El Visitante. Historia Alternativa de la Segunda Guerra Mund

Los Ejércitos del mundo, sus unidades, campañas y batallas. Los aviones, tanques y buques. Churchill, Roosevelt, Hitler, Stalin y sus generales.
Domper
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Mensaje por Domper »

Con diez cañones por banda

4 de Noviembre de 1940


—Capitán Suttcliff, contacto a 150°.

—¿Puede identificarlo, segundo?

—Parece uno de nuestros cruceros, uno de los Leander. Tal vez el Ajax o el Achilles.

—¿En medio del Atlántico? ¿Está seguro?

—Sí, capitán. Dos torres delante y dos detrás, gran puente de mando, una única chimenea de gran tamaño. Ni italianos ni alemanes tienen nada parecido.

—Bien, será bienvenida cualquier ayuda. Igual los espaguetis se han atrevido a salir al océano después de todo y nos envían ayuda. —La pérdida de Gibraltar significaba que la potente marina italiana podría intentar incursiones en el Atlántico. Por ello el convoy seguía una larga derrota al Oeste de las Azores que les pondría fuera del alcance de los cruceros italianos, barcos diseñados para el Mediterráneo, muy rápidos pero de corta autonomía. Pero nunca se era suficientemente prudente—. Intente ponerse en contacto con el crucero mediante señales ópticas.

—A sus órdenes.

El capitán pensó que era demasiado viejo para tantos sobresaltos. Pero la llamada del pero el deber era ineludible, y por eso al iniciarse la guerra había abandonado su confortable retiro en Bristol y se había presentado en el Almirantazgo. Ahí le encomendaron el Mooltan, un paquebote de la P&O armado como crucero auxiliar. Con sus 21.000 Tn era uno de los cruceros auxiliares más grandes, y sus ocho cañones de 152 mm bastarían contra cualquier corsario enemigo. Desde Noviembre del año anterior el Mooltan había escoltado diez convoyes entre Freetown y Liverpool, sin perder ni un solo barco. Esta vez escoltaba los veinticinco barcos del convoy SLF-52. Otro crucero auxiliar, el Dunnotar Castle, protegía al convoy por la otra banda.

—Capitán, el crucero está respondiendo… espere… nos ordena que nos detengamos.

—¿Detenernos? Pídale la señal secreta.

Siete millas al Sudeste, en el puente de mando del crucero español Canarias—: Don José, el barco inglés nos pide la señal secreta.

—Envíeles cualquier cosa a ver si ganamos un poco de tiempo. Mientras seguiremos acercándonos. Don Pedro —dijo al teniente Bergareche, a su lado—, vamos a virar al Norte poco a poco aumentando la velocidad, para que no lo noten desde el barco inglés. No orientaremos las torres por ahora. Aprovecharemos que el Canarias es de diseño inglés para hacernos pasar por uno de ellos, hasta que no puedan escapar. Pronto vengaremos al Bellver.

El teniente Bergareche observó a su superior con devoción. El capitán José Luis Rodríguez González era una leyenda en la Armada Española. Antiguo director de la Escuela de Tiro Naval de Cádiz, al comenzar la guerra civil se había unido a la dotación del novísimo crucero pesado Canarias como director de tiro. El crucero estaba siendo terminado en el Arsenal de El Ferrol, pero faltaban elementos claves que Inglaterra se negaba a suministrar, especialmente los sistemas de dirección de tiro. Bajo las órdenes de Rodríguez González se desmontó el equipo de una batería de costa y se adaptó a su nuevo papel. Poco después el Canarias se hizo al mar, encontrándose con el destructor republicano Almirante Ferrándiz cerca de Gibraltar. En ese combate el Canarias batió las marcas de distancia: disparando desde veinte kilómetros de distancia, centró al destructor republicano con la primera salva, lo alcanzó con la segunda y lo hundió con la tercera. Ese logro bastaría para inscribir al Canarias en la lista de los barcos con mejor puntería de la historia, pero considerando el apaño con el que se había logrado, mostraba la increíble capacidad del capitán español que ahora mandaba el crucero. El capitán de corbeta Jesús Flamarique, discípulo aventajado de Rodríguez González, era el nuevo director de tiro.

—Don José, el convoy está cambiando de curso, y ese paquebote se interpone en nuestra derrota.

—¿Ha podido identificarlo?

—Creo que sí, podría ser el Mooltan o su gemelo Maloja. Veinte mil toneladas, unos diecisiete nudos. Probablemente haya sido convertido en crucero auxiliar.

—Gracias, Don Pedro. —El capitán de navío meditó sus opciones. Probablemente el convoy se dispersaría en cuanto el crucero español se desenmascarase. Había confiado en su parecido con los cruceros clase Leander le permitiría acercarse más, pero los ingleses no se habían creído el engaño. Además los cruceros auxiliares solían estar armados con cañones de 15 centímetros, que podían atravesar el liviano blindaje del barco español. Sería mejor mantener las distancias y valerse luego de la velocidad para dar caza a los barcos del convoy—. Timonel, aumente a 30 nudos y ponga rumbo a 30°. Don Jesús —ordenó Rodríguez por el tubo acústico al capitán Flamarique—, dispare contra el paquebote inglés en cuanto pueda.

A seis millas, el capitán inglés observaba las evoluciones del crucero. Vio como tomaba un rumbo paralelo al del Mooltan y le apuntaba con las torres.

—¡Capitán, no es el Ajax! ¡Podría ser el crucero español Canarias! ¡Está disparando!

—Maldita sea. Ahí se acercan nuestras Cruces Victoria. Por lo menos no son alemanes, esos españoles no le darán a un granero a cinco pasos.

Contradiciendo al inglés, el Moltan fue rodeado de surtidores, y una sacudida indicó que no todos los disparos habían fallado.

—Capitán, la sala de calderas número 2 ha sido alcanzada, está siendo evacuada —una segunda andanada alcanzó al crucero auxiliar, y fragmentos de metralla barrieron el puente y abatieron al timonel—. Capitán, está sangrando.

Suttcliff se apretó la herida del brazo con la otra mano—. No es nada. Esos malditos españoles han tenido suerte, pero ahora nos toca a nosotros. Abra fuego cuanto antes.

Pero los proyectiles españoles no dieron tregua. Andanada tras andanada fueron alcanzando al desgraciado barco inglés. Las comunicaciones internas se cortaron, y una llamarada mostró que el pañol proel había sido destruido. A popa había incendios en todas las secciones. Aun así dos cañones seguían disparando con puntería local, pero los proyectiles caían lejos del crucero español.

—Don José —dijo el teniente Bergareche al capitán—, el paquebote inglés se ha detenido y ya no dispara. Arde en pompa y se está escorando.

—No se confíe, fueron los ingleses los que inventaron los barcos trampa. Timonel, rumbo a 330°. Le pasaremos por la popa y daremos caza al convoy. Mientras seguiremos disparando contra ese crucero auxiliar hasta que se hunda.

El Canarias cambió el curso hacia el convoy—. Don José, otro barco grande se dirige hacia nosotros. Distancia nueve mil trescientas yardas, demora 355°.

—Ya veo, parece otro crucero auxiliar. Timonel, rumbo a 30°, le cruzaremos la ’T’. Don Jesús —ordenó al director de tiro—, dirija las torres de veinte centímetros contra el recién llegado, y siga disparando contra el otro inglés con la batería de doce centímetros.

En pocos minutos el HMS Dunnotar Castle siguió el mismo destino que el Mooltan. Con el Canarias cruzado en su rumbo la puntería era mucho más sencilla, y los proyectiles españoles atravesaban el barco de proa a popa. El barco inglés intentó caer a estribor para responder al fuego, pero el timón no respondió. En pocos minutos no era ninguna amenaza.

—Timonel, vuelva al 330°. Teniente, ordene a los mercantes que se detengan. Don Jesús, dispare contra los que no obedezcan.
Última edición por Domper el 18 Sep 2014, 11:05, editado 3 veces en total.



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Luis M. García
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Mensaje por Luis M. García »

Hmmmm! Jlorioso :militar15:

Una peguilla nada más... En la armada se nombran por los nombres de pila anteponiendo el Don -de ahí que los pérfidos nos conocieran como "los dons", como bien sabes-, así que el capitán de navío Rodrigues González se dirigiría a Flamarique como Don...(lo que toque).

Saludos.


Qué gran vasallo, si hubiese buen señor...
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Mensaje por Domper »

Gracias mil. Ya lo he modificado. Precisamente lo difícil es pulir estas aristas, porque mi conocimiento de la Armada es bastante superficial.

Saludos



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KL Albrecht Achilles
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Mensaje por KL Albrecht Achilles »

Domper escribió:...Badoglio siguió objetando, y los alemanes acudieron al mismísimo Duce, que desautorizó a Badoglio...


El amigo Valerio lo hubiese mandado a fusilar sin mas. :green:
Estimado Domper, muy interesante tu ucronia, estare muy pendiente de las proximas entregas. :thumbs:

Saludos :cool2:


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Mensaje por Domper »

No he podido confirmar el nombre de pila del capitán Rodríguez González, pero estoy casi seguro que se trata de "José Luis" (por un suelto del BOE). Como ya dije todos los capitanes de buques son reales (buen trabajo me ha costado encontrar a algunos), y también es real la composición de los convoyes, etcétera, que salen en la historia. En 1941 el comandante del Canarias era otro (el capitán de navío González-Aller), pero he querido rendir un homenaje a un sobresaliente marino.

He modificado ligeramente la redacción de la escena (y también de alguna posterior en la que sale el Canarias de nuevo).

Saludos



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Mensaje por Domper »

Vestido de azul

15 de Noviembre de 1940


—Grossadmiral Raeder, espere un momento, el Statthalter le recibirá en cuanto le sea posible.

Otro político más, pensaba Raeder, y con las historias de siempre. El almirante llevaba doce años dirigiendo la Kriegsmarine y había visto pasar a muchos políticos. Lamentaba la muerte de Hitler porque con él había tenido una buena relación y le había permitido expandir la flota a su gusto. Este Goering estaba siendo un metomentodo que se dedicaba a interferir en el funcionamiento de los servicios y que encima le obligaba a hacer antesala. Una humillación.

Raeder suponía que Goering le había llamado para preguntarle por lo de Tarento. Dos noches antes los ingleses habían atacado la base naval italiana y habían hundido un acorazado y averiado otros dos. Dichosos espaguetis, podrían haber sido un poco más precavidos. Desde luego Alemania no podía haberse buscado peores aliados.

La llamada del ayudante de Goering interrumpió sus pensamientos—. Grossadmiral, acompáñeme, por favor.

Raeder entró en el despacho de Goering, y se llevó una desagradable sorpresa al ver que también estaba Schellenberg. Ese advenedizo se estaba convirtiendo en el alma negra del canciller. Bueno, si se le ocurría abrir la boca aprendería que un brigadier no tiene nada que decirle a un almirante.

—Almirante Raeder, tome asiento, por favor. Como supondrá, le he llamado para que me informe sobre lo que ha pasado en Tarento. Ya he recibido un informe completo, pero quisiera conocer su opinión profesional.

La entrevista iba bien, el canciller le llamaba para buscar su consejo. Perfecto—. Statthalter, hace dos noches los ingleses atacaron el puerto de Tarento, que es la base principal de la marina italiana. Para evitar las defensas los ingleses efectuaron la operación de noche. Un portaaviones, creemos que fue el Illustrious, se acercó a la base y lanzó sus aviones. Algunos de ellos llevaban bengalas para iluminar la rada, otros llevaban bombas que apenas causaron daños, pero el resto lanzaron torpedos que alcanzaron a tres acorazados. Los daños fueron muy graves, y los acorazados tuvieron que ser embarrancados para evitar que se hundiesen.

—¿El portaaviones inglés no fue detectado?

—No, Statthalter, lamentablemente el reconocimiento italiano ha sido muy deficiente. Los sistemas de alerta sí que detectaron la aproximación de los torpederos ingleses, pero de noche les fue imposible hacer nada contra ellos.

—¿Y cómo queda el escenario naval?

—Regular. Los italianos se han quedado sin la mitad de su fuerza de acorazados, y tardarán muchos meses, tal vez más de un año, en restaurarla. Durante ese tiempo la flota británica de Alejandría, con tres acorazados viejos pero potentes y dos portaaviones, dispondrá de superioridad.

Goering parecía algo disgustado—. Una pena, también porque esa acción británica va a hacer olvidar el triunfo que lograron los españoles sobre un convoy. Almirante ¿no había sistemas antitorpedos?

—Sí, los italianos habían colocado redes, pero los ingleses usaron torpedos de espoleta magnética que pasaron por debajo de las redes. Recordará que nosotros estamos minando las costas inglesas con minas con el mismo tipo de espoleta.

—Nosotros ¿Se refiere a mi Luftwaffe? —Goering hizo énfasis en ello. Raeder vio que había cometido un error, Goering era muy celoso respecto del control de sus avioncitos.

—Disculpe mi desliz, Statthalter, desde luego que es la Luftwaffe la que está minando los puertos ingleses.

—Almirante, otra cuestión. Si el ataque hubiese sido en Kiel ¿Qué hubiese pasado?

Vaya. Goering debía tener información. Seguramente ese malnacido de Marschall había estado hablando con él. En cuanto pudiese lo iba a enviar a dragar minas en Noruega—. Excelencia, si el ataque hubiese sido en Kiel hubiese pasado algo parecido. Estamos tomando medidas para evitarlo, pero poner redes antitorpedos más profundas es muy engorroso. De todas formas Kiel está mucho mejor defendido que Tarento. Los ingleses no pueden acercarse con un portaaviones sin que nosotros lo hundamos.

—¿Sin que nosotros lo hundamos? ¿Cómo? ¿Está hablando otra vez de mi Luftwaffe?

—Lo siento, Excelencia, quería decir sin que la Luftwaffe lo hundiese. —Raeder empezó a preocuparse, Goering estaba muy susceptible.

—Otra cuestión, almirante. —Goering parecía cada vez más serio—. Recuerdo como hace unos meses usted explicó al Führer que Alemania no necesitaba portaaviones ¿Sigue creyéndolo?

—Statthalter, la Kriegsmarine ya les ha hundido tres portaaviones a los ingleses y les ha averiado otros dos. Esos barcos no tienen nada que hacer ante un acorazado moderno.

Schellenberg toma la palabra—. Disculpe mi intromisión, Almirante. Pero los informes sobre el hundimiento del Ark Royal o del Furious son incorrectos, hemos comprobado que siguen a flote y operando. Y parece que los italianos tampoco consiguieron dañar al Eagle.

Raeder se estaba enfadando ¿Qué sabría ese advenedizo sobre operaciones navales? Pero no iba a discutir con él—. General de Brigada, no discuto su valor como espía —Raeder hizo hincapié en la despectiva palabra— pero usted no tiene experiencia sobre operaciones navales.

Es ahora Goering quien habla—. Almirante, he confirmado lo que nos dice el general y es correcto. Pero mejor dejemos el asunto. Otra cuestión ¿Los italianos no supieron lo que preparaban los ingleses?

—Parece que el ataque les ha pillado completamente por sorpresa.

Vuelve a intervenir Schellenberg—. Almirante, el Abwher le informó sobre la llegada del Illustrious a Alejandría, y sobre las maniobras que estaban haciendo con sus aviones torpederos. Recordará que a finales de Julio los aviones ingleses ya hundieron algunos barcos italianos en sus puertos.

A Raeder le molestaban cada vez más las interrupciones del general—. Brigadier, desearía que no me interrumpiese.

Schellenberg ignoró la advertencia—. Almirante ¿Se trasladó el informe al agregado naval italiano, tal como se le sugirió?

Raeder explotó—. Brigadier, usted no puede cuestionar la actuación de un superior.

—¡Almirante Raeder! —responde Goering— ¡Usted no puede hacer callar a nadie en mi presencia! Responda a la cuestión del general, por favor ¿Informó o no a los italianos?

Conciliadoramente Raeder responde—. No estoy seguro, tendría que consultar con mis subordinados.

Goering mostró su sorpresa— ¿No se encargó usted personalmente? Las actividades inglesas en el Mediterráneo deben parecerle una minucia. Bueno, otro asunto, lo del crucero español. Un gran éxito ¿no le parece?

—Tampoco es para tanto, Statthalter, solo faltaría que un crucero pesado no pueda hundir a un par de mercantes artillados y a unos cuantos cascarones viejos.

—Si es tan fácil ¿Por qué no lo hace nuestra marina? Tenemos cruceros como ese ¿No?

—Como ese no, mucho mejores. Pero están bloqueados en puerto y resulta difícil superar la vigilancia inglesa.

—Disculpe, Almirante, pero recuerdo que en su día nos dijo que tras tomar Noruega el bloqueo inglés sería imposible ¿Por qué no envía su flota a Noruega?

Ya no solo era Schellenberg, es que Goering también se metía donde no le llamaban. El canciller había sido piloto de caza pero no sabía ni si el mar era salado—. Statthalter, no es tan fácil trasladar una flota como una escuadrilla de cazas. Si llevase la flota ahora a Noruega estaría indefensa ante ataques como el de Tarento.

Schellenberg vuelve a hablar—. Ante ataques con portaaviones.

Raeder le fulmina con la mirada, pero antes de responder Goering dice con voz afable—. Almirante, parece que los portaaviones podrían tener alguna utilidad ¿Cómo es que aun no tenemos ninguno? ¿Tanto cuesta construirlos?

—Excelencia, empezamos las obras del primero en 1936, y supongo que sabrá que construir un barco es más laborioso que fabricar un avión.

—Almirante, disculpe un momento, le he pedido al general que estudie la cuestión. Escuchemos su informe.

Raeder responde—. Statthalter, perdone que sea franco, pero el brigadier Schellenberg piensa que por bañarse un par de veces en la playa ya sabe mandar una flota. La Kriegsmarine está finalizando su primer portaaviones. —Raeder tomó nota mental de ordenar reanudar las obras del Graf Zeppelin cuanto antes.

—Almirante, no interrumpa. General Schellenberg, por favor.

—Statthalter, el Almirante Raeder ha dirigido al Kriegsmarine desde 1928, y ha decidido las construcciones que consideraba necesarias. Se ha centrado sobre todo en buques de superficie, en la actualidad tenemos dos acorazados, otros dos están casi finalizados, y otros dos están en obras que se han detenido con el comienzo de la guerra. También se está construyendo una serie de cinco cruceros pesados, pero uno se perdió en Noruega, otro está casi acabado pero las obras están detenidas, y otro más lo ha vendido a los rusos. La Kriegsmarine no ha empezado su primer portaaviones hasta el 36, y ha iniciado las obras en el segundo en el 38. Pero los trabajos en el primero están detenidos, y el Grossadmiral ordenó que el segundo fuese desguazado. Es decir, parece que el Grossadmiral no aprecia los portaaviones.

—Excelencia, lo que dice ese brigadier es una falacia. Las obras en esos barcos se detuvieron porque no había suficiente acero. No tengo que aguantar esto de gente que no sabe ni de qué color es el mar.

—Almirante, conténgase y deje acabar al general.

—Excelencia, habla de portaaviones como si fuese construir yates. Son barcos complejos y difíciles de…

—¡Almirante, no quisiera llamarle la atención otra vez! Siga, general.

—Precisamente iba a hablar sobre eso. El portaaviones Graf Zeppelin lleva cuatro años de obras porque se está construyendo con un diseño experimental. Aunque Japón invitó a una comisión alemana a que estudiase sus métodos y visitase sus barcos, y nos ofreció los planos de sus últimos portaaviones, los enviados de la Kriegsmarine actuaron como turistas prepotentes y no hicieron ningún caso de lo que veían. Ahora el Graf Zeppelin tiene problemas de desarrollo muy serios, y no se sabe siquiera si podrá operar con los aviones que usted ordenó desarrollar.

—Sí —asiente Goering—, recuerdo que la marina no nos informó de las características de sus portaaviones, y hubo que desarrollar los aviones a ojo. Siga, por favor.

—Además la Kriegsmarine ha ignorado la guerra aeronaval, hasta tal punto que Alemania no dispone de torpedos aéreos, y hemos tenido que comprar la patente a los italianos.

Raeder está furioso—. Statthalter, no acepto que un advenedizo me lance esa serie de medias verdades y de mentiras. Me parece ofensivo que me haya preparado esta encerrona, un niñato que ha chapoteado en una bañera y se permite darme lecciones. Esto es inadmisible y no voy a aguantarlo más.

Goering sonríe como el gato que ha atrapado a un ratón—. Entiendo su postura, Almirante. Estoy muy agradecido por sus servicios y lamentaré tener que aceptar su dimisión.

Raeder vio por fin que todo había sido una trampa para que dimitiese y no tener que cesarlo—. Statthalter, si desea disponer de mi puesto tendrá que cesarme e informar al Reichstag.

—Como desee, Almirante. Estaba dispuesto a ofrecerle el mando de la Reserva Naval, o si lo prefiere, una sustanciosa gratificación por el retiro. Pero si desea que sea por las malas…

Raeder vio que estaba atrapado—. Statthalter, tendrá mi carta de dimisión en su mesa mañana mismo.

—Gracias, Almirante. Lamentaré su marcha ¿Cuál de sus subordinados cree mejor preparado para ocupar su puesto?

Raeder no tuvo ni que pensarlo. Odiaba con toda su alma a Doenitz y a Marschall, que estaban consiguiendo el apoyo de los políticos a sus espaldas—. Excelencia, el almirante Rolf Carls es el mejor preparado para dirigir la Kriegsmarine hasta la victoria.

—Gracias, Almirante —Goering cierra una carpeta mostrando que la entrevista había finalizado—. Espero la carta que me ha prometido. Cuanto antes.



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La corona

Inmediatamente después


Goering pidió dos coñacs, y ordenó retirarse al asistente.

—Delicioso. Valía la pena invadir Francia aunque solo fuese por esto —Goering era un famoso sibarita —. Walter, el superalmirante ha hecho exactamente lo que pensabas. Si se hubiese aferrado al cargo le hubiese podido cesar, pero no era buen momento, ahora que nuestros submarinos están hundiendo a media marina inglesa en el Atlántico.

—Excelencia, mis informes dicen…

—Apéame del tratamiento, por favor. —En esos meses Goering había descubierto que Schellenberg no solo era un oficial muy capaz, sino que era muy fácil trabajar con él. Se estaba convirtiendo casi en un amigo.

—Como desee.

—Walter, menos formalidades.

—Como quieras —dijo Schellenberg—. Te decía que he estado hablando con un amigo del Ministerio de Economía. Me ha dicho que a los ingleses les quedaría cuerda para rato aunque nuestros submarinos estuviesen hundiendo el triple de barcos cada mes. No se van a rendir por hambre. Al menos, no por ahora.

—No es eso lo que dicen los informes de Doenitz. Marschall me había dicho lo mismo, pero pensaba que eran celos profesionales. Bueno, Walter, que te parece ¿debo seguir la sugerencia del Grossadmiral? ¿Escojo a Rolf Carls como sustituto de Raeder?

—Si quieres tener otro Grossadmiralote, sí. Otro amigo que tengo en Kiel…

—Tienes muchas amistades —dijo Goering con sorna.

—Siempre es bueno hacer amigos— dijo Schellenberg—. Ese amigo me ha dicho que Carls piensa exactamente igual que Raeder.

—Pues Carls tendrá que esperar. No quiero tener otro marino engolado que piense que está en la flota del Kaiser. Quiero tener una marina tan valiente y fanática como mi Luftwaffe. Estaba pensando en buscar a alguien del partido…

—No me parece buena idea —aventuró Schellenberg—. Gran parte de los oficiales navales son técnicos apolíticos tal como Raeder quiso, y si se les subordina a un oficial político no sé cómo actuarán. No digo que vayan a rebelarse, sino que su rendimiento no será bueno. Yo recomendaría a algún almirante distinguido.

—¿Cómo Doenitz? ¿O prefieres a Marschall?

—Cualquiera de los dos. Yo recomendaría a Doenitz para una guerra larga, que solo podremos librar con submarinos. Pero mis amigos me dicen que Doenitz está exclusivamente centrado en los sumergibles, y que es muy dado a puentear a sus superiores y buscar apoyo por su cuenta. Marschall me parece mejor candidato si pensamos en una marina equilibrada y potente.

—¿Asciendo a uno y retiro al otro?

—No, creo que sería mejor dejar a Doenitz donde está y poner a Marschall en el puesto de Raeder, pero provisionalmente. Según cómo evolucione la guerra, confirmarle en el cargo, o “ascenderle” a algún puesto secundario, como jefe de movilización o de lo que sea.

No era mala idea, pensó Goering. Marschall había conseguido gran prestigio durante las operaciones en Noruega, pero no tanto como para ignorar las “sugerencias” de instancias superiores. Se le podría presionar para convertir la marina técnica de Raeder en un arma política como la Luftwaffe. Pero ahora se estaba planteando otra cuestión. Goering se daba cuenta del papel cada vez más importante que estaba tomando Schellenberg. Su combinación de capacidad y encanto personal le convertían en una persona muy peligrosa ¿Le haría lo mismo que le hizo a Himmler? Goering no sabía si el aviso que le salvó la vida había sido una maniobra política de Schellenberg, o si realmente creía en el régimen y se negó a secundar un golpe de estado. Goering había pensado en una forma de asegurar su lealtad.

—Walter, ya que hablamos de ascensos ¿Qué es lo que ambicionas? Sé sincero.

Las alarmas sonaron en el cerebro de Schellenberg. Había visto a Goering ordenar la ejecución de Himmler sin levantar el tono de voz. Si mostraba mucha ambición, el canciller lo podría ver como un rival y acabaría con su carrera o incluso con su vida. Si era demasiado discreto, quedaría como un mentiroso. Intentaría un término medio.

—Statthalter, creo que podría servir mejor a Alemania dirigiendo sus servicios de inteligencia.

Goering rio—. Tampoco te gusta Canaris ¿Tienes algo contra los almirantes?

—No se trata de eso, sino de evitar al descoordinación entre los diferentes servicios, que…

—Todo eso está muy bien —le interrumpió Goering— pero yo te preguntaba por tus ambiciones personales.

—Soy general a los treinta años ¿Qué más puedo esperar?

A Goering le divertían las precauciones de su subordinado—. No pienses que me engañas, sé que la ambición te corroe —Schellenberg intenta disculparse pero Goering sigue—. No digas nada, ser ambicioso no es un defecto si la ambición está bien encaminada. Y para eso soy yo el que voy a hacerte una propuesta. Había pensado en ascenderte a general de división y encomendarte la dirección de un servicio de inteligencia unificado que reúna los del Ejército, la Policía y la Abwher. Pero solo sería un primer paso.

— ¿Un primer paso? —pregunta un dubitativo Schellenberg.

—Sí, un primer paso. Tú tienes solo treinta años, pero yo me acerco a los cincuenta. Me gusta demasiado la vida como para malgastarla en un despacho. Había pensado en seguir en el puesto como máximo diez años más, y luego retirarme ¿Te gustaría ser mi sucesor?

Schellenberg se atragantó con el coñac.

—Tranquilo, respira. Sí, si me retiro necesitaré un sucesor. Alguien con conocimiento del Estado pero que me deba a mí el puesto y que me garantice un retiro lujoso. No creo que puedas conseguir por tu cuenta más de lo que yo te ofrezco. Solo te pido un poco de paciencia, piensa que de todas formas ahora no podrías acceder al poder. Mientras tanto iré delegando más responsabilidades en ti, pero de forma extraoficiosa. Tal vez en unos años pueda nombrarte jefe de gabinete o algo así, pero por ahora tendrás que conformarte con Inteligencia. Desde luego, no quiero que se sepa nada de esto.

—¿También me encomendarías Interior?

—No, eso no. No es que no me fíe, sino que un ascenso tan meteórico no sería bien visto en el Partido.

—Gracias, Statthalter…

—Hermann. En lo sucesivo, si no hay nadie presente, Hermann.

—Gracias, Hermann, me siento muy honrado.

Goering pensó que había sido una buena jugada. Schellenberg sería ahora el más interesado en mantenerle en el poder. No podría tener guardián más celoso.

—Hermann, hay un asunto que me preocupa — dijo Schellenberg.

—Adelante.

—Es una cuestión grave que podría molestarte.

—Suéltalo ya —le animó Goering.

Schellenberg tragó saliva. No se había atrevido hasta ahora a plantearle a Goering ese problema. Pero para llegar a ser Canciller habría que ganar la guerra. Para ganarla era preciso resolver la cuestión del mando.

—Hermann, por favor, deja que me explique antes de interrumpirme. Te quería plantear una cuestión sobre la Luftwaffe ¿No sería mejor nombrar a alguien para controlarla? La cancillería es un trabajo a tiempo completo, y me parece que está impidiendo que prestes la atención debida a la aviación. Cada uno de tus subordinados está actuando por su cuenta. Tú sabes tan bien como yo que la Luftwaffe fracasó en descubrir al portaaviones inglés cuando atacó Tarento, también sabes que la campaña de bombardeos nocturnos sobre Londres está siendo un fracaso costoso. No te pido que dejes la dirección de la Luftwaffe, sino que delegues el control de las operaciones diarias en un subordinado, alguien que pueda tratar con la marina y con el ejército sin importunarte.

Ahora fue Goering el que casi se atraganta. Ceder su querida Luftwaffe… pero Schellenberg tenía razón, no podía estar en todo. La idea de no nombrar sucesor sino solo un subordinado no era mala. Así seguiría teniendo control directo sobre una rama de las fuerzas armadas sin detenerse en minucias sobre que escuadrilla desplegar aquí o allá.

—La primera propuesta que me haces es bastante amarga —contestó Goering alarmando a Schellenberg—. Pero algo que yo mismo ya me lo estaba planteando. Te agradezco tu sinceridad, necesito colaboradores, que aduladores ya hay demasiados por ahí. Pero seré yo quien designe a mi sucesor ¿Qué te parece Greim?



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La cúpula

21 de Noviembre de 1940


Walter Schellenberg. “Diario de Guerra”. Data Becker GMBH. Berlín, 1957.

“Incursiones como las de Bawdsey Manor o la de Wight no pasaban de ser picotazos, que podían molestar pero nada más. Como temía, ni los bombardeos ni la unión de los europeos en un frente antibritánico fueron suficientes para derrotarles. El viejo león británico tenía la melena apolillada pero aun podía dar zarpazos como el que recibieron los italianos en Tarento. Sus bombarderos visitaban el Reich cada noche y, aunque apenas causaban daños, que los aviones enemigos se pudiesen pasear por nuestros cielos no era buen augurio. Churchill hacía continuas referencias en sus discursos de como Inglaterra había conseguido derrotar a Napoleón un siglo antes, y presentaba la guerra en Egipto como una nueva edición de la “Peninsular War” contra Napoleón: Inglaterra sola contra el mundo.

Por desgracia no podíamos ignorarles. No solo era la molestia de sus bombarderos, sino que mientras Inglaterra mantuviese su resistencia el dominio alemán en Europa se vería amenazado. Grecia se negaba a ceder a las demandas italianas, y la situación interna de Yugoslavia era cada vez peor. Turquía insistía en mantener la neutralidad, y los informes que llegaban de Rusia eran preocupantes, con un Ejército Rojo que se estaba reorganizando tras el fiasco de Finlandia.

Peor señal era lo que ocurría con Francia. Pétain se había unido al Pacto de Aquisgrán antibritánico, y nominalmente estaba en guerra con Inglaterra. Pero solo eran apariencias. La marina gala seguía en puerto y su aviación en tierra, con el pretexto de los preparativos. Tampoco en las colonias se atacaba a los ingleses, salvo algunas escaramuzas en Nigeria y Siria. Sospechosamente los ingleses mostraban la misma circunspección, y evitaban atacar a los intereses franceses. Aunque nuestros agentes del SD aun no habían conseguido pruebas, estaban convencidos de que Churchill y Pétain habían llegado a un acuerdo secreto de no agresión mediado por los norteamericanos. Pero Alemania no podía actuar contra Francia sin ofender a los demás firmantes del Pacto de Aquisgrán.

Todo eso lo que me quitaba el sueño. En mis pesadillas Alemania era atacada por una coalición de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, y cuando estábamos a punto de derrotarlos, Stalin nos apuñalaba por la espalda. Me despertaba sudando en la cama, pensando que esos sueños tenían demasiados visos de realidad.

Por eso creía que derrotar a Inglaterra tenía que ser la prioridad de Alemania. Todos los esfuerzos de la nación tendrían que dedicarse a ese fin. Mientras se podría calmar a Stalin cediéndole algún hueso: alguna provincia checa o rumana, tal vez incluso parte de Turquía. Pero la nórdica Finlandia no. Tampoco sería mala idea azuzar a Stalin otra vez contra su ejército. Con todo eso se podría conseguir tiempo para vencer a Inglaterra.

Pero ¿cómo podría lograrse esa victoria? No podíamos desembarcar en su condenada isla. Tal vez pudo hacerse en Junio, tras la victoria de Dunkerque, pero su marina se había recuperado y su ejército estaba apostado en las playas. Los bombardeos de la Luftwaffe no estaban consiguiendo resultados. Los submarinos de Doenitz estaban sangrando a los ingleses, pero seguían vivos, y no olvidaba que la campaña submarina había sido el pretexto para la intervención norteamericana en 1917.

Por eso propuse al Statthalter Goering una nueva táctica. Si no se podía derrotar a Churchill invadiendo Londres ¿No podríamos derribar su gobierno? Si Alemania consiguiese una gran victoria sobre los ejércitos ingleses, si los derrotase, cercase y capturase, Churchill caería como lo había hecho Chamberlain tras nuestra victoria en Noruega.

En Noviembre de 1940 esa victoria solo podía conseguirse en Egipto, el único lugar donde los ejércitos del Pacto de Aquisgrán y los de Inglaterra se enfrentaban. No sería tarea fácil: la campaña egipcia tenía que librarse al otro lado de un mar en el que la Royal Navy hacía estragos. Solo la coordinación entre nuestras armas permitiría la victoria.

Con el nombramiento de Ritter von Greim al frente de la Luftwaffe y de Wilhelm Marschall de la Kriegsmarine podía conseguir una de mis ambiciones: unificar el mando de las fuerzas armadas alemanas. Hasta entonces cada servicio había hecho la guerra por su cuenta. Aunque la capacidad del soldado alemán les había permitido vencer en cada enfrentamiento con los decadentes ingleses y franceses, la guerra iba a entra en una nueva fase que iba a requerir la colaboración de las tres armas para conseguir la victoria final.

Mientras Von Manstein seguía preparando las operaciones en África, organizando el transporte de un ejército Panzer y de las unidades auxiliares, y reuniendo toda la información disponible. Fue así como Alemania llegó a saber de las investigaciones de Desio.”



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Capítulo 8. Bajo tierra

Mapas

22 de Noviembre de 1940


Diario del Conde Ciano.

“El desastre de Tarento me había dejado hundido. Habíamos puesto tantas esperanzas en nuestra flota… y ahora por culpa de un portaaviones, ese barco que Italia no quiso tener, y de unos unos cuantos viejos biplanos, habían quedado en el fondo de la rada de Tarento nuestras ilusiones.

Pero eso no parecía importarle al alemán ese, a Von Manstein. No se había establecido en Roma para hacer turismo: una lista interminable de órdenes salía de su despacho. Y a medida que sus órdenes se cumplían, las unidades germanas estaban llegando. Trenes y trenes cargados de tanques recorrían la península hacia Nápoles y Tarento, donde se preparaban para embarcar. Los aviones alemanes habían empezado a desplegarse en nuestras bases aéreas en Sicilia y Calabria. Si Italia tuviese unos cuantos Von Manstein nuestros Bersaglieri ya desfilarían por El Cairo.

Afortunadamente el general estaba resultando una persona encantadora. Procedía de una familia de la nobleza prusiana, aunque se decía que por sus venas corría por lo menos un cuartillo de sangre judía. Esa mezcla había debido anular la arrogancia propia de su nación, porque Von Manstein era una persona de trato afable que sabía apreciar nuestra cultura.

Otra cosa era su subordinado, el general Rommel. Debía haberle mordido un perro rabioso porque su actividad era frenética. Nada más llegar se las arregló para hacerse con un avión y volar a Libia, donde inspeccionó nuestras tropas, los caminos y las bases aéreas. No debió gustarle mucho lo que vio porque abroncó a todos los que se le pusieron por delante, tenientes o mariscales. Las quejas llegaron hasta aquí, pero Manstein debe tenerlo en alta estima porque se ha negado a tomar medidas contra él.

El caso es que el dichoso Rommel ha vuelto a Roma y anda removiendo el Servicio Geográfico. Dice que los mapas que le hemos enviado no valen para nada, que necesita saber como es el terreno antes de poder enviar tanques. Le intentamos argumentar que en Libia ya había tanques italianos, pero se echó a reír, y exigió que le buscásemos algún geólogo que conociese el Norte de África.”



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La geología, estúpidos, es la geología

25 de Noviembre de 1940


El Coronel Von Tresckow estaba agotado. Ya sabía la forma de actuar de su jefe, Von Manstein: odiaba el papeleo, y tenía que ser su jefe de Estado Mayor, o sea, él, quien leyese todos los documentos y los resumiese. Después Von Manstein dictaría las órdenes correspondientes que su Estado Mayor, o sea, él, tendría que redactar y presentar al Jefe para que las firmase. Eso era un trabajo a tiempo completo. Pero por lo visto no era suficiente, porque el jefe de operaciones, Rommel, era otro de esos locos que no podía ver un papel ni de cerca, y que recorría los caminos de Italia dictando órdenes que de nuevo él, Von Tresckow, tenía que redactar.

Pero bueno, tampoco era todo tan malo. Hitler había muerto, y su sucesor estaba revelándose bastante más benigno de lo que creía. Ya no se perseguía a los judíos, incluso se había resarcido a alguno de ellos. Alemania ya no se creía la dueña del mundo, solo actuaba como el timonel hacia una Europa Unida. Por eso sí merecía la pena luchar. Aunque tuviese que pasar noche y día en un despacho y no pudiese visitar las calles de Roma.

Ahora tenía que resolver el último capricho de Rommel. Por lo visto había hecho una visita de inspección en Libia y se había quedado horrorizado: las comunicaciones eran primitivas, absolutamente inadecuadas para la guerra moderna. La faja litoral, por la que los italianos habían avanzado a paso de tortuga, era estrecha y pedregosa, lo que complicaría las operaciones motorizadas. Rommel quería saber si el interior del país era apto para los tanques, para poder rodear a los británicos por el sur. Esperaba que los italianos hubiesen hecho algún reconocimiento de Egipto, al menos alguna visita clandestina ¡Ja! Eso sería soñar. Muchas pretensiones imperiales, pero en el Servicio Geográfico no sabían si lo que había al otro lado de la frontera eran arenales, marismas, o campos de rocas. Vamos, que podría haber estado ahí el Himalaya y no lo hubiesen notado.

Rommel había pensado que aunque no hubiesen hecho reconocimientos tal vez algún geólogo supiese que terreno se podrían encontrar. Von Tresckow dudaba que sirviese para mucho: los geólogos estaban muy interesados en malaquitas, granitos o pizarras, pero no les importaba si el terreno podía resistir el paso de un tanque. Pero órdenes eran órdenes. Había solicitado la colaboración del Servicio Geográfico Italiano, y le habían enviado a un tal Ardito Desio. Por lo que leía en su expediente el tal Desio era una especie de aventurero. Héroe de guerra, había recorrido media África en camello, y entre joroba y joroba le había dado tiempo a confeccionar el mapa geológico de Libia. Bueno, ese Desio había viajado un poco e igual podría informarles.

—Teniente, haga pasar al señor Desio.

—A sus órdenes.

El italiano entró en el despacho—. Teniente, dígale al señor Desio que tome asiento, por favor…

—Gracias, Coronel, pero no necesitaré traductores —dijo Desio en correcto alemán—. Soy de Udine, y tengo amigos en el Trentino. Será un placer hablar con usted en su lengua.

—Me alegra oír eso —dijo Von Tresckow—. Perdone que no me ande con rodeos, pero es que estoy muy ocupado. Mire, usted ha sido un oficial de su ejército por lo que sabrá la importancia de mantener en secreto lo que voy a decirle…

—¿Qué van a invadir Egipto?

—¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo ha dicho? —se sobresaltó Von Treckow.

—Por favor, coronel, que no soy tonto. Hasta los gatos han visto pasar todos esos trenes cargados de tanques, cañones y bombas. Ahora ha solicitado mi ayuda. Soy un geólogo aficionado al montañismo que ha hecho un reconocimiento de Libia. Luego una de dos: o quieren escalar el Cervino, o van a invadir Egipto. Yo creo que tanto tanque no será de mucha utilidad en Suiza.

—Señor Desio, no puedo confirmarle ni desmentirle nada. Pero estoy muy interesado en las características del terreno en el interior de Libia y Egipto.

—Coronel, concrete un poco ¿Qué características del terreno le interesan?

—Las que pueda suponer: el tipo de terreno, si es duro o blando, y si puede soportar el tráfico de vehículos pesados. Si hay oasis o si se pueden cavar pozos…

El italiano se echa a reír—. Pozos dice, los querrá para beber ¿no?

—No sé que le hace tanta gracia. Claro que son para beber. Las tropas en el desierto requieren grandes cantidades de agua.

Desio siguió con su expresión de regocijo—. Mire, coronel, ustedes podrán cavar pozos, pero no creo que sus soldados puedan beber lo que encuentren. Seguramente a sus tanques les guste más.



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Revelación

29 de Noviembre de 1940


En Berlín estaba nevando. Los niños alemanes podrían disfrutar de unas navidades blancas, pero a costa de un temporal que había obligado a suspender los vuelos y viajar en tren. Mejor, así había podido dormir un poco durante el viaje. Al descender al andén de la Hauptbahnhof un capitán se le acercó y le saludó:

—¿Coronel Von Tresckow? Acompáñeme, por favor. Un vehículo le espera.

Von Tresckow estaba aturdido. Tras la revelación del geólogo italiano acudió inmediatamente al general Von Manstein, que reaccionó como si le hubiese picado una avispa. Empezó a emitir órdenes, y le ordenó confirmar la historia, obligándole a recorrer la mitad de los despachos de Roma. Luego llegó la orden de trasladarse a Berlín de la forma más urgente posible pero sin poner en riesgo los documentos que llevaba.

—Coronel, suba al coche, por favor.

Von Tresckow subió y su sorpresa fue mayúscula, ya que dentro le esperaba nada menos que el recién ascendido Mariscal Beck, el jefe del Ejército. Se las arregló para saludar en el reducido espacio de la limusina.

—Coronel ¿qué tal es el tiempo en Roma? Mejor que aquí, supongo.

—Mariscal, si puedo serle sincero, no tengo ni idea. Vivo y duermo en mi despacho. La última semana apenas he dormido. Sabía que lo del…

—Coronel, guarde silencio, por favor —el mariscal miró hacia el asiento delantero.

El coronel aceptó el reproche. Solo la fatiga había estado a punto de llevarle a una indiscreción. Lo que le sorprendía es que los italianos hubiesen sido capaces de guardar el secreto. Seguramente no había sido aposta, sino que el informe de Desio se había quedado perdido en alguna oficina polvorienta esperando que algún subsecretario le diese el visto bueno. Esos italianos… casi era mejor tenerlos como enemigos que como aliados. Menos mal que la visita alemana había sacado a la luz el hallazgo.

El mariscal mantuvo el silencio y el coronel le imitó. Por la ventanilla pudo ver como los cacareados bombardeos británicos apenas habían causado daños en la capital y que el centro estaba intacto. De nuevo le sorprendió que el coche no se dirigiera hacia el Ministerio del Ejército sino que entró al patio de la Cancillería. Un ujier con un paraguas les abrió la puerta y les guió al interior.

—Mariscal, el Statthalter les espera en la Sala del Consejo —el ujier les condujo por salas y pasillos. Los ordenanzas les saludaban y abrían paso.

El mismísimo Goering les iba a recibir, pensó el coronel. Vaya, y le parecía que lo de Roma había sido actividad. Von Tresckow era ambivalente respecto a Goering. Odiaba al nazismo y a los nazis, pero el régimen se estaba haciendo menos opresivo y las malditas SS habían desaparecido. Von Tresckow no se hacía falsas ilusiones, Goering no iba a permitir la vuelta de los Hohenzollern. Pero parecía una mejora tras el demoníaco Hitler.

El ujier les dio paso a la Sala del Consejo. Buena parte del gabinete les esperaba. Goering y, desde luego, su alma negra, el director de los servicios secretos, el general Schellenberg. También estaban el ministro de exteriores Von Papen e incluso el ministro de armamentos Todt. Von Treschow había oído rumores según los cuales Goering no le soportaba, por eso no esperaba verlo. Estaban presentes también un oficial de la fuerza aérea y otro de la marina a los que el coronel no identificó.

El Statthalter les recibió y les indicó que tomasen asiento.

—Mariscal, al conocer la noticia he convocado esta reunión para informar al Gabinete del hallazgo. Por favor, siga usted.

—Statthalter, ministros, les presento al coronel Von Treschow. Es el Jefe de Estado Mayor del general Von Manstein en Roma, donde está organizando nuestra ofensiva en Libia. Como recordarán, en la conferencia celebrada el mes pasado se decidió efectuar una operación conjunta con nuestros aliados italianos destinada a destruir el ejército inglés en Egipto. La operación tiene como objetivo expulsar a los ingleses de Egipto y tomar el Canal de Suez, lo que asegurará nuestro dominio del Mediterráneo. Pero un objetivo aun más importante es destruir el ejército británico, de tal forma que se consiga un efecto moral que haga caer al gobierno de Churchill y poder negociar una paz justa.

—Una paz justa que devuelva a Alemania el papel como líder de Europa —dijo Todt.

Von Papen respondió con tono desabrido—. Alemania no será el líder sino el alma de una Unión Europea. Tenemos que ser muy cuidadosos con el trato a nuestros aliados.

Goering interrumpió la discusión antes que comenzase—. Ministros, les ruego que dejen hablar al Mariscal. Siga, por favor —dijo dirigiéndose a Beck.

—Como decía, consideramos prioritaria la destrucción del ejército inglés, pero no será tarea fácil, al tratarse de una fuerza motorizada de movilidad elevada que ante el primer revés podría escapar. Por eso el general Von Manstein pensaba efectuar un envolvimiento, con un ataque por la costa, por donde ya están avanzando nuestros aliados...

—Mariscal, llevan dos meses parados —dijo Goering—. La verdad, no sé a qué esperan.

—Excelencia, coincido con usted en la mediocridad del mando italiano, aunque hay que reconocer que sus medios son escasos y anticuados. El informe del general Rommel es deprimente. Pero eso nos favorece, porque ha hecho que el ejército inglés mantenga sus posiciones a bastante distancia del Nilo. El general Von Manstein había planeado un ataque frontal realizado por los italianos que actuase como distracción, y una maniobra de cerco por el Sur. Aun así podría escapar una fracción importante del ejército inglés. Por ello el general Rommel propuso una operación suplementaria: un ataque por una columna móvil que partiendo desde el interior de Libia y por el oasis de Siwa se dirigiese hacia el Nilo. Un lanzamiento de paracaidistas, probablemente cerca de Giza, permitiría el cruce del río y luego avanzar hacia Suez.

—Entiendo —dijo Goering—. Los que escapen de la ofensiva en la frontera serán cercados por los paracaidistas y la columna de Rommel. Una victoria ante las Pirámides —dijo con tono soñador—. Pasará a las leyendas durante el próximo milenio.

—Desde luego, Excelencia. Aunque estamos estudiando todavía la factibilidad de la operación. Pero al investigarla nos hemos encontrado con algo muy importante. Si me disculpa, preferiría que fuese el coronel Von Tresckow quien les explique el hallazgo. Por favor, coronel.

El coronel se puso en pie y presenta su informe—. Statthalter, excelencias. El mariscal ya les ha explicado las intenciones del general. Pero entenderán de las dificultades que supone el movimiento de una columna en el desierto…

—A quien se le ocurre mandar tanques por las dunas —interrumpió de nuevo Todt—. Ese tal Rommel debe estar loco.

—Ministro, está equivocado — respondió Beck—. El Sahara no es como lo vemos en el cine. Apenas una pequeña parte está cubierta por dunas, el resto son planicies pedregosas ideales para los carros de combate.

Intervino Goering—. Ministro Todt, le ruego que deje hablar al coronel, seguro que le interesará su hallazgo. Coronel, siga, por favor.

—Gracias, Statthalter. Les decía que el movimiento de una fuerza terrestre por ese medio puede ser difícil, y es importante un buen reconocimiento del terreno. Por desgracia, nuestros aliados italianos habían hecho muy poco en este sentido. Antes de la guerra no enviaron ninguna misión de exploración, tras la guerra tan solo unos pocos vuelos de reconocimiento.

—Típico —bufó Goering.

—Tiene razón, Statthalter. Esas fotos nos sirven de poco, porque necesitábamos saber si el terreno aguantaría el movimiento de tanques y vehículos pesados. El general Rommel sugirió que tal vez algún geólogo hubiese ignorado las fronteras y podría iluminarnos. Por eso me dirigí al Servizio Geologico desde el que me enviaron al Profesor Ardito Desio…

—¿Desso? ¿Desio? No había oído hablar jamás de él —dijo Von Papen.

—No es famoso —respondió Von Tresckow— pero en su campo es una celebridad. Desio es una especie de aventurero que lo mismo escala los Alpes que viaja por el desierto como un beduino. Me dijo que el terreno entre la frontera libia, el oasis de Siwa y el Delta es difícil pero practicable, y que hay caminos en mal estado. Al oírle hablar de oasis se me ocurrió que tal vez cavando pozos nos evitaríamos tener que transportar agua. Y entonces el profesor se empezó a reír. Me dijo que por ahí no íbamos a encontrar ni una gota de agua y que solo encontraríamos petróleo.

—¡Petróleo! —exclamó Todt.

—Sí, petróleo. Un mar de petróleo. Desio investigó la zona buscando minerales, y se encontró con el oro negro. Hizo varios sondeos y extrajo alguna cantidad de petróleo de primerísima calidad, que según Desio se podía usar en los vehículos casi sin refinar. Pero por entonces el Mariscal Balbo, virrey de la colonia, estaba más interesado en encontrar agua para regadíos para establecer colonos italianos. Desio tuvo que ponerse a buscar acuíferos, y la búsqueda de petróleo pasó a tener una prioridad mínima. Al empezar la guerra pararon las prospecciones.

Todos los ministros ponían cara de sorpresa. Solo Goering, Schellenberg y Beck sabían lo que Treschow iba a decir. Todt tenía la misma expresión que un niño que recibe su regalo de Navidad. Von Papen exclamó—: Es inaudito, encuentran la solución de sus problemas y la ignoran ¿Los italianos son conscientes de lo que puede haber ahí?

Toma la palabra Beck—. Creemos que no, ministro. Von Manstein tuvo conversaciones informales con el Alto Mando italiano y con Ciano, y no parecían saber nada. Von Manstein preguntó por la posibilidad de cavar pozos para agua, y les pareció perfecto. El general piensa que el descubrimiento se ha perdido en la maraña de la burocracia italiana. No quiso revelar nada sin la autorización del Statthalter.

Goering dijo—. Caballeros, entenderán que el descubrimiento tiene una trascendencia enorme. Mariscal Beck, distribuya la documentación entre los ministros. Desearía que la estudien personalmente, sin informar a nadie de sus departamentos. Les convoco a una reunión mañana a esta misma hora para un análisis preliminar. Mariscal Beck, coronel Von Tresckow, Alemania está enormemente agradecida por su diligencia.

Para el coronel Von Tresckow que Goering le agradeciese sus esfuerzos le resultó muy extraño.



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Un mar de posibilidades

30 de Noviembre de 1940


Caballeros, gracias por venir —el mariscal Goering presidía la reunión—. Desearía escuchar sus informes ¿Ministro Todt? ¿Alemania necesita ese petróleo? ¿Sería posible extraerlo y transportarlo?

—Canciller —dijo Todt, que era de los pocos que rechazaban usar el nuevo título de Goering—. Ese ha sido el mejor presente que Alemania podría recibir. En la actualidad Alemania tiene suficiente petróleo para sus necesidades, tanto las internas como las de la industria o el ejército…

—Ministro Todt —interrumpió el almirante Marschall—. La marina solo tiene reservas de combustible para unos meses de operaciones a ritmo reducido.

—Gracias, almirante, tomo nota de sus necesidades —respondió Todt—. Como decía, Alemania tiene por ahora suficiente petróleo, incluso estamos vendiendo un poco a Suecia a cambio del mineral de hierro. Pero el petróleo procede de fuentes que no controlamos. La principal es el campo de Ploiesti en Rumania, que aunque ahora sea nuestro aliado tiene un régimen muy inestable, hasta tal punto que puede ser preciso su ocupación militar…

—¿Es así, mariscal Beck? —preguntó Goering.

—Sí, Statthalter. No tenemos tropas asignadas expresamente para ello, pero gran parte de nuestro ejército está en Alemania preparando una posible ocupación de los Balcanes. Además los campos de Ploiesti están demasiado cerca de la frontera soviética, especialmente tras su invasión de Besarabia. Apenas 150 km separan a los rusos de los pozos petrolíferos. Aunque el ejército de Stalin haya actuado tan mal en Finlandia el año pasado, si lanza un ataque relámpago podría llegar a los campos de petróleo y capturarlos sin darnos tiempo a intervenir. Tal vez conviniera situar una fuerza alemana para su defensa.

—Ministro Von Papen ¿qué le parecería una intervención en Rumania? —preguntó Goering.

—No se la recomiendo, Statthalter. La posición del Conducator Antonestu es inestable tras su golpe de estado y nuestra presencia podría desencadenar una crisis. Además nos pondría en mala posición ante el Pacto de Aquisgrán.

—Luego no podemos confiar por completo en el petróleo de Ploiesti ¿Cuál es la otra fuente, ministro Todt?

—La propia Unión Soviética nos está enviando petróleo del Cáucaso a través del Mar Negro y del Danubio. Este aporte de petróleo es todavía menos seguro que el de Ploiesti, y sigue la misma ruta fluvial a través de Rumania. Si lo desease Stalin podría dejar a Alemania sin apenas fuel. Nuestras reservas son apenas suficientes para tres meses de operaciones. Estamos produciendo una pequeña cantidad de petróleo a partir del carbón, pero es un método ineficiente con el que no obtenemos todo el combustible que necesitamos. Por eso decía que ese petróleo sería como un regalo de Navidad.

—Tengo entendido que no todo el petróleo es de la misma calidad —dice Goering.

—Canciller —respondió el ministro Todt—, mi fuerte no es la geología, pero por lo que pone en el informe el petróleo de Libia es de calidad excelente, muy rico en fracciones ligeras, es decir, de gasolina. Es mejor que el que se extrae en el Golfo Pérsico o en Bakú, mejor incluso que el rumano. No exageraba ese geólogo al decir que podría usarse en barcos y en algunos motores sin refinarlo. Además el petróleo parece estar en capas no excesivamente profundas y se podría empezar a extraer en poco tiempo. Los campos están al lado de la costa, cerca del puerto de Bengasi. Si es cierto que ahí hay suficiente petróleo, y si se dedican suficientes recursos, podría empezar a llegar a Alemania en seis o a lo sumo doce meses.

—Gracias. Ministro Von Papen, me gustaría saber el impacto que puede tener un hallazgo así en nuestros aliados ¿Convendría informar a los italianos, o mejor nos quedamos con Libia?

—Statthalter, le ruego que ni considere esa idea. Sería un desastre diplomático que nos haría perder las adhesiones que con tanta dificultad estamos consiguiendo. Además necesitamos a Italia y a su flota para transportar el petróleo, y luego habrá que usar sus líneas férreas al menos mientras sigamos en guerra con los ingleses. Al contrario, si Alemania informa a los italianos del hallazgo y simplemente ofrece la cooperación tendría un gran impacto propagandístico. Se podríamos negociar alguna cláusula no excesivamente opresiva pero que nos garantice suficiente petróleo al mismo precio o más barato que el que compramos en Rumania. Pero el hallazgo tiene mucha más relevancia.

—Siga, por favor—. Goering estaba intrigado.

—Stathalter, la escasez de petróleo tiene una enorme trascendencia política. Nuestros enemigos han sido bendecidos por la naturaleza, ingleses, americanos, holandeses o rusos tienen todo el petróleo que puedan desear. Al contrario, salvo Ploiesti apenas hay otras fuentes en Europa, y Japón no tiene casi nada. Inglaterra y Estados Unidos están usando el petróleo como arma política para presionar a otros países. Este descubrimiento les despojaría de esa arma.

—Va a ser difícil enviar petróleo a Japón— dijo el almirante Marschall.

—Es evidente que solo la derrota inglesa lo permitiría, pero es forma de atraernos a Japón a nuestro bando. Pero tenemos necesidades más urgentes. Statthalter, en mi informe de la semana pasada le comuniqué la situación crítica a la que están llegando nuestros aliados. Italia solo dispone del petróleo rumano que les cedemos, que es insuficiente para sus necesidades. Su marina está acabando las reservas y pronto no podrá efectuar operaciones a gran escala. Otros están peor todavía. Por ejemplo, los españoles también nos están pidiendo más petróleo. Al entrar en guerra han dejado de recibirlo de América y el país está paralizado. Según su embajador si no reciben petróleo y alimentos en los próximos tres meses esta primavera empezará a morir gente de hambre.

—¿Tan mal están? —pregunta Goering.

—Excelencia, perdone mi intromisión —dijo Schellenberg— pero según mis fuentes la situación en España es peor todavía de lo que ha dicho el ministro. No les queda petróleo y su carbón es de mala calidad. Han tenido que restringir incluso la circulación de sus trenes por lo que no pueden distribuir las magras reservas de alimento que todavía tienen. Este invierno los hogares españoles no tienen carbón ni para calentarse ni para cocinar. Como tampoco tienen gasolina para sus pocas máquinas agrícolas se piensa que la próxima cosecha va a ser mala. Lo peor es que varios generales monárquicos han empezado a intrigar contra Franco y buscando un acercamiento a Inglaterra. Hasta he tenido noticias de contactos informales mediante la embajada de Lisboa.

—Statthalter —dice Marschall—. Confirmo las afirmaciones del general. El Almirante Moreno me ha comunicado que el crucero Canarias no va a efectuar nuevas operaciones por carecer de combustible. Están retirando su flota al Mediterráneo para no exponerla a ataques y su costa ha quedado sin protección, de lo que se están aprovechando los comandos ingleses.

—Ministro Todt ¿podríamos socorrer a los españoles? —preguntó Goering.

—Solo a costa de dejar nuestras reservas al límite.

Excelencia —dijo Von Papen—. Creo que es mejor que disminuyan nuestras reservas a perder un aliado como España. Eso sí, recomiendo que lo hagamos pero dándole la mayor publicidad posible. Insisto en el efecto que esa medida puede tener en nuestros aliados, especialmente en Francia, que también necesita petróleo urgentemente.

—Ministro, vamos a ayudarles —resolvió Goering—. Reúnase con el embajador español para que les comunique sus necesidades, pero sin burlas, que sea solo lo estrictamente necesario. Mariscal Beck, es su turno ¿Es segura la región de Libia donde hay petróleo?

—Actualmente no. Los ingleses están reforzando su ejército en Egipto, y según el informe de Rommel, no apostaría ni un marco por los italianos. La región está dentro del alcance de los bombarderos ingleses basados en Egipto. Aunque no fuese así, la navegación por el Mediterráneo es peligrosa, los italianos han perdido varios barcos por los submarinos y los aviones ingleses.

Goering preguntó —¿Recomienda que enviemos nuestro ejército a Libia?

—No, Statthalter —respondió Beck—. Aunque quisiésemos no sería posible. Los italianos tienen pocos barcos mercantes, y la capacidad de los puertos libios es muy limitada. Si enviamos más fuerzas solo conseguiremos congestionar los ferrocarriles italianos. Tampoco sería recomendable retirar las tropas asignadas para la invasión de Grecia.

—¿Vamos a invadir Grecia? Es la primera noticia que tengo —dijo Todt.

Goering hace un ademán a Von Papen, que toma la palabra. —Ministro, Todt, yo creo que a Alemania no se le ha perdido nada ahí, pero es posible que sea precisa nuestra intervención. Los italianos están empeñados en aumentar su imperio, y Mussolini se ha encaprichado con Grecia. He hablado varias veces con Ciano para intentar disuadirle, pero está imposible. Los italianos están decididos a invadir Grecia con o sin nuestra ayuda, y pretenden atacarla el mes que viene.

—Pero eso es una locura —dijo Todt—. Nuestra economía ya está sobrecargada, y están hablando de un segundo frente.

Goering respondió, cada vez más hastiado—. Ministro Todt, la invasión de Grecia ya ha sido estudiada. Ahora estamos hablando de Libia. Por favor, general Beck, siga.

—Gracias, Statthalter. Como le decía, no es conveniente destinar más fuerzas a Libia. Pero sería conveniente distraer a los ingleses. Había pensado que nuestras tropas en Francia, Holanda y Noruega hiciesen ejercicios de desembarco…

Todt volvió a interrumpir—. Egipto, Grecia, ahora quiere desembarcar en Inglaterra…

—No, ministro —respondió Beck—. Los preparativos son solo a largo plazo. Y no se trataría de atacar Inglaterra, sino esas islas que tienen al norte de Escocia, las Shetland.

Gracias, mariscal —dijo Goering, cortando la explicación—. El asunto del petróleo hace que la invasión de Egipto aun sea más urgente ¿Cuándo podrán empezar las operaciones?

—Statthalter, si se tratase de operaciones limitadas, ahora mismo. El general Rommel ya tiene en Libia una división Panzer y una división ligera. Pero no queremos darle un empujón a los ingleses, sino un mazazo que los aplaste. Eso requiere fuerzas adicionales: una división Panzer suplementaria, dos divisiones de infantería motorizada y la división paracaidista, más los medios de apoyo y aéreos correspondientes. También es preciso preparar medios de transporte para apoyar el avance. Recomendaría lanzar la ofensiva no antes del 15 de Febrero. Dentro de dos meses y medio.



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Mensaje por Gaspacher »

Veo que tenemos otro WI en curso, así que en primer lugar ¡¡¡Enhorabuena, Domper!!!

En principio no me inmiscuiré en como se desarrollan los acontecimientos y el asesinato de AH, o la elección del petroleo libio para solventar los problemas de crudo del III Reich o la nueva UE, para eso es la ucronia de Domper, sin embargo me surgen un par de dudas en el aspecto militar

:arrow: ¿En el ataque a Canarias no había cazas españoles? Un Cr-32 o I-15 tal vez no fuesen rival para un Hurricane o un Spittfire, pero si serían capaces de enfrentarse a los Sea Gladiator o Fulmar que llevarían los portaaviones en esas fechas, y si se dispusiese de I-16 se tendría una ventaja sustancial sobre esos aparatos. Ya avanzado el 41 cuando Puma paso a Pilgrim esto cambiaría por la adopción del Hurricane, pero para el 40 el tipo de cazas embarcados estaba ya muy desfasado, tanto como los biplanos españoles.

:arrow: Para las fechas de la invasión de Canarias Puma solo era un esbozo, y se tenían menos de 8.000 soldados dispuestos para ello y tan solo 3 transportes de desembarco, la perdida de uno dejaría la invasión en pañales

:arrow: También esta el tema de la artillería de Costa, que aunque no estaba preparada para enfrentar un acorazado si podía suponer un grave contratiempo para todo buque menor a crucero, no hablemos ya de si este trataba de acercarse a la costa.

:arrow: En cuanto a la conquista propiamente dicha, conociendo el terreno en el que se desarrollaría el combate, y suponiendo que los defensores se habrían preparado aunque fuese mínimamente en el tiempo disponible, convertiría la conquista de la isla en la pesadilla de un infante

:arrow: Durante toda la conquista de las islas, con la flota de invasión parada frente a las islas, y ni a españoles, italianos o alemanes se les ocurre enviar submarinos allí??? No digo ya de si anticipando problemas, España tuviese uno o dos basados en la isla desde la firma del tratado de Aquisgrán y lo del "Castillo de Bellver"

saludos


Desde la cumbre bravía que el sol indio tornasola, hasta el África que inmola sus hijos en torpe guerra, no hay un puñado de tierra sin una tumba española. B.L.G.
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Luis M. García
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El Visitante. Historia Alternativa de la Segunda Guerra Mund

Mensaje por Luis M. García »

Vaya, siempre había leído que los italianos no sabían que sus posesiones en Libia estaban sobre un mar de petróleo. :asombro3:

Sí eso es historico y existían informes geológicos sobre ello, entonces el régimen fascista estaba aún más podre de lo que se dice. Eso sí, resulta poco creible que Balbo lo supiese... :pena:

Saludos.


Qué gran vasallo, si hubiese buen señor...
Domper
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El Visitante. Historia Alternativa de la Segunda Guerra Mund

Mensaje por Domper »

Es cierto. Increíble pero cierto. Las primeras muestras de petróleo se obtuvieron en Libia en 1937 tras las exploraciones de Ardito Desio, pero los italianos preferían buscar agua porque lo que querían era tierra de regadíos que ofrecer a sus colonos. El hallazgo durmió el sueño de los justos durante casi dos decenios, pero no por desconocimiento, sino porque la British Petroleum, que disponía de los campos petrolíferos de Irak y controlaba los de Irán, no quería tener competidores, hasta tal punto que el gobierno inglés intentó bloquear la exportación de petróleo saudí en la posguerra con todo tipo de maniobras, incluyendo golpes de estado en Siria para impedir la construcción de un oleoducto que lo llevase al Mediterráneo. Durante los cincuenta Inglaterra ya no era lo que había sido, tenía que acatar las insinuaciones de Washington, y Libia se había independizado, por lo que pudo iniciar sus propias exploraciones, que resultaron tan fructíferas que a los cuatro años de iniciarse la explotación Libia producía más petróleo que Arabia Saudí. No fue el único “aviso” porque reconocimientos geológicos clandestinos franceses habían encontrado formaciones geológicas en Libia que parecían contener grandes depósitos de petróleo, pero los mantuvieron ocultos incluso durante la ocupación.

Había leído algo hace tiempo, pero cuando me documentaba para esta historia, que aunque no lo parezca por lo burda está bastante más documentada de lo que parece: todos los capitanes de los barcos existieron y comandaban precisamente esos buques en la misma época y lugar en la que salen en la historia; prácticamente todos los oficiales que salen son reales (mi trabajo me costó encontrarlos) y generalmente solo son inventados los personajes subalternos (de sargento para abajo, y no todos). También son reales los árabes, judíos, templarios alemanes, etcétera… huy, me estoy adelantando un poco en la historia. El caso es que revisando la posibilidad de encontrar petróleo en Libia en los cuarenta me encontré con las investigaciones de Desio y me quedé de piedra. Gracias, Mussolini y compañía, por librar al mundo del Tercer Reich.

Con todo, lo de Libia no es cosa de hacer un agujero con una pala y llenar el depósito. Son campos bastante profundos, a más de 1.000 m y por lo general a más de 2.000 m de profundidad). La tecnología para la extracción de petróleo profundo era reciente: hasta los años treinta no se inició la explotación del petróleo de Texas, situado a profundidad similar, pero en 1940 estaban a plena explotación (USA exportaba petróleo por entonces). Sin embargo, extraer ese petróleo no es imposible ni mucho menos, porque ahí entra una historia poco conocida: la del petróleo inglés.

El Inglaterra, aunque no lo parezca, hay depósitos de petróleo (aparte de los del Mar del Norte) y alguno se había descubierto previamente a la SGM (como el de Eaking, a más de 2.000 m de profundidad). En 1942 al empeorar la guerra submarina se tomó la decisión de explotarlos, y en año y medio había 100 pozos en funcionamiento, de los que se extraía tanto petróleo como el que producía Alemania en sus plantas de hidrogenación. Si en año y medio se puede hacer eso con depósitos profundos bastante magros, en Libia se podía hacer eso y mucho más. Además también está el petróleo argelino, con una historia parecida.

¿Que lo de los italianos es para hacérselo mirar? Desde luego. Porque lo más divertido es que algunas de las principales bolsas de petróleo de Libia están en Cirenaica, muy cercanas al mar, justo debajo de donde se combatió durante la guerra. De hecho hubo muchos problemas con las minas terrestres abandonadas durante las prospecciones, y se llegó a equipar helicópteros con detectores de minas. Pero esa es otra.

Vamos, que lo del petróleo es creíble. Que no tiene mucho sentido dejarse los dientes yendo hacia Bakú teniendo oro negro a la puerta de casa.

Saludos
Última edición por Domper el 12 Feb 2015, 13:20, editado 2 veces en total.



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