La Historia Militar española desde la antiguedad hasta hoy. Los Tercios, la Conquista, la Armada Invencible, las guerras coloniales y de Africa.
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LA FRACTURA

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Notapor Limitanei » 15 Dic 2016, 10:29

Miércoles, 8 de abril de 1942
Rua da Prata
Baixa Pombalina
Lisboa
Portugal

Como cada noche, "Víktor" sintonizó Radio Moscú Internacional en su receptor de onda corta. Dado que el Reino de España no estaba en guerra con la URSS, la emisora no había sido interferida. El agente escuchaba impasible el noticiario hablado en lengua francesa, cuando se dio cuenta de que la locutora había dicho cuatro veces "el Secretario General del PCUS" en la misma noticia. Rápidamente, se dirigió hacia una cajonera de la cual extrajo un papel y una pluma. Cuando terminó el programa informativo, sonó una breve composición ejecutada por los Coros del Ejército Rojo y, acto seguido, una agradable voz femenina recitó una serie de números, que era sensiblemente más larga que las que eran emitidas rutinariamente en las medias horas tras un fragmento del ballet Cascanueces, de Tchaikovsky. El soviético apuntó la serie cuidadosamente y se dirigió hacia la cocina, donde con alguna dificultad levantó una determinada baldosa y extrajo una pequeña libreta de un minúsculo hueco.
El "Ilegal" procedió a transformar en números la serie de letras impresas (generadas con un alto grado de aleatoriedad) en la libreta y después a efectuar la suma modular de la clave y el mensaje, con lo que en unos pocos minutos obtuvo el texto en claro. Inmediatamente, Savas Alp, según la documentación ciudadano turco expatriado al país luso poco después de la Fractura, y en la realidad "Víktor", agente de los servicios de inteligencia de la URSS, se ocupó de quemar a conciencia tanto la hoja que había utilizado para descifrar el mensaje como la que había usado de la libreta de un solo uso.

Ante la eventualidad de que el destinatario del mensaje cifrado no pudiera, por alguna razón, escuchar la emisión, la cadena radiofónica destinada al exterior repetiría la operación al día siguiente, así como dos días consecutivos la semana siguiente. En el mes inmediatamente posterior, lo mismo.
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Notapor Domper » 15 Dic 2016, 12:23


En uno de los barracones, que había sido limpiado y desinfectado, esperaba la delegación española. Estaba encabezada por el general García Martín, jefe de las fuerzas expedicionarias aliada en Europa, y por el ministro de asuntos exteriores Díaz. También estaban varios representantes aliados: los generales De Guingaud, Leclerc y Maczek, y los civiles Anthony Eden, Pierre Mendès France y Władysław Raczkiewicz. No había sitio para más y por eso no había delegados de otras naciones que se habían unido a la guerra contra los nazis. Tampoco había jefes de gobierno: los alemanes iban a tener que tratar con subordinados. De primer nivel, pero subordinados. Ningún jefe de una nación se rebajaría a unirse con ellos. En esto, tanto el rey de España como el presidente del gobierno Samitier habían sido tajantes, por mucho que Churchill o De Gaulle hubiesen deseado estar en esa reunión histórica.

No había sido fácil llegar a un acuerdo entre los aliados. Los negociadores de las naciones que más habían sufrido la invasión pedían que Alemania fuese destruida. Los polacos habían llegado a demandar un tratado que arrebatase a Alemania grandes territorios, hasta la línea del Óder-Neisse, aunque sin renunciar a los territorios orientales invadidos por la URSS. También exigían una descomunal reparación de guerra, la ocupación de su vecino durante cincuenta años, el desarme, y el desmantelamiento de la industria pesada. Los franceses tampoco se habían quedado cortos y querían desmembrar Alemania convirtiéndola en varios estados agrícolas desarmados. Hasta a los británicos, normalmente más ecuánimes pero habían peleado dos veces con Alemania en veinticinco años, les agradó el plan de dividir el país en varios estados grosso modo similares a los existentes a principios del siglo XIX.

Los españoles se opusieron. Por una parte, pensaban que exigencias tan duras llevarían a los alemanes a resistir hasta el final. Quedaban amplias zonas en poder germano y en ellas habría que luchar por cada palmo. Además, la fragmentación del país llevaría con seguridad a un ánimo de reunificación y a posteriores conflictos, cuando lo que se trataba era de evitar nuevas guerras que en época atómica Europa no podía permitirse. Con la perspectiva que daba el tiempo, la delegación española quería llegar a algún acuerdo que tuviese validez para varias generaciones. Además los españoles recordaron a sus aliados que al otro lado de la frontera oriental la Unión Soviética estaba reuniendo sus enormes ejércitos. Se esperaba que la demostración nuclear la contuviese; pero si el conflicto se alargaba era posible que la URSS declarase la guerra a los nazis y ocupase buena parte del país. Aunque en esta ocasión no llegase a Berlín, se haría con Polonia, Prusia y seguramente buena parte de los Balcanes, creando otra vez esa Europa dividida que casi llevó al mundo a la destrucción nuclear en la anterior línea temporal.

Como, eran las fuerzas armadas españolas las que habían derrotado a los nazis, se pudo imponer el criterio hispano. La propuesta, además, no era definitiva haciéndola más fácil de aceptar. Inicialmente solo Austria sería escindida de Alemania. El país sería ocupado por los aliados que establecerían una administración militar, buscando la colaboración de los sectores alemanes democráticos. Mientras, se convocaría una gran conferencia de paz, similar a la de Viena de siglo y pico antes. La referencia fue porque, a pesar de sus defectos, el Congreso de Viena consiguió convertir el siglo XIX en un siglo de paz, con rifirrafes ocasionales, pero sin las grandes guerras generalizadas que desde el siglo XVI venían ensangrentando Europa.

Con esas premisas se recibió a la delegación alemana: se iba a permitir temporalmente la supervivencia de Alemania. Pero no la de los nazis.

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Notapor Limitanei » 16 Dic 2016, 10:48

Jueves, 9 de abril de 1942
Despacho de Andréi Zhdánov
El Kremlin
Distrito de Tverskoy
Moscú
URSS

- ¿Qué han podido averiguar acerca del programa atómico español?
Los jefes de los servicios secretos de la URSS se miraron unos a otros, hasta que intervino Shelepin.
- Mucho menos de lo deseable, camarada Secretario General. Pensamos que han conseguido diseñar armas muy compactas, que podrían ser transportadas fácilmente por esos aviones-cohete hasta cualquier punto, como han demostrado con sus repetidos y humillantes sobrevuelos de nuestra patria.
El jefe del NKVD hizo una pausa y remachó:
- Es posible que ni siquiera necesiten de la ayuda de sus aviones-cisterna.
El líder del Imperio Soviético, oteando la Plaza Roja desde un ventanal preguntó:
- ¿Cuántas de esas armas pueden desplegar en un año? ¿de qué potencia?
- No lo sabemos con precisión. Lo más probable es que entre diez y cincuenta, de unas 50 000 toneladas equivalentes de TNT- respondió Kozlov, el director del "Cuarto Bureau".
- Están construyendo más instalaciones atómicas, añadió Petrov, jefe del GRU.
Zhdánov no quería caer en los mismos errores del anterior jefe de la URSS, pero no pudo evitar alzar la voz, y girándose hacia el interior de la estancia exclamó:
- ¡"Shpiony"!
El inquilino del Kremlin se tomó un breve tiempo antes de lanzar:
- ¿De qué me sirven vuestros gigantescos aparatos de Inteligencia si no podéis responder a esas preguntas?
Paseando arriba y abajo por su despacho, dejó ir:
- A veces me pregunto quién manda realmente en la Rusia Soviética, si es el Partido o sóis vosotros.
- ¡La operación de Cartagena fue organizada prácticamente a mis espaldas!- gritó.
Continuó deambulando como un tigre enjaulado hasta que las aguas volvieron a su cauce. Se sentó en su sillón y -suavemente- ordenó:
- Les prohíbo que infiltren mútuamente sus organizaciones.
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Notapor Domper » 16 Dic 2016, 12:36


Cuando los alemanes descendieron del helicóptero fueron golpeados por el olor a muerte que flotaba sobre el campo.

Un oficial español los condujo hasta el barracón, y en su recorrido tuvieron que pasar junto a una enorme zanja llena de cuerpos, tan esqueléticos que no parecían humanos. Grupos de soldados alemanes, vigilados por españoles provistos de mascarillas, seguían llevando cadáveres a la gran fosa. Finalmente llegaron a una de las cabañas que hasta pocos días antes habían albergado a los “internos”, y que había sido desinsectada previamente. Aun así seguía viéndose lo rústico de su construcción, y en su interior solo había una mesa alargada, construida con tablones apenas desbastados, que estaba flanqueada a ambos lados por sillas desiguales de aspecto pobre. Unos operarios manejaban cámaras de grandes dimensiones.

Al mismo tiempo que los alemanes entraban lo hicieron por otra puerta los aliados, y se acomodaron en un lado de la mesa. En ella había varias banderitas que representaban a todos los países que habían declarado la guerra a Alemania, incluyendo los nuevos aliados hispanoamericanos. También se sentó Goering, cuya presencia se había exigido en la reunión. Se apropió de la silla que le pareció más cómoda e inició una diatriba contra los representantes aliados. Un lingüista tradujo sus palabras.

—El mariscal se siente insultado por el lugar en el que se va a celebrar la reunión.

El ministro Díaz le interrumpió.

—Los aliados hemos creído que la delegación alemana querría experimentar las comodidades con las que hasta hace apenas una semana han agasajado a los prisioneros. Si Bergen-Belsen era bueno para los judíos, también lo será para ustedes.

Goering hizo ademán de levantarse e irse. Pero los aliados permanecieron impasibles, y el alemán, que a pesar de su fatuidad era muy inteligente, comprendió que no tenía otra alternativa que sentarse. Por una parte, sabía que la guerra estaba perdida y que esta vez, contrariamente a la anterior línea temporal, no habría posibilidad de escapar por España o por Italia. Incluso las neutrales Suecia y Suiza habían cerrado sus fronteras. La única posibilidad de sobrevivir sería negociar algún acuerdo que le diese la posibilidad de huir. Por otra, la exhibición aérea española había sido una jugada que le había puesto en un compromiso. Medio Berlín, y a estas alturas gran parte de Alemania, sabía que se habían iniciado conversaciones con los aliados. Si estas se suspendían era probable que muchos alemanes se negasen a seguir empuñando las armas. Para confirmar su impresión el ministro Díaz le dirigió unas palabras, que también fueron traducidas.

—Señor Goering —todos notaron que no había usado su título militar ni tampoco lo reconocía como líder alemán—, le comunico que esta reunión está siendo grabada y se va a difundir por televisión y radio.

El alemán endureció aun más su expresión. Había caído en una encerrona en la que no habría lugar para trapicheos. Permaneció en silencio y fue otro de los delegados, el general Von Greim, el que preguntó por las condiciones que se les ofrecían.

—El partido nazi ha sido derrotado y no puede pedir condiciones —repuso Díaz—. Si estamos aquí es únicamente para que no se sigan perdiendo vidas por una causa perdida. Nos importan no solo las vidas de los aliados sino también los alemanes que ustedes han sacrificado con tanta alegría.

—No aceptaremos un diktat —dijo Von Greim.

—Señor Goering —dijo Díaz dirigiéndose al líder alemán—, no vamos a negociar. Les proponemos el siguiente acuerdo, que es innegociable. Solo podrán aceptarlo o rechazarlo —el español tomó un documento que empezó a leer.

—Punto primero. Las fuerzas armadas alemanas detendrán inmediatamente cualquier acción militar ofensiva o defensiva, y se pondrán a las órdenes de las potencias aliadas. En los territorios ocupados, entregarán sus armas a las autoridades locales, pudiendo conservar únicamente las necesarias para defenderse que serán, en principio, una décima parte de las armas de infantería, no pudiendo conservar ametralladoras, artillería u otro material pesado. En territorio alemán las unidades alemanas podrán conservar sus armas pero bajo control aliado.

Goering tragó saliva. Díaz siguió mientras el lingüista traducía.

—Punto segundo: los soldados alemanes en territorios ocupados serán considerados prisioneros de guerra. Las potencias aliadas se comprometen a facilitar su inmediata vuelta a Alemania. Solo se exceptuarán a los responsables de crímenes de guerra, que serán mantenidos en reclusión a la espera de juicio.

Los alemanes no se movieron. Este punto no les era del todo desfavorable: no se iba a emplear a los soldados germanos como mano de obra esclava.

—Punto tercero. Los aliados asumen el compromiso de defender al pueblo alemán, para el que podrán exigir la colaboración de todas las autoridades civiles y militares alemanas. Las autoridades alemanas, civiles y militares, pondrán a disposición de las potencias aliadas todos los recursos que Alemania conserve, tanto materiales como humanos, hasta que se negocie un acuerdo de paz definitivo.

La expresión de Von Greim mostró su discurso: significaba que Alemania se convertía en un satélite de los aliados, que podrían emplear sus fuerzas armadas como carne de cañón.

—Punto cuarto. No se realizarán destrucciones, ni en territorio alemán ni en el ocupado. Las fuerzas armadas alemanas protegerán las instalaciones civiles y militares, los almacenes de armas, municiones y materias primas, hasta que las autoridades aliadas se hagan cargo. Concretamente, deberán entregarse a los aliados toda la documentación y todas las instalaciones relacionadas con la investigación nuclear. Tampoco deben destruirse documentos de ningún tipo y los archivos deben ser protegidos hasta su entrega. De efectuarse cualquier tipo de destrucción tanto los que las ordenen como los que las realicen serán considerados criminales de guerra.

Los alemanes entendieron lo que significaba: no se podían destruir pruebas. También recordaron una de las últimas noticias llegadas de España: tras un áspero debate, las cámaras españolas habían reinstaurado la pena de muerte, pero únicamente para el genocidio y otros crímenes de lesa humanidad. Es decir, dirigida especialmente contra los nazis.

—Punto quinto —siguió el ministro—. El partido nazi queda disuelto y se prohíbe en lo sucesivo su reconstitución. Queda terminantemente prohibida la exhibición de símbolos nacional socialistas. Los ciudadanos alemanes no podrán conservar símbolos nazis, y deberán entregarlos a las autoridades civiles para su destrucción. Solo podrán conservar las condecoraciones por méritos de guerra, pero no podrán ser ostentadas en público. Se excluyen expresamente las distinciones concedidas por el partido nazi. —Era algo obvio que todos esperaban: no podría haber “tráfico de recuerdos” nazis.

—Punto sexto —prosiguió leyendo el ministro—. Se liberará inmediatamente a todos los prisioneros de guerra y a los presos políticos. Tanto las autoridades civiles como las militares harán los máximos esfuerzos para prestarles asistencia, dándoles prioridad sobre cualquier otra necesidad. Los responsables de crímenes o maltratos se entregarán a las autoridades civiles o militares, que los opondrán a disposición de los tribunales de justicia.

—¿Qué justicia? —interrumpió el general Von Greim— ¿La justicia de los vencedores?

Contestó Díaz—: General, estamos en un lugar de ignominia donde se han cometido actos que son criminales no solo ante la humanidad sino para las leyes alemanas. Los aliados no van a tolerar que los criminales queden impunes. Tampoco habrá farsas judiciales: le adelantamos que se mantendrá la política seguida hasta ahora, y en esos tribunales se aplicarán las leyes de los territorios donde se hayan cometido los delitos. Las potencias aliadas solo actuarán como supervisoras.

Los alemanes asintieron suavemente. Sabían lo que en realidad significaba: la legislación germana era draconiana.

—Punto séptimo —continuó el español—. El presente acuerdo es provisional, hasta que se convoque una conferencia de paz en la que participarán todas las potencias implicadas en el conflicto, y a cuyas decisiones Alemania se someterá. Hasta entonces serán las aliadas las máximas autoridades sobre Alemania.

Los germanos siguieron esperando.

—Punto octavo y final. El presente acuerdo entrará en vigor a las doce de la noche del día actual. Las autoridades alemanas harán los máximos esfuerzos para comunicarlo a sus subordinados tanto civiles como militares.

Goering siguió callado pero miró a Von Greim, que contestó.

—Esas condiciones son inasumibles.

El ministro Díaz dejó que fuese el general García Martín quien siguiese.

—Ustedes han sido derrotados y, como les hemos indicado antes, no tienen capacidad de negociar. Independientemente de lo que ustedes decidan, dentro de doce horas los ejércitos aliados procederán a ocupar el terreno que aun conservan el partido nazi. Los militares aliados no dispararán, y si en alguna región encuentran resistencia, la rodearán y la dejarán abandonada a su suerte. Dado que consideramos que el presente enfrentamiento, que comenzó con un acto de agresión del partido nazi sin previa declaración de guerra, es un conflicto ilegal, aquellos que en lo sucesivo presenten resistencia serán considerados criminales de guerra. Igualmente lo serán aquellos que a partir de este momento cometan más asesinatos. Todos, desde los generales hasta los últimos soldados, serán tratados como delincuentes y perseguidos la justicia.

—Están exigiendo la rendición incondicional —repuso Von Greim.

—Hemos prometido defender a los alemanes. Algo que su régimen no ha hecho. También van a ser repatriados los prisioneros. No se está exigiendo la destrucción de la economía de su país. Son términos mucho más favorables que los que obtuvieron en la anterior línea temporal.

Entonces fue el ministro Díaz el que tomó la palabra—: Señor Goering, los aliados no van a negociar. Ustedes deben aceptar estas condiciones o rechazarlas. La delegación aliada abandonará esta sala y volverá dentro de quince minutos.

Los aliados salieron, seguidos por uno de las cámaras: la televisión daría fe de la inexistencia de negociaciones secretas. Un cuarto de hora después volvieron a entrar. Goering siguió en silencio, pero fue Von Greim el que habló.

—Ja, wir akzeptieren.

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Notapor Domper » 17 Dic 2016, 18:20


El NH90 recogió a los alemanes y los llevó de nuevo a Tempelhof: el acuerdo que había facilitado la reunión de Bergen-Belsen y la presencia de Goering incluía el compromiso aliado de permitir el regreso de las autoridades germanas. De nuevo los helicópteros fueron escoltados por una gran masa de aviones. Pero ya no cargaban armas (aunque sí otros aparatos que se mantuvieron alejados) sino contenedores con octavillas con la noticia de la paz. Los berlineses que aun no habían escuchado la noticia por las radios aliadas vieron los papeles con una mezcla de tristeza y de alivio.

Una el helicóptero se alejó, Goering se despidió de sus colaboradores. Ya poco tenía que hacer en Berlín, e iba a dejar a sus subordinados que retransmitiesen la mala nueva (dependiendo de cómo se mirase). Mientras, iba a intentar escapar. Con el pretexto de mantener la llama del nacional socialismo, pero los colaboradores de Goering no se engañaban: era un vividor al que nunca le había gustado arrostrar la responsabilidad de sus hechos. Además su inteligencia le permitía entender que Alemania ya no tenía oportunidades. Había ido a Bergen-Belsen pensando que podría negociar una salida, pero no había sido posible. Menos mal que previéndolo, durante los días previos había preparado una ruta de huida. No sería posible ni por el norte, donde Suecia había cerrado las fronteras y Finlandia había roto su alianza con Alemania, ni por el sur, porque tanto Italia como Suiza (esta última, amenazada por los aliados de un cierre de fronteras) eran hostiles. Pero aun tenía amigos en los Balcanes. En Budapest Horty no era de fiar: aunque se declaraba aliado de Alemania, seguramente le alegraría entregar a Goering a los aliados para así salvaguardar su propia cabeza. Pero la Luftwaffe aun operaba en algunos aeródromos en Hungría. En Miskolc le esperaba un Focke Wulf 200 Condor que aligerado y con un depósito adicional podía llegar a Irán, donde el Sah se declaraba aun como amigo de los alemanes. Tampoco se fiaba demasiado del monarca, pero sus agentes en Irán, a los que había enviado fondos ingentes, también habían preparado una salida. Goering desaparecería para vivir como un rico potentado en algún país árabe.

Para poder escapar, iba a dejar que fuesen sus subordinados los que controlasen lo poco que quedaba de Alemania. Aludió a su sentido del deber, prohibiéndoles que se suicidasen. Tras dejar como encargado al general Von Greim, montó en un coche oficial y se fue.

Tras quedarse solos, Sturm tomó aparte a Von Greim, que aun estaba anonadado.

—Vaya desfachatez. Los españoles nos han engañado —dijo cuando se recuperó.

—Robert —respondió Sturm—, si lo piensas, los aliados nos han ofrecido condiciones mejores que las que impusimos a los polacos, a los noruegos o a los holandeses. Y a ellos tampoco les permitimos negociar —repuso Sturm.

—Pero estamos hablando de Alemania. No de un paisucho de tres al cuarto.

—Robert, recuerda lo que hemos visto en ese maldito campo —Von Greim permaneció en silencio mientras Sturm seguía—. Esos malnacidos han dejado el nombre de Alemania por los suelos. Difícilmente podemos darle lecciones a nadie. Además lo de Bergen-Belsen no es el único horror. Los españoles me llevaron a ver ese y otros lugares de ignominia que han manchado a las armas alemanas. Sé que tú no tienes nada que ver con esas aberraciones. Por eso te pido que te unas a nosotros para reconstruir una Alemania digna, lejos de esos malnacidos de camisas pardas.

—Sturm, nunca hubiese pensado que fuese un traidor —dijo Von Greim, que había aparcado la familiaridad—. Jamás escucharé a un traidor.

—Robert, no pienses ni por un momento que puedo fallarle a Alemania. Si no me crees, podrás preguntarle a los camaradas que formaron en tribunal de honor que me autorizó a participar en esta misión. Los españoles nos presentaron pruebas de que se cierne sobre Alemania una catástrofe aun mayor. Más allá de Polonia, la Unión Soviética está reuniendo un ejército enorme que está preparado para caer sobre nuestra nación. Los españoles están dispuestos a luchar por nosotros, pero solo si les ayudamos y si nos sacudimos la basura nazi.

Von Greim, que seguía impresionado por las montañas de cadáveres que había visto, dijo que lo pensaría.

Mientras el coche de Goering llegó a Tegel, el otro campo de aviación de Berlín. Allí lo esperaba un pequeño avión: un Siebel Si 204 con librea civil e insignias de la Cruz Roja. Montó en el pequeño aparato que despegó con rumbo sudeste. Era el primer paso de la huida y tal vez el más peligroso. Por eso no podía perder tiempo. En Irán le esperaba la riqueza y el olvido.

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Notapor Limitanei » 17 Dic 2016, 18:54

Lunes, 4 de mayo de 1942
Akdala
Región de Alma-Ata
República Socialista Soviética de Kazakhstan
URSS

Trasladados desde Alma-Ata, comenzaban a instalarse, en barracones construidos a toda prisa, los obreros-presidiarios producidos por el sistema represivo de la Unión Soviética. Pronto se iniciarían los trabajos de ampliación y acondicionamiento de la carretera de tierra que unía la aldea de Akdala con la ciudad kazaka de Shymkent, a más de 200 km. Una vez terminadas las mejoras en la vía de comunicación que daría salida al uranio, se abordaría la construcción de los enlaces ferroviarios oportunos y la transformación de la base aérea agrícola de Shymkent en un pequeño aeropuerto.

Mientras tanto, el equipo del ingeniero Lavrenti Weinberg se dedicaba a efectuar detallados estudios geológicos y mineralógicos de una extensa área en la Cuenca de Chu-Sarysu, en la vertiente nororiental de la Cordillera de Karatau. Solo en una fase posterior se procedería al estudio y explotación de las regiones de Buriatia, Kurgan, Yakutia y otras, que aparecían en la documentación aportada por los desertores españoles, almacenada en esos extraños y pequeños aparatos electrónicos.

Lavrenti alzó la mirada hacia el este, y, en el cielo despejado que reinaba ese día, divisó una estela de color blanco. Siguió el "fenómeno atmosférico", viendo como cruzaba el cénit y se desplazaba hacia el oeste. Entonces se giró, intrigado, hacia Konstantin Korotkov. Ante la muda pregunta del ingeniero, el "politrabotnik" (encargado de que se siguiera rigurosamente la ortodoxia marxista-leninista), que estaba mejor informado que él, dijo:
- Es un avión español. Probablemente han localizado nuestra futura mina y esté tomando fotografías.

El ingeniero de minas moscovita asintió con la cabeza y se preguntó si, en un futuro más o menos próximo, serían objeto de un bombardeo. Aunque sus conocimientos de física atómica no eran demasiado extensos, sabía que su trabajo estaba directamente relacionado con la confección de esas armas basadas en la fisión de núcleos atómicos. A decir verdad, lo único que le preocupaba era que su mujer pudiera quedar viuda y su hija huérfana. No le importaba lo más mínimo la supervivencia del régimen político opresor soviético, al que odiaba profundamente.
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Notapor Domper » 20 Dic 2016, 12:15

Esta entrada ya se había colgado,p ero es que se ha modificado. Gracias.

Cuando los alemanes descendieron del helicóptero fueron golpeados por el olor a muerte que flotaba sobre el campo.

Un oficial español los condujo hasta el barracón, y en su recorrido tuvieron que pasar junto a una enorme zanja llena de cuerpos, tan esqueléticos que no parecían humanos. Grupos de soldados alemanes, vigilados por españoles provistos de mascarillas, seguían llevando cadáveres a la gran fosa. Finalmente llegaron a una de las cabañas que hasta pocos días antes habían albergado a los “internos”, y que había sido desinsectada previamente. Aun así seguía viéndose lo rústico de su construcción, y en su interior solo había una mesa alargada, construida con tablones apenas desbastados, que estaba flanqueada a ambos lados por sillas desiguales de aspecto pobre. Unos operarios manejaban cámaras de grandes dimensiones.

Al mismo tiempo que los alemanes entraban lo hicieron por otra puerta los aliados, y se acomodaron en un lado de la mesa. En ella había varias banderitas que representaban a todos los países que habían declarado la guerra a Alemania, incluyendo los nuevos aliados hispanoamericanos. También se sentó Goering, cuya presencia se había exigido en la reunión. Se apropió de la silla que le pareció más cómoda e inició una diatriba contra los representantes aliados. Un lingüista tradujo sus palabras.

—El mariscal se siente insultado por el lugar en el que se va a celebrar la reunión.

El ministro Díaz le interrumpió.

—Los aliados hemos creído que la delegación alemana querría experimentar las comodidades con las que hasta hace apenas una semana han agasajado a los prisioneros. Si Bergen-Belsen era bueno para los judíos, también lo será para ustedes.

Goering hizo ademán de levantarse e irse. Pero los aliados permanecieron impasibles, y el alemán, que a pesar de su fatuidad era muy inteligente, comprendió que no tenía otra alternativa que sentarse. Por una parte, sabía que la guerra estaba perdida y que esta vez, contrariamente a la anterior línea temporal, no habría posibilidad de escapar por España o por Italia. Incluso las neutrales Suecia y Suiza habían cerrado sus fronteras. La única posibilidad de sobrevivir sería negociar algún acuerdo que le diese la posibilidad de huir. Por otra, la exhibición aérea española había sido una jugada que le había puesto en un compromiso. Medio Berlín, y a estas alturas gran parte de Alemania, sabía que se habían iniciado conversaciones con los aliados. Si estas se suspendían era probable que muchos alemanes se negasen a seguir empuñando las armas. Para confirmar su impresión el ministro Díaz le dirigió unas palabras, que también fueron traducidas.

—Señor Goering —todos notaron que no había usado su título militar ni tampoco lo reconocía como líder alemán—, le comunico que esta reunión está siendo grabada y se va a difundir por televisión y radio.

El alemán endureció aun más su expresión. Había caído en una encerrona en la que no habría lugar para trapicheos. Permaneció en silencio y fue otro de los delegados, el general Von Greim, el que preguntó por las condiciones que se les ofrecían.

—El partido nazi ha sido derrotado y no puede pedir condiciones —repuso Díaz—. Si estamos aquí es únicamente para que no se sigan perdiendo vidas por una causa perdida. Nos importan no solo las vidas de los aliados sino también los alemanes que ustedes han sacrificado con tanta alegría.

—No aceptaremos un diktat —dijo Von Greim.

—Señor Goering —dijo Díaz dirigiéndose al líder alemán—, no vamos a negociar. Les proponemos el siguiente acuerdo, que es innegociable. Solo podrán aceptarlo o rechazarlo —el español tomó un documento que empezó a leer.

—Punto primero. Las fuerzas armadas alemanas detendrán inmediatamente cualquier acción militar ofensiva o defensiva, y se pondrán a las órdenes de las potencias aliadas. En los territorios ocupados, entregarán sus armas a las autoridades locales, pudiendo conservar únicamente las necesarias para defenderse que serán, en principio, una décima parte de las armas de infantería, no pudiendo conservar ametralladoras, artillería u otro material pesado. En territorio alemán las unidades alemanas podrán conservar sus armas pero bajo control aliado.

Goering tragó saliva. Díaz siguió mientras el lingüista traducía.

—Punto segundo: los soldados alemanes en territorios ocupados serán considerados prisioneros de guerra. Las potencias aliadas se comprometen a facilitar su inmediata vuelta a Alemania. Solo se exceptuarán a los responsables de crímenes de guerra, que serán mantenidos en reclusión a la espera de juicio.

Los alemanes no se movieron. Este punto no les era del todo desfavorable: no se iba a emplear a los soldados germanos como mano de obra esclava.

—Punto tercero. Los aliados asumen el compromiso de defender al pueblo alemán, para el que podrán exigir la colaboración de todas las autoridades civiles y militares alemanas. Las autoridades alemanas, civiles y militares, pondrán a disposición de las potencias aliadas todos los recursos que Alemania conserve, tanto materiales como humanos, hasta que se negocie un acuerdo de paz definitivo.

La expresión de Von Greim mostró su discurso: significaba que Alemania se convertía en un satélite de los aliados, que podrían emplear sus fuerzas armadas como carne de cañón.

—Punto cuarto. No se realizarán destrucciones, ni en territorio alemán ni en el ocupado. Las fuerzas armadas alemanas protegerán las instalaciones civiles y militares, los almacenes de armas, municiones y materias primas, hasta que las autoridades aliadas se hagan cargo. Concretamente, deberán entregarse a los aliados toda la documentación y todas las instalaciones relacionadas con la investigación nuclear. Tampoco deben destruirse documentos de ningún tipo y los archivos deben ser protegidos hasta su entrega. De efectuarse cualquier tipo de destrucción tanto los que las ordenen como los que las realicen serán considerados criminales de guerra.

Los alemanes entendieron lo que significaba: no se podían destruir pruebas. Además, si en algún momento los responsables de crímenes habían pensado que entregándose a los españoles salvarían la vida (pues a pesar de la crisis España no había reinstaurado la pena de muerte), a estas alturas ya sabían que esa vía estaba cerrada. Tanto políticos como militares hispanos habían declarado que entregarían a los delincuentes a las autoridades locales, y era lo que habían hecho en Francia y Bélgica. También se había anunciado que si era preciso, los criminales permanecerían custodiados hasta que se constituyesen regímenes democráticos que pudiesen juzgarles. Lo que apuntaba directamente contra los nazis germanos.

También recordaron una de las últimas noticias llegadas de España: tras un áspero debate, las cámaras españolas habían reinstaurado la pena de muerte, pero únicamente para el genocidio y otros crímenes de lesa humanidad. Es decir, dirigida especialmente contra los nazis.

—Punto quinto —siguió el ministro—. El partido nazi queda disuelto y se prohíbe en lo sucesivo su reconstitución. Queda terminantemente prohibida la exhibición de símbolos nacional socialistas. Los ciudadanos alemanes no podrán conservar símbolos nazis, y deberán entregarlos a las autoridades civiles para su destrucción. Solo podrán conservar las condecoraciones por méritos de guerra, pero no podrán ser ostentadas en público. Se excluyen expresamente las distinciones concedidas por el partido nazi. —Era algo obvio que todos esperaban: no podría haber “tráfico de recuerdos” nazis.

—Punto sexto —prosiguió leyendo el ministro—. Se liberará inmediatamente a todos los prisioneros de guerra y a los presos políticos. Tanto las autoridades civiles como las militares harán los máximos esfuerzos para prestarles asistencia, dándoles prioridad sobre cualquier otra necesidad. Los responsables de crímenes o maltratos se entregarán a las autoridades civiles o militares, que los opondrán a disposición de los tribunales de justicia.

—¿Qué justicia? —interrumpió el general Von Greim— ¿La justicia de los vencedores?

Contestó Díaz—: General, estamos en un lugar de ignominia donde se han cometido actos que son criminales no solo ante la humanidad sino para las leyes alemanas. Los aliados no van a tolerar que los criminales queden impunes. Tampoco habrá farsas judiciales: le adelantamos que se mantendrá la política seguida hasta ahora, y en esos tribunales se aplicarán las leyes de los territorios donde se hayan cometido los delitos. Las potencias aliadas solo actuarán como supervisoras.

Los alemanes asintieron suavemente. Sabían lo que en realidad significaba: la legislación germana era draconiana.

—Punto séptimo —continuó el español—. El presente acuerdo es provisional, hasta que se convoque una conferencia de paz en la que participarán todas las potencias implicadas en el conflicto, y a cuyas decisiones Alemania se someterá. Hasta entonces serán las aliadas las máximas autoridades sobre Alemania.

Los germanos siguieron esperando.

—Punto octavo y final. El presente acuerdo entrará en vigor a las doce de la noche del día actual. Las autoridades alemanas harán los máximos esfuerzos para comunicarlo a sus subordinados tanto civiles como militares.

Goering siguió callado pero miró a Von Greim, que contestó.

—Esas condiciones son inasumibles.

El ministro Díaz dejó que fuese el general García Martín quien siguiese.

—Ustedes han sido derrotados y, como les hemos indicado antes, no tienen capacidad de negociar. Independientemente de lo que ustedes decidan, dentro de doce horas los ejércitos aliados procederán a ocupar el terreno que aun conservan el partido nazi. Los militares aliados no dispararán, y si en alguna región encuentran resistencia, la rodearán y la dejarán abandonada a su suerte. Dado que consideramos que el presente enfrentamiento, que comenzó con un acto de agresión del partido nazi sin previa declaración de guerra, es un conflicto ilegal, aquellos que en lo sucesivo presenten resistencia serán considerados criminales de guerra. Igualmente lo serán aquellos que a partir de este momento cometan más asesinatos. Todos, desde los generales hasta los últimos soldados, serán tratados como delincuentes y perseguidos la justicia.

—Están exigiendo la rendición incondicional —repuso Von Greim.

—Hemos prometido defender a los alemanes. Algo que su régimen no ha hecho. También van a ser repatriados los prisioneros. No se está exigiendo la destrucción de la economía de su país. Son términos mucho más favorables que los que obtuvieron en la anterior línea temporal.

Entonces fue el ministro Díaz el que tomó la palabra—: Señor Goering, los aliados no van a negociar. Ustedes deben aceptar estas condiciones o rechazarlas. La delegación aliada abandonará esta sala y volverá dentro de quince minutos.

Los aliados salieron, seguidos por uno de las cámaras: la televisión daría fe de la inexistencia de negociaciones secretas. Un cuarto de hora después volvieron a entrar. Goering siguió en silencio, pero fue Von Greim el que habló.

—Ja, wir akzeptieren.

* * *

El NH90 recogió a los alemanes y los llevó de nuevo a Tempelhof: el acuerdo que había facilitado la reunión de Bergen-Belsen y la presencia de Goering incluía el compromiso aliado de permitir el regreso de las autoridades germanas. De nuevo los helicópteros fueron escoltados por una gran masa de aviones. Pero ya no cargaban armas (aunque sí otros aparatos que se mantuvieron alejados) sino contenedores con octavillas con la noticia de la paz. Los berlineses que aun no habían escuchado la noticia por las radios aliadas vieron los papeles con una mezcla de tristeza y de alivio.

Una el helicóptero se alejó, Goering se despidió de sus colaboradores. Ya poco tenía que hacer en Berlín, e iba a dejar a sus subordinados que retransmitiesen la mala nueva (dependiendo de cómo se mirase). Mientras, iba a intentar escapar. Con el pretexto de mantener la llama del nacional socialismo, pero los colaboradores de Goering no se engañaban: era un vividor al que nunca le había gustado arrostrar la responsabilidad de sus hechos. Además su inteligencia le permitía entender que Alemania ya no tenía oportunidades. Había ido a Bergen-Belsen pensando que podría negociar una salida, pero no había sido posible. Menos mal que previéndolo, durante los días previos había preparado una ruta de huida. No sería posible ni por el norte, donde Suecia había cerrado las fronteras y Finlandia había roto su alianza con Alemania, ni por el sur, porque tanto Italia como Suiza (esta última, amenazada por los aliados de un cierre de fronteras) eran hostiles. Pero aun tenía amigos en los Balcanes. En Budapest Horty no era de fiar: aunque se declaraba aliado de Alemania, seguramente le alegraría entregar a Goering a los aliados para así salvaguardar su propia cabeza. Pero la Luftwaffe aun operaba en algunos aeródromos en Hungría. En Miskolc le esperaba un Focke Wulf 200 Condor que aligerado y con un depósito adicional podía llegar a Irán, donde el Sah se declaraba aun como amigo de los alemanes. Tampoco se fiaba demasiado del monarca, pero sus agentes en Irán, a los que había enviado fondos ingentes, también habían preparado una salida. Goering desaparecería para vivir como un rico potentado en algún país árabe.

Para poder escapar, iba a dejar que fuesen sus subordinados los que controlasen lo poco que quedaba de Alemania. Aludió a su sentido del deber, prohibiéndoles que se suicidasen. Tras dejar como encargado al general Von Greim, montó en un coche oficial y se fue.

Tras quedarse solos, Sturm tomó aparte a Von Greim, que aun estaba anonadado.

—Vaya desfachatez. Los españoles nos han engañado —dijo cuando se recuperó.

—Robert —respondió Sturm—, si lo piensas, los aliados nos han ofrecido condiciones mejores que las que impusimos a los polacos, a los noruegos o a los holandeses. Y a ellos tampoco les permitimos negociar —repuso Sturm.

—Pero estamos hablando de Alemania. No de un paisucho de tres al cuarto.

—Robert, recuerda lo que hemos visto en ese maldito campo —Von Greim permaneció en silencio mientras Sturm seguía—. Esos malnacidos han dejado el nombre de Alemania por los suelos. Difícilmente podemos darle lecciones a nadie. Además lo de Bergen-Belsen no es el único horror. Los españoles me llevaron a ver ese y otros lugares de ignominia que han manchado a las armas alemanas. Sé que tú no tienes nada que ver con esas aberraciones. Por eso te pido que te unas a nosotros para reconstruir una Alemania digna, lejos de esos malnacidos de camisas pardas.

—Sturm, nunca hubiese pensado que fuese un traidor —dijo Von Greim, que había aparcado la familiaridad—. Jamás escucharé a un traidor.

—Robert, no pienses ni por un momento que puedo fallarle a Alemania. Si no me crees, podrás preguntarle a los camaradas que formaron en tribunal de honor que me autorizó a participar en esta misión. Los españoles nos presentaron pruebas de que se cierne sobre Alemania una catástrofe aun mayor. Más allá de Polonia, la Unión Soviética está reuniendo un ejército enorme que está preparado para caer sobre nuestra nación. Los españoles están dispuestos a luchar por nosotros, pero solo si les ayudamos y si nos sacudimos la basura nazi.

Von Greim, que seguía impresionado por las montañas de cadáveres que había visto, dijo que lo pensaría.

Mientras el coche de Goering llegó a Tegel, el otro campo de aviación de Berlín. Allí lo esperaba un pequeño avión: un Siebel Si 204 con librea civil e insignias de la Cruz Roja. Montó en el pequeño aparato que despegó con rumbo sudeste. Era el primer paso de la huida y tal vez el más peligroso. Por eso no podía perder tiempo. En Irán le esperaba la riqueza y el olvido.

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Notapor Domper » 20 Dic 2016, 12:42


—Atalaya 3 a Dogo. Un pichón ha levantado el vuelo —dijo el controlador antes de enviar la posición del aparato detectado mediante el enlace de datos.

Los españoles tenían un sano temor era la desbandada de nazis. Era más que probable que intentasen escapar y si lo lograban, sobre todo si Goering lo conseguía, serían acusados de haber acordado su inmunidad. Por tanto, incluso antes de la firma de la rendición en Bergen-Belsen, se había organizado un sistema de vigilancia para atrapar a los fugitivos. Se esperaba que las siguientes horas serían críticas: las noticias de la capitulación harían que se desmoronase lo que quedaba de la Alemania nazi, y en el caos las ratas abandonarían Berlín como barco que se hunde. No tenían demasiados sitios a los que huir: tan solo había dos posibles vías de escape: hacia Noruega, para intentar embarcar en un submarino, o en dirección a los Balcanes.

La diplomacia aliada trabajaba para negarles cualquier refugio. En Europa, Suecia aunque seguía neutral había cerrado sus fronteras, pues si había colaborado con Alemania era solo por la amenaza militar, pues la invasión de Noruega había predispuesto los ánimos contra los alemanes. Suiza había sido un caso más complejo al ser un tradicional refugio. Pero la colaboración de los banqueros suizos con los nazis había puesto al país alpino en una situación espinosa. El Ministerio de Asuntos Exteriores español, pensando ya en la posguerra, quería acabar con el secreto bancario, que en la anterior línea temporal había hecho posible la corrupción, y facilitado las actividades clandestinas. Aprovechando la debacle alemana el embajador español en Berna presentó un ultimátum ante el consejo federal: si el país pretendía mantener sus prácticas bancarias, y si no colaboraba tanto en la persecución de los nazis como en la restitución de los bienes que habían robado, se enfrentaría a un cierre de fronteras. La decisión había sido unilateral, pues Inglaterra deseaba que el secreto bancario perviviese. Todos sabían los motivos de los británicos. Por una parte, más de un político había recibido sustanciosas primas que pensaba esconder en los Alpes. Por otra, la diplomacia inglesa apoyaba a regímenes autoritarios corruptos que favoreciesen los intereses ingleses, y los dictadores de esos países (en buena parte sudamericanos) necesitaban un lugar donde esconder sus mal ganadas riquezas. Sobre todo, el gobierno británico quería que siguiese siendo el centro de la economía sucia, y para eso se necesitaba una caja fuerte donde esconder los fondos. Con todo, los banqueros ingleses ya estaban pensando en crear instituciones que aprovechasen las particulares leyes de algunas islas inglesas, como la de Man, o las del Canal cuando la guarnición alemana se entregase; pero hasta entonces la permanencia del secreto suizo les venía de perlas. También servía para que nadie pudiese acusarles: querían hacer lo mismo que los suizos llevaban lustros practicando.

Pero los países partidarios de acabar con el secreto controlaban las fronteras suizas: Francia había visto desde siempre al país helvético como una sanguijuela, e Italia, deseosa de congraciarse con los españoles, haría lo que les dijesen. Respecto a la frontera con Alemania y Austria, iba a estar bajo control hispano. Además el embajador español sugirió que si Suiza no colaboraba sería considerada una aliada de los nazis, y apoyaría las demandas francesas e italianas de hacerse con los territorios en los que se hablaba su lengua. No era por tanto una amenaza vana, y el Consejo Federal helvético, deseando que Suiza dejase de ser foco de atención durante una temporada, cerró las fronteras.

En los Balcanes la situación era confusa. Los gobernantes autoritarios querían sobrevivir a los nazis o, al menos, lograr algún retiro dorado, y tampoco querían hacerse notar demasiado. Pero en sus países los alemanes aun tenían importantes contingentes militares por lo que podría ser una vía de escape para las ratas.

Habiendo hecho la diplomacia española todo lo posible, era tarea de los militares sellar las fugas. La primera había sido cerrar el Mar de Noruega: la Armada había enviado todo lo que flotaba, y apoyada por las marinas británica y francesa había hundido siete submarinos en los últimos cuatro días. Pero cerrar la ruta balcánica era más complejo.

Sobre Berlín y sus alrededores se había establecido un dispositivo de vigilancia. Tres TR.25 (CRJ 200 equipados con sistemas de observación) orbitaban permanentemente sobre la capital, volando a cotas suficientemente elevadas para no ser fácilmente visibles, pero que no dejasen delatoras estelas. Un TR.24E Atalaya controlaba permanentemente el espacio aéreo, y se habían destinado a la operación la mitad de los C.19C disponibles. Apoyados por los TK.27 (Airbus 330 modificados como cisternas) se mantenían al menos dos aviones en vuelo. La vigilancia se reforzó cuando el helicóptero que llevaba a Goering aterrizó en Tempelhof. Un TR.25 siguió al dictador y a los vehículos estacionados junto al aeropuerto.

Pudo verse un coche probablemente oficial (por su color y su tamaño) que salió de la terminal y se detuvo junto a la estación de Metro más cercana. Algo que se esperaba: no se contaba con poder seguir a Goering por la capital. Pero fue indicio de que la presa había salido de la madriguera. Se envió otro TR.24E, y también despegaron tres escuadrillas de cazas Halcón con configuración aire aire. Cuando apenas hora y media después el Atalaya detectó un despegue desde Tegel, se pensó que podía tratarse de Goering y se enviaron varios aviones contra él

El Siebel volaba lo más bajo posible, deslizándose entre las colinas. Era peligroso mantener una cota tan baja que el pasajero a veces veía las copas de los árboles más altas. Bastaría cualquier error, o algún cable telefónico no registrado en los mapas, para que la carrera de Goering acabase en una hoguera. Pero se temían las capacidades de los radares españoles, y correr ese riesgo era necesario para poder escapar.

Pero los alemanes no sabían que tanto el Atalaya como el C.19C del comandante Félix Marcos contaban con radares de pulsos Doppler, capaces de detectar blancos a muy baja cota como misiles de crucero o helicópteros. El TR.24E dirigió a dos interceptores hasta que localizaron al pequeño aparato. Quedaban más aviones en reserva, por si era un señuelo, pero ese avión no escaparía. Derribarlo hubiese sido fácil, pero se iba a intentar capturarlo. Por eso el comandante Marcos se mantuvo a cierta distancia mientras cuatro cazabombarderos Halcón, también guiados por el T.24E, se pusieron a la cola del aparato alemán.

—Reichsmarschall, tenemos compañía. Cazas españoles a las cinco.

—Es posible que no nos hayan visto. Intente pasar inadvertido ¿No puede volar más bajo?

—Reichsmarschall, se están poniendo a nuestras seis. Vienen a por nosotros y no podré evitarlos —el Si 204, ya de por sí de escasas prestaciones, estaba sobrecargado con el equipaje del dictador.

Un Halcón se puso al lado del Siebel y el piloto le hizo gestos con la mano. Luego le mostró un panel con unos números.

—Nos están indicando una frecuencia de radio.

—No conteste y evítelos.

Pero cuando la avioneta empezó a virar, otro de los aviones españoles lanzó una ráfaga que pasó cerca de la punta del ala. Goering supo que no conseguiría esquivar a los cazas españoles, más veloces y más ágiles. Dio la orden al piloto de aterrizar conde fuese. El piloto desplegó el tren de aterrizaje en cuanto vio un campo de cultivo, pero también fue la señal que necesitó otro español para disparar. Las trazadoras pasaron por debajo y casi alcanzaron al avión. El piloto del Siebel, instintivamente, recogió el tren y dio potencia, haciendo elevarse al aparato.

—Reichsmarschall, tengo que obedecerles.
El dictador intentó tomar los mandos, pero el auxiliar, que estaba pensando en su esposa y sus tres hijos, le mantuvo contra el asiento. El Siebel tomó altura y, siguiendo las indicaciones que le daban por radio, voló hasta un campo cercano a Magdeburgo. Allí los esperaba un blindado que apuntó al aparato con sus ametralladoras. Goering fue el último en descender, con las manos en alto.

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Notapor APVid » 20 Dic 2016, 14:12

MONTGOMERY (ALABAMA)

Charles estaba contento, su ascenso en Coca Cola, pues la ampliación de las instalaciones había generado puestos de trabajo, le reportaba más ingresos. Y nuevos modelos de botella y latas salían al mercado, casi todos provenientes de diseños de la filial española tras los acuerdos sobre los modelos industriales y las patentes.

Se reía en pensar que lo suyo era sencillo, su hermano que era arquitécto se volvía loco con los nuevos estilos postmoderno, deconstructivismo, sostenible,... de los que se hablaba y que los españoles iban soltando poco a poco, y que suponía por ejemplo que el Congreso hubiera prohibido usar los asbestos por ser nocivos.

Aunque otras sustancias que eran nocivas como el tabaco no se iban a prohibir por la presión de sus lobbies, pero Charles como muchos otros habían dejado de fumar al conocer el peligro real que ahora se corría y que estaba generando una fuerte campaña para su restricción en lugares públicos.

En ese sentido era curioso que los estadounidenses empezaran a copiar modas españolas que según parecía eran en parte modas exportadas por los EE.UU. del siglo XXI, y tras una primera sorpresa las mujeres empezaban a imitar tanto en peinado como en vestido, y los jóvenes se adaptaban con rapidez a la nueva música.

Otras costumbres sociales chocaban más con la sociedad americana e incluso algunos libros y películas se estaban recibiendo con recelo. Ciertamente Titanic había sido un éxito, y su propia mujer había quedado embelesada por su historia de amor. Pero otras no estaban exentas de polémica sobre todo algunas películas sobre la guerra de civil, y le había sorprendido la discursión de un viejo veterano con un agitador al que delante de toda la ciudad le recalcó que le parecía más realista Cold Mountain o cualquier otra de esas películas del futuro que Lo que el Viento se Llevó, pues el no había tenido un maldito esclavo, y que los malditos terratenientes les habían hecho luchar por el Sur pero sin arriesgarse porque podían librarse de ir al frente.

Si, para Charles era curiosa esa inversión de valores, ese final del mito del Sur, de los Westerns Crepusculares que ahora se emitían, de ese Klan que parecía de chiste en una película sobre un pistolero negro.

Y todo ello generaba protestas, los negros estaban boicoteando algunos servicios que los discriminaban, los tribunales federales les daban la razón, y desde el resto del país y la capital parecían empeñados en no pasarles nada a los estados del Sur. Si iba a ser un año caliente este 1942.
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Notapor Limitanei » 20 Dic 2016, 16:24


Martes, 5 de mayo de 1942
Fort Hood
Texas
USA


Cyril Burke había quedado gratamente sorprendido con ese equipamiento militar suministrado por los españoles para la instrucción de los voluntarios que serían próximamente trasladados a Europa. Nada que ver con las experiencias que había tenido durante el servicio militar obligatorio que había cumplido dos años atrás en Australia, su país natal. Los uniformes y las botas, extremadamente cómodos; las armas cortas y largas parecían extraídas de un mundo de fantasía. ¡Qué decir de los aparatos de visión nocturna y los equipos de comunicaciones... ! Aunque el voluntario austral había soñado con formar parte del restringido club de los tiradores de élite, para bien o para mal, sus puntuaciones no eran muy superiores a la media, y pronto comprendió que este camino le estaba vedado. El joven soldado en formación pensaba que tal vez se pudiera integrar en una unidad de zapadores. En todo caso, la Divina Providencia proveería...

- Esos "nazis" se han acabado rindiendo a los Aliados- comentó uno de los soldados sentados en la mesa de la cantina.
- No me extraña. Las armas y equipos que utilizamos parecen extraídas de un cuento de hadas- respondió otro.
Un soldado que estaba claramente falto de información preguntó:
- ¿Cuál será nuestro propósito en el otro lado del Océano?
- Impedir o rechazar una invasión de países como Polonia, Alemania u otros por parte de los rusos- aclaró otro voluntario.
- ¿Alguien sabe dónde nos estacionarán en el Viejo Continente?- inquirió alguien.
- He leído que están acondicionando áreas para nosotros en varios países- respondió un neozelandés.
- Los europeos están formando divisiones que se sumarán a las nuestras. Los periódicos citan nombres tales como Victoria, Elizabeth I, Richelieu, Louis XIV, Clemenceau, Foch, Felipe II, Carlos V, Garibaldi o Cavour.- explicó un virginiano.
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Notapor Limitanei » 22 Dic 2016, 12:15

Miércoles, 6 de mayo de 1942
Praça Luís de Camões
Chiado-Bairro Alto
Lisboa
Portugal

- ¿Qué les has dicho a tus jefes acerca de mí?
"Zazel" sonrió y respondió:
- Que los datos de Inteligencia que nos suministras son fiables.
La agente aliada se giró hacia "Scylla" y confesó:
- ¿Sabes? Nunca creí que estuvieses traicionando a tu país. Había algo en tí que clamaba que tal cosa no era posible.
El agente español (supuesto enlace militar en Portugal), afectando cierto grado de consternación, preguntó:
- Así pues... ¿soy como un libro abierto?
- Para mí lo eres... totalmente- afirmó la treintañera.
El del CNI la miró sonriendo ampliamente y, ya con semblante de preocupación, dijo:
- Espero que no ocurra lo mismo con mi otro "agente controlador".
Los dos espías confiaban en pasar por marido y mujer para los desconocidos o por dos personas implicadas en una
aventura sentimental para los (muy escasos) conocidos que pudieran cruzarse en su camino, así que caminaban cogidos de la mano. Se internaron en el Bairro Alto y, varias calles más allá, entraron en el Café dos Navegantes. Mientras tomaban el té, "Zazel" abordó el tema del día:
- Respecto a esas extrañas nuevas armas tan poderosas..., nuestros científicos están muy interesados en un elemento que llaman "mecanismo de detonación".
El zaragozano asintió con la cabeza y -con tono serio- respondió:
- Posiblemente bastan los dedos de una mano para contar las personas que conocen tal secreto.
Ambos agentes permanecieron durante buena parte de la tarde dentro del local, demorando todo lo posible el final de la cita entre espías.
Cuando llegaron de vuelta a la Praça Luís de Camões, "Scylla" -medio en broma medio en serio- dijo:
- Corremos grave peligro de que nuestros gobiernos den la orden de liquidarnos a los dos.
"Zazel" y "Scylla" se besaron apasionadamente antes de separar sus caminos.
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Notapor Domper » 23 Dic 2016, 11:05

No fue a las doce de la noche sino a las seis de la mañana del primer día de abril de 1942 cuando las fuerzas aliadas se pusieron en marcha. Primero fueron patrullas en blindados que enarbolaban, como se había convenido, la bandera tricolor que había sido la enseña nacional de la república. Tras comprobar que no se ofrecía resistencia, las columnas se adentraron en Alemania. En esta línea temporal las localidades que atravesaban estaban prácticamente intactas, pues no se habían producido los bombardeos indiscriminados de al anterior línea temporal. Aun así las calles estaban desiertas, y las pocas veces que las patrullas encontraron unidades militares, habían depuesto las armas.

El avance empleó las autopistas que estaban en construcción cuando se inició la guerra y que desde entonces apenas habían sido empleadas. No fue tan rápido como hubiesen permitido los motores de los vehículos, pues se tenía encontrar trampas tendidas por fanáticos. Helicópteros y aviones sobrevolaban las rutas antes que los blindados las recorriesen. Aun así las autopistas, que evitaban las ciudades, permitían la progresión rápida, y a las once de la mañana un Piraña llamado España Cañí se detuvo frente al Reichstag. No acabó ahí el avance: otras columnas se dirigieron hacia Viena, Praga y Varsovia, las principales ciudades que aun controlaban los alemanes.

Pero el avance no fue solo por tierra. Una compañía de infantería de marina helitransportada liberó Oslo, y otra Copenhague. En las primeras veinticuatro horas, llegaron patrullas hasta los rincones más alejados: aun no era mediodía cuando un C-212 se posó en aeródromo de Devau, junto a Könisberg, y un C-295 en el campo de Mokotów, junto a Varsovia. En las horas siguientes aterrizaron aviones en Praga, Munich y Breslau. En Bergen y Trondheim fueron destructores de la marina noruega los que entraron en el puerto. En todos los casos de buques y aviones descendieron grupos de oficiales, acompañados por otros alemanes escogidos de los que se sabía que tenían ideas democráticas. Se hicieron con vehículos y se dirigieron al centro de las ciudades, para controlar tanto la administración civil como la militar.

A lo largo de los siguientes cinco días las patrullas motorizadas o transportadas en helicópteros recorrieron prácticamente todo lo que quedaba de Alemania. Los incidentes armados fueron escasos pero no ausentes. El peor se produjo el día tres en Elbing. El gauleiter de Danzing, Albert Foster había hecho correr el rumor según el cual Prusia Oriental y Pomerania iban a ser entregadas a Polonia y sus habitantes alemanes, expulsados cuando no asesinados; para apoyar sus afirmaciones tenía un opúsculo llevado por un desertor español que relataba la catástrofe humanitaria vivida por esas regiones en 1945. Foster consiguió reunir dos batallones del Volkssturm, que emboscaron a una patrulla montada en un VAMTAC. Murieron dos españoles y el teniente alemán que les acompañaba, y se remató a dos heridos, uno español y otro alemán. Los demás blindados se mantuvieron a distancia y mediante megáfonos y lanzando octavillas exigieron la rendición, dando un plazo de veinticuatro horas. Cuando no se produjo se dio otro plazo, esta vez de doce horas, para que la población civil evacuase la localidad, y posteriormente comenzó un intenso bombardeo aéreo y artillero. Lo que quedaba de la ciudad se rindió a la mañana siguiente. Los oficiales Los oficiales fueron detenidos y llevados a prisiones militares por haber violado el acuerdo de paz. Foster no fue encontrado: el napalm había hecho arder su puesto de mando hasta hacer los restos irreconocibles.

Con la llegada de las patrullas aliadas, más de un oficial alemán se llevó la sorpresa de su vida.

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Notapor Limitanei » 24 Dic 2016, 11:53

Jueves, 7 de mayo de 1942
Vicepresidencia del Gobierno
Madrid


Eixarc Ramírez Badosa desplegó una nutrida serie de fotografías en la gran mesa de trabajo. Aparecían multitud de obreros, vehículos y maquinaria en plena actividad. Derrotada la Alemania nazi, el satélite Deimos-2 y los aviones de reconocimiento fotográfico de largo alcance habían puesto sus ojos en los Imperios Soviético y Japonés y producían abundante material que era analizado adecuadamente.
- Me parece que hay fotografías de dos enclaves mineros diferentes, ¿no es así?
- Así es señora Vicepresidenta.
El Jefe de Inteligencia Exterior separó el material gráfico en dos mitades, aproximadamente.
- Éstas corresponden a Pakchon, en el lado Septentrional, y éstas otras a Pyongsan, al Sur.
- Alguien ha llevado documentos que citan esos dos topónimos geográficos, en la Corea del Norte de la LTR, hasta Japón. Salen toneladas de material cada día a través de la frontera con Portugal. Y se está comenzando a activar la vía de Francia- explicó Carlos Matallana Muñoz, Director del CNI.
- Está claro que han iniciado su programa nuclear. Probablemente habrán puesto al cargo a ese eminente científico atómico que incluso dio nombre a un cráter lunar en la LTR: Yoshio Nishina- comentó un asistente a la reunión, experto en Ciencias.
- No quieren quedar retrasados..., aunque según los informes que he recibido, los nipones tardarán de seis a ocho años en conseguir un arma operativa, ¿no es así?- inquirió Bibis Sánchez.
- Eso piensan nuestros analistas, señora Vicepresidenta..., a menos que reciban ayuda.
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Notapor Domper » 27 Dic 2016, 15:55


El oficial contemplaba el interior de la Nikolaikirche. Aunque fuese católico, no podía dejar de admirar el juego de luces que las vidrieras y las altas columnas creaban en el severo y al mismo tiempo magnífico interior del templo luterano.

—Piense que al menos podremos dejar este legado a los hijos de Alemania.

El general asintió. Sabía que en la anterior línea temporal la iglesia había sido arrasada, junto con el resto de Hamburgo, en una operación terrible en la que la RAF había asesinado a decenas de miles de hamburgueses. Pero en esta línea temporal la ciudad se había salvado y sus casas medievales seguían adornando el puerto.

—Usted sabe lo que pasó en 1943 en este lugar. Fueron los británicos los que lo arrasaron, pero también habrá escuchado el dicho de quien siembra vientos recoge tempestades, y Hitler cosechó el peor huracán de la historia.

El general permaneció en silencio mientras meditaba en lo ocurrido en los últimos meses. Apenas supo del salto temporal cuando un grupo de perros de la Gestapo, que ni militares eran, lo detuvieron y lo internaron en el campo de Dachau. Tardó meses en conocer las acusaciones: según parecía, en la anterior línea temporal se había visto implicado en una conspiración contra Hitler, y le habían obligado a suicidarse. Algunos desertores españoles habían llevado a Alemania una historia con lo sucedido antes de la Fractura, y el dictador alemán se había apresurado a ordenar la detención y muchas veces el asesinato de los conspiradores. Rommel sabía que no solo él había acabado en ese infernal campo: en otro barracón apenas habían conseguido sobrevivir su esposa, su hijo y su sobrina, y si se habían salvado era por la piedad demostrada por sus compañeras de reclusión.

La sorpresa fue cuando en enero, tras los desastres de Francia y Bélgica, se le había liberado. Le habían llevado al hotel Grünwald, donde se había reunido con su familia. Luego un sastre le había tomado medidas: sus antiguos uniformes le hubiesen colgado como pijamas. El ver a sus allegados y el disfrutar de algunas buenas comidas le había levantado el ánimo. Dos días después, ya con su nueva vestimenta, había viajado a Berlín. En tren y con frecuentes interrupciones pues muchos puentes habían sido destruidos, y porque nadie en su sano juicio volaba sorbe Alemania, a la vista de las estelas que dejaban los aviones cohete. Una vez en la capital el mismísimo Führer lo había recibido y se había disculpado por lo ocurrido: según le había dicho, se le había detenido porque la documentación llevada por los desertores le acusaba, pero una investigación a fondo había demostrado que se trataba de declaraciones falsas conseguidas por el excesivo celo de los interrogadores. Alemania necesitaba al mejor de sus soldados, y como minúscula compensación por lo sucedido, la familia Rommel iba a ser alojada en el lujoso hotel Adlón, y el general sería ascendido a generalleutnant. Con ese grado iba a mandar un cuerpo de ejércitos que se estaba reuniendo para combatir a los invasores de la patria.

Rommel no había respondido. Sabía que sus familiares iban a ser invitados y al mismo tiempo rehenes del dictador. Un dictador al que en otro momento había admirado, pero del que el año que había permanecido en Dachau le había enseñado la maldad que escondía. Habían sido algunos de esos subhombres que Hitler quería hacer desaparecer los que habían salvado a su hijo, reservándole parte de sus magras raciones, o ahorrándole los trabajos más pesados. Mientras Hitler aludía al deber con Alemania del general, el general pensaba que la mejor forma de servirla era liquidar al genocida con sus manos. Pero igual que en la anterior línea temporal se había suicidado por su familia, en esta lucharía por ellos. Además, si él no dirigía a los soldados, lo haría algún incompetente de camisa negra. Además, tras saber lo ocurrido con su patria en la anterior línea temporal, pensaba que tenía unas cuentas que saldar con los británicos.

En un par de acciones había tenido el placer de sorprender a las avanzadas británicas, en Osnabrück y en Oldenburg, rodeando a sus regimientos de vanguardia y causándoles muchas bajas. Casi todas, prisioneros, porque los soldados ingleses habían demostrado tener una moral asombrosamente baja, y ante la primera amenaza o escapaban, o se rendían: habían decidido que la guerra no iba con ellos y no querían perecer en una operación marginal lanzada para mayor gloria de Montgomery y Churchill.

Pero los bombardeos aéreos le habían dejado sin vehículos y, amenazado de cerco por el avance español, se había tenido que replegar. En Bremen había sabido de la muerte de Hitler, y en Hamburgo, de la capitulación. Pero el oficial español que se había reunido con él le había pedido —no exigido— que le acompañase a conocer la ciudad. Hablaba un buen alemán, según dijo porque sus padres habían emigrado a Alemania en los años sesenta, residiendo precisamente en Hamburgo.

—Yo era muy pequeño cuando volvimos a España, y apenas recuerdo nada de la ciudad. Pero he visto las fotos y no se parece en nada, como podrá imaginar.

—Comandante Enríquez, no me venga con monsergas. Sé que ustedes han destruido Pforzheim.

—Cierto. Pero ¿Sabe por qué? ¿Ha oído hablar de Fougères-sur-Bièvre?

—Supongo que será algún villorrio francés.

—Se equivoca. Ya no es sino “era” una aldea francesa. La división Das Reich de las SS lo arrasó como represalia por haber sido derrotada. Las SS sobre todo, pero también el ejército alemán, han dejado su honor en Francia y Bélgica. España no podía tolerar que se repitiesen semejantes atrocidades, y se escogió la desgraciada ciudad para mostrar lo que podría ocurrir en el resto de Alemania. Espero que quien le enseñó las fotos de las ruinas le dijese también que avisamos tres días antes para que la población fuese evacuada.

—El ejército alemán no ha cometido los crímenes a los que se refiere. Habrán sido los asesinos de camisas pardas.

—No voy a discutir con usted, pero si lo desea le presentaré más pruebas. Pero supongo que los dos coincidiremos en algo: todo esto es fruto de Hitler y su demoniaca ideología. A un antiguo interno de Dachau no será preciso decirle mucho más.

Rommel calló mientras el español seguía.

—General, hemos acabado con los nazis pero no con Alemania. Históricamente su patria y la mía han sido aliadas ¿Por qué querríamos destruirla? España quiere que Alemania renazca como una potencia democrática, y está dispuesta a prestarle todo su apoyo. Pero esa nueva Alemania necesitará un ejército ¿estará dispuesto a servir en él?

Tu regere imperio fluctus Hispane memento

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LA FRACTURA

Notapor cornes » 28 Dic 2016, 18:56

España
Abril de 1942


La noticia había caído como una bomba en las redacciones, centradas como estaban en los grandes temas de interés informativo como el armisticio, la liberación de los países ocupados, la ocupación de Alemania y la finalización de las operaciones militares, las anodinas conversaciones diplomáticas para actualizar algunos convenios bilaterales habían pasado casi desapercibidas.

Y sin embargo ahora el alcance de aquellas negociaciones se descubría como una auténtica demostración por todo lo alto de la firmeza de la voluntad de España, o al menos de su gobierno, de aplicar y llevar a la práctica mediante el ejemplo la política de relaciones internacionales basada en el respeto a las leyes que pregonaba y que en muchas cancillerías se consideraba hasta entonces simple palabrería cínica e interesada, que sería convenientemente olvidada entre las bambalinas de la política internacional en función de los intereses coyunturales de cada momento.

Algunos analistas exaltados se atrevían a comparar, en su respectivo ámbito, el alcance de las repercusiones internacionales con los de una prueba nuclear atmosférica, puesto que, de múltiples maneras, argumentaban que el efecto internacional de semejante demostración de compromiso con los acuerdos suscritos y de respeto estricto a la legalidad del país solicitante por parte de la que, actualmente era vista como la primera superpotencia planetaria no sería menor a la hora de condicionar las relaciones internacionales a partir de entonces, por cuanto suponía una continuidad clara e inequívoca de la política seguida hasta entonces de entregar a los criminales capturados en Europa a la justicia de los países en los que habían cometido sus delitos de acuerdo a la legislación vigente en los mismos, como por la confirmación y el salto cuantitativo que suponía la entrega de ciudadanos Españoles a la justicia de un país extranjero, con el efecto multiplicador que suponía el que dichos ciudadanos formaban parte de las élites económicas y empresariales del España.

La detención y extradición a Uruguay de 41 altos directivos de algunas de las mayores empresas y conglomerados de España estaba desatando un verdadero terremoto de alcance mundial, pues nadie parecía haberse imaginado que el gobierno español estuviera dispuesto a extraditar al extranjero a ciudadanos con acceso a los círculos de poder y que en algunos de los casos estaban en disposición de capitanear algunos de los más poderosos grupos de presión del país, por muy vinculados que estos estuviesen en acciones ilegales contra otros estados. Había quedado claro que se equivocaban quienes creían lo contrario y las repercusiones iban a ser difíciles de calcular, pues en los delitos cometidos contra Uruguay por los que se extraditaba a esos nacionales españoles, estaban implicados también destacados ciudadanos de otros países.

Y no solo eso, pues incluso los propios métodos utilizados estaban en la picota, la actuación por medio de sociedades pantalla a través de países interpuestos, sistema derivado de los desarrollados en el siglo XIX en los Estados Unidos por las viejas compañías monopolísticas para mantener fraudulentamente sus posiciones privilegiadas por medio de empresas formalmente independientes... Si los españoles del siglo XXI conocían la sofisticación que el "apantallamiento" societario había alcanzado en su época, los ciudadanos norteamericanos de 1942 todavía tenían frescos los grandes procesos antimonopolio.

El mensaje estaba siendo captado también con suma atención en Europa, y si para los alemanes la noticia no hacía sino confirmar la firmeza de las advertencias que se les habían reiterado, potencias coloniales aliadas como Francia y Reino Unido intentaban sacar sus propias conclusiones... al mismo tiempo que autócratas como Horthy se interesaban por las leyes internacionales que al parecer estaban vigentes para los españoles en el momento de su FRACTURA y que "generosamente" estos habían hecho llegar mediante copias oficiales a muchas cancillerías mientras, en la URSS, la noticia solo aumentaba la preocupación ante la actitud española respecto a Polonia y las repúblicas bálticas.
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