LA FRACTURA

La Historia Militar española desde la antiguedad hasta hoy. Los Tercios, la Conquista, la Armada Invencible, las guerras coloniales y de Africa.
Domper
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El primero de septiembre de 1942 el Ejército del Aire había cedido la base de Świdnik, junto a Lublin, a la renacida Fuerza Aérea polaca. El capitán Santamaría fue uno de los que presenciaron la entrega de las instalaciones al coronel Skalski de las Fuerzas Aéreas polacas, y no había podido evitar un suspiro de alivio. No es que la base en sí estuviese tan mal pues las pistas estaban pavimentadas y habían sido alargadas, no había obstáculos orográficos cercanos, y los alojamientos eran potables. La cercana Lublin no es que fuese un ejemplo de vida nocturna, pero a fin de cuentas tampoco había podido correrse muchas juergas en Santa Cilia de Jaca. Pero lo que no gustaba al capitán de Świdnik era el tener que dormir con la pistola debajo de la almohada.

Evidentemente lo de la pistola era figurado, pero el grado de alerta, no. Lublin se encontraba a poco más de ochenta kilómetros de la “frontera”, es decir, de la línea en la que se había detenido el avance ruso en 1939. A menos de cien kilómetros estaban los aeródromos avanzados soviéticos. Incluso a un viejo Mosca le costaría apenas un cuarto de hora plantarse sobre Świdnik y ametrallar las pistas. Además, si existía alguna certeza en el mundo era que si a los ivanes les daba por atacar, la aviación estacionada en Polonia sería blanco prioritario, y estando tan a mano Lublin estaría muy arriba en la lista. No era la única base que corría peligro, que por Prusia Oriental las cosas no andaban mucho mejor. Ya en su día le había hecho muy poca ilusión al Ejército del Aire tener que emplear esas instalaciones, pero había sido una cuestión política afirmar su presencia en la parte oriental de Alemania, Eslovaquia y Polonia. Pero como la mejor parte del valor es la discreción, también se había empezado a obrar en bases situadas más atrás que tendrían la ventaja no solo de estar lejos de la frontera sino de quedar en el límite de la autonomía de muchos aviones rusos. De ondear la bandera se podrían encargas las escuadrillas polacas que estaban reorganizándose.

Se habían estudiado las diferentes opciones soviéticas y la más peligrosa para los aliados sería la que la Luftwaffe había planeado en Francia, aunque los españoles de habían adelantado: una incursión rápida por unos pocos aviones modernos y rápidos, que intentarían dañar las pistas para impedir que los aparatos españoles despegasen. Se seguiría de un ataque masivo que desbordaría las defensas antiaéreas y aun a costa de muchas bajas destruyese las bases aliadas. Se habían hecho repetidas simulaciones, teniendo en cuenta el tipo y cantidad de los aparatos soviéticos, las bases de las que despegarían y la distancia. De producirse así, los aparatos encargados de la primera incursión serían seguramente cazas monoplanos junto con bimotores rápidos Petliakov Pe-2 y Tupolev Tu-2, que si despegaban en pequeño número de cada base y se dirigían a sus objetivos sin tratar de agruparse, podrían caer sobre las bases aliadas en apenas diez minutos. Sin embargo organizar el ataque masivo llevaría al menos una hora al tener que despegar miles de aviones, reagruparse y dirigirse hacia los objetivos. También era posible que la operación fuese precedido o acompañada por golpes de mano realizados por “partisanos” o por unidades especiales de guerrilleros o de la NKVD; ni siquiera se podía descartar el empleo de paracaidistas. Bastaría con que un par de morteros disparasen contra la pista para bloquear a todos los aviones de la base. Era un riesgo más que probable pues ya se habían producido algunos incidentes armados con “partisanos” en la frontera oriental.

Los planes españoles estaban dirigidos contra esa posibilidad. Del riesgo de los partisanos se encargaban los polacos, que habían desplegado un regimiento entero para proteger la base, manteniendo un perímetro suficientemente amplio que impidiese la aproximación de grupos enemigos. La vigilancia era complementada con avionetas Piper Cub pilotadas por polacos. El grupo “Teniente Contreras” disponía de una docena de entrenadores armados T-6 Texán y de dos AC-47 Fantasma para apoyar las acciones contra los partisanos.

Pero como lo realmente peligroso sería el ataque aéreo, contra lo cual solo había dos recetas: vigilancia y preparación. La vigilancia la ponía el radar: no solo el de Świdnik, sino también dos equipos móviles situados cerca de la frontera. Pero el papel principal correspondía a los W25A Atalaya y W25B Espía, es decir, a Airbus 319 equipados con radares de alerta temprana (los Atalaya) y sistemas de vigilancia electrónica (los Espía) para controlar los movimientos soviéticos. Todas las mañanas al menos un par de cada tipo orbitaban sobre la parte oriental de Polonia y, aprovechando que España no reconocía la anexión de 1939, incluso entraban en “territorio indio” ampliando el alcance del radar. Se suponía que los desertores habrían dado a los soviéticos alguna idea sobre la función de esos aviones, pero no de su capacidad real. Por si acaso y al ser tan valiosos, los W25 efectuaban las patrullas escoltados por los reactores del Ejército del Aire.

La escuadrilla también estaba preparada para actuar. Había permanentemente cuatro Alfanje con configuración aire aire en alerta de dos minutos, y otros cuatro con armamento antipistas en alerta de quince; el resto de los aviones tenían que poder despegar en una hora, y los aviones se estacionados tenían los depósitos llenos y llevaban armamento aire aire. También el grupo “Teniente Contreras” (que los había acompañado a Lublin pero que ahora se iba a replegar a Kielce, en Polonia central) mantenía varios de sus cazas Halcón en alerta. La idea era que en cuanto se detectasen los despegues, los aparatos en configuración aire aire se lanzarían primero sobre los incursores, y luego intentarían desorganizar la formación de las masas rusas; mientras los aviones con armamento contra los aeródromos bloquearían los despegues aumentando el caos. Finalmente la aviación aliada tenía que caer sobre las bases rusas. Aun así eran de temer importantes daños en las bases avanzadas, pero se confiaba en herir gravemente a la aviación soviética. Además las bases tenían una última línea de defensa: en Świdnik estaba emplazada una batería de cañones de 35/90 y otra de misiles Gavilán, además de varios equipos con misiles Estoque: su destrucción de no saldría barata. Santamaría sabía que aun había una última opción: los aviones estacionados en Ramstein. Pero esperaba no tener que verla.

El problema era que los ivanes tenían aviones de sobra, como para gastar cientos sobre Lublin y seguir adelante. Por lo visto no tiraban ni las cometas, y las fotografías aéreas mostraban que incluso antigüedades como los biplanos I-153 Súper Chato o los R.5 Rasante seguían en servicio. Tenían miles de trastos no mucho mejores: cazas I-16 Mosca, aviones de asalto Su-2, bombarderos Ilyushin DB-3 y Tupolev SB (los veteranos Katiuska), más los grandes pero lentos y vulnerables Tupolev TB-3. Esos aparatos poco miedo daban pues serían como blancos voladores, aunque su destrucción requeriría tiempo y munición. Además esa morralla era solo una fracción. Los ivanes estaban desplegando cada vez en mayor número cazas MiG, Yakovlev y Lavochkin, aviones de asalto Ilyushin Il-2 (el famoso Sturmovik) y bombarderos Il-4, Pe-8 y los soberbios Tupolev Tu-2. Ninguno de ellos tenía ni media bofetada no ya ante los reactores sino ante los cazas Halcón o Águila; pero por desgracia en el inventario aliado había aparatos mucho menos efectivos. El Grupo Teniente Contreras no solo tenía Halcones sino también P-40, el mismo aparato que equipaba a la escuadrilla noruega y a la francesa que también estaban en Lublin. La brigada aérea polaca que iba a sustituirles estaba equipada con cazas P-40 y Hurricane, mediocres como mucho, más bombarderos Boston y Welligton. Habían recibido un lote de cazas Halcón del primer modelo, dados de baja por el Ejército del Aire, pero los pilotos, recién salidos de los campos alemanes, aun no se habían hecho a ellos.

La guinda eran los aviones rusos de altas prestaciones. No se habían vuelto a ver cazas cohete, pero se suponía que estaban por alguna parte aprovechando que podían ser lanzados desde un rail. Además un Atalaya había detectado un vuelo a velocidad de setecientos kilómetros por hora. Varios desertores (que la URSS hubiese enrolado a los jóvenes de las regiones ocupadas proporcionaba un flujo constante) habían hablado de aparatos de modelos llamados MiG 9, Yak 15 y Sujoi 9, que no tenían hélices, y que se guardaban celosamente en hangares. Al parecer usaban motores de diseño alemán que Hitler les había entregado cuando se vio ante el abismo. La escuadrilla agradecía al Führer esos pequeños favores deseando que su muerte hubiese sido lenta.

Lo malo era que la amenaza soviética no solo estaba en el aire. El millar y pico de aparatos que los ivanes tenían frente a Lublin tenía que apoyar el avance de una masa imponente: frente a Lublin se estaba desplegando el 10º ejército dirigido por el general Golubev, que contaba con cien mil hombres y mil tanques encuadrados en trece divisiones. Las fotografías aéreas habían mostrado que tenían un potencial que no debía desdeñarse. Aunque la mitad de los blindados eran obsoletos BT y T-26, había cierto número de tanquetas T-60, se calculaba que unos trescientos T-34, y algunos KV-3 con cañón de 107 mm. Inmediatamente tras el 10º ejército estaba la reserva del Frente Oeste (es decir, grupo de ejércitos oeste) que entre otras cosas contaba con otros mil tanques. Los ivanes estaban tratando de ocultar el despliegue y hacían grandes esfuerzos para esconder sus blindados, camuflar las tropas y disimular los daños en los caminos; pero no sabían de las capacidades de los sistemas modernos, que podían distinguir, por ejemplo, entre vegetación viva y cortada. Aparte que el Ejército del Aire había sacado a pasear su última joya, el primer W25C Vigía, un Airbus 319 con un radar Indra de apertura sintética capaz de detectar blindados.

El reconstituido ejército polaco también aprestaba su recreado ejército de Lublin, que contaba con cuatro divisiones de infantería junto a la segunda división acorazada polaca. Sobre el papel era una fuerza potente, pero se trataba de divisiones recién formadas con oficiales y soldados liberados de los campos nazis, que estaban equipados con armas alemanas capturadas en Francia. Solo tenía trescientos cincuenta tanques de los que la mitad eran Panzer III, StuG y Panzer IV alemanes que habían sido reparados. La segunda acorazada disponía también de cien tanques M3 Sherman y cincuenta M4 Súper Sherman. Tanto los StuG como los Panzer IV y sobre todo los Sherman eran capaces de lidiar con cualquier cosa que lanzasen los ivanes, incluso estando superados cinco a uno; pero tan solo si sus tripulantes sabían sacarles partido. Instructores españoles estaban haciendo sudar tinta a los polacos, pero aun estaban muy verdes. Si los ivanes atacaban, tendría que ser la aviación la que les sacase del apuro… suponiendo que sobreviviese.

Signo ominoso era que los ivanes no se estaban quietos. Además de las actividades de los “partisanos”, aviones de reconocimiento soviéticos volaban paralelos a la frontera e incluso hacían cortas incursiones en el espacio aéreo polaco. Contrariamente a lo ocurrido en los Pirineos, las órdenes eran de no disparar si no lo hacían antes los rusos: con los alemanes lo que interesaba era provocarlos para que atacasen; ahora era justo lo contrario, había que ganar tiempo para que los renacidos ejércitos alemán (en Prusia Oriental), polaco y eslovaco mejorasen su preparación, y para integrar el flujo de voluntarios procedentes de medio mundo que estaba llegando a Europa. Curiosamente, muchos antiguos admiradores de los nazis se habían presentado en las oficinas de reclutamiento españolas pidiendo luchar contra el bolchevismo… y de paso, escapar de la venganza de sus conciudadanos.

Un par de veces la escuadrilla se había dado un susto de muerte. Los radares habían despegues de pequeños grupos de aviones que se dirigían hacia las bases avanzadas, mientras que de otras en segunda línea empezaban a elevarse gran número de aviones. Era casi como si los soviéticos hubiesen leído los temores de los españoles. Con tan escaso tiempo los aviones de alerta habían tenido que despegar sin saber si la cosa iba de veras, y la segunda vez el capitán Santamaría, que estaba de alerta, había llegado a ver a cuatro Pe-2 rusos que se dieron la vuelta justo antes de entrar en el espacio aéreo polaco. No se sabía si eran ensayos, o si las intenciones rusas eran simplemente mantener la tensión. Pero la amenaza resultaba tan real que en ambos casos se había activado la operación Martillo.



Tu regere imperio fluctus Hispane memento
cornes
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Madrid
Calle Alberto Alcocer nº 2
Ministerio de Hacienda
Dirección General de Presupuestos

1 de septiembre de 1942

- Hola, ¿estás ocupado?.

- Nada que no pueda esperar, dime.

- La Armada ha solicitado más dinero del presupuesto de guerra.

- Sí, yo lo he aprobado, son programas de construcciones, reformas, conservación y mantenimiento de buques, gasto extraordinario, lo ejecutan ellos pero si no lo iba a tener que hacer Fomento o Industria, es gasto militar así que lo mejor es consumir de las partidas de emergencia de guerra.

- No se, la guerra ha terminado pero el Ejército no deja de crecer y aumentar gasto, el tercer trimestre le han pegado un bocado a las partidas extraordinarias del copón, no se yo, si siguen a este ritmo se va a agotar la partida extraordinaria de guerra antes que el ejercicio, y estos gastos extraordinarios en equipo aumentarán gasto ordinario después.

- No es cosa nuestra decidir si se ha terminado no no, tranquilo, hemos estado analizando los datos, a final de mes tendremos la recaudación trimestral y se antoja buena, la mayor parte del gasto industrial revierte casi directamente. Además, ten en cuenta que las partidas de Industria y Fomento mantienen un pequeño excedente presupuestario y sobre todo este año aún no se ha tocado la reserva de guerra que ha provisionado el Banco de España, así que no te preocupes, estamos dentro de los márgenes.

- No me gusta andar haciendo trasvases entre partidas, pero tu mandas.

- No te preocupes ya verás como hay aportación suplementaria en este trimestre fiscal, ya has visto el aumento de recaudación del segundo trimestre, el PIB casi se ha duplicado desde la fractura, ¿recuerdas? el primer año se desplomó, pero poco a poco y con dificultad ha remontado y crecido, ¿recuerdas los números del textil?.

- Sí, de la noche a la mañana decenas de miles de empleos directos y cientos de millones en bienes de equipo inactivos reactivados, pero esto es otra cosa, yo tengo que encargarme de cuadrar estas partidas, como haya una desviación del IPC se me cae.

- Puedes dormir tranquilo por eso, suponemos casi un tercio del PIB mundial y la masa monetaria ya está contenida, fuera casi todo el mundo pretende seguir anclado en el patrón oro salvo los Estados Unidos, por lo que los tipos de cambio son estables, no deberíamos tener problemas para cuadrar el presupuesto por eso.

- Tu solo prometeme que me avisarás antes de aprobar nuevos bocados a las partidas de gasto extraordinario, que os veo muy tranquilos a los subsecretarios pero yo no lo estoy tanto.

- Por supuesto, descuida.

- Por cierto, ¿qué tal la visita al pueblo con tu padre?, dijiste que le le ibas a llevar a ver su antigua casa en agosto.

- Sí, ha sido una pasada, el pueblo tiene ahora más habitantes que cuando mi padre era niño, están restaurando la casa y viven en ella dos familias, le han dejado visitarla y le han prometido que le mantendrán reservada una habitación para él.

- ¡No me digas!.

- Como lo oyes, el muy cabrito me ha dicho que quiere pasar allí parte del invierno.

- ¿pero donde era el sitio?.

- Es a unos kilómetros Albarracín o de Molina de Aragón, en la Serranía de Cuenca, pero es como si estuviera en donde Cristo perdió las chanclas, estaba todo en ruinas y casi nadie vivía allí, y ahora los polacos están arrendando todos los terrenos con dueños conocidos.

- Es increíble como tanta de esa gente está interesada en asentarse en sitios así, ¿no es un lugar muy frio?.

- ¡Frío dices!, pasé un tiempo allí de niño cuando vivían mis abuelos y casi me muero, no he vuelto a pasar tanto frio en mi vida, por algo lo llaman la "Laponia".

- Pues eso, yo no podría.

- De todas formas tendrías que ver cómo han rehabilitado el pueblo, y otros cercanos, y al volver he pedido unos datos a los de administraciones locales ¿y sabes qué?.

- ¿qué?.

- En el segundo trimestre muchas de esas localidades han sido contribuyentes fiscales netos por primera vez en más de 50 años.

- ¡Vaya!.

- Casi nada.


cornes
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Mensaje por cornes »

Alrededores de Villalba
Caltanissetta
Sicilia
Italia

37°38'14.3"N 13°50'24.7"E
Septiembre de 1942


En los riscos que dominaban parte de la finca nadie podría adivinar presencia humana alguna, y sin embargo media docena de hombres llevaban allí dos días, perfectamente camuflados al igual que los otros 12 hombres distribuídos entre los pinares y en dos posiciones en la finca.

Al menos, en opinión del Primo Maresciallo Marco Mancini, no era invierno, habían podido pasar las noches cómodamente en comparación con las penurias que el y sus hombres habían sufrido en en norte y en Austria, aunque desde luego se había imaginado las noches sicilianas mucho más cálidas. El contacto de radio de uno de los puestos le sacó de sus pensamientos, parecía que los objetivos, por fin, se acercaban.

Si se confirmaba el objetivo pronto acabaría este trabajillo, le resultaba extraño verse realizando una operación de infiltración nocturna paracaidista en territorio patrio, pero era lo que había, no tendrían ninguna opción si se hubieran dejado ver.

- Gufo a nido, a la vista objetivo, confirmo el "piccione", repito, confirmo, "piccione". - Indicó por radio al poco tiempo el Caporale Paolo Greco -

Confirmado entonces, el puesto de observación del risco acababa de identificar a "Don Caló", Calogero Vizzini, el capo mafioso más influyente de Sicilia Central. Había salido, como era habitual en él desde la caída de Mussolini, a cazar conejos en sus fincas, pues con la rebaja de la presión que la administración del partido fascista había ejercido sobre los capos mafiosos, muchos de estos estaban volviendo a exponer su poder públicamente. Don Caló incluso había conseguido la liberación de Vito Cascio de la prisión de Palermo por los medios habituales, dinero o muerte..

- Gufo a nido, a la vista objetivos, confirmo objetivo secundario, "palomo", repito, "palomo" confirmado.

Este era un golpe de suerte imprevisto, Vito Cascio también estaba en la partida de caza, se sentían tan dueños de la isla que ni siquiera un célebre fugado de prisión trataba de ocultarse a la vista. Vito Cascio era prácticamente el dueño de la mayor parte de la isla de Sicilia, cobraba impuestos en prácticamente todo el territorio, solo tenía vedadas algunas ciudades y cobraban un impuesto por cualquier cosa imaginable, había estado en los Estados Unidos y se hizo rico durante la Gran Guerra exportando ganado robado a Europa y vendiendo animales de tiro enfermos al ejercito italiano, junto Don Caló y otros, habían ocultado al ejercito los animales de tiro que este pretendía requisar en la isla, vendiendole a cambio acémilas enfermas o viejas... para ellos era un negocio redondo que el pueblo italiano pagó con la sangre de sus jóvenes, cobraban un impuesto a los propietarios de animales por protejerlos de la requisa del Regio Esercito al tiempo que hacían a bajo precio con los animales en malas condiciones y los vendían a precio inflado a los militares, con la colaboración de los oficiales sobornados.

Pero sobre todo el mayor problema que representaban esos hombres resultaba ser la meteórica velocidad a la que estaban acaparando el poder civil en la isla, el desalojo paulatino de las autoridades fascistas no había ocurrido en la isla como se había deseado, salvo contadas excepciones en ciudades como Siracusa, nadie se atrevió en la isla a oponerse a la ocupación de los municipios por los hombres de los capos, en ocasiones permaneciendo los mismos antiguos fascistas en los cargos municipales por obra y gracia de su nueva servidumbre, el "dinero o muerte" imponía su ley y el gobierno de Roma no iba a tolerarlo más sin tomar cartas en el asunto.

La "partida de caza" era más bien una excursión campestre con escopetas, esos hombres no recorrían sus fincas a la busca de conejos, era un acto social en el que se exhibían y daban muestras de su posición, llevaban una escolta de una decena de hombres armados con rifles y fusiles, además de dos carabineros que les seguían a todas partes como perros falderos, y los "cazadores" con escopetas no eran más de media docena, Don Caló, Don Vito y probablemente algún terrateniente o capo menor y los actuales o futuros alcaldes o "autoridades" de algúnos pueblos o ciudades cercanas.

- Pernice a nido, entrando en posición de tiro, repito, posición de tiro.

- Tordo a nido, objetivos dentro de alcance... confirmo posición de tiro, repito, posición de tiro.

Desde el aeródromo de Gordini, el nido, llegó la confirmación de las órdenes.

- Nido a Aguila, caza libre, confirmo, caza libre.

Era el momento, el Primo Maresciallo Marco Mancini abrió su comunicador:

- Aguila a todas las posiciones, los objetivos son "piccione" y "palomo", todo lo demás es carroña, repito, objetivos "piccione" y "palomo" con vida, el resto deben ser abatidos, confirmen.

- Gufo a Aguila, objetivos confirmados, repito, confirmados.

- Pernice a Aguila, confirmo objetivos, repito, objetivos confirmados.

- Tordo a Aguila, objetivos confirmados, repito, confirmados.

- Rondone a Aguila, confirmados, repito, confirmados.

- Avoltoio a Aguila, confirmo objetivos, repito, confirmados, a la espera.

- Aguila a nido, las aves levantan el vuelo, repito, las aves levantan el vuelo.

- Nido a Aguila, confirmado, repito, confirmado. - Desde el aeródromo de Gordini, el Capitano Claudio de Simone confirmaba con ello que los aviones ligeros que debían evacuar al equipo y a los detenidos despegaban -

Estaba todo listo, la confiada partida de caza de Don Caló estaba totalmente al descubierto y en los objetivos de los puestos de los tiradores, en cuando diese la orden, los dos francotiradores de la posición Avoltoio del risco abrirían fuego en primer lugar, todos los puestos se habían repartido los objetivos de norte a sur y los puestos pernice y tordo estaban ya muy cerca, listos para rematar a corta distancia cualquier intento de respuesta.

- Aguila a todas la posiciones, Fuego.

Se estaban realizando otras operaciones por toda Sicilia y el sur de Italia, un suboficial como Mancini nunca tendría acceso a los detalles, pero sabía, o intuía, que todos los pelotones de su regimiento de "Arditi" estaban desplegados en operaciones como la suya y eso podían ser muchas acciones, solo así se explicaba que el, un simple Maresciallo, hubiera recibido el mando de una acción así.


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FalcoX
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Mensaje por FalcoX »

10 DE DOWNING STREET, LONDRES, (INGLATERRA) 2 de septiembre de 1942

Winston Churchill reconocía que sí, que se había aferrado al poder usando cualquier método que estuviese a su alcance. Las necesidades del Imperio Británico así lo justificaban. El pueblo había confiado en él y él les había devuelto la confianza manteniendo a Gran Bretaña y sus colonias independientes y a salvo de las garras del nazismo. El premier británico estaba satisfecho con la labor realizada, labor que le reconocían en todo el mundo, tal y como había podido leer a través del material cedido por los españoles. Y ahora, la guerra había terminado, y Europa estaba en paz, aunque toda paz era la antesala de una guerra, y la Unión Soviética estaba a punto de desatar otra debacle. ¿El pueblo británico confiaría en él para guiar al país ante un segundo conflicto mundial? Ciertamente, Gran Bretaña necesitaba un líder fuerte, y si no era él, ¿quién? Las elecciones serían convocadas en dos años, y Churchill, que no tenía pelo alguno de ingenuo, sabía muy bien que, en parte por sus políticas y en parte por la influencia excesivamente democrática de la nueva España, el partido laborista de Clement Attlee estaba subiendo como la espuma, tanto en las islas británicas como en aquellos territorios de ultramar que no exigían la independencia de Londres.

Si Churchill podía tener algún motivo que le impedía confiar por completo en España era que parecía decidida a arrebatar a Gran Bretaña el imperio que había costado siglos construir. Enarbolando el estandarte de la independencia de los pueblos y la descolonización, había convertido África y Asia en jaulas de grillos cada vez más abiertamente anticoloniales, todo con sus promesas de una vida que nadie se atrevía a soñar por ese entonces, y poniendo como ejemplo a la Guinea Española, en esos momentos la colonia más próspera y desarrollada de África, gracias a la cual las colonias francesas que la rodeaban estaban empezando a exigir a su metrópolis las mismas condiciones en el mejor de los casos, y la independencia inmediata en el peor. Y otro tanto las colonias británicas. Era el dolor de cabeza más molesto al que había tenido que hacer frente en mucho tiempo.

Actualmente, tan sólo el Raj Británico pedía abiertamente la independencia total, pues en el resto de las colonias la situación no era tan tensa. Churchill sabía perfectamente que no conseguiría mantener el control sobre aquellos territorios durante mucho tiempo más, y menos con el apoyo español y estadounidense a la descolonización. Sin embargo, ¿cuál era la alternativa? ¿Qué Gran Bretaña se plegara a los deseos de otras potencias y el Imperio desapareciera? Eso jamás lo consentiría Winston Churchill. Hasta Argentina, un país que lo único que había hecho hasta ahora era gritar pidiendo que se le devolvieran las Islas Falkland y que ahora estaba en la llamada Unión Iberoamericana, patrocinada por España y creada por mediación de ésta, había llegado a amenazar abiertamente a Londres con tomar las islas sin ningún tipo de advertencia, sabiéndose respaldada por prácticamente toda América.

El premier apagó el puro, estrujándolo en el cenicero. Él era el primero que agradecía a los españoles la inestimable ayuda que le habían dado cuando más la necesitaba, pero también era el primero en calificarles de intromisión en los asuntos del Imperio. Suspiró.

¿Qué debería hacer, pues? ¿Mantenerse en su cargo, ya que aún contaba con el respaldo y la admiración del pueblo británico? ¿O, ahora que había acabado la guerra, dejar que otro se ocupara de los tiempos de paz? ¿Mantener el control del Imperio empleando la fuerza militar, lo que posiblemente acarrearía una guerra sangrienta en la India que nadie sabía cuándo iba a acabar (y dejando el honor y la reputación del Imperio por los suelos)? ¿O dejar que Attlee, o quienquiera que fuese que ganase las elecciones, lo resolviera de otra manera, presumiblemente pacífica (echando igualmente por tierra la dignidad y el honor del Imperio)?

Si algo era Winston Churchill, era inteligente. Conocía las consecuencias de ambas decisiones. Y actuaría como su conciencia le aconsejaba. Descolgó el teléfono de su despacho, marcó un número y esperó a tener la comunicación.

Media hora después, en todo el Imperio Británico, se hacía público que el día 2 de septiembre de 1942, Winston Churchill, el hombre que había logrado que Gran Bretaña no se convirtiera en un dominio más de Alemania, dimitía como Primer Ministro y convocaba elecciones.


Domper
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Al poco de llegar a la base eslovaca de Malacky el capitán Pedro Santamaría había recibido varias cartas con membrete de líneas aéreas, que contenían interesantes ofertas de trabajo. Conocía el motivo: tras dos años y pico del salto temporal, ITP había reiniciado la producción de turbofanes para los aviones A320 y A330, y CASA también producía repuestos. Hasta entonces se había conseguido mantener un reducido número de aparatos en vuelo canibalizando otros aparatos, y en las pistas de Barajas y de Teruel decenas de aviones esperaban, mientras los mecánicos retiraban una y otra pieza. Aun así las dificultades de mantenimiento habían sido la causa de dos accidentes, uno con un Airbus 320 y otro con un 340; fue el final de este modelo, que fue retirado de las operaciones y relegado a la reserva; eufemismo que quería decir que muy mal tendrían que venir dadas para que volviesen a volar.

Pero con la afluencia de repuestos muchos de esos aparatos habían podido ser puestos en servicio de nuevo, siendo devueltos a sus antiguos operadores civiles. Se habían reiniciado los vuelos a los archipiélagos —hasta ahora limitados a los residentes— y las playas de las Baleares y de las Canarias estaban atestadas de españoles con ganas de vacaciones tras dos años de ayuno. Si el Caribe aun no había recibido una inundación de turistas ansiosos por gastar euros, era porque los aeropuertos aun no se habían terminado, y los hoteles estaban a medio construir.

La demanda era tal que CASA iba a reiniciar la producción de los Airbus 320 y 330 (ahora CASA 320 y 330). No en Sevilla, cuya factoría estaba sobrecargada con los pedidos militares, sino en las nuevas instalaciones de Ciudad Real. Aun no tenía muchos pedidos, pero se rumoreaba que el gobierno iba a autorizar la exportación de los aviones de pasajeros en poco tiempo. Santamaría imaginaba que no sería solo por su bien corazón, sino para echar del mercado a posibles competidores, especialmente a Boeing, pues el gobierno norteamericano había solicitado la cesión de varios aviones preservados, entre los que estaba uno de los Boeing 707 dados de baja por el Ejército del Aire.

Ni el gobierno ni CASA tenían dudas sobre la superioridad de los Airbus 320 y 330, ni tampoco compañías como la TWA y American Airlines, que ya estaban consultando las condiciones para hacer monstruosos pedidos. El negocio parecía tan aparente que la compañía había resucitado su bimotor regional CASA 3000, aun a sabiendas que competiría con el Nova Fénix, el derivado bimotor del Bae 146. La previsible demanda había llevado a CASA a contratar a casi cualquiera con tal que supiese sumar dos y dos y manejar una llave inglesa. Algo parecido a lo que pasaba en Zaragoza donde las factorías de Lindar y de Nova requerían tanta mano de obra que hasta volvían a verse grúas en barrios hasta ahora vacíos.

La bonanza significaba que se volvían a precisar pilotos. Las escuelas de vuelo estaban funcionando a tal ritmo que la mitad de las avionetas de los aeroclubes había acabado en ellas; pero, sobre todo, los veteranos del Ejército del Aire estaban escuchando cantos de sirena, y si además tenían experiencia en líneas aéreas, como Santamaría, esos cantos se acompañaban de sustanciosas ofertas. Algunos de sus compañeros, añorantes de la Península, se estaban pensando lo que hacer. El capitán ni se lo planteaba. A fin de cuentas era mucho más divertido pilotar un Alfanje que un autobús con alas, y había conseguido ¡por fin! que Eva aceptarse venirse a la cercana Bratislava. La capital de la señorita Pepis que decían, pero que tenía ese aire imperial tan atractivo, unido a unos precios ridículos que hacían que las ya numerosas familias españolas que residían en la pequeña capital viviesen como príncipes. Con la media naranja cerca y a gusto, vivir en Eslovaquia no era tan malo y Santamaría ni se planteaba pedir la licencia. Que por otra parte, con el aumento de la tensión en Europa era improbable que se le concediese. Están verdes, dijo la zorra a las uvas.

Al menos la escuadrilla se había librado de las fastidiosas misiones de reconocimiento a baja cota, que habían quedado para los CR50A Flecha. No por ello se había dedicado a la dolce vita. Aunque la misión para la que el Alfanje había sido diseñado era el ataque, al haber mucho avión de hélice capaz de tirar bombas, la misión de conservar la superioridad aérea les había correspondido a los C50 Flechas y a los C55 Alfanjes. Para ello no eran malos aviones: el F-5 siempre había sido un avión excepcional para el combate aéreo, y el Alfanje, aunque su ala estaba concebida para volar a baja cota, tenía tan buena relación peso potencia que resultaba muy ágil. Hubo quien dijo que en sus características los Alfanje se parecían a los HAL Aajet (Folland Gnat) que no en vano habían sido apodados “Sabre killers”.

Por ello una proporción importante de las misiones realizadas por los C55 eran de patrulla aérea de combate (en cuanto hubo suficientes aviones se procuraba tener al menos cuatro aparatos en vuelo desde el amanecer hasta el mediodía, las horas más peligrosas) y de escolta, tanto de los W25 de reconocimiento electrónico como de los CRJ encargados de los fotográficos. También protegían a los Fantasmas cuando salían a reducir algún grupo especialmente tenaz de “partisanos”, muchos de los cuales resultaba que apenas sabían hablar polaco. Igualmente importante era entrenar a las aviaciones aliadas. Desde luego el Alfanje era enormemente superior a los aparatos que volaban, incluso a los pocos Saeta que ya tenían los del grupo Contreras, pero ya que empezaban a verse reactores en otras fuerzas aéreas, convenía que los pilotos supiesen combatirlos o al menos, rehuirlos. Aun así los pilotos españoles tenían que contenerse y no poner a sus aliados el rabo demasiadas veces porque eran pilotos noveles de moral frágil. La misión primaria del Alfanje, el ataque a tierra, se efectuaría solo contra objetivos fuertemente defendidos como las bases aéreas, con armamento de caída libre o, si era posible, mediante misiles. No estaban asignados a los Martillazos; pero para no arriesgar a los escasos CX50D (Flechas D biplazas de misiones especiales) iban a ser los encargados del Susto.

Un martillazo es algo contundente, y el instrumento que tenía el Ejército del Aire más que un cacharrito de bricolaje era un martillo pilón. Que no tenía intenciones de emplearlo sino como último recurso, pero bueno sería que los ivanes supiesen que existía y que estaba preparado. Por ello se había efectuado la operación Susto, en la que Santamaría había tenido papel protagonista.

Ya desde un primer momento resultó evidente que detener a los rusos con armas convencionales sería sangriento. No imposible, que el Ejército Rojo de 1941 de la anterior línea temporal tenía tremendas deficiencias que no parecían haberse solucionado todavía. Si se libraba una batalla defensiva móvil se podrían causar pérdidas enormes a los atacantes aunque a costa de ceder terreno. Pero eso significaría que la bandera roja llegaría hasta Varsovia o tal vez a Berlín, y luego habría que hacerla retroceder, en una batalla que se adivinaba dura. Era más que improbable que la sociedad española aceptase largas listas de bajas, y eso solo dejaba una alternativa.

Santamaría no sabía que el teniente general Blanco Lacaci, sucesor de García Martín —que había pasado a dirigir el Estado Mayor de la Defensa— se oponía firmemente al empleo de armas nucleares, incluso en misiones tácticas. El general pensaba que resultarían poco útiles dadas las enormes dimensiones del Ejército Rojo que además, probablemente atendiendo a consejos de desertores, estaba dispersando sus fuerzas. Para destruirlo sería preciso emplear decenas, tal vez un centenar de ingenios, que acabarían causando graves daños a la población civil de las áreas donde se empleasen. Por no decir nada del estigma que significaría haber repetido en el empleo del átomo para matar. En una reunión con el presidente Samitier se acordado que esas armas se emplearían solo como último recurso y si existía riesgo real de una derrota total que pusiese a Europa en manos soviéticas. Incluso en ese caso se pensaba empezar con una demostración atacando objetivos alejados y poco poblados: los de la investigación atómica rusa.

Pero ni Blanco Lacaci ni Samitier habían dicho nada a sus colaboradores, y ni habían dejado constancia escrita de sus intenciones, salvo en una carta que el rey tenía guardada en la caja fuerte de su despacho. Así que igual que Santamaría no sabía que los Martillos se quedarían en sus búnkeres, tampoco los soviéticos tenían idea de las intenciones, o mejor dicho falta de intenciones hispanas. Por tanto, el objetivo de la operación Susto era recordar a los ivanes lo que ocurriría si se pasaban.

La operación estaba preparada hasta el último detalle y se activó en cuanto un Atalaya avisó de otro despegue masivo soviético. De las bases avanzadas despegaron los aviones que estaban en alerta, que de nuevo pudieron ver como los aparatos rusos se volvían antes de llegar a la frontera. Pero al mismo tiempo de varios aeródromos, uno de ellos el de Malacky, partieron los aparatos españoles asignados al Susto: reactores Flecha A, Flecha C y Alfanje. Volaban por parejas: en ellas un avión estaba armado en configuración aire aire y escoltaba al otro, que iba cargado con depósitos auxiliares y una bomba inerte de quinientos kilos; habían dicho que no las manipulasen mucho porque en el interior de cada una, dentro de una cápsula de acero y plomo, había una pequeña muestra de Plutonio procedente de centrales nucleares que no era apto para su empleo militar. La pareja de Malacky estaba formada por Santamaría, que llevaba el artefacto, y su punto el teniente Jorge Leache, que le escoltaba. El objetivo de Santamaría, que no precisaba reabastecimiento en vuelo, era el campo de aviación cercano a Minsk que ya habían sobrevolado varias veces. Cuando se acercó a la frontera el capitán descendió hasta volar a solo cincuenta metros de altura. Dos Atalayas, que habían penetrado en el espacio aéreo soviético (el que España no reconocía) dieron instrucciones a los atacantes para pudiesen esquivar a los aviones rusos que estaban llenando el cielo. El vuelo de Santamaría fue agitado, pero el Alfanje se pegaba muy bien al terreno, y cuando llegó al punto marcado por el sistema inercial, dio potencia y empezó a ascender. Soltó la bomba cuando ya volaba a diez mil pies, y completó el tirabuzón para escapar. El artefacto siguió un curso parabólico hasta caer a cuatrocientos metros de la torre de control donde, sin estallar, se clavó en el blando suelo.

En la operación fueron “atacadas” bases aéreas cerca de Riga, Kaunas, Kiev y Minsk. Santamaría supuso que hasta el iván más cerril habría entendido el mensaje: si España quería, podía borrarles del mapa sin previo aviso.



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Mientras que la vida en Świdnik, a pesar del riesgo, había sido tranquila, fue volando desde Malacky cuando el capitán se llevó si no el susto de su vida —no en vano había sido derribado sobre Alsacia—, al menos uno de los gordos.

El mando suponía que los ivanes ya habían adivinado la importancia que tenían los radares aerotransportados en las operaciones españolas. Que además eran escasos. Hasta ahora solo se habían podido convertir nueve Airbus A319 en W25A Atalaya, cinco en W25B de guerra electrónica, y dos en W25C Vigía. Estaban dando tan buen resultado que el Ejército del Aire se había quedado con los ejemplares existentes, intercambiándolos por A320 de los que estaban en aeropuertos españoles cuando se produjo el salto temporal. CASA tenía entre sus proyectos recrear la familia del A320, incluyendo el A319 de mayor alcance y el A321 de mayor capacidad, y se esperaba que algunos de esos futuros CASA 319 fuesen versiones militares, tanto de vigilancia electrónica como de patrulla marítima, en la que sustituirían a los Boeing 737. Seguro que el Ejército del Aire lamentaría tener que desprenderse de los 737, aparatos duros que tenían un rendimiento extraordinario pero que empezaban a sufrir problemas con los repuestos. Evidentemente, como radar aerotransportado hubiese sido mejor el más grande Airbus 330, pero el avión, además de más caro, resultaba indispensable tanto en sus misiones militares (como cisterna y como bombardero de muy largo alcance) como de pasaje en las líneas transatlánticas.

La cuestión era que había pocos Atalayas y había que conservarlos como oro en paño. No se sabía si los ivanes se imaginaban el número real de aparatos que tenía el Ejército del Aire, pero se imaginarían que era un tipo poco numeroso y muy valioso. Además los Airbus eran aparatos enormemente vulnerables (no en vano se les apodaba “plastibús”) y poco ágiles, siendo objetivos obvios para cualquier iván con iniciativa.

Para los rusos no sería fácil interceptarlos. Aunque el “champiñón”, es decir, el llamativo carenado en forma de plato del radar, limitaba las características del aparato —en parte por la resistencia aerodinámica pero también por no haberse podido probar en todas las condiciones de vuelo—, los Atalaya duplicaban la velocidad de los aviones rusos, que solo podrían intentar difíciles intercepciones frontales. Además pocos aparatos soviéticos alcanzaban las cotas a las que se movían los W25: tan solo los MiG-3 y algunos Pe-2VI. Los desertores —cada vez más numerosos— confirmaban que los pobres pilotos de esos aparatos no tenían trajes especiales ni mucho menos cabina presurizada, sino simplemente un sistema de oxígeno no muy confiable. Además las características de vuelo de esos aparatos por encima de los 20.000 pies solo podían ser descritas como viciosas, y cualquier error se pagaba con una barrena de muy difícil o imposible recuperación. Pero la existencia de reactores soviéticos lo había cambiado todo. Aunque los jets rusos fuesen primitivos, los Atalayas ya no serían inalcanzables. Los MiG-9, Yak-15 y Su-9 no se dejaban ver, pero se temía que los estuviesen reservando para dar alguna sorpresa, que con seguridad se la llevarían los Atalaya. Por aquello de las moscas a las que les da por picar, se decidió proporcionar escolta a las aeronaves: una pareja de Flechas o de Alfanjes.

El Alfanje, que se comportaba muy bien cerca de tierra, a esas cotas simplemente volaba. Al menos no tenía vicios, pero ya no era el agilísimo avión en que se convertía a menos de quince mil pies. Pero como tenía autonomía razonable, mayor que la de los Flechas, eran requeridos cada vez más frecuentemente.

Esta vez tocaba escoltar a un W25C Vigía, un A-319 que tenía un par de “bultos” en los laterales del fuselaje delantero en lugar de llevar el champiñón de los Atalaya. Con la capacidad del Vigía de confeccionar mapas tácticos y detectar blindados, era ideal para conocer el despliegue soviético. Esta vez el W25C tenía que volar hasta Chernovtsi para ver lo que los ivanes estaban tramando, pues los acontecimientos de Rumania hacían que fuese una frontera cada vez más caliente.

Santamaría lideraba la patrulla de dos aparatos que acompañaba al W25C. Habían repostado en vuelo y se unieron al Vigía cuando quedaba mucho para la frontera. Aun no habían llegado cuando un Atalaya que volaba más retrasado les advirtió de la presencia de aviones soviéticos: al parecer los ivanes habían decidido que la neutralidad rumana les importaba un rábano. Lo curioso era que se trataba de media docena de aviones de grandes dimensiones que formaban una larga línea, dejando unos miles de metros entre ellos. Los aparatos serían Yermolaev Yer-2 o más probablemente, cuatrimotores Petliakov Pe-8, uno de los pocos aviones soviéticos capaz de operar por encima de los quince mil pies, aunque a esa altura eran tan rápidos como una tortuga perezosa y tenían la maniobrabilidad de una vaca con patines, y que no suponían ninguna amenaza. Pero a Santamaría le mosqueó tener delante a una línea de aviones pues nunca había visto nada así.

—Azul uno a Veloz, me da mala pinta eso de delante. Están justo en nuestro rumbo.

—¿Qué teme usted, Azul?

—No lo sé pero nunca he visto que Iván haga eso. Igual han puesto cañones automáticos en esos trastos, o qué sé yo .Como precaución recomiendo darles un resguardo ascendiendo a treinta y dos mil pies.

—Eso les dejará un poco justos de combustible, Azul.

—Mejor quedar como tontos que pasarnos de listos.

—Como desee, Azul, vamos a ascender.

El Vigía empezó un ascenso en una suave espiral acompañado por los dos cazas. Luego volvieron a dirigirse hacia el sudeste. Pero cuando iban a sobrepasar la línea —que efectivamente era de cuatrimotores—el capitán vio que de dos de ellos, los más cercanos, caían objetos que lanzaron una larga estela de humo blanco y empezaron a ascender.

—¡La leche! —gritó Santamaría—. ¡Misil, misil! ¡Veloz, van dos misiles hacia ustedes! —luego ordenó a su compañero —Jorge, sígueme.

—Voy detrás de ti, Perico —le dijo su punto.

El W25C empezó a virar pero era un aparato lento y, además, la programación de su sistema de vuelo no permitía manobras bruscas. Mientras, los dos misiles se aproximaban. Los dos Alfanjes aceleraron dirigiéndose hacia los cohetes y empezaron a lanzar bengalas y chaff. Pero los misiles ignoraron los señuelos. Y, en su lugar, tomaron a los dos cazas como objetivo. Santamaría no quiso ni pensar en el detector que habrían puesto los rusos al que no se podía engañar y que además era capaz de escoger la trayectoria óptima para la intercepción. Al menos recordaba la teoría de cómo evitar un misil cuando está demasiado cerca y no se le puede dejar atrás: hay que maniobrar como combatiendo contra los cazas, pero más bruscamente. Santamaría dio potencia a los motores y emprendió un giro llevando el avión a límite. Al momento el misil pasó inofensivamente por su cola… pero cambió de curso y describió una circunferencia intentando seguirle.

—No me pierde ¿qué sistema llevará esa cosa?

Mientras el teniente Jorge Pérez también había conseguido esquivar al otro misil, pero por bastante menos, pudiendo echarle una mirada.

—Perico, no son misiles, son aviones cohete ¡el mío se va contra Azul!

El que había atacado a Santamaría también había dejado de seguirle y viraba para ir contra el W25C Vigía. Afortunadamente el gran avión ya había conseguido virar noventa grados ofreciendo la cola a los rusos, mientras los aviones cohete intentaban seguirle ascendiendo y girando a la vez. La gran altura les pasó factura cuando uno de ellos, de repente, hizo una guiñada y cayó, pero el otro se acercaba cada vez más al W25C Vigía que, cargado de combustible para una larga patrulla, no podía subir más.

—Jorge, tenemos que tirarlo. Nada de misiles tan cerca del gordo.

El margen de velocidad que tenía el Alfanje era muy justo por lo que Santamaría se desprendió de los tanques auxiliares, picó suavemente para acelerar y, cuando se puso por debajo del aparato soviético, elevó el morro, dejando el Alfanje colgado en el aire y consiguiendo una buena solución de tiro. Una ráfaga con los dos cañones de 20 mm alcanzó al avión ruso que estalló.

—Azul uno a Veloz, el cielo está libre pero estamos justos de fuel.

El comandante a cargo de la misión no lo pensó; en esas condiciones no podía seguir sin escolta.

—Abortamos. Vuelta p’a casa.



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Bata
Guinea Ecuatorial
Instituto Cultural y Educativo Africa de Bata.

Septiembre de 1942.

El primer día del año lectivo comenzó en en INCE África de Bata con lleno absoluto, incluso debieron habilitarse dos alas de aulas que estaba previsto activar para el curso 43-44, estando matriculados 1.200 alumnos de enseñanza primaria y 1.672 alumnos que ingresaban directamente en secundaria tras el curso de habilitación de verano, 637 alumnos más asignados a los últimos ciclos enseñanza primaria habían sido matriculados y distribuídos entre los Grupos Escolares y Escuelas Unitarias de Bata, pues literalmente no cabían en el INCE.

Casi la mitad de los alumnos procedían de los territorios portugueses de ultramar gracias a que la administración portuguesa había facilitado la difusión de la información y el traslado de los estudiantes, pero también había un importante número de estudiantes procedentes del África Ecuatorial y Occidental Francesa tanto en en Bata como en El Aaiún, algo que sin duda alguna se debía al interés mostrado por el Gobernador General Felix Éboué, que siendo gobernador del África Ecuatorial detentaba provisonalmente también la del África Occidental Francesa desde la destitución y procesamiento del anterior gobernador Pierre Boissón.

El África Occidental Francesa estaba mucho más poblada que la Ecuatorial y no había sufrido tanto las hambrunas recurrentes de las décadas anteriores, pero la guerra en Europa había afectado también muy negativamente a la población, la administración francesa, con la vista puesta en los futuros referenduns que, como en la línea temporal de los españoles, acabarían por celebrarse en esos territorios, estaba más que satisfecha con la buena relación que la administración del Gobernador General Eboué parecía mantener desde su administración colonial con los representantes de los territorios españoles y tal vez para evitar cualquier malentendido no deseado en un territorio de la importancia del África Occidental que limitaba con el Sahara Español, se resistía a poner fin al mandato provisional de Eboué al frente de esa gobernación, al menos por el momento no parecían querer asumir el riesgo de nombrar a ningún otro administrador colonial que pudiera causar problemas con los españoles o con las políticas de Eboué, que ya encontraban suficiente resistencia entre el funcionariado colonial. No en vano, el Gobernador había sustuído a buena parte de la oficialidad de las tropas coloniales, que solían pagar con el "traslado" a Europa o a algún puesto caravanero aislado la inadecuación o la oposición a las nuevas disposiciones de la administración.

Así pues, entre los centros de Bata y El Aaiún, el primer curso arrancaba con más de 6.000 alumnos africanos extranjeros de todas las edades, entre los que había desde niños a alumnos adolescentes que comenzaban en educación básica o adultos que deberían realizar un curso puente para acceder a secundaria.

Se esperaba que continuasen llegando estudiantes a lo largo del curso, que se pretendía ir incorporando a los cursos puente en una especie de escuelas unitarias de adaptación.


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Los dos agentes se estaban encontrando con dificultades insospechadas para operar en España. Los controladores les habían advertido que la España de la Fractura (como llamaban al salto temporal) era muy diferente a la Rusia que conocían, y para prepararles los habían tenido viviendo algunas semanas en Moscú. Allí habían aprendido destrezas básicas como emplear los pasos de peatones, aunque era una medida que nadie más empleaba ya que en la capital soviética tan solo se veían unos pocos coches oficiales o militares, que ni por asomo se detenían ante un viandante, estuviese en un paso de peatones o danzando por el Parque Gorki. También se habían entrenado en tomar el metro, y les habían enseñado a comportarse en la mesa. Todo eso supuso dificultades mayores de lo esperado, pues los que habían nacido con tierra negra entre los dedos de los pies no se adaptaban al artificio cosmopolita.

Un segundo problema fue tener que aprender unos rudimentos de español y de polaco. El primer idioma sería imprescindible para moverse por España sin llamar excesivamente la atención. Al menos, contarían con una gran ventaja: la entrada de millones de refugiados políticos implicaba que las calles hispanas se habían llenado de inadaptados con escaso conocimiento de la lengua. Necesitaban saber también algunas frases en polaco porque la Rodina no contaba con embajada en Madrid. Ni siquiera se tenía una delegación de negocios por lo que presentarse con un pasaporte soviético, aunque fuese diplomático, hubiese implicado el rechazo en la frontera o el seguimiento cercano. Pero polacos había muchos y si podían aprender algunas expresiones podrían engañar a los agentes que los interrogasen. Con todo, desde un primer momento se consideró que cruzar la frontera “legalmente” supondría un riesgo. En Moscú se habían podido estudiar algunos documentos de identidad españoles, pero estaban hechos de materiales que no pudieron se reproducidos ni por los mejores falsificadores. Lo malo era que se entregaban tarjetas identificadoras no solo a los nacionales sino también a los refugiados e incluso a los visitantes ocasionales, y la policía las pedía con frecuencia a los viandantes que resultasen sospechosos. Aunque los dos agentes habían recibido unas similares confeccionadas en Moscú, que incluso llevaban un curioso adorno de metal dorado, era más que dudoso que superasen cualquier control más estricto que un simple vistazo en la calle. Llevar un pasaporte diplomático polaco tampoco serviría porque desde la frontera llamarían a la embajada para confirmar la identidad. Por eso se había preferido un sistema bastante menos sofisticado: los dos agentes y sus “herramientas” habían llegado a París, los primeros con pasaportes diplomáticos —llegando vía Turquía y Yugoslavia para no someterse al control español—, y los “instrumentos”, en valija diplomática. Una vez en Francia uno de los pocos comunistas fervorosos que quedaban había contactado con “mugalaris” que habían guiado a los rusos por la frontera, dando vueltas y revueltas por los bosques. Tarea más difícil que antes porque los combates en los Pirineos habían dejado su rastro en forma de chatarra que estaba siendo aprovechada, o de proyectiles sin estallar que había que destruir. La frontera estaba llena de gente y costó esfuerzo y tiempo conseguir pasarla.

Pero fue una vez en España cuando empezaron las dificultades de verdad. Al no disponer de documentación válida el empleo de transportes públicos como el ferrocarril resultaría excesivamente peligroso. Iban a tener que ser españoles los que los llevasen en sus vehículos particulares: entre las muchas sorpresas que sufrieron los rusos, no fue la menor ver tantos coches que ni cabían en las calles y que además eran de propiedad privada. Por desgracia, la red soviética en España era casi inexistente y formada por aficionados, lo que estuvo muy cerca de abortar la misión en Pamplona.

Un español los había recogido de un pueblo cercano a la frontera llamado Espinal, donde los había dejado el mugalari. Tenía que llevarles a la capital navarra donde pasarían a ser responsabilidad de otro agente. Pero cuando llegaron a la ciudad el español, que no paró de hablar durante el viaje aunque los rusos no entendieron ni papa, los dejó en una especie de taberna pero fina, en la que solo servían cafés, refrescos y pasteles, para esperar al siguiente contacto. Iván descubrió que a su lado se sentaba una jovencita española con una falda corta, si es que a eso se le podía llamar falda, que dejaba a la vista sus piernas y algo más. Mientras se la comía con los ojos movió el brazo como quién no quiere la cosa hasta apoyarlo en la cintura de la vecina, y como distracción encendió un pitillo de papirosa. Fue como despertar la tormenta. La chica, claramente ofendida, se levantó y llamó a un camarero, que les dijo algo que no entendieron. Afortunadamente Iván se le iluminó la cabeza y recordó que en España estaba prohibido fumar en sitios cerrados. Murmuró una disculpa en lo que le pareció español pero que nadie entendió y tiró el pitillo al suelo. Aun así la joven seguía increpándoles y el camarero había vuelto a la barra donde tomó una cajita de color negro —solo después la reconocieron como un teléfono móvil— y se puso a hablar con ella. Pero hasta los tontos tienen ángeles de la guarda, y otro español pidió de nuevo disculpas, los tomó del brazo y los sacó del local. A tiempo, porque al poco llegaron dos policías con traje azul y gorra con cuadros blancos y negros.

El español resultó ser el contacto. Parloteaba un poco de ruso, lo suficiente para reprenderles y ordenarles que le siguieran sin hacer tonterías. Les obligó a tirar los cigarrillos y en su lugar les compró unos paquetes de tabaco que no sabían a nada. Luego los montó en su coche para hacer el trayecto hasta la capital.

El viaje dejó atónita a la pareja. El español se disculpó por lo sencillo del vehículo, pero los rusos, recordando sus viajes en tren por la Unión Soviética, pensaron que estar en ese carromato de asientos mullidos, con refrigeración, y un equipo de música que sonaba mejor que una orquesta —aunque a música que se oía fuese parecido al ruido que haría un herrero— les pareció una maravilla. El español también les dijo que, por desgracia, no todo el camino sería por autopista. No sabían lo que era eso hasta lo vieron: una carretera de múltiples carriles en la que cabrían todos los coches de Rusia. Cuando llegaron a la supuesta “carretera mala” sintieron envidia, pues rutas como esa solo las había en Moscú y pocas. La entrada en Madrid, de nuevo por autopista, fue aun más asombrosa. Pasaron junto a kilómetros y kilómetros de “polígonos industriales”, con grades edificios tan limpios y cuidados que no parecían industrias, y junto a grandes barrios de dachas de lujo. Al entrar vieron grandes torres que dejaban en mantillas incluso a los enormes bloques de Moscú. También vieron gente que tenía poco aspecto de ser pobres proletarios explotados; al contrario, si algo sobraba eran gordos.

El susto de Pamplona mantuvo a los dos agentes tranquilos. En una “área de servicio”, una mezcla de gasolinera, taberna de lujo y jardines, se encontraron con Johnny, el español que los acompañaría por Madrid. Al verlo quedaron desconcertados: llevaba el pelo largo como el de una mujer, recogido en una coleta de la que colgaban una especie de tirabuzones apelmazados, y llevaba aros, pendientes, anillos y abalorios atravesados por todas las partes de su cuerpo. Incluso para los dos nekulturny era evidente la escasa profesionalidad del tipo, y tras la experiencia de Pamplona se temieron lo que ocurriría si alguien les pedía los documentos con esa compañía. Por lo menos el español, que chapurreaba un poco el ruso, les había llevado a una tienda de tabacos —que llamaban “estanco”, que a saber qué significaba— donde habían comprado más pitillos insulsos.

Ese tal Johnny se había encargado de recoger el cajón que llevaba las “herramientas” de los dos rusos, que también habían llegado por carretera aunque por separado, y las había dejado en el alojamiento que había encontrado. Como otros españoles habían hecho, Johnny lamentó lo pobre del lugar, un piso viejo en el barrio de Carabanchel; a los rusos les pareció un palacio propio de boyardos. También se encontraron con otro agente, un ruso que dijo llamarse Gregorio y que los recibió con una botella de vodka excelente, aunque fabricado en España, y unos pepinillos.

Gregorio contó poco de su vida: ni dijo su nombre real ni su grado, aunque pareciese militar. Tan solo que había estado en España durante la guerra civil y hablaba un poco de español. Todo esto, hablando cada vez más deprisa hasta que notó que Johnny se distraía; entonces dijo en el habla propia del campo que tuviesen cuidado con Johnny, que no se fiaba de él, y que en lo sucesivo siempre se quedaría vigilándolo uno de los dos.

Destinaron los días siguientes a aprender a moverse por Madrid andando, en autobús y con el metro, que no era tan lujoso como el moscovita pero bastante más moderno y con una red muy extensa que llevaba a cualquier sitio. Como Gregorio conocía la misión de la pareja, aprovecharon para buscar un lugar apropiado. Algo mucho más difícil de lo que pensaban. Gregorio les dijo que las autoridades en España, temerosas de la ira del pueblo, siempre recelaban de un ataque. No hacían recorridos a pie ni en coches descubiertos, sino en vehículos blindados protegidos por nubes de policías. Hasta los cristales de esos coches eran antibalas; para que se hiciesen una idea, les mostró el espesor del vidrio de los escaparates, unas ventanas gigantescas donde se exponían productos para su venta; esa España sería opresiva, pero no había ni colas ni escasez. Vasily apretó los labios al verlos: aunque era posible que un proyectil de alta velocidad de un fusil pudiese atravesar la protección, tendría que ser desde cerca, y los proyectiles se desviarían. Ni disparando los dos a la vez podrían asegurar un blanco, y mucho menos alcanzar a los dos jefes del Estado como tenían ordenado. Iván consultó sobre la posibilidad de emplear una bomba, pero Gregorio les repitió que esos coches estaban blindados como tanques, y además era posible que hubiese controles de acceso para los espectadores.

Si no podía ser durante el trayecto, debiera ser al subir o al bajar del coche. Pero tampoco; Johnny y Gregorio habían encontrado algunos vídeos sobre visitas oficiales en Hispanet —herramienta utilísima en la que se podían encontrar cosas que en la Rodina serían secreto absoluto— que mostraban a los coches oficiales entrando en patios interiores. Tal vez con documentación falsa, se preguntaron; pero esta vez fue Johnny el que les dijo que los adornos metálicos de las tarjetas eran realmente un sistema de codificación imposible de reproducir.

Iván preguntó si las visitas participaban en ceremonias en el exterior, y resultó que sí. Era frecuente que pasasen visita a la guardia real bien en el palacio del Pardo —donde solían alojarse pero no siempre—, bien en el patio de la armería del Palacio Real. También era tradición una ofrenda a los caídos ante el monumento de la Plaza de la Lealtad. Esa misma tarde fueron a ver los lugares y quedó confirmada la inviabilidad del plan. En primer lugar, en esas calles no había edificios abandonados, pues la llegada de un millón de refugiados a Madrid había colmado cada rincón. El acceso a los edificios no era sencillo pues todos tenían cerraduras y unos sistemas de vigilancia llamados “porteros automáticos”, a veces hasta con cámara, y en las casas más lujosas —las cercanas a la Plaza de la Lealtad— con porteros pero de los de verdad, de los que conocían a los vecinos. A los porteros automáticos se les podía engañar y lo hicieron en un par de casas, pero las escaleras no daban paso franco a los desvanes, que además raramente tenían ventanas. Encontraron edificios en obras pero eran lugares tal evidentes que con seguridad estarían vigilados. Problema extra fue que muy pocos edificios tenían las vistas que necesitaban: al patio de la Armería solo lo tenían una casa de la calle Mayor y la catedral de la Almudena: Vasily apostó a que habría más policías que palomas. El monumento a los caídos estaba oculto por árboles frondosos, y estaba en una avenida donde solo había hoteles lujosísimos, en los que no podrían colarse, casas para ricos u edificios oficiales con guardias en las puertas. Iván pensó en emplear algún sumidero, pero aparte de ser pequeños, Johnny les dijo que la policía española tenía un grupo especial para vigilar los subterráneos que controlarían esas calles para evitar atentados con explosivos.

Con tan escasas opciones, a Vasily solo se le ocurrió atentar contra las residencias oficiales. De nuevo Hispanet resultó de gran ayuda ¿es que los españoles no sabían lo que era la seguridad? El palacio de la Moncloa, del presidente del gobierno, era el más accesible, pero la entrada principal no era visible desde el exterior. No se sabía dónde se alojaría el presidente norteamericano aunque probablemente fuese en el Palacio del Pardo, residencia habitual de los visitantes extranjeros. Pero la entrada principal daba a un parque con árboles que la ocultaban dificultando o imposibilitando un disparo desde lejos. Solo quedaba el Palacio de la Zarzuela.



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Parque Nacional de las Islas Atlánticas
Islas Cies

2 de septiembre de 1942


Ante las playas de Rodas y San Martiño, al amanecer, los buques RO-RO Eurocargo Palermo y L´audace se preparaban para dedicar el día a las pruebas de mar de los nuevos medios de desembarco de material.

El Eurocargo Palermo era un gran RO-RO de 200 metros de eslora y 26 de manga, de varias cubiertas con la superior abierta, que junto a sus hermanos Roma, Cagliari, Génova y Bari se encontraban en Barcelona y Valencia al momento de la Fractura y tras haber estado prestando servicio ocasional en las líneas de la Transmediterranea y Balearia, acababan de ser movilizados para operar como buques anfibios auxiliares. Seguían con tripulación civil y volverían a operar en apoyo de las líneas regulares civiles al finalizar las pruebas y las mínimas reformas, turnandose las unidades para que siempre hubiese al menos una dispuesta para adiestramiento y capacitación de tripulaciones aéreas, pero estarían listos para incorporarse a la Armada como axiliares en solo 72 horas.
Su cubierta superior les permitía operar hasta ocho helicópteros HU50AN (Airbús Ispal derivados de los Bell 412), cuya altura permitía utilizar como hangar cubierto el amplio espacio de cubierta bajo la superestructura del puente.
Las reformas que se habían realizado en los Eurocargo consistían en cambios insignificantes como el adelantamiento del asta del gálibo de proa desde el final de la cubierta superior a la batayola de proa y la eliminación de otros estorbos para los helicópteros, la instalación de unos portalones plegadizos que permitiesen cerrar puntualmente el espacio bajo el puente destinado a hangar o la ampliación del número de puntos de alimentación eléctrica para facilitar la instalación de contenedores de misión si fuera necesario y unos cabestrantes y soportes para llevar y largar el pontón de costado.
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El L´audace era uno de los RO-RO de Suardíaz de poco más de 140 metros, fletado para las pruebas, tanto de los anfibios como de los pontones.
Estas pruebas estaban destinadas a probar tanto los vehículos como los pontones construidos a imagen y semejanza de los Mexeflote ideados por la Royal Navy en aguas agitadas como las atlánticas, tanto las plataformas flotantes para las rampas de los barcos como los pontones en si mismos.

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El Mexeflote había sido un ingenioso sistema para proporcionar capacidad de descarga y embarque de material rodante en costas sin infraestructuras a buques sin adaptación, un pontón ligero por secciones que los buques podían acarrear plegado o no dentro de su zona de carga para ser lanzado por la rampa de descarga, bien suspendido de la borda del buque, así cualquier buque civil, en principio solo precisaba de unos sencillos anclajes de borda y unos cabestrantes para disponer de una plataforma anfibia.
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Para la propulsión, al pontón simplemente se le fijaba una plataforma con potentes motores fuera borda, en los originales británicos de la LTR se les habían diseñado plataformas con grandes motores navales y propulsores fuera borda para mover los tres tamaños normalizados de pontón diseñados para transportar 60, 120 o 180 toneladas en sus distintas capacidades en función de sus dimensiones, copiadas de forma aproximada debido a que las medidas originales eran "imperiales" resultando en pontones modulares de 20x7, 38x7 o 38x12 metros.

El Palermo descolgaba el pontón desde su costado mientras el L´audace lo estaba haciendo a través de su rampa de popa, porque en el se quería ensayar la botadura de este desde buques sin ninguna adaptación, aunque el "ensayo" tenía poca complicación, pues al pontón de tamaño superior, de 12 metros de manga le sobraba la mitad de la anchura de la rampa del buque, simplemente se le empujaba con los propulsores levantados y a continuación iría el pontón fijo para la rampa.

En cuanto estuviesen listos, los pontones se dedicarían a llevar y traer una y otra vez hacia y desde las desiertas playas de las Cíes los camiones y vehículos con carga transportados en las cubiertas rodadas.
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Al tiempo, los vehículos anfibios se dedicarían a entrar y salir de los barcos y las playas y a moverse en torno a las islas con intención de encontrar sus limitaciones, se llevaban a bordo varios de los DUKW comprados como solución rápida y económica, algunos ejemplares de los camiones anfibios URO 24-16 Anfibios y un par de prototipos de los Santana-Pegaso Sealand.

No solo había personal militar en los barcos para estos ensayos, que también se estaban realizando en el Mediterraneo, las islas estaban vetadas a los civiles durante unos días, pero en los barcos, además de las tripulaciones civiles se preparaban también funcionarios de la Dirección General de Protección Civil, la Escuela Nacional de Protección Civil, Salvamento y otros organismos civiles, debido a que estos medios se estaban probando con cierta urgencia debido a la situación militar, pero había un evidente interés civil en su desarrollo y prueba, no en vano, tanto Protección Civil como Cooperación Exterior llevaban tiempo solicitando medios anfibios capaces de facilitar la respuesta a catástrofes o emergencias civiles.


Domper
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El día de la visita presidencial Madrid se engalanó para recibir al presidente. Miles de personas se sentaron ante la televisión para ver a Roosevelt; pero entre ellos no estaban Vasily ni Iván. Johnny sí, que miraba la pantalla mientras sentía encima la mirada de Gregorio. Johnny no era nada tonto y sabía que se había metido en un fregado de los gordos. Había pensado en desaparecer, aprovechando los contactos que tenía con el movimiento okupa que le vendrían que ni pintados. Pero Gregorio no le quitaba los ojos de encima. Johnny se estaba temiendo que hubiese decidido matarle, aunque, por lo que él sabía, los rusos dependían de él para esconderse en la ciudad o para intentar salir. Igual aun tenía suerte.

Rememoraba lo ocurrido la semana anterior. Los rusos le habían pedido que los acercase con su coche a los palacios del Pardo y de la Zarzuela. Poca gracia le había hecho pues temía encontrarse con algún control, y por eso escogió el domingo para hacer la visita, suponiendo que el monte del Pardo estaría lleno de domingueros. No iba descaminado y el paseo, en el que no llegaron a descender del coche, pasó desapercibido. Aunque su conocimiento del ruso no le permitía entender todo lo que decían, escuchó varias veces la palabra “nevozmozhno”, es decir, imposible.

Johnny había supuesto que los rusos cancelarían lo que tuviesen pensado hacer —no había que ser un lince para imaginarlo— o que se quedarían buscando mejor ocasión. Pero durante los siguientes días apenas pudo salir de casa y siempre tenía a Iván o a Vasily encima. Gregorio y el otro ruso hacían largas escapadas. Aunque había entendido la palabra “imposible” que los rusos habían repetido, cuando tuvo que acompañarlos para ir de compras a unos grandes almacenes supuso que habrían pensado en un plan alternativo que no le querían decir. Más le escamó que Gregorio le exigiese ciertos medicamentos. Mucho no le costó obtenerlos que para algo su primo trabajaba en un centro de salud; pero ¿para qué los necesitaban? ¿los iban a probar con él? La mente de Johnny trabajaba a toda prisa pensando en alguna manera de escapar de la vigilancia de Gregorio. No lo denunciaría, que su compromiso con la causa seguía firme. Pero procuraría desaparecer durante una temporada. Por si acaso.

Varios kilómetros al norte Vasily e Iván esperaban bajo una lona cubierta de tierra. Estaban satisfechos de estar en el campo, pues los dos eran cazadores y de los buenos, pero el cemento se les hacía extraño.

Acercarse al palacio de marras no había sido fácil porque estaba vigilado no bien sino mejor. Se encontraba en el centro de una enorme extensión de dehesa, es decir, un bosque claro de encinas que daban bastante cobertura. Pero había una valla de red metálica que lo encerraba y, unos metros más allá, un camino de ronda y una segunda línea de casetas de vigilancia. Parecían vacías pero Gregorio ya les había prevenido sobre los equipos “mágicos” que se usaban en esas tierras. Para comprobar si había dispositivos electrónicos bastó una medida sencilla: con un tirachinas —hecho con una goma y unas piezas de metal que habían adquirido con Johnny— metieron varias piedras por la ventana de una caseta, y luego se ocultaron. Antes de cinco minutos se acercó un coche de la policía.

Para conocer el tipo de sistemas de vigilancia que habría bastó otra búsqueda en Hispanet, que dio muy malas noticias: en lugar de cables que podían evitarse o cortarse, se solían emplear barreras con láseres invisibles, o sistemas que detectaban el movimiento que eran una especie de radar en miniatura. Seguramente estarían conectados a cámaras de control remoto. Una barrera así no podía superarse por tierra; aunque había barrancos, seguramente estarían mejor controlados. No había túneles ni alcantarillas, al menos señaladas en los mapas, ni tenían tiempo para buscarlas. También sabían que la documentación falsa no pasaría el estricto control que encontrarían en los accesos, donde no solo revisarían los documentos —que ya sabían que no soportarían una inspección— sino que consultarían si estaba prevista su llegada. Pero si no se puede entrar sigilosamente, lo mejor es hacer mucho ruido, y a Iván ya se le había ocurrido cómo.

Para preparar la incursión Gregorio y Vasily hicieron otro viaje ataviados con ropas deportivas, y fueron hasta un cercano club deportivo llevando una vistosa bolsa de golf… que contenía además de un juego de palos, los dos fusiles Mosin Nagant. Enterraron la bolsa y escogieron el lugar donde lograr el señuelo que necesitaban: un precioso mastín.

Un día antes de la visita del presidente norteamericano Iván y Vasily se despidieron; Gregorio y Johnny los esperarían durante tres días y si no llegaban, abandonarían el piso. Para más adelante concertarían una cita por teléfono. Vasily e Iván tomaron un autobús que los llevó hasta un centro comercial llamado el Barrial, que estaba rodeado de urbanizaciones de lujo. Primero comprobaron que la bolsa de golf siguiese en su escondite, y luego se metieron en un bosquete para esperar la noche. Cuando oscureció, tras recoger los fusiles —que todavía llevaban en la bolsa, aunque habían dejado tirados los pesados palos de golf—, se acercaron al chalet donde habían visto el perro. Llevaban trozos de carne en los que habían metido pastillas de somnífero, pero Vasily había dicho que a los perros de vigilancia se les enseñaba a no comer nada del suelo. Por eso emplearon un viejo truco de ladrones: se desnudaron y saltaron la valla en cueros vivos sin que sonasen alarmas, pues en las casas con perro no solía haber sistemas perimetrales. El can los vio y se acercó, pero estaba desconcertado y no ladró, y aceptó el alimento que le dieron. Unos minutos después caía al suelo. Solo entonces los rusos se vistieron con ropas de camuflaje, aunque metieron las civiles en una bolsa: les servirían para escapar.

Luego tocó la parte más pesada: cargar al animal y llevarlo hasta la valla del recinto de la Zarzuela. Ya habían seleccionado un punto poco iluminado donde una encina a la vez daba resguardo y facilitaba la trepada. Mientras Vasily esperaba —tuvo que volver a dar un somnífero al animal— Iván revisó la alambrada exterior con cuidado, comprobando que no hubiese cables. Tras comprobar que todo siguiese tranquilo, llamó a Vasily, que llevando a cuestas al bicho se acercó. Pusieron una lona para protegerse de los alambres de púas, y con agilidad de cazador Iván saltó primero. Luego pasaron al perro, saltó Vasily, y retiraron la tela. Una farola lejana permitía ver que pocos metros más allá estaba una de las casetas, que tenía a cada lado había una ventana donde estarían los sistemas de vigilancia. Ahora tocaba activar el señuelo. Iván restregó el hocico y los ojos del perro con una crema para los dolores hecha con capsaícina, la esencia picante de la guindilla, y luego le pinchó una dosis de caballo de un medicamento llamado Anexate. Se apartó, y pocos segundos después el animal se despertó. El escozor que le producía la crema no solo le anuló el olfato sino que llevó al animal a un frenesí, corriendo y aullando y, como esperaban los rusos, activando las alarmas. Antes de diez minutos llegó una patrulla que se encontró con el animal echando espumarajos. No se atrevieron a acercarse al perro, sino que llamaron a un equipo de la policía municipal. Cuando llegó casi una hora después el animal se había vuelto a dormir —el efecto del Anexate es transitorio— y los especialistas en animales se limitaron a coger al pobre perro, aunque tomando grandes precauciones, y a meterlo en un furgón.

Para entonces los dos rusos habían cruzado la línea de vigilancia, aprovechando el paso repetido de los guardias ante la caseta, y se habían adentrado en el monte siguiendo los restos de una trinchera de la guerra civil, usando una brújula para orientarse. Primero llegaron a una carretera, que cruzaron tras esperar unos minutos, y luego a un bosque con un cortafuegos. Más allá cruzaron otra carretera y alcanzaron el lugar escogido: un bajo cerro en el que también había restos de trincheras y que tenía buenas vistas laterales de la entrada del palacio. Se cubrieron con la lona y se dispusieron a esperar.



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Johnny había estado siguiendo por la televisión la visita de Roosevelt. Había llegado a Torrejón en un Airbus A330; Johnny no apreció, como tampoco lo hicieron la mayoría de los televidentes, que el aparato, uno de los dos A330 empleados como transportes VIP, también tenía unos vistosos carenados subalares para sondas de reabastecimiento, demostrando que se habían empleado en otra misión más agresiva. Una vez se detuvo el avión, se acercó una plataforma en la que el presidente norteamericano descendió. Johnny, que se había hartado de televisión esos días, sabía que el presidente norteamericano arrastraba las consecuencias de una poliomielitis padecida durante su juventud pero le desagradaba dar muestras de debilidad. Por eso escasas veces se dejaba ver en público en su silla de ruedas. Bajar por la escalerilla le hubiese supuesto un gran esfuerzo, mientras que con la plataforma daba mejor impresión.

Al pie de la plataforma fue recibido por el presidente del gobierno Samitier, que acompañó al invitado a un estrado ante el que desfiló una compañía; llamó la atención que no llevaban los uniformes azules y rojos de la guardia real, sino el mimetizado de campaña. La televisión informó que en esta ocasión la guardia de honor la formaba una unidad de “Soberanos”, de españoles anteriores a la Fractura que tras ser liberados de campos nazis habían combatido contra Alemania. Ese batallón en particular había participado en la destrucción del refugio de Hitler. Luego Samitier acompañó a Roosevelt a un helicóptero; se trataba de uno de los novísimos HH60 Ispal, en configuración VIP. El aparato despegó y se dirigió al palacio del Pardo, que iba a ser la residencia del mandatario norteamericano durante su estancia. Para vencer la repugnancia de FDR se le había indicado que ya bastantes años antes se habían sido retirados todos los objetos relacionados con el dictador que ahí había vivido.

Al aterrizar el helicóptero Roosevelt vio con satisfacción que le esperaba un hombre alto y delgado, con pelo castaño y barba canosa: era el rey de España que en lugar de mantener el protocolo del anterior monarca, esperaba al invitado al pie de escalera. Los dos hombres se saludaron efusivamente —el presidente notó que el rey hablaba un excelente inglés, fruto de su larga estancia en Estados Unidos— y la banda de la Guardia Real presentó honores. Luego el presidente se retiró a descansar durante unas horas.

El siguiente acto, según dijo el locutor, era una comida que los reyes ofrecerían al presidente en el palacio de la Zarzuela. Johnny, en ese momento, comprendió lo que iba a ocurrir. Si tenía que escapar debía ser inmediatamente.

—Gregorio, mira quién acompaña al presidente yanqui.

El ruso se inclinó para ver lo que le señalaba Johnny, y notó un pinchazo en el costado. Se volvió, se lanzó contra el español y le golpeó el estómago. Pero cuando intentaba acorralarle contra la pared las fuerzas le abandonaron y se desvaneció. Johnny, dolorido, se quitó de encima al ruso, salió del piso y cerró la puerta tras él con llave: su primo, además de Anexate, le había dado una dosis de Dormicum, advirtiéndole que el efecto era muy rápido pero duraba solo unos minutos. Cerrando la entrada tendría tiempo de perderse entre las calles. Cuando diez minutos después Gregorio llegó al portal —tras romper la puerta— ya no lo encontró. Temiendo lo que pudiese ocurrir, el ruso volvió a subir, puso cuatro cosas en una bolsa, y abandonó el piso para ir a la casa de seguridad que tenía en otro lugar de la capital. No le preocuparon Iván y Vasily: difícilmente saldrían con vida de su misión, pero si lo conseguían, tenían un teléfono móvil para llamarle.

Unos kilómetros más al norte el sol del final del verano aun caldeaba la tierra y la lona bajo la cual se escondían los otros dos rusos. Pero las hojas se movían y los tiradores sabían que corría algo de viento que, aunque fuese imperceptible en la trinchera, desviaría las balas. Para intentar calcular esa desviación la noche anterior habían atado un par de cintas de papel a las encinas. Idealmente, esos marcadores hubiesen debido estar más cerca del blanco, porque las corrientes de aire son muy cambiantes, y disparando desde casi un kilómetro de distancia el más mínimo error significaría que los proyectiles pasarían muy lejos de su blanco. Pero no todo era malo, que la posición escogida daba una excelente visión de la escalinata de entrada al palacio.

A mediodía llegaron tres coches grandes, de aspecto moderno y de color oscuro. Pero en lugar de dirigirse a la puerta principal se quedaron en la zona trasera ¿Qué ocurría? Según lo que habían leído en Hispanet, la parte posterior de la Zarzuela era el pabellón administrativo, no el real. Entonces llegó una segunda caravana de coches por la carreterita que venía desde el este, desde el Pardo. Tampoco se detuvo ante la escalera sino que fue a la parte de atrás. Entonces Iván susurró una maldición.

—¿Qué ocurre?

—Vasily, somos mierda meados por los perros ¿sabes qué hemos olvidado? Que el americano es un tullido y no puede subir escaleras. Por eso han ido por detrás, que allí habrá alguna rampa.

—¿Y qué hacemos?

—Pues esperar, qué remedio.

No tuvieron que hacerlo mucho. Apenas quince minutos después vieron movimiento en los jardines. Aunque lo de ver era un decir pues dos edificios apenas dejaban ver una rendija en la que las ramas en movimiento de un árbol se interponían. Apenas quedaba a la vista una franja de la terraza. Pero con las miras telescópicas vieron un par de veces vieron como pasaba una silla de ruedas empujada por un hombre alto.

—Deben ser esos. El rey opresor le estará enseñando su casita al presidente capitalista. La próxima vez que pasen, tiramos.

—Iván, no creo yo que…

—No tendremos mejor oportunidad. En cuanto vuelvan a pasar disparamos ¡Ahora!

Los dos tiradores calcularon el viento, tomaron aire y empezaron a espirar para disminuir las pulsaciones del corazón antes de apretar suavemente el gatillo. Los proyectiles volaron a velocidad supersónica, pero aun tardaron dos segundos en llegar. Mientras los rusos recargaban sus armas.

—Mr. Felipe, what tower is that?

—That one over there? —respondió el Rey agachándose.

El leve movimiento salvo las dos vidas. Los fusiles no habían podido ser calibrados tras su llegada a Madrid, y los proyectiles iban algo altos. Uno pasó junto a la cabeza del monarca, el otro, que había tocado una hoja, rebotó en el suelo a sus pies. El rey quedó desconcertado unas décimas de segundo, pero las lecciones de sus guardaespaldas y el entrenamiento aprendido años ha en la Academia General Militar primaron. Ni siquiera había reconocido lo que pasaba cuando ya estaba agachándose, protegiendo con su cuerpo a Roosevelt. Los dos siguientes proyectiles le alcanzaron en la espalda.

—Creo que le he dado.

—Yo también. Vámonos.

Los tiradores ya habían elegido su ruta de escape. Anduvieron por el fondo de la zanja hacia el norte, en dirección contraria a la que habían llegado. Aun tardaron unos minutos en llegar a una barranca cubierta de encinas que les daba mejor cobertura. Luego siguieron a buen paso. Tenían que subir una suave loma, descender por el otro lado y cruzar una extensión más abierta pero fuera de las vistas desde el palacio. Más allá estaba el arroyo de la Zarzuela, donde podrían esconderse, y luego la valla, justo antes de una vía de tren. Las fotos no mostraban ninguna caseta de vigilancia como las que había por donde habían entrado, y seguramente sería fácil superar la alambrada. Luego intentarían montar en algún tren pero si no podían, seguirían hacia la sierra. Tenían alimentos para varios días y con su experiencia de cazadores sería difícil darles caza. Además si alguien se acercaba más de la cuenta, la puntería de los rusos les sacaría del apuro. También tenían dinero y un aparatito, un “teléfono móvil”, que les serviría para contactar con Gregorio.

Siguieron marchando lentamente, separados, conservando el resuello y atentos a los sonidos. Escuchaban ruidos de motores, señal de que, efectivamente, acababan de darle una patada al hormiguero. Ahora lo importante era alejarse lo más posible. Entonces escucharon un fuerte batir que tapaba los demás ruidos. El sonido aumentó y se aproximó, antes de alejarse. Una cautelosa mirada les permitió ver una de esas famosas aeronaves españolas, un helicóptero, pintado en brillantes tonos amarillos y azules. Al momento se escuchó otro helicóptero que también se alejó.

Aprovecharon el intervalo para seguir marchando. Pero pocos minutos después, cuando aun no habían llegado a lo alto de la loma, volvieron a escuchar a un helicóptero. Esta vez no se oía a lo lejos sino que se acercaba más y más. Un vistazo furtivo les permitió ver el aparato, con forma de huevo con un palo pegado, que estaba pintado de colores verde y blanco. Debía estar inspeccionando los alrededores, buscándolos. Los rusos, bajo una encina y con sus trajes, eran invisibles, pero se sobresaltaron cuando la aeronave pasó a apenas a cincuenta metros de donde estaban.

No sería fácil escapar.



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UROVESA URO VUA

El camión anfibio Urovesa URO VUA (Vehículo Utilitario Anfibio) fue solicitado por la Armada y el Consejo Nacional de Protección Civil a través de un requerimiento de a los fabricantes de un vehículo de carga anfibio de características similares al LARC V de la LTR.

Tanto la Armada como diversos organismos civiles estaban interesados en contar con algún tipo de vehículo anfibio menos complejo y más versátil que los caros y pesados blindados militares o sus derivados y de características superiores a los pobres DUKW norteamericanos, puesto que se consideraba, además de su utilidad puramente militar, una necesidad fuera del territorio peninsular de España, donde las infraestructuras eran más pobres o inexistentes. En concreto, los servicios de Protección Civil de Guinea Ecuatorial llevaban tiempo solicitando un todoterreno anfibio para poder operar en todo el territorio durante la estación lluviosa.

Varios fabricantes presentaron proyectos, entre ellos Pegaso, que conservaba información parcial sobre los proyectos de la LTR del Iveco SeaLand desarrollado sobre el chasis de la Daily 4x4 que se continuaba fabricando en Valladolid, aunque los prototipos se habían diseñado y construído en Italia, la filial española había tenido acceso a los diseños.

Un consorcio entre Evobus e Irizar, especializados en la fabricación bajo de demanda de vehículos pesados a medida, presentaron un diseño muy similar al LARC V, sobre un nuevo chasis con el motor trasero y calculado para proporcionar unas capacidades de carga a flote por encima de las 5 toneladas, no podían ser seleccionados puesto que no podría estar a tiempo ni en las cantidades requeridas, pero era sin duda el mejor diseño en la mayor parte de los aspectos, se lo consideró lo suficientemente interesante como para garantizar la compra de 5 prototipos que estarían listos en no menos de 18 meses.
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Nissan presentó un diseño basado en su plataforma 6x6 que resultaba muy similar estéticamente al IVECO Magiris RAV 6.
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Urovesa, presentó un adaptación muy conservadora, en dos tamaños, una simple adaptación con casco estanco y radiador en posición elevada de su carroceta 4x4 URO 24-16 que no necesitaba modificación mecánica alguna sobre el modelo ya en producción, puesto que la propulsión anfibia se delegaba en una hélice movida por la toma de fuerza ya prevista en el diseño básico.

El vehículo resultaba muy parecido al Fiat 6640 de la LTR, que en realidad fue tomado por Urovesa como referencia conceptual para el proyecto.
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Este resultó ser la propuesta más interesante para la Armada, pues no solo no requería de un largo periodo de diseño y desarrollo más allá de poner a prueba las dimensiones y formas del casco, sino que tal y como estaba planteado podría permitir incluso la conversión de vehículos ya fabricados, puesto que el único cambio mecánico sobre el vehículo de origen consistía en el traslado de los radiadores a una posición elevada, bien tras la cabina o bien sobre ella, las plantas de Urovesa estaban destinadas ya a la fabricación de vehículos especiales en configuraciones variadas, por lo que no suponía ningún estorbo a sus procesos el montaje de un vehículo cuya producción sería limitada.

En cuestión de tres meses, Urovesa y Navantia habían pulido el diseño del casco y la hélice, las secciones del casco y la hélice eran fabricados por Navantia, el casco en las instalaciones de trabajos en aluminio de Cádiz, y el grupo engranable de la hélice en la planta de motores de Cartagena, y montados en la planta de Urovesa donde un equipo de soldadura de Navantia realizaría las soldaduras finales de los cascos y los certificaría.

El camión resultante consistía en un camión base URO 24-16 3652 o URO 25-14 3652 con casco estanco de 2,75 metros de manga y una longitud de 8 metros la versión 25-14 3562 chasis 32 y 10 metros la versión 25-14 3562 con chasis 40, e imitando al Fiat 6640 tenía incorporada la base reforzada para la la instalación de una pluma hidráulica autónoma en su popa.

Su capacidad de carga máxima en tierra era de entre 8 y 10 toneladas y en flotación de entre 2,5 y 3,5 según la versión, con una velocidad máxima de 100 km/h en tierra y 8 nudos en el agua.

Santana-Pegaso SeaLand VLTA

El Santana-Pegaso Sealand VLTA (Vehículo Ligero Todoterreno Anfibio), nace a partir del requerimiento del vehiculo utilitario anfibio reclamado por la Armada y el Consejo Nacional de Protección Civil.

Pegaso presentó al concurso una reedición del diseño del prototipo SeaLand basado en el chasis de la camioneta Daily 4x4 fabricada en Valladolid, pero la propuesta no fue tenida en cuenta debido a que la propulsión del SeaLland estaba prevista como un hidrojet que debía diseñarse de nuevo, lo que resultaría caro y acarrearía retrasos.

Sin embargo, el vehículo selecciondado de Urovesa partía de un vehículo caro y se consideraría el disponer de una opción complementaria más ligera y económica, como el proyecto de Nissan tampoco interesó, pues su plataforma 6x6, además de cara adolecía del mismo problema que la de Pegaso, necesitaba realizar adiciones mecánicas a la transmisión de nuevo diseño y fabricación, o bien desarrollar un pequeño hidrojet eléctrico para lograr la propulsión acuática, además de cambios importantes en sus procesos de producción para instalarlos, tal vez esos elementos se pudieran diseñar en poco tiempo, pero se había convertido en requisito de la comisión evaluadora el favorecer las opciones más sencillas, económicas, rápidas y que menos trastornos produjesen a la producción en curso, Nissan pensó en las indicaciones de la comisión y aprovechó que tenía en producción una versión del Santana Ligero con arbol de transmisión y toma de fuerza (PTO) trasera que no necesitaba ningún cambio mecánico interno, y ofreció un nuevo diseño a la comisión, muy similar externamente al Pegaso Sealand.
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Cuando la Pegaso se enteró puso el grito en el cielo, pues si ya el primer proyecto presentado por Nissan estaba claramente inspirado en un diseño de la matriz Iveco de la LTR, en esta ocasión el nuevo proyecto estaba claramente basado en su propuesta del SeaLand, para el cual incluso habían tenido la desfachatez de contar con el mismo proveedor del casco estanco de fibra contemplado en el proyecto de Pegaso.

A la comisión evaluadora no le agradó la maniobra, pues fácilmente los representantes de Nissan podrían haber propuesto a Pegaso un proyecto conjunto, pero en cambio estaban dispuestos a validar el diseño, aunque no estaban dispuestos a otorgarlo en exclusiva a Nissan.

Dado que la versión contemplada del Santana Ligero con arbol de transmisión era una versión para exportación que se estaba fabricando en dos plantas, además de en la de Nissan se estaba produciendo en Martorell, se decidió otorgar la producción de 10 prototipos de evaluación a Pegaso, puesto que había diseñado el plan industrial para el montaje del casco de fibra, recibiría directamente los chasis completos desde las fábricas de Nissan y SEAT y se encargaría de carrozarlos y equiparlos.

El VLTA resultó un práctico todoterreno anfibio, utilizaba el mismo conjunto de hélice fabricada para el URO VUA, no tenía ni las opciones ni la capacidad de carga ni la potencia del URO VUA o del VUPA pero a cambio resultaba más pequeño y ligero, mucho más barato y versátil en las tareas para las que los camiones anfibios resultaban demasiado voluminosos o pesados y muy sufrido, pues su casco mixto de acero inoxidable y fibra de vidrio permitía rápidas reparaciones de campo con un simple "kit antipinchazos" de parches de fibra y resina.

Con unas dimensiones solo 4,10 metros de longitud por 1,65 de ancho y apenas 1.850 kg de peso podía alcanzar los 95 km/h en carretera y 6 nudos en el agua.


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Pegaso 3550 VAP

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Durante las fases finales de la campaña de Alemania y la ocupación, el Ejército de Tierra se encontró malgastando sus escasos helicópteros y blindados anfibios de combate para realizar tareas logísticas de último escalón ante la destrucción de la red viaria alemana, que provocaba grandes problemas por la destrucción de puentes y transbordadores en la red viaria secundaria.
Los militares españoles observaron con incredulidad como los británicos y franceses solucionaban en parte el problema gracias a sus camiones anfibios DUKW, Bedford QLA y Austin WK5, sabiendo como sabían que los aliados habían apostado por fabricar y utilizar una pequeña proporción de camiones anfibios precisamente debido a las recomendaciones de los españoles la reacción fue la previsible y la avalancha de quejas por parte de los comandantes locales acabó llegando a las "altas esferas".

Así, la DGAM, ya durante las primeras fases de la ocupación de Alemania, cuando todavía se producían combates esporádicos, asumió como propia la petición de un buen número de comandantes de campo que solicitaban la producción urgente del "Pegaso VAP", dado que se basaba en el Pegaso 3045 que se estaba produciendo a buen ritmo en la factoría de Madrid y puesto que los aliados ya no tenían escasez de camiones, consideraban que era el momento de subsanar esa carencia que complicaba la cadena logística y ponía en riesgo a las tropas al perjudicar el mantenimiento de los medios de combate.

Los comandantes sobre el terreno querían el viejo VAP también porque estaba ligeramente blindado, lo que a su juicio lo convertía en apropiado en el escenario alemán donde se producían ataques frecuentes a la cadena logística aliada.

Así pues, la DGAM simplemente consultó a la Pegaso para interesarse por la posibilidad de poner en producción el Pegaso 3550 VAP (Vehículo Anfibio Pegaso) de los años 70. Los responsables de la factoría de Madrid corrieron como alma que lleva el diablo a rescatar los planos de producción del 3550, buscar sustitutos a los componentes internos y a presupuestar las diferentes opciones de blindaje.

Aquellos comandantes sobre el terreno creían que pedían algo perfectamente razonable, fácil y barato porque se imaginaban que estando en producción las dos versiónes del venerable 3045 para exportación, el 3550 sería poco más que cortar chapa y soldar, pero la puesta en producción de nuevo del VAP no era tan sencilla como los militares solicitantes suponían, puesto que no se trataba de un simple carenado estanco de un 3045, el 3550 trasladaba el motor a la parte trasera y cambiaba todo el sistema de refrigeración original del camión, incorporaba varias bombas de sentina y de achique y mezclaba componentes mecánicos y de la transmisión del 3045 y el 3050 junto con otros específicos que habría que fabricar, se propulsaba en el agua con dos hidrorreactores cuya fabricación no sería compleja, pero no estaba en marcha, etc.

Sin embargo, los planos de producción estaban detallados y las únicas complicaciones vendrían dadas por los cambios que el progreso había causado en los componentes, pues las transmisiones ya no serían exactamente las mismas, al igual que los componentes del sistema hidráulico, los accesorios como las bombas de achique, etc, problemas menores que podrían solventarse en cuestión de unas pocas semanas y que en caso de necesitar posteriores correcciones estas podrían hacerse durante la producción sin problema alguno y así se le hizo saber a la Dirección General de Armamento y Material.

La DGAM recogió el guante y solicitó inmediatamente la producción del VAP, pues ante las quejas constantes desde el área de operaciones no iban a racanear porque unos cuantos camiones costasen un 150% más cuando ese coste pretendía ahorrar las vidas y el material de combate de los soldados.

Pero cuando el primer Pegaso 3550 VAP salió de las líneas de montaje de la planta de Pegaso ya casi habían desaparecido los combates en Alemania y los puentes de la red secundaria alemana habían comenzado a ser reparados o suplidos con transbordadores y pontones, el clamor por un camión anfibio protegido había cesado. Aunque los responsables de la DGAM no ordenaron parar la producción, sino que ofrecieron parte de ella a la Infantería de Marina, que había sido la operadora del VAP en su día.

La Infantería de Marina no consideraba que tuviese necesidad de un vehículo de aprovisionamiento anfibio ligeramente blindado y mucho menos de una bañera flotante de acero balístico descubierta por arriba, hasta que alguien cayó en la cuenta de que precisamente en varias administraciones se estaba pensando en comprar camiones DUKW o producir vehículos similares para, entre otras cosas, descargar de las tareas logísticas ligeras a medios más caros y especializados como los Buques Anfibios y sus LCM. A la vista de ello la IM asumió una docena de vehículos para probarlos a bordo de los transportes del ejército A-04 y A-05 y de los ferrys civiles movilizados que la Infanería de Marina había operado en el Caribe como medios de desembarco a flote de material y personal.

Mientras tanto parte de los vehículos estaban siendo distribuidos a los escalones logísticos desplegados en Centroeuropa, y la IM había llegado a la conclusión de que los VAP eran buenos vehículos pero les sobraba el blindaje para su tarea, mejor que un VAP blindado resultaría un VAP sin blindaje y con mayor capacidad de carga, hasta que el aumento de la tensión con la URSS llevó a los estados mayores a estudiar opciones y planes de operaciones ante una hipotética guerra en la Rusia Europea. Entonces el Ejército y la Armada empezaron a competir por acaparar la producción del Pegaso VAP 3550.

El nuevo Pegaso VAP seguía teniendo un blindaje de 6 mm de espesor, pero ahora era de acero balístico MARS 240, su planta motríz era el motor Pegaso de 270 caballos del 3045 destinado al Ejército de Tierra y la pluma hidráulica ahora podía levantar 750 kg en lugar de los 350 de la del modelo antiguo. Podía desarrollar una velocidad en tierra de 95 km/h y 10 en el agua, medía 9,06 metros de eslora y 2,5 de manga.


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LA FRACTURA

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Kilómetros al norte, Tacho Cruces se hacía cruces por su suerte —valga la redundancia—. Era uno de los fotógrafos autorizados a cubrir la visita presidencial, y había hecho algunas fotos de Roosevelt descendiendo de la limusina. Pero esa entrada parecía de oficina y no de un palacio, y por eso se alegró cuando le dijeron que iba a haber una sesión fotográfica en la terraza. Ya sabía que Roosevelt no le gustaba que le fotografiasen en su silla de ruedas, pero la imagen del Rey empujándola era tan inspiradora que aprestó su Nikon D-810. Entonces notó que el monarca hacía un movimiento extraño, e instintivamente apretó el disparador, capturando una serie de treinta tomas en la que se apreciaba como el monarca cubría con su cuerpo al presidente, los dos impactos en su costado, y la llegada de los guardaespaldas. El fotógrafo también cubrió el trabajo de los servicios de emergencias hasta que le obligaron a apartarse. Iba a tener que revisar las tomas una a una, pero ya sabía que en la tarjeta de memoria tenía el Pulitzer.

A apenas dos mil metros los dos rusos no estaban tan satisfechos. El maldito helicóptero pasaba una y otra vez impidiéndoles moverse; apenas se habían podido alejar cien metros en una hora. Seguramente la dichosa aeronave no podría seguir patrullando indefinidamente, y a una mala cuando llegase la noche se tendría que ir. Pero esperar a la oscuridad estando tan cerca del puesto de tiro no era opción. Ya habían visto como a lo lejos una línea de hombres había empezado a rastrillar el terreno, aunque en dirección equivocada; el haber disparado desde tan lejos y con un ángulo difícil les daría algún margen. Pero antes o después a alguien se preguntaría desde dónde se podía disparar contra el jardín.

En ese mismo momento, el capitán Esteban Pérez hacía exactamente eso. Acababa de llegar a la Zarzuela para coordinar las investigaciones. Apenas habían pasado dos horas desde el atentado y el autor o los autores —al haber sido dos proyectiles se inclinaba por que eran al menos un apareja— seguramente aun estarían cerca. Era prioritario capturarlos y, si no era posible, acabar con ellos. Pero primero había que saber desde donde habían disparado. Para eso se había situado en el punto donde el rey había sido herido y revisaba los posibles campos de tiro, mirando con unos prismáticos y luego comparando con las fotografías aéreas que tenía en una tableta.

—Decidle a los del helicóptero que busquen más al sur.

Desde el suroeste se tenían los mejores ángulos de tiro. No buenos del todo porque el palacio estaba en una suave elevación. Mirando como el helicóptero empezaba a sobrevolar esa zona, una idea sin formar empezó a rondarle la cabeza. Conociéndose, cerró los ojos y trató de abstraerse, representándose en la mente lo que sabía que había ocurrido: un proyectil rebotando, el monarca se había agachado protegiendo a Roosevelt, había recibido dos impactos, y luego habían llegado los guardaespaldas. Habría que buscar las balas aunque seguramente estarían fragmentadas, aunque tal vez la del suelo… como si le disparasen con un flash, supo de repente cuál era el fallo del razonamiento. Miró a la marca dl suelo y luego al panorama que se veía desde la terraza.

—¿Qué ocurre, capitán? —dijo Francisco Rodríguez, encargado de la seguridad de la Zarzuela y que ya estaba pensando en cual sería su próxima ocupación ¿portero en Tombuctú? ¿barrendero en Pernambuco?

—Estoy pensando —dijo el capitán—. Si tiraron desde allí, sería de abajo arriba. La bala no podría dar en el suelo salvo que hubiese rebotado en alguna parte. —Se acercó a la balaustrada y la inspeccionó—. Nada, no hay marcas. El tiro no pudo venir de allá ¿De dónde pues?

Una segunda idea se adentró en la mente del capitán—. Paco, una pregunta, en esta visita no se ha seguido el programa habitual ¿verdad?

—No, capitán —dijo Rodríguez—. Lo habitual es recibir al invitado en la escalera norte, hacer allí la sesión fotográfica, y luego pasar al salón.

—¿Por qué se cambió el protocolo?

—Habíamos preguntado a los asesores del presidente si Roosevelt podría subir por la escalera y nos contestaron que con alguna ayuda sí. Pero el hombre llegó tan cansado del viaje que se decidió que entrase por detrás y emplease el ascensor. Como la puerta de atrás es de tipo moderno y las fotos no hubiesen quedado bien, y aprovechando que Roosevelt quería admirar las vistas de Madrid, se decidió hacer la sesión fotográfica en la terraza.

—Es decir, que esa parte de la visita no estaba programada. Desde allí abajo —dijo señalando hacia el sur— no se puede ver la entrada ¿verdad?

—No, capitán.

—Vamos a la escalera principal.

El capitán cruzó las salas y salió por la entrada principal. Vio que los árboles solo permitían disparar por los lados, y dada la dirección desde la que habían llegado los proyectiles, habían tenido que disparar desde el este. A lo lejos se veía un suave cerro que permitía tirar de arriba abajo. Pero desde ahí no había ángulo hacia la terraza ¿o sí? Volvió atrás, se puso donde había caído el monarca, y con los prismáticos miró hacia el noroeste: quedaba una pequeña rendija entre los edificios. Miro la fotografía aérea y lo entendió todo.

—Paco, ya sé desde donde han disparado ¿ves esto?

—¿Es un barranco?

—No, yo creo que es una trinchera antigua. Manda a alguien a que la inspeccione pero que tenga cuidado. Esos tipos igual siguen por allí. Paco, otra pregunta. Si quisieses escapar ¿hacia dónde lo harías?

—Hacia el norte, sin duda. Si intentase seguir hacia el sur me encontraría con la carretera y luego las urbanizaciones. Al oeste no solo tendría que pasar al lado del palacio sino que luego se encontraría con el Manzanares. En dirección este Las Rozas. Son zonas bien comunicadas y ya están siendo cubiertas por la policía. Al norte está el monte del Pardo y más allá la sierra. La mayoría de los francotiradores son antiguos cazadores que sienten más cómodos en el campo.

El capitán miró las fotos de la tableta y tomó el radioteléfono y ordenó—. Mandad al helicóptero para que controle la dehesa al norte del palacio.

El Robinson empezó a batir ese espacio. En un determinado momento el copiloto vio movimiento y se lo indicó al piloto, pero resultó ser un ciervo.

—Capitán, los del helicóptero dicen que no ven nada y que les queda poco fuel.

—Me da igual. Que siga dando vueltas.

—Dicen que solo tiene quince minutos antes de tener que volver.

—Que sigan patrullando y si se les acaba el combustible, que se posen donde puedan, pero que ni se les ocurra irse. Llama también a Cuatro Vientos para que manden más helicópteros. Quiero que un cielo negro. Como los asesinos crucen la vía del tren y lleguen al monte del Pardo, va a ser muy difícil atraparlos. Además solo quedan cuatro horas de luz. Mientras, que los equipos de tierra, que formen una línea y que revisen ese cerro —dijo señalando al lugar desde el que creía que habían disparado—. Envía coches patrulla por la pista perimetral y pon puestos de observación en los altozanos ¡YA!

Vasili e Iván se sabían atrapados. Los españoles habían adivinado el plan de huida y habían situado su maldito helicóptero al norte, sobre la parte más abierta de la dehesa. También habían localizado la trinchera que habían usado y la lona con la que se habían ocultado. Sabiendo el escondrijo, era evidente por donde estaban escapando.

—Iván, si nos quedamos aquí estamos aviados. Vamos a correr hacia allá a ver si hay suerte.

De árbol en árbol fueron hacia el oeste, alejándose del palacio y de los batidores pero también de la vía del tren. Por desgracia era un terreno algo más abierto, y decenas de prismáticos vigilaban los montes.

—¡Ahí se ha movido algo!

Dos minutos después el Robinson se situó casi directamente encima de los rusos. Estos confiaban en que el traje de camuflaje les hiciese pasar desapercibidos, pero el agitar de la hélice los descubrió.

—Vasili, voy a tirarle a ese.

—Qué remedio. Yo también.

Desde el palacio vieron como el helicóptero se encabritaba, empezaba a girar y caía a tierra.

—¡Maldita sea! ¿Qué leches pasa allí? —dijo el capitán.

—No lo sé, señor.

—Que vaya alguien a ver si se han salvado los pilotos. Los demás, a rodear esa zona y que no se acerque nadie, que son tíos muy peligrosos. Si ven a alguien que tiren a matar, pero cuidado con el fuego propio.

Diez minutos después llegó un segundo helicóptero que a mucha mayor altura, inspeccionó el monte y vigiló el despliegue de las patrullas. Quince minutos después se le unió otro aparato procedente de Cuatro Vientos. Pero no era un Robinson sino un magnífico Avispa, que empezó a sobrevolar las lomas a baja altura. Entonces el piloto del Avispa notó unos golpes en el suelo del aparato.

—Avispa, os están disparando. A las once a cien metros.

Los fusiles eran inútiles contra el parabrisas blindado; pero ni Iván ni Vasili tenían nada que los resguardase de la ametralladora.

Veinte minutos después el capitán Pérez llegó al lugar. Varios guardias rodeaban los restos acribillados

—No toquéis nada ¿quiénes serán? Tienen facciones eslavas. Y esos fusiles, me parece que no son Máuser.

Un teniente de la Guardia Civil, aficionado a las armas, tomó su teléfono móvil para hacer una comprobación.

—Mi capitán, son fusiles Mosin Nagant.

—¿Qué?

—Fusiles de francotirador rusos. Espere un momento… —Conociendo el origen del arma la siguiente búsqueda era obvia.

—Creo que ya sé quién es ese, mi capitán. Mire esta foto.

—Se parece mucho ¿Quién demonios es?

—¿Vio la película “Enemigo a las puertas”, sobre Stalingrado? ¿Se acuerda del francotirador? Pues es este ¡Vasili Zaitsev!



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cornes
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LA FRACTURA

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Astilleros do Facho
Ria de Arosa



Semanas atrás, cuando Luís, hojeando la "Autopista" de su hermano, comenzó a leer el artículo de la revista que hablaba de los vehículos anfibios que se estaban fabricando y probando, incluído un todoterreno ligero, no pudo evitar levantar la vista y mirar hacia el lugar de la nave donde tenía guardado su Dutton Surf y pensó, "Con la cantidad de Santanas Jaleo que están fabricando ¿como es que no se les ha ocurrido fabricar un kit como el Dutton?". A él mismo se le había pasado por la cabeza unos meses antes al ver un Santana Jaleo militar que tras sufrir un aparatoso accidente acabó comprado por un desguace local para repuestos.

El Dutton Surf que tenía en el pequeño astillero dedicado a pequeñas embarcaciones de Plástico Reforzado era una fantástica conversión anfibia de un Suzuki Jimny a partir de un kit de plástico reforzado diseñado por un ingenioso australiano en la LTR, era robusto y estable, claro está que no había podido homologar el cacharro para circular por carretera, pero nadie le impidió matricularlo como embarcación recreativa, que para algo el se encargaba de los papeleos del astillero.
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El caso es que, teniendo menos horas ocupadas en la nave y como el Santana Jaleo militar que había sufrido aquel accidente seguía en el desguace con su chasis, ruedas, y transmisión al parecer intactos, no se le ocurrió mejor pasatiempo durante unas semanas que tomar medidas y fabricar un molde para intentar reproducirlo. Además, siempre había considerado, por su experiencia en lanchas y lanchones de fibra, que la ligera tendencia al cabeceo del Dutton Surf en el agua era algo que se podía reducir con unos retoques a las formas del casco sumergido.

La propulsión acuática era otro asunto que en su opinión podía mejorarse si se pretendía que el coche fuese realmente todoterreno anfibio, le encantaba lo ingenioso del pequeño y simple waterjet (Una hélice de acero inoxidable girando dentro de un tubo de 8") conectado con una simple varilla de transmisión de acero inoxidable a una conexión de la parte trasera de la caja de cambios hasta una correa de transmisión en el centro del compartimento trasero, algo curioso del Jimny, pues la caja de cambios estaba muy ligeramente descentrada hacia la izquierda en el chasis mientras los ejes de transmisión estaban desplazados a la derecha, lo que permitía engranar un piñón de transferencia justo en la conexión entre la caja de cambios y la transmisión y engranarlo a una varilla de transmisión central, simplemente genial, el hidrojet era muchísimo más simple que los de inox que ellos mismos instalaban en algunas lanchas ligeras, pero no era lo mismo una lancha auxiliar que un vehículo anfibio y en su utilización del Dutton en las playas y las costas someras de la ría se había encontrado con que la toma de agua solía tragar algas y restos vegetales que podían obstruir el conducto o dañar el impulsor, problema que solo podría agravarse al utilizar el vehículo en riberas fluviales y zonas inundadas, por lo que un sencillísimo aumento de la longitud de varilla desplazando la hélice al exterior protegida por un simple carenado podía ser mejor opción, aunque eso podía obligar a instalar un timón un poco más grande, lo que no sería complicado pero Luís pensaba que tal vez las ruedas bastasen.

Metido en el fregao, con la primera versión del molde terminado y el primer casco de prueba preparado, se fue a ver a su hermano Andrés, que para algo tenía un taller mecánico y le hacía los trabajos de motores del astillero, para esto iba a necesitar sus servicios. Así que le enseñó lo que tenía, le dijo lo que quería, y se llevó a su hermano y al chapista del taller al desguace donde estaba el Santana Jaleo con intención de hacerse con él si estaba en condiciones.

El motor del coche ya había sido extraído para repuestos, lo que no importaba porque de todas formas había recibido daños en el accidente, sin embargo el chasis no parecía dañado y la transmisión estaba intacta, así que Luis hizo con él.

Una vez en el astillero, desmontados todos los elementos aprovechables, eliminado lo que quedaba de la carrocería, llegó el momento de probar el primer casco de fibra, que hubo de ser rectificado en varios puntos pero estaba bien proporcionado, así que mientras se rectificaba el molde los mecánicos se dedicaban a conseguir el piñón de transferencia, reparar la caja de cambios y revisar la transmisión.

Finalmente el segundo casco se ajustó como un guante al chasis, se instaló el piñón de transferencia, la varilla de transmisión y la hélice fabricada en un taller naval, con un motor reacondicionado conseguido a precio de oro y radiador y componentes varios comprados nuevos, la broma le había costado a Luís poco más de 10.000 Euros en materiales, sobre todo en el motor y Dios sabe cuanto en mano de obra, porque ni su hermano, ni su mecánico ni el chapista le iban a cobrar un duro, eso sí, habían disfrutado un poco durante mes y medio y si funcionaba, tenían otro juguete que no había salido demasiado caro. Llegaba el momento de probarlo y ahí sí que se iban a cobrar todos la mano de obra.

Un soleado domingo de septiembre por la mañana, con toda la familia y los agregados en el astillero para participar de la "botadura" antes de dar cuenta de la churrascada que se preparaba, los dos coches, el Dutton Surf y el nuevo Jaleo anfibio bajaron por la rampa del astillero hacia el agua, empezaron a flotar e hicieron girar sus propulsores acuáticos, el Jaleo flotaba bien, elevaba un poco más la proa que el Dutton por las pequeñas diferencias en el casco pero era mucho menos maniobrable en el agua al carecer de timón, algo esperado, pero de todas formas, aunque bastante mas torpemente, conseguía llegar a donde se le ordenaba, nada que un timón, aunque fuese manual no pudiera solucionar cuando fuese necesario.

En cambio lo que sí era es más lento el Jaleo en relación al Surf, el "jet" del Dutton era más eficaz que la hélice descubierta, pero aún así se movía a una velocidad razonable, no eran lanchas de competición, aunque durante toda la tarde, con el licor café corriendo a mares, no dejaron de echar "carreras" por la ensenada del astillero.


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