueses, y que estos, a cambio de votar las Cuentas de la Monarquía (desde 1658 ya no se votaban impuestos concretos), exigieran concesiones que les dieran más poder. Poco a poco las lograron: en 1674 se aceptó que las Cortes del Reino se reunieran anualmente, que no fueran ya las ciudades quienes nombraran representantes, sino las «provincias» (formadas habitualmente por una o varias ciudades más las localidades próximas), y que los votos de los representantes de las provincias tuviesen peso doble.

Aun así, cada vez eran más los que desesperaban ante los lentos cambios, y buscaran un cambio rápido, fuera o no violento: una «revolución». Los «revolucionarios» fueron reprimidos durante el ministerio tradicionalista, pero esperaban que el marqués de Lazán volviera las tornas. Al no hacerlo, hubo grupos que pensaron que eran la Monarquía y la Iglesia la razón de sus males, y que solo la violencia lograría apartarlas. Asimismo, aprovecharon la pésima reputación de la Princesa de Asturias para atacar a la institución monárquica y captar nuevos adeptos. Los revolucionarios no llegaron a ejecutar ninguna acción coordinada, pues los más significados eran seguidos por la Inquisición Civil, y apresados al poco del regreso de Lazán a Madrid. Hubo algún incidente, siendo el más grave el asesinato del canónigo de Medina del Campo por un exaltado, pero no llegaron a amenazar la paz interior del reino. Sin embargo, la existencia de esos grupos eran signo del acelerado cambio social que acabaría llevando al estallido de veinte años después.



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Un soldado de cuatro siglos

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Aunque Lazán logró que el Príncipe le creyera, no ignoraba que se avecinaban tiempos difíciles. No solo por las actividades de tradicionalistas y de exaltados, sino por la cuestión candente de la sucesión real. El marqués lo refleja en su diario: «Conseguí convencer a Su Alteza Real el Príncipe de Asturias; sin embargo, sabía que era una victoria temporal. Al menos, había conseguido apartar a la princesa y, con su escaso atractivo, era improbable que volviera a atraerlo a su lecho. Al alejarla, desarmaba al mismo tiempo a los aristócratas más rancios como a los exaltados del pueblo llano, pero sabía que la calma era solo temporal, sobre todo mientras el futuro de la Monarquía descansase en tan pocas cabezas. Su Alteza era un hombre enfermo, de tisis según los informes que obraban en mi poder, y no parecía que Dios Nuestro Señor fuera a bendecirle con una larga vida. Era notorio que el infante Don Felipe estaba incapacitado para la sucesión. Por el contrario, el infante Carlos Fernando crecía fuerte y sano, pero no eran pocos los príncipes que llamaba el Señor a su seno».

«Tal situación era tan peligrosa para el reino que convertía en cuestión apremiante matrimoniar a los infantes Carlos y Ana Margarita en cuanto alcanzaran la edad adecuada. Lo natural hubiera sido buscar enlace con la descendencia del emperador Leopoldo del Sacro Imperio, pero no olvidaba las admoniciones del Marqués del Puerto y del anterior Cirujano Real contra los matrimonios entre primos. Tendría que ser con Baviera, Polonia, o tal vez alguna casa italiana, porque yo de ingleses no quería saber nada, y el rey Luis XIV de Francia me parecía de poco fiar. También los Braganza deseaban emparentar con el Rey Emperador. Aunque podía ser una manera de sujetar al díscolo reino de Portugal, me incomodaba el enlace con una casa traidora. En todo caso, se trataba de otro problema que convenía solucionar cuanto antes para así asegurar la sucesión real».

«En cualquier caso, no quería abusar de mi suerte. Tenía muchos proyectos en mente, pero si intentaba llevarlos a cabo podría acabar enfrentándome con el Príncipe, cuyo apoyo consideraba fundamental. Debía alejarme del poder. De tal manera que le solicité una audiencia para exponerle mis deseos. Le indiqué que ya me había significado demasiado, y que mi ministerio podía ser una rémora. Yo deseaba volver a la milicia, que era mi vocación y mi profesión, y le pedía autorización para pasar a Egipto y dirigir el ejército en la reconquista de Tierra Santa; una vez la cruz volviera a Jerusalén, regresaría a mis estados y me apartaría de la vida pública. Su Alteza aceptó mis deseos; que no insistiera en que permaneciera como Ministro Principal era indicio de que no había errado al imaginar el sentir del Príncipe. Su Alteza Real me hizo la merced de consultarme sobre quién pudiera ser mi sucesor, y yo le respondí que, sin lugar a dudas, mi recomendación era para Don Nicolás Cardona, barón de Savés y marqués de Salé, almirante de la Mar Océana, buen militar, mejor administrador y fiel servidor de la Corona. Su Alteza me hizo la merced de aceptar la sugerencia. Estaba despidiéndome, de manera bastante más amigable que en anteriores entrevistas, cuando se escucharon voces, y un ayuda de cámara reclamó hablar con el Príncipe de Asturias. Hice ademán de salir, pero Su Alteza Real me retuvo del brazo. Así escuche al mismo tiempo la terrible noticia: Su Majestad Imperial, el Rey Emperador Don Felipe IV, había sido encontrado caído en el suelo».

«No hará falta decir que corrimos a Palacio. Por entonces las campañas ya estaban llamando a la oración, y gentes preocupadas se empezaban a reunir en la plaza. Yo me quedé al margen para que Su Alteza Real se adelantara; entonces, el doctor Don Andrés Estrada me llamó para informarme que su pronóstico era pesimista. El monarca había sufrido una apoplejía; aunque pensaba que su vida no corría peligro inminente, dudaba que recuperara sus facultades, y creía que el suceso no era sino aviso de su próxima partida del mundo de los vivos».



Tu regere imperio fluctus Hispane memento

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