LA FRACTURA

La Historia Militar española desde la antiguedad hasta hoy. Los Tercios, la Conquista, la Armada Invencible, las guerras coloniales y de Africa.
Domper
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El contralmirante Ryunosuke Kusaka estaba deseoso de lavar su honor del error que no había llegado a cometer. Había sido el jefe de Estado Mayor de la Kido Butai, el grupo de portaaviones de la guerra del Pacífico que había ocurrido en otra realidad. En ese otro tiempo había campado por sus anchas durante seis meses pero una y otra vez había dejado escapar a los portaaviones norteamericanos; finalmente había sido atrapada y destruida en algo descrito como una trampa según los informes procedentes de Alemania. En cuanto se supo lo ocurrido, todos los oficiales implicados en el desastre de Midway habían sido transferidos a puestos sin importancia. Aunque se trataba de errores que aun no se habían cometido, la derrota de la Kido Butai había sido el primer escalón que había llevado a algo inimaginable, la rendición de Japón.

Cualquier oficial naval con la más mínima relación con algo tan vergonzoso había visto cercenada su carrera. El prestigioso almirante Yamamoto ahora mandaba la importantísima Shina Homen Kantai, la flota que vigilaba el Mar de China. Su unidad más importante era el Izumo, un crucero acorazado rebajado a cañonero que había combatido en Tushima. Nagumo, un samurái que no podía soportar la vergüenza, había cometido seppuku al saber que iba a ser enviado a las Kuriles, protestando por ser castigado por algo que había llegado a cometer. Kusaka había sido relegado a mandar un grupo aéreo en una isla dejada de la mano de los dioses. Dioses que le habían sonreído cuando los occidentales decidieron provocar a Japón llevando su flota a Guam.

La tradición del guerrero japonés no siempre incluye la obediencia ciega. Los pasos del samurái deben se guiados por la lealtad, el deber y sobre todo el honor, y la fidelidad a su señor a veces le lleva a servirlo contra su voluntad. El samurái actúa aceptando las consecuencias, y Kusaka estaba dispuesto a pagar el precio de la acción con la que lavaría a Japón de la humillación de esa rendición que según los libros habría sufrido. Él mismo iba a dar ejemplo pilotando una de las aeronaves de ataque especial.



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El radar de un Centella había detectado el despegue de los aviones de Kusaka y la flota adoptó el dispositivo defensivo que varias veces se había entrenado. Aunque Halsey ostentaba el mando a flote —por algo ponían más barcos los norteamericanos—, sería Leñanza, mejor conocedor de los modernos sistemas, el que coordinaría la acción. Lo ideal hubiese sido lanzar los cazas contra los aviones que se acercaban, pero se seguía en paz y había prohibición estricta de disparar primero. Además mezclar aviones propios y misiles implica un riesgo muy elevado, y no sobraban ni unos ni otros como para malgastarlos. Así que Leñanza dio la orden de reservar los aviones; los portaaviones lanzarían cazas adicionales, pero se mantendrían orbitando sin sobrepasar a los barcos armados con misiles. Tan solo intervendrían en una segunda fase, de ser preciso. Al mismo tiempo las agrupaciones adoptarían un dispositivo que las resguardase de posibles ataques y que maximizase la potencia de fuego de sus armas.

Así que los dos grupos de portaaviones aproaron al viento y empezaron a lanzar aviones: tanto cazas, como los bombarderos cargados de armas antisubmarinas que sería demasiado peligroso mantener en cubierta. Los helicópteros de acompañamiento se elevaron para rescatar a los pilotos de los aviones que pudieran caer al agua, y también se reforzó la patrulla antisubmarina: los HRS Chickasaw norteamericanos y los HS62AN Ispal españoles vigilaron las aguas ante el riesgo de un ataque combinado. Además dos HW62AN con radar complementaron la vigilancia electrónica.

Al oeste el grupo de Lee viró hacia el norte y adoptó su dispositivo de combate. La columna de cruceros se separó tres mil metros de los acorazados, y ambas aumentaron la distancia entre unidades para evitar abordajes en caso de maniobra brusca. En primera línea estaban los destructores, apoyados por las fragatas Laborde y Eliza. La defensa principal la proporcionaban los tres barcos españoles lanzamisiles: el Bonifaz, a popa de los destructores, y la Colón y la Navarra, a proa.

Los barcos se prepararon para resistir impactos. En todos los barcos se tocó a zafarrancho de combate. Se cerraron las puertas estancas y los grupos de control de daños acudieron a sus puestos. En los puestos en el exterior, los hombres llevaban casco y chaleco anti fragmentación, una buena idea de los españoles pero solo si no había que nadar con ellos. El portaaeronaves de escolta, el Card, al ser la pieza más vulnerable del conjunto —y probablemente también el objetivo de los atacantes— lanzó los helicópteros que tenía armados en cubierta para que se dirigiesen a los no muy lejanos portaaviones de escolta. Lo mismo hicieron los helicópteros que estaban patrullando para despejar los campos de tiro, y solo se autorizó a dos aparatos que estaban casi sin combustible a que se posasen en el Card. El portaaviones, a su vez, se escudó ocho mil metros tras la línea de acorazados, rodeado de su propia escolta.

—Almirante, los aviones japoneses ya están en el aire. Parecen dirigirse hacia el grupo de Lee.

Leñanza suspiró de alivio. No le preocupaba demasiado que los nipones atacasen ciegamente a lo que tenían cerca —suponiendo que fuesen a atacar— sino que hubiesen intentado rodearlo para caer sobre los vulnerables convoyes. Por eso había situado a la Colón en el extremo norte de la línea, para que sus misiles de gran alcance cubriesen el riesgo. Aun así, de haber hecho esa maniobra los japoneses Leñanza hubiese lanzado sus cazas hubiese guerra o no: mejor perder la carrera que un barco cargado de soldados. Pero por ahora parecía que no era necesario.

—¿Se han retirado los aviones de reconocimiento japos? —sobre la agrupación había en ese momento tres hidroaviones, uno sobre Lee, los otros dos vigilando los barcos de Leñanza y el convoy con las tropas.

—Siguen allí.

—No entiendo de qué va esto. Por si acaso, vamos a ponerles compañía.

El teniente Martín González vio que el señalero le ordenaba despegar. Aumentó las revoluciones de los dos reactores al máximo, y luego soltó los frenos y encendió los cohetes aceleradores. El piloto notó en la espalda el empuje y vio como la rampa de proa se acercaba. Notó como se apretaba contra el asiento cuando el avión saltó en el aire, y luego sintió el vacío en la boca del estómago mientras el Gladio se quedaba un instante colgado en el aire. Pero ya tenía suficiente velocidad y el ala mordió el aire. El reactor se elevó mientras despegaba el segundo Gladio. Una vez llegaron a doce mil pies, se acercaron al Emily. Tenían órdenes de seguirlo a distancia.



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Lee escuchó el ruido de motores y miró a lo alto, viendo un gran cuatrimotor.

—¿Todavía seguimos con compañía?

—Es un Mavis, almirante. Lo tenemos encima desde hace una hora por lo menos. —Entonces el oficial de comunicaciones se tocó los auriculares—. Almirante, hemos recibido un informe desde la Colón. Los japos que han despegado de Rota vienen hacia aquí. Los radares de los aviones lo confirman. Son unos treinta aviones. Espere, hay otro vuelo más. Unos veinte aviones ligeros.

—Deben estar locos.

Cincuenta aparatos no eran suficientes para acabar con la flota, y por eso Lee no creía que fuese un ataque en serio. Pero eran demasiados aviones para una maniobra, y jueguecitos de este tipo podían llevar a una confrontación. Tal vez eso quisiesen los japos: que fuesen los norteamericanos los primeros en disparar. Bueno, si se acercaban a menos de cinco mil metros de sus buques él mismo pensaba darles el gusto.

En el CIC del Glorioso Leñanza recibía la misma información, pero no de viva voz sino en una gran pantalla. Llegó a la misma conclusión. Ahí había algo raro. Eran demasiado pocos para un ataque en serio. Si los japoneses pensaban atacar la flota, también tendría que participar la aviación de Saipán. Sin embargo, el Centella que cubría ese arco seguía encontrando los cielos vacíos. Podría ser que estuviesen haciendo maniobras, pero tan cerca de la flota era excesivamente arriesgado. Luego debía tratarse de una fanfarronada o, tal vez, una provocación. Daba igual: no iba a dejar que los japoneses se acercasen mucho más. Ordenó a la Colón y al Bonifaz que pasasen a operar en automático y que abriesen fuego si la distancia disminuía a diez mil metros. También mandó al Centella que cubría a Lee que se retirase: tal vez los japoneses supiesen de su importancia y fuesen a cazarlo, y en todo caso no quería tener aviones rondando cuando volaban los misiles. Además los sistemas de la Colón ya vigilaban ese sector.

—Almirante Lee, el Mavis se va.

El norteamericano miró al cielo y vio que el cuatrimotor ya no los seguía sino que volvía hacia Rota. Daba mala espina. Sin embargo, el otro Mavis y el Emily que rondaban a Leñanza seguían tal cual. Mejor; seguramente todo acabaría en solo una fanfarronada japonesa, que vendría de perlas para adiestrar a los hombres.

En ese momento en el CIC del Glorioso cundió la alarma. Estaban enlazados en tiempo real con la Colón, y de repente una de las pantallas mostró un cambio en la señal, que se hizo mayor. La imagen Doppler también cambió. Un oficial analizó las imágenes y llegó a una conclusión. Algo imposible pero que estaba pasando.

—Almirante Leñanza, los japoneses están lanzando misiles.



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El almirante Kusaka había conectado el precalentador de acetileno en cuanto se encendió la luz verde. Segundos después notó como como caía la nave y se desplegaban las pequeñas alas, y abrió la válvula de paso del combustible. Un atronador petardeo le premió: el pulsorreactor se había puesto en marcha. El almirante inició un picado para ganar velocidad mientras vigilaba al mismo tiempo el anemómetro, el altímetro y el indicador de temperatura del motor. Viendo que la MXY10 alcanzaba la velocidad de crucero, estabilizó la bomba voladora y se permitió una leve sonrisa: ahora aprenderían los norteamericanos.

En esa guerra que no había ocurrido Japón había usado bombas cohete pero su alcance era demasiado escaso, y demasiadas veces los vulnerables bimotores que las llevaban cayeron en llamas sin tener la ocasión de lanzar sus artefactos. Esta vez los proyectiles humanos estaban propulsados por un pequeño reactor que extendería su alcance. No había sido fácil. Poco después del maldito salto temporal los alemanes habían cedido ejemplares de sus motores Heinkel, BMW y Jumo, indicando que eran experimentales y que aun habría que resolver muchos problemas. Los ingenieros japoneses los miraron y sacudieron la cabeza: no porque no pudiesen reproducirlos, sino porque al ver los signos de desgaste de motores que según los germanos solo se habían encendido unos minutos en un banco de pruebas, comprendieron que a los motores les quedaban meses si no años de desarrollo antes de poder ser operativos.

Japón estaba probando una alternativa, un termorreactor en el que un pequeño motor de émbolos actuaba como compresor de un reactor sencillo. Era un sistema atractivo porque los motores de combustión interna eran conocidos por la Armada, y así se prescindía de la turbina de alta presión, el principal problema de los motores alemanes. Pero los prototipos no terminaban de funcionar y apenas proporcionaban más empuje que el motor de émbolos.

Afortunadamente con los reactores alemanes llegó otro de un tipo muchísimo más sencillo: un pulsorreactor Argus. Simple y sólido, tenía defectos, especialmente el gran consumo que lo hacía inviable para un avión convencional, y que su margen de funcionamiento era muy estrecho. Apenas podía cambiar de régimen resultando casi imposible acelerar. Pero lanzando el misil desde un avión, al picar se alcanzaba la velocidad de crucero que el Argus necesitaba. Desde tierra se empleaban cohetes aceleradores. La autonomía se reducía a apenas ciento cincuenta kilómetros: poco para un avión pero más que suficiente para un misil. Había más inconvenientes. Uno muy molesto era su fuerte ruido, como un martillo neumático a un palmo del oído; pero el piloto podía compensarlo con un poco de cera y auriculares. El motor también causaba muchas vibraciones y en vuelos largos la cola podía deshacerse. Kusaka no esperaba que su vuelo lo fuese.

El MXY10 tenía mejoras respecto a la MXY7. La cabina era más aerodinámica y el fuselaje, más fino en su parte central, intentaba seguir la “regla del área”, lo que junto con las alas con una pequeña flecha le daban mejor comportamiento a velocidades transónicas. Ya que el mayor alcance significaba que el objetivo podía no estar visible, además de la brújula y de un altímetro de presión se había incorporado un radioaltímetro más preciso. También se tenía una emisora de radio de un canal por la que recibir datos del avión lanzador, y una radiobaliza que permitía a otros aviones saber por dónde se movía la bomba para guiarla. La labor del piloto, además, se facilitaba porque el misil llevaba un piloto automático que lo hacía más fácil de manejar entre las turbulencias de baja cota. Ese piloto automático llevaba también un calculador primitivo que indicaba al piloto cuando debía elevarse para efectuar el picado final, maniobra que se consideraba más efectiva contra buques blindados. Reconociendo que en ese picado la bomba podía ser difícil de controlar, llevaba paneles desplegables —que no podían retraerse una vez abiertos— que actuaban como frenos aerodinámicos.

Una vez a velocidad de crucero, diecisiete bombas, incluyendo la de Kusaka, descendieron hasta cien pies de altura. Las otras ocho mantuvieron la cota y conectaron generadores de humo que de manera intermitente dejaban estelas que servían para guiar a las que volaban a nivel del mar. Al mismo tiempo, los G4M se mantuvieron a distancia; tras ellos llegaban cazas Zero y torpederos B6N.



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—¡Zombi, zombi! Misiles desde el este noreste.

El almirante Lee vio una gran columna de humo a su derecha ¿Una explosión? ¿Tan pronto? Pero no, eran cohetes que se elevaban desde una fragata española y luego se dirigían hacia los atacantes.

La primera sangre la hizo el teniente González. En cuanto recibió la autorización, fijó un misil Banderilla V en el gran hidroavión polimotor y disparó. El arma recorrió los dos kilómetros de separación en segundos y estalló contra el motor interior izquierdo del Emily. El hidrocanoa empezó a despedir humo y luego el ala se desprendió; el cuatrimotor cayó girando como un papel encendido.

El radar del buque con mayor capacidad antiaérea, la Colón, había seguido a los contactos y clasificado a los MXY10 como los más peligrosos. El grupo de baja cota desapareció del radar temporalmente, por lo que empezó a disparar contra el otro: misiles ESSM contra las bombas volantes, los Estándar de mayor alcance contra los más alejados G4M. A su lado la Navarra recibía las indicaciones de la Colón pero por el momento no disparó: el sistema AEGIS podía encargarse de los primeros ocho misiles. Más al sur el Bonifaz también se mantuvo a la espera, pues no tenía enlace de datos con la Colón y probablemente sus misiles se malgastarían contra objetivos ya atacados; solo dispararía contra los misiles que superasen la primera andanada, o cuando los del grupo de baja cota fuesen detectados por sus radares. Mientras los tres buques saturaron el aire con ruido electrónico destinado a interferir cualquier sistema de control por radiocomandos o por radar.

Simultáneamente y con una maniobra ensayada, todos los buques de la agrupación de Lee viraron para ofrecer la popa a los misiles atacantes, para luego zigzaguear y emitir humo. La maniobra dejaba a los barcos casi sin arcos de fuego y no permitiría la puntería visual, pero se pensaba que las armas japonesas casi con seguridad estarían tripuladas, y el humo sería más efectivo que el fuego de los cañones. Como no podía descartarse que los japoneses hubiesen ideado algún tipo de radar buscador, en el último momento se activarían los cohetes lanzadores de tiras de aluminio. De toda la formación solo mantuvieron el curso las dos fragatas españolas, la Laborde y la Eliza. Eran las únicas con direcciones de tiro modernas y misiles, aunque fuesen los Rezón de corto alcance. Actuarían como la última línea de defensa, a sabiendas que al quedar fuera de la pantalla de humo era probable que se convirtiesen en los objetivos.

El Kawanishi H6K que se alejaba de los barcos de Lee fue el primero en convertirse en una bola de fuego. El almirante Kusaka la vio, y poco después observó como las bombas del primer grupo desaparecían en nubes de humo y llamas. Ninguna sobrevivió a la primera andanada. La distancia seguía disminuyendo, y el grupo de baja cota también fue detectado por los radares. Primero en abrir fuego fue el Bonifaz; Kusaka vio una gran columna de humo a su derecha. Luego fueron la Colón y la Navarra.

Suponiendo que se dirigían misiles hacia su bomba, Kusaka empezó a describir eses con su aeronave. No era fácil de controlar, pero más peligroso era seguir volando en línea recta. También tiró de una manija, y se abrió una compuerta que dejó salir tiras de aluminio cortado; sin embargo no se conocía la frecuencia a la que operaban los radares españoles por lo que el efecto del chaff fue mínimo en los pocos segundos que tardó en caer al agua. Pero bastó. Mientras al MXY10 se sacudía como un potro sin domar, Kusaka vio de reojo como cuando algo parecido a una lanza gigante con una llama detrás pasó inofensivamente a su derecha. Siguió maniobrando, intentando mantener el rumbo con la brújula; pero sabía que los giros le habían sacado de su curso, y a la velocidad de la aeronave una pequeña desviación bastaría para que fallase su ataque. Podría girar e intentarlo de nuevo, pero correría el riesgo de ser derribado o de que se le acabase el combustible. Además el cronómetro indicaba que ya quedaban solo unos miles de metros y que en seguida llegaría el momento de efectuar la maniobra final.

El almirante tiró de la palanca hasta ver el horizonte: estaba lleno de humo ¿pensaban los gaijins cobardes que así podrían esconderse? En seguida comprobarían que no era así: pasaría a través de la nube y luego buscaría al portaaviones que según los informes que tenía, estaba unos miles de metros tras la barrera. Por desgracia, no estaba recibiendo informes por la radio: no solo los G4M habían desaparecido del aire, sino que el éter estaba saturado de estática.

Mientras los misiles españoles iban derribando uno a uno a los japoneses. Se trataba de blancos grandes que producían una gran señal de retorno, y además no volaban rozando las olas sino a unas decenas de metros de altura. Muchos pilotos hicieron como el almirante, elevarse para echar un vistazo, sin tener en cuenta que así atraían nuevos misiles. Factor añadido resultó la facilidad con la que las aeronaves se descontrolaban no solo al ser alcanzadas sino simplemente por las perturbaciones causadas por las explosiones; a esa altura cualquier error, fuese del piloto humano o del automático, acababa estrellándose contra las olas.

Kusaka no se atrevía a mirar a los lados, pero con el rabillo del ojo seguía viendo explosiones, y la no divisaba a ninguno de sus compañeros. Entonces vio otra de esas lanzas que parecía dirigirse hacia él. Sin pensárselo, bajó el morro de la bomba hasta casi tocar las olas. La espuma salpicó su parabrisas y el reactor levantó una estela por detrás. Notó una sacudida pero la MXY10 siguió volando: el misil Gavilán había atacado el surtidor de agua que se levantaba tras la bomba. De reojo Kusaka vio que otro cohete dirigido pasaba por su izquierda.

—Quedan cuatro. Dos vienen por nosotros, otros dos van hacia los gordos —escuchó el comandante de la Colón.

—Proa hacia ellos. Lancen humo y chaff. Que la Navarra siga disparando.

El gran arco de humo dejado por los misiles había atraído a dos de los misiles atacantes, que iban contra un buque grande con líneas tan extrañas que solo podía ser español. Junto a él navegaba una especie de crucero con una superestructura que parecía un almacén y que estaba erizado de antenas. Uno de los dos lo escogió, pero entonces de la proa de ese buque surgió una nube de humo y la bomba volante fue borrada del cielo a los pocos segundos. La otra iba directa hacia la Colón, que seguía disparando su cañón hasta que un proyectil pasó suficientemente cerca y la espoleta se activó. Unos pocos fragmentos alcanzaron a la MXY10, que estalló. Sus restos cayeron al agua y rebotaron, hasta hundirse a apenas doscientos metros de la proa de la fragata.

Kusaka y otro compañero iban contra el grupo central. La barrera de humo estaba cada vez más cerca, y antes que pudiese reaccionar vio otra de esas lanzas de fuego que pasó cerca y estalló, sacudiéndole. El almirante pensaba que el cohete español había fallado, pero en realidad el Bonifaz acababa de derribar a la penúltima bomba. Kusaka vio entonces que un poco a su izquierda, un destructor se perfilaba contra el humo, casi en su ruta. Pasar junto a él sería demasiado arriesgado; en lugar de intentarlo, lo hundiría, y así abriría paso a las demás bombas. El almirante no sabía que la suya era la última.

En la fragata Capitán Laborde el cañón de 76 mm y el montaje doble de 35 mm se orientaron hacia el atacante. También apuntó su lanzador de misiles. El buque llevaba los ya antiguos Rezón II, los primeros en entrar en servicio. Eran apodados Frankie por el monstruo de Frankenstein, al haber sido construidos con componentes comerciales. Tenían un campo de búsqueda reducido y no seguían trayectorias eficientes, pero a cambio tenían una cualidad: su sensor de gran sensibilidad procedente de una cámara fotográfica, capaz de seguir la imagen infrarroja (y no la señal) y atacar de frente. Con el lanzador orientado hacia el intruso, el sensor de un misil fue refrigerado con nitrógeno líquido. Cuando el detector consiguió fijarse en un punto caliente que se acercaba, el procesador emitió una señal que llegó al ordenador que controlaba el sistema. Estaba operando en automático y sin esperar la orden del operador humano activó al misil. El cohete se encendió y el Rezón recorrió los dos mil metros que quedaban en cuatro segundos. Kusaka solo vio una bola de llamas que se acercaba antes de estallar a un metro de la carlinga. Casi tres años después de ser ideado, “Frankie” se había cobrado su primera víctima.

La siguiente fase del combate fue de matanza. Ya sin la amenaza de las bombas suicidas, Leñanza ordenó a los buques antiaéreos que cesasen su fuego para ahorrar sus preciosos misiles, y lanzó los cazas contra los monomotores que se aproximaban. Los pilotos llevaban meses estudiando cómo combatir a un Zero, y evitaron cuidadosamente los combates cercanos. Por el contrario, volaban a alta velocidad hasta ponerse a las doce de un japonés, y entonces lanzaban un misil Estoque o Banderilla. Los B6N cayeron los primeros. Los Zero, más ágiles, lograron rehuir bastantes misiles, pero solo con giros cerrados que les dejaron sin energía convirtiéndolos en blancos volantes para los cañones de los cazas españoles. Los aviones de los portaaviones norteamericanos, más alejados, llegaron a la fase final del combate, cuando solo quedaban seis Zeros que escapaban demasiado deprisa para los Bearcat. Pero no para los Swordcat, que acabaron con cuatro más cinco de los siete G4M supervivientes.

En el puente del Washington los oficiales empezaron a vitorear. Sin embargo el almirante Lee permaneció en silencio. Se daba cuenta de que sus buques no habían disparado ni una vez.



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Mensaje por APVid »

PRETORIA (SURÁFRICA)

Smuts sudaba, no por el tiempo sino por las noticias que llegaban de las minas, huelga, que se estaba extendiendo a otros sectores. Sabía que el fin de la guerra había obligado a retirar algunas medidas restrictivas, y lógicamente el fin de necesidades bélicas había llevado a gran parte de la población a volver la vista a los problemas más cercanos.

Y ahí había estallado la tensión económica y social, con salarios 1:12 respecto a sus homólogos blancos, los mineros negros se sentían lógicamente maltratados por la misera paga, la vida en los Compound y demás.
Aún peor cuando una comisión sindical de la African Mine Workers Union viajo a Europa, en España no solo encontraron que la lista de quejas como el derecho a reunirse, a moverse libremente, a una jornada de 8 horas, a poder comer tres veces al día, a no dormir sobre bloques de cemento, baja por enfermedad,... eran razonables sino que veían a los empresarios sudáfricanos igual que el vería a un noble feudal con sus siervos.

Pero aún la reacción policial, dura y en casos brutal, se había visto sorprendida por una contrarreacción igual de violenta.

Y es que el país se estaba volviendo loco por momentos, los negros y los mestizos tenían miedo a ese futuro Apartheit y se movilizaban para votar en masa en 1943; los blancos se encontraban divididos entre los radicales que querían aún más dureza y expulsar literalmente a todos los demás de Sudáfrica y Rhodesia y los partidarios de evitar 50 años de división llegando a un acuerdo que unificase Sudáfrica de una vez.



Domper
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Leñanza aun estaba sorprendido por el ataque japonés. Que hubiesen aprovechado para atacar a la flota por sorpresa no le extrañaba demasiado: a fin de cuentas, todas las intervenciones militares japonesas desde la Restauración Mejii habían sido sin declaración de guerra e intentando aprovechar la sorpresa. También entendían que considerasen una provocación la presencia de la flota en esas aguas, pero era la única manera sensata de trasladar los refuerzos que Guam necesitaba imperiosamente. Con todo, sabía que habría quienes en Madrid criticarían su actuación, y por tanto iba a ser muy cuidadoso con sus siguientes movimientos.

Lo raro del combate que se acababa de producir era que solo hubiesen participado los aviones de Rota. Algo absurdo porque ni siquiera contra una flota sin defensas antiaéreas modernas podían esperar causar daños muy serios. Sí, hubiesen hundido algún crucero y tal vez un acorazado, pero eso no hubiese variado un ápice el balance militar y de paso hubiese dado un magnífico pretexto a los norteamericanos. Pues Leñanza no se engañaba, sabía que demasiados oficiales de la US Navy habían leído lo ocurrido en Pearl Harbor en la anterior realidad, y aplastar a Japón se había convertido en su objetivo.

El almirante español empezó a pensar en lo que hubiese hecho él. Lo lógico sería abstenerse, pero es que él conocía las capacidades de las fragatas de la serie F-100, concebidas expresamente para defender a la flota de ataques de saturación con misiles, y lo que hubiesen empleado los japoneses no se acercaba ni de lejos a lo que podía hacer un simple Exocet de los ochenta. Pero sin no saber lo que podía hacer la Colón, conociendo los informes que hubiesen podido llegar desde Alemania, y teniendo la orden de atacar, hubiese preparado algo más coordinado. Como mínimo, hubiese hecho intervenir a la aviación de Saipán y de Truk: suponían cerca de trescientos aviones, la mitad bombarderos. Seguramente también hubiese empleado la flota, y desde luego tendría dispuesta una trampa de submarinos.

Pero no había ocurrido nada de eso. Había dos sumergibles japoneses cerca de la flota, pero en cuanto supieron que algo estaba pasando (uno estaba lo suficientemente cerca como para ver las estelas de los cohetes) se habían separado de la flota a toda máquina y en superficie. Los Centella los seguían y si alguno hacía cualquier movimiento amenazador, aunque fuese estornudar un poco fuerte, aprovecharía para probar los nuevos misiles antibuque Paíño. Tampoco se habían producido incidenets en otras zonas del Pacífico, ni siquiera en la vulnerable Hong Kong. No ha había habido aumento del tráfico radial (ahora sí que se estaba incrementando pero extendiéndose desde Rota), y el submarino León Marino había detectado a los portaaviones japoneses en el estrecho de Bungo; ni estaban atacando, ni estaban a cubierto. Absurdo.

Leñanza estaba esperado comunicarse con el norteamericano «Bull» Halsey, y ya se imaginaba lo que el impetuoso norteamericano le diría. Entonces el español comprendió que igual que los estadounidenses necesitaban un pretexto, también lo podían precisar los japoneses. Por lo que sabía, tras la Fractura en Tokio se habían producido varios intentos de golpe de estado intentando abortar la transición. Desde luego, una intervención aliada acabaría con cualquier apertura democrática ¿qué mejor que provocarla? En varias ocasiones fanáticos japoneses habían metido a su país en conflictos con los vecinos. Este absurdo ataque podría ser algo así.

En ese caso, lo mejor sería no entrar al trapo. Iba a ordenar a la flota que siguiese hacia Guam y que se mantuviese a la defensiva. Mientras intentaría convencer a Halsey y de no lograrlo, emplearía las instrucciones secretas (acordadas con Roosevelt y Stark) que le permitirían tomar el mando, aunque preferiría no emplearlas. En la caja fuerte de Halsey una carta lacrada contenía la orden que le subordinaría a Leñanza si este lo exigía. Pero el español prefería no tener que usarla. Halsey era inteligente y esperaba que entendiese en razonamiento que le hacía pensar que se trataba de un suceso aislado.

También iba a enviar helicópteros para que efectuasen una búsqueda exhaustiva en las aguas en las que se había producido el combate. Necesitaba conseguir pruebas y, a ser posible, supervivientes. Al mismo tiempo, contactaría con Madrid y esperaría instrucciones.



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Los norteamericanos aun se embelesaban ante las grandes pantallas planas. Para la inmensa mayoría de los hogares americanos el cine sonoro ya era asombroso, y el Technicolor una maravilla de la técnica moderna. No es que los presentes en la sala fuesen americanos corrientes, pues era tradición no escrita que solo los miembros de familias con grandes fortunas podían acceder al gobierno de la nación. Algunos incluso habían gozado de los revolucionarios televisores antes del salto temporal español. Pero ahora tenían ante sus ojos unos televisores de dimensiones decenas de veces mayores que los primitivos equipos norteamericanos, con una definición y un color que Hollywood envidiaría (mejor dicho, que envidiaba y que estaba intentando reproducir) y que permitían comunicar no solo voz sino también imagen, en tiempo real, desde el otro lado del océano. Ante tal portento técnico, que los interlocutores españoles hablasen un inglés casi perfecto era un milagro menor; aunque a los políticos norteamericanos les seguía incomodando que fuese una mujer la que dirigiese el nuevo gobierno español.

El Ministro de Defensa español, un civil —otra vez algo inesperado— había dado pie al Jefe del Estado Mayor de la Defensa, el general García Martín, para que expusiese lo que se sabía.

—Señor presidente, señor Hull, general Marshall, almirante Stark, tienen que entender que la información que tenemos es limitada. Aun con la conexión que permiten los satélites, los medios técnicos no son omnímodos. Nuestros conocimientos se basan sobre todo en los informes que hemos recibido del almirante Leñanza.

Los americanos asintieron. Ellos tenían los suyos propios, remitidos por Halsey y Nimitz, pero se limitaban a una corta transcripción.

—Hace doce horas despegó de la isla de Rota una importante formación aérea. Rota, como recordarán, es una isla de las Marianas, la más próxima a Guam. También recordarán que su flota del Pacífico y la nuestra expedicionaria estaban apoyando el traslado de importantes refuerzos a Guam. En ese momento, nuestras fuerzas estaban a la altura de la isla japonesa pero siempre a más de sesenta millas de la costa. Como supongo que será una cuestión que les preocupará, puedo confirmarles que disponemos de registros procedentes de los radares de nuestros buques que confirman que ningún barco o avión había entrado en aguas jurisdiccionales japonesas. Aunque he de decir que habíamos hecho reconocimientos mediante satélites fotográficos y sabíamos que en las islas de la zona los japoneses habían reunido una numerosa fuerza aérea, por lo que nuestras unidades habían adoptado un dispositivo defensivo. He de decir que la flota, siguiendo las instrucciones que había recibido, no estaba tomando ninguna medida que pudiera considerarse agresiva. Por el contrario, los japoneses estaban enviando aviones de reconocimiento directamente sobre los buques españoles y norteamericanos.

Los norteamericanos asintieron. Lo que había dicho García Martín ya lo sabían, e incluso se les habían proporcionado las imágenes procedentes del satélite.

—Las fotografías mostraban que en Rota estaban basados cerca de un centenar de aviones japoneses. También mostraban la presencia de aeronaves muy peligrosas. Por favor, coronel González, muéstrelas.

En las pantallas se desvaneció la imagen de los conferenciantes y se sustituyó por unas fotos borrosas, algo oblicuas, de algo que parecía un puro con alas.

—Esas aeronaves fueron identificadas como misiles MXY Okha. En la anterior línea temporal los japoneses emplearon unas similares, propulsadas por cohete y tripuladas por pilotos suicidas, para atacar a la flota norteamericana. Esta que vemos aquí es algo diferente porque parece llevar un reactor de origen alemán —un puntero señaló una especie de tubo situado tras la carlinga.


—Perdone, general —quiso saber Marshall— ¿Esta nueva versión es también suicida? ¿Camisare o algo así, creo?

—Kamikaze, general. No lo sabemos con seguridad. Verán que tienen cabina, pero muchas aeronaves no tripuladas, como sus aviones blanco, las llevan para sus vuelos de instrucción. Con todo, en ningún momento detectamos emisiones procedentes de esas naves por lo que pensamos que iban tripuladas. Lo que deseo que noten es que esas aeronaves están en carritos y no tienen tren de aterrizaje. Una vez lanzadas no pueden recuperarse.

—Gracias, general —dijo Marshall—. Le ruego que prosiga.

La fotografía desapareció y se volvió a la videoconferencia—. Como les decía, hace doce horas los radares de los barcos y aviones de la flota detectaron un despegue masivo desde Rota. En total, y atendiendo a los datos de nuestros equipos electrónicos, unos ochenta aviones. Se dividieron en dos grupos, uno de aparatos de mayor tamaño, posteriormente identificados como bombarderos G4M «Betty», y otro de aviones monomotores, cazas Zero y torpederos «Jill». Puedo confirmar que se trataba de esos tipos tanto por las fotografías tomadas durante el combate por nuestros aviones, como por restos que hemos rescatado con posterioridad. Debo señalar que los Jill llevaban torpedos.

—¿De prácticas o reales? —preguntó de nuevo Marshall.

—Es imposible saberlo. Los torpedos que hayan sobrevivido al choque con el agua se habrán hundido en el fondo oceánico, que allí está a muchos miles de metros. Lo que sí es importante es que aunque los Jill pueden tomar tierra en bases terrestres llevando su torpedo, se trata de una maniobra arriesgada que solo se hace en combate u, ocasionalmente, durante la instrucción. Los Avenger de su flota —dijo refiriéndose a Stark— los llevan en una bodega de armas, pero los Jill japoneses llevan los torpedos colgando del fuselaje, donde queda expuesto a daños, sobrecarga el avión, y si el tren de aterrizaje falla, o si no funciona, significa un accidente mortal.

—Es decir, que la presencia de esos torpedos implica que la intención de los aviadores japoneses era ofensiva.

—Probablemente, general. Pero no podemos asegurarlo.

—Gracias. Siga, por favor.

—Cuando se detectó el despegue se incrementó el nivel de alerta de la flota, se alistaron las armas antiaéreas, y se lanzaron aviones de caza. Según nos ha dicho Leñanza, retuvo a los aviones sobre los barcos y no se acercaron a los japoneses. Se trataba de una medida arriesgada porque significaba que los aviones nipones podían acercase a nuestros buques y atacarlos, como ocurrió, pero que se había acordado previamente para evitar que se produjesen incidentes. Leñanza me ha indicado que incluso los cazas encargados de seguir a los aviones de reconocimiento japoneses se mantenían alejados.

—¿Está seguro de todo eso? —dijo FDR que hablaba por primera vez.

—Disponemos de los registros. Aun así, es más que seguro que habrá quién no los crea. Pero lo que no encontrará la oposición —todos sonrieron, tanto Roosevelt como la presidenta Mur tenían problemas con otros partidos— es pruebas de lo contrario.

—Será mejor. Perdone mi interrupción.

—No es ninguna molestia, Presidente. Siguiendo con mi exposición, los aviones japoneses se dividieron en dos grupos. El primero era de bombarderos, y el otro iba algo más retrasado, unas quince millas. Los bombarderos se dirigieron directamente hacia nuestros buques y cuando estaban a treinta millas comenzaron a lanzar misiles.

—Persone esta nueva interrupción, general, pero se trata de una cuestión clave —dijo Hull— ¿Tenemos seguridad de lo que dice?

—Relativa. Los misiles se lanzaron desde más allá del alcance visual, pues disponían de los informes de por lo menos uno de los tres hidroaviones que en ese momento seguían a la flota. Hemos detectado sus transmisiones. Posteriormente, cuando los misiles se acercaron, pudimos fotografiarlos.

De nuevo las imágenes de los conferenciantes se sustituyeron, esta vez por una película borrosa que mostraba una pequeña nave y luego una explosión. Al ampliarla se consiguió ver que se trataba de una forma alargada vagamente parecida a las bombas MXY, parcialmente velada por una mancha brillante.

—Esta imagen se tomó desde la fragata Navarra, momentos antes de que la aeronave ser destruida por el misil que se ve a su lado. Se movía en ese momento a novecientos kilómetros por hora, es decir, que no hay posible confusión con otros tipos de aviones. Cuando fue destruida se dirigía directamente hacia la fragata Colón y estaba a tres mil metros de la fragata, es decir quedaban solo doce segundos hasta alcanzarla.

Todos asintieron, pues eran conscientes que hasta ahora solo se les había hablado de registros de radar que eran fácilmente manipulables. Los españoles sabían lo fácil que era manipular una fotografía, aunque no tanto como creían muchos. Falsificar un manchurrón no tenía ninguna dificultad, pero no tanto que luego superase análisis de espectro, distribución del ruido, etcétera. De todas formas tampoco importaba demasiado: habiendo gente que aun creía en la tierra plana, y con lo atractivo de las teorías conspiratorias, habría quién afirmase que era un montaje aunque le enseñasen una MXY incrustada en el puente de la Colón.

—Como les decía, los bombarderos empezaron a lanzar las bombas MXY a unos treinta kilómetros. Pensamos que eran aeronaves tripuladas porque no se han detectado emisiones ni de los Betty ni de las bombas. Inmediatamente los buques antiaéreos empezaron a disparar contra los misiles, contra los aviones lanzadores y contra los de reconocimiento, hasta conseguir derribarlos. Luego Leñanza y Halsey lanzaron sus cazas contra la segunda fuerza japonesa, que seguía volando hacia la flota.

—Perdone, general, pero esto es muy importante —dijo Hull— ¿Está seguro de que sus hombres no se excedieron? Siempre se podrá decir que han disparado los primeros.

—Señor Hull —intervino la presidenta—, los japoneses habían lanzado misiles. Que volasen más lentos que los nuestros no cambia nada.

—¿No podría ser que estuviesen haciendo algún tipo de maniobra? —insistió Hull.

—No, señor Secretario de Estado —respondió ahora García Martín—. Ya le he indicado que ese tipo de bombas, una vez lanzadas, no pueden aterrizar. Si tenían piloto humano, como creemos, este siempre puede decidir en el último momento si estrellarse contra nuestros barcos, o simplemente hacer un par de tirabuzones a su lado antes de estrellarse en el mar y morir. Además, teniendo en cuenta las explosiones —de nuevo se presentó una corta filmación en la que se pudo ver como una pequeña explosión era seguida por otra mucho mayor— las naves llevaban una carga explosiva de gran tamaño, de al menos media tonelada. Suficiente para partir por la mitad a un destructor, dañar gravemente o hundir un crucero, e incluso averiar seriamente a un acorazado. Intentar aterrizar o amerizar con eso es imposible.

—Pero me dice que también dispararon contra los bombarderos y los aparatos de reconocimiento.

—Señor Hull, cuando se produce un ataque masivo los sistemas de defensa tienen que actuar en modo automático, y un radar no distingue entre un modelo de avión u otro. Aparte que esos hidros de reconocimiento también pueden actuar como bombarderos.

—¿Y los demás aviones, los que destruyeron los cazas?

García Martín respondió con paciencia, aunque la expresión de la presidenta Mur era de fastidio—. Mire, acababan de sufrir un ataque con misiles, y tenían torpederos dirigiéndose a toda velocidad hacia la flota. Además los barcos lanzamisiles habían gastado buena parte de sus municiones disparando contra las MXY. La única opción sensata que quedaba era destruir a los atacantes, y eso se hizo.

—En todo caso, sus hombres lo que hicieron fue disparar primero y preguntar después.

—Señor Hull, tal vez hubiese sido mejor que se hubiese dejado pasar a los japoneses y así ahora tendríamos unas cuantas bajas. Ya transmitiré la orden, pero le adelanto que no va a gustarles mucho —dijo irónicamente la presidenta Mur.

El almirante Stark dio la razón a los españoles—. Señor Secretario, el departamento de Guerra Naval dispone de los mismos informes que usted ha visto y ha llegado a la misma conclusión. La actuación de Halsey y de Leñanza ha sido más que correcta.

—Gracias, almirante —dijo FDR dando por finalizada la discusión— ¿Qué ocurrió luego?

—Señor Presidente, tras ese ataque la flota se preparó para atacar las bases japonesas cercanas, concretamente las de Saipán en las Marianas y Truk en Micronesia. Sin embargo, ya desde el primer momento apreciaron que había algo extraño en el ataque y decidieron esperar autorización antes de contratacar.

—¿A qué se refiere con algo raro? —quiso saber el presidente norteamericano.

—Señor Presidente, el ataque no fue normal. Aunque nuestra flota no hubiese respondido, solo hubiesen conseguido dañar o hundir a unos cuantos barcos pero sin modificar apenas el balance militar, y dando motivos para una declaración de guerra. Si querían hacernos daño, hubiesen tenido que participar los aviones de Saipán y de Truk. Pero no solo no partió ningún aparato de esas bases sino que tampoco habían elevado su nivel de alerta. Sus equipos de comunicaciones emitían mensajes de rutina, ni había actividad aérea o naval fuera de lo habitual. Lo mismo ocurría por todo el Pacífico. Ni siquiera la vulnerable guarnición de Hong Kong ha sido molestada. También se han producido un par de sucesos en la misma línea. Poco después del ataque la flota detectó un submarino japonés que se movía en superficie en paralelo a nuestros buques. No suponía amenaza por lo que se han limitado a ahuyentarlo con algunos disparos de advertencia, pero podrían haberlo hundido cuando hubiesen querido. Más significativo todavía, un submarino español, el León Marino, estaba patrullando el estrecho de Bungo, en Japón. Según las comunicaciones interceptadas, los japoneses conocían su presencia en esas aguas. A pesar de eso, apenas una hora después del combate de Rota una agrupación japonesa con dos grandes portaaviones salió por el estrecho sin adoptar dispositivos defensivos antisubmarinos.

—Tal vez querían provocarnos —dijo Hull.

—¿Perdiendo dos de sus preciosos portaaviones? Lo dudo mucho —respondió García Martín.

—Coincido con el general —dijo Stark. Japón tiene bastantes portaviones pero solo seis de flota, y de ellos tan solo dos pueden considerarse modernos.

—¿Qué quiere decir con todo esto, general? —preguntó FDR.

—Señor Presidente, ya que lo que sigue no es una cuestión militar sino política, seguiré yo —dijo la presidenta española—. Le recuerdo que en varias ocasiones hubo mandos nipones que iniciaron por su cuenta acciones militares con la intención de comprometer a su país en una guerra que eran ellos los que la deseaban. Pensamos que ha pasado algo parecido, que algún mando, al tener nuestra flota cerca, la ha atacado para poner a Japón ante hechos consumados y forzarlo a entrar en guerra. Ya sé que es absurdo hacerlo teniendo nosotros armas nucleares, pero esto parece obra de un fanático, que no es sino un tipo especial de locura.

—En cualquier caso, nos han atacado y eso merece una respuesta —dijo el presidente.

—Es posible pero, a fin de cuentas ¿qué ha pasado? Nosotros no hemos tenido ni un abaja. Hemos gastado misiles —la presidenta no dijo que en el enfrentamiento se habían gastado casi la tercera parte de los misiles ESSM y SM-2 que España conservaba— pero ellos han tenido decenas si no cientos de bajas. Además, le seré sincero, mientras que la opinión pública española veía como razonable e incluso inevitable la guerra contra los nazis, es mucho menos favorable a una intervención en Extremo Oriente.

El presidente no dijo nada, pero pensó que tampoco la norteamericana estaría de acuerdo— ¿Qué propone entonces?

—Ahora son los japoneses los que están comprometidos. Yo creo que lo mejor sería que la flota siguiese con sus planes y que solo dispare si es atacada. Eso sí, creo que sería conveniente comunicar a los nipones que cualquier avión o submarino que se acerque a distancia visual de nuestros barcos será considerado hostil y será derribado sin previo aviso. También, que si se produce otro incidente, se considerará un casus belli.

Fue ahora Hull el que parecía más belicista—. Señora, si nos disparan y no hacemos nada pareceremos cobardes.

—Todo lo contrario. Lo que parecerá es que no queremos que la locura de un incontrolado lleve a una guerra de consecuencias incalculables. Supongo que sabrá que en la otra realidad la invasión japonesa desencadenó guerras civiles y anticoloniales que se prolongaron durante treinta años. Mi gobierno, como el suyo, es partidario de la descolonización, pero de una manera controlada que evite los peores errores. Además la crisis con Japón nos da un magnífico pretexto, pues en Tokio tienen razón cuando se quejan de que no toleremos su «protectorado» en China o Corea, pero sí las colonias inglesas, francesas u holandesas. Eso sí, también debo señalarle que el ataque fanático de hace unas horas nos da una magnífica baza para las negociaciones de Manila.



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Domper
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LA FRACTURA

Mensaje por Domper »


En pleno monzón, el clima de Manila no es excesivamente cálido pero sí tan húmedo que resulta sofocante. Por eso el contraste con el fresco interior de la Men’s Loggia casi golpeaba a los asistentes. El frescor, como los españoles se habían apresurado a indicar, no se debía al monstruoso y ruidoso equipo Carrier de la penthouse del Hotel Manila, sino a un Candy mucho más compacto y silencioso. Pues la compañía española, aprovechando la ausencia de competidores —salvo Fagor, que apenas empezaba a recuperarse de sus dificultades financieras— y de la Ley de Custodia de Patentes Industriales, que sucedía al Decreto de Patentes, se había hecho con el mercado español y se estaba convirtiendo en un gigante mundial en el sector del aire acondicionado.

Las dos delegaciones, la japonesa y la de las Naciones Unidas, se sentaron cada una a un lado de la mesa. El ambiente era más que tenso, pues tras el incidente armado cerca de Guam ambas partes temían un conflicto que ninguna de las dos deseaba.

Siguiendo el turno acordado hacía ya meses, fue la aliada la que tomó la palabra. Incluía a delegados norteamericanos y españoles, pero también a un chino, un filipino y un australiano. No había ni ingleses, ni franceses, ni mucho menos holandeses: en una reunión preparatoria previa uno de los aliados, en aquella ocasión un español, había dicho que no tenía sentido que potencias coloniales pretendiesen imponer a Japón unas condiciones que ellos no cumplían. Aun así, a la ciudad también habían llegado misiones de esos tres imperios, pues lo que se ventilaba era demasiado importante como para hacerse los dignos. Aparte que tanto Francia como Holanda habían sido liberadas por los tanques españoles, y en Inglaterra el conservador Churchill había perdido las recientes elecciones y el laborista Attlee era más abierto al inevitable abandono del imperio. Además, las tres potencias sabían que el empecinamiento en conservar las colonias iba a conducir a prolongadas guerras para, al final, perderlas también. Parecía más tractivo un plan ordenado en el que los nuevos países fuesen tutelados por las antiguas metrópolis para garantizar su estabilidad.

Con todo, a los japoneses no les había gustado la exclusión de ingleses, franceses y holandeses, pues los dejaba en posición desairada, menos aun la presencia de un delegado chino, aunque se les había indicado —extraoficialmente— que su asistencia era solo testimonial, que no tenía ni voz ni voto, y ni siquiera significaba que se reconociese al corrupto régimen nacionalista.

Tomó la palabra el delegado norteamericano Gikaku Steere Noda, un nisei (hijo de inmigrantes) hawaiano que estaba empezando a labrarse una carrera política. Que actuase como portavoz causaba sentimientos ambivalentes en la delegación nipona. Por una parte, parecía una deferencia hacia Japón, y más aun que fuese el japonés la lengua de las negociaciones, aunque con traducción simultánea, pues nadie quería que un error con la traducción condujese a un conflicto. Pero por otra, los nisei descendían de las capas más bajas de la sociedad japonesa o peor aun, de los despreciados burakumin. Además que un descendiente de japoneses representase a una potencia rival tenía cierto regusto a traición.

Poco importaba a Noda, uno de los más prestigiosos representantes de la colonia japonesa de Hawái. Un grupo hasta ahora sospechoso, pero del que ahora se sabía que en la realidad alternativa no solo se había mantenido fiel a los Estados Unidos sino que había proporcionado los hombres del regimiento más condecorado del ejército norteamericano. Tal fama había llegado a alcanzar que la unidad acababa de ser recreada. O creada, según como se mire. A Noda le importaba mucho más la aceptación de sus conciudadanos, fuesen japoneses, hawaianos o norteamericanos, que la de unos rancios barones. Aun así comenzó con las adecuadas cortesías, que fueron correspondidas por el delegado japonés, un tal Shigeru Yoshida, conocido por ser un firme opositor a la guerra con las potencias occidentales, pero también partidario de mantener la ocupación de China.

Tras los tediosos preliminares, Noda presentó la posición aliada. Según dijo, una escuadra que se movía por aguas internacionales y que se dirigía a una posesión norteamericana había sido atacada por una fuerza japonesa sin previo aviso. Un suceso de ese tipo podía considerarse un casus belli, y que la flota aliada no hubiese respondido atacando las bases japonesas mostraba la buena voluntad aliada. Con todo, la seguridad de la flota primaba. Noda indicó que para evitar futuras confusiones las potencias aliadas comunicarían a Japón la situación y rumbo de la flota, pero que atacarían a cualquier nave o a cualquier grupo de aviones que se acercasen al alcance visual. Solo se tolerarían los vuelos por aviones aislados siempre que no efectuasen acciones que pudiesen interpretarse como ofensivas.

La respuesta japonesa había sido debatida durante horas en Tokio, y transmitida a Manila mediante un sistema de cifrado de cuaderno único absolutamente inviolable. Primero se había pensado en ordenar a la delegación que lo negase todo. Pero en Japón no se tenía suficiente información sobre lo ocurrido. Pocos de los aviones atacantes habían vuelto y en ellos no estaba ninguno de los oficiales comprometidos. No se sabía si los gaijines tenían restos que presentar, imágenes o, no lo quisieran los dioses, prisioneros. Aun así la opción de negarlo todo era atractiva pues evitaría quedar avergonzados por la traición o por el fracaso de un subordinado, pero conduciría casi con seguridad a la ruptura de las negociaciones. Otra posibilidad era admitir los hechos y atribuirlos a la locura del fallecido almirante Kusaka. Sin embargo, reconocer que algunos oficiales actuaban según su propia iniciativa revelaba una vergonzosa debilidad del gobierno japonés. Finalmente se decidió seguir una vía intermedia. Yoshida pidió disculpas por un ataque que, según dijo, se había debido a un fallo en las comunicaciones y a una mala interpretación de las órdenes, lamentando que los oficiales implicados hubiesen perecido durante el incidente. Yoshida también dijo que el gobierno de Japón no quería provocar ningún incidente. Comunicaría la postura aliada a Tokio, pero adelantó que se había dado la orden a los buques japoneses en el Pacífico de volver a puerto, y a los aviadores de restringir sus vuelos a la vertical de las bases o de las islas.

Noda agradeció la respuesta de Yoshida, y respondió que también debían esperar instrucciones de sus gobiernos. Mientras proponía un descanso de tres días hasta la siguiente reunión.



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Domper
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LA FRACTURA

Mensaje por Domper »


La colonia española en Manila era al mismo tiempo numerosa y poderosa. Buena parte de sus miembros, terratenientes o empresarios, habían favorecido a los sublevados durante la guerra civil, y habían mantenido buenas relaciones con el consulado japonés. Pero cuando supieron que muchos de ellos hubiesen sido asesinados, con sus familias, por los japoneses, hicieron que viesen con mejores ojos a la tan cambiada España del futuro.

El principal era Don Andrés Soriano y Roxas, fiel partidario de Franco pero que posteriormente se hubiese unido al ejército filipino. Ahora, súbitamente enriquecido gracias a sus acciones de la cervecera San Miguel —que se estaba expandiendo por toda América—, era especialmente receptivo a las sugerencias de españoles y norteamericanos. Fue por eso por lo que organizó una velada para el personal diplomático en Manila, incluyendo a los miembros de las delegaciones aliada y japonesa.

Tras la opípara cena muchos invitados se retiraron, pues bastante era que hubiesen coincidido en la fiesta, pero no sería bien visto que se les viese tomando copas. Ya se volverían a ver en la mesa de negociación en un par de días.

Lo malo de las negociaciones oficiales es que ambas partes suelen acudir con posiciones rígidas. No solo sus gobiernos sino los otros países e incluso la prensa están tan pendientes de lo que hacen o dejan de hacer, que cualquier conferencia adquiere un ritmo demasiado lento incluso para un caracol. Se precisan cesiones preliminares para discutir asuntos claves como la distribución de las sillas en la mesa o la posición de la mesita del café. Luego, en las sesiones cada parte da lectura a una declaración, la otra responde con otro texto preparado que a veces poco tiene que ver, y se citan para un par de días después, con la idea de volver a hacer las mismas declaraciones tal vez cambiando la puntuación de las frases. El tedioso sistema ha sido desarrollado durante siglos y si se mantiene es porque evita los malentendidos. Pero requiere un tiempo del que no se disponía.

Claro que para eso están los ayudantes, los colaboradores de rango tan bajo que a nadie preocupa lo que hagan por la noche, ni siquiera si se reúnen en un apartado del hotel Bay View a probar los combinados que preparaba un barman de origen vasco.

Zentaru Kosoka era uno de esos ayudantes. Vástago de una familia de tradición financiera y política, había recibido una selecta educación que incluía una estancia en Estados Unidos. Ahora añoraba esos felices años alejado de la reglamentada sociedad nipona. La invitación de Maximino Prieto, uno de los empleados de Don Andrés Soriano, le hizo rememorar esos tiempos. Aunque sabía que si se le había llamado no era para que probase cócteles ni para que hiciese gala de su inglés, sino para tener una conversación informal con un ayudante español.

Maximino presentó al otro invitado, que se llamaba Mikel Herrero, y tras servirles unas copas se retiró. Como esperaba Kosoka los modales del hispano eran cuestionables, pero al menos hablaba el inglés aun mejor que él. Le sorprendió que Herrero parecía tener cierto conocimiento de la sociedad japonesa, ya que no solo presentó unas apropiadas disculpas por su torpeza sino que dijo haberse criado leyendo mangas, unos cuentos ilustrados de origen nipón. El español dijo que la sociedad española estaba fascinada por la cultura japonesa, y que él mismo ansiaba poder visitar el país.

Kosoka agradeció las palabras antes de decir que la cultura española también interesaba en Japón. Una mentira cortés, pues dudaba que antes del salto temporal hubiese muchos compatriotas que supiesen situar Madrid en el mapa. Herrero se rio.

—Me parece que está exagerando un poco, querido amigo. No creo que haya muchos tablaos flamencos en el distrito de Yoshiwara. Pero dé tiempo y verá como empiezan a llegar aviones cargados de turistas. Eso si no se desencadena un conflicto, claro. Porque supongo que ustedes no desean la guerra.

Ahí estaba. Una pregunta tan directa solo podía plantearla un gaijín.

—Señor Herrero, no creo que nadie en Japón quiera una guerra con Estados Unidos o con ustedes. Hemos visto muchas fotos sobre lo ocurrido en Tokio, Hiroshima o Nagasaki.

—Esas imágenes me quitaron el sueño de niño. Hubo unos años en los que todos temíamos que las bombas nucleares cayesen en cualquier momento. Fíjese que yo vivía en Zaragoza, a pocos kilómetros de la base aérea. Puedo asegurarle que esos horrores no se repetirán, por lo menos si depende de nosotros. Fíjese que podríamos haber empleado esas armas diabólicas contra Alemania o Rusia y no lo hemos hecho.

—¿Para qué las han desarrollado, si no piensan usarlas?

—Eso tendría que preguntárselo a mis jefes. Pero por Madrid corre el rumor que se está preparando un desarme nuclear —los dos sabían que en este contexto, los «rumores» contenían más verdad que muchos libros de Historia—. Se dice que se está planeando convocar una conferencia internacional para poner bajo la supervisión de las Naciones Unidas todas las instalaciones nucleares, incluyendo el arsenal español, y para evitar que nadie desarrolle sus propias bombas atómicas. El mundo estuvo al borde de la destrucción en la anterior línea temporal, y no queremos que vuelva a pasar. Ustedes tampoco ¿verdad?

—Desde luego —mintió Kosoka, que sabía que Japón también había emprendido su propio programa atómico.

—Me alegro, porque se dice que hay instalaciones sospechosas cerca de Niigata. Pero si usted me asegura que no existen, no se hable más. Supongo que Japón se uniría a esa conferencia de desarme nuclear.

Kosoka asintió, mientras se preguntaba cuánto sabrían los españoles del programa japonés. Seguramente solo lo que habían visto con sus satélites, pero a saber qué capacidades tendrían. Como tenía órdenes de no comprometerse, respondió con vaguedades.

—Seguramente Japón estaría en esa conferencia, pero no puedo asegurárselo, pues yo tampoco puedo hablar por mis jefes.

—Esos jefes… Viven en su mundo y somos nosotros los que pagamos las consecuencias. Nada sería peor para todos que una guerra.

—Ya le he dicho que nadie en Tokio la quiere —repuso Kosoka.

—Ni en Madrid. Creo que ni en Washington, aunque no estoy tan seguro de lo que pase por sus cabezas ¿Usted estudió allí, verdad?

—Sí, estuve en Chicago un par de años.

—Yo estuve un año pero cerca de Washington. Aunque pude visitar Chicago. No se imagina lo cambiado que llegó a estar. He vuelto a visitar el país y me he llevado un chasco, los americanos siguen siendo igual de agradables pero mucho más cerrados, ya me entiende.

—Es decir, usted cree que Roosevelt quiere ir a la guerra —sugirió Kosoka.

—Así fue en la anterior línea temporal, y no descarto que también piense lo mismo ahora. La cuestión es que el otro día, cuando la refriega de Guam, poco faltó. He oído que el almirante norteamericano Halsey echaba espuma por la boca e iba a ordenar un ataque contra las Marianas, y que nuestro almirante Leñanza tuvo que disuadirle.

El japonés digirió la información. Nada se sabía de esto en Tokio. Habría que tratar con los norteamericanos con pies de plomo. De nuevo, respondió sin querer ofrecer compromisos.

—Tendremos que brindar por Leñanza y por la paz. Pero si ese Halsey cree que la guerra iba a ser un juego, está equivocado. Japón también tiene armas modernas.

—¿Se refiere a esos fusiles automáticos? Muy útiles, pero estoy hablando de una escala mayor. La posición de su país es muy delicada. Para Estados Unidos y España sería fácil someterlo a la impotencia.

—Tendrían que derrotarnos, y le adelanto que no sería fácil, señor Herrero.

—Sé del valor de sus soldados y de sus marinos, pero no sería preciso. Bastaría con bloquearles. Si les cerramos los mercados, si atacamos a su navegación mercante, si minamos sus puertos y sus estrechos ¿cuánto podrían resistir? ¿seis meses, un año? ¿dos a lo sumo? Tal vez tengan el petróleo de Sajalín, pero necesitan comida. En unos meses sus ciudades pasarían hambre. Tampoco costaría hundir su flota, ya saben lo que ocurrió con la alemana. Ustedes no tienen ningún medio que pueda desviar una «bomba inteligente», como las llaman. Lo peligroso es que en hay voces en Washington que piden que hagamos precisamente eso, que los ataquemos ahora que ustedes aun no se han reequipado por completo con armas modernas.

Los dos callaron un momento. Kosoka no sabía qué responder pero Herrero siguió.

—No se preocupe. Le he llamado amigo y los amigos no se pelean ¿verdad? Mi país no quiere una guerra. En parte por interés, porque no queremos que se reproduzcan las guerras que ensangrentaron Asia durante treinta años. Pero también porque, como le he dicho, en España se admira a Japón, y un acuerdo que satisfaga a ambas partes sería muy celebrado. Un acuerdo sin vencedores y vencidos, sino con naciones amigas que se unan en una alianza que a nadie avergüence.

—Me alegra que España tenga la comprensión de Japón de la que carecen los Estados Unidos.

—Gracias por sus cumplidos —dijo Herrero—. Pero no basta con palabras. Por desgracia, no podemos permitir que persista la situación actual. Ya hemos estado al borde de la guerra.

—Espero que las medidas de separación tengan efecto.

—Yo también, pero no es la raíz del problema.

—¿Dónde está, si me permite preguntárselo? —cuestionó Kosoka.

—No hará falta que le diga que en Washington no ven con buenos ojos su política en China.

—Señor Herrero, usted sabe que es culpa del lobby chino pagado por Chang-Kai-Sheck que hace campaña contra nosotros. No me irá a decir que le parece bien ese bandido.

—Uf, desde luego que no. China es un problema y grave, y además la alternativa, el comunista Mao, es aun peor. Pero también ustedes ponen su granito de arena con matanzas como las de Nanjing. No, no proteste, que disponemos de pruebas. Sabemos que el culpable no fue su gobierno sino algunos militares exaltados. Por desgracia, no importa. Ese crimen mancha cualquier intención que tuviesen para China.

—Lamento profundamente lo ocurrido —igual que las fotografías de Hiroshima le habían conmocionado, lo habían hecho las tomadas en la desgraciada ciudad china.

—No se disculpe por algo que usted no hizo. En cualquier caso, incluso con los nuevos fusiles su guerra en China no va bien. Ustedes saben que van a tener que salir de ahí.

Kosoka asintió. El actual gobierno consideraba que la aventura china solo había sido un dispendio de dinero y de vidas, y si no había abandonado el país era solo por cuestión de honor. Por eso Kosoka tuvo que puntualizar—. Entienda que mi país tiene que proteger a sus aliados y a los colonos japoneses.

—¿Por aliados se refiere a Manchuria? Tal vez, todo podría negociarse. Mi país no vería con malos ojos que no se llegue a crear una superpotencia en Asia. Prefiere los socios comerciales. Creo que podríamos aceptar una Manchuria independiente siempre que no sea un títere japonés. También habría que buscar una solución para Taiwán, Corea y esos islotes que ustedes mantienen por ahí.

—Recuerde que son parte de Japón.

—Ya sabe que no lo son, señor Kosoka. Pero tampoco estamos pidiendo que ustedes se retiren. Mire, en Madrid han diseñado un plan de paz que tal vez pueda interesarle.

Kosoka quedó intrigado—. Le escucho.

—Ya sabe que España es anticolonialista, pero no buscamos la independencia forzada de las colonias que les lleve a la guerra civil y la ruina, sino algún sistema que impida que caigan en el caos. Habíamos pensado que podría intentarse un sistema similar al británico. El emperador conservaría la soberanía nominal sobre sus antiguas posesiones, que accederían a la independencia manteniendo estrechos lazos con la metrópoli, es decir, con ustedes. No creo que sea posible con los chinos, que les odian, pero bastante tendrán con su guerra civil. Sí con Manchuria o Taiwán. Desde luego, ustedes tendrían que tutelar esa independencia para evitar la inestabilidad política. Eso sí, con un poco de mano izquierda. Nada de matanzas, por favor.

Al japonés no le gustó la insinuación, pero meditó sobre lo que planteaba Herrero. Significaría que su patria quedaría en una posición razonablemente buena. Pero el honor exigía que no fuese la única en ceder.

—Lo que dice es muy interesante, pero me temo que sea visto como una imposición.

—No, mi querido amigo. Desde luego, para que el plan fuese viable no tendría que afectarles solo a ustedes. Creo que no habrá problema ni por parte australiana ni por los norteamericanos. Sé de buena tinta que Washington va a conceder la independencia a las Filipinas este mismo año, y que aceptará celebrar referendos de autodeterminación en sus posesiones en el Pacífico, incluyendo Hawái y Samoa, si ustedes también lo hacen.

—¿Y los demás? Ingleses, holandeses y franceses también tienen grandes posesiones. Hasta los portugueses.

—Tiene toda la razón, y no podemos obligarles. Pero si se crease una alianza de naciones independientes del Pacífico, los imperialistas europeos quedarían en posición muy poco airosa. Ya saben que si no dan la suelta a sus colonias se enfrentan a un decenio de guerras. Además se podría invitar a las colonias para que se unan a la alianza de naciones libres. Si los ingleses, franceses y holandeses saben lo que se hacen tendrán que ceder.

El japonés se permitió una sonrisa—. Eso es maquiavélico.

—No, es sensatez. Igual que con las armas nucleares, España desea aprovechar la ocasión que el destino le ofrece para construir un mundo mejor. Queda un tanto empalagosa mi afirmación, pero le aseguro que es lo que pretendemos.

—Supongo que podríamos llegar a un acuerdo en esos términos ¿tiene más propuestas?

—Sí, por desgracia, y no son agradables. En primer lugar, es imprescindible el desarme. Ustedes están manteniendo un ejército y una flota enormes que no solo están lastrando su economía sino que nos puede abocar a una guerra. Ya vio lo ocurrido en Guam. No lo vea como una cesión: piense que sería la forma de manera de jubilar a todos esos espadones amantes de la guerra, y de mandar al soplete a los barcos anticuados que no valen ni lo que cuesta una bomba. Podrían quedarse con lo mejor. Nosotros también deseamos reducir nuestro ejército a niveles de paz, e intentaríamos que los norteamericanos hagan lo mismo.

—Razonable. Mi gobierno es el primer interesado en disminuir el poder de los militares.

—Queda la cuestión más delicada. Crímenes como los de Nanjing o los de la Unidad 731 no pueden quedar impunes.

—Está bien. Pero tendría que ser en tribunales japoneses.

—De acuerdo, pero solo si se imparte justicia. Nada de condenas simbólicas ni de voluntarios que se sacrifiquen. No queremos que Tokio se llene de horcas, pero los culpables deben pagar. Podría ser el momento para desmantelar esa mafia de empresarios y militares corruptos que amenazan a su gobierno ¿Qué le parece nuestra posición?

De ser por él, Kosoka se hubiese levantado para gritar y aplaudir. Japón no solo conseguía esquivar la guerra sino que seguiría siendo una potencia. Pero años de rígida educación le contuvieron. Además él no podía concretar ningún acuerdo.

—Más que interesante, pero tendrán que ser mis jefes los que la analicen.

—Cuando pienso en lo fácil que es negociar. Si usted y yo fuésemos los encargados, acabaríamos las negociaciones en una semana.

—Ojalá —rio Kosoka, admitiendo que había algo de razón. Pero quedaban cabos sueltos—. Espere, que estoy pensando en una objeción que plantearán en Tokio. Usted habla de liberar colonias y de desarme, pero no veo que España esté cediendo en nada.

Herrero respondió con una sonrisa— ¿Le parece que es poco deshacerse de las armas atómicas? Pero tiene parte de razón. España podría contribuir al acuerdo con algo mucho más valioso, que puede hacer que Japón consiga el cielo.

—¿A qué se refiere?

—A patentes. Con la colaboración de mi país, en diez años la economía japonesa podría superar a la norteamericana, incluso llegar a ser la primera potencia mundial ¿le interesa? Piénselo y, si le parece, podríamos vernos aquí en un par de días.



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cornes
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Juzgado Togado Militar Central nº 1
Madrid


El Teniente Alfredo López Carrizo se enfrentaba a una de las situaciones más difíciles de su vida, nada menos que un jucio por desobediencia.

Por si la larga convalecencia de sus heridas y el tormento del remordimiento por haber perdido a tres hombres no hubiera sido suficiente penitencia hasta ahora, el General Auditor de la Fiscalía del Tribunal Militar Central le estaba sometiendo a un interrogatorio realmente duro que desde hacía ya unos minutos estaba provocando la sorpresa de los pocos presentes y ya había provocado más de una mueca de incredulidad y sorpresa incluso entre los titulares de la Sala.

....

- La única certeza que podemos tener es la de que usted desobedeció una orden directa, Teniente.

- Actué suponiendo que las decisiones tácticas eran mi competencia, señor.

- Eso es cierto pero desvía usted la atención, Teniente, en el buque no estaba usted en una situación táctica que debiera resolver, sinó bajo el mando del capitán.

- Yo no lo creí así, debía resolver una situación táctica, dos de los hombres bajo mi responsabilidad debía ser rescatados y era necesario reducir a una unidad enemiga.

- Tal como le ordenó su capitán, debían haber esperado al navío de la Armada más cercano, esa era la orden que usted recibió y desobedeció, incitando a la desobediencia a otros tripulantes del buque.

- El capitán es un civil, mi General, no creí que pudiese valorar correctamente la situación.

- Teniente, el Capitán era su superior directo, la máxima autoridad a bordo de su buque, civil o militar, pero además en este caso era su superior directo por ostentar rango militar, aunque fuese agregado... sabe usted perfectamente que el capitán de un buque, incluso en un pesquero o un mercante, es la máxima autoridad del estado en su buque en cuanto abandona puerto, no hace usted más que excusarse una y otra vez sin ofrecer ninguna explicación coherente que justifique su actuación.

- He repetido una y mil veces que consideré urgente volver inmediatamente a por los hombres, mientras el técnico y el marinero Fernandez pudieran seguir con vida.... esperar suponía darlos por muertos...

- O tal vez temía usted perder el mando táctico, Teniente, si esperase al patrullero el mando táctico correspondería al oficial de Infantería de Marina del destacamento embarcado en lugar de a un piloto como usted.

- No... el patrullero estaba a dia y medio de navegación..

- Yo creo que tal vez tuviera usted miedo de someter su proceder al escrutinio de un oficial con experiencia táctica, quiero que conste que el Teniente perdió tres hombres debido a su incompetencia hasta el punto de que incluso en patente superiordad de medios y situación táctica fue capaz incluso de provocar la muerte del técnico civil, debido a su incompetencia y su cobardía a la hora de asaltar la posición de los...

- Modere su intervención, Fiscal General Auditor - Intervino rápidamente el Presidente del Tribunal - no es el valor del Teniente López Carrizo lo que se está poniendo en cuestión en este procedimiento, ni su competencia sobre el terreno, esta sala no permitirá que consten en las actas expresiones injustificadas de menoscabo de la estima y la valía del acusado como las que acaba de expresar, en adelante limítese a formular sus preguntas y reserve sus consideraciones para su intevención final.

- Mis disculpas, señorías... veamos, el acusado ya indicó en su informe que no tenía ningúna certeza de que el técnico Javier Alfonso y el marinero Jesús Fernández estuviesen vivos cuando huyó dejándolos atrás, porque usted les abandonó, ¿no es cierto, Teniente?...

- Fiscal General Auditor - Volvió a intervenir airadamente el presidente del tribunal -, Teniente, no responda a esa última pregunta, voy a ordenar un receso, hasta mañana, retomaremos la sesión en la jornada de mañana día 16 a primera hora - Dijo buscando la aquiescencia de los demás jueces de la sala -, entretanto, en cuanto se desaloje la sala los miembros de la sala queremos hablar con los Letrados y los Generales Auditores, se suspende la sesión a las 1119, retirense.

http://www.militar.org.ua/foro/la-fract ... l#p7387468
http://www.militar.org.ua/foro/la-fract ... l#p7387531
http://www.militar.org.ua/foro/la-fract ... l#p7387547
http://www.militar.org.ua/foro/la-fract ... l#p7387660
http://www.militar.org.ua/foro/la-fract ... l#p7387678



cornes
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Algún lugar sobre el Valle del rio Eni

Mientras el aparato maniobraba para enfilar la pista de aterrizaje, Díaz y sus dos acompañantes contemplaron la extensión de los cultivos. No conocían la superficie de la "plantación", pero sin duda eran varias hectáreas de terreno en el fondo del valle que había sido laboriosamente trabajado, lo cual significaba que se había realizado un gran esfuerzo organizativo, pues en ese valle fluvial entre el altiplano peruano y sin maquinaria agrícola, las necesidades de mano de obra para poner en cultivo toda aquella extensión de terreno en un lugar de tan difícil acceso habrían debido ser un gran reto.

Finalmente el estrecho Airspeed Oxford, uno de los muchos aviones surplus puestos en el mercado mundial por los británicos, de los que el gobierno peruano había comprado varias decenas, tanto para mejorar sus comunicaciones internas (actuando como aviones postales y de transporte ligero) como para entrenar a las nuevas tripulaciones de su Cuerpo Aeronautico en expansión, aterrizó pesadamente en la irregular pista de tierra y carreteó ruidosamente saltando entre los baches hasta el final de esta, cerca de los chamizos que se levantaban junto a la pequeña explanada de la que partía la pista.

Díaz y sus hombres bajaron fatigosamente del avión, el valle no estaban a gran altura, pero durante el vuelo habían debido utilizar las mascarillas que el avión disponía para las tripulaciones en formación al no estar presurizado el avión, una vez pie a tierra, un teniente de la Guardia Civil peruana les condujo a los chamizos que rodeaban el inicio de la pista, aquello era lo que habían venido a comprobar.

Un desvencijado laboratorio de de cocaína, con una gran cantidad de pequeños paquetes y fardos apilados en los chamizos a la espera de transporte. El trabajo de los hombres que Díaz había traído consigo consistía en tomar muestras de la droga y sobre todo de los productos químicos del laboratorio, para intentar localizar su origen... cosa poco difícil, pues algunos recipientes conservaban parte de su etiquetado original, y aunque así no fuese, los recipientes de plástico que presentaban los marcajes correspondientes a la normativa NTP con sus códigos de homologación, la indicaban a gritos.

A pesar de la cordialidad de los miembros de Guardia Civil peruana, era evidente que no había habido un gran interés por parte de la administración peruana por impedir el establecimiento de este y otros laboratorios y plantaciones en el país, puesto que a pesar del aislamiento de zonas como esta, es difícil que hubiera pasado desapercibida la extensión del cultivo de coca y el alza de los precios en un valle que, si bien remoto y pobre, sí estaba razonablemente poblado y contaba con villas y ciudades de cierta entidad a lo largo de los ríos principales, al menos hasta ahora, momento en el que, gracias a la expansión de su aviación militar y el aumento de vuelos sobre el país, habían comenzado a encontrar pistas de aterrizaje clandestinas que comunicaban los valles del interior del país con la Amazonia y otros lugares, pero peor todavía, habían llegado a localizar largas columnas de porteadores, en ocasiones armados.

Díaz no podía evitar comprenderlo hasta cierto punto, los precios pagados por la cosecha de hoja de coca (Que por otra parte era un cultivo perfectamente legal y tradicional para otros usos) por los narcotraficantes eran astronómicos para los habitantes de esas áreas aisladas y terriblemente pobres, y lo que un joven porteador podía cobrar si sobrevivía a un trayecto por la selva era una pequeña fortuna que una familia entera no podía soñar con ganar en más de un año.

Además era previsible, con la fractura el mercado de estupefacienes quedó desabastecido, es cierto que los "emprendedores" del sector removieron cielo y tierra, convirtiendo en poco más de un año a Turquía en el principal abastecedor de heroína y extendiendo no sin grandes dificultades, el cultivo del cannabis en Marruecos y Argelia, por no hablar del espectacular despegue de las sustancias sintéticas y el aluvión de derivados de anfetamina procedentes de Europa Central, que coparon gran parte del mercado.

Pero la Cocaina era la sustancia reina, y a pesar de que era perfectamente legal (o al menos no era ilegal) su producción y consumo en los años 40 en gran parte del mundo, era evidente que las redes de tráfico de drogas no iban a dejar pasar la oportunidad de establecerse en las zonas de producción y acaparar un mercado que volvía a estar virgen, oportunidad favorecida por la amplia presencia de españoles originarios de áreas del continente de tradición "productora" en la LTR, cuando no directamente vinculados al sector ya desde antes de la fractura.

Lo que el Comandante Díaz no se esperaba era que a estas alturas la capacidad de producción y transporte estuviese tan desarrollada, pues por lo visto los agentes peruanos indicaban que se habían identificado aviones Lockeed Electra o similares operando en la misma pista en la que estaban.



APVid
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Mensaje por APVid »

PARIS (FRANCIA)

Para De Gaulle la Asamblea Constituyente era un dolor de cabeza, aunque poco a poco iba avanzando, a fin de cuentas tenían que montar la III República y al mismo tiempo tomar elementos de la IV República de la otra línea de tiempo para evitar las disfunciones de una y otra. Un trabajo complejo, y más cuando los comunistas habían quedado en una situación tan rara al no saber de que lado quedarse ante la reforma de la URSS; pero en realidad todos los partidos trataban de organizarse de cara al futuro, incluso para el S. XXI, pero sin perder de vista un presente que cambiaba tan rápido a nivel social.

El como persona de orden aún le costaba asimilar lo del mayo de 1968, con algunos de sus aspecto que la juventud actual ya quería asimilar. Al mismo tiempo que se purgaba a los antiguos vichystas.

Todo complicado internamente, pero Francia necesitaba también recuperar su prestigio y su posición mundial, y por ello esta reunión del gobierno.

....

-Entoncés que opinan los mandos; señor ministro para las colonias.

-Pues una guerra allí sería complicada, supongo sabe que Castries y Langlais han ido a Dien Bien Phu.

-Si- A De Gaulle le parecía algo morboso, como Napoleón si visitase Waterloo antes de la batalla. - Leí el informe de que con el nuevo armamento y helicópteros sería defendible en caso de guerra; pero solo un loco presenta batalla donde sabe que se ha combatido, dudo que los vietnamitas combatan allí.

-Probablemente, por ahora no hay un levantamiento, pero los indicios muestran que el ejemplo de la Condederación del Indostán se está extendiendo, y que podría rebelarse Indochina.

-Era sabido, señores ministros, pero no podemos meternos en una guerra allí porque supondría iniciar en Madagascar y Argelia guerras.

-Bueno, la posibilidad es negociar un nuevo estatus en la Unión Francesa o incluso la plena independencia pero manteniendo el control económico.

-Podría aclararmelo, señor ministro de economía- Se mostró dudoso De Gaulle.

-Bueno por lo que dice en la otra línea del tiempo Francia mantiene el control de los otros países africanos mediante los Franc de la communauté financière d’Afrique, es más dicen que mantenemos en nuestro Banco Nacional parte de sus recursos y que incluso les cobramos. Algo que llaman neocolonialismo, aunque aún no lo tenemos muy claro.

-Sería una posibilidad, mantendríamos así el prestigio de Francia y sus recursos. Porque veo por el informe que Salan y de Lattre pueden llevar una guerra exitosa pero no obtendríamos una victoria a largo plazo.

-¿Confía en Salan, señor presidente?

-¿Se refiere a la Organisation armée secrète?, hemos tenido una larga charla y creó que todos estamos de acuerdo en que hay que tratar de conservar Argelia de alguna forma pero la opción militar no tendría una salida a largo plazo. - A De Gaulle saber que le iban a intentar asesinar no dejaba de sorprenderlo, es más había conocido a Jean Bastien-Thiry, y si Napoleón había intentado perdonar a Friedrich Staps, el no iba a ser menos con un chico de 15 años que aún no había hecho nada. Simplemente tendrían un ojo en él, y le patrocinarían su carrera de ingeniero donde según los datos iba a destacar como uno de los mejores ingenieros del aire y diseñador de misiles de Francia.

...



cornes
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Mensaje por cornes »

Sede de la Fiscalía General del Estado
Calle Fortuny
Madrid

Oficinas de la Fiscalía Jurídico Militar



El letrado de sala llamó a la puerta del despacho del General Auditor.

- Mi general.

- Pase, letrado, sientese.

- ¿Quiere preparar la sesión de mañana?..

- No, mañana estaré indispuesto y volverá usted a la sala.

- No lo entiendo.

- Pues es fácil de entender, en seis semanas pasaré a retiro, y el letrado de la defensa no era ningún lince, mejor quemarme yo ante la sala que dejar que mi letrado haga el ridículo.

- ¿Quiere que le deje hacer?.

- Eso es, aunque se pegue un tiro en el pié no debería tener ningún problema.

- Nos ha desconcertado, mi General..

- No importa, despues de lo de hoy, al menos dos de los jueces de la sala están dispuestos a formar el club de fans del Teniente, ayer la cosa no estaba tan clara.

- La desobediencia desagrada especialmente a los jueces, señor.

- Ya, preocúpese de no estorbar a la defensa sin que se note mucho.

- En realidad no creo que importe demasiado, ¿no es cierto mi General?, solo habíamos solicitado una suspensión de funciones...

- No importa, si se consigue una exoneración mejor, el Ministerio quiere condecorar a todos los participantes en la acción, y una condena del oficial que la llevó a cabo sería un incordio, degradaría las condecoraciones póstumas.

- Claro, ya veo, hay instrucciones, además, en rigor, no sería justo con el Teniente.

- No, no lo sería, pero eso no es relevante, ¿o acaso alguna vez se ha preocupado de ser justa la administración de justicia?.



Domper
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España

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Mensaje por Domper »

Se habían elegido plantas autóctonas para la remodelación. Una dehesa en la que resistentes esparto, tomillo y romero cubrían los espacios entre los bosquetes de olivos, alcornoques y encinas. Pero no era un parque. Caminos de losas permitían que los visitantes recorriesen las laderas en las que se cruzaban hileras y columnas de bloques de piedra gris. Cada una rememoraba a un español, de nacimiento o de adopción, que había perdido su vida durante la Fractura. Cada bloque tenía inscritos un nombre y dos fechas, y a veces, según el deseo de la familia, una cruz, una media luna o una estrella de David. A veces señalaba donde reposaban unos restos; otras, tan solo eran símbolo del recuerdo. Al pie una explanada rodeada de mástiles con banderas, con un muro de piedra negra con columnas de nombres. No demasiados, pero excesivos.

Los diez años del acontecimiento iban a ser pródigos en celebraciones, pero la principal iba a ser ante los caídos. En aquel solar cerca de Majadahonda donde ya se había luchado durante la Guerra Civil se iba a rendir homenaje a las víctimas del cambio. El rey, la presidenta del gobierno, los líderes de decenas de naciones, cientos de personalidades ya retiradas, civiles, soldados, veteranos, iban a rendir homenaje a los héroes.

A las doce de la noche del cuatro al cinco de agosto de 1950 todas las luces se apagan y la ciudad se mantiene a oscuras durante un minuto. Las toses de algunos asistentes y el murmullo de los grillos en vez de romper el silencio lo hacen más opresivo. A las doce y un minuto vuelven las luces, suenan las sirenas y las campanas. A las doce y cinco el rey comienza su discurso. En uno de los palcos, un impresionado Churchill cuchichea al oído de su vecino, que sentado en una silla de ruedas mira fijamente al frente.

—Diez años ya. Quién iba a saber lo que nos esperaba en el futuro.

El expresidente norteamericano asintió. Sabía que tanto él como decenas de miles de sus compatriotas estaban vivos gracias a la medicina que España había compartido con el mundo.

En el antiguo campo de concentración de Bergen-Belsen también sonaron las campanas en el monumento conmemorativo. Algo alejadas, apenas iluminadas por la luna, quedaban las horcas donde los criminales nazis habían pagado por sus actos.

En Moscú también sonaron las campanas. El fiasco de Rumania había desprestigiado de tal manera al régimen comunista que un año después fueron convocadas elecciones libres. Espectros salidos del Gulag recordaron a los antiguos súbditos la perversidad de sus opresores, y el partido comunista acabó desapareciendo como si no hubiese existido. Solo algunos nostálgicos, veteranos de la guerra civil, seguían llevando insignias con la hoz y el martillo. Por desgracia, con el partido se había hundido la obra de zares blancos y rojos, y la antigua Unión Soviética se había roto en una decena de repúblicas. Más al este, también los militaristas nipones habían visto como su poder se esfumaba cuando sus ciudadanos demostraron que a pesar de ser disciplinados, no querían una guerra en la que serían destruidos. Una frágil democracia intentaba aflorar, mientras con esfuerzo lo que habían sido industrias militares se convertían en fábricas para el consumo.

Menos celebrada fue la noche en París, Ámsterdam o Londres, que no habían conseguido recuperarse de la guerra. Sus economías desfallecientes se habían enfrentado a los conflictos de descolonización, mientras el progreso pasaba a su lado sin detenerse. Solo cuando permitieron al emancipación de sus colonias pudieron disfrutar de los regalos del futuro, pero ya era tarde. Italia, Alemania, los países nórdicos y hasta la cada vez más potente Iberoamérica les habían arrebatado sus mercados. Londinenses y parisinos se vestían con las galas de la moda para olvidar la miseria que dominaba los suburbios.

En Norteamérica el aniversario fue recibido de manera ambivalente. El país había cambiado, plagas como la tuberculosis o la poliomielitis habían desaparecido. Pero había cierta sensación de fracaso, de futuro arrebatado. Justo al contrario que en Ciudad de México, Caracas, Montevideo, Buenos Aires o Santiago, donde la gente festejaba en las calles y admiraba ciudades que en poco recordaban a las de diez años antes tras años de paz y florecimiento económico.

En las antiguas colonias los administradores seguían transfiriendo el poder a las elites locales. Salvo algunos fanáticos, la mayoría habían aceptado el plan de descolonización y emancipación de las Naciones Unidas, que presuponía una transición moderada y una tutela que evitase los conflictos que las arruinaron. Ahora sin la superpoblación asfixiante, sin medio siglo de guerras, África tenía una oportunidad.

No todo era paz. La guerra de liberación se había convertido en una guerra civil en Indochina, donde rebeldes antes comunistas y ahora nacionalistas luchaban contra los soldados del emperador y contra las fuerzas de paz francesas. En Haití, en Eritrea, en Rodesia, y en mil rincones más las armas hablaban, pero en ningún sitio con más fuerza que en el Punjab y en Bengala, donde hindúes y musulmanes se mataban por millones en una guerra que ya duraba cinco años y que no parecía tener fin.

Tampoco en España era todo de color rosa. Las tensiones territoriales, acalladas temporalmente durante la Fractura, estaban a punto de estallar. La conversión de la economía había enriquecido a algunos y arruinado a otros. Millones de inmigrantes centroeuropeos habían venido para quedarse compitiendo con los nativos por el empleo en la industria. Industria que además se enfrentaba con la creciente competencia iberoamericana, centroeuropea, japonesa e incluso iberoamericana, en un mercado que crecía pero no al ritmo que se deseaba.

Las fuerzas armadas españolas también rememoraban. El ejército lo hacía en Zaragoza, en la Academia General Militar y junto al campo de San Gregorio donde se habían preparado para derrotar a Alemania. La Fuerza Aérea lo hacía en Torrejón de Ardoz, y la Armada en Cádiz Los tres servicios mostraban los efectos de la crisis de 1944 que había obligado a recortar gastos militares. En San Gregorio se alineaban tanques Lince 3 con blindados Farnesio y Pizarro; los proyectos de fabricar el Leopard 2 se habían olvidado. En Torrejón eran cazas Flecha C50C los que se alineaban junto a unos pocos Miura y Dardo. En Cádiz los flamantes portaaviones Hispania e Iberia lucían las decenas de Aguiluchos estacionados en sus cubiertas, pero quienes los veían sabían que la construcción de esos barcos se había demorado cuatro años más de lo planeado.

Pero se miraba al mundo con optimismo. La guerra nuclear ya no era una amenaza, con las armas atómiacs almacenadas en búnkeres en el Sáhara Español vigilados por una fuerza multinacional, y con miles de inspectores controlando cada reactor nuclear que se construía. El consumo de petróleo se había estabilizado a pesar del crecimiento económico gracias al impulso a la eficiencia y a las economías renovables, y solo los meteorólogos fruncían el ceño pues la bajada de temperaturas en áreas norteñas auguraba una edad glacial. La revolución verde había erradicado el hambre en casi todo el globo, y las campañas agresivas de control de natalid
ad habían conseguido que el crecimiento de la población se ralentizase.
El monarca empieza a hablar:

—Españoles, representantes de naciones amigas, gentes de buena voluntad de todo el mundo…

------ FIN ------


Añado este último mensaje ya que parece que la «actividad» se ha trasladado al «SALTO».

Saludos



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