Crisis. El Visitante, tercera parte

Los Ejércitos del mundo, sus unidades, campañas y batallas. Los aviones, tanques y buques. Churchill, Roosevelt, Hitler, Stalin y sus generales.
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Crisis. El Visitante, tercera parte

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Para celebrar el año viejo.


Corrigiendo defectos

La imagen icónica de las campañas de 1940 es la de los arrolladores pánzer. Sin embargo, ni de lejos reflejaba la realidad.

A pesar de todas esas fotografías de tanques y de semiorugas, en la realidad, durante los primeros años del conflicto el ejército alemán se componía mayoritariamente de infantería sin apenas motorización. En 1940 tenía ciento cincuenta y siete divisiones, de las que desplegó ciento treinta y cinco en el oeste, pero solo una veintena (entre acorazadas y motorizadas) disponían de los vehículos necesarios para realizar maniobras profundas en la retaguardia enemiga. Las demás tenían un valor combativo mucho menor. Casi la mitad de sus soldados eran cuarentones con pocas semanas de entrenamiento, sus mandos no estaban adecuadamente formados, carecían de vehículos, y su equipo pesado (artillería, suministros) se movía con tiros de caballos. Había divisiones que solo tenían un vehículo, que solía ser un automóvil civil requisado que empleaba el general al mando.

En realidad, el ejército alemán venía a ser un guerrero grande, lento y torpe, aunque con una lanza muy aguda. En campaña, fueron las divisiones acorazadas las que protagonizaron las victorias; pero sus rápidos movimientos dejaron huecos en sus flancos que las formaciones de infantería no fueron capaces de cubrir. La consecuencia fue que el ejército británico consiguió escapar a la costa belga para ser reembarcado. Aunque tal retirada se debió a errores del alto mando alemán, estos se debieron al temor de que las vitales formaciones acorazadas quedaran aisladas en la retaguardia enemiga. Además, la parada necesaria para el traslado de fuerzas permitió a los franceses rehacer el frente, y volver a romperlo costó bastantes pérdidas.

Las mismas divisiones pánzer tenían problemas. Gran parte de su blindaje estaba compuesto por tanques ligeros Panzer I y Pánzer II, apenas válidos para el reconocimiento, y de Panzer 38, fiables pero demasiado pequeños. Solo los Panzer III y IV eran comparables a los tanques aliados, pero su armamento era inadecuado: la mayor parte de los Panzer III llevaban el cañón Kwk 36 de 37 mm, que no podía batir las corazas francesas o inglesas, y los Panzer IV habían sido diseñados como tanques de apoyo a la infantería con un cañón de 75 mm de baja velocidad. Las divisiones acorazadas también estaban faltas de vehículos. De sus dos batallones de infantería, solo uno se desplazaba con semiorugas, y el otro, en camiones o con motocicletas. La artillería era remolcada y no podía seguir el avance rápido de los tanques. Un último problema era que estaban desequilibradas, con solo un regimiento de infantería y dos de tanques. Las pocas divisiones motorizadas, que hubieran debido complementar a las acorazadas, no solo tenían la misma deficiencia en vehículos, sino que carecían de «mordiente» al no disponer de carros de combate.

Otros ejércitos solucionaron el problema dividiendo las divisiones en formaciones más equilibradas, brigadas o en grupos de combate (término empleado años después por los norteamericanos). Sin embargo, una solución de ese tipo desagradaba al mando germano, ya que implicaba crear un nuevo escalón de mando, que solo añadiría confusión y retrasos.

Tras considerar varias opciones, se decidió distribuir los batallones acorazados entre las divisiones motorizadas y ligeras, pasando a convertirse en divisiones acorazadas (panzer) y mecanizadas (panzergrenadier), todas ellas formadas por dos regimientos de tres batallones. En los regimientos acorazados, dos batallones eran de carros de combate (de cuarenta y cinco tanques cada uno) y otro de infantería. En los mecanizados, un batallón era de tanques y dos de infantería. Los regimientos tenían compañías de armas de apoyo para que pudieran actuar como formaciones independientes, de manera más o menos equivalente a las brigadas aliadas. De la misma manera, también se reorganizaron las divisiones de infantería, que pasaron a tener dos regimientos de tres batallones cada uno, más un batallón de transporte con camiones, y un batallón acorazado de apoyo equipado con carros de combate o cañones de asalto. Los otros tipos de divisiones (de montaña, de desembarco, de seguridad o de asalto aéreo) tenían estructura similar a las de infantería, aunque sustituían su batallón de carros por otro especializado.

Aun así, esta estructura se consideró excesivamente rígida, y se estableció que las divisiones pudieran cederse unidades entre sí para determinadas situaciones; por ejemplo, cuando las formaciones acorazadas necesitasen más proporción de infantería. Además, se organizaron batallones independientes, como los de tanques o de cazacarros pesados, que normalmente estaban adscritos a los cuerpos de ejército o a los ejércitos, y que los cedían a sus formaciones subordinadas.



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Sin que sirva de precedente:


—Cuentan las malas lenguas que Churchill fuma y bebe como un carretero —dijo Von Manstein—. Con lo que trasiega, en vez de tripas debe tener riñones al jerez. No me extrañaría que esté cascado, que tanto exceso pasa factura. Pero a mí me dan igual los litros de alcohol que se cepille. Lo importante es si va a dimitir. No lo ha hecho hasta ahora, y no creo que vaya a hacerlo. Según el perfil que nos pasaste, se cree un tipo providencial, el único que puede salvar a su nación, y esa gente no renuncia.

—Pero esta vez Londsale viene con algo nuevo —respondió Schellenberg—. Por Londres se dice que Churchill padece una angina de pecho y que ha tenido varios ataques. Su médico no abre la boca, pero Londsale dice que un criado ha cantado como un jilguero y que la enfermedad del primer ministro es del dominio público. Halifax quiere aprovecharla para otra moción de censura. Él no podrá presentarla, pero tiene hombres en el parlamento que lo harán, argumentando que Churchill es un enfermo que ya no está en sus cabales. Ahora bien, a Halifax le preocupa que el Premier hable. Ya en 1940 consiguió relegar a Halifax con uno de sus discursitos. Cuando Churchill tiene el día inspirado, sería capaz de convencer a Belcebú de la conveniencia de poner piscinas en el infierno. Por eso prefieren que no esté presente, y quieren aprovechar el próximo ataque que tenga.

—Magnífico. Nos vendría de perlas —respondió Von Manstein—, aunque no me gusta condicionar el curso de la guerra a que le dé un patatús a Churchill. Lo que no entiendo es qué pinta en todo esto ese Londsale.

—Ha traído un mensaje que dice que es de Halifax. El lord está muy preocupado, pero no por nosotros sino por los bolcheviques. En Londres se han producido disturbios y se teme que en cualquier momento se desencadene una revolución que le despoje de su título y de su palacete. Halifax nos promete que en cuanto Churchill caiga pedirán un armisticio, pero necesita que aflojemos un poco la presión. Si dejamos de bombardearles y si les llegan algunos suministros, el ambiente se relajará y podrá apuntillar a Churchill sin temer a los revolucionarios.



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Un segundo problema apreciado fue el de los «Taifakönigreiche», o reinos de taifas, llamados así por una expresión española del medioevo que aludía a la división del califato musulmán entre decenas de reyezuelos. En Alemania la organización principal era el ejército (Heer), pero había otras organizaciones de elevado peso político que disponían de su propio componente terrestre. Una fue la Schutzstaffel (escuadras de protección, o SS) que tenía un pequeño ejército, la Waffen-SS, que en el verano de 1940 estaba en expansión. Tras el intento de golpe de estado de Himmler, las SS y su rama armada fueron disueltas, a veces por la fuerza, y sus hombres, integrados en el ejército.

Algo similar ocurrió con otras milicias del Partido Nacionalsocialista, como las Sturmabteilung (SA), que ya habían sido descabezadas en 1936, durante las pugnas por el poder en el partido nazi, y que en 1940 estaban reducidas a poco más que una escuela para cuadros de las SS. Las SA fueron disueltas, igual que lo habían sido las SS, y se retiró a los nazis el control de cualquier tipo de organización militar o paramilitar. Asimismo, la policía fue también apartada del partido. La mayor parte volvió a depender del Reichssicherheitshauptamt (RSHA), mientras que la división SS-Polizei (formada por policías e integrada en las SS) fue el germen de la Sturmwaffenpolizei (SWP), o policía armada de asalto, una fuerza de policía militarizada entre cuyas misiones estaba el control de la insurgencia. El consenso entre los estudiosos es que todas estas medidas se tomaron no tanto por cuestiones de eficiencia, sino para apartar las formaciones armadas de las manos de partido nazi.

Después del asesinato del Statthalter Goering, el mariscal Von Mastein pudo enfrentarse a otro de los principales Taifakönigreiche: las fuerzas terrestres de la Luftwaffe, que eran de dos tipos: las fuerzas paracaidistas (Fallschirmjäger) y las unidades antiaéreas.

Las fuerzas paracaidistas se expandieron durante el conflicto, pasando de una división en 1940 a cinco divisiones de asalto aéreo en 1945. Aunque estaban integradas en la Luftwaffe, su organización era similar a las formaciones del Heer. Ahora bien, aprovechaban su adscripción a la fuerza aérea les permitía conseguir equipos especiales, como cañones sin retroceso o fusiles automáticos. Sin embargo, la doble cadena de mando y de suministros, así como la frecuente incompatibilidad entre los equipos de paracaidistas y de infantería terrestre, llevaron a que durante el verano de 1942 fuesen transferidas al Ejército las tres divisiones paracaidistas que por entonces se habían organizado, que fueron reunidas en el Luftangriffskorps, o cuerpo de asalto aéreo.

Las unidades antiaéreas planteaban un problema diferente, ya que las había de dos tipos, las adscritas a formaciones del ejército, y las de defensa de los aeródromos y del Reich. Estas últimas, que estaban integradas en la red de defensa aérea, permanecieron bajo el control de la Luftwaffe. Sin embargo, fueron disueltos los «Flakkorps» (cuerpos de armas antiaéreas), que eran unidades cuya misión no solo era proporcionar defensa antiaérea, sino también potencia de fuego al ejército. Estas unidades se integraron en el Heer, pasando a depender de los cuerpos de ejército y de los ejércitos. También se anuló la orden de Goering que ponía todos los cañones antiaéreos pesados bajo el control de la Luftwaffe, debido a su doble empleo como cañones antitanque de largo alcance.

Al mismo tiempo se organizó el «Seekorps», un cuerpo especializado en operaciones anfibias. Para evitar que naciera un nuevo Taifakönigreiche, las nuevas «Seedivisione» (divisiones navales) siguieron integradas en el ejército, aunque su control pasó a la Kriegsmarine durante las operaciones anfibias.

Otro ejército particular fue el de las fuerzas especiales de la Abwehr, la organización de inteligencia militar alemana. La reorganización de los servicios de inteligencia hizo que la Abwehr se subordinara al general Schellenberg. Aun así, la Abwehr mantuvo su identidad y colaboró estrechamente con las fuerzas armadas, encargándose, entre otras funciones, de las intercepciones radiales, del análisis de las fotografías aéreas o del interrogatorio de prisioneros. Ahora bien, se les retiraron las fuerzas terrestres y la división Brandenburger (una unidad de fuerzas especiales de la Abwehr) fue transferida al ejército, convirtiéndose en el germen del SpezialkräfteKorps (SKK), o cuerpo de operaciones especiales, a su vez dividido en «kommandos» cuya denominación, como en el caso británico, se inspiraba en las unidades bóeres de finales del XIX.



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Pude ver que tanto el regente como Von Manstein enrojecían en lugar de alegrarse.

—Walter ¿Tú estás de acuerdo con todo ese tinglado? —preguntó el mariscal.

—¿Por qué lo dices?

—Espera un momento a que me relaje o diré alguna barbaridad. A ver si me aclaro: los ingleses están contra las cuerdas, no les queda ni un padrenuestro, y ese caradura nos pide un respiro prometiendo que se sentarán a negociar.

—Lo ha descrito perfectamente —contestó esta vez Von Papen—. Con un lenguaje un poco fuerte, pero en sustancia es correcto. Como temen más a la revolución que a las bombas, nos están pidiendo una tregua.

—¿La han solicitado formalmente?

—No exactamente, pero esa es la sustancia.

—¿La sustancia? Ministro, está usted muy errado —le espetó Von Manstein—. A mí me importa una higa que haya o no revoluciones en Londres. Es más, lo preferiría, porque sería el momento ideal para invadir Inglaterra y aplastar a todos esos comunistas de medio pelo que se llaman a sí mismos laboristas. Eso sí, yo esperaría a que se cepillen a esa panda de aristócratas y de burgueses soberbios que quieren seguir mangoneando el mundo a su antojo. A esos tipos poco les importó que sufriésemos una revolución en 1918. Después nos arruinaron a sabiendas, para que no les molestásemos mientras seguían tomando el té con sus finos modales. Por su culpa no fue posible la república, y con sus exigencias desmedidas abrieron paso a los nazis. Cuando vieron que Alemania crecía organizaron una guerra para aplastarnos otra vez, pero como no calcularon sus fuerzas son ellos los que están perdiendo sus preciosas colonias. Ahora les preocupa que los proletarios a los que desprecian se cansen de morir inútilmente. Pero no se rinden, no, por favor, cómo va a rendirse el imperio. Nos piden un respiro, prometiendo que luego negociarán, supongo que con el espíritu del gentleman que ha perdido una partida de bridge ante unos astrosos paletos, y que necesita un descansito para recuperarse y aplastarnos de una vez.

—¿No le parece que está exagerando un poco, mariscal? —dijo Von Papen. Regente, me parece que usted piensa como yo.

Von Lettow tomó la palabra por primera vez—: Ministro, hasta ahora no me había inmiscuido en las deliberaciones, y no pienso empezar. Ahora bien, ya que usted me pide mi opinión, le diré que suscribo lo que ha dicho el mariscal punto por punto. Es más, me parece que ha sido muy comedido. Yo no me fiaría de las palabras de un traidor. Si de verdad quieren negociar, que pidan un armisticio. Si no, que apechuguen.

—Gracias, Alteza. Me alegra que me comprenda ¿Qué pensáis vosotros? —preguntó el mariscal, para forzar una decisión del gabinete.

—Mariscal, actuando así solo va a conseguir arruinar una ocasión de oro —dijo Von Papen.

—Franz, ya conocemos tu opinión —intervino Speer—. A mí, sin embargo, los argumentos del mariscal y del regente me parece que son de peso. Yo no luche en las trincheras, pero padecí la hiperinflación que despojó a mi familia de sus ahorros. Tus padres también lo pasaron mal ¿No es así, Walter?

—Fue una mala época. Mi padre se arruinó y tuvo que emigrar. Va a costar que olvide lo que hicieron los ingleses.

Con esas palabras, el general consiguió dar la razón a Speer sin decantarse por nadie; pero no le importó al canciller.

—Franz, ya lo ves. Me parece magnífico que tengas contactos con Halifax o con sus esbirros pero, por ahora, la guerra va a continuar.

—Albert, me alegra que opines como yo —dijo Von Manstein—. De todas maneras, yo no pienso echar la labor del ministro Von Papen en saco roto. Ya sabíamos que en Inglaterra había problemas, y lo que nos ha contado es la confirmación del malestar que existe entre sus dirigentes. En política no lo sé, pero en la milicia hay que aprovechar las oportunidades, y cuando el enemigo está de rodillas no hay que darle la mano galantemente para que se levante, sino que hay que seguir golpeándole hasta aplastarlo. Le voy a pedir al almirante Marschall que intente adelantar la invasión de Inglaterra.



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También se modificó la organización de las unidades de menor nivel, no solo para mejorar su eficacia, sino por la crisis de efectivos que amenazaba a las fuerzas armadas alemanas, cuyas necesidades humanas iban en aumento. En parte por las necesidades del ejército y la expansión de su campo de acción, y también por el crecimiento de la Kriegsmarine, que planeaba disponer en 1945 de una flota con un millar de unidades de todo tipo, que requeriría, entre tripulantes y personal de tierra, cerca de un millón de hombres. Además, el reclutamiento masivo de 1939 había afectado seriamente a la economía alemana, y tras la victoria sobre Francia se realizaron desmovilizaciones parciales, que afectaron a los mayores de cuarenta años, y a los de treinta que se considerasen claves para la economía, como los obreros especializados.

Afortunadamente, la reorganización de las pequeñas unidades permitió liberar a muchos hombres. En 1939 la plantilla de las compañías de infantería era de ciento setenta hombres; sin embargo, se vio que su eficacia real no superaba a la de las compañías de paracaidistas solo tenían setenta; además, las formaciones grandes solían sufrir mayor proporción de bajas. Reduciendo el tamaño, de los ciento setenta iniciales a un centenar de hombres se disminuyó el personal necesario sin afectar a la potencia de las compañías. Los batallones pasaron de tener, de cuatro compañías de ciento setenta hombres, a cinco de cien, una de ellas de armas de apoyo. Medidas similares se tomaron en las formaciones mecanizadas y acorazadas.

Como compensación a la disminución de efectivos se incrementó la potencia de fuego de la infantería. En 1942 comenzó la introducción del fusil semiautomático Gewehr AK42d, que empleaba el nuevo cartucho 6,5 x 40PA. La invasión de las Sorlingas fue la primera operación en la que se empleó a gran escala, ya que equipaba a la tercera parte de los paracaidistas que saltaron sobre las islas. Con todo, se distribuyeron relativamente pocos fusiles de este tipo, ya que en 1943 fue sustituido en las cadenas de montaje por el Gewehr AK43d, el primer «Sturmgewehr» o fusil de asalto, un arma que combinaba las características de fusiles y subfusiles. Los Sturmgewehr se complementaron con los subfusiles MP40d (nueva denominación del clásico MP40 de Erma) y MP42t, este último de pequeñas dimensiones y que estaba destinado a sustituir a las armas personales del personal de servicios.

También se aumentó el número de tiradores de diversos tipos. A nivel de pelotón estaban los «tiradores de acompañamiento», que estaban equipados con fusiles de cerrojo K98d (kar 98); de este probado fusil se produjo una versión especializada para tiradores, el Scharfschützengewehr SK43d. También se emplearon los fusiles automáticos FG42d (un arma inicialmente diseñada para los paracaidistas) y S43d (versión para tirador del Gewehr 41). La función de estos tiradores era apoyar al pelotón, disparando contra los mandos y las armas colectivas del enemigo.

A nivel superior había equipos compuestos habitualmente de dos hombres: el tirador y un ayudante que actuaba como observador y escolta. Era habitual que el tirador llevase un SK43d, y el observador, uno automático. Otros equipos disponían de fusiles pesados de largo alcance derivados de los antitanque Panzerbüchse, que contra tanques eran ineficaces. El Panzerbüchse 39 (redenominado PG39d) disparaba un cartucho potente, pero el proyectil era demasiado ligero y perdía energía rápidamente. Los tiradores prefirieron emplear armas capturadas como el fusil antitanque británico Boys. En 1942 se introdujo el Panzerbüchse PG41d, que empleaba el potente cartucho 13 x 85B, derivado del 13x64B de la ametralladora aérea MG131d. Estos fusiles pesados se utilizaban contra personal a grandes distancias (se consiguieron «blancos» a más de dos kilómetros) y contra vehículos, armas antitanque, etcétera.



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El regente no dijo nada más durante la reunión. Yo sabía de sus buenas relaciones con su antiguo enemigo, el general sudafricano Smuts, y supuse que sería favorable a algún entendimiento con los ingleses. Señal de que lo conocía bastante menos de lo que creía. Cuando volvíamos a su residencia me estuvo contando lo que pensaba.

—Tú no estuviste en Tanganica, Roland, y no sabes cómo es esa guerra. Desde siempre los ingleses han aprovechado cualquier conflicto en Europa para hacerse con las colonias de los demás, sean amigos o enemigos, y en 1914 les faltó tiempo para lanzarse contra las nuestras. Les daban igual los africanos; lo único que les importaba era hacerse con más territorios, hasta formar su querido cordón rosa que uniese Sudáfrica con Egipto. Sin embargo, no esperaban encontrarse con el valor de mis áscaris. Como ellos trataban a sus soldados cipayos y negros como animales, pensaban que nosotros hacíamos lo mismo, y se sorprendieron cuando se vieron frente a un enemigo duro y hábil. No te ofendas, pero no creo que Alemania haya tenido nunca unos soldados como aquellos negros. Derroté a los ingleses una y otra vez, ya que la única estrategia que conocían era enviar masas de soldados directamente contra nuestras ametralladoras. Eso sí, no a los blanquitos, que reservaban para los laureles de la victoria; para carne de cañón tenían a los cipayos. Te he dicho que los trataban como animales, y miento; para los británicos, un caballo valía mucho más que un asiático o un africano. Hasta les negaban la quinina a los cipayos, pues les daba igual que muriesen, ya que siempre podrían reclutar más.

—De poco les valió su brutalidad y la superioridad numérica.

—No creas, ya que al final tuve que aceptar que no conseguiría mantenerlos alejados de nuestra colonia, y me vi obligado a convertir mis menguadas fuerzas en una columna itinerante. Aun así, continué derrotándoles una y otra vez, pero los ingleses encontraron una respuesta a mis tácticas: hambre, fuego y destrucción. Arrasaron las infraestructuras con las que Alemania quería llevar el progreso a esa infortunada colonia. Puentes y vías de tren, los que no habíamos destruido nosotros, cayeron ante su dinamita. Ardieron los poblados de los áscaris con sus familias dentro, arrasaron los cultivos para negarnos los alimentos, sin preocuparles ni un ápice que nos nativos pereciesen como moscas. Lo que querían era que nuestros fieles soldados nos abandonasen, pero no lo consiguieron; entonces quisieron cerrarnos las aldeas con feroces represalias ¿Sabes que lo que hacían cuando llegaban a una aldea de los nuestros? Apresaban a los hombres y los hacían servir como coolies hasta que caían muertos, convertidos en esqueletos por las misérrimas raciones que les daban, mientras los oficiales ingleses se regalaban con viandas y licores. A las mujeres y a los niños los echaban para que muriesen de hambre o comidos por las fieras, y después prendían fuego a la aldea y a los campos. Lograron que algún jefe nos cerrase sus aldeas, y a nosotros no nos tembló la mano, pero por cada choza que nosotros quemamos, ellos incendiaron una comarca. Luego los corifeos de los criminales escribieron que yo fui un hombre sin piedad que llevó la desolación a África. Cabrones mentirosos. Los asesinos fueron esos aristócratas de nombres compuestos, todo educación y finura mientras mataban a los nativos y dejaban morir a sus hombres. No lo olvides, Roland, ellos son el enemigo.



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Como ametralladora se mantuvo la excelente MG 42 (MG42d con la nueva nomenclatura), aunque también se incorporó a pequeña escala la MG44d, una ametralladora ligera derivada del fusil automático FG42d. Además, se introdujo la MG161d, que era una versión terrestre de la MG131 de 13 mm que empleaba el potente cartucho 13x85B. Era demasiado pesada para la infantería, pero se instaló en vehículos, como los transportes de personal Kätzchen.

Un arma que se introdujo para el apoyo del pelotón fue la Sturmkampfgewehr (SKG), una escopeta lanzagranadas de bajo retroceso (gracias al sistema de alta-baja presión), que disparaba granadas de 3,7 cm a trescientos metros de distancia. La SKG tenía el mismo alcance efectivo que la fusilería, podía batir objetivos desenfilados, no necesitaba la preparación que requerían los morteros, y se utilizó no solo para anular objetivos puntuales, sino para designarlos para armas más pesadas. Resultó muy útil en la lucha callejera al permitir alcanzar las ventanas de los pisos altos. Al final del conflicto se empezó a desplegar el lanzagranadas automático MG217d, que empleaba el mismo cartucho que las SKG. Era un arma pesada (los primeros ejemplares llegaban a los sesenta kilogramos) pero resultó ideal para que los blindados apoyasen a la infantería.

En 1942 la infantería empezó a recibir armas antitanque para sustituir a los ineficaces Panzerbüchse. El primero fue el Faustpatrone, una especie de lanzagranadas monotiro, aunque realmente fuera un cañón sin retroceso. Su alcance era muy reducido, apenas 30 m, pero era capaz de derrotar a cualquier tanque. Ese mismo año apareció el Panzerfaust 30, similar pero más potente, del que hubo nuevas versiones los años siguientes (Panzerfaust 60 y Panzerfaust 120, por su alcance). En 1943 se distribuyó el Panzerfaust 300, que era un arma reutilizable que disparaba bombas de 88 mm de calibre, letales contra los tanques aliados. Llegaba a trescientos metros de distancia, aunque su alcance eficaz fuera la mitad. El Panzerfaust 300 también resultó muy útil como arma de apoyo, ya que tenía el alcance de la escopeta SKG, pero con trayectoria más tensa y potencia mucho mayor. Normalmente se empleaban a la vez las SKG y los Panzerfaust, las primeras para combatir a la infantería de apoyo, para cegar el carro y dañar elementos no protegidos (como los visores), facilitando la actuación de los Panzerfaust de corto alcance.

Lanzagranadas y panzerfaust no reemplazaron a los morteros en su papel de apoyo. La escopeta SKG estaba sustituyendo al mortero de 5 cm Granatwerfer 36, pero el Granatwerfer 34 de 8,1 cm seguía siendo el arma de apoyo principal de las compañías. También había una versión acortada y aligerada para las unidades de asalto aéreo, el Granatwerfer 41. Los batallones fueron equipados con el 10 cm Nebelwerfer 35 (realmente de 10,5 cm), un mortero pesado inicialmente desarrollado para la guerra química, y que fue distribuido a las compañías de armas. Era un mortero relativamente ligero y potente, muy parecido a su equivalente norteamericano de 4,2 pulgadas. En 1943 fue sustituido por el Granatwerfer 42, una copia del mortero francés Brandt m35 de 12 cm, del que también hubo una versión remolcada (Granatwerfer 42-2), que para entrar y salir rápidamente de la posición empleaba la cureña del Nebelwerfer 40 (un mortero de guerra química fabricado en pequeño número).

Un importante cambio fue la sustitución de los cañones de infantería de 7,5 y 15 cm. Aunque eran relativamente ligeros (500 y 1.800 kg, respectivamente) resultaban engorrosos, sobre todo teniendo en cuenta su limitada capacidad y alcance, y se decidió reemplazarlos por morteros pesados (como el ya descrito Granatwerfer 42) y por diversas armas antitanque.

La defensa antitanque fue radicalmente modificada. Al comienzo del conflicto se basaba en el fusil Panzerbüchse 39 y en el cañón de 3,7 cm Pak 36. Como ninguno de los dos suponía una amenaza para los carros aliados, el Panzerbüchse 39 fue sustituido por los Panzerfaust, y el Pak 36 primero por el Pak 38 de 5 cm (que entró en servicio en 1941), y posteriormente por el Pak 40 de 7,5 cm. Este último, que empezó a ser distribuido durante la primavera de 1942, era producto de un programa de urgencia establecido tras estudiar un tanque pesado soviético KV-1 En 1943 se desplegó el Pak 40-2, que podía emplear munición subcalibrada de gran velocidad, eficaz incluso contra los tanques más pesados. Ya que el peso del Pak 40 requería tractores mecánicos, se desarrolló el Pak 40-4, con una cureña más ligera y que tenía una pequeña unidad auxiliar de propulsión, una motocicleta en miniatura, que le permitía desplazarse a baja velocidad. Algo parecido se hizo con el potente Pak 43 de 8,8 cm, que equipó a batallones independientes de antitanques pesados; la versión Pak 43-3 estaba acoplada a un pequeño tractor que permitía desplazar la pieza, aunque los traslados mayores se hicieran a remolque.

Buscando un arma antitanque más ligera se desarrollaron tres familias diferentes. Los cañones de ánima cónica fueron los primeros: el Panzerbüchse 41 de 2,8/2 cm (no confundir con el PG41d) pesaba la mitad que el Pak 39 de 5 cm y tenía mayor capacidad de penetración. Sin embargo, sufría un desgaste acelerado y, como solo podía utilizar munición perforante cinética, no servía para apoyar a la infantería. Se construyeron pocas unidades ya que fue reemplazado por los cañones sin retroceso.

Los Panzerabwehrücktossfreies (cañones antitanque sin retroceso) PAR 41 (de 8,8 cm) y PAR 43 (de 10,5 cm) derivaban de los cañones sin retroceso que los paracaidistas utilizaban como artillería, aunque la versión contracarro empleaba cargas más potentes. Anulaban el retroceso lanzando un chorro de gas por una tobera posterior, y disparaban proyectiles de carga hueca de gran eficacia. Su reducido peso (el PAR 41 pesaba 138 kg, y el PAR 43, 260 kg) permitía emplazarlos sobre trípodes ligeros (caso del PAR 41), en cureñas con ruedas que podían moverse a mano y, sobre todo, en vehículos, como los coches de reconocimiento Kübelwagen. Los Panzerabwehrücktossfreies eran potentes, precisos hasta los mil metros, y tan útiles combatiendo tanques como apoyando a la infantería. Sin embargo, el rebufo impedía dispararlos desde sitios cerrados, y los hacía muy indiscretos: la ventaja de montarlos en vehículos estuvo en poder cambiar rápidamente de posición. Un serio inconveniente fue que requerían varias veces más propelente que otros tipos de cañón.

La tercera familia fue la de los Panzerabwehrücktossfreies, los cañones de bajo retroceso del sistema de alta – baja presión. Podían ser mucho más ligeros que los convencionales (el PAW 600 de 81 mm pesaba poco más de 600 kg) y disparaban bombas de gran potencia, eficaces tanto contra los carros de combate como contra objetivos «blandos» o la infantería. Aunque eran más pesados que los cañones sin retroceso, y su trayectoria menos tensa, tenían la ventaja de no requerir tanto propelente como estos últimos. Tras su introducción durante el verano de 1942, los PAW 600 desplazaron a los cañones de infantería y relegaron a los sin retroceso a pelotones antitanque motorizados. Una versión más potente, el PAW 1000 de 10,5 cm, fue instalada en blindados de apoyo, y resultó tan potente como el cañón de infantería sIG 33 de 15 cm. Su única limitación estuvo en el alcance relativamente bajo, de solo 750 m.

La defensa antitanque de largo alcance recayó, además de en tanques y cazacarros que se revisarán luego, en los cañones bivalentes Flak 36 y Flak 41 (posteriormente complementados por el citado Pak 43). Eran cañones antiaéreos de 8,8 cm, y habían demostrado ser tan eficaces en tiro contra tanques que el Flak 41 fue diseñado para esa doble misión. Sin embargo, tenían un perfil demasiado alto, y su gran peso (seis toneladas y media del Flak 41) obligaba a emplear tractores especiales. Para paliar estos inconvenientes se intentó montar los cañones en vehículos blindados, en chasis de Panzer IV, de Panther y de Jaguar. Hasta que la producción de estos blindados fue suficiente, se organizaron batallones antitanque con cañones Flak 41 y Pak 43, que posteriormente fueron reequipados con cazacarros. Otra innovación fue la introducción del cañón de campaña FK 44, destinado a sustituir tanto a los obuses FH 18 como a los antitanques Pak 40, y que con munición especial era tan eficaz como potente pero excesivamente pesado el Pak 43.

La defensa antitanque de largo alcance cambió cuando entraron en servicio los zombis antitanque. El primero fue el X-5 Zwerg, un arma antiaérea que podía batir blancos terrestres, pero durante la guerra se empleó a pequeña escala. Hasta 1949 no comenzó el despliegue de los X-16, el primer zombi antitanque ligero.

Con estas innovaciones, la potencia de fuego de las unidades germanas se incrementó a pesar de su menor tamaño. Otro tanto ocurrió con las formaciones acorazadas.



Tu regere imperio fluctus Hispane memento

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