Crisis. El Visitante, tercera parte

Los Ejércitos del mundo, sus unidades, campañas y batallas. Los aviones, tanques y buques. Churchill, Roosevelt, Hitler, Stalin y sus generales.
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Crisis. El Visitante, tercera parte

Mensaje por reytuerto »

lo bueno es el cambio de escenario... el tal Olexiy ya me empezaba a caer simpático :green: !


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KL Albrecht Achilles
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Mensaje por KL Albrecht Achilles »

Domper escribió:Similar a lo de Hailstone (Truk).
Asi es, y aun supera los numeros de las perdidas japonesas.

Saludos :cool2:


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Mensaje por Domper »

Recuerda que o de Truk se siguió inmediatamente con un raid similar contra Palau.

Saludos



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Mensaje por kaiser-1 »

Y al cañón/torpedo, nada de ataques aéreos a mansalva (aún no están los portaaviones operativos para un ataque en masse de ese tipo) que fue lo que emplearon los norteamericanos.


- “El sueño de la razón produce monstruos”. Francisco de Goya.
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Mensaje por Domper »

También usaron cañones y torpedos. El New Jersey hundió un crucero. Hasta submarinos.

Saludos



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Mensaje por Domper »


Estando tan al sur existía el riesgo de encontrarse a la vuelta con la Royal Navy. No es que tuviésemos mucho miedo. En anteriores aventuras habían estado siempre nuestros cruceros en desventaja, temerosos de toparnos con alguna flotilla más gorda que la nuestra que nos diese p’al pelo. Pero esta vez nos acompañaban los tres acorazados de Ciliax. El Gneisenau muy grande no era, pero los otros dos monstruos lo compensaban. Los míster tampoco vendrían desnudos, que tenían tres acorazados modernos. Pero tras los disgustos que Don Otto Ciliax había dado, era más que probable que los ingleses no se atreviesen a un duelo de igual a igual, pues los seis cruceros pesados italianos podrían ponerles los puntos sobre las íes. Era de suponer que, fiel a su larga tradición, los marinos de la Royal quisiesen presentarse con derroche de medios, pero eso significaba incluir en la flota sus acorazados viejos, blindados como tortugas pero no mucho más rápidos que los quelonios y a los que podríamos dar esquinazo con nuestros veloces buques.

Pero no dimos ocasión. A media mañana del día siguiente fondeamos en Dakar, uno de los mejores puertos de África. No solo había artillería para dar y vender, sino también un buen número de avioncitos que los franceses habían mandado para que el Richelieu pudiese dormir tranquilo. En Dakar nos encontramos con varios petroleros, desde el enorme Esso Hamburg al minúsculo Alberta, que la marina francesa había escoltado siguiendo la costa africana. Procedieron a rellenar los sedientos depósitos de cruceros y destructores mientras los aviones patrullaban los alrededores para evitar sorpresas desagradables. Pero parecía que los ingleses habían adquirido un sano temor a los acorazados alemanes, y se estaban pensando dos veces si venir a saludarnos o no. La verdad, tampoco podían dejar el Estrecho sin vigilancia no fuera que los acorazados italianos de Gibraltar se diesen una vuelta por el Atlántico. De hecho, un submarino había podido avistar cerca de las Azores —demasiado lejos para poder atacarlos, por desgracia— a dos acorazados de tipo moderno y a un portaaviones enemigo, se supone que a la espera de lo que qué hacíamos.

He citado al Richelieu, y es que ese modernísimo acorazado era el otro objetivo de la operación. El buque, que estaba casi completo en junio de 1940, había escapado de Brest y se había refugiado en Dakar. Los británicos, con esa habilidad que siempre han tenido para hacerse amigos, lo habían torpedeado a traición. Con los escasos medios disponibles en ese apartado rincón se habían parcheado las brechas del casco y ya estaba listo para hacerse a la mar, pero no podía superar los 15 nudos e intentar trasladarlo a la metrópoli para su reparación era suicida.

La escuadra iba a hacer de señorita de compañía para el coloso francés. Estuvimos un par de días en la rada, suficientes para que los cruceros llenasen sus tanques y también para comprobar que no había moros en la costa: aunque a nosotros no nos diese miedo otro rifirrafe con los ingleses, el mando tenía presente que las peleas entre acorazados eran una lotería, y que siendo la nuestra era la principal escuadra del Pacto, no era cuestión de cometer imprudencias. Pero cuando supimos que la Fuerza H seguía en las cercanías de las Azores nos aprestamos para volver a aguas europeas. El Richelieu se hizo a la mar escoltado por tres destructores y varios patrulleros, todos galos, mientras la escuadra le daba protección desde el océano. Como primera medida, el almirante Cattaneo se llevó a sus cruceros pesados, que aun tenían bastantes municiones, a dar un nuevo repaso a las bases aéreas inglesas de Cabo Verde. Luego seguimos hacia el norte, mientras por la proa vigilaban nuestros ángeles de la guarda, los Focke Wulf Condor. Solo nos costó un día llegar hasta Port Étienne, pero como los ingleses seguían sin dar señales de vida seguimos adelante. Tras dejar atrás Villa Cisneros —otro de los fondeaderos usados en la ruta protegida costera— llegamos a Santa Cruz de Tenerife. Justo a tiempo, porque igual que nosotros habíamos pasado por delante de Cabo Verde sin que nos viesen, la Fuerza H inglesa también se había escurrido y estaba cerca de Madeira, preparada para caer sobre la escuadra. Pero, de nuevo, los ingleses no se atrevieron a ponerse al alcance de los aviones que operaban desde las bases tinerfeñas.

Nos quedamos en las Afortunadas a esperar al Richelieu, prestos a dar un quite si se terciaba. Aprovechamos para repostar de nuevo, cargar municiones, y puestos a disfrutar de la visita, acercarnos a Gran Canaria. Don Francisco Regalado condujo a sus cruceros —incluyendo al Galicia— y a los de Cattaneo hasta las proximidades de Las Palmas, y ayudado por los aviones de reconocimiento y por las indicaciones de los guerrilleros que infestaban la isla sometió a un durísimo bombardeo a los canadienses que quedaban por allí. Los pobres que quedaban debían estar a la última pregunta, pues desde un mes antes apenas recibían suministros. Los civiles tampoco lo estaban pasando bien, y el Caudillo, vía la embajada en Buenos Aires, había ofrecido llegar a un acuerdo por el que barcos con la enseña de la Cruz Roja transportarían alimentos a la isla. Churchill, el jefe de los piratas, ni se dio por aludido. Ni siquiera cuando en un discurso emitido por la radio el Generalísimo amenazó con tratar como criminales de guerra a los británicos capturados. Desde que vi las fotos de los niños canarios desnutridos me creo bastante menos lo del fair play británico.

Por tanto iba a ser labor de la flota acabar con la resistencia. Nuestra presencia en aguas canarias permitió que otro gran convoy llegase a Santa Cruz y descargase miles de toneladas de bombas. Otros barcos de menor porte llevaron al puerto grancanario de Agaete, que ya estaba en nuestras manos, aun más armas y municiones, que sirvieron para equipar a otra brigada española que fue transportada por vía aérea.

Estábamos volviendo a Santa Cruz cuando nos llegó un importante aviso: un submarino había atacado infructuosamente a la fuerza H cerca de las Azores. Era el momento para dar el salto, y la escuadra entera partió para Casablanca, a donde llegó veinticuatro horas después, sin que durante el trayecto ocurriese nada de especial. Ni siquiera entramos en el puerto marroquí, pues estando el camino libre aprovechamos para seguir hacia Gibraltar, donde entramos a los quince días de nuestra salida de Casablanca. El Richelieu tuvo que hacer escala en Casablanca pues tampoco estaba para carreritas, pero unos días después pudo aparejar hacia Gibraltar y Tolón, donde le esperaba el Jean Bart, que había llegado un par de meses antes. Seis meses después el Richelieu se unió a la flota del Pacto.



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De Globalpedia, la Enciclopedia Total.

Destructores Tipo 1936b

Los Zerstörer 1936b, Tipo 1936b, o Narvik-B como fueron conocidos por los aliados, fueron una clase de destructores construidos durante la Guerra de Supremacía por la Kriegsmarine, la marina del Tercer Imperio Alemán. Como otras clases de buques ligeros alemanes de ese periodo, los 1936b no recibieron nombres propios y fueron conocidos solo por sus numerales (Z31 a Z39).

Diseño

Los tipo 1936b se apartaban de la línea de desarrollo seguida hasta entonces por la Kriegsmarine, aprovechando las lecciones de las clases precedentes para aumentar su fiabilidad y estabilidad.

Los destructores del anterior tipo 1934 habían resultado muy problemáticos. Su casco era poco resistente y sufría daños estructurales con mala mar, y lo bajo de la proa los hacía muy húmedos e inadecuados para los tormentosos mares del norte. La maquinaria con turbinas de vapor engranadas de alta presión, que tenía que ser potente y económica, resultó muy frágil. Los tipo 1934 raramente alcanzaron la velocidad de diseño y presentaron averías tan frecuentes que su disponibilidad siempre fue muy baja. La posterior clase 1936 solucionaba buena parte de los fallos del tipo precedente, especialmente los relacionados con la resistencia del casco. Sin embargo su maquinaria, aunque más fiable que la de los tipo 1934, seguía siendo compleja y propensa a los fallos.

Tras sustituir al almirante Raeder, el almirante Marschall cuestionó los diseños escogidos por la Kriegsmarine, considerándolos excesivamente caros, complejos, e inadecuados para la guerra moderna. Fue muy crítico con las plantas motrices instaladas hasta entonces, tan problemáticas que era habitual que la mitad de la flota de destructores permaneciese en puerto efectuando tareas de mantenimiento. Asimismo pensaba que los destructores alemanes, que tenían un armamento de superficie y torpedero que casi los hacía comparables a cruceros ligeros (aunque con un casco mucho más susceptible a los daños en combate), adolecían de armamento antiaéreo adecuado, carencia que se agravaba por no tener la Kriegsmarine buques antiaéreos especializados. Marschall ordenó detener las obras de las unidades en construcción mientras se reevaluaban nuevos proyectos. Finalmente fueron acabados con un diseño modificado que los hizo equivalentes a los destructores antiaéreos de la clase Akizuki japonesa.

El armamento, relativamente ligero para su tamaño, consistía en tres montajes dobles Dop. L. C/41 con los cañones 10,5 cm/65 SK C/35. Los montajes eran una copia a escala ligeramente mayor del Tipo 98 japonés de 100 mm. Estaban en una torre completamente cerrada, que mejoraba la protección de la dotación y permitía operar en las adversas condiciones habituales en latitudes nórdicas. Las cuatro unidades de la segunda serie recibieron el montaje Dop. L. C/43 con el cañón 10,5 cm/65 SK C/37, que era una versión automática en la que se prescindía de los mecanismos de regulación que el desarrollo de espoletas de proximidad había hecho innecesarios.

Para el armamento secundario se seleccionó el cañón Flak M41 de 3,7 cm. Se trataba de un cañón automático alimentado por cargadores de cinco disparos con cadencia de tiro mucho más elevada que los modelos precedentes. Fue el primer cañón antiaéreo ligero alemán provisto de escudo, omisión llamativa en modelos previos. Las cuatro unidades de la primera serie recibieron seis montajes dobles de la versión M41/1. Las de la segunda serie fueron equipadas con cuatro montajes dobles M41/3. Estos montajes eran completamente cerrados, estabilizados en tres ejes y operados tanto en giro como en elevación por motores eléctricos. La alimentación ya no era mediante cargadores sino mediante cintas desintegrables, permitiendo disminuir la dotación de las piezas a solo ocho servidores, y la cadencia de tiro pasó de los 180 disparos por minuto (reales) de la versión precedente a 280 disparos por minuto. En ambos casos los montajes eran operados remotamente, aunque podían ser apuntados manualmente en caso de emergencia. La batería antiaérea se complementaba con cuatro cañones de 2 cm/65 C/41 en montajes simples. Los destructores 1936b llevaban un montaje cuádruple lanzatorpedos de 533 mm, pero como la misión principal de la clase era la defensa de la flota solían llevar torpedos acústicos antisubmarinos. También disponían de dos varaderos de cargas de profundidad. Contrariamente a las clases precedentes, no tenían capacidad para lanzamiento de minas.

Para mejorar la fiabilidad de las máquinas se disminuyó la presión máxima de operación de las calderas, medida que aunque limitó la velocidad máxima de los barcos a 33 nudos, los hizo más fiables. El casco se reforzó y se aumentó la altura de la proa, instalando planchas que protegían contra los rociones de las olas. El armamento, ligero para el tamaño de los buques, mejoró la distribución de masas lo que hacía a estos buques más marineros que los precedentes.

Los destructores de la clase destacaban por su equipo electrónico. Contaban con un radar de exploración aérea y de superficie FuMO 301b Morse, con un alcance de hasta 50 km, asociado a un FuME-4 de identificación de contactos y a un FuG 304c Narwal de dirección de tiro. También tenían un director de tiro antiaéreo FuMO 26 de gran elevación para la batería principal, y en los últimos buques dos FuMO 26b para la secundaria. También contaban con instalaciones FuMB 7 Timor para la detección de radiotelémetros enemigos y un FuMS/T 5 Libau para interferirlos. Los tipo 1936b, además, al estar diseñados como escoltas de flota, tenían equipos mejorados de comunicaciones que permitían que fuesen controlados por los buques directores de tiro antiaéreo.

Los destructores Tipo 1936b sirvieron como modelo al Tipo 1942, que eran similares salvo por la sustitución de la planta de alta presión por las nuevas calderas Rateau-Bretagne de diseño francés con turbinas engranadas Wagner.

Servicio

Los 1936b fueron los primeros buques antiaéreos de la flota y habitualmente escoltaban a los buques mayores de la Kriegsmarine, por lo que no participaron en acciones de superficie. Su potente armamento antiaéreo y sobre todo sus modernos sistemas electrónicos supusieron un gran avance en la defensa antiaérea de la flota. En el combate de las Lofoten se atribuyó al destructor Z-33 (que había sido provisto de la nueva munición antiaérea con espoletas de proximidad) el derribo de diecisiete aviones aliados. Aunque investigaciones posteriores redujeron a siete la cifra de derribos, sigue resultando un tanteo impresionante. El eficacia de los 1936b fue tal que en lo sucesivo los aviadores aliados recibieron instrucciones de evitar acercarse a los buques de esa clase, y se ordenó a los submarinos que los atacasen, dando únicamente preferencia a los acorazados o a los portaaviones.

Esta clase de destructores no resultó objetivo fácil para los submarinos, y con los torpedos antisubmarinos acústicos G7es/T6 Wiedehopf eran adversarios muy peligrosos. Aunque los Z37 y Z39 fueron hundidos y el Z32 dado de baja tras ser torpedeado, hundieron al menos siete submarinos aliados.

Tras la guerra se decidió estandarizar la flota basándose en los tipos 1942 y 1944, y las unidades supervivientes de los tipos anteriores pasaron a la reserva o fueron cedidas a marinas aliadas. La Armada Española recibió cuatro unidades (Z-31, Z-33, Z-34 y Z-38 ) que formaron la clase Alcedo, que llevó nombres de marinos fallecidos en la batalla de Trafalgar. Los Alcedo permanecieron en servicio hasta los años sesenta, aunque problemas con sus complejas maquinarias limitaron su actividad.

Tipo 1936c

Ocho buques adicionales (Z35 y Z36, Z40 a Z45) fueron construidos como destructores lanzamisiles equipados con el misil antibuque teledirigido Ludwig X. Los tipo 1936c (conocidos como Narvik-C por los aliados) eran similares al tipo anterior, pero sustituían una de las torres de 10,5 cm (C/43) por el lanzador de misiles y el hangar asociado. El peso del lanzador y de las antenas de radar asociadas obligó a desembarcar también los tubos lanzatorpedos. El armamento antiaéreo ligero era similar a los últimos 1936b, con cuatro montajes dobles automáticos de 3,7 cm M41/3.

Los Z35 y Z36 participaron en el combate de las Lofoten y parece que fue el Z36 el que alcanzó con un misil Ludwig X al crucero norteamericano Tuscaloosa. Sin embargo en dicha acción el Z35 fue hundido por aviones aliados que hicieron estallar los misiles estibados en el hangar, mostrando la gran vulnerabilidad del sistema.

En la posguerra los 1936c también pasaron a la reserva. En 1949 fueron cedidas cuatro unidades (Z40 a Z44) a la marina española, tras desmontar el lanzador de misiles y sustituirlo por armas antiaéreas adicionales. La clase Bustamante (con nombres de marinos que perecieron en la guerra Hispanonorteamericana) acompañó a los Alcedo hasta que fueron retirados en los años sesenta.



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Capítulo 6

Por mí reinan los reyes y los soberanos decretan la justicia; por mí gobiernan los príncipes y los nobles juzgan la tierra.

Proverbios 8:15-16


Sebastian Haffner. El nacimiento de Europa. Op. cit.

Hasta la Gran Guerra el principal recurso energético europeo había sido el carbón, pero en la posguerra fue sustituido por el petróleo como fuente de energía dada su gran eficiencia energética, el ahorro de trabajadores al no ser preciso alimentar los hornos manualmente, y por poderse utilizar para vehículos automotores. Sin embargo la transformación del carbón al petróleo supuso que muchas potencias, hasta entonces autosuficientes energéticamente, corriesen riesgo de desabastecimiento, pues los yacimientos de petróleo estaban menos distribuidos que los de carbón y en su mayoría se encontraban en otros continentes. En Europa tan solo tenían importancia los campos petrolíferos de Ploiesti, en Rumania, y los de Transcaucasia, controlados por la Unión Soviética. En los años treinta la mayor parte del petróleo consumido en Alemania era importado por vía marítima. Cuando el conflicto entre el Reich alemán y el irredentismo polaco desencadenó la Guerra de Supremacía, Inglaterra utilizó su superioridad naval para bloquear las importaciones europeas.

Aunque se aumentó la producción de Ploiesti, el petróleo rumano no bastaba para las economías de la Unión Paneuropea ni siquiera con un férreo racionamiento. La URSS pasó a ser el principal suministrador de Alemania, pero la alianza con Stalin implicaba tener que hacer concesiones políticas que amenazaban a la estabilidad de la Unión. La suspensión temporal de suministros decidida por Stalin durante la primavera de 1941 causó gran alarma en Berlín al mostrar el riesgo que suponía la dependencia de los recursos soviéticos.

La falta de combustible llevó a un apreciable deterioro de las condiciones de vida, especialmente en los estados periféricos en situación más vulnerable, como España, Italia, Yugoslavia y, paradójicamente, Rumania. La carencia disminuyó el rendimiento de la agricultura que estaba empezando a mecanizarse, provocó paros temporales en las fábricas, y dificultó la distribución de alimentos. También tuvo repercusión sobre las operaciones militares, especialmente las navales, y durante el verano de 1941 la carencia de combustible impidió que las flotas de la Unión Paneuropea pudiesen aprovechar la favorable coyuntura que se les ofrecía tras la derrota británica en el Mediterráneo. Aunque el descubrimiento de inmensas reservas petrolíferas en la colonia italiana de Libia y posteriormente en Argelia prometía paliar la escasez, y las muestras extraídas indicaban que el petróleo de excelente calidad, estaba situado en bolsas a gran profundidad y su explotación suponía un gran reto técnico. No parecía probable que Libia empezase a producir cantidades apreciables de fuel hasta finales de 1942.

El favorable curso de las operaciones bélicas remedió la carencia de petróleo. En Egipto había varios campos petrolíferos que fueron abandonados por los británicos durante el pánico de febrero de 1941, siendo capturados casi intactos por los italoalemanes. Parte de los yacimientos estaban demasiado próximos al Canal de Suez, y hasta que los ingleses no fueron expulsados de Palestina no pudo iniciarse su reparación, pero los situados al oeste del Nilo reiniciaron su producción en marzo de 1941. Tras la derrota británica se encontraron nuevos yacimientos en las cercanías de Suez y en la Península del Sinaí que estaban a menor profundidad que los libios, por lo que se pudo empezar la extracción de petróleo en un plazo breve. En noviembre de 1941 la producción de petróleo egipcio bastaba para las necesidades energéticas de Italia y de las flotas del Pacto desplegadas en el Mediterráneo. Al mismo tiempo la rebelión iraquí, seguida por la llegada de fuerzas alemanas, hizo que los campos del norte de Irak, de gran riqueza, cayesen intactos en manos alemanas. El vital oleoducto entre Kirkuk y Haifa solo sufrió daños moderados que pudieron ser solventados rápidamente. En julio de 1941 el fuel de Mosul empezó a manar hacia Haifa, y en noviembre llegaban a Haifa más siete mil toneladas de petróleo cada día. La expulsión de la Royal Navy del Mediterráneo permitió transportar directamente el petróleo hasta puertos italianos y franceses.

Paradójicamente, la captura del petróleo egipcio hizo que Stalin comprendiese que los cortes de suministro no solo no estaban perjudicando a la Unión Paneuropea, sino que suponían el riesgo de un enfrentamiento que en ese momento no convenía a la Unión Soviética, inmersa en la llamada “purga del Hambre”. El suministro de fuel se restableció en verano, y se mantuvo a pesar de las dificultades políticas experimentadas por Alemania tras la muerte del Statthalter Goering. La URSS también entregó grandes cantidades de cereal que procedían en su mayoría de las reservas ucranianas y de Asia Central. La incautación del grano destinado a la exportación provocó una grave hambruna que fue conocida como el Segundo Holodomor, que se estima causó unas 600.000 muertes en Ucrania (predominantemente en los distritos occidentales), 100.000 en Crimea y 400.000 en las repúblicas de Asia Central. También se cedieron importantes cantidades de fibras textiles (lana y algodón) y minerales estratégicos.

La energía barata y el cereal egipcio y soviético acabaron con la carestía que sufrían varios países de la Unión Paneuropea, y que las medidas económicas establecidas por el equipo del ministro de Economía Albert Speer tuviesen efecto mucho antes de lo esperado. Italia olvidó sus veleidades antigermanas, e incluso se logró cierto reconocimiento por parte del gobierno francés. En el campo interno la calidad de vida de los ciudadanos de la Unión mejoró gracias al pleno empleo debido al aumento de la producción industrial (sobre todo de armamentos), a la elevación de los salarios, al cese de la inflación (al finalizar las medidas monetarias alemanas que habían causado la crisis inflacionaria de algunos de sus aliados como Italia o Rumania) y a la suavización del racionamiento.

Una medida muy atrevida tomada por Speer fue la autorización de la venta libre de ciertas categorías de artículos, que incluían algunos alimentos (inicialmente el pan y sus derivados, seguido por los lácteos) y textiles. Aunque inicialmente se elevaron los precios, se consiguió que saliesen al mercado grandes existencias que anteriormente se reservaban para el mercado negro, llevando a la postre a la estabilización de los precios. Esta medida fue imitada primero por Francia y España, y finalmente por Italia y el resto de los aliados. Como consecuencia, la calidad de vida en algunas regiones llegó a ser superior a la de la preguerra, especialmente en las regiones industriales españolas que habían sufrido las consecuencias de su Guerra Civil. La propaganda germana utilizó esos logros, junto con las victorias militares en Irak, Sudán, el Mediterráneo y Portugal, para conseguir el apoyo de la población tanto alemana como de los países aliados.



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Diario de Von Hoesslin

Había sido un día agotador. Tras el desfile por las calles de Lisboa vino una ceremonia religiosa, la recepción por las autoridades locales, una reunión para planificar las siguientes operaciones y como colofón una cena de gala. Yo estaba agotado, y a saber cómo se encontraba el mariscal, que me doblaba la edad. Apenas llevaba unos minutos descansando cuando llegó el mensaje de Berlín.

Normalmente no hubiese molestado al mariscal. Von Manstein creía que el descanso era indispensable, y que un jefe agotado acababa cometiendo errores que costaban vidas. El mariscal intentaba finalizar las tareas al atardecer para gozar de un rato de asueto durante la cena, durante la que conversaba afablemente con sus invitados, entre los que tenía el honor de ser incluido. En esas charlas se hablaba de lo divino y de lo humano, y con ellas el mariscal conseguía mantener una relación cada vez más estrecha con sus colaboradores. Luego Von Manstein se acostaba, esperando que no se le avisase por nada menos serio que un desembarco en Berlín.

Pero el asunto era grave y me pareció que requería acción inmediata. Fui a despertar al general Hoth para indicarle que el mariscal casi con total seguridad saldría hacia Berlín al amanecer. También alerté a la Luftwaffe para que tuviese dispuesto un Condor en Beja y un avión ligero en Benavente. Asimismo ordené que se dispusiese un coche con escolta, y que se preparase el equipaje de Von Manstein. Me arrogué una autoridad que no tenía, pero pensé que si me equivocaba me arriesgaba era a una reprimenda, pero si acertaba ganaría para el mariscal unas horas vitales.

Dejé descansar al mariscal un par de horas más mientras hacía los preparativos, y luego llamé a su puerta. No me costó mucho despertarle; mis órdenes habían causado un ajetreo capaz de levantar a un muerto.

—¿Qué demonios está ocurriendo, teniente? —Que no me llamase por mi nombre era indicio de cuanto le disgustaba que le molestasen con tonterías.

—Discúlpeme, mariscal, pero ha llegado este mensaje desde Berlín y juzgué que era importante. —Le entregué el mensaje descifrado. Von Manstein, todavía en pijama, leyó el papel, se sentó en la cama y me miró a los ojos.

—Otra vez ¿Es que esto no acabará nunca? Roland, tenemos que volver a Berlín inmediatamente. Disponlo todo.

—Me he permitido la libertad de hacerlo. El coche ya está esperando en la puerta, y le llevará al aeropuerto, donde ya estará dispuesto un avión. He hecho que le preparen un desayuno.

—Gracias, Roland. No sé qué haría sin ti ¿Has hecho tus maletas? Porque te vienes conmigo.

—A sus órdenes, mariscal.

—Bien, corre a recoger tus cosas. En veinte minutos saldremos.

Ya había preparado mi petate, y utilicé ese tiempo para confirmar que todo estaba listo. Ordené que se silenciase la partida del mariscal: aunque con la campaña tan avanzada ya no era precisa su presencia, imaginé que no querría que corriesen rumores.

Veinte minutos después, ni uno más ni uno menos, el mariscal subió al Mercedes que esperaba en la puerta. Era un coche de campaña normal, y la escolta no era de motoristas, sino de dos coches blindados: parecía un vehículo de mando más. Salimos inmediatamente y recorrimos las calles lisboetas, que a pesar del oscurecimiento aun seguían llenas de juerguistas. Con tanto jaleo no llamó la atención nuestra comitiva, y sin especiales incidentes llegamos al aeródromo, donde esperaba una avioneta Messerschmitt. Volamos un poco apretados, pero una hora después, con las primeras luces, aterrizamos en Beja. Durante el vuelo el mariscal permaneció en silencio, pero lo conocía lo bastante como para saber que estaba meditando sobre el papel que le había entregado.

El mensaje estaba cifrado con una clave de uso único que el general Schellenberg me había entregado antes de salir de Berlín, y era imposible de interceptar. Apenas contenía una línea:

ERIC VUELVE BERLIN INMEDIATAMENTE EL CANCILLER MUERE




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Dosis! La platea clama por dosis!


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Cuando el mariscal decidió tomar el mando directo de las operaciones en España tuvo presente que podría ser necesario regresar rápidamente a la capital. Por eso había ordenado a la Luftwaffe que enviase a la Península uno de los Fw 200 Condor que habían sido de la Lufthansa y que estaban habilitados como transporte especial. El aparato nos estaba esperando en Beja, y la avioneta se detuvo a su lado. Unos asistentes cargaron el equipaje, mientras nos acomodábamos en el lujoso interior. Inmediatamente después el Condor despegó y se dirigió hacia el noroeste, escoltado por dos Me 110. Un auxiliar nos ofreció una taza de café (excelente, recién traído de Turquía) y luego se retiró. El mariscal me ordenó cerrar la puerta de comunicación antes de desahogarse de sus preocupaciones, sabiendo que con el ruido de los motores nadie sería capaz de escuchar ni una palabra.

—Roland —me dijo el mariscal—, ya has leído el mensaje y sabes lo que ocurre. Cuando salimos de Berlín la salud de Von Brauchitsch no era buena, y poco le habrán ayudado la detención de Halder o el escándalo de las municiones. Pero no esperaba que fuese a morir tan pronto, y tengo que estar en Berlín cuando fallezca para asegurar la lealtad del Ejército. Si me quedo en Lisboa doy la ocasión perfecta para que cualquier ambicioso corte las comunicaciones y empiece a dar órdenes en mi nombre.

—¿Le preocupa lo que pase en Berlín? No creo que nadie se atreva a discutir su autoridad —le dije.

—No lo creas. En realidad volvemos a estar como el verano pasado: los del gabinete de guerra conservamos el poder en Alemania, pero nuestra situación es más ilegal que un billete de siete marcos. A mí me importa poco que nuestros puestos nos los hayamos ganado, los hayamos heredado o nos los haya dado el sursuncorda, porque lo importante no es quién se siente en una poltrona sino que Alemania salga con bien de esta guerra. Pero ya te puedes imaginar cuántos intrigantes están pensando que igual que nosotros mandamos, podrían hacerlo ellos. Por desgracia, esos elementos suelen tener más ambición que capacidad; el caso del general Schellenberg no es habitual. Lo malo de la situación actual es que a nadie se le ocurre pegarle un tiro a un ministro para sustituirlo, pero un dictador militar es blanco para cualquier insatisfecho. Triste es la condición humana pero estoy seguro de que, aunque Alemania se estuviese sumiendo en el abismo, habría arribistas luchando por hacerse con un trocito de poder.

Yo asentí mientras el mariscal seguía con su discurso—: Ese es el problema de la ilegitimidad, y por eso intentamos solucionar nombrando un canciller. Yo propuse a Brauchitsch por su prestigio, aunque mi corazón me decía que no podíamos fiarnos de ese hombre y que mejor estaría en una guarnición en Tombuctú. Pero pensé que le bastaría con los honores y una buena suma de marcos. Tendría que haber seguido a mi instinto: Brauchitsch ha resultado ser otro ambicioso que deseaba era el poder que había tenido Hitler, sin pensar en que un dictador hubiese llevado a Alemania a la catástrofe.

Le pregunté por qué pensaba eso, y Von Manstein me lo explicó.

—Roland, recuerda el caso de Napoleón. Fue el general y gobernante con mayor genio de todos los que ha padecido Europa. Pero él mismo se sabía tan superior a los demás que no atendía a sus consejeros, y acabó cometiendo errores que destruyeron su Imperio. Si Napoleón no consiguió mantener su obra ¿cómo podría hacerlo uno de nosotros? Roland, el problema de los dictadores es que no tienen ni compañeros ni consejeros, sino solo aduladores, e incluso para los mejores, para hombres como César o Bonaparte, resulta muy difícil evitar pasarse de la raya. Si el dictador es un hombre bonancible sus errores sólo le arrastran a él y a su régimen; pero si por desgracia el dictador es un rufián sanguinario como Stalin, ocurren desastres como el de este invierno en Ucrania. No creo que Brauchitsch fuese un asesino como Stalin, pero era un hombre de luces mucho más limitadas de lo que él mismo creía, y como general en jefe, una medianía que se dejaba influir demasiado por los amigotes. Con él al mando a lo más que podríamos aspirar sería a una guerra muy larga que acabaríamos perdiendo.

—¿Cómo puede perder Alemania contra Inglaterra? —me arriesgué a sugerir.

—Si solo fuese contra Inglaterra... Pero si los británicos se unen con los rusos y con Estados Unidos será nuestro fin. La que te he dicho te parecerá una alianza contra natura, pero para ganar una guerra cosas más raras se han visto. No les resultaría fácil derrotarnos, porque el Reich es fuerte y podrá resistir durante años. Pero sería una lucha sin esperanza. Por eso tenemos que poner a Inglaterra de rodillas cuanto antes.

—Entonces usted tendría que ser el próximo canciller.

—Te equivocas, Roland ¿Por qué yo iba a ser inmune a la enfermedad del dictador? Además soy consciente de mis limitaciones, y aunque las relaciones con nuestros aliados no se me dan mal, y podría llegar a sustituir a Papen, nunca sabría manejar las complejidades de la política o de la economía. Lo mismo se puede decir de mis compañeros. Papen no tiene suficiente prestigio, Speer es demasiado joven, y ninguno de los dos sabría conducir una campaña. De Schellenberg no me termino de fiar, pues no sé lo que esconde su alma. Creo que Alemania necesita que siga habiendo un Gabinete en el que unos podamos contrapesar a los otros. Pero el Reich también necesita estabilidad política, y eso significa que debe haber alguien al frente.

Esa palabra del mariscal iluminó mi mente como un relámpago. Callé apenas un momento antes de disparar mi sugerencia.

—Mariscal, si Alemania es un imperio, lo que necesita es un emperador. El III Reich precisa un Káiser.



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JLVassallo
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Crisis. El Visitante, tercera parte

Mensaje por JLVassallo »

WTF un Káiser??? En serio Domper pasas 2 semanas produciendonos angustias tremendas mientras esperamos tus relatos y nos sales con esta sorpresa??? Mama mía :asombro2: :asombro2: :asombro2:
Naaaaaaaaaa ahora esperar la continuación me va a matar las ansias.
Excelente :thumbs: Domper como siempre impresionante e impecable tu relato.
Muchas gracais.
Saludos.


kaiser-1
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Crisis. El Visitante, tercera parte

Mensaje por kaiser-1 »

:alegre: :alegre: :alegre: :alegre: :thumbs:


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Domper
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Crisis. El Visitante, tercera parte

Mensaje por Domper »


Von Manstein me respondió secamente, casi indignado— ¿Otro Hohenzollern al frente de Alemania? ¡Jamás! Tú no conociste al káiser Guillermo, pero te aseguro que fueron sus dislates los que llevaron a Europa a la ruina. Sus absurdas fanfarronadas desencadenaron una guerra innecesaria que acabó destruyendo a Alemania, y que acabó creando en Rusia un monstruo con el que antes o después nos tendremos que enfrentar. Dicen que el Konprinz es un hombre decente, pero estuvo al frente de la carnicería de Verdún. Pero aunque fuese un buen emperador ¿cómo será su hijo? ¿o su nieto?

—Mariscal, no me ha dejado terminar. La dinastía Hohenzollern ha sido reciente, como también lo fue la Habsburgo. Pero la monarquía hereditaria no es tradición alemana. Cuando el imperio alemán fue fuerte, los monarcas eran elegidos entre los mejores.

Von Manstein quedó en silencio unos momentos y me dejó seguir.

—Yo estaba pensando en volver a la monarquía electiva, pero sin los conflictos a los que llevó la elección de emperadores. Se podría elegir como káiser a alguien enormemente prestigioso, pero solo con papel representativo o en todo caso, para que actúe como mediador. Ese káiser podría tener encomendadas todas esas funciones representativas que tanto echa en falta el pueblo alemán: visitas a hospitales, a ciudades bombardeadas, recepción de diplomáticos. Así dejará trabajar al gabinete para conseguir la victoria.

El mariscal me miró a los ojos fijamente y dijo—. Roland, cuando te escogí como ayudante sabía que eras inteligente, pero ahora de verdad que me has sorprendido. Me parece que has tenido una idea genial. Si no te importa ¿podrías seguir pensando en voz alta? ¿Cómo organizarías el Estado? ¿Te parecería bien volver al sistema de 1914?

—Mariscal, soy demasiado joven y no lo conocí. Me crie en la década pasada y me enseñaron que los partidos políticos son funestos. La verdad es que creo que los nazis tenían algo de razón. No me gusta el nacionalsocialismo, usted ya lo sabe, pero pienso que las politiquerías no ayudan a resolver los problemas de la nación ¿Recuerda que en una conversación Von Papen estuvo hablando de como Franco estaba utilizando a su partido único, la Falange? Pues podríamos hacer algo así. Convertir el partido nazi en un organismo meritorio y ceremonial, pero que también tenga algún papel representativo. Que sirva como filtro que permita ascender a los mejores alemanes.

—Eso sería darle demasiada fuerza —respondió el mariscal—. Significaría que a la política solo llegarían hombres del Partido.

—Tiene razón, mariscal, y así sería si fuese la única vía de acceso a la política. Pero ahora estaba pensando en un tiempo aun más lejano que el Sacro Imperio. En los tiempos heroicos de la República Romana, cuando supo derrotar a Aníbal y conquistar el Mediterráneo, los romanos tenían múltiples asambleas y comicios que se compensaban unos con otros, dejando la última palabra en el grupo de hombres fuertes que controlaban al Senado. Pensaba en un sistema similar, con varios poderes equilibrándose. Debo ser un nostálgico, pero tengo cierta inclinación romántica hacia esa Alemania heroica en la que condes y electores daban fuerza al imperio. Se podría dar cierta voz a los gaus.

—Así que tendríamos al partido y a los gauleiter, electores o como les quieras llamar ¿enfrentados?

Seguía pensando e inventando un sistema sobre la marcha—: No, mariscal, yo pensaba en una cámara dividida no en dos bandos enfrentados sino en tercios. Solo uno sería controlado por el Partido. Otro tercio podría ser territorial, con representantes territoriales cuya misión sería no solo trabajar en la cámara popular, sino velar por sus distritos. El tercer tercio provendría del mundo laboral, con delegados procedentes del Frente Nacional del Trabajo.

—Roland, estoy viendo una debilidad en tu sistema. De esos tercios, supongo que el territorial sería elegido por elección más o menos directa ¿Cómo evitarías que surgiesen de nuevo los partidos políticos que, según has dicho, te parecen funestos? Piensa que ese tercio se arrogaría el papel de ser el único representante del pueblo, como en su día ocurrió con el Tercer Estado en Francia.

Entendí lo que apuntaba el mariscal: cuando el rey francés Luis XVI convocó los Estados Generales, una especie de parlamento francés, los representantes del pueblo llano, que eran el “tercer estado”, consideraron que eran los únicos legitimados por el pueblo. Se reunieron por separado, iniciando la cadena de acontecimientos que llevó a la Revolución Francesa. Y al Terror.

—Mariscal, no es cuestión baladí la que plantea. Creo que si el sistema espera tener alguna credibilidad será preciso que los representantes sean elegidos por el pueblo. No solo los territoriales, sino también los del Partido y los del trabajo. Un ingeniero acabaría votando dos veces: para elegir al representante del distrito, y para escoger al delegado de los ingenieros. Además, siendo profesional también sería miembro del Partido y participaría también en la selección de sus representantes.

—Te entiendo —dijo el mariscal antes de plantearme otra objeción—. Crees que resultará difícil que esos tercios se pongan de acuerdo. Pero imagina que surge, qué sé yo, un partido agrario. Dominaría no solo los diputados procedentes de su rama del trabajo, sino también los de los distritos rurales, e incluso la organización del Partido en esas zonas, lo que acabaría por convertir a ese partido en una importante fuerza política. Sea un parlamento normal o dividido por tercios, tendríamos a un partido designando a los candidatos locales, y acabaría pervirtiendo el sistema.

—Tiene razón, mariscal —me detuve un poco antes de seguir—. Sería crucial impedir que se formasen esos partidos. Creo que sería importante que la futura constitución los prohíba expresamente por ser instrumentos no del pueblo sino de unos pocos aprovechados. Debiera indicarse que al prohibirse la política partidista los representantes podrán tener libertad para actuar y votar según su conciencia. Simplemente con la prohibición se complicaría mucho la formación de agrupaciones políticas, y permitiría que la policía persiguiese las organizaciones clandestinas.

—Así que prohibidos los partidos. Sigue, Ronald.

—De todas formas, pienso que la clave del sistema no estaría tanto en la abolición del sistema partidista, sino en el proceso de selección de los candidatos. Se podría establecer que solo pudiesen serlo quienes cumpliesen ciertos criterios. Por ejemplo, en el caso de los representantes de los trabajadores, podría exigirse tener veinte años de experiencia profesional: así se dificultaría la elección de la política como profesión. Algo parecido para los candidatos al tercio local o al del Partido. Los requisitos podrían ser de todo tipo: por ejemplo, gozar de experiencia de combate u ostentar condecoraciones. La idea es impedir que cualquier pelanas pudiese convertirse en diputado y cerrar el paso a los demagogos. Y que los que puedan acceder a ser representantes tengan tal bagaje personal que puedan reírse de partidismos y banderías y votar u actuar según su mente y su conciencia.

—Aun así me parece que esa cámara que propones tendría demasiado poder.

—Es que estaba pensando en un sistema bicameral. La que ya he descrito sería la cámara popular, encargada de la confección de las leyes, aprobar presupuestos, etcétera. Pero yo sugeriría crear una segunda cámara con una nueva aristocracia, equivalente a los lores ingleses, que tendría que aprobar las decisiones de la cámara popular, y además hacerse cargo del sistema judicial. Pero no desearía que esas labores las acometiesen caducos condes y marqueses, sino los mejores hombres de la nación, escogidos por sus méritos. Militares de mayor grado y héroes de guerra, antiguos ministros, gauleiters, catedráticos de universidad, científicos, artistas insignes, etcétera. El káiser designaría a los miembros a propuesta del gabinete, y serían vitalicios. Así tendríamos una cámara popular, en el que el poder se equilibraría entre el Partido, el sindicato y las regiones, y una cámara alta aun más independiente. Seguramente no se podría impedir que las dos discrepasen…

—Y como no podrían ponerse de acuerdo, sería el gobierno el que mantuviese el poder. Bien, Roland. Sigue así.

—Pues mire, pienso que sería conveniente que hubiese algún organismo que estuviese por encima de las luchas partidistas que a pesar de todo seguramente se producirán. Se podría tener un Consejo de Electores —la nostalgia por la historia de Alemania me arrastraba— que sería un grupo muy reducido, de una docena o poco más, formado por personajes con experiencia de gobierno: antiguos cancilleres, jefes del ejército, la marina o la aviación, algún rector de Universidad… Ese consejo, que representaría la tradición, mediaría entre las dos cámaras.

—Bien, Roland. Ya has pergeñado el estado ¿Y la dirección?

–Por ahora no lo modificaría. Por lo menos hasta que ganemos la guerra, es mejor que el poder siga en manos del gabinete de guerra. Aunque creo que sería conveniente que alguno de ustedes pase a ser el canciller, aunque solamente cara a la galería: ustedes cuatro seguirían tomando las decisiones por consenso. Tras la victoria ustedes podrían decidir si quieren seguir en el poder, o si es mejor institucionalizar el sistema.

—Preferiría un sistema organizado. Ya te he dicho que temo las dictaduras.

—Le entiendo. Si hay que organizarlo, creo que Alemania necesita una mano fuerte al timón, que podría ser el canciller. Pero es una cuestión que me parece espinosa. El canciller necesitará autonomía, pero no gustaría que tuviese tanta que pudiera convertirse en un dictador, en una especie de shogun. Para impedirlo pienso que el canciller podría ser propuesto por el káiser y el consejo de electores, para luego ser aprobado por las cámaras, y que el consejo supervise su actuación: me parece el organismo ideal para esas funciones de control, pues no solo estaría al margen de las luchas partidistas, sino que sería el primer interesado en evitar personalismos. De todas formas limitaría el mandato a diez o doce años improrrogables.

—Ya solo falta la guinda: necesitaríamos a un káiser ¿Cómo se podría elegir?

—Cuando el sistema esté organizado, tendría que ser con el método más ceremonioso posible: por ejemplo, que el gobierno proponga tres candidatos, y el consejo de electores designe uno. Luego tendría que someterse a la aprobación de las dos cámaras y, finalmente, a un plebiscito. Yo prohibiría cualquier sistema de sucesión familiar, e impondría la retirada del káiser a los ochenta años o si sufre una enfermedad incapacitante. Nada de ancianos babeantes en el trono.

—Todo eso está muy bien, pero ahora no tenemos ni consejo, ni cámaras, ni nada. Tú dices que convendría designar a un emperador ¿a quién?

La pregunta era comprometida, pero tenía una respuesta.

—Más que un emperador, por ahora podría ser un regente, para resaltar la provisionalidad del sistema. Pienso que tendría que ser algún militar con mucho prestigio.

—Espero que no pienses en mí. Aun no estoy para que me aten a un trono.

—No, mariscal. Debiera ser alguien con más antigüedad.

—¿Von Runstedt o Von Leeb? Serían más problemáticos que Von Brauchitsch ¿No te imaginas al amigo Gerd intentando aferrarse al poder?

—Mariscal, estaba pensando en un militar ya retirado, de edad avanzada pero lúcido como el que más, que tiene un prestigio inmenso, y que se ha opuesto tanto a los nazis como a los socialistas o a los republicanos.

El mariscal adivinó mi pensamiento y me interrumpió—. Roland, no hace falta que sigas, que veo por dónde vas. Me parece que en lo sucesivo vas a tener más responsabilidades. Por de pronto, tendrás que encargar un nuevo uniforme con las insignias de mayor. Antes de eso, vas a tener tarea durante este viaje. Toma papel y lápiz y redacta un boceto de esa constitución. Me gustaría revisarlo antes de aterrizar en Berlín.


No hará falta que diga que no es un sistema político que me guste. Es realmente autocrático, sin ninguna representatividad, y puede ser manejado por unos pocos ambiciosos. Solo trataba de imaginar un régimen más o menos legal que pueda suceder a la dictadura nazi.



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Crisis. El Visitante, tercera parte

Mensaje por Gaspacher »

Ese no aceptaría nunca, aun es más, sin duda les cantaría las cuarenta a los triunviros y desde luego nunca se dejaría mangonear, además si la memoria no me engaña él si era "monárquico".

PD Excepto la locura de la Gran Guerra en la que los políticos y militares tuvieron tanta culpa como el káiser, los Hohenzollern fueron monarcas bastante adelantados y lograron unos derechos sociales que el resto de europeos no podrían ni soñar hasta muy avanzado el siglo XX.


A todo hombre tarde o temprano le llega la muerte ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?" T. M.

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